—¿Es habitual este comportamiento en él?
El sonido era lejano en la oscuridad. El frío del lugar, su habitación, supuso, embotaba su mente.
¿Dónde estaba? ¿Quién era aquella persona? Su voz le llegaba distorsionada, como un eco profundo y lejano.
Giró la cabeza de un lado a otro sobre la dura almohada que sujetaba su cabeza, pero no vio nada. Se asustó un poco al recordar que muchos ciegos se habían quedado así por borrachos, pero entonces comprendió que si quería ver algo, debía abrir los ojos, los cuales tenía obviamente cerrados y no se había dado cuenta. Sin duda el alcohol le había adormilado el cerebro. Hizo un esfuerzo por estirar y abrir los párpados, preguntándose dónde estaría el dolor de cabeza característico de una ingesta de alcohol. No tardaría en hacerse presente, seguro.
—A veces... Cuando la penumbra puede con su alma.
La puerta estaba entreabierta. Un rayo de luz se colaba por el pequeño hueco que dejaba con el marco. Volvió a cerrar los ojos y trató de incorporarse, con la mano por delante para tapar el cegador destello. No podía moverse, le dolía todo el cuerpo. Sus extremidades, entumecidas, tardaban en responder a los mandatos de su cerebro. Era incapaz de pensar con claridad, el dolor que nacía en su cabeza ya empezaba a nublar su juicio por completo. Ahí estaba la resaca.
—¿El Sr. Todd cree en las almas? Quiero decir... Parece un hombre bastante... sombrío.
—Lo es. En verdad, ni siquiera yo misma sé lo que piensa a veces...
Reconoció una de las voces. Era la Sra. Lovett, su tono era inconfundible. Lo había escuchado en la mayoría de sus resacas desde que la conocía. ¿Pero con quien hablaba? ¿En dónde estaban?
Dio temblorosos pasos hacia la puerta, buscando la respuesta a sus incógnitas se agarró al pomo de la puerta. Se balanceó y perdió el equilibrio. Cayó contra la pared.
—¿Qué ha sido ese ruido?
—¿Sr. Todd?
Se dejó caer en la esquina con la cabeza apoyada contra los ladrillos, respirando con pesadez. Estaba asfixiado con el dolor.
—Sr. Todd —susurró arrodillándose a su lado. Cálida luz de una vela iluminó sus párpados—. Debería haberse quedado en la cama. Ayúdeme, Rhydel —escuchó que suspiraba y le cogía de las axilas.
Quiso decir ¿Quién es Rhydel? mas de su boca sólo emergieron balbuceos incomprensibles. Cada vez que trataba de enfocar algo sólo veía los rizos de la Sra. Lovett, sus labios rojos y sus ojos preocupados, dando vueltas y vueltas, mareándole. Se esforzaba por quedarse con aquella cara, volviendo a ella al poco de desviar la mirada, perdido, buscando comprender su entorno. Ni sus ojos ni sus oídos parecían estar de acuerdo con su cerebro. Tuvo que dejar de buscar al tal Rhydel porque sentía que sino iba a dejar el estómago sobre el suelo.
—No hable, Sr. Todd —escuchó que pedía ella, angustiada—. Un vaso de agua, por favor —debió de pedirle al tal Rhydel.
Las frágiles y pequeñas manos de la Sra. Lovett pasaron por debajo de sus axilas y consiguieron llevarle a la cama. Un pensamiento fugaz sobre la fuerza de la mujer cruzó la mente del barbero, después de tanto cargar cuerpos algo debía de habérsele quedado.
Los dedos de la Sra. Lovett se sentían frescos y suaves en su frente, tanto como las falacias que salían de su boca, las cuales prometían que todo iba a estar bien, que no era más que una resaca tonta. Pero él sabía que en realidad era al revés, todo acabaría mal. La Sra. Lovett había dejado entrar a un desconocido en su casa, y el Señor sabía que ellos no podían permitirse médicos particulares. Iban a tener una fuerte discusión.
—... pero más tarde... —susurró, frebril.
—¿Más tarde qué, querido? —preguntó ella, preocupada y sobresaltada al haberle escuchado de repente—. Tome, beba un poco.
