Muy buenas (noches/días/tardes... según leáis). No sé qué decir así que no diré nada más que gracias por los comentarios del capítulo anterior. No me gustaba nada cuando le subí y gracias a vosotras ya no le odio tanto. Un panda para todas vosotras ê.ê Y eso. Este sigue siendo una caca. No prometo que el siguiente vaya a ser mejor, porque ando en sequía inspiracional (?, pero hago lo que puedo :))
Danny
Llegamos al hotel cuando el reloj señala las tres menos cuarto de la tarde. Nos acercamos en sincronía hasta el mostrador y le pedimos las tarjetas de nuestras respectivas habitaciones al recepcionista, que sigue teniendo ese aspecto infantil y asustadizo de siempre. Coloca ambas tarjetas sobre el mármol del mostrador y nos sonríe artificiosamente, mirándonos al alejarnos de él hacia el pasillo de los dormitorios.
Al irnos acercando paulatinamente al hotel, casi a una señal silenciosa, Harry y yo hemos dejado de darnos la mano, y tal hecho ha causado que, por primera vez en todo el día, y en toda la semana, sienta que le estoy siendo infiel a Mery. No es una sensación agradable, porque sé que confía en mí, y que ella jamás me haría algo parecido, pero al mismo tiempo es algo que no sé parar. Es como sentarte en el borde de un acantilado, y asomarte sólo un poco más porque el rumor de las olas suena demasiado atractivo a tus oídos, y sabes que si te asomas, te caerás, caerás y no podrás remontar nunca la caída, pero aún así lo haces, porque es lo más maravilloso que has oído nunca, y que jamás vivirás algo así. Es como si Harry fuera el mar que me atrae hacia el abismo y no pudiera hacer nada por evitarlo. Porque juro que quiero, que quiero alejarle, o alejarme, pero no empezar algo que ambos sabemos, no va a terminar bien, porque ¿qué pretendo conseguir? ¿Qué pretende él conseguir de todo esto? Nos quedan cinco días, y luego miles de kilómetros de por medio. Es como encapricharte de la luna, y querer alcanzarla a saltos, siempre va a estar fuera de tu alcance. Por eso sé que no debería mirar a Harry de reojo a medida que caminamos hacia nuestras habitaciones, sé que no debería darme ese vuelco el corazón ante la perspectiva de que se separe de mi y vuelva con su mujer, y sé que no debería invitarle a entrar, que no debería sonreír cuando asiente con la cabeza y se cuela conmigo a mi dormitorio regalándome otra de sus sonrisas. Lo sé, pero no soy capaz de evitarlo.
Harry cierra la puerta tras su espalda y se apoya contra ella mientras yo suelto la tarjeta en la mesita de noche y me quito las deportivas a zapatazos, dejando que caigan por el suelo de la habitación de cualquier manera. Sé que me observa porque noto su mirada clavada en mi nuca, haciéndome cosquillas, y trato de ignorarlo, aunque me guste. Me gusta que me mire, y me gusta ver en sus ojos que le gusta lo que ve cuando me mira. Es un poco retorcido, pero me siento valorado a su lado, como si el importante de los dos, fuera yo, algo que con Mery no he sentido nunca. Ella es guapa, lista y tremendamente extrovertida; a su lado parezco una anécdota, un simple acompañante para sujetarla el bolso, y el modo que Harry tiene de comportarse conmigo me sugiere que le soy importante. Es algo gratificante a lo que podría acostumbrarme con demasiada facilidad.
Me tiro a la cama y jugueteo con el mando de la tele, mirándole. plantado aún en la puerta como si esperase algún tipo de orden.
- ¿Te vas a quedar en la puerta?- le pregunto, tratando de sonar casual y que no note en mi voz que me muero por que se acerque a mi y se tumbe conmigo en la cama.
- ¿Por qué me has invitado a entrar, pecoso?- alza la ceja y da un paso adelante, caminando despacio hacia mi y mirándome como si me fuera a comer de un momento a otro.- Nuestras mujeres no van a tardar en volver.
