Acto III


Se reclinó en la pared de su celda, febril. Apenas había comido en los tres días que llevaba encerrado allí, mareado y atosigado por sus fantasmas. No era capaz de hablar ni de abrir los ojos, sus compañeros de celda se escondían en las esquinas del cubículo, buscando huir de él y de sus delirios. Escapaban de sus palabras y de sus fantasmas.

La habitación daba vueltas bajo su cuerpo, mareándole, haciéndole vomitar la asquerosa comida que les daban los carceleros. Tampoco ninguno de ellos le había aguantado durante mucho tiempo. Nadie era capaz de lidiar con su terror.

Había perdido la consciencia de sí mismo, era sólo el recuerdo de una persona muerta. Se estaba conviertiendo en otro fantasma.


Había amanecido un bonito día en Hyde Park y el juez tenía ganas de ir a pasear con su amor y su pupila del brazo. Quería cambiar su rutina, salir de las lúgubres habitaciones de su mansión y demostrar a los demás y a sí mismo que él también podía ser feliz.

—Molly —llamó con inusual amabilidad—, ¿se ha preparado ya mi prometida?

—Se está bañando, señor —saludó con una rápida reverencia—. ¿Quiere que vaya a decirle...?

—No, deja que lo disfrute —sonrió—, pero dile a Johanna que vamos a salir. ¿Dónde está?

—En la biblioteca, leyendo, señor.

—Bien, que se prepare. Dile que puede llevarse un libro si quiere.

Molly hizo otra reverencia, extrañada, y salió corriendo.

El señor nunca era tan amable con sus criadas, desde luego tenía un buen día. A ver si le dura, pensó para sus adentros. Debe de ser por la boda, creo que lleva esperándola mucho tiempo... Desde luego, la señora es muy hermosa...

—Johanna, querida —dijo entrando en la biblioteca. Cuando estaban a solas podía hablarle así, era lo más cercano a una madre que la chica hubiera conocido.

La joven de largos cabellos castaños se levantó del sillón y la recibió con una amplia sonrisa.

—El señor espera que te prepares para salir.

—¿De verdad? —exclamó emocionada, corriendo hacia ella. Los bucles que enmarcaban su cara flotaron con gracia, siguiéndola.

—Sí —sonrió sujetando sus manos—. Dice que puedes llevarte un libro si quieres. Creo que vais a ir a dar un paseo...

—Oh... bueno, es mejor que quedarse en casa —no quiso desanimarse—. Oye, ¿crees que podré ponerme el vestido amarillo? Sé que es un poco difícil, pero me encanta porque parece el vestido de un canario y ahora que voy a salir a la calle por fin... voy a salir de la jaula y... ¡oh! ¿Crees que aceptará comprarme un pajarillo que no esté cegado? ¡Me haría tanta ilusión! Y así mi alondra no se sentiría tan sola...

La sirvienta rió y apretó sus manos. Su viejo corazón se llenaba de alegría cada vez que la veía emocionada con algo, lo cual no solía ser a menudo.

—Claro, hija. Lo que tú quieras, vamos.

Molly había sido la criada de los Turpin desde que tuvo edad para trabajar. Siempre fueron muy amables con ella. Cuando la familia gozaba de dinero y títulos, educaron a los hijos de todos sus criados y les trataron como si fueran suyos propios, aunque manteniendo las distancias obvias de la clase. Con el tiempo y las crisis habían ido perdiéndose hasta quedar en... aquel Turpin. Había más por ahí, desperdigados a lo ancho y largo de Inglaterra. Estaba segura de que a ella le había tocado el peor de todos.

Suspiró, atando el corsé color canario de Johanna. Había criado a la niña toda su vida, ella había sido su única alegría. Incluso la había visto nacer; el señor la había mandado atender el parto de la mujer que en su día había ocupado su corazón, algo muy noble, desde luego... pero nunca le perdonaría lo que le hicieron a su pobre madre.

—Johanna, ¿estás lista, hija? —llamó su tutor a la puerta.

—En seguida, padre —la palabra salió a través de sus jóvenes labios casi sin esfuerzo.

Se había acostumbrado a llamarle así, aun sabiendo que no lo era. Nunca la había tratado mal; le había concedido muchas cosas a lo largo de su corta vida, y ella había sabido recompensarle no quejándose nunca. Y ahora que por fin iba a salir a la calle no iba a empezar a comportarse mal. Hacía dos años que no veía el sol, ¿cómo iba a perdérselo? En un día tan espléndido como aquel...

Se dirigió entonces hacia la habitación contigua a la de su pupila y llamó a la puerta.

—¿Sí?

