Destellos rojos cruzaban la oscura habitación, producto de la pálida luz de la luna. Las manos de ambos se agitaban con energía. La agarraba, la zarandeaba, persiguiendo saber, conocer sus secretos más íntimos. Tan débil, tan frágil. Los rizos cobre de la Sra. Lovett, perfectos y hermosos, cayendo en cascada por su espalda, sobre su camisón, se despeinaban a cada empujón que ella recibía. Se empapaban con la sangre de su camisón blanco y sangraban lágrimas.
El camisón, se lo rompió al tratar de impedir que se escapara. Cayeron al suelo, seguía agarrándola de las muñecas, gritando, exigiendo que hablara, que confesara, pero ella no hacía más que llorar bajo él, inmovilizada.
Se veía golpeándola, agarrándola del cuello con la vena de la frente hinchada, extrayendo de ella cada segundo vital hasta que, de repente, ya no hubo nada más que absorber.
La Sra. Lovett estaba inmóvil bajo él, pálida. Acarició con suavidad sus labios antes rojos, ahora azules e hinchados. Tenía la cara contorsionada en una mueca de horror que hacía retorcerse el frío corazón del Sr. Todd.
Pasó la mano por debajo de su cuello y la alzó, tratando de reavivarla. Pero estaba muerta, tan inerte como una piedra. Lloró sobre ella lo que pareció una eternidad, maldiciendo su personalidad agresiva y sus impulsos imparables. No pudo pensar más:
Observó con horror cómo se desvanecía en sus brazos, se convirtió en polvo.
Era preso de un sueño profundo, no pudo escuchar los suaves pasos femeninos por el pasillo que bajaban las escaleras y huían en medio de la noche, no hasta que la puerta de la barbería se cerró con un sonoro portazo, despertándole de forma abrupta. Corrió a comprobar que su vecina estuviera bien, pero esta ya no estaba en el sofá. Ni ella ni su ropa, sólo una gran mancha de sangre tiñendo la tela. Suspiró y volvió a la cama. Estaba casi seguro de que había sido un sueño, ¿pero y si no lo era? Por un momento había pensado que uno de sus problemas ya estaba solucionado, pero tenía la sensación de que no hacía más que meter el dedo en la yaga.
No había podido dormir. Llevaba ya semanas sin poder y cuando por fin conseguía tranquilizar sus pensamientos y tumbarse a descansar, algo aparecía para estropearlo todo. No podía con su cuerpo, las heridas, tanto en su corazón como en su espalda, eran demasiado profundas como para dejarla estar. El forcejeo con el Sr. Todd había sido demasiado violento, demasiado agresiva, la fina piel que cicatrizaba en su espalda se había roto, ahora no paraba de sangrar.
No entendía cómo seguía permitiéndole aquellos desfases. No tenía por qué permitirlo.
Se vistió en silencio, ni siquiera se ató el corsé. Simplemente se escabulló entre la puerta y la pared, bajó las escaleras con sumo sigilo y se perdió en la noche. Eran setenta metros hasta su tienda, setenta. Y por una vez era allí donde estaba el respiro, no en la casa del barbero. Eran setenta conflictivos metros; las noches de Londres no eran seguras para las mujeres, y menos en aquellas calles, pero no tenía por qué pasarle nada.
Con el miedo en el cuerpo primero asomó la cabeza por el callejón, la calle estaba desierta. Decidió arriesgarse y salir corriendo.
Para cuando llegó a su casa, justo encima del Emporio de la Empanada, la ropa se le había pegado a las heridas de una forma muy desagradable. Tuvo que despegarla, con el consiguiente dolor, y curarse ella sola.
Y todo por tener curiosidad, gruñó frustrada para sus adentros. Sólo quería saber por qué, ¿qué tiene eso de malo? Para una vez que lo hago parece que todos se ponen en mi contra...
Subió las escaleras de la trastienda una a una, con cuidado y a oscuras, y abrió a tientas la puerta de su casa. Buscó en la oscuridad la mesita de la entrada, cogió una cerilla y encendió la vela. Con una luz para iluminar su camino, poco a poco fue iluminando las habitaciones.
Sabía que al día siguiente no podría abrir la tienda, no así. No estaba para cargar con infinitas bandejas de empanadas de todos los tamaños y colores. No tenía ni idea de cómo iba a manejar el negocio, pero si abría se arriesgaba a que las heridas se abrieran y quedara en ridículo de todos sus clientes, los cuales cada día tenían mejores contactos. Pero si no lo hacía perdía dinero.