Alzó con suavidad la cabeza del pobre hombre, enterrando los dedos en su sucio y mojado pelo, y acercó el vaso a sus labios. Inclinó un poco el cristal para que el líquido se deslizara en su boca. Tosió.
—Con calma, tesoro —susurró acariciando su frente con la mano que antes había pasado bajo su pelo y bajo cuyo brazo reposaba ahora su cabeza.
James Rhydel observaba la escena desde el umbral de la puerta con desagrado. Aquel hombre había bebido tanto alcohol como para casi matarse sólo por tener una fuerte discusión con la Sra. Lovett. Era una persona inestable, obsesiva. Y no había deducido todo eso por una borrachera, no. Se consideraba bueno, pero no tanto. Habían sido sus vecinos, sus clientes. Le describían como a un hombre de costumbres que rallan la compulsividad. Todos destacaban la extraña manera que tenía el Sr. Todd de limpiar y colocar sus utensilios, de una forma casi maniática. Si trasladaba ese comportamiento a su relación con la Sra. Lovett...
Señor, debo sacarla de aquí como sea. Dame fuerzas.
Era consciente de que su relación con ella era inexistente. Habían tenido algo, una noche. Y no podía negar que tocarle la moral a la mujer era divertido. ¿Encaprichamiento? No, eso eran percepciones de ella. Aunque sí era cierto que, como persona, resultaba fascinante. Y James había visto a su madre sufrir demasiadas veces como para permitir que otra mujer fascinante lo hiciera frente a sus ojos. Pero la Sra. Lovett no iba a querer irse, estaba enamorada de aquel decrépito barbero. Olía mal, era un borracho, un manipulador y seguro que detrás de toda aquella fachada donde hacía de su mecenas había un maltratado psicológico permanente. ¿Cómo podía seguir amándole? Tenía que sacarla de Londres o aquel maldito barbero iba a hacer que se muriera de pena. Esos hombres no pueden enamorarse de nadie.
—Yo cuidaré de usted.
A pesar de ser un susurro James pudo escuchar la promesa de la Sra. Lovett. Sintió un extraño dolor en el pecho que no supo identificar. Las caricias y los suaves gestos que ella le dedicaba lo propiciaban. Era casi insoportable, pero no quería pensar que ella tuviera razón.
—He de ir a trabajar —carraspeó, un poco molesto e irguiéndose de forma inconsciente, buscando mostrar autoridad—. Volveré más tarde.
—No vuelva —tosió el Sr. Todd, con los ojos todavía cerrados.
Incluso para el arrastre, aquel hombre sabía marcar su territorio. Rhydel gruñó por lo bajo.
—Está bien —sonrió ella casi con tristeza, mirándole de arriba abajo un segundo e ignorando el comentario del hombre en sus brazos—. Muchas gracias.
El Sr. Rhydel hizo un gesto con la cabeza y desapareció raudo y veloz, como si quisiera escapar y dejarla sola en la terrible y oscura habitación del barbero. Suspiró agobiada y se quitó el chal con el que había venido. Lo dejó sobre la silla del escritorio del barbero y fue a por más velas; él ya se había quedado dormido pero ella quería ver por dónde pisaba.
Se tomó su tiempo para iluminar la habitación y llevar barreños de agua y paños a su lado. El agua, amarillenta por la tierra del poco, serviría para limpiar el sudor del hombre que la había salvado y condenado de varias maneras a lo largo de su vida. Le limpiaría y quitaría la terrible mezcla de olores que emergían de él, pero jamás cambiaría su forma de ser.
La Sra. Lovett sabía que el agua no se llevaría consigo el conflicto interno del pequeño niño tumbado en la cama, luchando por demostrar lo fuerte que era cuando todo el mundo, los que mirasen bien, sabían que en realidad era más frágil que una vajilla de cristal. Benjamin Barker, Sweeney Todd... hombres rotos por el corazón de una mujer que no era el de ella. Eleanor era la reposición, la sustituta. Era una amiga que de haber muerto Lucy en circunstancias normales, ahora sería mucho más.
Pero no habían sido circunstancias normales y Lucy no había muerto. Aunque, en lo que a él concernía, sí lo había hecho.
Volvió a suspirar, frotando su pecho desnudo con la esponja casi de forma automática.
