Respiró hondo, mirando por la ventana de la trastienda. No podía parar de moverse, estaba demasiado nervioso. ¿Sería aquel que cruzaba la calle uno de esos hombres? ¿O el que giraba la esquina más al fondo? De pronto todos eran posibles pretendientes y depravados que se aprovechaban de ella. El detective había sido claro: Actos impúdicos. Con hombres. ¿Qué hombres? Casados y no casados. ¿Cuándo? Todas las tardes.
¿Habrá alguien que la obligue?, se preguntó de pronto. ¿La estarán amenazando?
¿Y si el detective mentía? ¿Y si sólo jugaba con su mente? Quizá estuviera equivocado y la Sra. Lovett siguiera siendo la dama que siempre había sido, cruel, maquiavélica y una sangrienta maravillada. Pero ahora no podía quitarse la duda. Iba a agujerear el suelo con el zapato de tanto golpearlo. Tenía que saber. ¿Qué le costaba probar? Ya se inventaría una excusa para algo injustificable. Eso se le daba bien.
¡Pero por Dios! ¿Cómo iba a dejarlo pasar? La tarde anterior se había ido corriendo y sin explicación, así, sin más. Estaban hablando tan tranquilamente y ¡zas! Se había ido. Ni siquiera se quedó a ayudarle con la resaca. Seguro que ahora estaba en su habitación, retozando con algún desconocido como una vulgar fulana. Podía verla en el cristal frente a él, como si se tratara de una imagen que se mueve, en brazos de un asqueroso tipo que la sobaba y la poseía, y él tenía que estar ahí, mirando.
Sintió la furia encender sus venas. Ni siquiera fue consciente de llegar frente a la tienda y casa de la Sra. Lovett y asomarse al callejón. Todo lo que veía era aquella horrenda imagen clavada en sus ojos. Miraba a los hombres y les veía tomándola, y no podía soportarlo.
La ventana de su habitación estaba cerrada.
¡Cerrada!
Gritó frustrado e irrumpió en la hostelería. No vio a ninguno de los allí presentes levantarse asustados. Cruzó la estancia de dos zancadas y subió las escaleras raudo y veloz. Tres hombres aguardaban en el sofá frente a su habitación. Para él eran parte del mobiliario.
Abrió la puerta de una patada y se quedó congelado en el umbral.
Era mucho peor de lo que había pensado.
No tuvo tiempo de reaccionar. Un segundo estaba montada sobre la espalda de un hombre del cual no recordaba la cara, azotándole en el culo con una fusta y gritando «¡Arre! ¡Arre, caballo! ¡Arre!» y al siguiente momento estaba tirada en el suelo, mareada y viendo tres caras borrosas sobre ella.
—¿Qué... qué ha pasado?
—El Sr. Todd —explicó una de las caras borrosas.
Los ojos de la Sra. Lovett se abrieron tanto al escuchar aquello que parecía que se le iban a salir los ojos de las cuencas.
—Tengo que hablar con él —dijo tan rápido que apenas se la entendió.
—No, espere —quiso sentarla uno de ellos, pero ella se deshizo de los brazos. Los hombres tuvieron que ayudarla a regañadientes—. Debería esperar a que venga el Sr. Whitte y le cure la herida...
—No... no —jadeó nerviosa y mareada—. Váyanse todos. ¡Váyanse! —les echó.
—Pero... Sra. Lovett...
—¡Váyanse!
Se fueron. Les costó, porque adoraban a la Sra. Lovett, pero se fueron. Y una vez cerró la puerta detrás de ellos corrió, casi matándose por las escaleras, al sótano y atravesó los túneles descalza. Ni siquiera se había molestado en ponerse una bata; no le importaba ir en paños a donde fuera si de eso dependía la cordura del Sr. Todd.
Le conocía tanto que sabía que sino lo había hecho ya, pronto empezaría a perder el norte.
—Sr. Todd.
Jadeó subiendo las escaleras de madera, sus pulmones ardían como dos cigarrillos quemándose.
—Sr. Todd —volvió a jadear al llegar a la barbería, en el piso superior.
Había llegado, pero seguía sin enfocar bien las cosas. Sintió unas manos frías en sus brazos.
