Holaaaaaaaaap. Soy como el Guadalquivir, aparezco una semana, desaparezco otra. Se supone que yo subía todos los findes, but... Bien, eh, creo que debería avisaros de que a este fic le queda muy muy poquito. Tan poquito como que este es el penúltimo capítulo y después del 19 tendréis el epílogo y sanseacabó. Espero que os guste cómo termina la historia, aunque haya sido cortita *pero intensa xP. Y-y-y-y os recomiendo leer el final de este capítulo escuchando "You know what I mean" de Cults, porque lo escribí escuchándola y sería chachi (? Hope you like it! *aunque a mí este capítulo me parece una caca enorme*.


Capítulo 18.

Danny

Regresar al hotel es siempre como dejarse caer voluntariamente por un pozo sin fondo. Casi puedes sentir cómo va absorbiéndote las energías poco a poco, y lo va cubriendo todo de sombras, y de angustia. Como si te ahogaras.

Pero esta vez es diferente. El recepcionista nos mira con recelo colocando unos folletos desde detrás de su mostrador, y Harry y yo nos limitamos a pedirle las tarjetas de nuestras habitaciones y alejarnos de él pensando que se le deben estar ocurriendo cualquier tipo de hipótesis. Si es un poco listo, puede que incluso acierte.

Arrastro los pies por el suelo con desgana y en menos de dos minutos, nos plantamos delante de nuestras respectivas puertas. Sé que no han pasado ni 24 horas desde la última vez que vi a mi mujer, pero me parece como si ya no la conociera, aunque sea algo ilógico. Como si cada vez que me separase de ella, cambiara, o perdiéramos la complicidad que tenemos. Sea como sea, sé que en cuanto entre por esa puerta, empezará la mejor actuación de mi vida. Tengo que hacerlo creíble, nos quedan dos días aquí; después de esos dos días, seré libre.

- Bueno- digo, dándole vueltas a la tarjeta magnética en mi mano izquierda, con el dedo meñique enredado con el meñique de Harry. ¿Se nota mucho que estoy intentando retrasar la despedida?- Ya puedes soltarme. Sé que no puedes vivir sin mí, pero...

- Se te ha pegado mi soberbia, voy a tener que matarte- bromea él, sonriendo sin soltar mi mano. De hecho, hace justo lo contrario; pasa de sostener sólo un dedo, a entrelazarlos todos con fuerza. Tira de mi brazo y en un abrir y cerrar de ojos, su brazo libre ya rodea mi cintura. Se me dispara el pulso, y no por tenerlo tan cerca y por no saber cuándo será la próxima vez que pueda tenerlo así hasta que nos quedemos solos, sino porque repito que estamos frente a nuestras puertas y podrían descubrirnos con facilidad. Pero a él no parece importarle, porque me abraza con ganas, pecho con pecho, azul eléctrico contra azul océano, y sonríe con suficiencia.- Eso es por compartir sábanas, que todo se pega.

- Menos la hermosura. Sigues siendo igual de feo que siempre.

- ¿Qué me has llamado? –pregunta. Suelta mi mano y me pega un pellizco detrás de otro del costado derecho, pero se detiene al ver que mi escandalosa risa es menos prudente que dejar a un alcohólico solo en una bodega.

Preferiría deciros que justo después de mi ataque de risa, él me pegó una colleja por escandaloso, yo le devolví un pescozón, nos pegamos un golpe en el hombro y finiquitamos todo aquello con un "nos vemos, tío", pero estaría mintiendo. Porque lo que en realidad hacemos es quedarnos mirando el uno al otro durante segundos que parecen horas, con sus manos en mis caderas y las mías en sus hombros, mientras repasamos en voz tan bajita que apenas si podemos oírla nosotros, el plan concebido tan solo una hora antes, y después de que una sonrisa esperanzada, ilusionada y sí, enamorada, se adueñe de mi cara, él acorta el espacio que separa su rostro del mío y sus labios me tocan haciendo que me tiemble hasta la médula ósea. Y nos besamos. No imaginéis un beso de película en el que el ángulo cambia según movamos nuestras cabezas, con alguna balada romanticona sonando de fondo y todo el cine llorando, esto es un beso real. Su saliva se mezcla con la mía y mi lengua entra y sale de su boca, recreándose en el contacto de la suya contra mis labios o el roce ocasional de sus dientes. Y lo más importante, es como si no acabara nunca, como si nunca tuviera suficiente. Como si fuera una carrera y la meta cada vez quedara más y más lejos.