¿Cómo había podido dejar que ocurriera? No debería haberse revelado, debería haber aguantado. Estoica, como una mujer de verdad, en vez de rendirse y tratar de sacudirse de su yugo. Era un buen yugo, en realidad, a ella no le faltaba de nada... salvo esas pocas cosas que... a veces echaba de menos.
Estaba cansada de luchar, apenas había sido un mes, pero ya no podía más. No soportaba ver cómo se dañaba a sí mismo. Sabía que abusaba de ella, ¿pero qué podía hacer? No era un hombre, era un niño. Un chiquillo con problemas que dependía de ella para todo, ¿cómo había podido abandonarle?
Lo que más deseaba en esos momentos era volver a la rutina, hacer como si nada hubiera pasado. Jugar a las cartas después de comer, echarse una siesta los Sábados y acompañarle a misa los Domingos, que bien le hacía falta a él. No le había visto la última vez. Al menos, a su lado no se había sentado.
—Ha dejado que un extraño entre en mi casa... —murmuró.
—No es un extraño, corazón —contestó ella. Sin darse cuenta habían pasado dos horas—. Es un amigo, me ha ayudado a llegar hasta usted.
—Hablaban de mí con desprecio...
—Lo habrá soñado, nadie le ha insultado, se lo aseguro. Nadie se atrevería en mi presencia —sonrió—. ¿Sigue doliéndole la cabeza?
—Menos.
—Me alegro.
—¿Le ama? —preguntó de pronto.
—Está obsesionado, Sr. Todd —exclamó frustrada—. ¿Es que debo amar a cada hombre con el que comparta una amistad?
—No, necesariamente... —trató de incorporarse.
—... no se levante... —dijo, apretando con la palma de su mano el pecho de él, queriendo recostarle de nuevo. Pero él ya volvía a ser más fuerte que ella.
—... pero a este hay que matarlo.
—¿Qué? —su voz alcanzó un pico bastante más agudo de lo normal.
—Sabe demasiado —puntualizó, aprovechando la sorpresa que había causado en ella para bajar las piernas y estirarse.
—P-Pero no puede hacer eso... Sr. Todd, ¡es un buen hombre!
—¡Es un espía! —exclamó y pronto se arrepintió. Su cabeza iba a implosionar—. ¿Es que no se ha dado cuenta? —añadió más bajito—. Cuando salí de su tienda... ayer... o antes de ayer... no sé cuándo fue —se llevó la mano a su dolorida cabeza.
—Ayer —suspiró ella.
—Ayer. ¡Me da igual! —rugió—. ¡Estaba espiando en la entrada! ¿Cree que no le vi?
—Pues yo no —se encogió de hombros—. Se habrá equivocado de persona.
—¡Yo nunca me equivoco con las caras!
—Quizá sí, quizá... esta vez...
—¡NO! —la empujó levantándose. Por suerte ella estaba sentada—. Le mataré, Sra. Lovett. Téngalo por seguro.
—No, por favor —sollozó desde la cama. Por suerte seguía sentada cuando la empujó—. Por favor, Sr. Todd —le agarró del pantalón.
—Lo siento, Sra. Lovett —de un tirón se fue hacia la puerta, impulsado por su propia rabia.
Era triste ver cómo el hombre al que amaba trataba de salir de la habitación haciendo eses, determinado a matar al único que había conseguido animarla en meses.
Esto es un desastre, suspiró llorando.
Se dejó caer sobre la cama que antes había ocupado el barbero, tapándose los ojos. ¿Cómo podían pasar de un extremo a otro tan rápido?
—Sra. Lovett —llamó el Sr. Todd con voz rasposa.
Se había dado la vuelta para seguir discutiendo y se la había encontrado así, tan frágil, sollozando en su cama. Sin duda estaba emocional, quizá por eso sus extraños comportamientos las últimas semanas. Se sintió como un tonto, a veces se le olvidaba que las mujeres pasaban... momentos de debilidad en su vida.
Aquella sensación sólo le cabreó más.
—Deje de hacerse la víctima y ayúdeme.
—No —contestó con voz queda, apartando las manos de sus ojos mojados.
—¿Perdón?
—No. No le ayudaré si no me promete que no va a hacerle daño —se limpió las lágrimas con los palmas de las manos, encontrandoselas empapadas de maquillaje después.