—¿Estás preparada?

—Creo que sí, sí.

Edmond Maximilian Turpin se quedó maravillado al abrir la puerta y encontrar a su pronto esposa esperándole en medio de la habitación. Exhaló hechizado por su belleza. El dinero que había gastado para que arreglaran su cuerpo y su mente había merecido la pena. Aunque jamás sería como en sus recuerdos, se acercaba mucho.

Vestida en un hermoso vestido de fino encaje blanco, con dos mechones de pelo negro y pendientes de diamante enmarcando su cara, caminó con suavidad a su encuentro. Su dulce y tímida sonrisa era capaz de iluminar toda la habitación y su viejo y muerto corazón.

—Lucy... —susurró.

—¿Sí, Max? —contestó, mirándole a los ojos.

—Estás hermosa —suspiró colocando los mechones tras sus orejas y besándola con ternura.

—Tú también.

—Vamos a ir a dar un paseo —sonrió—. Con Johanna —agregó abriendo los ojos.

—¿Johanna? —se le iluminó la mirada—. ¿De verdad?

—Sí, querida. Se emocionará al verte, te ha echado mucho de menos.

—Gracias —susurró abrazándole.

El Sr. Turpin respiró hondo, feliz, recibiéndola. Por fin tenía todo lo que quería en el mundo.

Bueno, no todo, se dijo a sí mismo. Pero ese hombre no va a conseguir nada. Será mejor que se quede con su panadera. Sonrió. Los puñetazos todavía dolían en su cara, pero no eran más que un signo de victoria. Le había arrebatado todo a su eterno enemigo.

Todo.


Despertó a la mañana siguiente sintiéndose la mujer más feliz del mundo. Estaba completa, por fin. Él la había aceptado, la había tomado. Había sido un poco torpe al principio, sabía que había sido su forma de «limpiarla», pero después la había dejado tomar parte. La había amado.

Suspiró hinchada de alegría.

Se incorporó y le observó en la oscuridad. Una pequeña rendija de luz atravesaba la puerta e iluminaba su cara, en completa paz. Estaba relajado, sujetándola contra él como si no quisiera dejarla escapar. Margaret sentía que su corazón se derretía por segundos.

Se agachó sobre él con cuidado y le besó, cariñosa. No se despertó. Sonrió y salió de la cama con lentitud. Quería darle una sorpresa.

Abrió la puerta y vio que era muy pronto por la mañana; apenas amanecía. No se molestó en ponerse la ropa, ni siquiera sabía dónde estaba o si seguía de una pieza.

Lo de anoche fue caótico... recordó reprimiendo una sonrisita y bajando de puntillas las escaleras.

Cuando despertara tendría para desayunar un delicioso pastel de chocolate. Le encantaban, solía hacérselos cuando eran jóvenes y él empezaba a trabajar en una barbería. El pobre apenas tenía para comer, así que ella le llevaba el desayuno y se quedaban a charlar un poco.

«Este es, sin duda, el mejor pastel que he probado en mi vida.»

«Es el único pastel que has probado en tu vida, Benjamin...» había dicho riéndose.

«¿Por qué eres tan cruel?» Pero él no se lo había tomado a mal, no podía. «Es mi favorito, quiero que me lo hagas siempre. Cuando seas una panadera de renombre y te conozcan en toda Londres y el mundo entero, iré a comprarte uno todos los días

«Para ti será gratis»

Aquellos pasteles de chocolate habían conmemorado cada momento triste y feliz que habían pasado juntos, y sólo aquellos. No los hacía para nadie más, ni siquiera para sí misma. Eran especiales. Había hecho uno el día que le presentó a Lucy, el día de su fiesta de pedida, el día de su propia fiesta de pedida y en las bodas de ambos. También lo había hecho el día que se habían reencontrado, con Albert en sus últimas, y el día que él tuvo otra pelea con Lucy y estaba tan triste que...

Sacudió la cabeza para alejar esos recuerdos; él no querría acordarse de aquel día. Él se acordaría del nacimiento de Johanna, de cuando regresó de Australia y la encontró desmayada junto a News Gate...

Sí, él recordaría todos esos días felices.

Sacó el pastel del horno y lo dejó tapado sobre la mesa para que no perdiera el calor cuando se despertara. Desayunarían juntos y compartirían una agradable mañana, como una pareja. No tenían por qué abrir las tiendas, tenían dinero de sobra. Le podría hablar de la fiesta de fin de verano y el viaje a la casita del mar... que así podrían hablar de lo que había pasado y averiguar qué eran...

Con esos pensamientos en mente y una sonrisa de oreja a oreja se deslizó entre sus brazos y se quedó dormida.