Y lo peor de todo es que aquel latigazo que se había dado ella sola no le había proporcionado nada. Era consecuente con sus actos, ella había querido probar, saber qué se sentía y por qué tantos hombres iban a ella a purgar sus pecados, pero no había sentido nada diferente. Sólo dolor, y no se había dado fuerte. Ella había querido y ahora tenía que asumir lo que significaba, pero había sido el Sr. Todd el que había reabierto las heridas que, de no haber forcejeado, no hubieran tenido riesgo de abrirse al día siguiente.
Logró descansar tres horas antes del amanecer tras un largo y tedioso proceso de cura, donde era el dolor lo que la mantenía despierta.
—James Rhydel, detective privado, descubriré sus más oscuros secretos —saludó el joven, dándole a la dueña de la hostelería su tarjeta mientras le guiñaba un ojo. Ella le devolvió el saludo con una sonrisa ruborizada.
—Pues siento desilusionarle, señor —sonrió la mujer de los rojos cabellos—. No tengo secretos oscuros.
—Entonces mejor para usted, ¿no? —sonrió, mirándola a los ojos con intensidad—. Usted es la Sra. Lovett, ¿me equivoco? Viuda del Sr. Lovett.
—Una suposición fácil —asintió ella— ya que mi apellido es Lovett, y soy señora y no señorita.
—Sí, Albert John Lovett, gran hombre. Héroe en algunos barrios por haberla conseguido —bostezó mirando una libretilla que se acababa de sacar de la chaqueta.
—Vaya, ya sabe más de mí que yo misma —ella no quitaba su sonrisa, ese era su trabajo—. Aquí tiene su empanada.
—Gracias, su media libra.
—De nada. Y dígame, Sr. Rhydel... —se inclinó sobre el mostrador— ¿acostumbra a saludar así a todas las mujeres o sólo a las que son especiales? —darle la sensación al cliente interesado de que hay posibilidades aumenta la probabilidad de venta, se dijo para justificar aquel coqueteo.
—Sólo a las hermosas —le guiñó un ojo—, y ya que usted me interesa como objetivo remunerado, aún con más razón.
—Ya veo... —se incorporó y empezó a limpiar el mostrador con aire distraído— ¿y suele también decirle a sus objetivos que lo son? ¿Puedo saber por qué se me investiga?
—Nada grave, Sra. Lovett. Tres hijas celosas.
—Ya veo —sonrió, aliviada en secreto—. Entonces tendré que ser buena y decirle todo lo que usted quiera saber, ¿verdad? —alzó las cejas insinuante.
—Oh, Sra. Lovett, no, no —rió James Rhydel—, no hace falta. Ya sé qué tipo de mujer es usted.
—¿Y qué tipo de mujer soy?
—De las que no son para nada buenas —y con un último guiño mordió su empanada y abandonó la tienda.
James Rhydel era un hombre de mujeres y, en efecto, un detective privado. Pero no aceptaba cualquier mujer ni cualquier caso, tenía su propia metodología. Dentro de todo, era incluso honrado.
Pero había algo en aquella mujer, algo que no acababa de encajar. Su investigación previa había sido muy exhaustiva, mucho más profunda de lo que solía ser para otros casos.
Tres mujercitas se presentan en su oficina cerca de Hyde Park y le piden que investigue a la compañera de su padre ya entrado en años; la señora Margaret Eleanor Lovett, viuda de Albert John Lovett, propietaria de una pequeña pastelería en Bell Yard, esquina con Fleet.
Esos habían sido los pocos datos que había recibido, poco interesante a simple vista. Pero había llamado su atención.
Lo primero que hizo fue investigar las cuentas de la familia; pronto lo vio claro: el Sr. Andrew Edward McAllen tenía en un banco una cantidad muy jugosa de dinero destinado a sus hijas a su muerte. Además, era un amante de las matemáticas, así que el dinero se repartiría en base a unos porcentajes que actualizaba cada semana, dependiendo de lo querido que se sintiera por su hijas.
Lo que Rhydel llamaba un culebrón.
Y la Sra. Lovett entraba justo ahí. ¿Pero cómo alguien con tanto dinero va a parar con una mujer simple y llana como esa? Ahí estaba el misterio, así que lo primero que tenía que hacer era ir a conocerla. Y no tenía problema en presentarse y contarle todo, sabía por experiencia que la sinceridad directa da mejores resultados en ciertas investigaciones, sobre todo en las que son tan simples como lo era aquella.