- Bueno, nadie te ha obligado a hacerlo. Si quieres, puedes irte- enciendo la tele y dejo de mirarle, pero oigo su risilla divertida y veo de reojo que se sigue acercando.
- ¿Siempre eres así?
- ¿Así cómo?
- Así de frío. Parece como si tuvieras miedo a quedar en ridículo por reconocer que te gusta pasar tiempo conmigo.
Ha dado en el clavo. ¿Cómo puede ser posible que me conozca tanto en tan poco tiempo? ¿Pueden dos personas enamorarse en una semana?
- Es parte de mí- musito, pasando de canal en canal.- Es mejor una buena protección que luego llevarte un susto.
- ¿Así que soy algo así como un condón?- ríe y yo hago lo propio. Dicho así, sí, lo parece. Termina de acercarse y se sienta a mi lado, pero de cara hacia mí, y pasa un brazo junto a mi cuerpo para apoyar la mano al otro lado de mi cadera, colocándose entre mi visión y la tele.
- Harry, no me dejas ver.
- ¿Me has invitado para ver la televisión? Yo tengo otros planes...
Me quita el mando de la mano y le deja con parsimonia sobre la mesilla, junto a la tarjeta, y antes de que su mano vuelva al lugar anterior, la posa en mi barbilla, contorneándola con una suave caricia. Y de verdad, que no sé lo que pretende. No sé si me quiere o si sólo está experimentando, y aunque mi mente me recuerde sus palabras de esta mañana en el comedor, su "no quiero hacerte daño", es como si no terminara de creérmelo. Pero él sigue a lo suyo, y pasea la yema de sus dedos por mis labios, ya de por si entreabiertos, y no me mira a los ojos, sino que sigue el trayecto de sus caricias, como si eso sólo ya le produjera placer.
Cuando aparta los dedos, deja la mano sobre mi pecho con delicadeza, y acorta el espacio que nos separa para besarme, tendiéndose un poco sobre mí. Lo hace todo tan despacio que tengo la sensación de que soy de cristal y no quiere romperme, y me siento como una mujer, pero me encanta. Al ser un hombre, parece que las mujeres esperan de ti que seas violento y rudo, y casi es lo que te exigen, sin importarles que quizás tú busques otra cosa, puede que no siempre, pero también puede que hoy no te apetezca empotrar a nadie contra la pared y follar como si fueseis conejos, sino justo eso, lo que Harry está haciendo ahora conmigo.
Noto el peso de su cuerpo sobre el mío, la firmeza de su cuerpo esculpido a base de gimnasio y su lengua avasallando mi boca, invadiéndome de un modo adictivo. Y sé que no debería, pero se lo devuelvo. Me abrazo a él y mis manos se cuelan solas bajo su camiseta, buscando más contacto aún, buscándolo todo, casi en un movimiento inconsciente, sintiendo cómo presiona más contra mis labios, como si quisiera subir a la siguiente fase, esa en la que te sobra la ropa y hasta la piel parece impedimento para unirte a él. No sé qué vamos a hacer, no sé si vamos a hacer algo más que limitarnos a esto, pero descubro entre besos, ciertos arañazos y varios jadeos por mi parte, que no me importa, que si tiene que ocurrir, que ocurra. Es más, quiero que ocurra. ¿Querrá Harry también...?
Libera mi boca, como si me leyera el pensamiento, y me mira sonriendo divertido.
- ¿Quieres seguir viendo la tele, princesa?
- ¿Cuándo vas a dejar de llamarme princesa, Kent?
- Cuando dejes de comportarte como una.
- Yo por lo menos no parezco Popeye.
- Ah, entonces eres Olivia.
Se ríe y me besa con ahínco. Sí, Harry también quiere. Clavo las yemas de mis dedos en su espalda cuando me agarra de las piernas y me acerca a cierta zona de su cuerpo que me parece, no voy a tardar en conocer. Me estoy volviendo loco y sigo vestido. Me siento como una adolescente virgen y no sé si me gusta o si lo odio, pero ronroneo como tal cuando Judd se aparta de mí, levantándose incluso de la cama y se acerca a la puerta.
