Un oscuro día londinense teñía la ciudad. Las nubes tornaban la vida en algo deprimente. Como muchos, Sweeney Todd observaba estos acontecimientos al resguardo de su casa, melancólico. Un poeta hubiera dicho que la lluvia le traía recuerdos de su vida olvidada, pero lo cierto era que no importaba la situación climatológica; él siempre recordaba. Lo recordaba todo.
Apoyado contra el cristal, el barbero observaba impertérrito la calle, pensativo. Su corazón escapaba un latido cada vez que un carruaje pasaba raudo y veloz bajo su ventana, pero ninguno se detenía.
—¿Sigues esperando a que vuelva? —la dulce y melodiosa voz de su esposa vino desde el umbral de la puerta.
—Cállate —masculló malhumorado.
—¿Esperas al juez o a la panadera?
—He dicho que te calles —repitió un poco más alto.
—No tienes por qué fingir conmigo, cariño —contestó con una voz tan amorosa que le dieron náuseas—. Sé que en tu cabeza no les llamas por sus nombres.
—¡CALLA! —gritó, dándose la vuelta, pero ella ya no estaba ahí.
Confuso, miró a su alrededor tratando de encontrar la procedencia de aquella voz, mas no la encontró. El suave sonido de unos nudillos al tocar la puerta de su casa le interrumpió.
—Llaman a la puerta.
Cuando volvió la vista a la ventana allí estaba ella, casi como un fantasma a la tenue luz que el cielo dejaba pasar. Contuvo el aliento, seguía tan hermosa como siempre... un pálido reflejo de su pasado. Su pelo, de un exquisito color chocolate, enmarcaba su cara concediéndole la inocencia que siempre había poseído.
—Siguen llamando a la puerta —insistió, moviendo con suavidad sus carnosos labios rosados.
Suspiró. Verla dolía demasiado.
Sweeney Todd asintió, se mordió la lengua y fue a ver quién llamaba sabiendo que aquella visión no iba a abandonarle todavía.
—¿Sí? —preguntó malhumorado abriendo la puerta.
Un joven de unos veinte años estaba parado frente a la puerta, calado de pies a cabeza y mirándole con tanta esperanza en los ojos que se le retorció el estómago de nuevo. Además, su pelo era asqueroso. ¿Cómo aguanta tanta mugre?, escuchó en su cabeza.
—¿Sr. Todd? —jadeó.
—Sí, soy yo. ¿Qué quieres?
—Vengo de parte de Bourmont.
—Oh, pasa —se hizo a un lado.
Chasqueó la lengua, disgustado.
—¿Cómo puede Bourmont confiar en este individuo? —la voz asqueada de mujer consiguió arrancarle una sonrisa.
—Pensé que me mandarían a alguien más experimentado —le dijo al chico, invitándole al salón que nunca utilizaba.
—Soy muy discreto, señor —hizo una reverencia con la cabeza y se sentó en uno de los sofás frente a la chimenea apagada y llena de hollín.
—Benjamin, cariño —suspiró Lucy siguiéndoles—. ¿Por qué no has quitado las sábanas todavía? Me encantaba esta habitación...
—Cállate —susurró.
—¿Perdón? —preguntó el muchacho, desconcertado.
—Siéntate —forzó una sonrisa demasiado falsa y se sentó frente a él—. ¿Cómo has dicho que te llamabas?
—Anthony, señor.
—Anthony... —se llevó la mano al mentón, pensativo—. ¿A qué te dedicas, Anthony?
—Soy marinero, señor —retorcía su empapada gorra sobre las piernas, nervioso.
—Marinero —asintió—. ¿Y debo fiarme de un marinero? —soltó una carcajada sarcástica.
—Déjale, pobrecito —Lucy hizo un puchero, sentada sobre el reposabrazos del sillón mientras jugaba distraída con su pelo—. Deberías peinarte más, querido... se te está estropeando la cabellera...
—Está bien... —suspiró el barbero—. Y... ¿Te ha dicho Bourmont cómo vamos a hacerlo?
—Sí, señor —asintió con la cabeza—. El Sr. Juez llegará pasado mañana por la mañana junto a su futura esposa. Tenemos hasta entonces para planear el asalto. Una de las criadas es... bueno, es mi madre..., así que puede conseguir cualquier información que usted necesite.