Era él, estaba segura. Cerró los ojos porque no podía más y se dejó guiar a un asiento. La silla de barbero, debía de ser. Se había sentado pocas veces, mas aquella comodidad era única de aquel asiento.
Se recostó, destrozada. Con toda seguridad iba a matarla, pero no tenía ganas ni fuerzas de resistirse. Se acabó, era el final. Le había mentido y le había traicionado, y eso se pagaba con la muerte.
Una mano fría bajo su cuello, apretando su piel y tirando hacia la pared frente a ella. Se preparó, lo más probable era que la ahogara, como ella a los pollos, pensó.
Había supuesto que tendría una muerte mejor, un asesinato mejor, uno más rápido. Pero claro, se trataba de Sweeney Todd, un hombre para el cual la palabra venganza era un juego de niños. Y lo más seguro era que no quisiera mancharse con su sangre, era demasiado débil en la mente como para soportar aquello.
Así que la ahogaría.
Cerró los ojos y se dejó llevar por la oscuridad.
—Lo siento —susurró una voz cerca de ella, grave y rasgada—. No sabía que la había golpeado con tanta fuerza.
—¿Sr. Todd? —susurró bostezando y desperezándose. Se frotó los ojos, adormilada.
—¿Se encuentra bien? —no podía verle a contraluz como estaba, pero juraría que su voz sonaba preocupada.
—Sí... al menos... ya no veo doble —se recostó.
Estaba en la trastienda, tumbada en el sofá donde solía dormir. El sol rompía en el horizonte, entrando por la ventana, y por eso no podía verle bien.
—Sr. Todd —dijo terminando de incorporarse. El Sr. Todd se acomodó en sus rodillas.
—¿Qué? —la tristeza en su voz era... la ahogaba.
—Yo... lo siento mucho, Sr. Todd... no es algo... malo... sé que no se lo dije... —los balbuceos salían de su boca sin control.
—Cállese —pidió, dolido.
—Pero... Sr. Todd... —trataba de adivinar su expresión en la oscuridad de su cara.
—Estoy decepcionado —susurró levantándose.
—Lo siento mucho —sollozó yendo tras él y tomándole del brazo—. No es lo que usted piensa...
—Se ha vendido, Sra. Lovett. Me prometió que jamás caería en tales depravaciones, y usted...
—¿Qué? ¿Yo qué? —ella también estaba dolida.
—Ha roto su promesa —trató de escapar mas, de nuevo, ella se interpuso en su camino.
—¡No me prostituyo, Sr. Todd! —exclamó.
—Es peor —insistió—. Por favor, márchese.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Márchese, insisto —quiso apartarla.
—Sr. Todd —las lágrimas se deslizaban por sus pómulos sin control—. No quería hacerle daño, era la única forma de mantenernos a salvo... de tener dinero... ¡las deudas me estaban comiendo viva! ¡Nos estaban comiendo a ambos!
—Me mintió...
—No, Sr. Todd —lloró—. No, de verdad que no.
—¡Me mintió! —gritó empujándola contra la pared tras el sofá—. ¿Es que no ve que los hombres sólo buscan aprovecharse de las mujeres?
Cayó contra ella con fuerza, de espaldas. No le dolió, sabía muy dentro de ella que, en cierta forma, se lo merecía.
—¿Hombres como usted? —se dejó caer al suelo y contra la pared.
Se quedaron allí en silencio lo que parecieron horas. Los sollozos de la Sra. Lovett fueron apagándose poco a poco hasta que no quedó nada de ellos salvo las lágrimas que a veces todavía surcaban su cara.
Él la miraba como pidiendo una explicación, como mirando un puzzle irresoluble. No entendía por qué había hecho aquello, ¿qué sacaba? ¿Por qué no se lo había contado? ¿Por qué no había recurrido a él? Podría haberla ayudado si el dinero era el problema, lo compartiría todo con ella.
¿Es que no eran amigos? ¿No se lo contaban todo? Eran como hermanos... desde que el juez se había llevado a su querida Lucy, la Sra. Lovett era todo lo que había tenido en el mundo. Se suponía que tenían que apoyarse a morir, no guardarse secretos...
Los secretos pudren las relaciones.
