—Tobías —sonrió al ver entrar a su pequeño aprendiz—. Hacía tiempo que no venías. ¿Cómo estás?

Tobías era el otro niño que solía ayudarle, y su preferido. Era delgado y muy espabilado, pero también muy inocente. Le recordaba mucho a sí mismo cuando era joven.

—¿Cómo te encuentras, muchacho? —se acercó y le golpeó varias veces el hombro a modo de saludo. Tobías le miró asustado; era la primera vez que veía una sonrisa sincera en el Sr. Todd. Una que pareciera normal, al menos.

—B-Bien, Sr. Todd —murmuró nervioso—. Usted me dijo que...

—No importa, no importa —sonrió, encantado de tenerle allí. Mathew era como otro fantasma, al ser mudo...—. Corre a decirle a Mathew que vaya a por espuma. Hoy vamos a empezar tu entrenamiento como barbero.

Le escuchó correr escaleras abajo a buscar al otro chavalillo.

Suspiró. Le convenía tener a alguien cerca, alguien que le mantuviera conectado con la realidad. La Sra. Lovett sabía cómo distraerle de los fantasmas, las alucinaciones... tendría que conformarse con el crío. Tobías al menos podía hablar, no como Mathew. Siempre le había tenido amenazado por hablar demasiado; ahora pensaba tenerle al lado todo el día. Sería lo mejor para su propia cabeza.

Tobías volvió poco después, inseguro. Se había ido una semana y a su vuelta se había encontrado al Sr. Todd más desquiciado que nunca y... amable. Tembló. ¿Iba a matarle? Era capaz de eso y más... lo sabía muy bien...

—Lo primero que tienes que saber, chaval —comenzó el Sr. Todd con su típica voz ausente, sin mirarle, ocupándose de ordenar su cómoda. El Sr. Todd era muy estricto con el orden—, es que los clientes quieren hablar. Así que... dame charla.

—Pero... Sr. Todd... susurró, inseguro.

—¿Qué?

Tobías pegó un respingo.

—... dijo que me dibujaría una sonrisa en la cara si hablaba, señor...

—No digas tonterías, Toby. Yo nunca diría eso —lo dijo con tanta seriedad que parecía verdad.

Pero no lo era. Lo cierto es que solía decirle lo mismo cada vez que hacía algo que no le gustaba.

—S-Sí, señor... ehm... —no sabía muy bien qué decir o por dónde empezar—... ¿qué va a enseñarme hoy? —preguntó, dando inseguros pasos hacia el barbero.

—Me verás afeitar y empezarás a manejar mis herramientas. Ven, quiero veas algo. Vamos, chico, no tengo todo el día —apremió al ver que vacilaba—. El orden, Tobías, es muy importante —le agarró del cuello con suavidad y le acercó más a las navajas. Le sentía temblar bajo su mano—. Mantendrás esto ordenado de esta forma. Siempre. ¿Lo has entendido?

—Sí, señor.

—Buen chico. Cuando venga Mathew con los ingredientes para la crema de afeitar te enseñaré a prepararla. Ahora quiero que limpies la silla. Ten cuidado —le advirtió.

Era consciente de que el matadero iba a cerrar sus puertas por un tiempo, pero no podía arriesgarse a perder el control sobre sí mismo y sus acciones. Era más seguro de esta forma.

Pegó un brinco cuando sintió una mano fantasmal en el hombro.

Es tan tierno que le enseñe, Sr. Todd...

No había vuelto a ver a Lucy desde el día en que limpió el sótano, pero a veces tenía la sensación de verla rondando por la casa, hablándole, tocándole. Había decidido ignorarla, ignorar las campanillas que sonaban y los objetos que se movían cuando él no miraba. No podía enamorarse de una alucionación... no quería hacerlo. Sería irreal y enfermizo.

Mathew no tardó en volver y tras él llegó el primer cliente de Tobías. El barbero enseñó a su aprendiz a mezclar la pomada, batirla y esparcirla por la cara del hombre, quien se mostró algo molesto pero no dijo nada. El Sr. Todd remató la faena que, por una vez, no acabó con sangre.

Pronto llegaron las ocho de la tarde y, a regañadientes, cerró la barbería y mandó a ambos chicos a casa. Suspiró y fue a por su abrigo y la cartera. Se sentía extraño afeitando de verdad a alguien, enseñando a un pequeñoel oficio, haciendo lo que se suponía que hacía todos los días y que se alejaba bastante de su realidad. Sentía alivio, en cierta forma. No tener que esconder nada, ni ocultarse de nadie... era como quitarse un peso de encima. Respiró hondo. Había necesitado aquel día de descanso durante mucho tiempo, entonces se daba cuenta.

