Alcohol, alcohol, alcohol. ¿Dónde está el alcohol? Es extraño cómo dos personas separadas por apenas setenta metros podían estar pensando lo mismo en el mismo instante.
Era la mañana del Domingo. Sweeney Todd había ido temprano a su casa para asegurarse de que la Sra. Lovett no escondía ningún «agente perjudicial» para la «criatura» que llevaba dentro.
—Mi madre bebió y fumó durante el embarazo, y nunca pasó nada.
—Y mire cómo ha salido usted, más puta que las gallinas —había contestado él con sorna. Las mejillas de la Sra. Lovett se encendieron de furia, mas recordó que debía seguir la mentira.
—Vale, tiene razón —suspiró al recordar que estaba supuestamente embarazada.
Por supuesto que no le dijo dónde escondía todas las botellas, pero el Sr. Todd se empeñó en guardar en persona la llave del bar de su casa y de quitar todo. La hizo estar presente para que sus propias expresiones corporales delataran las botellas escondidas.
No era justo, ahora tenía que buscar a ver si había dejado alguna. ¿Qué más le daba a él si bebía o no? ¿Quién era? ¿Su padre? Empezaba a hartarse de sentir una obligación tan profunda hacia él. Sí, era cierto que él era el responsable de que ahora mantuviera un negocio más o menos fructífero y una casa, en vez de quedarse en la calle tras la muerte de Albert. Él la había apoyado en aquellas pequeñas cosas, pero su apoyo, el que ella le había brindado, era mucho más importante. ¿Por qué tenía que temerle? ¿Por qué no podía desarrollar su propia vida, al margen de él? Aquella atadura a veces conseguía ahogarla de verdad, no podía hacer lo que quería o se enfada o deprimía, y entonces su vida corría riesgos innecesarios. Riesgos que más de una vez había usado el barbero en su contra para hacerla volver, pero nunca quería nada de ella. Sólo quería poseerla, en el sentido más materialista de la palabra. Ni siquiera estaban en relaciones, al contrario de lo que todos pensaban. ¿Por qué tenía que ocultarle tantas cosas? Se estaba hartando de no tener libertad ni para decidir en qué clase de asuntos quería meterse.
Y cuando se sentía tan frustrada, para evitar pensar y tirarlo todo por la borda, se dedicaba a beber. Pero no tenía alcohol, así que tocaba pensar. Y pensar la cabreaba. La enfurecía. Tenía que dejarlo salir por alguna parte. Ese conducto de ventilación solía ser fumar. Tampoco tenía cigarrillos.
Gritó frustrada. No era su padre, no era nadie. Era un tío de la calle que había conocido casi veinte años atrás, alguien que llevaba jugando con ella una barbaridad de tiempo. No le debía nada. ¿Por qué tenía que sentirse mal si él optaba por flagelarse? ¿Por qué debía temer decirle que no estaba embarazada, que sólo era el pensamiento de todo lo que estaban haciendo lo que le daba unas nauseas tales que no podía ni comer ni dormir? Había sido como un juego hasta ese momento, pero cuando vio al juez, en esa silla... Dios, sabía lo que iba a pasar. Lo sabía. Su mentira, su todo. De repente era real, de repente era consciente de que de verdad iban a matar a aquel hombre, de que había llegado el momento. Si el Sr. Todd no lo ataba bien, estaban condenados de antemano. ¡Pero a él no parecía importarle!
¿Cómo iba a contarle el miedo que tenía por dentro? ¿Tanto miedo que le costaba respirar? Burbujeaba dentro de ella, ahogándola, mareándola, enloqueciéndola. Una paranoia que la hacía girar la cabeza a cada ruido que escuchaba, como si el propio Satanás fuera a matarla de un momento a otro, palabras del sacristán. Tantas mentiras, y no sólo hacia él, que no aprobaría la mitad de lo que hacía en verdad, sino hacia las mujeres que trabajaban para ella, hacia todos sus clientes, sus parejas... No podía más con ello y no podía contárselo al Sr. Todd. Sabía que él no aprobaba el miedo o cualquier signo de debilidad. La condenaría. Tenía que pasarlo sola, tenía que superarlo, tragarlo y arrastrarlo con ella, y su única forma de lidiar con la angustia y el dolor era el alcohol y el tabaco. Y el barbero se lo había llevado todo.
Jodido bastardo.
Y encima tenía que limpiar sus desastres, como si no tuviera suficiente con recogerse a sí misma cada vez que el sangriento negocio que tenían entre manos podía con ella.
