Las mentiras escocían como puñales en su pecho. No, no mentiras, verdad oculta. Casi una vida entera disfrazada con pequeñas fachadas que ahora colgaban de su cuello en forma de perlas y diamantes. No la dejaban dormir porque no podía contárselo. Porque si fuera tan fácil ya lo hubiera hecho, pero no lo era. Le destrozaría, le dejaría para el arrastre.

Suspiró, esperándole tirada en el sofá, mirando el techo ensimismada. ¿A dónde iría? Sabía que aquel collar no significaba nada en realidad, para él no era más que... una hermana, una protegida. Sus besos en la mejilla no eran los besos que ella sospechaba desear. Sospechaba, porque no sabía si le amaba. Había querido antes, claro que sí. Quiso a Albert con locura, una locura llena de pasión que se esfumó a los dos meses, dejando un cariño muy muy intenso y una profunda necesidad de estar juntos. Lo estuvieron hasta que la gota se lo arrebató. Desde entonces había estado sola, sin hijos. No había podido tenerlos y dudaba de poder formar una familia en el futuro, una de su propia sangre. Pero tampoco le causaba más molestia.

Bufó, frustrada, quitándose la manta de una patada. Tenía calor, estaba agobiada, baldada. Pero no podía dormir, no con aquel cansancio, no cuando no paraba de darle vueltas al asunto del juez Turpin. Había ido, por fin. Eso significaba todo un cambio.

Suspiró y se sentó. Se miró los pies, los botines no mucho más allá. A veces tenía ganas de ponérselos y huir, escapar al lugar más lejano que el dinero pudiera permitir. Pero sería sospechoso, y el Sr. Todd se daría cuenta. La buscaría hasta debajo de las piedras, siempre se lo decía. Eres mi bien más preciado, susurraba cuando pensaba que un día podría perderla. No quiero que te pase nada, eres como una hermana para mí.

Como una hermana para él, bendita ilusión.

Se levantó con pesar de no poder descansar y se arrastró hasta la ventana. Atrajo con cuidado una de las suaves y pesadas cortinas rojas para taparse y poder observar la calle sin que nadie la viera.

Si hubiera sido otro, cualquier hombre, hubiera corrido a casa a tomarla y prometerle el cielo, la luna y las estrellas.

¿Cuántos pueden decir que tienen a una mujer que consideran hermosa esperándoles en casa, totalmente dispuesta y en salla? ¿Una mujer que les ame de verdad? Estoy segura de que... no muchos.

Pero él amaba a otra. Lo veía en sus ojos cuando la miraba, cómo trataba de sustituir el vacío que sentía por haber perdido a Lucy, su amada esposa. Estaba segura de que dejaría de existir para él si supiera que Lucy... daba igual.

No hay razón para pensar en el pasado, se dijo a si misma, respirando hondo y asintiendo para convencerse a sí misma. Él nunca lo sabrá, así que no hay nada de lo que preocuparse. Se ocupa de mí, me aprecia. Es suficiente, añadió, llevando la mano al collar que colgaba de su cuello. Le ayudaré en todo lo que pueda.

—Sra. Lovett —fue la voz sorprendida del Sr. Todd desde la puerta la que la sacó de sus pensamientos—. La creía dormida. ¿Qué hace en la ventana? Aléjese, por el amor de Dios, ¿qué podrían pensar de usted?

—No se preocupe, querido —sonrió sin mirarle—. La cortina me tapa bien.

—No diga tonterías, apártese —volvió a tomarla por los hombros en su clásico movimiento, extrañado porque de repente no le miraba a los ojos—. Pero, ¿qué...? ¿Por qué llora? ¿No le gusta el regalo?

—Sí, sí... me encanta —sonrió, tratando de disimular mientras se limpiaba las traviesas lágrimas que se esforzaban por salir.

—¿Entonces? —preguntó aún más preocupado, borrando por el pulgar un rayo de luz que se reflejaba en su mejilla derecha.

Aun en su fragilidad, no podía dejar de admirar su entereza y su belleza. Era como un cuadro, por eso le gustaba tenerla cerca. Era como mirar una perfecta obra de arte, estuviera donde estuviera. Bien sabía él que la Sra. Lovett tenía muchos pretendientes, y aunque la relación entre ambos no estaba clara, sospechaba que había rechazado a todos por él. No le parecía bien; merecía ser feliz, pero jamás diría nada. No haría nada que pudiera arrebatársela.

—Es... es que he visto al juez antes... y me he puesto nerviosa... y casi lo estropeo todo, yo..., y-y ahora el regalo... y yo... yo no sé qué pensar —se derrumbó en su hombro—. Debería estar usted enfadado...