—Padre... —empezó Johanna con mucha timidez. Lucy apretó su mano, instándola con la mirada y una sonrisa a constinuar—. Padre... ¿podría...?

—¿Sí, querida? —inquirió con curiosidad sin girarse a mirarla, mateniendo siempre su porte altivo y la barbilla alzada.

—Quisiera... —cerró los ojos muy nerviosa. El Sr. Turpin no solía concederle caprichos—. ¿Podría tener un pajarillo que no esté ciego? —dijo muy deprisa, tanto que las palabras salieron atropelladas.

El juez se paró un momento para mirarla y sonreír divertido.

—¿Por qué no? —suspiró con una sonrisa cuando Lucy, siempre guiada de su brazo, le miró de la forma que sólo una madre sabe para conseguir los caprichos de su niña—. Mas ten en cuenta que no cantará todo el día...

—Lo sé —sonrió—. Gracias, padre —añadió, reprimiendo unos saltitos de emoción al recordar que esos eran castigados con azotes. Aunque no pudo evitar ponerse de puntillas al menos una vez.

Su pecho se hinchaba de orgullo al ver a su familia. Las dos mujeres que siempre había querido en ella estaban, por fin, conformándola, y cada una vestía una hermosa sonrisa perlada en su cara, alumbrando el parque. Era una visión tan escalofriante que no podía siquiera procesarla; era lo que era, y era suyo.

—Continuemos —sugirió, retomando el camino—. Pararemos en la tienda de ropa de la esquina para que tu madre elija sus vestidos de Domingo y mientras podrás ir a la pajarería que ahí más allá. ¿Os parece bien?

—Me parece genial —contestó Lucy, apoyando la cabeza en su hombro.

Johanna, unos pasos atrás, asintió ensimismada.


El dulce olor de la cocina ocupaba su nariz, obligándole a caer en dulces sueños sobre pasteles y tartas. Lucho contra la deliciosa visión. Era consciente del cuerpo junto al suyo, atrayéndole con delicadeza, casi miedo. Hubiera reconocido a la Sra. Lovett y el olor de sus cobrizos cabellos en cualquier parte.

Apartó con cuidado su brazo y se incorporó. ¿Qué había hecho? No iba a fingir que no recordaba nada, que había sido un momento de enagenación provocada por la furia porque sabía que no era así. Recordaba cada caricia, cada beso fuera de lugar. Se llevó las manos a la cabeza al tiempo que deslizaba los pies sobre la fría madera de su habitación. No quería pensar en lo que había pasado, otra vez. Tenía la memoria bloqueada por la intensa relajación que su cuerpo sentía, como si fuera algo que debería haber hecho mucho tiempo atrás. Se detestaba por ello, no debería sentirse bien... había traicionado a Lucy... otra vez.

Ahogó un grito para no despertarla y se levantó. Tenía que ser un hombre, tomar las riendas de su vida.

Encendió una vela y se vistió en silencio, observando sin querer la belleza de la mujer que todavía yacía semidesnuda en su cama. La visión le producía angustia, como si él tuviera la culpa de ello.

¿Pero cómo voy a lamentarme de admirar algo bonito? Para mí, al menos, es...

Pero no deberías creer que es bonita —puntualizaron las últimas sílabas de Lucy, desvaneciéndose poco a poco en el océano de sombras de su mente.

—Lo sé... —susurró para sí mismo.

La Sra. Lovett se movió en la cama. Se quedó paralizado, creyendo haberla despertado, pero ella siguió durmiendo. Exhaló y salió de la habitación, aliviado. No quería enfrentarse a eso todavía.

Decidió que no abriría la barbería aquel día. Era Lunes, podía permitírselo. Además, tenía muchas cosas que aclarar con la mujer de su cama y muchas otras que limpiar en su casa. Frunció el ceño al recordar sus pensamientos la tarde anterior, cuando había sentido que de aquella forma podía limpiar los pecados del juez de la aterciopelada piel de su protegida... ¿cómo podía habérsele ocurrido semejante... idiotez?

No es aterciopelada, se dijo a sí mismo, sintiendo una punzada de culpabilidad en el corazón.

Comenzó a limpiar la silla de barbero con la parsimonia y cuidado que le caracterizaban, tratando de alejar los recuerdos que ahora volvían a su mente. Le daba miedo enfrentarse a ellos también, le atormentaba saber que no sabía cómo sentirse respecto a la noche que había compartido con la Sra. Lovett.