—...y por eso Bourmont nos ha mandado al chaval... —rió Lucy apoyando los labios en su oreja. Le recorrió un escalofrío al sentirla.
—... y nos dejará pasar el día D. Diremos que estamos allí para arreglar un problema con los hornos, ya que me consta que usted sabe de hornos...
—Sí —fue su seca respuesta—. ¿Algo más?
—Nos acompañará un experto en cajas fuertes, nos ayudará con las cerraduras y ese tipo de cosas.
—¿Y podré ver a mi hija?
El silencio invadió la habitación. No había podido evitar cierta desesperación en su voz, llevaba deseando verla desde que abandonó la isla y no iba a dejar de hacerlo jamás. Quería verla, aunque fuera una sola vez en su vida y ella no supiera que era su padre. Quería prometerle que iba a sacarla de allí, pero sabía que no podía. No todavía.
—No lo sé, Sr. Todd —la sinceridad del joven le abrumó.
—Muy bien, Anthony, muchas gracias —se levantó recobrando su típica expresión impenetrable y le dio la mano—. Mañana a las seis de la mañana, no os demoréis —le soltó y le guió a la salida.
—¿Estás bien? —la cauta pregunta no consiguió calmar sus nervios.
—No, Lucy, no lo estoy.
Cuando puso un pie en la barbería ella ya estaba allí, escrutándole como si siguiera viva. Reprimió el impulso de llorar. No lo soportaba. ¿Por qué había tenido que irse la Sra. Lovett? Se maldecía cada minuto desde el día en el que descubrió que se había marchado.
—Apostaría cualquier cosa a que desearías haberla besado cuando tuviste la oportunidad —una maliciosa sonrisa asomó en la cara de su mujer—. Pero ambos sabemos que no pudiste porque me amas a mí, sólo a mí.
—Déjame en paz —gruñó yendo a su habitación y cerrando la puerta antes de que Lucy pudiera entrar. Pero daba igual, ella ya estaba tumbada en su cama.
Cómo odiaba cuando hacía eso.
Todos sus demonios se presentaban cuando la Sra. Lovett estaba lejos. Por eso tienes que mantenerla cerca, estúpido. Ella había querido actuar como si nada hubiera pasado, superar sus problemas respecto a la relación que tenían y adaptarse, por él... y él no paraba de tirar patadas al aire. La había espantado, le había hecho daño... Estaba seguro de que si ahora trataba de ser amigable y comportarse como antes, todo volvería a empezar. No era la primera vez que tenían problemas parecidos.
Pero no podía quitarse de la cabeza la imagen de la Sra. Lovett sobre aquel... gordo. Asaltándole, torturándole...
—Te recuerda a mí, ¿verdad? —susurró Lucy a su oído—. Crees que Turpin también me usó como prostituta...
—Cáyate —gruñó, congelado en el sitio al entender que así era—. Tú no eres ella. Ella se envenenó. Ella murió. Y ahora va a pagar por lo que le hizo a Lucy.
—Puedo ser quien tú quieras —estaba vez era la voz de la Sra. Lovett, dulce en su otro oído, pero con un matiz distinto, distintivo—. Al fin y al cabo... soy parte de ti —la atrevida mano de la Sra. Lovett se deslizó por su pecho, atrevida, entre su camisa. Ella era más entrometida.
—Déjame —siseó alejándose varios pasos, apartándola de un empujón.
—Temes que me haya vuelto como tú. Temes haber corrompido mi alma, que sea tan sádica y macabra como tú. Pero ya lo soy, cariño, amor, tesoro mío. Siempre lo he sido. Cuando te subía esas empanadas y las comía contigo... cuando torturaba a los hombres en mi cama... cuando los despedazaba en mi sótano... siempre he sido como tú.
—¡CÁLLATE! —bramó y, por impulso, la abofeteó descubriendo, asombrado, que sí podía tocarla.
Los ojos acaramelados de la panadera y su pelo cobrizo se desvanecieron en el aire con una mirada desafiante y una tibia sonrisa.
Eran tan diferentes y aún así su mente encontraba la forma de torturarle con ambas por igual. Aquellas voces que le hablaban, que le pedían cosas siniestras y extrañas, mucho más crueles de lo que sus actividades nocturnas ya eran en sí. Y muchas veces se veía obligado a obedecer, presionado, angustiado, amenazado. Le hacían más daño que cualquier otro recuerdo. Eran recuerdos alterados.