Estaba decidida. Se acabó, iba a hablar con él muy seriamente y se lo iba a tirar todo a la cara. Que lo atrapara como pudiera. Estaba harta y cansada de tantas tonterías. Ella era libre, tenía una vida propia y una voluntad propia, y si él quería tenerla cerca iba a tener que aceptarlo. Lo único que les unía al final era una buena amistad y un secreto mortal, y nada más. No, no era moco de pavo, pero tampoco le debía la vida en su totalidad. Era consciente de que sus sentimientos, esos que la ataban con tanta fuerza, eran los que la retenían en realidad, pero eso no significaba que no necesitase expandirse, socializar. Si el Sr. Todd le deseaba lo mejor, entonces comprendería que necesitaba alejarse de él y su oscuridad para centrarse un poco en sí misma, relajarse y ser feliz. Por mucho apego que le tuviese tampoco era su esclava.
Así que abrió con decisión el sótano y tras entrar cerró la pesada puerta de metal con el pestillo. Bajó las escaleras del fondo a la siguiente puerta, donde guardaba la carne humana, directamente en las cloacas, en una zona limpia anexa al sótano, y entró también, cerrando. Dedicó el resto de la mañana a limpiar el estropicio que el barbero acostumbraba a dejar para ella, tratando de ocupar la mente en algo que no fuera su cabreo. De esa forma no tenía que pensar en nada, seguiría cabreada cuando le viera y se lo soltaría todo, con puntos y comas, si supiera lo que eran esas cosas, claro.
—¿Sabe que el juez está comprometido? —comentó.
Estaba afilando sus navajas frente a la ventana de la barbería, que daba a Hen and Chicken's Court; una vista poco interesante. No se giró a mirarla en un principio, no lo necesitaba. El sonido de sus botines subiendo la escalera era suficiente para saber que había entrado, era un sonido característico que sólo ella podía producir.
—Me da igual —contestó con rudeza.
Entonces se giró a mirarla, sólo para quedarse perplejo. Se había vestido de una forma muy inusual en ella, con colores rojos y negros, pero de una forma muy apagada, muy oscura. Era una de esos vestidos bonitos que sólo guardaba para los días importantes o las fiestas en en el emporio. Lo había combinado con el pelo atado en melena y una sombra de ojos bastante oscura también, dando una sensación bastante... extraña. Como de un luto elegante.
Y todo eso sin obviar las claras señales de que había estado llorando en su rostro.
—¿Qué ha pasado? —preguntó preocupado, dejando lo que estaba haciendo. Se acercó para sentarla y tratar de calmarla, pero ella dio un paso atrás, impertérrita.
—No estoy embarazada, Sr. Todd.
—¿Lo ha perdido? —cuestionó de nuevo, fingiendo perplejidad.
—¡No! ¡Usted sabe que no puedo tener hijos! ¡No me venga con falacias! ¡Sabe tan bien como yo que es mentira!
—Sí, lo sé —suspiró dándose la vuelta. Tenía la sensación de iban a tener un encontronazo bastante más fuerte de lo habitual.
—¿Y entonces por qué me tortura?
—¿Todo esto es porque le he quitado el alcohol? Ya sabe lo que opino de eso, sólo me aproveché de la situación, como siempre hacemos.
—¡No es por el alcohol, maldita sea! ¡Estoy harta, Sr. Todd! ¡Estoy harta de usted y de todo esto! ¡Le he mentido! ¡Le he mentido tantas veces sólo para no enfadarle! ¡Y estoy harta! ¡Quiero ser libre!
El silencio se hizo presente unos segundos mientras el barbero asimilaba toda la nueva información. Se había equivocado, aquello era más serio que un simple roce, como siempre.
—Siéntese, por favor.
—No, no pienso sentarme —dio otro paso atrás. El miedo cruzó sus ojos un momento.
—¿Es que acaso cree que voy a matarla? —no daba crédito a lo que veía.
—¡Ya no sé lo que creer!
—Tranquilícese, mujer. Explíqueme qué ha pasado, estoy seguro de que no es tan serio como usted piensa. Eso es —asintió al ver que ella tampoco quería destruirlo todo—. Para empezar, ¿en qué me ha mentido? Ya sé que no salió con nadie ayer, estuve en su casa.
—Eso era verdad, es cierto que no salí pero sí que hay alguien en mi vida, Sr. Todd —su respiración se entrecortaba con los nervios—. Y como él muchos otros antes de los que no le he contado nada.
Sweeney Todd respiró hondo. Siempre había exigido saberlo todo de su vida, pero podía comprender que para no preocuparle no le hubiera contado nada sobre todos aquellos otros hombres.
—Usted es libre de hacer lo que quiera con su vida, querida. Puedo entender que no me cuente cada aspecto de sus relaciones —pero su voz era tenue y seria.