—No lo entiendo... —susurró Sweeney Todd cuando las estrellas ya iluminaban el cielo—. ¿Por qué?
—¿Por qué? —preguntó ella, levantando la cabeza con ojos cansados.
—Sí... ¿qué sacaba de ello? ¿Placer?
—Sí... no... no sé —suspiró, levantándose—. Ellos... me aprecian, Sr. Todd. Supongo... supongo que es agradable sentirse querida... por una vez.
—¿No se siente querida? —preguntó dolido—. Creí que sabía que yo la aprecio...
—Sí... por supuesto que lo sé. Es sólo...
—¿Qué?
—Que le amo, Sr. Todd... —soltó, por fin— ... y sé que usted a mí no.
Esperó unos segundos, unos tensos momentos a que el barbero dijera algo. No hizo nada, ni dijo nada. Se quedó allí, mirándola, sin saber muy bien qué decir.
—Llevo años —empezó— esperando... esperándole, Sr. Todd. Y-Y yo... yo no puedo más con esta angustia. Le amo, siempre le he amado —tomó valientes pasos hacia él sin dejar de mirarle a los ojos—. Y usted...
—¿Por qué cree que yo a usted no? —preguntó con calma, cortándola.
—¿P-Perdón?
—¿Por qué cree que yo no siento nada por usted? —aclaró.
De una forma sorprendente, los ojos del hombre frente a ella habían tomado la forma de un apacible mar. No era posible.
—Porque... usted nunca... siempre ha dicho que... soy como su hermana.
—¿Acaso está reñido?
No sabía si la quería, en realidad. Pero, por fin, sabía lo que ella sí quería. Y podía dárselo, estaba casi seguro. Quizá el sentimiento no fuera mutuo (él siempre amaría a Lucy sobre todas las cosas, no podía evitarlo), pero podían intentarlo. Al menos hasta que el juez estuviera muerto. Era esa la clave, siempre. Hasta que el juez estuviera muerto. Entonces... Dios sabía qué sucedería.
—Demuéstrelo —pidió ella.
No era tonta, sabía muy bien las artimañas del hombre frente a ella. Iba a querer pruebas. Iba a querer una relación de verdad.
Se inclinó sobre ella con suavidad, cerrando los pasos que quedaban hasta posarla contra la pared. Se acercó a sus labios con cuidado. Sintió los nervios de ella, su respiración agitada, su corazón palpitando acelerado. Lo sentía de verdad, nunca lo había dudado.
Pero no pudo. Empezó a temblar. Cuanto más quería acercarse, más le sacudía el recuerdo de Lucy, tirando de él, torturándole. Lo intentó. De verdad que sí. Pero no podía. Simplemente no podía.
—No... —gruñó frustrado, alejándose.
—No puede, ¿verdad?
No hacía falta decir nada más. Había quedado demostrado por su propia naturaleza. Era imposible. Siempre había sabido que era un sueño imposible, mas entonces había sido... eso. Un sueño. Los sueños no tienen por qué ser posibles para que llenen de esperanza a una persona; son fantasías que alegran la vida de los humanos, posibilidades que no irán ni dañarán a nadie.
Había sido maravilloso escuchar las palabras que siempre había imaginado que diría. Eran las mismas exactas palabras de su imaginación pues le conocía de una forma que ningún otro conocía a otra persona.
Y él había roto aquella compenetración. Había traicionado su confianza mintiendo en uno de los temas más delicados que existen en este mundo humano. La prostitución... o la dominación... son sólo temas que atañen a los amigos y familiares, no son sentimientos, son... hechos. Ella lo sabía, sabía que ocultar algo así no era tan grave como él pensaba. Pero, ¿el amor? ¿El cómo se siente una persona? Eso era lo más sagrado en el mundo para ella, era lo que definía a los humanos como humanos. Y él había vuelto a jugar con sus sentimientos para ganar algo a cambio.
—Sra. Lovett... —se había marchado de su lado y salía en estampida hacia la puerta—. Espere.
Se quedó congelada a medio camino. Él no podía ver sus lágrimas.
De todas formas nunca las ve.