Suspiró y se frotó el puente de la nariz con los dedos índice y pulgar, atormentado. Llevaba dos meses aguantando aquellos fantasmas rondando por su casa. A veces no eran Lucy ni Lovett, a veces eran clientes muertos, crueles y tan sedientos de sangre como Albert, acusadores. Le miraban furiosos por no haber vengado a su mujer, por no haberle dado sentido a sus muertes. Él estaba furioso consigo mismo. La racionalidad se escapaba entre sus dedos como la vida de aquellos hombres en su día.
Y no sabía si iba a volver a verla jamás, no sabía si estaba condenado a vagar con sus alucionaciones por el resto de sus días, pero sabía que no iba a poder soportarlo durante mucho más tiempo. Las palabras de la Sra. Lovett sólo cobraban sentido cuando ella estaba lejos, como una lejana letanía que quebraba sus huesos durante la noche, en sueños. La echaba de menos. Cuando despertaba todo lo que quería era verla entrar con el desayuno.
Por eso debía deshacerse del Juez cuanto antes, o al menos hacérselo pagar. Sentirse en paz consigo mismo para ir a buscarla allá donde estuviera. Tenía una ligera idea, muy ligera de dónde podría irse con el detective, pero no podía ponerla en práctica hasta que hubiera terminado su misión. Era una soga que le retenía y que no podía cortar. Jamás se lo perdonaría si abandonaba ahora.
—¡Tobías! —exclamó mientras afilaba sus navajas en la tira de cuero colgada de la silla—. Hace dos días que no te veía, ¿dónde te has metido, chaval? —gruñó enfadado—. Teníamos un trato, si no vienes...
—Sr. Todd... —sollozó—. Madre... está muy enferma... Estaba cuidándola, yo...
—¿Qué le ocurre? —paró de inmediato.
—No lo sé —lloró.
—Vamos, acercáme el abrigo —dejó las cosas sobre la cómoda sin ningún orden especial y avanzó a zancadas hacia él.
—¿Q-Qué?
—¡El abrigo, niño! —gritó irritado, cogiéndolo él mismo—. ¡Mathew! —llamó—. ¡A la puerta, corre!
—No... no entiendo...
—Vamos a ver a tu madre, chaval —le empujó hacia la entrada.
—P-Pero... no tenemos dinero para...
—Tu madre no necesita un médico, tu madre me necesita a mí.
Cualquier cosa por alejarme de este lugar embrujado, se dijo.
—¿D-De verdad...? —se limpió una de las lágrimas que corrían por su rostro con la manga de la chaqueta.
—Mathew, coge tu chaqueta y vete a casa —le ordenó—. Tobías y yo tenemos que salir un momento.
Tobías guió al barbero a través de los suburbios de Londres durante seis kilómetros hasta que llegaron a la vieja cochambre en la que su madre y él vivían. Era el lugar más insalubre que Todd hubiera visto en su vida, pero estaba preparado para tal acontecimiento. Sabía de buena mano a qué se dedicaba la madre del chiquillo, y si estaba tan enferma como aseguraba... no le quedaba mucho tiempo.
—Sr. Todd... —susurró la mujer desde la cama, febril. Su voz estaba ronca y tosía de vez en cuando.
—No hable —rogó—. Niño, sal de aquí.
—Pero...
—Sal —y su mirada asesina le obligó a ello—. Bien, Sra. Ragg —por suerte se acordaba del apellido—. Levanté el brazo.
No quería tocarla, sabía de sobra lo que tenía. Sólo quería comprobarlo.
La mujer levantó el brazo como le había indicado, revelando erupciones y un chancro bastante grande en la palma de la mano. El Sr. Todd reprimió una arcada con bastante éxito; podía matar a mucha gente y despedazarla, e incluso hacer cosas mucho más macabras con sus cuerpos, pero... las enfermedades... no podía con ellas.
—Es sífilis, Sra. Ragg —tosió. El aire viciado de la casa era tan enfermizo como ella. La mujer estayó en lágrimas.
—No quiero que mi hijo me vea así, Sr. Todd...
—Es culpa suya. Nunca debió meterse en la prostitución.
—Lo sé, pero... tenía que alimetarle, yo... —sollozó.
—No hay nada de lo que lamentarse ya, Sra. Ragg.