Sus manos tiran de mi camiseta contra él, apretándome más a su cuerpo y las mías se pierden en el corto pelo de su nuca, y se oye el choque de nuestros dientes, y la agitación de nuestras respiraciones. Ese es el sonido de un beso real. De un beso de Harry.

- Pues parece que a alguien le gustan los feos- se burla lamiéndose los labios cuando me separo de él.

- No, sólo tú.

- Eso espero.

Sonríe y no hacemos la despedida más larga. Me gusta pensar que cuanto antes nos soltemos, antes pasará el tiempo, y antes podremos estar juntos. La verdad es que su idea sigue pareciéndome arriesgada, pero ahora ya no concibo la idea de volver a Londres y dejar que más de 5000 kilómetros me separen para toda la vida de él.

- Supongo que nos veremos por aquí estos dos días- dice.- Sino, ya sabes. Hacemos las maletas y acompañamos a Kath y Mery al aeropuerto, media hora antes de que salga el vuelo...

- Que sí, que me acuerdo- respira hondo y me deja libre para que abra mi puerta.- Acuérdate de avisarme a qué hora sale vuestro vuelo, para saber si me vas a hacer esperar mucho.

- Lo bueno se hace esperar, inglesito.

Chista de un modo divertido y mete su tarjeta en la ranura de la puerta, sin llegar a abrir, posando la mano en el pomo y girándose para mirarme.

- Te quiero- me sisea, ni siquiera lo dice, ni lo murmura, apenas si lo dice mímicamente, pero es suficiente para hacerme sonreír bobaliconamente y abrir mi puerta. Creo que puedo superar dos días de espera teniendo la certeza de esas dos palabras que acaban de salir de sus labios.

Entro a la habitación, tropezándome con mis propios pies por tener la mente todavía en el mundo de Harry, y me río de mi mismo porque casi beso el suelo. Oigo el grifo de la ducha un poco más allá y supongo que será Mery, pero no me molesto en comprobarlo y me quito las deportivas a patadas, dejando que se pierdan por el suelo de cualquier manera.

- ¿Danny?

Ahí está. La primera prueba. Mery saca la cabeza por el hueco de la puerta y enfoca sus ojos con los míos, sonriéndome, y estoy tan pero tan feliz ante la perspectiva de quedarme aquí con Harry, que no puedo evitar devolverle la sonrisa. Camino hacia ella y la abrazo por la cintura, besando sus mejillas repetidas veces aunque no sea justo ni se merezca que la mienta de esta manera, pero si tengo que elegir, elijo mi felicidad. Harry tenía razón hace una semana, llevo mucho tiempo preocupándome de que los demás sean felices, ya es hora de que empiece a serlo yo.

- ¡Vaya, qué feliz vienes!- me devuelve el abrazo y una mirada divertida y mis dedos se pasean por su espalda húmeda por la reciente ducha.- Anda que si llega a ser por ti no me entero de que ibais a alquilar un barco...

- Pensaba que íbamos al polideportivo, ya sabes lo mal que funciona mi cabeza...

- Ya...- deposita un beso en mi mejilla y se escapa de mis brazos, buscando algo que ponerse.- Que sepas que esta noche te quiero entero para mí, eh.

- ¿En serio? ¿No puedo librarme de ninguna manera? – esboza un gesto ofendido y yo me río. No puedo parar de reír.

- No, señorito, no. Me vas a llevar a cenar a un sitio bonito, y vamos ir a algún lado a disfrutar el uno del otro, y luego... Lo que pase luego no hace falta que te lo cuente.

Me guiña un ojo y sigue a lo suyo, preocupada por conjuntar el pantalón que ha escogido con alguna blusa de su agrado, mientras yo intento obviar su último comentario y mi mente empieza a buscar excusas que darle esta noche como si la mujer fuera yo. No, si al final Harry va a tener más razón que un santo...

Y la noche se desarrolla tal y como Mery ha ordenado en menos de un segundo por la tarde. El restaurante escogido sirve comida italiana, su favorita, y ha disfrutado como una enana con un sitio tan elegante en un lugar como este, cosa que no esperaba para nada. No ha dejado de hablar durante toda la cena sobre la vuelta a Londres, sobre el poco tiempo que nos queda aquí y lo mucho que está disfrutando de esta luna de miel. Yo sonreía y asentía, intentando que sus palabras no hicieran mella en mi moral ni dejara ver una alegría excesiva, mostrarme neutral y correcto. Pero a decir verdad, se me ha hecho difícil. Ella espera hacer de nuevo las maletas mañana porque será el último día completo que pasemos aquí, 6 de julio, y el día 7 nuestro avión nos conducirá de nuevo a Inglaterra, y ya empieza a echar un poco de menos la playa aunque todavía no nos hayamos ido. Consigue contagiarme de un cierto espíritu nostálgico que me cuesta desterrar de mí, porque yo me quedo aquí. Luego no sé qué haremos Harry y yo o dónde iremos, pero me quedo, y con toda esa perorata suya no hace otra cosa que meterme ideas en la cabeza, que empieza a hacer conjeturas, y algo en mí no puede evitar pensar que todo va a salir mal, y que yo también estaré cogiendo ese vuelo en algo más de veinticuatro horas.

