Eran unas navajas perfectas para el pequeño Tobías, el cuál no podía creerse que el Sr. Todd se hubiera gastado un penique en él. Era un hombre extraño, muy maniático e intimidante. Siempre le había temido, desde que puso el primer pie en su barbería. Decía cosas extrañas, a veces tenía ataques y les echaba a él y a Mathew. Muchas veces no les dejaba quedarse durante un afeitado completo o les daba la tarde libre porque no quería verlos. Les usaba como criados y recaderos, pero les pagaba bien. Por eso nunca se habían quejado.
Observó maravillado la navaja en sus manos. Era de madera clara y una buena hoja de metal afilado, como un cuchillo. No eran tan bonitas como las del Sr. Todd, ni de lejos, pero eran suyas. Se sentía orgulloso, por primera vez en su vida, de ser aprendiz del Sr. Todd. Él era su maestro, una figura más mayor que él que iba a enseñarle. Tobías se sentía un Sr. Todd en miniatura, sin esa maldad que el barbero tenía, claro, pero con potencial. Su respeto a su maestro nunca había dejado de ser máximo, y saber que se iba a convertir en alguien tan curtido como él le enorgullecía.
Caminaban de vuelta a la barbería. El Sr. Todd le pasaba una mano por el hombro, casi protector. Este cambio repentino de comportamiento desconcertaba al pequeño aprendiz sobremanera. ¿Qué había cambiado? ¿Así se comportaban los padres? No podía saberlo, nunca había tenido uno... aunque albergaba la sensación y la esperanza de que así era, de que le empezaba a apreciar. Las amenazas habían quedado atrás y, aunque seguía tan estricto como siempre, empezaba a respetarle.
Sonrió y alzó la mirada, buscando la de su mentor, pero éste siguió mirando al frente, ceñudo.
Tobías nunca había tenido un padre, pero llevaba mucho tiempo esperando a que un adulto se comportara como tal, aunque no fueran nada ni tomara obligaciones. El Sr. Todd había sido un referente hacia él y había ayudado a su madre a salir del pozo de deudas donde se había metido años atrás adoptándole como alumno.
Muy dentro, Tobías deseaba que el Sr. Todd le tratara como a un hijo, y si esta era su forma de ser... a él no le importaba. Era mejor que nada.
—Sr. Todd —llamó el pequeño, tirando de su chaqueta. Apenas levantaba tres palmos del suelo, ni siquiera le llegaba al pecho.
—¿Sí? —preguntó distraído, abriendo la puerta de la barbería con aquella combinación de llaves que sólo él y la Sra. Lovett conocían
—¿Tengo... que pagarle estas navajas?
—Son un regalo, Tobías. El Sr. Smith me regaló mis primeras navajas a tu edad, y yo hoy te las regalo a ti. No hay nada más que explicar —la puerta por fin cedió y le dejó pasar primero—. Algún día te las enseñaré.
—Las guardaré como un tesoro... —susurró para sí mismo, abrazándose al estuche de navajas.
Sweeney Todd no pudo evitar sonreír, algo conmovido.
—Hoy aprenderás a afeitar —dijo, cerrando la puerta y subiendo las escaleras de dos en dos.
—¿Hoy? —preguntó preocupado, subiendo tras él.
—Sí, hoy. A partir de ahora me afeitarás todos los días. Durante las horas muertas te dejaré pieles para que aprendas a no dañar la piel. Te iré corrigiendo a medida que cojas destreza.
Cuando Toby llegó al piso superior el Sr. Todd ya estaba en su cómoda sacando los utensilios de barbero y un par de pieles de vaca.
—Ah, y una cosa más —se dio la vuelta y miró al muchacho de una forma siniestra y oscura—. Mathew es tu responsabilidad a partir de hoy. Le controlarás, y si comete algún error pagaréis ambos. ¿Lo has entendido?
—Sí, señor —asintió, entendiendo la amenaza implícita.
—Bien, ahora ven aquí.