—Sabe que es necesario, Sra. Lovett — dijo entre dientes con una mirada amenazadora.
Aquello siempre funcionaba con ella, no escapaba a su mirar. Se quedaba parada, estática, como si se hubiera convertido en piedra. Balbuceaba y al final aceptaba y bajaba la cabeza.
Por eso se sorprendió al comprobar que rehuía su mirada.
—Si le manda al ahujero, nosotros iremos detrás —contestó volviendo a mirarle.
La furia y la ira que en ella se reflejaban no las había visto jamás. No pudo evitar abrir los ojos y dar un paso atrás, fascinado por el repentino giro en los acontecimientos. Así que había decidido enfrentársele, ¿sabía dónde se estaba metiendo? ¿Qué tenía el tal Rhydel que tanto quería ella?
¿Y qué clase de nombre es Rhydel?
La Sra. Lovett se levantó y recogió sus cosas.
—James Rhydel es un buen hombre —agregó parándose por su lado, sus ojos feroces atrapando al barbero esta vez—. Me ha ayudado, le ha ayudado. Si le toca un sólo pelo me aseguraré de que el olor —miró el suelo, haciendo referencia obvia al sótano— suba hasta la capilla.
Pasó de largo con determinación.
—Ya veo —sonrió con sarcasmo—. Está bien, Sra. Lovett, como quiera. Haré lo que deba hacer, lo siento.
—Entonces yo también haré lo que deba —contestó.
—Está usted impertinente hoy, ¿no es cierto? ¿Dónde va?
—Tengo un compromiso.
Ni siquiera se había dado la vuelta para responderle.
La Sra. Lovett había mirado de repente el reloj mientras hablaba con el Sr. Todd. No sabía de dónde había salido el reloj, pero estaba allí y marcaba casi la una del mediodía.
El juez, entonces se acordó. Tenía que ir a atender al juez, sino sí que subiría el olor de los cadáveres. Sus cadáveres.
Se apresuró en bajar la calle y subir por Bell Yard. Eran setenta metros que cada día odiaba más recorrer, incluso se extrañó de no encontrar a James en la esquina o esperando en su tienda. Conociéndole, era capaz de eso y más.
Menudo acosador me he buscado, suspiró abriendo la puerta de la tienda y entrando. Las chicas habían cerrado como de costumbre. Se aseguró de que todo estuviera en su sitio, limpio y ordenado. Así era. Mary se iba a llevar un pequeño extra.
Sacó un plato de la alacena sin dejar de darle vueltas al asunto del Sr. Rhydel y el Sr. Todd.
Se van a matar, ¡es que lo veo venir! ¿Quién me obligaría a hacer nada con ese cantamañanas? ¡Pero si es un chiquillo! Ni siquiera tiene una casa todavía, vive en su oficina. Sí, él será mucho detective pero yo lo soy más, que vivo de los cotilleos de esta ciudad. Todos hablan de lo enamoradizo que es... muy buen investigador, pero un desastre con las relaciones. Nunca acierta. Fijo que se obsesiona conmigo y acabamos teniendo bronca con el Sr. Todd, ¡que ese es otro!
Suspiró, sacando un par de empanadas recién hechas de los hornos del sótano superior y volviendo a las escaleras.
No sé qué le pasa. Yo estaba dispuesta a volver a ser como siempre, ¿pero por qué se empeña en matar a todos con los que me llevo bien? Sí, el chaval este tiene casi diez años menos que yo, ¿pero y qué? No creo que nos estuviera espiando, el Sr. Todd es... ¡un neurótico! Esto tiene que volver a la normalidad, no podemos seguir así. No me está haciendo bien al estómago.
—¿Sra. Lovett?
Ni siquiera había podido morder la empanada a medio camino a su boca. El juez ya había llegado.
Le miró de arriba abajo, extrañada, mas decidió no hacer preguntas. No era de su incumbencia; sólo era una mandada.
—Honorable señoría —contestó ella, levantándose y reverenciándose cuan respetuosamente sabía—. No le esperaba.
—Es obvio —alzó una ceja aburrido. Levantó un dedo a sus subordinados para que se quedaran fuera—. Eleanor —la llamó cuando se hubieron quedado solos.