Llegamos al hotel a las tres de la madrugada. Mery lleva los tacones en la mano y anda descalza, algo que jamás pensé que vería en ella, entrelazando su brazo con el mío para soportar el dolor de pies. Accedemos al pasillo en el que se encuentran nuestras habitaciones y mientras ella abre la puerta de la nuestra, yo miro la de los americanos casi con cariño, imaginándome a quien hay tras ella y que en dos días tendré que dejar de hacerlo.

Entramos a la habitación y no nos molestamos en dar las luces, sólo las pequeñitas de la mesilla de noche. Mery se tira contra el colchón y suelta los tacones junto a los pies de la cama con el cansancio revistiendo sus movimientos y un suspiro placentero escapando de sus labios. Yo sonrío, tengo que reconocer que me ha salido bien. Después de la cena, la he hecho recorrer prácticamente todo el pueblo a pie inventándome historias como si fuera un cuentacuentos, y después la he conducido a una discoteca a mover un poco el esqueleto y agotarla más aún. Y ahora que veo cómo se quita los pantalones contorneándose como una serpiente sobre la cama para no tener que ponerse en pie siquiera, veo que lo he conseguido.

Me tiendo junto a ella tras quitarme mi ropa y quedarme en calzoncillos, y le acaricio el hombro sonriendo. Me siento un poco mezquino, pero...

- Dan, lo siento- dice, como si la culpa fuera suya.- pero estoy agotada.

- De eso nada, me habías prometido una noche movidita.

- Pues tendremos que aplazarla... Tengo la espalda molida, mañana no voy a poder ni levantarme a desayunar.

Me devuelve la caricia y me besa con ternura en la comisura del labio. Tengo que refrenar el impulso de sonreír como si la mujer fuera yo, porque estoy desarrollando algo así como un sexto sentido femenino, tanto que hasta aprendo a manipular las situaciones como ellas.

Nos metemos en la cama y apenas un minuto después, las luces de ambas mesillas ya están apagadas y la respiración de Mery adopta una cadencia lenta y regular. Realmente está agotada, pero ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Acostarme con ella? Esa no es una opción viable...

Amanece el último día en Isla Mauricio con un sol radiante colándose por cada rincón de la estancia. Es nuestro último día aprovechable aquí, y sé que debería disfrutarlo como si la vida se acabara mañana, pero todo lo que hago durante prácticamente todo el día, es mirar las esquinas, girar la cabeza a cada momento y llevarme decepciones al no descubrir a Judd por ningún lado.

Después del desayuno, Mery ha propuesto un último día de playa, y no he podido decirle que no, porque en cierto modo a mí también me apetece. Hemos perdido las primeras horas de la mañana tirados como lenguados en la arena, vuelta y vuelta como si estuviéramos hechos a la plancha, hablando del regreso a casa, regreso que tiene perfectamente estructurado en su mente.

- No nos queda más remedio que hacer las maletas hoy, cariño- me dice, con sus ojos claros tapados por sus gafas de sol y su altanera nariz alzada hacia el cielo.- Cuando terminemos de comer podíamos empezarlas, así para la hora de la cena ya las tenemos terminadas y podemos hacer una última cena fuera, ¿no te parece? A aquel restaurante de comida india que tanto te gustó. Hacerlas después de cenar nos va a dar demasiada pereza, y no creo que te quieras poner mañana por la mañana a empaquetar todas las cosas. Aparte, que tampoco nos va a dar tiempo. ¿Sabes a qué hora sale el avión? A las doce y media... Tendremos que llegar al aeropuerto como muy tarde a las diez. ¿Te imaginas que nos pierden las maletas? No quiero ni pensarlo...