- ¿Qué coño haces?- pregunto con un deje desesperado en mi voz.
- Tranquila, princesa, enseguida vuelvo- y desaparece.
¿Qué cojones quiere? ¿Es que no sabe que yo también tengo condones? Me quedo tumbado en la cama, con la respiración agitada y medio cuerpo hormigueante y observo el techo contando casi los minutos que Harry tarda en volver a la habitación. Trae algo en sus manos porque las esconde a su espalda y trata de ocultarlo de mis ojos.
- ¿Qué traes ahí?- pregunto curioso.
- Un par de esposas, látigos, ya sabes- me guiña un ojo y deja lo que sea que trae en el suelo y se tumba sobre mi, haciendo que me olvide de todo al volver a besarme. Podría decirle a Mery que aprendiera a besar como Harry...
Me quita la camiseta con un movimiento ágil, aunque yo me trabe con las mangas, y la tira al suelo rápidamente, haciendo lo mismo con la suya. Se sienta sobre mi cadera y vuelve a rozarme ahí, provocando un fuerte tirón en mi entrepierna y un leve gemido cuando nota mi excitación y se bambolea contra ella, con malicia. Apoya ambas manos en mi pecho y yo me limito a mirarle, totalmente pasivo y superado por su buen hacer. Me acaricia lentamente hasta que llega al botón de mi pantalón, mirándome interrogante, como si no fuera a hacerlo hasta que oyese la súplica de mis labios, la cual llevo minutos conteniendo.
- ¿Palabritas mágicas?- murmura, cachondeándose de mí.
- Que te jodan.
- No, cariño, al revés.
Se carcajea y los abre, y los baja, y me los quita. Y lo repite con los boxer. Y estoy completamente desnudo y a su merced y siento tanta vergüenza que creo que me voy a desmayar ahora mismo. Ya. En cuanto me ponga una mano encima. Y encima tiene mucho mejor cuerpo que yo. Deja ya de pensar gilipolleces, Danny.
Se agacha y saca la mano fuera de la cama, recogiendo del suelo lo que había traído con él, y descubro que se trata de una tarrina de helado. Sonrío al descubrir sus intenciones y algo se instala en la zona más baja de mi estómago al ver cómo quita la tapa de cartón y llena la cuchara de helado y se lo mete en la boca cerrando lánguidamente los ojos. No sé de qué es, pero quiero probarlo.
- ¿Te la piensas acabar tú solo?- pregunto, llamando su atención, haciendo que me mire y me sonría, y veo esa idea cruzar veloz por sus ojos eléctricos.
Se mete otra cucharada en la boca y baja hasta la mía para darme de probar. Cereza. Decido que desde ese momento me encanta la cereza, y más si me la da directamente de su lengua. Me besa de un modo grosero y ávido y se aparta súbitamente de mí, como si jugara conmigo.
Su siguiente movimiento es tan rápido como imprevisto. Clava la cuchara en la tarrina y la saca con una enorme bola de helado sobre ella y la deja caer sobre mis partes totalmente descubiertas como si se le hubiera caído por accidente y yo me revuelvo, aferrándome a las sábanas (bastante revueltas también) al sentir la frialdad del helado contrastando con el calor que ha adquirido esa parte de mi cuerpo.
- Mierda- dice, como si no supiera de sobra que lo ha hecho a posta.- Se me ha caído.
- Una pena, ¿verdad?- me río y me digo a mi mismo que esto no puede estar pasando, que es surrealista, y me encanta.
- Lo que es una es desperdiciar este helado- tuerce los labios, con gesto fastidiado, y deja la tarrina y la cuchara sobre la mesita, gateando hacia abajo después y aprovechando muy, muy al máximo ese helado, aprovechándolo tanto que en menos de cinco minutos me tiene gimiendo como una gata en celo y agarrándome a su pelo oscuro sintiendo ese cosquilleo que vaticina algo más grande mientras el nudo de mi estómago se hace más pronunciado y le aprieto contra mi casi forzándole la garganta. Oigo cómo succiona y se me escapa un lastimero jadeo que trata de avisarle.