—¿Ve? ¿Ve a lo que me refiero? ¡No puedo contarle nada porque si lo hiciera usted no me dejaría hacer nada!
—¿De verdad se ve tan atada?
—¡Sí! —gritó—. ¡Claro que sí! ¡Déjeme vivir! ¡No soy suya!
—¿De dónde se está sacando todas esas cosas? —preguntó ofendido—. Nunca la he atado a un poste para que me venga con estas calumnias.
—¿Calumnias? ¡Calumnias! ¡Si parezco su esclava! ¡No puedo toser sin pedirle permiso!
—Pero nunca la he privado de sus caprichos, ¿cierto? Como el alcohol, o tabaco, hábitos no aptos para la dama que usted debería ser.
—¡La dama que usted quisiera que yo fuera! —le corrigió.
—¿Por qué vomitaba ayer? —el Sr. Todd estaba hiperventilando. No soportaba aquellas crueles acusaciones, a su parecer—. ¿A qué viene todo esto?
—¡A que estoy harta, Sr. Todd! ¡A que tengo miedo, y esto sola, y nadie me comprende! —rompió a llorar—. Usted no me apoya, sólo se preocupa de usted, y no puedo soportarlo más. Usted no me permite sentir, tengo que ser la perfecta máquina que usted quiere que sea, y ni siquiera sé si me aprecia o si sería capaz de matarme. Ayer, cuando vi al juez... s-se me cayó el mundo. No puedo con esta presión, lo único que me ayuda a soportarlo...
—Es el alcohol —suspiró, comprendiendo al final cierta parte del puzzle.
No era que le hubiera mentido, era que no le contaba las cosas que ella juzgaba importantes, temiendo que no fuera a aprobarlas. ¿Tanto le importaba su opinión? Se sentía halagado.
—Venga —susurró, y la obligó a aceptar el abrazo—. Usted sabe que el miedo no es una opción para mí —un fuerte sollozo hizo que temblara en sus brazos—, pero eso no significa que vaya a repudiarla por ello. Debe contarme estas cosas pues sólo nos tenemos el uno al otro. Usted es mi mejor amiga, y lo sabe, y sabe que sólo quiero lo mejor para usted. No importa si decide irse de la ciudad con un nuevo marido y no volver a verme, mientras nunca revele nuestro secreto. Lo sabe, ¿verdad? —ella asintió, incapaz de hablar—. Está bien, Sra. Lovett. Debe contarme estas cosas. La libero de su terrible compromiso de contarme su vida, querida —exageró, riendo—. No soy su padre, sólo quiero que esté bien, es todo. ¿O acaso no soy su protector?
—Mi protector, pero nada más —se apartó.
—¿Qué quiere decir?
—No somos amantes, Sr. Todd —sus sollozos se habían convertido en una fría mirada de hierro—. No tiene que controlar todos mis pasos.
—No sabía que lo estuviera haciendo —frunció el ceño, confuso.
—Haré lo que quiera con mi vida, protegeré nuestro secreto y seguiré ayudándole, porque somos amigos, pero esta confusa relación debe acabar.
—¿Confusa relación? ¿Pero de qué está hablando? Es libre para hacer lo que quiera, usted puede estar con quien quiera, ¿qué está insinuando? Es libre para tener su propia vida, creía que eso estaba claro...
—¿Tan ciego está? Si tan listo se cree que es dedúzcalo usted solo, yo me voy —se limpió las lágrimas y se dio la vuelta.
El Sr. Todd no entendía el raro giro de los acontecimientos. Había entrado en estampida, acusándole de un montón de cosas que ni siquiera había llegado a comprender del todo, luego se había puesto a llorar y ahora volvía a estar fría y enfadada con él. No veía cual era el problema subyacente de toda la conversación. La verdad es que había resultado bastante confusa, incluso para él.
—¿Vendrá mañana a comer? —preguntó, casi con esperanza.
—No lo sé, no lo creo —contestó con sequedad, saliendo de un breve portazo.
El Sr. Todd no pudo ver los dos guardias que escoltaban al pomposo juez Turpin por la calle Fleet porque seguía en la barbería, dándole vueltas a la conversación. Podía escuchar a los vecinos susurrar en las paredes; «¿Has escuchado la bronca que han tenido el Sr. Todd y la Sra. Lovett? Creo que de esta no se recuperan.»
Él no era el único, la Sra. Lovett ni siquiera había podido comer por la presión. Todos la miraban cuando salió de la barbería, su voz había atravesado la calle. Y siendo famosa, su vida era asunto de todos.