—... lléveselo, se lo suplico —se alzó para cogerle las manos, pero el Sr. Todd la esquivó con mucha rapidez—. No quiero que me vea así... no quiero que me vea morir. Él no lo sabe...
—Sufrirá si no está con usted en sus últimos momentos, señora. Créeme, lo he experimentado en mis propias carnes —suspiró.
—No me importa, Sr. Todd. Invéntese algo...
—¿Le ha tocado?
—¿Qué...? —la mujer deliraba y se le iba la cabeza. Había sido incapaz de mantener un tono normal en toda la conversación.
—Escúcheme bien —le clavó su penetrante mirada—. ¿Ha tocado al niño?
—No... no —negó.
—Bien. Entonces dígale que para curarse necesita que le traiga aceite de chocolate.
—¿Aceite de...? Eso... eso no existe... —movió la cabeza, con los ojos cerrados.
—Exactamente. Es lo que mi madre me dijo —se levantó—. Es probable que su hijo la odie durante el resto de sus días.
—No importa... eso no... no importa... —dejó caer la cabeza a un lado—. ¿Le ayudará?
—Haré lo que pueda —no iba a prometerle nada.
Sweeney Todd sabía que no podía ahcerse cargo de un niño cuando ni siquiera era capaz de mantener su enfermedad mental a raya. Era muy triste el destino que le esperaba al chaval, eran situaciones como aquella por las que siempre había advertido a la Sra. Lovett sobre ciertas actividades.
—Tu madre te dirá qué hacer, hijo —le frotó la cabellera con la mano, apenado.
Giró la esquina y tomó el camino a su casa.
La Sra. Lovett... suspiró. Todo aquello traía de vuelta los viejos recuerdos felices de Benjamin...
Su madre estaba muy enferma, moría con lentitud en la cama, inmóvil. Desesperado, le preguntó qué podía hacer para aliviar su dolor y ella, no queriendo que la viera sufrir, le dijo que buscara aceite de chocolate en el mercado. Había corrido a buscarlo, preguntando a cuantos conocía, aventurándose en las zonas más peligrosas de la ciudad sólo para conseguir aquel pequeño bálsamo que su madre esperaba. Contaba con él para superar el dolor, pero nadie sabía a qué se refería.
Cuando volvió, con las manos vacías, su madre yacía muerta en la cama. Poco después, su hermano mayor empezó a tratar con negocios turbios para escapar de padre, el cual pagaba con ellos todas sus frustraciones. Le arrastró en un pequeño robo sin importancia en el mercado. Tenían que robarle a un hombre su reloj de oro. Era fácil, sin complicaciones, llevaban practicando semanas para ello. El pequeño Benjamin tenía seis años y ya era todo un profesional en el arte del robo, pero sus piernas eran demasiado cortas como para correr delante de un policía.
Les apresaron y a su hermano le colgaron por cabecilla del asalto. Benjamin fue condenado a once años de prisión sin derecho a visitas. Fue el Sr. Smith el único que le trató bien en todo aquel tiempo. Era el barbero de la prisión y le dejaron entrar a su cargo, ganarse la vida con algo antes de salir al cruel mundo exterior.
Abusaron del pobre e inocente Benjamin cuanto quisieron, pero su comportamiento ejemplar le facilitó ciertos permisos para abandonar la prisión durante unas horas como, por ejemplo, el día que fueron a comprar sus primeras navajas.
No conoció a la Srta. Smith hasta el día de su liberación. Era una joven hermosa y llena de esperanzas, vivaracha. Le saludó con una energía insospechada y le tendió una caja rectangular y aplanada, un regalo. Él había mirado indeciso al Sr. Smith, sin saber muy bien cómo actuar. La energía de la joven le había descolocado por completo, no estaba acostumbrado a tanto interés.
«Son para ti», había sonreído la pecosa Margaret Smith, tendiéndole el paquete.
«¿Qué son?»
«¡Ábrelo!»
Se sentaron en un banco de Hyde Park. Benjamin estaba emocionado de poder salir al exterior y saber que no tenía que volver al cuchitril de su celda. Su cara perdió el color al abrir el estuche.
«Oh, Dios mío...» susurró.
Eran unas navajas de barbero, pero no unas cualquiera. El mando estaba bañado en plata y había sido labrada con cuidado, dibujando las abstractas formas de los ángeles en ella. Eran lo suficiente abstractas como parecer de un fanático religioso, pero tan hermosos que harían al propio Dios llorar.