Nunca sabría de dónde salió la valentía que impulsó a su cuerpo a volver sobre sus pasos, acercar al Sr. Todd y besarle con una pasión que no sentía desde hacía años. Todos esos años en los que no había besado a nadie, ni siquiera a James o cualquier otro amante ocasional. No habían sido besos aquellos, no de verdad, no para ella. Besos de hermano, o con primos... simples muestras de afecto que no llevaban a ninguna parte más que a una recompensa material.
Había sido un pensamiento fugaz lo que la había movido. Una tontería con la que quería zanjar el tema. Quizá no fuera que el Sr. Todd no la quisiera, sino que Lucy no le dejaba. Quizá él sentía algo de verdad y no podía demostrarlo porque Lucy seguía como un fantasma preso en sus recuerdos. A veces al Sr. Todd le costaba comenzar, el Señor y ella sabían que los empieces para el barbero eran la parte más difícil del camino.
—¿Qué hace? —bramó apartándola en un empujón.
Pero una persona a la que le cuesta arrancar no tira lo conseguido por borda.
—Nada —contestó desafiante—. Sólo soy una zorra materialista.
Aquellas habían sido las mismas palabras de la opinión del Sr. Todd sobre las mujeres que se buscaban la vida por la noche, en la profesión que fuera. No tardó en reconocerlas.
Estaba dolida, muy dolida, era obvio a simple vista. No podía culparla, él se había sentido igual (pero más) cuando le quitaron a Lucy. Era un sentimiento desgarrador que no iba a irse con la nueva marea.
Se limpió la boca con la manga de la camisa y suspiró. Al menos eso haría que la Sra. Lovett comprendiese cómo se había sentido él los últimos años de existencia. Seguro que eso alimentaría su odio hacia el juez Turpin tarde o temprano y la convertiría en una mejor cómplice.
Había pasado mucho tiempo solo entre papeles y documentos de carácter oficial, fingiendo que la vida mundana no tenía ningún misterio para él. Desde joven, lo que había guiado su vida no habían sido las mujeres ni el dinero, sino el trabajo. Era para lo que su padre le había educado; trabajar. Siempre había sabido que pasaría su vida encerrado en las cuatro paredes de un despacho rellenando los papeles de algún juicio injusto.
Por eso cuando conoció a Lucy perdió la cordura. Era hermosa, bella... la más tierna flor del jardín. No era ni rubia ni una dama educada, mas la dulzura que emanaba de ella había hecho de su frío corazón muerto uno apasionado y lleno de esperanza. Había querido agarrar la oportunidad y no dejarla marchar, pasando por donde tuviera que pasar.
Para su desgracia, desde entonces había tenido que pasar por la cabeza de demasiados alfileres.
Se arregló distraído frente al espejo de cuerpo entero de su habitación, pensando en Lucy todavía. Era pronto por la mañana, Johanna, la hija del matrimonio Barker, seguía durmiendo en su alcoba. A esas horas pocos estaban despiertos. Muchos menos se arreglaban.
Pero era su rutina, y le gustaba. Gozaba de llevar una vida ordenada, sin quebraderos de cabeza, alejado de todas las cosas mundanas que hacían a los hombres enloquecer. Él ya lo había hecho una vez y las consecuencias habían sido desastrosas. No estaba dispuesto a dejar que pasara de nuevo.
Bajó distraído las escaleras de su gran mansión. Dos puertas a la derecha y estaría en el comedor, donde su ostentoso desayuno aguardaba a que alguien le incara el diente.
Faltaban dos escalones cuando llamaron a la puerta. Era tan pronto que ni el servicio funcionaba todavía en aquella casa, así que fue a abrir él mismo.
Las altas puertas de madera blanca crujieron para dejar ver a un pequeño niño mugroso y harapiento, con al ropa roída y una gorra medio caída de lado. Había hecho un esfuerzo por lavarse la cara, pero seguía tan sucia como todo lo demás.
Si no fuera porque le conocía, le hubiera echado a patadas.
—La Sra. Lovett me ha pedido que le di'a que sí —fue su escueto mensaje.
El Ilustrísimo Sr. Turpin asintió y le dio unas monedas, despidiéndole. El mensaje había sido claro, conciso y discreto. A veces se le olvidaba que la Sra. Lovett no sabía escribir ni leer.
