—No, usaremos esto —dijo el juez, dejando a sus escoltas fuera de la habitación al cerrar la puerta y tendiéndole un cinturón a la Sra. Lovett—. Soy un cliente especial.

¿Por qué no acudía? Habían pasado tres días desde la discusión y no había vuelto a verla. Había mandado en varias ocasiones a su aprendiz, Mathew, un pequeño niño mudo que hacía las tareas como limpiar, barrer e ir a por recados, pero nunca había nada para él en el emporio. Ni una sola noticia o mensaje. Nada.

—¿Qué tipo de trato busca? —preguntó, dejando el cinturón junto a la ropa doblada a la perfección sobre su cama—. Hay hombres que prefieren que grite, otros prefieren un trato más picante.

—El silencio y una conversación calmada son dos aspectos que admiro —contestó, arrodillándose frente a la ventana sin camisa, de espaldas a ella, esperándola.

El atardecer rompía en el horizonte, reflectándose en las ventanas y cegándole, pero no le prestaba atención al dolor de sus ojos. Tenía que hacer algo. Pronto. Los problemas empezaban a acumularse y no era capaz de poner prioridad a uno sobre el otro. ¿La Sra. Lovett? ¿La prometida del juez? No tenía nada en claro, normalmente era la Sra. Lovett la que se ocupaba de esclarecer su mente y asentar los planes, uno por uno y con un buen orden, pero es que llevaba sin ella bastantes días ya. Su reserva de alcohol, incluida la que había confiscado en la casa de la mujer, había disminuido de forma drástica en el pasado día y medio. La Sra. Lovett le había distraído siempre de pensar en el pasado, sin ella él volvía para comerle vivo.

—Más fuerte —pidió el juez, aguantando un grito de dolor. Ella obedeció—. Más fuerte.

—No creo que esta sea la más adecuada para hacer penitencia por sus pecados —suspiró la Sra. Lovett, golpeándole con más fuerza en la espalda. Las espigas del cinturón de metal arrancaban las cicatrices del juez con fiereza.

—Qué sabrá usted de mis pecados —escupió entre dientes. Gritó cuando el latigazo cobró un impacto inesperado en su espalda.

—A mí hábleme bien —siseó, pasando el cinturón por su cuello y obligándole a alzar la cabeza para mirarla, la única forma posible estando de espaldas. Él sonrió.

—Eso me gusta —ella le devolvió la sonrisa y de un rodillazo suave en la cabeza le inclinó sobre el suelo. Pronto, los gritos del juez llenaban la habitación.

El campanario tocaba las las ocho. Ya era de noche y la tienda había cerrado una hora atrás, pero ella no venía a verle. Se impacientaba.

—¿Sr. Todd? —llamó una vocecilla en la barbería.

—¿Quién es? —preguntó en un tono poco amable, saliendo a recibir a la desconocida. Eran tres.

Eran tres jóvenes hermosas y bien vestidas, con una piel pálida dado a su estatus y una pulida apariencia. Rubias, las tres, de ojos azules. Una verdadera cucada, nada que ver con las mujeres que solían entrar en aquella casa. Incluida la Sra. Lovett.

—Somos... —empezó una.

—Somos las hijas del Sr. McAllen —contestó la mayor—. Estas son mis hermanas. Queríamos hablar con usted.

—¿Conmigo? —preguntó sorprendido y con una sonrisa traviesa—. Con una sí, con dos puede, pero tres a la vez me parece vicio, señoritas —la más pequeña rió y bajó la mirada al recibir un codazo de su otra hermana.

—Ahórrese los comentarios vulgares, Sr. Todd, no estamos aquí por usted.

—¿Entonces? —cuestionó ocupando la silla de barbero con aire autoritario.

—Estamos aquí por nuestro padre —la de edad media intervino en ese momento, más moderada que sus acompañantes—. Tenemos entendido que ha entablado relaciones con su protegida, la Sra. Lovett.

—Sí, eso he oído —contestó, interesado de repente—. ¿Es que le ha pasado algo a la Sra. Lovett?

Ojalá —murmuró la mayor, irritada. El Sr. Todd le dedicó una mirada llena de odio, sólo para ella.