- Haz... ya...- ya no queda helado, ya no hace falta que sigas, quítate ya de ahí o te vas a arrepentir. – Haz...
Pero no me escucha, o no quiere escucharme, sea como sea, termino por no poder aguantarme más y él por tragar algo más que el helado. Mi espalda vuelve a tocar el colchón ya que se había arqueado involuntariamente por su culpa, y el sudor me cubre la frente y el pecho, y espasmos atacan cada terminación nerviosa de mi cuerpo. Harry vuelve a gatear y me besa con la misma ferocidad, sabe a helado, a lujuria y a otras cosas que prefiero no pensar.
- ¿Mejor o peor que en tu sueño?- me pregunta, confirmándome así que no he vuelto a soñar esto, y estoy tan agotado que sólo puedo sonreírle y atraerle de nuevo hacia mí para abrazarle oyendo cómo se ríe.
¿Hace falta que responda?
Harry
Danny sale del baño y yo me meto la última cucharada en la boca. Creo que es el helado que más he aprovechado en toda mi vida, y eso que soy muy chuchero. Se restriega el pelo con la toalla y se acerca a mi, colando un ojo en la tarrina para encontrarla vacía. Luego chista y se aleja de nuevo. Y le miro. Me habría metido con él a la ducha, pero no se habría duchado, así que le he dejado que se quitara los restos del helado de la mejilla, la nariz, el pecho y otras zonas más comprometedoras mientras me acababa la tarrina y hacía zapping sin parar.
Vuelve a salir del baño, despeinado como si fuera Pumuki, y se sienta a mi lado, invirtiendo las posturas anteriores. Coge su reloj de la mesita y se lo pone, chistando otra vez.
- Creo que es mejor que te vayas- dice. Supongo que serán casi las cuatro y nuestras mujeres estarán a punto de volver.- No sé cómo le voy a explicar esto a Mery si te ve aquí.
- Me siento como si fuera prostituta- digo, acariciando sus pectorales de arriba abajo.- Aunque ni siquiera me has pagado.
- Pero si ni siquiera hemos follado.
- Mejor para ti, o te saldría más caro.
Le sonrío y me levanto de la cama aunque sea lo último que quiero. Me pongo de nuevo mi camiseta y recojo mis gafas y mi tarjeta, dejándole a él los restos de un helado demasiado erótico. Me acerco a la puerta pero no llego a abrirla y le tomo de la cintura, atrayéndolo hacia mí con un brusco tirón y llevándome al menos un beso de despedida. Me le devuelve con ganas y apoya su frente contra la mía.
- Que te vayas- suspira.
- Pero si no me sueltas. Admite que no quieres que me vaya- le pico, aunque tengo razón. Me está abrazando.
- Una cosa es lo que quiera, y otra lo que deba.
- Está bien, me voy...- me suelto de sus brazos y abro la puerta, esperando que me ruegue un poco, pero todavía le queda un poco de dignidad. - ¿Es que voy a ser yo él único en arrastrarse?
- Por mi no hay problema...
Le empujo pero me retiene. Parecemos gilipollas, pero dejo que sea él quien me besa ahora; mira de nuevo el reloj y claudica. Sabe que tengo que irme.
- ¿Por qué no nos vemos esta noche?- pregunta, dándome lo que quiero.- En el hueco de la piscina, donde el primer día.
- A las dos y cuarto- completo, aceptando sin dudarlo, y veo que sonríe. Y me vuelve a besar, vuelve a sonreír, y me saca de su cuarto de un empujón.
Cierra la puerta y suspiro. Joder, odio esto. O me encanta, lo cual no sé qué es peor. Que me siento como una niñata enamorada y se me ocurren mariconadas cuando me mira a los ojos y sólo tengo ganas de besarle y abrazarle y tomarle de la mano. Y siento como si no fuera yo. Pero el nuevo Harry es tan feliz que no pienso replantearme mucho las cosas. Ni pensar en Kath. Ni en mí siquiera. Ni en que nos quedan cinco días y no sé qué va a pasar cuando se acaben. A veces es mejor actuar por instinto.