—¿Sí? ¿Empanada?
—No, gracias —negó haciendo un gesto cortés—. Ha habido un problema y la boda se va a adelantar. La semana que viene partiré en un viaje de varias semanas hacia el norte para preparar la boda. Queremos hacerla cuanto más lejos del barberito mejor —en su voz se notaban los dejes del desdén.
—Oh, vaya. Haré la lista de los platos que su cocinero tenga que preparar...
—No —rió, y su risa le resultó odiosa a la Sra. Lovett—. Mi pretensión es que venga con nosotros.
—¿Con ustedes?
—Desde luego.
El Juez Turpin seguía quieto en la entrada, con la puerta cerrada detrás de él. Parecía que estuviera haciendo equilibrios para no tocar nada. Se tomó una pausa para mirar todas las cosas con las que no quería tener contacto y luego volvió a mirarla, expectante.
—Todavía no estoy limpio, y sabe usted que quiero llegar limpio de pecado al matrimonio.
—Oh, claro, claro —asintió ella. Qué tonta, no había caído. ¡Y ella que creía que lo hacía por placer!
Lo que hay que oír.
—No voy a obligarte a venir si no quieres y de hecho no estás invitada a la boda. Pero sería un detalle que vinieras a asegurarte de todo lo relacionado con la comida... y a mi prometida le hará mucha ilusión verte.
—No lo dudo —rió con sarcasmo—. La última vez que la vi estaba en una pocilga, ¿cómo no se va a alegrar?
Tal insubordinación fue castigada con una bofetada automática.
—No hables así de mi prometida —fue una amenaza entre dientes, de esas que sabes que te juegas más que el cuello si vuelves a provocarla—. Será la semana que viene —volvió a su tono normal, como si nada hubiera pasado— así que ésta no podremos vernos pues debo atarlo todo. Espero su confirmación para venir antes del Viernes que viene. Sra. Lovett —hizo una reverencia y se fue.
Pues qué bien, pensó ella reverenciándose también.
Las visitas del juez eran siempre así. O largas y tediosas como un día sin pan o cortas e inesperadas como aquella. En las primeras no hablaba, en las otras soltaba un montón de información por la boca. Y no sólo era con ella, era así siempre. Su forma de comportarse trataba de ser distinguida, pero todos podían ver bajo de ella. Estaba aburrido de la gente, tanto como el Sr. Todd.
Pero no tengo por qué ir. Si la cosa con el Sr. Todd mejora... me quedaré. No creo que me pase nada por eso...
Empezó a comer en silencio, evitando darle más vueltas al asunto. De pronto, la golpeó. El juez no iba a acudir por la tarde.
¿Tiempo libre? Nunca he tenido tiempo libre.
Se recostó ensimismada, ¿qué iba a hacer con todas las horas muertas de la tarde? Se le ocurrían mil cosas, como empezar a preparar la fiesta de fin de verano. Pero eso era trabajo, estaba harta de trabajar. Otra cosa que podía hacer era pasarla en la cama con Rhydel, que no era en absoluto un mal amante, y así le alejaba del Sr. Todd. Pero tampoco tenía ganas.
No, estas horas deben ser para mí. A la mierda todos, ¡para un día que tengo libre!
Así que nada más terminó de comer, dejó los platos en la pila (ya los fregarían las chicas en la apertura nocturna), fue a por un par de barreños de agua y se preparó un baño como Dios manda. Estaba decidida a relajarse, fuera los rollos y las preocupaciones.
—¿Sra. Lovett? —la voz del detective privado llegaba desde la tienda.
—¿Qué? —gritó frustrada—. ¿Es que no podéis dejarme en paz ni un día?
James Rhydel se quedó pasmado ante la pregunta. Sin saber qué contestar se quedó callado.
—Perdona —suspiró—. Estoy cansada. ¿Qué necesitas?
—Iba a ver al Sr. Todd y he pasado para traerle unas flores —sacó un ramo de su espalda.
Ahora se sentía culpable. El chaval había ido para hacerle un cumplido y ella le había tratado a patadas. Pero con razón, ¿no?
—Son preciosas, James —sonrió condescendiente, tomando el ramo y oliéndolo. Encima no podía rechazarlas—. ¿Cómo sabías que las margaritas son mis favoritos? —él se encogió de hombros.