Luego ha seguido hablando, pero he decidido dejar de escucharla, ya que eso es algo que ni me va ni me viene, porque yo me quedo aquí. Mientras esa verborrea seguía saliendo de sus labios, mi mente se iba alejando cada vez más de ella, pensando en mi plan privado con Harry, ajeno al suyo aunque sea algo que no vaya a saber hasta que esté bien lejos en Londres. Mentiría si dijera que no tengo cierto miedo a que Harry empiece a darle vueltas a la cabeza, que en un momento dado, la parte racional de su cerebro se dé cuenta de la locura que vamos a cometer o que nuestro plan es demasiado precario. Pero supongo que es normal, ¿no? Que esté asustado, quiero decir. Prácticamente estoy dejando mi felicidad a manos de otra persona y no es algo que me haya permitido hacer nunca, no puedo evitar sentirme un poco vulnerable y nervioso. La posibilidad de que Judd se arrepienta está ahí, pero una esquinita de mi mente me dice que, si él fue el que propuso todo esto, no hay peligro de que mis miedos se conviertan en realidad. Y me aferro a esa idea como a un clavo ardiendo.

Casi sin darme cuenta, las maletas están hechas prácticamente al completo, dejando fuera de ellas únicamente la ropa que precisemos para el día siguiente, y Mery ya está arreglada para disfrutar de una última cena en Isla Mauricio, revisando que lleve todo lo necesario en el bolso y aguardando a que yo termine de atarme los cordones de las deportivas. Siento cierta inquietud hacerse fuerte dentro de mí, el vuelo sale en unas doce horas y todo en lo que puedo pensar es que mi vida empezará en ese mismo momento.

Mery sale del dormitorio y yo apago las últimas luces antes de cerrar la puerta con la tarjeta, oyéndola hablar a mi espalda. Cuando me giro para enfilar el pasillo hacia la salida, el americano está haciendo lo propio con su puerta y posando sus ojos en los míos. Las comisuras de mis labios tiran hacia arriba en contra de mis deseos y dejan ver una sonrisa tenue y tímida que, Gracias a Dios, sólo Harry es capaz de advertir. El pulso empieza a retumbarme contra los oídos y veo cómo alza una ceja y agacha un tanto la cabeza, esbozando un elegante saludo que parece sacado de una película de época.

- Buenas noches, inglesito- me dice, los cuatro situados en corrillo en el pasillo entre ambas puertas. – Veo que el rosa gamba te va a acompañar a Londres.

- Para demostrar que no nos hemos quedado encerrados en casa- bromeo, y Mery y Kath ríen.

- Ah, que es todo cuestión de fachada...

Se ríe, mirándome a los ojos como si quisiera decirme algo más, y yo opto por simplemente suspirar, dejar de prestarle atención o podría ser contraproducente y tomo a Mery de la cintura para salir de este cruce de caminos y poder ir saliendo del hotel antes de que se nos haga demasiado tarde para cenar. Y es entonces cuando mi mujer tiene la fantástica idea.

- ¿Por qué no cenamos los cuatro juntos?- propone, abriendo los ojos y dando una palmada.- Así nos despedimos los unos de los otros, ha sido encantador compartir la luna de miel con vosotros.

Harry ahoga (muy malamente) una risilla y ambas mujeres le miran con gesto interrogante, desconcertado.

- Encantador es una palabra demasiado pequeña- se disculpa Harry con educación, alzándome las cejas y haciendo que mi corazón de un vuelco. ¿Se puede saber qué hace?

- A mi me parece genial- apoya Kath, tratando de arrastrar con ella a su (no por mucho tiempo) marido.- Nuestro vuelo sale mañana por la mañana y aún no hemos terminado las maletas. Estará bien una última cena juntos.

Y por si os pensabais que en un matrimonio quien manda es el marido, queda demostrado que no, que se hace lo que dicen las mujeres.

Algo menos de quince minutos de un lento paseo después, entramos al restaurante de comida india que Mery ha mencionado, y tomamos una mesa situada junto a la ventana, por la cuál entra una suave brisa nocturna, haciendo un poco menos bochornoso el ambiente. No sé si será por que estamos en pleno julio o porque tengo la casi certeza de que algo va a salir mal en esta cena, pero mi cuerpo va adquiriendo más calor a cada minuto que pasa.

Degustamos los primeros platos hablando de nosotros cuatro, Mery se entretiene contando cómo nos conocimos y cómo entré a la aburrida empresa de su padre y Kath nos cuenta algo sobres sus estudios de lenguas germánicas que no termino de escuchar porque, sinceramente, no me interesa. No es que la chica me caiga mal, no me malinterpretéis, pero estoy a punto de dejarla sin marido; no quiero empezar a cogerle lástima, o peor, cariño, el último día y replantearme cosas que tengo claras.

