Hola, buenas noches. O malas noches, porque esto se acaba *llora desconsoladamente*. Nunca sé cómo despedirme tras escribir una historia porque es como si matara a los personajes o me tuviera que olvidar de ellos para siempre y es muy extraño. Han estado conmigo más de seis meses y son como mis hijos, pero hay que hacerlo.

Recuerdo que empecé esta historia porque mi vena Junes empezó a crecer de la noche a la mañana, y entré en todos los foros de McFly y no vi un sólo Junes que pasara de un par de partes, siempre eran OS's, historias cortas y cosas poco profundas, así que... ¿por qué no crear yo uno? Reciclé una idea que tenía para un Pones (sí, esto iba a ser un Pones), y la convertí en lo que habéis ido leyendo todas estas semanas. Tengo que admitir que las cosas siempre quedan mejor en mi cabeza, y luego al plasmarlo no se acercan a como lo había imaginando, pero también tengo que decir que estoy orgullosa de esta historia (tened en cuenta que no me gusta cómo suelo escribir, así que es un logro para mí). Me gusta tanto la historia y cómo he conseguido narrarla, aunque haya pecado en algunas ocasiones de hacer a Danny un poco bastante afeminado (pero contra Harry lo iba a ser de todos modos xD), y con ella quería plantear una historia creíble de amor homosexual, el cuál defiendo fervientemente, y a la misma vez, plantear un Junes que no se basara sólo en sexo, demostrar que entre estos dos machos alfa también podía haber algo de ese amor que todos queremos sentir alguna vez. Y creo que lo he conseguido, ¿no?

Os tengo que dar las gracias a todas las que habéis leído aunque sea un sólo capítulo de esta historia, espero que os haya provocado algún sentimiento, aunque no sean buenos, que los sentimientos malos también son interesantes (? En fin, gracias a los comentarios de Ariana, I'm Ralph y a la pobre de Alba a la que voy a destrozar los sentimientos. Me habéis alegrado los días, really.

Y me callo ya, que hablo más que un loro. Deberíais leerlo escuchando "C'est la mort" de The Civil Wars, porque consiguió crear un ambiente muy bonito cuando lo escribía. Espero que os guste, de corazón.


Epílogo.

20:39 PM, 23 de diciembre de 2067. California.

Harry

El sonido del timbre resuena contra toda la casa repetidas veces, con un deje musical, no simplemente repetitivo. Es Marlie. Cuando pasas tantos, tantos años con cierta persona, cuando el grado de conocimiento es tan grande, aprendes a distinguir incluso sus pasos de otros cien diferentes, aprendes el sonido de su risa, el sonido de sus llaves, y se te graba en la memoria su manera de caminar. Esa confianza que sólo se crea en la familia. Marlie apenas pisa el suelo cuando anda, como si fuera una hadita que pulula por las estancias vertiendo purpurina con su sonrisa, y puedo imaginármela alzada en los brazos de su padre, tocando el timbre con una sonrisa en los labios, deseosa de venir a darle un beso a su abuelo.

Me pongo en pie, apoyando ambas manos en los brazos del sillón y hago acopio de fuerzas para propulsar mi cuerpo hacia arriba, sintiendo todos los huesos craquearme al hacerlo, achaques de la edad. No me siento cómodo siendo viejo, como es normal. No sé qué escritor decía que las personas tienen que aprender a envejecer con dignidad y aceptar sus años, y yo lo hago, pero no me acostumbraré nunca, en el tiempo que me quede, a no poder volver a jugar al fútbol o correr como cuando era un chiquillo. Soy demasiado activo para dejar que la vida me sobrepase.

Kath sale de la cocina, andando rápidamente en dirección a la puerta y me alcanza antes de que pueda abrirla, poniendo su arrugada mano sobre la mía encima del pomo metálico.

- Al sillón- me ordena, clavando sus ojos claros en los míos.

- Kath, tengo 81 años, pero no soy...

- Eres- me interrumpe, sonriendo, esbozando en su rostro a la Kath de veinticinco años con la que me casé. –Eres un viejo decrépito y te ordeno que te sientes otra vez. Es tu cumpleaños, deja que tu familia se encargue de ti por una vez en tu vida.

- Pero...

- ¿Te lo digo en alemán?- ahoga una risa y claudico. En alemán todo suena peor.

Vuelvo sobre mis pasos y me siento de nuevo en el sofá, al lado de la chimenea.

Es Navidad, pero también es mi cumpleaños. Son días especiales para nosotros, en cierto modo, por mi culpa. Debido a lo cercanas que son las fechas, la familia prácticamente no sale de casa estos días, y entre cenas, comidas, fiestas y visitas esporádicas, no hay un momento para la tranquilidad.