Eso le parecía a él y su pensamiento no había cambiado desde entonces.
Y por no hablar de la hoja, la mejor que jamás hubiera visto.
«¿Son...? ¿Son para mí?» musitó.
«¡Claro, bobo!» rió ella.
Se hicieron amigos casi de inmediato.
¿Dónde demonios había metido su muñeca de trapo?
Sin darse cuenta había acabado en la barbería, rebuscando en las viejas cajas de la habitación de invitados, la cual utilizaba como trastero. Allí habían guardado el pasado de Benjamin y Lucy Barker, junto con sus retratos, su ropa y sus recuerdos. Fuera de aquella habitación sólo quedaban algunos muebles como los del salón, tapados con sábanas viejas, y sus navajas de plata.
Tenía un rincón separado para las cosas de la Sra. Lovett y sus recuerdos, junto a la ventana porque eran los únicos para recordar, pero sabía que no podía estar ahí porque él nunca había llegado a dársela. Aún así, debía de estar cerca. Era suya... ¿no?
Encontró una caja abandonada y solitaria a medio camino de la luz que entraba por la sucia ventana y la oscuridad que gobernaba en el lado derecho de la habitación. Dentro de ella reposaban los recuerdos de ambos en la juventud. Suspiró, melancólico, y metió la mano entre las cosas. Había una pequeña pestaña en la parte baja que revelaba un falso fondo, y en ese pequeño espacio estaba la muñeca.
Sonrió al encontrarla como siempre. Tenía un brazo descosido y se había perdido uno de los botones que tenía por ojos, pero podía arreglarla.
Se levantó y salió de la habitación.
Por primera vez en muchas semanas no hubo sombras ni fantasmas que le acosaran mientras arreglaba la muñeca de la pequeña Margaret Smith. Eran él y sus recuerdos, pero unos felices y nostálgicos, no macabros y horribles.
Dejó el juguete sobre la mesa de la cocina y sacó del armario la tarta de chocolate y un tenedor. Seguía deliciosa.
Estaba clavando el tenedor en la dulce superficie por quinta vez cuando de repente, al mirar la muñeca, le golpeó. No había vuelto a visitar a la Sra. Lovett. No había ido a su casa ni a su tienda, y ella no tenía por qué ir a visitarle si estaba enfadada. Quizá hubiera vuelto hacía días y estaba esperando a que él diera un primer paso.
Casi en un acto reflejo salió disparado hacia el perchero, cogiendo la muñeca por el camino y su bufanda. Se lo puso todo corriendo y salió de la casa. Los setenta metros jamás le parecieron tan largos.
Con la llucia que caía ya no había nadie en la calle a pesar de ser mediodía, sólo algunos incautos se quedaban bajo tormentas como aquella. Dos de ellos estaban en Bell Yard, la calle de la Sra. Lovett, pero parecían muy borrachos así que no les dio importancia y entró en la tienda. El corazón le dio un vuelco introdujo la llave y vio que la puerta estaba abierta.
—¿Sra. Lovett? —gritó. Odiaba sonar tan animado, pero no podía evitarlo. La había echado mucho de menos—. ¿Sra. Lovett? —preguntó, esta vez preocupado.
Del piso superior llegaban sonidos extraños, como jadeos o gritos. Mil escenas escalofriantes cruzaron su mente al tiempo que corría hacia las escaleras.
Cogió el atizador de la chimenea al pasar, pensando: No te preocupes, ya estoy aquí.
Los ruidos provenían de la habitación. Decidió entrar en estampida para sorprender a quien quiera que fuera. La sorpresa fue suya.
Se quedó congelado en el umbral, todavía sujeto al pomo de la puerta y con el atizador alzado. Se deslizó entre los dedos y cayó al suelo.
—Sr. Todd... —gimió la Sra. Lovett, apoyando la cabeza en el poste de su propia cama y con los ojos cerrados en un movimiento involuntario.
Sujeta en los brazos de el honorable Juez Turpin, únicamente cubiertos por sábanas sudadas y una mueca de placer en sus caras, la situación era más que obvia.