- Sí, bueno- digo, interrumpiendo a Mery, que les relata mis aptitudes como relaciones públicas de la empresa familiar-, es un buen trabajo, pero no aspiro a seguir en ello toda la vida.

- ¿Ah, no?- inquiere sorprendida mirándome como un buitre.

- No, y lo sabes.

- ¿Vas a volver a la música?- interviene Harry, transmitiéndome ilusión con sus ojos.

- No. Bueno, sí, pero no. Mery, sabes que quiero ser productor- Mery chista, sonriendo al resto de la mesa con condescendencia e ignorándome como si fuera un niño pequeño y le estuviera diciendo que quiero ser astronauta.

- Yo te veo- me anima Judd.- Habiendo trabajado delante de los micros, seguro que has aprendido cómo se maneja lo de detrás.

Y es ese uno de los motivos por los que sé que estoy escogiendo a la persona correcta. Nadie se merece pasar su vida con una persona que invierte más energías en desmotivarte y hacerte creer que no vales para aquello que te propongas, que poniendo su confianza y su apoyo en ti.

El segundo plato pasa por nuestra mesa cuando los relojes marcan las diez y veinte de la noche y entablamos una conversación más distendida sobre hobbies a la que tampoco presto mucha atención. No dejo de mirar el reloj sin cesar, deseando que las agujas se muevan de una maldita vez hasta las doce del día siguiente y podamos hacer el paripé del aeropuerto de una vez por todas.

Pego un respingo cuando, mientras Mery y Kath recuerdan emocionadas aquel viaje que hicieron a no sé qué pueblo donde se rodó no sé qué película americana, la mano derecha de Harry se posa sobre mi pierna izquierda por debajo del mantel. ¿Veis a lo que me refería cuando decía que algo iba a salir mal?

Afortunadamente, logro no golpear a nadie por debajo de la mesa y mi sobresalto pasa desapercibido para ellas, que teclean algo en sus Iphones esperando que nos traigan el postre.

Harry se inclina un poco en el asiento, acercándose a mí, y siento su mano ascender por mi muslo, como una llama.

- Te noto un poco tenso- me susurra con la burla cubriendo su voz, su mano sin dejar de avanzar. Inconscientemente, me voy encogiendo sobre mí mismo como si así pudiera pararle.

- ¿Qué haces?- murmuro entre dientes, abriendo mucho los ojos y rascándome detrás de la oreja por mantener las manos ocupadas.

- ¿Es que tengo que explicártelo todo?- se burla- ¿Acaso no has aprendido nada conmigo estas dos semanas?

Asciende un poco más y posa su mano en un lugar llamado paraíso, y presiona. El camarero trae los cuatro postres que hemos pedido y yo nota esa presión intensificarse, masajeándome, el fuego propagándose por todo mi cuerpo haciéndome hasta sudar. Termino por colar la mano debajo de la mesa y apartar la de Harry de un violento golpe.

- Tengo que ir al baño- informa él a los demás comensales, y se levanta de la mesa tras darme una patadita contra la espinilla por debajo del mantel. Pillo la indirecta enseguida.

- Sí, yo también- me levanto bruscamente haciendo que la silla chirríe en todo el restaurante. Mery y Kath nos miren sorprendidas.

- Guardadle el postre- se jacta Harry, mirando mi entrepierna con disimulo, haciendo una broma que ninguna de las dos entiende.

Entramos al baño casi a empujones. La puerta se cierra a nuestra espalda con un sordo golpe y mis manos y piernas se enredan con las manos y piernas de Harry, y emprendemos el camino hacia uno de los cubículos a tropezones con nuestra propia ansia, como si los escasos dos metros que nos separan del baño fueran la maratón más larga del mundo. Los besos se hacen urgentes, y las caricias ávidas, suspiros descontrolados. La segunda puerta se cierra cuando entramos en uno de los dos cubículos de los que consta ese baño y mi espalda impacta contra ella con fuerza, con un golpe seco cuando mi cabeza es golpeada violentamente. Mi gemido de dolor escapa entre los labios de Harry y éste se ríe. Probablemente esté pensando algo del tipo "muchas neuronas no te voy a matar, así que...", y dejo que sus manos se posen en mis caderas y me aprieten contra él.

- Eh- le digo cuando éstas se internan bajo mi camisa.- ¿En el baño? ¿Con las chicas fuera?

- ¿Prefieres que lo hagamos encima de la mesa? A mí me da igual- me muerde el cuello y de pronto es todo manos. Mire donde mire está Harry, de arriba abajo, por todos lados.