Salió de casa y serpenteó por las calles hasta la tienda del Sr. Smith, un afable anciano que conocía desde que era pequeño y al que hacía mucho tiempo que no visitaba. Sonrió al ver que el local seguía abierto y el hombre vivo; la Sra. Lovett ya nunca hablaba de él.

—Sr. Smith... —sonrió, abriendo la puerta.

Era una acojedora tienda en el centro de Londres, de madera oscura y ventanas de marco dorado. Los estantes estaban repletos de accesorios para hombre y diversas profesiones, ordenados por tamaños y nombre. Su dueño era un maestro en el arte de vender.

Habían pasado más de veinte años, pero el lugar seguía como la primera vez. Impoluto.

—¿Sí? —el hombre, casi ciego, levantó la mirada—. ¿Puedo ayudarle en algo?

—Quizá no me recuerde... —avanzó con un súbito nudo en la garganta. Nervios. Admiraba a aquel hombre, de él había aprendido algunas de las cosas más importantes de su oficio—. Compré aquí mis primeras navajas de afeitar... Sr. Smith, señor —sonrió acercándose.

—¿Barker? —preguntó atónito, ajustándose las gafas con la mano y los ojos como platos—. ¿Benjamin Barker? ¿Eres tú?

—Sí, señor —sonrió.

El Sr. Smith salió de detrás del mostrador y le dio un efusivo abrazo, casi llorando. Sus estrechos brazos le rodearon con poca fuerza, y pese a su poca costumbre de recibir abrazos le correspondió, incómodo.

—Has cambiado mucho, hijo —sonrió, colocando su temblorosa mano en el hombro del barbero—. Escuché que te habían mandado al extranjero... ¿es cierto? ¿De verdad lo hiciste?

Sweeney Todd suspiró. Qué difícil era hablar con su mentor sin decirle la verdad.

—No, no lo hice —masculló agobiado—. Y nunca lo habría hecho, Sr. Smith.

—Lo sé, lo sé. Pero, cuéntame más. Ven, chico, vamos al almacén. Ya era hora de cerrar, de todas formas. Las ocho, ¿verdad?

—Y veinte —sonrió.

—Bien, bien...

El anciano caminó con paso torpe hasta la puerta y la cerró con esfuerzo, dándole dos vueltas a la cerradura y la vuelta al cartel con su temblorosa mano.

La edad... qué mala era. Con suerte, él no tendría que aguantar tanto.

—Hijo... bueno, Sr. Barker —sonrió al volver junto a él—. ¿Hace cuánto que volvió?

—Sr. Todd, ahora. Sweeney Todd... —dijo con mucha seriedad—. Cambié mi nombre al conocer el destino de mi difunta esposa... —no pudo evitar cierta afección en su voz. Todavía le dolía aquello—. Tampoco deseo que nadie sepa mi pasado delictivo, Sr. Smith —aclaró al ver su cara interrogante.

—Entiendo, entiendo —palmeó su brazo al tiempo que le guiaba a la trastienda—. Entonces... entiendo que no has vuelto a ver a mi hija...

La profunda tristeza en la voz del Sr. Smith le conmovió. ¿No había vuelto a verle? Nunca hablaba de él. No pensó que fuera tan importante la discusión que habían tenido hacía casi... diecinueve años.

—No, a ella sí la he visto —dijo, carraspeando incómodo—. Ella también me reconoció... supongo que heredó esa habilidad de usted, Sr. Smith.

—Seguramente —suspiró dejándose caer sobre un pesado sillón de cuero verde. El Sr. Todd se sentó en una caja—. ¿Cómo está?

—Bien... supongo. Hace unas semanas que no sé de ella...

—Escuché hace no mucho que regenta una hostelería bastante exitosa... —trató de encender su pipa de tabaco.

—Sí —asintió—. Es de mi propiedad. La ayudé a lanzar el negocio, pero fue su habilidad comercial la que ha conseguido ese éxito que usted menciona... También lo heredó de usted, estoy seguro.

—Señor... Todd... —se inclinó hacia él, con sus ojos pequeños y casi cerrados fijos en los de él, implorante—. ¿Podría...? ¿Podría decirle que venga a verme? —suplicó—. S-Siento que mi fin se acerca y... no quisiera irme al otro lado sin verla una última vez... necesito hablar con ella... es mi única hija. Lo entiende, ¿verdad? Johanna...

—Sí, lo entiendo —le cortó de forma abrupta, pero trató de tranquilizarse. Él no tenía la culpa de que un bastardo se hubiera quedado con su hija.

—Pero dime, joven... ¿a qué has venido? No creo que buscaras visitar a este viejo anciano... —rió, queriendo cambiar de tema. El Sr. Todd sonrió.

—Hay un joven aprendiz a mi cargo. Estamos empezando su formación ahora, y mañana quería traerle para que comprara aquí sus primeras navajas.