—No, no —sonrió la pequeña, acercándose a él.

—Tememos que nuestro padre esté cayendo en saco roto —atajó la mayor—. No queremos que se meta en nuestra familia.

—Temen que su padre forme otra familia y deje la herencia a la Sra. Lovett y su vástago, ¿no es así? —sonrió, pero no de felicidad—. No se preocupen por eso, ella perdió el don por una desgracia. Tampoco es el tipo de mujer urraca que se ve a veces por aquí...

—No la queremos, y punto. Debe disuadirla de continuar esa ridícula relación, pagaremos cuanto sea necesario.

—No acepto dinero, lo siento —se levantó con una sonrisa—. Pero, si me demuestran cómo podría dañar eso a la reputación o persona de mi amiga y protegida, haré lo que pueda. Oh, y si necesitan otro tipo de visita, también estoy aquí.

—Es usted... asqueroso.

—Sólo con la gente que me repugna, señorita —las echó.

Las tres mujeres desaparecieron con rapidez, como si nunca hubieran estado, y el Sr. Todd se quedó con la sensación de que todo había sido una ilusión para suplir la ausencia de la Sra. Lovett.

—¿Por qué ha elegido hoy para quedarse toda la tarde? —susurró mientras desinfectaba las heridas que el látigo había provocado en la espalda del juez—. Ayer y antes de ayer vino de una y media a tres y media, como habíamos acordado. ¿Por qué es diferente hoy?

—Hoy... —suspiró el juez, observando la luna que brillaba en el cielo, opacada por las densas nubes de humo que emergían de las chimeneas londinenses—... hoy he tenido que condenar a un chiquillo a la horca —bajó la mirada. La Sra. Lovett se sorprendió de la sincera tristeza en sus palabras, abrumadora. El Sr. Todd le había enseñado que no era más que un desalmado, ella había decidido creerle entonces, ¿pero ahora?—. Realmente no había hecho nada demasiado grave. En otros tiempos no me hubiera importado, pero —paró para contener un gruñido de molestia— pero esta vez ha sido demasiada carga sobre mis hombros.

—No debe ser fácil hacer su trabajo, señor juez —susurró en respuesta, entristecida con la noticia.

—No tiene por qué fingir, Sra. Lovett —rió con amargura—. Sé que me odia y que no aprueba mis métodos, y no se lo reprocho. Yo tampoco apruebo su estilo de vida —dijo levantándose y alcanzando su ropa.

—¿Entonces por qué se aprovecha de ella? —preguntó ella esta vez, incorporándose también.

—Me aprovecho de ella porque me interesa, al igual que usted finge tener interés en mis asuntos y que comparte mis agobios para sacarme el dinero.

—En realidad sí que me interesa, y no lo hago por el dinero. No con usted, al menos.

—Entonces, ¿por qué lo hace? Mírese, en paños menores mientras un hombre termina de vestirse en su propia habitación, para dejarla en poco tiempo con dinero sobre la mesilla a cambio de actitudes impropias de una mujer decente. En todo caso, actitudes impropias de una mujer con los maridos ajenos. ¿Por qué lo haría sino?

—Porque quiero demasiado al Sr. Todd como para ponerle en peligro —susurró caminando hacia la mesilla donde, en efecto, descansaba el dinero que le correspondía más una propina extra.

—¿Perdón?

—Porque quiero proteger a un buen amigo —resumió suspirando.

—¿Sólo por eso? —se abrochó el cinturón.

—Sí.

—Entonces es más noble de lo que pensaba.

St. Dunstans cantaba las diez. Ya era tarde, ella no iba a acudir. Mathew se había ido a mediodía y ya sólo quedaban despiertos él y sus pensamientos. No podía dejar de pensar en Lucy y sus cabellos castaños, con aquellos ojos esmeralda que tantos suspiros le habían arrancado cuando opositaba por su mano. No había tenido ni dinero ni ovejas que ofrecerle a su padre como tantos otros, pero la había conseguido al final de la única forma que le hubiera satisfecho; ganándose su corazón.

—¿Sr. Todd?