—Debería —corroboró—, pero ha sabido suplirlo y salvar la situación. Usted asegúrese de no cometer ningún error o paso en falso, y todo estará bien entre nosotros, ¿vale? —sonrió acariciando sus mejillas, después su cuello y su clavícula.

En sus ojos y su sonrisa vio la promesa de algo muy siniestro detrás, una amenaza implícita y bien escondida, a la vez. Algo que sólo ella podría ver.

—T-Tengo que irme —susurró deshaciéndose de su abrazo y pasando por su lado con un suave pero decisivo movimiento.

—¿Se va? ¿Por qué? —frunció el ceño, soltándola.

—H-He quedado, sí... eso es.

—¿Tiene una cita? —preguntó con cierta sorpresa, no sabiendo si aquel tartamudeo era por el disgusto y si había algo más allá.

—Así es —asintió, poniéndose las botas con nerviosismo—. Ayúdeme con el vestido —se apartó el pelo para que pudiera amarrárselo.

—¿Y cómo no se ha acordado hasta ahora? Debe de estar muy excitada con este nuevo plan.

—No, de hecho llevamos viéndonos un par de semanas... —se calló de repente al recordar que no le había hablado sobre aquel nuevo hombre en su vida.

—Ya veo.

—No se enfade, Sr. Todd —suplicó, sentándose para que la peinara, como de costumbre—. No era nada serio, hasta ahora, por eso no le he contado nada.

—No importa, Sra. Lovett. Es su vida, haga con ella lo que quiera —pero la verdad era que se había puesto muy serio y que los tirones iban en aumento.

—Sr. Todd, me hace daño —se quejó.

—Los nudos ocultos siempre hacen daño, Sra. Lovett —respondió cortante.

—Sí, lo sé —suspiró ella.

—¿Qué dice, Sra. Lovett?

—Que ya lo noto —añadió más alto.

Continuó en silencio, desfogándose con aquel pelo que tanto se esmeraba en cuidar como buen barbero.

Había un hombre por ahí acechando a su preciosa dama del lago, a su sirena de rizos ruby, a la musa de su sangrienta oscuridad. Había pensado que ella rechazaba a todos por él, quizá estaba equivocado. Pero que estuvieran juntos no significaba que fuera a perderla, ¿verdad que no? No, ella era su amiga, su hermana querida, su posesión más preciada. Ya sabía cómo se ponía cuando estaba mucho tiempo sin verla, jamás permitiría que se sumiera en una depresión otra vez. Siempre permanecería cerca para él, estaba seguro.

Suspiró.

—No me enfado, palomita. De verdad. ¿No me va a contar nada más? —poco a poco los tirones pasaron a ser suaves caricias. A veces le costaba un poco procesar la información.

—No hay mucho que contar, en realidad... es viudo, tiene tres hijas mayores ya casadas... es como yo, pero con familia claro. Es una buena persona.

—¿Es cliente nuestro? Lo digo para ponerle en la lista.

—No —rió—, creo que es fiel a otro barbero, pero le invitaré si quiere conocerle. No, de hecho me encontré con él en el mercado hace unos siete meses. Acababa de morir su mujer y no tenía ni idea de cómo salir adelante él sólo. Le ayudé, un poco. Y bueno, hace no mucho que me pidió en relaciones. Es un buen hombre, como ya le he dicho.

—Me alegro, Sra. Lovett —soltó su pelo porque ya había terminado de ponerle las pinzas en su sitio—. Y usted... ¿le ama?

—Esa pregunta es un poco atrevida, Sr. Todd —se ruborizó.

—Conteste —insistió acercándole maquillaje y perfume. Tenía para vender, así que podía gastarlo en ella si lo necesitaba.

—No... no sé. Es... un inicio de relación, ¿comprende? Podríamos acabar siendo algo más que amigos... o ser sólo amigos. Es difícil de explicar —suspiró empezando a maquillarse ella sola.

El silencio se hizo presente de nuevo para dejar que la concentración ocupase el cuadro principal.

—Espero que le salga bien, Sra. Lovett, sinceramente —añadió unos minutos después, cuando la mujer estaba a punto de terminar. Aunque su voz tenía cierta tristeza, lo decía en serio.

—Usted y yo no volveremos a estar separados, se lo prometo —se levantó sonriendo.

Le tomó por la mandíbula y le estampó un gran beso en la mejilla, dejándole marcado de carmín.

—¿Vendrá a dormir? —preguntó con un hálito de esperanza.

—No, no creo. Nos vemos mañana —le guiñó un ojo antes de dejarle.