Cuando llegó y la vio, el caso se esclareció casi del todo. El motivo de que hubiera elegido a aquella mujer era obvio: hermosa, cuidada, delicada, amable con todos... más allá de la obvia fachada que gastaban todos los vendedores de Londres, la cual a la Sra. Lovett le costaba mucho mantener porque ella era así, se podía ver en ella como en un libro abierto. Y no sólo eso, sino que se notaba distinción. Era elegante en el fondo, como un diamante en bruto que todavía hay que pulir. Era un complejo de ideas inacabadas debido a la pobreza que casi con seguridad había sufrido durante toda su vida hasta alcanzar un estatus más o menos decente. Y eso que le constaba que la mujer ni siquiera sabía escribir y apenas hacía bien las sumas y las restas, cosa a la que seguro el Sr. McAllen estaría contribuyendo.
¿Cómo no se iba a enamorar de ella? Si hasta él, James Rhydel, el hombre que nunca se había atado a nada ni nadie, se estaba planteando intentar algo.
Pero algo malo tenía que tener, algún secreto inconfesable. Algo, las cosas no son así de perfectas y Rhydel lo sabía, lo sabía muy bien. Así que nada más salir de la tienda se propuso encontrar sus defectos a toda costa. Las mujeres que sorben los sesos de los hombres son peligrosas y por cómo había hablado la Sra. Lovett con él ella era consciente de eso y se aprovechaba a conciencia para sacar partido y cubrir sus propias necesidades.
Así que decidió empezar por el principio, ¿cómo se habían conocido la famosa pastelera y el banquero Andrew McAllen?
Mirando su pequeña libreta fue a donde tenía los apuntes de investigación; métodos y trucos que había desarrollado durante los años o sacado de los libros para ocasiones como aquella.
El primer consejo era preguntar en la calle. Es frecuente encontrarse con gente, primos segundos, hermanos despistados, que paran a uno en medio de la vía y desorientados suplicaban por un poco de ayuda. Era un buen consejo, no tardó en dar con los secretos peor guardados de la Sra. Lovett; su protector y sus actividades vespertinas.
Para empezar, la Sra. Lovett mantenía una relación muy estrecha con un hombre cuya barbería se encontraba en la calle anexa. Su mecenas, se había ocupado de protegerla en el último año al igual que en su día lo hizo otro hombre, un tal Benjamin Barker, anterior al Sr. Lovett. No eran pocas las habladurías sobre la pareja, pero sabiendo que la Sra. Lovett no era consciente de la fortuna que ocupaba su actual y oficial pareja, era descartable un interés monetario en la relación que tenía que investigar.
Cambiando de tercio, el nombre de la Sra. Lovett hacía eco en los círculos masculinos, los círculos bien posicionados en especial. Los hombres de dinero nunca hablaban de ella, pero si no todos, muchos la conocían y no sólo por sus pasteles. Al parecer la Sra. Lovett era una de esas mujeres que ofrecen un servicio social, pero no uno cualquiera. No era una prostituta, lo cual ya decía bastante a su favor, sino que se ofrecía a purgar los pecados de sus mejores clientes a cambio de una insignificante suma de dinero para ellos y que para ella suponía el sustento de su negocio y su vida.
Y los hombres adoran que una mujer hermosa y en paños menores purgue sus pecados o encontrar el placer en esas prácticas. Rhydel no tenía nada en contra de ellas, no se sentía cómodo aireándolas para las tres hijas del banquero, quienes se encargarían de hacer que estuviera en todos los periódicos. Y era obvio que Andrew McAllen había conocido a la mujer al entregarse a aquellos placeres mal vistos por la sociedad, y siendo un hombre honrado como era James Rhydel le resultaba difícil destrozar la vida de dos personas que, en apariencia, no hacían nada malo. Si el banquero le permitía a la mujer seguir con su segundo negocio, ¿quién era él para meterse en medio?
Por otra parte, estaba sujeto a un contrato firmado y de mucho dinero. ¿Cómo podía sacarle partido a la situación?
Estaba apoyado en una verja negra, justo frente al Emporio de la Empanada, viendo a la gente ir y venir, tratando de averiguar una solución a su incógnita que no fuera contra sus propios principios. Lo único que se le venía a la mente era el chantaje.
