Acto II
Aguardó al Lunes para volver a verla. Sabía que había metido la pata, y bien. Había ahuyentado a la Sra. Lovett al no poder besarla. ¿Pero cómo iba a hacerlo? Él no sentía nada parecido al amor hacia ella. Sweeney Todd quería a Lucy, esa era el recipiente de su amor verdadero. No podía traicionarla. No iba a traicionarla. ¿Por qué no podía la Sra. Lovett comprenderlo? Pasaba los días diciendo que le entendía, que comprendía su sufrimiento. Pero no era cierto, no podía. Si lo hiciera no le hubiera pedido un beso...
Una fugaz imagen del motivo de todo aquello cruzó su mente. Ya no pudo apartarla. Quemada en su rutina; veía una y otra vez a la Sra. Lovett, sentada a lomos de un hombre y azotándole como si fuera... un caballo. Le disgustaba y le llevaba a imaginar a muchos hombres abusando de ella, como si él, Sweeney Todd, no pudiera protegerla de ellos. ¿Por qué no se lo había contado? Muchas dudas asaltaban su mente al tiempo que preparaba el desayuno para sí mismo.
Miró frustrado la tetera. Si aquella mañana hubiera sido normal, hubiera sido la Sra. Lovett la que estaría preparando el té del desayuno, no él. Habría dos tazas sobre la mesa, no una. Suspiró y se sentó frente a su solitaria taza. Tenía la sensación de que las cosas jamás volverían a ser iguales.
Una sombra cruzó la puerta abierta de la cocina por el rabillo de su ojo, la cual daba al pequeño hall con las escaleras de la barbería. Levantó la cabeza alarmado, con un profundo escalofrío recorriéndole la espalda. Se asomó incluso y rebuscó en todas las habitaciones, pero no había nada ni nadie. Un par de veces más vio la sombra, muy cerca de él. Pero no era nada. Serían imaginaciones suyas.
Sin embargo, cuando volvió a la cocina encontró la taza en el lavabo y todo recogido. Frunció el ceño; él no recordaba haber ordenado nada.
Se me habrá olvidado, se dijo a sí mismo con una honda bocanada de aire.
Se puso la chaqueta y el pañuelo y salió a la calle tras cerrar con llave la puerta de su barbería, por si acaso. Anduvo los pocos metros que le separaban de Bell Yard y giró, pensando que llegaría antes de que la Sra. Lovett abriera al público. Se equivocaba. Cinco mujeres aguardaban ante la puerta, preparadas ya para trabajar. Reconoció a una de ellas y supuso que eran las trabajadoras de la Sra. Lovett.
Se acercó queriendo ser casual. No era bueno para su imagen que le vieran preocupado por una vulgar furcia.
—¿A qué viene tanto revuelo? —preguntó como si fuera algo molesto.
—Sr. Todd —se le acercaron, preocupadas—. La Sra. Lovett no ha abierto hoy.
—Os dije que no teníamos que venir —les dijo una con voz recriminadora.
—¿Por qué? —inquirió el Sr. Todd, altivo.
—La Sra. Lovett dijo que probablemente tuviera que irse unos días...
—¿A dónde?
—No nos lo dijo, señor —dijo otra de ellas—. ¿Sabe usted dónde está?
—No tengo ni la más mínima. Y si sabéis lo que os conviene, más os vale poneros a hacer algo. No permitiré que os pague un penique de más por trabajo no hecho, señoritas —les dirigió una cruel mirada a todas ellas, deteniéndose en cada una de las desoladas caras frente a él—. Así que; largaos.
Observó con una sonrisa siniestra cómo se alejaban asustadas. No apartó su miradas de ellas hasta que las perdió de vista. Entonces, se volvió a la puerta y llamó. No contestarón. Volvió a tocar con suavidad. Nada. Cogió sus propias llaves y entró.
Contempló, decepcionado, que la Sra. Lovett había tapado todos los muebles con sábanas viejas y que la mitad de su ropa se encontraba desaparecida. Tampoco estaba la vieja y roñosa maleta que solía utilizar para los viajes largos... y definitivos.