- Claro, muy lógico todo- bromeo con sus dientes clavados en la piel de mi cuello. Se ríe pero me ignora, y empieza a desabrochar los botones de mi camisa.- Haz, no te entretengas.

- Es que es feísima y me distrae- vuelve a reírse y sigue con los botones, hasta que el último sale de su ojal, y sus manos bajan hasta la pretina de mi pantalón, las mías imitando su movimiento.

Tres minutos después el suelo del cubículo está lleno de prendas de ropa y nuestros cuerpos de sudor y apenas si nos hemos tocado. La última prenda desaparece de mi cuerpo y beso profundamente a Harry llenándome con el calor de su cuerpo, que arde como si estuviéramos en el cráter de un volcán, aunque creo que en esta isla no hay, pero me habéis entendido. Trago saliva un instante antes de mirarle a los ojos para darme la vuelta (esto sigue siendo humillante, ¿vale?) y prepararme mentalmente para lo que viene ahora, pero me detiene alzando una ceja

- No- me dice, y creo que le estoy entendiendo a la perfección, y eso es lo más raro de todo.

- ¿Yo?- inquiero, señalándome a mí mismo con incredulidad y cierto miedo. Aunque el que debería tenerlo es él, ya que si está hablando en serio, le toca la parte más jodida (incluso literalmente hablando), y no creo que de verdad quiera pasar por eso.- Haz...

- Dan, hazlo, Hazlo antes de que me arrepienta.

Me mira un instante más y se posiciona como tenía pensado hacerlo yo, las manos sobre la cisterna del váter para tener un punto de apoyo y las piernas un tanto separadas, el culo en pompa, invitándome. Sé lo expuesto que debe sentirse porque yo ya he pasado por esto, y aunque en ese momento pensé que encontrarse así era humillante, ver la espalda de Harry desde esta perspectiva me parece la imagen más erótica de toda mi vida, aunque estemos en un baño público.

Trago saliva de nuevo, con las turnas cambiadas, y abrazo su cadera para depositar un beso en su cuello.

- Sabes que duele, ¿no?- le digo, acariciando sus omóplatos en dirección a... ahí. Él se encoge de hombros y gira el cuello para poder mirarme con burla.

- No creo que me hagas más daño del que te hice yo a ti.

Sonríe y cazo al vuelo su provocación y el doble sentido que guardan sus palabras, y algo en mi interior salta por la humillación. Con que esas tenemos...

- ¿Estás seguro?- pregunto por última vez.

- Que sí, joder. Hazlo de una maldita vez.

- Va a doler.

- Hazlo.

Y lo hago. Sin preparación, lubricante, dedos previos como él hizo conmigo, o delicadezas. Mi pelvis golpea contra sus glúteos, clavándome en su interior con crueldad y su espalda se arquea como si hubiera recibido un latigazo, sus manos enganchadas a mis muslos clavándome las uñas. Sin embargo no grita, como si eso fuera una demostración de debilidad. Lo que sí hace es respirar hondo y negar con la cabeza.

- Me cago en todos tus putos muertos, Jones- me dice, con la voz entrecortada. Me retiro y me vuelvo a estrellar con saña contra él, que cae hacia delante y sus manos paran el golpe que se hubiera pegado en la cabeza contra la cisterna.

- He dicho que dolería- me jacto.

- Te voy a matar cuando salgamos de aquí.

Beso su nuca y me sigo moviendo. Al cabo de un par de minutos, sólo puedo alegrarme de que haya decidido cambiar los papeles porque esta experiencia es inexplicable; ahora logro hacerme a la idea de cómo tuvo que sentirse él la noche pasada en el barco conteniéndose para no hacerme daño como si fuera una princesa, y la verdad es que le compadezco. Esto es delicioso.

Pierdo la noción del tiempo cuando todo lo que soy capaz de percibir son las prietas caricias que su interior me está dando, y tengo que morderme el labio inferior con fuerza para que los gruñidos dementes que escapan de mi garganta de un modo gutural no se conviertan en gritos desenfrenados que podrían alertar a todo el mundo.

Trato de recordar lo que él hizo conmigo, y busco ese punto que hizo que me volviera loco y me saliera prácticamente de mi propio cuerpo de una manera casi divina, y lo hago. Y no sé lo que toco, pero consigo lo que él consiguió conmigo, y no tarda en deshacerse por la acción de mi cuerpo sobre el suyo, jadeando bajito porque sé que se consideraría demasiado femenino si se permitiera gemir por mi culpa.