Los suaves toques en la puerta de la barbería impidieron que entrase en un peligroso vórtice de autocompasión, por los pelos.

No contestó, pero se acercó a la puerta para poder escuchar mejor qué pasaba allí abajo. La Sra. Lovett volvió a llamarle, y tras no recibir respuesta abrió la puerta con sus propias llaves.

—¿Está dormido? —preguntó desesperanzada, no obtuvo respuesta. Suspiró—. Esta bien, le dejaré el estofado en la cocina —era más para sí misma que para nadie.

Cerró la puerta sin hacer ruido, sería como un fantasma. Había hecho estofado para él, sintiéndose mal por no haberle ido a ver en tantos días. Sabía que aquella era la receta que él más amaba de ella, incluso más que las empanadas de carne humana. Era el estofado que la Sra. Lovett le había enseñado a cocinar a Lucy para sus aniversarios juntos. Por supuesto a la Sra. Lovett, experta profesional en el arte de la cocina, el estofado le salía riquísimo, más que a Lucy, pero el Sr. Todd lo había idealizado tanto que para él sabían igual.

Sabía que él lo consideraría como una oferta de paz.

Caminó de puntillas hasta la cocina y lo dejó con cuidado sobre la mesa de madera. Sintió la tentación de limpiar; un hombre sólo tres días y una cocina no son muy buena combinación para mantener a las ratas alejadas, pero tampoco quería despertarle.

Volvió sobre sus pasos, se puso los zapatos, los cuales se había quitado en la entrada, y se dispuso a salir.

—¿Piensa huir de la escena del crimen, Sra. Lovett?

Su voz la congeló. Yendo a esas horas no había esperado de verdad que estuviera despierto.

Su corazón empezó a bombear con más fuerza al tiempo que giraba sobre el talón para mirarle. Estaba en la escalera, mirándola fijamente, envuelto en las tinieblas que el estrecho edificio provocaba al no dejar pasar la luz de la luna. Sin embargo, sus ojos refulgían en la oscuridad.

—Sr. Todd —tragó hondo.

—Han pasado tres días —contestó sin cambiar un ápice de su tono de voz—. ¿Dónde estaba? ¿O esa pregunta la aliena en demasía?

—Estaba ocupada, mucho trabajo —sonrió nerviosa.

—¿Trabajo? ¿Por qué miente? No ha estado ninguna de estas tardes en la tienda, Mathew me lo ha confirmado —bajó un peldaño.

—Ya... por la tarde me ocupo de otros asuntos de la tienda —retrocedió ella.

—No me lo cuente si no quiere —bufó, bajando. El juego ya no era divertido—. ¿Qué me ha traído de cena? —sonrió al llegar a la luz y giró a su izquierda para entrar a la escueta cocina.

—Estofado —suspiró, siguiéndole.

—Me gusta el estofado...

—Mírese, es como un niño pequeño —rió.

—Usted también —dijo parándose en seco, a punto de meter el tenedor dentro de la cacerola—. Lleva el collar puesto.

—Claro —sonrió—. Es un regalo suyo, no pienso quitármelo más que para limpiar la plata.

—¿Ha cenado algo? Está muy delgada.

—La verdad es que... no —suspiró sentándose frente a él—. He tenido tanto trabajo que apenas he comido o cenado nada.

El Sr. Todd puso cara de espanto de forma automática y alcanzó dos platos antes de que pudiera preguntarle a qué venía aquella expresión. Llenó el plato de ella hasta arriba y la obligó a comer, pero la verdad era que no tenía hambre.

—Tengo el estómago cerrado —suspiró frustrada.

—Pues lo desayunará mañana.

—Sr. Todd, usted no es mi padre —contestó muy seria y molesta, tirando el cubierto sobre el plato de malas maneras y levantándose para irse.

—Espere, no se vaya —puso voz suplicante—. No se enfade, por favor. La he echado de menos...

—No estoy de humor para soportar estas cosas —recogió su chaqueta del suelo.

—Quédese a dormir, se lo suplico —se levantó—. No coma si no quiere, está bien, pero no me prive de su compañía. Es lo único que tengo a parte de la venganza, y ya sabe el dolor que me produce recordar...