Entro a mi dormitorio y me tiro a la cama, recordando lo que acaba de pasar hace ni media hora en le cuarto contiguo, sonriéndole al aire al recordar las expresiones de placer de Danny o sus leves arañazos de dedos sin uñas en mi espalda. Tan intenso con tan poco. Siento como si no pudiera sacarme nunca de la cabeza el sonido de mi nombre susurrado por su voz a punto de romperse. Como si me fuera a perseguir para toda la vida.
La puerta se abre un par de minutos después y me obliga a borrar la sonrisa de mis labios. Kath aparece con un sombrero de paja rosa y una bolsa colgando de su brazo, tirando ambos por los suelos y recostándose a mi lado soltando un teatral suspiro de cansancio. Giro la cara y la miro, sonriéndome.
- Ya estoy aquí- anuncia, como si no fuera obvio.- Y antes de que me preguntes, el pueblo es precioso y la visita ha estado genial.
- Me alegro que te haya gustado.
- ¿Y vosotros? ¿Qué tal la regata? ¿Te ha gustado?- me lo pienso un par de segundos. La regata habrá sido una completa porquería, y encima he perdido dinero, pero no cambiaría el después ni por todo el oro del mundo.
- Ha estado genial también.
- ¿Por qué sonríes, pillín? ¿Has ligado con alguna nativa en mi ausencia?- se ríe. Si ella supiera...
Continúa riendo cuando se tira encima de mi y comienza a hacerme cosquillas, y aunque no son mi punto débil, consigue resultar bastante molesta. Se siente extraño, y es sólo ahora. Siempre he adorado a la Kath juguetona y más infantil de lo que su edad debería permitirla, pero ahora es como si me estorbara, como si los dedos que metrallan mis costados resultaran más molestos que divertidos y los labios que se pasean por mi cuello intrusos y desconocidos. Como si yo ya no le correspondiera a ella.
Supongo que es por eso por lo que trato de quitármela de encima, revistiendo mis movimientos de fingida calma y cansancio, e invierto nuestras posturas para indicarle que no me apetece jugar.
- Estoy cansado- le digo, aunque no sea verdad.- Hemos estado toda la regata de pie, tengo los pies matados.
- Pues más te vale que descanses. Esta noche quiero bailar. ¿Por qué no te duermes un poco?
Decido que es una buena idea y ella se levanta de la cama para que yo pueda echarme sobre ella y dormir un par de horas hasta la cena. La verdad es que la perspectiva de quedarte durmiendo en un paraíso como ese tiene delito, porque además, estas dos semanas nos han salido por un ojo de la cara como para encima malgastarlas en la cama, y no haciendo la segunda función propia de una cama, sino la primera, mucho más aburrida. Y es en eso en lo que radica todo. Que si ahora Kath no sólo se pusiera juguetona, sino que de verdad quisiera guerra, tendría que obligar a mi mente a trabajar a toda velocidad para dar con una buena excusa. A los hombres no suele dolernos la cabeza y no tenemos la menstruación, y somos hombres, eso es un sí garantizado. Por eso, si Kath quisiera guerra, tendría que mentirla. Pero sé que sería muy distinto si me lo pidiera otra persona, que me faltaría tiempo para arrancar el edredón y terminar gastando las sábanas como si no hubiera un mañana. Porque probablemente no tuviéramos un mañana. Así que sólo me queda agradecer que Kath se tome a bien mi cansancio y me deje dormir un par de horas, porque lo necesito. Siento que si permanezco despierto no voy a poder aguantar tanto tiempo a su lado. ¿Cómo voy a aguantar así toda una vida con ella?