Y la soledad le engulló, con ella la melancolía. Odiaba cuando se hacia patente que era una persona. Para él era más como... una mascota, una hermana pequeña, un objeto que a veces se comporta mal y hay que enseñar a no hacerlo así. Era cierto que se había llevado varios empujones, igual alguna bofetada... pero no las recordaba y ella se empeñaba en negar la evidencia cuando volvía en sí de sus borracheras.

Tendría que haberla abrazado, para apoyarla. Eso es lo que hacen los amigos. Ahora se sentía culpable, y egoísta, como el juez Turpin. Pero no volvería a caer en la tentación, no más. Así ella no tenía que preocuparse después de sus heridas.

Tomó el asiento que ella había ocupado, donde solía sentarse él siempre, y sacó de detrás del sillón un vaso y la botella de la ginebra más penetrante que tenía. Todavía faltaban unas horas para el atardecer.

La luna rompía en el horizonte cuando se levantó. Se estiró, bostezó y asomó a la ventana para ver llegar a la Sra. Lovett, pero no llegó. Frunció el ceño, aquel era su toque de queda. Decidió ir a asegurarse de que todo estaba bien, así que se puso una chaqueta para atravesar las frías cloacas hasta el sótano de la tienda de la Sra. Lovett, en Bell Yard. Eran más de cien metros. Cien metros que recorrió en apenas un minuto, chispado y todo. Subió las escaleras de dos en dos y abrió la puerta de par en par y subió por las escaleras de la trastienda a la casa de ella.

El primer sitio donde se le ocurrió mirar fue, obviamente, la habitación. El dormitorio. Y acertó, acertó pero no por pensar mal, sino porque estaba durmiendo. Sola. Muy sola. Y por lo que parecía, llevaba dormida varias horas, como si no hubiera salido en lo absoluto. ¿Le había engañado? Prefirió esperar para averiguarlo e irse a dormir él también. Al menos ya estaba más tranquilo.

Se internó de nuevo en las frías y antiguas catacumbas, enterradas allí desde hacía tiempo y descubiertas por casualidad por él. La chispa empezaba a pasársele y comprendía que la Sra. Lovett le había mentido por algo, una razón tan oscura como eran los túneles que no habían iluminado. ¿Por qué? ¿Alguna vez lo había necesitado? ¿Era para hacerse la interesante? ¿Para darle celos?

No, ella no le amaba. Rió por lo bajo ante la absurda idea. ¿Cómo iba a amarle? Con todas las monstruosidades que había cometido... Ella era más delicada, una pequeña flor... vale, ya florecida hacía tiempo, y bien regada, pero una flor. Una muy fuerte, todo sea dicho.

Era una bonita relación de amistad, cada día estaba más seguro. Lo único bonito en su vida, por eso se esmeraba en cuidarlo y quererlo. Era su salvavidas.

—No, nadie se puede enterar.

—¿Quiere que la transportemos a su casa?

—Sí, preparad los aposentos junto a los de mi pupila.

—Creo que su prometida estará feliz con el cambio, Sr. Turpin.

La conversación llegó a sus oídos por casualidad. Se pegó a la pared y trató de escuchar algo más, pero la pareja ya había abandonado la alcantarilla por la que se había filtrado el sonido.

Así que el honorable juez celebraría pronto una boda, y seguro que por todo lo alto. Ese era el gran evento del que no quería hablar con nadie, ni siquiera su red de mendigos había podido interceptar un dato sobre el evento.

¿Pero por qué frente a la casa de la Sra. Lovett? ¿Tendría algo ella que ver? No, qué locura. ¿Cómo iba a tener ella algo que ver?

Ella me es totalmente fiel. Debe de haber sido una casualidad, una fortuita casualidad.

La verdad es que le abría todo un abanico de posibilidades el hecho de conocer aquello. Ahora tenía algo que le posicionaba por encima de él, tenía poder sobre el juez, sólo que todavía no sabía cómo iba a enfocarlo. No sabía si darle las gracias a la Sra. Lovett o enfadarse, como había decidido minutos antes del encuentro.

Fue una noche de deliberaciones. Mientras ella dormía en calma plácida en su cama, una calle más allá, Sweeney Todd meditaba con determinación los últimos acontecimientos. Sin duda, tenían que hablarlo. Era obvio que no había salido con nadie; una mujer que sale y se lo pasa bien, y más siendo la Sra. Lovett, suele no desmaquillarse antes de ir a dormir, o se desmaquilla mal. Sin embargo, de lo poco que pudo observar en sus aposentos todo estaba bien ordenado, incluso los paños que usaba para quitarse las pinturas.

No, no había salido.