El timbre sigue sonando hasta que Kath abre la puerta y los gorjeos de Marlie llenan el recibidor, llegándome hasta el salón donde me encuentro.

En menos de un minuto, sus pasitos de hada se adentran en casa y la veo aparecer por el quicio de la puerta, con su cabeza llena de rizos castaños y la bufanda arrastrando por el suelo porque no ha dejado que su padre se la quite del todo, y se tira a mis brazos. Y suspiro.

Llevo más de cincuenta años mintiéndome a mí mismo. Llevo más de cincuenta años repitiéndome sin cesar cada noche antes de dormir, que esta es la vida que quería, que esta es la vida que me correspondía, la adecuada para mí y para mi familia. Me miento todos los días y todas las noches, inventándome excusas cada vez más inútiles y patéticas para convencerme de que no me equivoqué aquel julio de 2012, que hice lo correcto dejando allí al inglés y que no me arrepiento de no haber cumplido la promesa que le hice. Más de cincuenta años, que se dicen pronto. Lo malo es cuando no puedes convencerte a ti mismo, cuando se acaban las excusas y las prórrogas, y los años van pasando sin que puedas detenerlos, y de pronto un día te ves con tres hijos, un trabajo de mierda, deudas en el banco y una casa que no se parece en nada a la de tus sueños. Pero aún así, a pesar de que nada en tu vida haya salido como tu juvenil mente imaginó en su momento, tratas de buscarle la parte buena. Tratas de decirte a ti mismo que los veraneos en Los Ángeles son increíbles, o que ver a tus hijos crecer es lo que más te llena en el mundo, o que duermes y le haces el amor todas las noches (o casi todas) a la persona que más amas en el puto mundo entero. Te empeñas, te empeñas con todas tus fuerzas porque sabes que de otra manera te hundirás. Y no puedes hundirte, porque ya no eres tú solo.

Kath y yo llegamos a California tras la luna de miel a las doce de la noche. El vuelo fue eterno e insoportable por varias razones; porque estando tanto tiempo en un avión puedes terminar por volverte loco después de ver tan sólo agua bajo tus pies durante más de siete horas, y porque en un espacio tan reducido es muy difícil esconder tus sentimientos. Cuando llegamos a nuestros asientos, Kath sonrió porque volvíamos a casa, y murmuró algo que vino a significar que habían sido dos de las mejores semanas de su vida, y yo sólo pude pensar que habían sido mis peores. Era grotesco cómo podíamos sentir cosas tan diferentes, y lo mal que me sentí en ese momento sólo lo sé yo.

Sé que Danny me odió, que me odió cuando me miró a los ojos y comprendió que le dejaría allí, que no podía cumplir la promesa que le hice en nuestra Wendy, en aquel yate que me ha perseguido en sueños todas las noches de mi maldita vida. Y también sé que, a pesar de todo, nunca dudó de que le quisiera. Hay cosas que no necesitan confirmación o negación, ni que te esmeres o pongas todo tu empeño en ellas, hablan por sí solas. Y lo nuestro lo hacía. Un amor tan puro y tan potente que no podía salir bien.

Pasé medio vuelo mirando por la ventanilla, clavando mi frente en el cristal como si quisiera abrirme la cabeza contra él y dejar de sentir esa clase de dolor que se manifiesta en todo el cuerpo aunque su centro esté en algo que ni siquiera es físico, pero no lo hice. Sólo lloré. Kath dormía, con los tapones puestos y la almohada semi escurrida detrás del cuello y yo, a su lado, sólo quería desintegrarme. Ni siquiera desaparecer, u olvidarlo todo y poder hacer borrón y cuenta nueva. Dejar de existir. Supe en ese momento que jamás, y esa es una palabra muy amplia, que jamás podría olvidar a Danny. Por muchos años que pasaran, muchos momentos felices que pudieran llenar mi vida o muchas personas que pudiera conocer. Sabía que él siempre tendría un lugar preferente en mi mente, mi alma y mi corazón. Y que por mucho que yo me empeñara en borrarle, nunca lo conseguiría. Es lo que tiene de malo regalarle una parte tan grande de ti a otra persona, te arriesgas a que no te la devuelva nunca.