Pasado un rato salgo de él con el cuidado que no he tenido al entrar, y le oigo soltar un leve gemido de dolor, incorporándose sobre sí mismo con renuencia. Me paso una mano por la frente para eliminar el sudor y espero a que los espasmos post-orgasmo se vayan de mi cuerpo, viendo cómo Harry coge papel y se asea. Y pienso "me acabo de follar a un tío". Igual desde fuera no se ve como algo tan grave, tan trascendental, pero desde dentro es un mundo. Es como si antes de esto las cosas todavía pudieran volver a su cauce y yo todavía pudiera convertirme en un marido ejemplar, pero después de esto... después de esto ya no. Es el mismo ejemplo que se usa siempre en estos casos, ese del puzzle. De las piezas que encajan. ¿Alguna vez habéis tratado de hacer uno de esos de mil piezas y no habéis sabido dónde encajar una que se parece a todas las demás pero que en el fondo es cada vez más distinta y no entra en ningún lado? Pues ese soy yo. Y el único lugar en el que quepo sin tener que replegarme o disfrazarme de otra cosa, es con Harry.

Le miro, casi con miedo a que me parta la cara por haber sido tan sádico con él, y lo que obtengo es un abrazo y un beso profundo y entregado que me asusta. Tardo un par de segundos en reaccionar porque esperaba cualquier cosa menos esto, y sólo cuando la parte positiva de mi cabeza me susurra "esto significa que le ha gustado, que le has dado el mejor polvo de su vida y te lo agradece así", puedo seguirle el beso, aunque la parte negativa grite "te está ocultando algo", consiguiendo acallar a la otra.

Salimos del baño tras vestirnos de nuevo rápidamente y nos aseamos un poco con el agua de los lavabos, para eliminar restos de sudor o saliva del otro, y volvemos al salón con Mery y Kath, que prácticamente han terminado sus helados.

- ¿Os habéis perdido? Estábamos a punto de irnos sin vosotros- ahogo una risita, y busco una excusa creíble, mirando a Harry, al que todavía se le aprecia algo de rubor en sus mejillas.

- Había una cola enorme, ¿verdad Haz?

- Tampoco era tan grande- me contesta él, otra vez con doble sentido.- Las he visto más largas.

- Es igual- tercia Kath.- Terminaos el postre y nos vamos al hotel. Necesito al menos ocho horas de sueño.

Y así lo hacemos. Son las once y veinte cuando salimos del restaurante y volvemos al hotel en apenas otros tantos minutos. Puede sentir el nerviosismo enraizar en cada fibra de mi cuerpo, contando las horas que nos quedan para comenzar con la farsa y rogándole a un dios en que no creo para que todo salga bien.

Llegamos frente a nuestras puertas e introduzco la tarjeta en la pureta, al igual que hace Harry, mientras Mery y Kath se abrazan con cariño y se dicen cuánto les ha gustado conocerse, y que esperan encontrarse en algún lugar del mundo algún día. Harry decide hacerse el machote (ahora que ya no puede engañarme), y me golpea el hombro con ímpetu, teniendo su mano derecha hacia mí y yo se la estrecho con fuerza. Luego pega un tirón de mi brazo y nos damos un abrazo de cavernícolas que consiste en golpearnos la espalda con sonoros manotazos como buenos machos que somos.

- Mucha suerte con el viaje- les desea Mery.- Y feliz matrimonio.

- Igualmente- sonríe Kath, mientras tira de la mano de su marido hacia el interior del dormitorio.

- Y tú hazme el favor de mantenerte en forma- me riñe Harry.- No se diga que no has tenido un buen profesor.

- Eh, que yo no necesito ir a un gimnasio a mazarme como tú- le pico.- Mi cuerpo es escultural por naturaleza.

- ¿Escultural tu cuerpo? No me hagas reír, si pareces un espárrago al sol.

- ¡Qué espárrago ni qué niño muerto!- Mery bufa y entra al dormitorio quitando la tarjeta de la puerta y Kath hace lo propio, avisándole a Harry de que entre cuando terminemos nuestra adulta conversación.

Ambas puertas se cierran con nuestras mujeres dentro y Judd sonríe como si dijera "¡conseguido!", y se acerca y me abraza a él.

- ¿Estás bien?- le pregunto refiriéndome a lo ocurrido en el baño, aceptado su abrazo y premiándole con uno de vuelta.

- Te lo diré cuando me levante mañana, tengo el culo dormido- esboza un gesto de dolor exagerado y sonríe sin mirarme a los ojos.- No sabía que fuera tan bueno...