Entonces apareció alguien al fondo de la calle, en la esquina con la calle Fleet y Strand. Llamó su atención nada más aparecer en la escena, a todos les llamaba la atención. Un hombre alto, de espalda ancha y fuerte, con una cara austera, dura y perfilada, y el cabello más lacio y rudo que jamás hubiera visto. Chaleco y pantalones de tela de baja calidad, pero resistente y el periódico bajo el brazo. Era siniestro.
Había escuchado muchas historias sobre aquel hombre; que si su pelo tenía aquel aspecto porque toda su vitalidad la dejaba en las pelucas que creaba, que si en realidad era un diablo salido del averno, que si se comía a los niños... habladurías que él habría creado para la fiesta de Halloween, seguramente.
Lo que Rhydel no sospechaba es que, en realidad, el Sr. Todd no era para nada parecido a la Sra. Lovett.
Entró detrás de él y se sentó en una mesa con disimulo, sosteniendo un periódico, el suyo propio, por delante de los ojos para no ser descubierto. Le había llevado dos días descubrir todo aquello, no estaba dispuesto a soltar la pista así como así. Aunque sólo fuera por curiosidad, quería llegar hasta el final.
Una del mediodía, el barbero entraba en la tienda e iba directo hacia la Sra. Lovett, quien daba vueltas entre las mesas sirviendo a diestro y siniestro.
—Anoche se dejó esto en la huida, Sra. Lovett —dijo el barbero con tono secante y de pocos amigos, tirando el citado periódico del brazo al mostrador.
—Lo llevé para que me leyera las noticias importantes esta mañana, pero usted estaba más preocupado en las anécdotas carentes de interés —contestó ella. La tensión era palpable, su voz había sido fría como el hielo, algo inusual en una mujer tan candente.
—Insisto en saber la respuesta a mi pregunta.
—Ya le dije que no —contestó ella.
—Tengo derecho a saberlo, Sra. Lovett —casi gritó, dando un golpe en el mostrador. Varios clientes se giraron a ver qué pasaba.
—¿¡Está usted loco! —susurró, le agarró del brazo y la conversación continuó en la trastienda, lejos de oídos y miradas indiscretas.
James Rhydel suspiró, pensando que la diversión se había terminado. Estaba equivocado, por la puerta entraba el Sr. Turpin junto a sus fieles guardias. Rhydel sabía que durante una investigación, a la hora de hacer una vigilancia, el aspecto de los personajes era más importante que escuchar lo que decían. Y por eso mismo lo primero que captaron sus ojos fue el fardo que uno de los guardias llevaba, el más alto y delgado. A juzgar por la forma de los objetos de su interior, llevaba vendas, un látigo y algunas cosas más. Sonrió para sus adentros.
Vaya, vaya con el juez...
—¡Sr. Todd! ¡Ya le he dicho que no hay nada que contar! —fue el último grito de la Sra. Lovett.
Había pasado fría y cortante la cortina que separaba ambas partes de la tienda y ahora salía destrozada llorando.
—Por favor, Sr. Todd...
—No hay nada que hablar —gruñó él, dirigiéndose a la puerta cuando casi se choca con el juez. Fue el guardia bajito y barrigón el que se puso en medio—. Turpin —dijo sorprendido—. Sr. Turpin, mi señor —dijo en seguida—. ¿Necesita algo? —su tono había pasado de la ira incontrolada a una suavidad casi envidiable. Incluso la Sra. Lovett y toda la tienda se habían quedado congelados al verle.
—De usted no, barbero —contestó con desprecio, pasando por su lado—. Venía a ver a la Sra. Lovett, ¿creo recordar que tenía algo para mí?
Rhydel observó la letal mirada que el Sr. Todd dedicaba tanto al juez como a la mujer. Al parecer tenía algún tipo de significado por la tremenda cara de culpa que ella gastaba.
—S-Sí, mi señor —tartamudeó—. Su... empanada, sí. Pase por aquí —le dejó entrar en la trastienda.
¿Una empanada? ¿En la trastienda? Creo que no es una empanada...
—Mary Ann, cierra la tienda, por favor.
La mirada circunstancial que compartieron barbero y hostelera fue sutil, pero descarada para el detective. En efecto, algo había allí, algo que se salía de su jurisdicción de caso facilón. Se moría por curiosear, pero no debería. No sin un motivo. Tenía que buscar a alguien que le costease su curiosidad.
Y a juzgar por la rabia que aquella escena provocó en el Sr. Todd, acababa de encontrar un cliente.