¿Bien? ¿Mal? ¿Debería sentirme culpable por haber traicionado el recuerdo de mi esposa, de Lucy? ¿Debería estar aliviado porque parece que al fin empiezo a rehacer mi vida? ¿Enfadado por lo que vi antes de eso? ¿Agradecido por la prestación de la Sra. Lovett? ¿Compasivo con ella? ¿Alegre por haberle dado lo que quería? ¿Debería...? Oh, cállate, estúpido.

Bufó tomando una de sus navajas para afilarla. Ellas nunca le habían abandonado, nunca le habían traicionado. ¿Debía sentirse mal por quererlas? Ellas habían sido su pasión... ¿pero acaso la Sra. Lovett no lo fue la noche pasada? ¿Era eso traicionar a su Lucy también? Nunca había lamentado su afición a la mortífera plata de que completaba su brazo, ¿mas era su obligación hacerlo? ¿Lamentar cada cosa que le gustara en el mundo porque Lucy no estuviera? Observó a su reflejo fruncir el ceño en el filo cuando apartó el trapo tras limpiar una impureza. Empezaba a dudar de todos los motivos que habían guiado sus actos, como si él y las palabras de la Sra. Lovett se hubieran anquilosado en alguna lejana parte de su mente, dejando que un maniquí obrara por él.

¿He perdido mi alma? Se preguntó distraído mientras barría el suelo.

—¿Sr. Todd? —una temblorosa voz ascendió desde la entrada.

—¿Sí? —recordaba con vaguedad haber abierto la puerta por costumbre.

—Soy el Sr. Smith... —se presentó acompañado de sus tremulantes pasos en los escalones.

Una desagradable sensación le invadió al ver el canoso pelo del padre de la Sra. Lovett asomar en el filo de la escalera.


Despertó horas después sintiendo el frío anidado en su cuerpo. Remoloneó, buscando las sábanas. Logró taparse con ellas pero no recuperó el confort que sentía antes, cuando dormía. Emitió un leve quejido, maldiciendo su mala suerte. Se esforzó por abrir los ojos y despejarse, mas la llama de la vela sobre la mesa, la cual no había notado hasta ese momento, no se lo permitía.

Extrañada al ver que el Sr. Todd ya se había levantado, se desperezó con una nueva sonrisa y salió de la cama, dispuesta a encontrarle. Quería ver su cara de sorpresa y gusto al probar el pastel de chocolate que le había preparado para desayunar.

Cogió de la silla la chaqueta de cuero del barbero y se la puso por encima.

—¿Sr. Todd? —abrió la puerta y salió riendo—. ¿Ha visto ya el...? —la sonrisilla se congeló en su boca al ver a su padre en medio de la barbería.

—¿Margaret? —el Sr. Smith la miró de arriba abajo una fracción de segundo para luego volver al barbero con ojos asesinos.

Cerró la puerta en un acto reflejo y se llevó la mano a la cabeza. No había sido consciente en su inmensa dicha del aspecto que en realidad tenía, con el pelo alborotado, descalza y en ropas menores. Había presupuesto que estarían solos toda la mañana, sin pararse a pensar que tal vez el Sr. Todd quisiera abrir la barbería para... algo.

—He venido... —comenzó su padre, arrastrando las palabras. Entornó los ojos—. He venido con la esperanza de que hubieras hablado con ella... de que la hubieras convencido —le apuntó con el dedo—. ¡Y encuentro has mancillando a mi propia HIJA?

—¿Hablado conmigo? ¿Para qué?—preguntó desconcertada.

—Me has decepcionado, hijo —continuó, sin mirarla—. Tienes suerte de que sea un viejo, porque sino no volverías a levantar la cabeza del suelo en la vida.

—Entre ahí dentro —siseó el Sr. Todd empujándola dentro de su habitación en un rápido y brusco movimiento. Cerró la puerta.

Exhaló con pesadez y se dejó caer sobre la silla donde antes había descansado la chaqueta en la cual se refugiaba ahora, a salvo abrazada por el Sr. Todd aunque él no estuviera con ella.

Aguardo a que los murmullos se apagasen en la barbería, la habitación contigua.

¿Y el Sr. Todd? El miedo invadió su cuerpo. Tampoco he pensado en él... Mierda... he dado por hecho que todo estaría bien por la mañana, que él quería, pero... ¿y si estaba teniendo otro episodio? ¿Y si creía que era Lucy? Prefiero no saberlo... quizá lo supiera y ahora esté todavía más enfadado conmigo...

—Sra. Lovett —la ronca voz del barbero la sobresaltó.

La había encontrado acurrucada en su cazadora, casi cubierta con ella por completo y mirando al vacío. No había podido evitar que estaba adorable y sentirse mal por ello.