Y ahora que tengo a Marlie sentada sobre mis rodillas, toqueteándome el tatuaje de la muñeca con uno de sus finísimos dedos, sólo puedo tener sentimientos encontrados. Cincuenta y cinco años de contradicciones. Mentiría si dijera que no quiero a mi familia. Tengo dos hijos y una hija y otros tantos nietos, y mi vida está acabando con la mayoría de mis sueños realizados. Mi propio gimnasio, aquel viaje en carretera con amigos por la ruta 66 un año después de casado, el puenting que hice cuando aún era joven y en el que pensé que moriría... Todo eso que se sale de la rutina y aporta algo distinto a tu vida. Cualquier persona se sentiría agradecido de poder morir habiendo cumplido al menos uno de ellos, y sin embargo, la parte egoísta de mi cabeza, no me deja alegrarme. Por que mi vida se acaba y lo hará sin que yo haya reunido, en cincuenta y cinco años, el valor suficiente para coger un avión y plantarme en casa de Danny a intentar recuperarle, sin saber dónde viviría, sin saber si seguiría en Londres, si querría escucharme o si ya me habría olvidado. Y lo único que me queda ya es pasar mis últimos años con el sabor agrio y amargo de ese "¿y si...?" que siempre procuré evitar y que desde aquel julio me ha golpeado en la cara a cada minuto.

¿Y si hubiera cumplido mi promesa? ¿Y si no hubiera vuelto a California con Kath? ¿Y si me hubiera quedado con él para siempre? ¿Y si pudiera ver su mirada infantil y bromear con él, reír hasta que no pudiera respirar? ¿Habría merecido más la pena mi vida? Y ya no hay "y si", por que la respuesta es clara. Porque tengo más que mucha gente, pero carezco de lo que necesito, que son sus brazos pecosos pegándome a cada segundo por bromear sobre su hombría o su irritante risa de gallina loca. No sé cómo hubiera sido pasar toda una vida con él, ni siquiera si hubiera funcionado, y lo más jodido de todo, es que ya no me queda tiempo para comprobarlo.

Marlie continúa parlando con su lengua de trapo y me dice que cada día estoy más viejo y arrugado, que casi no puede verme el azul de los ojos.

- Marlie, deja en paz a tu abuelo- le regaña Chris, mi hijo menor. Si sabéis lo que es un espejo, entenderéis cuán parecidos somos, es como una gota de agua mía.

- Y tú deja en paz a mi nieta- le contesto. Su mujer habla con Kath y la situación familiar empieza a desarrollarse con simplicidad, conversaciones triviales y estereotipadas como las que hay en todas las familias, necesarias y cotidianas. Hasta que me fijo en que Chris sostiene algo entre sus manos.- Pásame el periódico- le ordeno, aprovechándome de mi posición de padre cumpleañero.

- ¿Y el tuyo?

- En la acera, no puedo agacharme a por él.

- Ya, pero para recoger los céntimos del aparcamiento sí que puedes- contraataca.

- Que le pases el periódico a tu decrépito padre- repito, riéndome y haciendo que Kath me mire con una canosa ceja alzada.

Y Chris obedece, chistando y diciéndole a su hija que se levante de encima de su "reaccionario abuelo" y la niña se baja de mis rodillas, corriendo por la casa para buscar, con total seguridad, la blusa de su abuela que siempre se pone para fingir que tiene veintisiete años en lugar de casi ocho.

Las noticias son algo que me reconforta, aunque sea mezquino pensar así. El dolor ajeno me ayuda a olvidarme un poco del mío, el ver que otras personas lo pasan peor que yo me consuela de un modo que no debería existir por lo ruin que es, pero yo no he inventado los sentimientos que pueblan el mundo.

La primera página no capta mi atención, ni el índice, ni la sección de economía o política. Es la de cultura la que me roba la respiración. Y todos esos "¿y si...?" vuelven a repetirse en mi cabeza.

Una vez Danny comentó casi sin importancia que su sueño era convertirse en productor musical, y durante toda mi vida me he preguntado si lo conseguiría o la represora de su mujer le obligaría a seguir el camino que su obsesiva mente hubiera creado para él.

"Muere Danny Jones, productor musical de..."

Y mis ojos no terminan ni de leer el titular porque veo que lo consiguió, sí, que logró convertirse en un productor de éxito, tanto que su nombre incluso aparece en los periódicos del otro lado del mundo. Y que ahora ha muerto. Eso es lo único que me interesa.

El artículo continúa dando detalles de su vida, de cómo alcanzó su sueño tras una banda fallida, de cómo su mujer, hijos y nietos le han acompañado durante todo el camino de su longeva vida, y enumera todos los éxitos que cosechó, y las decenas de premios y reconocimientos. E incluso se atreven a juzgarle como persona, a creerse por un momento que le conocían y a ensalzar incluso sus malditos defectos, porque también los tenía, aunque ahora esté muerto, era humano, como todos. Y por un momento, por un solo momento, siento cierta paz.

Un nudo se me hace en la garganta, y mis ojos pasean por el artículo leyéndolo una y otra y otra vez, mirando su foto decorada con un pie de página en el que se indica que fue tomada hace tan sólo unos meses y en la que aún puedo ver, entre sus arrugas y sus pecas y las putadas de la vida plasmadas en su rostro, la niñez de sus ojos. La luz, la vida escondida, las ganas de extender las alas, más allá del plano profesional. En ese momento sé que lo nuestro habría funcionado, de un modo u otro puedo saberlo, como si la fotografía me hablara por él y me dijera que no era justo para ninguno de los dos que éste fuera nuestro final, que nos merecíamos algo más, que fui un cobarde y ahora sólo puedo recoger los pedazos de lo que yo mismo destruí.