En sus ojos imágenes grotescas surgieron, pasando a velocidades insospechadas. Demonios, eran demonios, sonriéndole, imitando aquella extraña postura, la extraña, obscena y pecaminosa escena frente a él. Sentía la ira subiendo desde sus pies, calentando sus venas, retorciendo su estómago, haciendo que la sangre le hirviera. Y la burlona sonrisa en la cara de él... esa sonrisa que quería quitar a puñetazos... Ojalá fuera una alucinación, ojalá lo fuera porque ya no era dueño de sus acciones.
Avanzó a pasos agigantados hacia la pareja, agarrando a la Sra. Lovett por el pelo porque en ese momento no hacía más que estorbar en su camino. Ni siquiera la escuchó caer al suelo con un ruido sordo. Sólo veía al Sr. Juez y su sonrisa burlona. La arrancaría a puñetazos, la arrancaría.
—Hijo de puta —gritó con una voz que no era la suya. Se escuchaba a sí mismo como el propio diablo, el ejecutor. No le importaba lo que fuera a pasar después, sólo quería librar al mundo de ese bastardo malnacido.
Lanzó un gancho contra su impoluta y reseca cara, haciendo que rebotara en el colchón y cayera al otro lado. No contento con eso atravesó la cama, saltó a su lado y descargó toda su furia mientras le agarraba por el cuello.
En la lejanía podía oír a la Sra. Lovett gritando, pidiéndole que parara, pero no la escuchaba.
Es una alucinación, una mera alucinación. Llevo esperando por esta mucho tiempo, no vas a arrebatármela, pequeña bastarda, decía para sus adentros mientras golpeaba al juez una y otra vez, quien no paraba de reír a cada puñetazo que recibía, con la boca inundada en sangre.
—Jodido bastardo.
—¡Usted! ¡Deténgase, en nombre de la ley!
Dos hombres, los mismos dos supuestos borrachos de la calle le agarraron por los brazos y le retiraron. Por muchas patadas que dio no pudo soltarse.
Se tranquilizó, respirando hondo como un toro embrabecido. Su presa se alzó del suelo con una sonrisa mezquina y triunfal. Se acercó a él y le clavó los nudillos en el estómago, repetidas veces, pero no era lo suficiente fuerte como para darle una paliza por sí mismo.
—Tienes suerte, Barker —rió limpiándose la sangre de los labios con el dorso de la mano izquierda—. Si esto hubiera sido en la calle, ya estarías de camino a la soga. Pero no creas que tus acciones van a quedar impunes... oh no —soltó una carcajada—. Espérame, porque mi cara será lo último que verás —siseó antes de vestirse y marcharse, con sus dos hombres tras él.
—Sr. Todd —susurró la Sra. Lovett, cayendo de rodillas junto a él en cuanto quedaron solos en la casa—. Sr. Todd, puedo explicárselo.
Se había quedado sentado sobre la fría madera, apoyado contra la cama y mirando al suelo, observándose los nudillos rotos. No alzó la mirada, no quería verla. Se sentía traicionado y humillado por la única persona a la que había apreciado de verdad, después de Lucy y Johanna. Era lo más agrio que jamás hubiera sentido en su vida.
—Sr. Todd, por favor —sollozó poniéndole las manos en los hombros, preocupada.
Poco a poco los ojos del barbero recorrieron su cuerpo cubierto por la salla y el corsé, hasta sus brazos y luego su cuello. Las piedras preciosas que le había regalado reposaban apagadas sobre su clavícula, sucias, contagiadas de la corrupción que ella...
Se las arrancó en un impulsó. Las perlas y los diamantes cayeron al suelo y se esparcieron, libres. La profunda rabia en la mirada de él cohibió a la Sra. Lovett, haciendo que retrocediera un poco.
—Sr. Todd... —susurró.
Sweeney Todd comenzó a levantarse con extrema y calmada lentitud.
Le imitó, con cautela, tratando de no hacer ningún movimiento brusco que pudiera sobresaltarle y liberar el odio y el horror que sabía buyía dentro de él.
Descansó la palma de la mano en el brazo del barbero, con precaución, queriendo hacerle reaccionar. No tardó en hacerlo. El Sr. Todd le dio una bofetada con tanta fuerza que la tiró al suelo y le rompió el labio en el choque.
Sin dejar de observarla ni un segundo sacó de su abrigo la muñeca y la tiró a su lado con profundo desdén.
—No quiero volver a verla en la vida —siseó.
Pasó por encima de ella y poco después había abandonado Bell Yard.