Se dejó caer sobre el colchón de su cama con una mueca de dolor profundo y crispación. Se había ido, y por mucho tiempo. Al final había volado de la dorada jaula que él había construido para ella. No volvería a verla, era muy improbable, al menos.
Se puso una mano en los ojos, de forma que el pulgar tapaba uno de sus párpados y el índice el otro, tratando de no llorar. No pudo evitar un sollozo. Se había acabado. Todo por lo que había trabajado, sufrido... su relación con la Sra. Lovett... Parpadeó varias veces para contener las lágrimas, incrédulo. Volvía a estar solo.
Una repentina sombra emergió en la puerta y un segundo después se desvaneció. Asustado, se levantó de un salto, sin apartar los ojos de la entrada. ¿Qué había sido eso? ¿Habían vuelto los demonios del infierno para atacarle y vengarse al fin? No les negaría la redención, pero necesitaba tiempo. Después podrían hacer con él lo que quisiera.
La misma sombra apareció a su lado, junto al poste de la cama. Pegó un brinco y se alejó, siempre mirando a la sombra. La luz, debe de ser la luz. Los ojos me están jugando trucos, se dijo a sí mismo antes de salir corriendo.
—Sr. Todd... —retumbó por la casa—. Lo siento... Yo...
La voz de la Sra. Lovett, que le atormentaba. Se tapó los oídos y escapó de allí antes de volverse loco.
Una vez a salvo en su casa decidió trazar un plan. No podía negar que le temblaban las manos, pero necesitaba distraerse para no pensar en los últimos acontecimientos. No debía hundirse. Tenía que aprender a vivir sin ella.
Las sombras seguirían atosigándole durante el resto del día, cruzando la casa, soltando palabras sin sentido. Decidió ignorarlas, pensar que las cosas que se habían movido las había movido él. Por una vez no iba a dejarse arrastrar por la melancolía. No la necesitaba, nunca lo había hecho. No era más que una traidora, una desertadora. Le había abandonado. No quería saber nada más de ella.
Determinado, se levantó y salió de casa sobre la media noche. Necesitaba un trago, alejarse de las sombras y pensar. Pensar deteniéndose en los detalles. El Juez, eso era lo importante. Él y sus secuazes, así como el encargado de sanidad. Ése sobre todo. Borracho, gordo, seboso... asqueroso. ¿Habría estado con él la Sra. Lovett? ¿Con ese tal Alguacil Banford? Qué asco... no podía pensarlo, le entraban arcadas.
—Dale esto a Bermont —le dio un papelito a un vagabundo que pasaba pidiendo entre las mesas.
Había acabado en un bar a las afueras de Londres, donde tenía... contactos. Contactos del Infierno, eso era lo que tenía. Había dado con el hombre en las sombras que iba a ayudarle, y ayudaba a cualquier persona que le hiciera un favor. En este caso, el favor era su propio objetivo; matar al Juez.
El vagabundo asintió.
—¡Fuera de aquí, saco de piojos! —salió el dueño con la escoba, justo a tiempo.
Dirigiéndole una mirada cómplice al Sr. Todd, el mendigo se fue. Todd suspiró. Qué difícil era todo.
Ahora debía asegurarse de que ese nuevo amigo de la Sra. Lovett no se metiera en asuntos que no le concernían. Ese tal... James Rhydel, ¿no? No sabía a ciencia cierta cuánto habían hablado, pero le quería muerto y enterrado. Bermont sacaría todos sus trapos sucios y se los pasaría. De algo servirían, seguro; no era la primera vez que requería sus servicios.
Suspiró y dio otro trago a su cerveza. Era malísima, le quemaba hasta las entrañas. Decidió aliviar el dolor de su esófago fumando un poco de la hierba de tabaco que el dueño del bar le había pasado.
Iban a ser tiempos difíciles, mucho. Necesitaría toda la ayuda que pudiera acumular.