Por otra parte, estaba la recién comprometida del juez, su archienemigo. ¿Quién sería? ¿Johanna? Rezaba a los cielos que no, eso sería terrible. ¿El juez Turpin de cuñado? Dios, qué tortura. Tenía que averiguar más cosas sobre él y la supuesta mujer. Estaba empezando a ocurrírsele un plan mejor que matarle... las mejores venganzas son cuando devuelves el mismo dolor en la misma cantidad, ni un gramo más, sólo lo suficiente para hacerle comprender, como a los niños pequeños, que lo que había hecho estaba mal.

Se encontraron, como todos los Domingos, frente a la puerta de St Dunstans, unos minutos después de que empezara la misa, y entraron en silencio. No les gustaba el gentío. Ella le obligaba a ir porque insistía en que, de esa forma, no se sentirían tan mal consigo mismos. Sweeney Todd encontró con el tiempo que esto era cierto, más o menos.

Se escabulleron en las últimas filas sin mediar palabra. Apenas le miraba, pero cuando lo hacía podía jurar una sonrisa falsa en su rostro.

—¿Qué le pasa? —susurró, ya cansado.

—Nada, calle —le chistó.

—... y la mentira, hermanos, será condenada por Satanás. Aquellos que levanten falsos testimonios perecerán en las flamas del infierno, que consumirán su corazón y su alma hasta que no quede retazo de vida en ellos. Pues la mentira, mis queridos feligreses, crea un infierno en vida. Si alguien miente deshonra a Dios, deshonra a su padre y se deshonra a sí mismo. Los diablos de Mefistófeles carcomerán sus entrañas hasta que no quede nada, pues es como...

La Sra. Lovett empezó a retorcerse. De verdad, ¿ese tema? De entre todos los que podía elegir, ¿tenía que elegir ese?

—¿Se encuentra bien? —preguntó preocupado.

—No... la verdad es que no. Discúlpeme.

Se levantó en silencio y en unos segundos volvía sufrir las nauseas en el patio. No esperó a que la puerta volviera a abrirse para salir corriendo hacia Bell Yard. No quería tener que enfrentarse al Sr. Todd. Todavía no.

Sí, le había mentido, y eso carcomía su alma. Si no era mentir, era ocultar. No había salido con nadie, Lucy no había llegado a morir tras beber arsénico, sí que conocía al juez de antes... eran demasiadas cosas en su cabeza, demasiadas.

Agarró la primera botella de alcohol que encontró y pegó un trago sin vaso ni nada.

—Sabe, estando embarazada no debería beber alcohol.

—¿Embarazada? —no pudo evitar un pico de voz, dándose la vuelta sobresaltada—. ¿Qué hace aquí? ¿No debería estar en misa?

—Usted también debería —suspiró quitándole la botella de la mano—. Me mintió, ayer no salió a ninguna parte. Son las nauseas, ¿verdad?

—¿Nauseas? ¿Qué...?

—Vamos, déjelo ya. Sé perfectamente que... bueno, que está embarazada. Es obvio. Podría habérmelo dicho, me hubiera ahorrado todo este estúpido juego. ¿Es que no confía en mí?

—C-Claro que confío en usted —no sabía dónde meterse.

—¿Quién es el padre?

La seriedad no había abandonado su rostro. ¿Qué iba a decirle?

—Eso no importa —tragó hondo—. Usted es barbero, ¿no? Recomiéndeme a algún buen abortador y ya está.

—¿Abortar? ¿Está loca? Eso es extremadamente peligroso. No, usted lo tendrá, hágase a la idea. No se preocupe por el padre, ya nos inventaremos algo. De momento, se acabó el alcohol. Y fumar —añadió, quitando los cigarrillos de liar que tenía sobre la mesa—. Las madres no fuman.

—Pero...

—Nada de peros, Sra. Lovett. Vendré a visitarla luego, no quiero que cargue con pesos, no en su estado. Descanse, vomite tranquila. Tengo que atar algunos asuntos.

Y como si nada, papi Sweeney se había marchado.

Mentira sobre mentira. No podía más. Ahora sí que iba a vomitar. Tiró todo el desayuno en el primer balde que encontró.

¿Y qué se creía? ¿Que era tonto? Sweeney Todd sabía a la perfección que aquella era otra mentira, pero si era capaz de ocultarlo con algo tan gordo, era porque quizá no merecía la pena saberlo. Quizá era hora de empezar a separar sus caminos, darse un tiempo.

Pero el tiempo lo tendría cuando hubiera reventado el grano de pus en el que ella estaba convirtiendo la relación.

Mientras apretaba, se dedicaría a investigar sobre el juez. En poco tiempo Londres no sería más que un mal recuerdo.