Había llegado a casa, se había quitado los zapatos y se había asomado a la ventana del callejón de atrás para poder fumar en soledad, ya que había encontrado en uno de sus alijos alcohol y tabaco suficiente para un día. Sólo un triste gato gris vivía en aquella callejuela, ni siquiera las rameras se molestaban en transitar aquel suelo infecto. Sentía una profunda agonía en la garganta, producto de todo lo que había gritado. Ya no podía recordar ni la mitad de la conversación, tal había sido la explosión. Ni siquiera sabía si lo que le había espetado había salido con sentido de su boca. Ni siquiera ponerse un vestido tan bonito como aquel le había dado la fuerza suficiente para hablar con coherencia. Pero se sentía liberada, en parte. Quizá debería haber adoptado otra postura.
—Mírame, Claws —rió con amargura, apagando la colilla en el alféizar y tirándola a la calle.
El gato observaba sus movimientos sentado en el alféizar de en frente, quizá esperando comida.
—Soy patética —suspiró incorporándose y estirándose cuando escuchó las campanillas del timbre—. ¡Ya voy! —gritó, tomándose un momento para cerrar la ventana y asegurar las contraventanas—. ¿Quién demonios es a estas horas? ¡Y en Domingo!
El juez Turpin y sus dos escoltas, era. Abrió la puerta extrañada y maldiciéndose por no haberse arreglado el maquillaje. De todas formas, el juez ya estaba acostumbrado a verla de aquella guisa.
—Buenos días, Sra. Lovett. ¿Me permite pasar?
—Por supuesto... mi señor —añadió con repelencia.
—Quedaos fuera, esta mujer no representa ninguna amenaza —sonrió a sus escoltas, que asintieron y obedecieron—. Sra. Lovett, he venido a proponerle un negocio.
—Habla, Turpin. Estás solo ahora, no necesitas todo ese molesto protocolo para hablar conmigo —se cruzó de brazos, molesta—. ¿Qué quieres?
—Sabes que me voy a casar —sonrió agradado por la valentía que había en aquella mujer.
—Algo he oído —asintió, sin ver el punto de la conversación. ¿Y a ella qué?—. ¿Crees que estoy celosa? —rió.
—No, pero quizá tu querido barberito lo esté —alzó una ceja, y la Sra. Lovett se puso en tensión—. Sabes tan bien como yo quién va a ser mi mujer. Y ambos sabemos quién es él —hizo un gesto hacia Hen and Chicken's Court.
—No es quien crees —se apresuró a decir, nerviosa.
—Oh, pero sí lo sé. Verás, todos los años memorizo las caras de aquellos que podrían quererme muertos. Y créeme, son bastantes. Mi gente se ocupa de encontrar a sus secuaces, les tengo bien controlados. Ese, señora mía —señaló hacia la calle Fleet con el dedo—, es el número uno en la lista. No pienso darle una oportunidad. ¿Sabe quién es mi prometida?
—No, no se lo he dicho —suspiró, mirando a otra parte.
—Y no lo hará —en un rápido movimiento la cogió del cuello y la posicionó contra el mostrador, clavándole las uñas con saña—. Escúchame bien, pequeña sabandija; mi mujer quiere la mayor boda de todas y la va a tener, pero no voy a permitir que un don nadie estropee su sueño. Ella quiere a la mejor repostera de Londres, y esa es usted, así que mientras trabaje para nosotros no le contará nada al barbero Sweeney Todd, ¿entendido?
—¿Y sino qué? —se atrevió a decir, con media sonrisa—. Ni que él pudiera hacer nada con tantos guardias como tienes.
—No, claro que no —rió—, pero quiero que sea una sorpresa, ¿de acuerdo? Oh, y —se apartó, dejando ver una sonrisa maliciosa— quiero exclusividad en tus clientes de... la tarde.
—¿P-perdón? —tartamudeó, apartándose antes de que pudiera volver a agarrarla.
—De una y media a tres y media —puntualizó—, serás exclusivamente mía. Pagaré tus honorarios, por supuesto.
—No... no sé de qué me hablas.
—Claro que lo sabes, pequeña. Tu fama se ha extendido bien por el foro masculino, el de alta alcurnia en particular.
—Pero... entonces no tendré tiempo para comer.
—¿Y qué más da? A la gente como tú sólo le importa el dinero y yo pago bien.
—¿Y si me niego? —dijo con los últimos retazos de valentía que le quedaban en el cuerpo, pero temblando.
—Creo que la horca será un buen destino para ustedes —dijo abriendo la puerta, volviendo a la educación formal de siempre—. Buenas tardes, Sra. Lovett.
—Buenas tardes, su señoría... —susurró.
No sólo no iba a tener tiempo para comer. No iba a poder ver al Sr. Todd en absoluto. No era eso en lo que estaba pensando cuando dijo que quería libertad.