A las diez menos cuarto, salimos del dormitorio dispuestos a disfrutar de un "maravilloso espectáculo de títeres y lanzadores de llamas, aderezado con música nativa", tal y como reza el folleto que mi mujer sujeta entre sus manos para poder guiarnos por el pueblo. Es decir, vamos a ir a un circo ambulante. Según tengo entendido, pasa ese mes por el pueblo y hace parada en una especie de café-bar al que vamos a cenar (por lo que debe ser también restaurante).
He de reconocer que Kath está verdaderamente guapa, debe haberse maquillado de un modo diferente, pero su rostro brilla más e incluso la ropa le favorece. Enredamos nuestros dedos y caminamos hasta el café, siendo atendidos enseguida y ubicados en una mesa con vistas privilegiadas de la especie de escenario que hay montado. Pedimos nuestros respectivos platos y mi esposa me habla de algo que no llego a escuchar, y se muestra ansiosa por ver el espectáculo, que no se hace mucho de rogar, y enseguida se adueña de la atención de todos los presentes, menos de la mía. Estoy completamente absorto en mis propios pensamientos, presente física pero no mentalmente allí, como si mi mente viajara fuera de ese bar, y volviera al hotel, y se colara en la habitación que enfrenta a la mía y buscase a Danny desesperado por darle el beso que me quema en los labios desde hace horas. Como si quisiera salir de allí y estuviera dispuesta a remover cielo, mar y tierra hasta encontrar un lugar en el que él y yo pudiéramos ser un nosotros, y estas dos semanas fueran eternas.
No le presto atención al teatrillo que están escenificando, ni al monólogo de uno de ellos que consigue arrancar feroces aplausos y desternillantes risas, ni al grupillo de chavales que toca una música muy rara, ni al modo en que Kath busca mi mano para entrelazar nuestros dedos. Me dejo hacer, como si no me importara, pero eso me sirve como un toque de atención. Sé que mi mujer no es tonta, y que si no se ha dado cuenta ya de que algo me pasa, no va a tardar mucho en hacerlo, y también sé que, si no quiero darle explicaciones, tendré que cambiar ya el chip que me hace estar en cualquier lado menos en este.
Cuando termina el espectáculo, finjo que ha sido lo mejor que he visto en mi vida y que me alegro mucho de haber ido allí, y Kath me arrastra a la "pista de baile", en la que ya suena música normal, y se agarra con posesión al cuerpo de su marido. Me hace recordar de un modo casi inconsciente aquella noche, hace un par de días, en que por tentar a la suerte y hacer que mi ego creciera un poco, bailé con Danny para dejarle en ridículo y terminé por replantearme muchas cosas al llegar al hotel. Como dice el refrán: si juegas con fuego... Y me quemé.
- Dios, Haz, por primera vez en tu vida, baila en condiciones con tu mujer- me alza las cejas, gesto que yo mismo le he pegado, y se pega más a mí, restregándose de un modo que hace años me habría hecho llevarla a los baños, hace meses irnos automáticamente a la habitación, pero que ahora me resulta incluso grosero. ¿Qué me está pasando? ¿Estaré envenenándome con mi propia medicina? ¿Por qué me mira de ese modo y no... nada? – Nos queda poco tiempo aquí, vamos a aprovecharlo.
Y siento un nudo en la garganta cuando le muestro esa falsa sonrisa, y la tomo de las caderas y la atraigo a mi cuerpo, y finjo quererla como siempre. Porque en la penumbra de esa pista de baile, con decenas de parejas felices danzando a nuestro alrededor y mirándose a los ojos como si tuvieran delante al centro de todo su mundo, yo siento que el mío está en brazos de otra mujer, a la que probablemente también esté mintiendo por mí, y la esté sonriendo con la misma falsedad, y la esté besando y prometiéndole una noche que jamás olvidará, tal y como estoy haciendo yo.
Porque es en esa oscuridad en la que me doy cuenta de que ya no le pertenezco a quien me abraza, sino a aquel pecoso que debe estar esperándome en la piscina del hotel y al que voy a decepcionar con mi ausencia esta noche.
Yo terminaré este fic sacando a Harry de la historia y quedándomele para mí. Se agradecen los comentarios :)))