—¿Iniciando una tradición, Sr. Todd? —rió.

—Eso creo, sí —sonrió.

—Bien, entonces prepararé unas cuantas y que el elija. ¿Entiendo que el chaval no tiene mucho dinero? —empezó a levantarse y el Sr. Todd se incorporó para ayudarle.

—Se las compraré yo.

—Bien, bien... buscaré unas acordes para un jovencito de unos ocho años, supongo. No muy caras, por si hubiera algún percance...

—Se lo agradezco, Sr. Smith.

—No te preocupes, hijo —volvió a apretarle el brazo con cariño—. Me alegro de haberte visto una última vez. Iré a visitarte antes de morir. ¿Dónde te has establecido?

—Fleet Street, señor.

—Buen sitio, lleno de borrachos y abogados. Seguro que haces buen uso de esas manos —le guiñó un ojo—. Iré a visitarle, Sr. Todd. ¿Le... le dirá eso a mi hija?

—En cuanto la vea, se lo prometo. Mas me temo que va a tener que aguantar un tiempo... creo que se ha ido de viaje y no sé cuándo volverá.

—Ojalá sea pronto... —suspiró, abriéndole la puerta para que saliera—. Hasta la vista, Sr. Todd.

—Sr. Smith —se despidió y continuó su camino.

Se había sentido muy extraño con el hombre. Habían tenido mucho contacto en la infancia, durante su primera estadía en prisión. El Sr. Smith se había mostrado muy indulgente con él desde el principio, enseñándole a ser barbero con todos los trucos correspondientes. Cuando cumplió los nueve años consiguió que le dejaran salir una hora para ir a su tienda y comprar, con el poco dinero que el propio Benjamin había logrado robando a los presos, su primeras navajas de barbero. Eran de mango de madera y una hoja mal labrada, pero eran sus primeras navajas. ¿Dónde estarían? ¿Las habrían vendido junto a todo lo demás? Quién sabe... quizá alguien las hubiera guardado.

Suspiró, acordándose de la Sra. Lovett. ¿Cómo no iba a acordarse de ella? Acababa de estar con su padre y, por lo que parece, ella llevaba veinte años sin hacerlo.

La había conocido allí, el mismo día que compró sus navajas. Ella no se acordaba, pero él sabía que era ella. Una pequeña niña de rizos rojizos, ojos grandes y expresivos y pecas por toda la cara. Se había escondido nada más verles entrar, dejando su libro de imágenes y su muñeca atrás, asustada. También era la primera niña que él había visto en su vida y que se había asustado de igual manera. Recordaba que, cuando la vio, pensó que era la cosa más bonita que jamás hubiera visto antes. Cuando nadie miraba robó su muñeca y se la guardó en el chaleco.

Se abrigó y se apresuró en volver a casa; empezaba a lloviznar. Se preguntaba dónde estaría aquella muñeca. La Sra. Lovett debía de haberla guardado en alguna parte. La buscaría... quizá sirviera para hacer las paces con ella.

¿Dónde estabas? —le abordó Lucy en cuanto llegó a casa.

Suspiró y dejó el abrigo, calado, sobre el perchero.

No deberías dejar eso ahí, ¿sabes? Se va a humedecer el suelo...

—Lucy... ¿por qué no me dejas en paz?

Pero cuando se dio la vuelta ya no estaba. La puerta de entrada se abrió y se cerró de golpe. Suspiró. Fantasmas, se dijo a sí mismo.

Una carta le esperaba en la mesa de la cocina junto a un delicioso pastel de chocolate. Él ya no se preguntaba cómo cocinaban los fantasmas, le bastaba con tener comida en la mesa y que fuera comestible.

Cogió distraído un tenedor y lo hundió con suavidad sobre el pastel. Lo probó, estaba delicioso. La combinación del chocolate fundido con el exterior resultaba exquisita. Emitió un gruñido de profunda satisfacción antes de abrir el sobre. Era de Bourmont, los datos sobre el tal Rhydel que le había pedido. Los ojeó sin mucho interés hasta que una de las frases hizo que se atragantara.

—Pobre Sra. Lovett... —suspiró para sí mismo y para Lucy, que le miraba ceñuda desde el umbral de la puerta—. ¿Sabrá ella que el tal James Rhydel es en realidad el hijo del Sr. McAllen? —rió amargado.

¿Q-Qué?

—Sí, Lucy —asintió, tomando un poco más del pastel—. Y... estoy seguro de que se ha enamorado de él. Esta mujer... no consigo que asiente los pies en la tierra —suspiró—. Es una pena que tenga que matar al muchacho... parece que tiene madera de detective. En fin, supongo que se ha relacionado con la mujer equivocada...

P-Pero... no puede...

—Claro que puedo, Lucy, mi amor —le guiñó un ojo—. Claro que puedo.