—Soy detective, Margaret. Sólo he tenido que hacer preguntas.
Suspiró frustrada y llevó las flores al florero de la ventana. Las dejó con cariño a pesar de todo. Eran un regalo.
—Te agradecería que la próxima vez que quieras saber algo me lo preguntases a mí directamente, no me gusta que me investiguen.
—¿Qué culpa tengo yo si las hijas de tu novio quieren saber tus trapos sucios?
—Ninguna... supongo.
—Es broma, les dije que no había nada el primer día —rió sentándose. Ella le dedicó una mirada de reproche.
—No me hace gracia, James.
—Entonces, entiendo que se ha peleado con el Sr. Todd.
—No —mintió sin mirarle, arreglando las flores todavía—. Y no vayas a verle, necesita estar solo.
—Quería afeitarme.
—Hazme caso, no vayas —insistió mirándole con severidad—. Vas a ir de todas formas, ¿verdad? —sentía que hasta la habitación se estaba enfriando de los soplidos que los hombres, todos en general, la hacían suspirar.
—Sí.
—Pues dile que te están esperando, y que vas acompañado. Y no digas que yo te estoy esperando.
—¿Por qué? Es una tontería, no hace...
—James —le cogió por los hombros y se sentó a su lado—. Es importante. Dile que tienes prisa, que un policía te está esperando.
Los ojos de advertencia y preocupación que le estaba poniendo Margaret eran... eran tan... no podía pasar como si no los estuviera viendo. Había algo que la asustaba, algo de verdad. Peligroso.
Intrigado, dejó dejar pasar el tema para otro momento. A veces la gente tiene buenos motivos para asustarse.
—Está bien.
—¿De verdad? —dijo con voz casi suplicante.
—De verdad.
—Gracias —sonrió.
—Bueno, me alegro de que te hayan gustado las flores —sonrió levantándose—. Iré al Sr. Todd ahora. Buenas tardes, Sra. Lovett —hizo una pequeña reverencia con la cabeza y le guiñó un ojo antes de marcharse.
Y se quedaba sola otra vez.
Suspiró. A la mierda mi baño relajante. Este tío va directo a una muerte segura. Tendría que haberle seducido... o algo. Espero que me haga caso. Más le vale...
Las flores captaron su atención un segundo cuando se dio la vuelta. No pudo evitar sonreír.
La verdad es que, aunque tozudo, era un encanto de joven.
La Sra. Lovett le había dejado solo, aunque tenía la sensación de que no estaba enfadada, sólo mosqueada. Sonrió con sarcasmo, ya volvía a ser la de siempre. O al menos, pronto lo sería. No podía estar tanto tiempo lejos de él, sin saber de él, y viceversa. Se necesitaban como los ancianitos casados, que cuando muere uno muere el otro.
Él mismo se había ocupado de limpiarse y limpiar el local, la casa y la trastienda. Todo volvía a estar como antes. Un buen baño y un lavado de pelo para limpiar su imagen mientras pensaba en qué cosa especial preparar para ella. Algo que le gustara y la emocionara. Podía comprarle unas flores.
¿Cuáles eran sus favoritas? Rosas, ¿no?
La puerta del local sonó, dejando pasar a alguien. No recordaba haber abierto la tienda aquella mañana y la Sra. Lovett tenía una forma distinta de entrar. Se asomó preocupado a mirar si era el juez. No estaba preparado para eso todavía, no había afilado sus navajas para él.
—¿Sr. Todd?
La voz le sonaba de algo, pero no sabía ubicarla. Esperó pacientemente a que subiera mientras afilaba sus fieles amigas para matar a quien fuera. Tenía sed de sangre, una ansiedad morbosa que se acentuaba con las discusiones y la resaca.
—Soy James Rhydel, el amigo de la Sra. Lovett.
—Y un detective privado —añadió él.
Rhydel pegó un respingo. No le había visto al subir, escondido como estaba en una esquina. Junto a la ventana que daba a Hen and Chicken's Court, la siniestra figura del Sr. Todd se recortaba a la luz de una vela. Estaba afilando sus navajas. El metálico sonido, lento y cuidado, le daba escalofríos. ¿Dónde se había metido?