Enumera también sus miles de viajes de trabajo, las decenas de veces que visitó California y sólo el pensar lo cerca que le tuve sin saberlo consigue que todo duela en un grado superlativo, asfixiante e insoportable, y me imagino lo que debió sentir él sabiendo que yo debía andar por alguna de las soleadas calles de esta ciudad, viviendo una vida de la cual le había echado sin explicaciones lógicas, y vuelvo a llorar como en aquel avión que nos trajo de vuelta tras la luna de miel.

Y siento cierta paz, sí, porque ahora que él ya no está, puedo decirme a mí mismo que soy una víctima de todo esto, que aún me quedaba tiempo para buscarle, aunque nuestros pies no sepan dar un paso sin bastón o nuestro corazón pudiera haber muerto sólo con ver al otro, puedo decirme que, si no lo hice, fue porque el destino me lo quitó antes. Puedo resguardarme en la falsa excusa de que no fue mi culpa, de que su muerte interrumpió mis planes. Puedo mentirme por última vez y creer que no fui el gallina que huyó de su lado con el rabo entre las piernas.

Puedo hacerlo, aunque sea otra de esas cosas que no lograré ni en otros cincuenta años. Porque ahora Danny está muerto, y a pesar de haberlo hecho con ochenta años, sé que me seguía queriendo como cuando era un adolescente inseguro en el cuerpo de un hombre de veinticinco. Y la certeza de eso duele más que todo el dolor del mundo.

- Papá, ¿estás bien?- me pregunta Chris, alzando sus ojos de la revista de prensa rosa que ha cogido para sustituir el periódico, y yo asiento, sin despegar mis ojos del papel.

- La edad, hijo- me limito a decir.- Nos pasa factura a todos, ya lo entenderás...

Cierro el periódico, echándolo a la mesita del té y poniéndome en pie a la fuerza con mis huesos oxidados. Marlie sigue correteando por todos lados, ajena a los problemas de ser adulto, y por un instante deseo que no crezca nunca para que no sufra.

El frío de diciembre es insoportable, pero salgo al porche para sentir la gélida brisa golpear mi apergaminado rostro y poder sentirme un poco vivo.

Ahora ya puedo morir. Ahora ya no queda nada que me haga querer pasar un día más aquí, ni siquiera ellos. Sé que una muerte es algo pesado, algo que siempre deja un vacío, pero yo ya he vivido demasiado y el peso de todas mis vivencias es aún mayor.

Levanto la manga de mi jersey y, bajo el reloj, con los contornos algo escondidos pero aún visible y nítido, encuentro el tatuaje que mi nieta ha estado delineando. Sé que le encanta porque le recuerda a Disney, a la tonta de la chica de Peter Pan, esa que rechazaba quedarse con su chico porque tenía que escoger la opción correcta, mi Wendy. Escrita en una tipografía sencilla, sin florituras, sin complicaciones, simple y llano, lleno de recuerdos. Paseo ahora mis dedos, deformados por la edad, y cierro los ojos recordando aquella noche en el yate, tan lejana que parece que casi la inventé más que la viví. El Alzheimer ha decidido no hacerme una visita y ayudarme a olvidar aquella noche, no me ha hecho olvidarle a él, ni todas las sensaciones de esas dos semanas.

Miro mi tatuaje, con una suave sonrisa en los labios y algo de nostalgia envolviéndome hasta la médula. La puerta de casa se abre y alguien sale a buscarme, pero no presto atención; la mente lejos de aquí, más allá de las fronteras, de las leyes, la moral o la decencia, de las prohibiciones y el qué dirán, con Danny, donde quiera que esté y ahora sí, para siempre. Porque recuerdo que un día le dije que todo aquello empezaba como una experiencia más, y terminaba por echarle de menos hasta que doliera, y llevo sesenta años extrañándole. Creo que ya es hora de que seamos felices, aunque sea en nuestros sueños.

- Fin -


Es la segunda de mis historias que termina en drama, pero si me tiráis tomates, que no sea a la cabeza, que tengo una selectividad que sacarme xD

¿Merece algún comentario? ¿Habéis llorado mucho? ¿Algo para hacerme feliz por última vez?

Gracias de nuevo a todas las que habéis leído, espero que vuestras PAEG's, PAU's o como se llamen sean exitosas y que paséis un buen verano.

Nos leemos en "Somewhere only we know" y si queréis algo, estoy en Twitter (Gemma_noworries). ¡Feliz existencia!