El Sr. Todd le enseñó a Tobías cómo cortar los pelos de la piel sin dañarla y le dejó con ello. No era un hombre que se metiera en los asuntos de los demás, así que en cuanto volvió a sus cosas Tobías se relajó y empezó a hacerlo mejor. Era un chico demasiado nervioso como para aguantar la mirada inquisitiva del barbero.
Fue una mañana ajetreada. El Sr. Todd se ocupó de afeitar a los señores mientras su aprendiz les echaba la pomaba, la limpiaba de la navaja que su mentor utilizaba y daba la charla que el Sr. Todd era incapaz porque estaba demasiado nervioso, mirando las sombras que a veces rondaban la habitación y de las que nadie más que él parecía darse cuenta.
Consiguió una concentración total en su tarea, ajeno al mundo exterior cuando, de repente, un macabro ser emergió de la nada. Cubierto de la sangre que emanaba de su desfigurada cara y su hombros perforados, el hombre le miraba con ojos demoníacos, acusadores, terribles. Le reconoció al instante.
El cliente gritó de dolor cuando la navaja de plata atravesó su fina piel.
—L-Lo siento —tartamudeó dejando caer la navaja y sin dejar de mirar al horrible ser frente a él—. Tobías, sigue tú —susurró.
—P-Pero... ¡señor!
—No importa, hijo —sonrió el anciano—. Ven, yo te guío.
Temblando, el Sr. Todd corrió escaleras abajo y más abajo hasta el sótano. Estaba vacío e iluminado, como debía estar. Los fantasmas no existen, los fantasmas no existen, se decía a sí mismo al tiempo que avanzaba inexorable hasta el final del pasillo de muebles y armarios. No podía ser, los muertos no se levantan y caminan. Sólo él le había visto, y parecía tan real...
Se agachó frente a la pared y metió los dedos por una pequeña rendija en las piedras de su base, buscando el saliente al otro lado. Lo encontró y tiró, revelando el asa de una pequeña trampilla. Respiró hondo y se aseguró de que nadie más estaba con él, ni siquiera las sombras. Cuando estuvo seguro, contuvo la respiración y alzó la puerta.
La pequeña placa cuya inscripción rezaba «Albert J. Lovett» seguía en su sitio, tapiando los restos mortales del hombre que en su día le había separado de la Sra. Lovett.
—Vas a tener que decírselo algún día, corazón —Lucy hizo que pegara un brinco.
—Nunca. No debe saberlo.
—¿Y entonces por qué le tienes ahí, mi amor? Y con una placa, y todo... Sé que fue tu primer asesinato, pero aún así...
—Fue una ejecución, Lucy —gruñó, cerrando la trampilla—. No un asesinato.
—Estoy en tu cabeza, tesoro... ambos sabemos que fue un asesinato...
—La maltrataba —apretó los dientes, levantándose.
—Y su padre se emborrachaba cuando ella era pequeña y la pegaba, pero a él no le tocarías un pelo de la cabeza...
—No sabes de lo que hablas —siseó girándose a mirarla.
Lucy reposaba sobre una de las cómodas, sentada con elegancia, hermosa, preciosa, fantasmal. Provocaba a cada célula de su cuerpo a tocarla, a besarla, a estar con ella. Su cuerpo y su alma la añoraban como los pulmones al oxígeno.
Pero es una alucinación... y esas no se pueden tocar, se lamentó y pasó de largo.
—Claro que lo sé, amor mío.
—Lo que tú digas, Lucy.
—Sr. Todd.
James Rhydel entró en su barbería. Se sentó a esperar, paciente, a que el barbero terminara con su cliente actual.
—Sr. Rhydel —saludó con un gruñido seco.
Despachó al cliente y hasta entonces no emitieron palabra alguna. Una vez estuvieron solos del todo tampoco hablaron, esperando a que el otro iniciara la conversación.
—¿Sabe, Sr. Todd? —se decantó Rhydel—. Cuando investigue a alguien debería asegurarse de que no contrata al investigado.
A pesar de estar de espaldas, la crispación del Sr. Todd fue visible en toda su persona al escuchar tales palabras.
—Ha espantado a la Sra. Lovett, pero conmigo no lo va a conseguir, Sr. Todd. Ella ya sabe de quién soy hijo y, para su información, sus relaciones con mi padre terminaron hace semanas.