Suspiró. Nunca cambiaría, seguiría manipulándola hasta extraer cada fluido vital en su cuerpo. No pararía hasta que no quedara ninguno.

Pero no podía negarse, se lo debía tras tres días de sequía.

—Está bien —empezó a subir las escaleras de madera—. Aclare los platos y déjelos en la pila, ya los fregaré mañana.

Hizo como le decían y se tomó su tiempo para hacerlo bien. No quería perderla de nuevo.

Cuando terminó subió para poder charlar un rato antes de irse a dormir, pero a ella ya le habían vencido las fuerzas. Suspiró y sonrió. Al menos la tenía allí.

Cogió una de las fabulosas mantas nuevas que ella había tejido para su casa y se la echó por encima para que no tuviera frío. Se paró un momento para admirar su belleza dormida, sus rizos esparcidos por el sofá, su fina y pálida clavícula, brillando con la luz lunar... y unas extrañas marcas en el cuello. Apartó sus cabellos carmesí para observarlos con más detenimiento, convencido de que no eran simples besos de amor (cosa que no le hubiera importado descubrir pues, al fin y al cabo, ella era libre para estar con quien quisiera y de hecho tenía una relación estable).

Pero no eran señales de pasión, demasiado finas y arqueadas, con retazos parecidos al de una herida a medio curar. Siguió la linea de su cuello, pasando por su hombro hasta llegar al costado, descubriendo una creciente mancha de sangre.

—¿Qué hace? —se despertó cuando tocó su espalda.

—¿Quién la ha agarrado del cuello, Sra. Lovett? —preguntó con profunda seriedad.

Los ojos de la mujer brillaron con miedo por un segundo, y luego con vergüenza.

—¿Pero qué tonterías dice? —bostezó, tratando de disimular en vano—. Me caí contra un candelabro.

—¿Y también le hizo eso en la espalda? —la giró con brusquedad y levantó su camisón sin ni siquiera pedir permiso.

Se quejó y se ruborizó, pero no solucionó nada.

—Esto es un latigazo, Sra. Lovett.

—¡Déjeme en paz! —gritó arrastrándose por el sofá, medio dormida y aún así atacada a los nervios.

—¡Conteste! —insistió—. ¿Quién le ha hecho eso? ¿La han amenazado? ¿Por eso ha venido a dormir aquí? ¿Teme que vayan a atacarla mientras duerme en su casa?

—¡Está loco! ¡Ya le he dicho que me he caído! —las lágrimas empañaban sus ojos. No tenía razones convincentes para aquello.

—Conozco muy bien esa clase de golpes, he tenido unos cuantos —insistió—. Debe contármelo para que podamos arreglarlo.

—¡No hay nada que arreglar! —se levantó y trató de huir.

—¡Sra. Lovett! —gritó agarrándola de la muñeca—. ¡Estese quieta, maldita sea! —forcejeaban.

—¡Me lo prometió! ¡Me lo prometió! —lloraba—. ¡Prometió no meterse en mi vida! ¡No me cree! ¡Sólo me caí!

—¡ES MENTIRA! —la voz del barbero resonó entre las cuatro paredes, callando incluso al periquito nocturno del vecino.

—No es mentira... —el hilo de voz de la Sra. Lovett se rompió al tiempo que caía al suelo de rodillas—. Déjeme vivir mi vida...

—Mañana hablaremos de esto —concluyó, comprendiendo que tan alterada como estaba no iba a sacar nada en claro, pero mataría a aquel bastardo como averiguara su nombre.

La Sra. Lovett tardó una hora en arrastrarse de nuevo al sofá donde solía dormir, con calambres por todo el cuerpo debido al poco descanso de la última semana y los recientes actos violentos.

Otra dura noche de soledad y remordimientos la esperaban, tratando de dar con una historia que convenciera a su temible y abusivo guardián de que no había pasado nada, que nadie le había hecho daño. El candelabro era una buena idea para las heridas del cuello, con decir que después lo había mandado a paseo bastaba.

¿Pero cómo justificaba una flagelación?