—M-Meee... me están esperando —tosió, nervioso—. La Sra. Lovett me ha pedido que venga a ver cómo se encuentra antes de acudir a mi compromiso.
—Estoy bien, lo puede ver —dijo sereno, pero Rhydel podía jurar que había escuchado sus dientes chirriar—. Ahora váyase.
—También... quería hablar con usted de algo.
—Ah, ¿sí? —dejó con rabia la navaja en la cómoda—. Usted dirá.
Cogió otra y empezó a afilarla. Rhydel notó la misma distancia exacta entre todas ellas, esperando pacientes a pasar por el afilador. Tragó hondo.
—Es sobre la Sra. Lovett.
Los objetos del Sr. Todd temblaron cuando este dio un golpe con los que sostenía.
—¿Qué pasa con ella?
—Es una mujer a la que aprecio mucho, Sr. Todd —se apresuró a aclarar.
No se extrañaba de que la Sra. Lovett no tuviera pretendientes con un protector como aquel, era pavoroso. Estaba temblando como una hoja.
—Y como la aprecio mucho... creo que las actividades que acomete no son dignas de una señorita, la sociedad de escandalizaría de conocerlas. Suficiente tiene ya con ser apodada «la mujer del diablo» entre las esposas celosas, ¿no cree? Deberían parar.
El Sr. Todd se giró entonces. Un inusual brillo cruzó su mirada, fugitivo. Era miedo, el Sr. Todd sentía miedo. Y él lo sabía, por supuesto. Era una persona, sabía que sentía miedo. ¿Era posible? ¿Sabía aquel detectivucho sus relaciones comerciales con la Sra. Lovett? Trató de ocultar aquella consternación bajo una máscara de preocupación por su protegida, pero sabía que era demasiado tarde. Rhydel lo había visto.
—¿Qué actividades? —tragó hondo.
La mirada de ambos, encontrada en el aire, era feroz. Eran dos caballeros compitiendo por su dama, dos leones por una presa. Los duelistas se estaban midiendo al uno al otro, sin lanzar ninguna estocada todavía.
—Tengo entendido que usted no sabe de ellas —aclaró, no queriendo ser el primero en atacar—. Así que... no quiero hacer saltar la liebre, Sr. Todd. Aprecio a la Sra. Lovett y por eso creo que, aunque su labor protectora es encomiable, creo que debería cubrir ese área, también.
—Hable claro porque no le entiendo y empiezo a sentirme insultado.
—La Sra. Lovett realiza actos impúdicos con hombres, casados y no casados, todos los días por la tarde —terminó soltando.
—Fuera de aquí —la mirada diabólica del Sr. Todd salía a relucir—. No consiento que difame a la Sra. Lovett. ¿Apreciarla? ¡Usted lo que es es...!
—¡Cállese por un momento, por favor! Si no me cree, vaya a su casa cualquier tarde y mire el callejón de la derecha. Verá la ventana de su habitación. Si está abierta, está esperando a que entre alguien. Cuando la cierre suba y verá lo que le digo.
No dejó tiempo para que el Sr. Todd hablara. Parecía que iba a matarle con aquellos terribles ojos que, de haber sido posible, hubieran resplandecido en la oscuridad con el fuego de Mefistófeles. Iba a explotar de un momento a otro.
Huyó, prácticamente. Puso pies en polvorosa como un cobarde, pero disimuló los metros en los que el barbero aún podía verle.
¿Cómo no iba a tener miedo la Sra. Lovett con aquel monstruo rondándola? De no haber sido porque tenía un poco de maña con tipos así él mismo se hubiera meado en los pantalones. Sacudió la cabeza ya a kilómetros de la barbería y se sentó en un banco. Era terrible.
Sin embargo... algo había pasado allí dentro. Algo había dicho que había asustado mucho al Sr. Todd, había podido verlo. Sólo había sido un segundo pero lo había visto. ¿Qué era? ¿Qué podría sacudir hasta los cimientos a tan horrible ser?
Voy a descubrirlo, decidió. Lo descubriré, y una vez lo haga le chantajearé. Ganaré la libertad de la Sra. Lovett, ahora lo tengo más claro que nunca. No puede quedarse aquí.