- Ya, bueno, tenía que serlo. ¿Por qué se iban a dar por culo los maricones si no?

- ¿Por qué hablas de ellos como si no te incluyeras?- se carcajea y me besa en la mejilla.

- ¿Por qué has...? Quiero decir, la otra noche...- fui yo el muerde almohadas, completa esa frase. Harry respira hondo, revolviéndose incómodo entre mis brazos, y parece ordenar sus pensamientos antes de hacerme partícipe de ellos.

- Tampoco es tan extraño. Tú lo hiciste conmigo, ¿por qué yo contigo no?

- Porque llevas un cartel colgando de la frente que dice "yo sodomizo, no me sodomizan".

- Dan, no sé. Tuvo que ser complicado para ti dejarte llevar conmigo y sé cuánto debió costarte darme lo que me diste. Somos adultos, y prácticamente estamos dándonos cuenta de que todo lo que hemos creído querer hasta ahora se está desmoronando en pedazos. Quería que tuvieras también esa parte de mí. Que vieras que si te la doy, es porque realmente esto, tú, eres importante para mí. Que pase lo pase, y duela lo que duela, lo he hecho por ti.

Pasa su lengua por sus labios, los cuales se han resecado un poco, y a través de nuestras camisas puedo sentir su corazón trotando cual caballo libre por un prado, desbocado. Yo trago saliva, integrando sus palabras en mi cerebro poco a poco para poder degustarlas mucho más, y no paso desapercibido el hecho de que su mirada evita la mía, y el pulso le tiembla, y sus ojos brillan. Brillan tanto que hacen que algo se me encoja a la altura del estómago y me duela respirar. Y que la parte negativa de mi cerebro vuelva a gritarme cosas que no quiero escuchar, en las que no quiero creer. Porque mañana es el último día, mañana seremos libres, y podremos repetir esto miles de veces, y en miles de sitios, sin miedo a ser descubiertos. Porque mañana empieza mi vida. Y esa voz tiene que estar equivocada.

- Nos vemos mañana- le digo un vez hemos roto el abrazo con cierta frialdad que me empeño en pensar son los nervios que tenemos a todo lo que tenemos que hacer mañana.- Tu vuelo sale más tarde, así que me tocará esperarte. Ya sabes donde.

Asiente obediente y mis manos parecen no querer desligarse de las suyas, entrelazados nuestros dedos como si estuvieran cosidos por un hilo invisible pero titánico, como cadenas de hierro que no se pueden destruir.

Me obligo a mí mismo a apartarme de él para poder meterme de una vez en la cama y que el día de mañana llegue cuanto antes, y él levanta su mirada de sus pies, cargada de algo tan similar al arrepentimiento que me ahoga.

- Te quiero- me dice. Y me lo dice con todas las letras, alto y claro. No lo oculta, ni lo disimula con frases graciosas que le quiten peso a la situación, ni lo sisea o lo esboza. Un "te quiero" limpio y lleno de verdad.

Sus dedos se cierran un poco más sobre los míos y en lo que dura un parpadeo, sus labios están besando los míos, repartiendo un sentimiento amargo por todo mi cuerpo. El mal presentimiento que siempre tiene un perdedor.

Me oprime contra él, introduciéndose en mi boca como si quisiera invadirme o buscara algo dentro de mi que parece no quedar a su alcance, y reculo un par de pasos hasta que mi espalda se apoya contra el quicio de mi puerta, y aturdido, le devuelvo el beso, un beso profundo pero doloroso.

Cuando se separa de mí, recalo en que justo en este lugar fue donde nos dimos el primero, el primer de todos, el que iniciaría las dos mejores semanas de toda mi vida. Borrachos, y con ganas de experimentar, y las cosas han cambiado tanto y se han vuelto tan intensas entre ambos que cuesta creer que todo eso fuera hace tan sólo quince días, o incluso menos. Porque hemos vivido tanto, que resulta inconcebible que se haya desarrollado en un periodo de tiempo tan corto. Y recuerdo también que me pregunté si alguien podía enamorarse de una persona conociéndola tan poco. Es ahora, cuando Harry acaricia mi mejilla con su pulgar mirándome a los ojos y me desea buenas noches, cuando sé que la respuesta es que sí.

Lo que no sé en esos momentos, es que ese beso es el último beso que recibiré jamás de sus labios.


Well, no sé si os esperábais lo del baño, pero... ¿Por qué teniendo dos penes usar sólo uno? (? LOL. ¿Opiniones? :))