—Va a decir que es mejor que me vaya, ¿verdad? Sí, sí, no importa —se apresuró a decir, levantándose y agachándose para buscar su ropa, donde quiera que estuviera—. Uy —añadió al recordar que todavía llevaba su chaqueta puesta. Se irguió y se la tendió—. Tome.

—No —dijo con rapidez—. No era eso lo que quería decir —añadió, tragando la saliva que empezaba a ocupar su boca de una forma muy molesta—. No... creo que deberíamos hablar —hizo un esfuerzo por sonar desenfadado.

La cara de la Sra. Lovett se iluminó.

—¿No está enfadado?

El barbero bufó y salió con un portazo.

—No está enfadado —sonrió ella muy aliviada—. Uy, si tengo que vestirme —recordó de repente.


Llevaba un tiempo dándole vueltas. No podía evitarlo, se lo había planteado durante años y por fin tenía la oportunidad, pero... ¿tendría el valor para hacerlo? Por fin había salido a la calle, había visto el sol... El juez ya tenía a su esposa, Lucy, su madre, la misma que la había abandonado tantos años a su suerte con un hombre que no conocía y que no sabía apreciarla. Estaba segura de que a partir del día de la boda podría salir más a menudo, ver y sentir el sol y la lluvia y el viento en la piel. Podría conocer a chicos, ser una adolescente normal... En el mejor de los casos.

¿Quién aseguraba con total convicción que no se convertiría en un tirano una vez se hubieran casado? Tampoco sabía cómo era su madre... estaban viviendo un momento de felicidad máxima, pero en cuando llegara la rutina todo eso cambiaría. Lo sabía bien; padre se estresaría con sus juicios y negocios, no sabría controlarse y las ignoraría, y entonces ella tendría que cargar con su madre y consigo misma, quizá ambas encerradas como pajarillos en una jaula.

Aprovechando que se había quedado varios metros atrás sacó el pequeño guardapelo que siempre llevaba consigo en secreto. Mientras el juez pensaba que de la cadena de oro que descansaba en su cuello y se escondía en el escote de su vestido colgaba el dije que él le había regalado, ella lo había reemplazado por un viejo guardapelo de madera que había pertenecido a su madre y que esta le había escondido entre la ropa cuando tuvo que entregársela a Turpin. Tenía una solitaria rosa tallada en la tapa, la cual había ido perdiendo la forma con el tiempo. Suspiró melancólica y lo abrió, recobrando el único recuerdo que le quedaba de su padre. Era lo único que tenía de él; su cara recortada de una foto y metida a la fuerza en el guardapelo. Sabía su nombre; Benjamin Barker, que los momentos más felices de su vida los había pasado junto a su madre y que había sido encerrado por varios crímenes injustificados, según comprobó una noche en el despacho de Turpin, a escondidas. Había recibido varios varazos por ello, perdiendo así su derecho a salir de la habitación, pero había merecido la pena. La había merecido porque fue entonces cuando entendió por qué. Por qué no podía salir al jardín a leer o a tomar el sol, por qué no podía pisar la calle bajo ninguna circunstancia ni asomarse a la ventana. Había sido un año y medio muy duro con todas aquellas dudas asolando su cabeza cuando la respuesta era muy sencilla: su padre, su verdadero padre, había terminado su condena y, por ley, podía llevarse a su hija consigo a donde fuera ya que ella ya era mayor de edad.

Y ahora estaba en la calle, por fin.

—Johanna, querida, no te quedes rezagada.

—Sí, padre —pegó un respingo y forzó una sonrisa, devolviendo con disimulo el guardapelo a su sitio.

El juez sonrió con cariño y volvió la vista al frente.

Pero no quiero ser más un pajarillo enjaulado... se dijo Johanna a sí misma, clavando su mirada en la nuca del juez. Sé que no sé lo que hay aquí fuera pero... nunca aprenderé a volar si no salto fuera del nido... Debo fijarme bien, si le veo... ¡si le veo sé que le reconoceré! Tengo su cara grabada a fuego en mi memoria. Todos los días, antes de dormir. Le encontraré, no me importa su pasado ni lo que haya hecho, sé que él no ha dejado de buscarme ni un segundo... sin embargo, esta... mi... madre... No sé quién es, no la he visto en mi vida... ¿Por qué todo el mundo me obliga a quererla? Fue alguien importante, y siento mucho lo que le pasó pero... yo no siento nada.

Frunció el ceño y adelantó unos pasos.

Está decidido. En cuanto me quede sola escaparé, encuentre a mi padre o no. No miraré atrás. Jamás.