—Me parece bien, la sinceridad es importante —asintió el barbero, impertérrito.
—Entonces supongo que debería ir donde el honorable Sr. Turpin y contarle toda la verdad, ¿no? —sonrió.
El Sr. Todd se dio la vuelta muy despacio, sintiendo que su cuerpo subía de temperatura a una velocidad vertiginosa. Su visión se tornó roja, cubriendo la habitación de fantasmas que rodeaban al chaval casi viente años menor que él.
—¿Qué quiere? —siseó, y notó que su presa vacilaba un segundo.
—Nada, Sr. Todd —hizo un gesto con la mano como si le quitara importancia—. Estamos en el mismo bando, en realidad. ¡Imagínese mi sorpresa al saber que usted estaba metido en todo esto! —rió—. Jamás imaginé que tuviéramos tanto en común... Ahora que sé que puedo ayudarle, trataré de acelerar el proceso... a cambio de algo, claro.
—Entonces sí que quiere algo...
—Todos queremos algo —asintió—. La Sra. Lovett volverá en unos días y hará como si no hubiera pasado nada, pero yo no quiero que sea así. Tendrá su venganza, pero ella debe permanecer lejos de todo esto.
El Sr. Todd esbozó una escalofriante sonrisa sarcástica.
—Ella ya está demasiado metida en el asunto, Sr. Rhydel —acarició su nombre como una serpiente a punto de deborar un ratón.
—No me ha entendido. Lo que quiero decir es que la sacará de su vida, para siempre. En cuanto la muerte del honorable salpique los periódicos, la Sra. Lovett y yo cogeremos las maletas y nos iremos muy lejos, y no quiero volver a verle cerca de ella. Jamás.
—Cielo, no la necesitamos —susurró Lucy en su oído, apoyándose en su hombro—. No es más que una desertora, te ha traicionado, te ha mentido. Estamos tan cerca, mi amor... ¿qué importa ella?
—¿Y si no le mato? —aventuró, sintiendo cómo todo volvía a la normalidad, dejando sólo a Lucy a su lado, fría y calculadora.
—No me importa si no lo hace, Sr. Todd —atajó—. Voy a llevármela de todas formas, pero sé que su apoyo es importante para usted. Tiene un mes para aclarar todo esto, y entonces me la llevaré y no volveremos a verlo. ¿Acepta, entonces, mi ayuda?
—Podemos hacerlo, mi corazón. En menos de un mes se acabará todo. Por fin, justicia...
—Está bien —exhaló la bocanada que llevaba conteniendo unos segundos, en tensión.
—¿Sí? —preguntó sorprendido.
—Sí, llevesela donde quiera a cambio de ayudarme con el juez.
La fría y despiadada mirada del Sr. Todd seguía clavada en el suelo, perdida, como si percibiera sonidos que nadie más podía descifrar.
—¿En serio? Vaya... —silbó el detective, mirándole incrédulo—. ¿Sabe? Pensaba que se negaría, y no iba a traicionarle ni nada, pero... vaya...
—¿Qué?
—Pensaba que la Sra. Lovett le importaba de verdad... ya veo que no...
—Eso no es asunto suyo, Sr. Rhydel.
—Fui sincero en mi propia investigación; no tengo nada que ocultarle, Sr. Todd, pero usted no me conoce, podría ser... un monstruo como usted —alzó las cejas. No había ni rastro de malicia en su cara.
—Podría —asintió—. Mi deber es proteger a la Sra. Lovett de todo mal, pero es una mujer fuerte. Sabrá arreglárselas con usted como lo supo hacer conmigo. Yo no tengo nada más que ofrecerle. Espero que sean felices juntos.
—Está bien —frunció el ceño, confundido—. Es un placer hacer negocios con usted, Sr. Todd —le tendió la mano. El barbero la ignoró deliberadamente—. Supongo que no es lo suyo... le haré llegar la información, pronto. Hasta la vista, Sr. Todd.
—Hasta nunca, Rhydel —escupió y se encerró en su trastienda.
