Tiritaba; el invierno había llegado con fuerza a la prisión y se colocaba por las ventanas y toda rendija al descubierto, enfriando el alma de los reos aguardando al juicio final.
Dejó caer la cabeza hacia la izquierda, sin despegarla de la pared. Sus ojos sin alma vagaron con dificultad hasta la ventana junto al techo, donde la nieve se agolpaba en su alféizar. No le importaba el frío, había olvidado el dolor de los cortes en los labios y la falta de saliva en su boca. Las torturas de la carne ya no eran un misterio para él.
Uno de los carceleros se acercó con una socarrona sonrisa mientras se ponía en su sitio el cinturón de los pantalones, el cual apenas podía sujetar ya su barrigón.
—¿Sabes? —rió, exhibiendo entre sus podridos dientes uno de oro pulido—. Al final vas a tener suerte.
—Ah... —la voz rasgada que emergía de su garganta era desconocida para él, como si un demonio quisiera abrirse paso a través de sus entrañas—... ¿sí? —sonrió volviendo la cabeza a su derecha para enfrentar al alcaide. Su incapacidad para levantarla le dio una apariencia aún más siniestra.
—A mí no me asustas, viejo diablo —rió—. Y tampoco asustarás al Juez Turpin. Ese juez es un tipo muy distinguido, pero se las ha visto con ratas de peor calaña que tú.
—¿Y la suerte? —preguntó. El rictus desapareció de su oscura faz.
—Probablemente... —volvió a ajustarse el cinturón—... el juez será indulgente y acabe con tu existencia pronto.
—Es sea, maldito imbécil —gruñó.
—La literatura no te salvará de la soga —rió antes de irse.
La ortografía, le corrigió en su mente antes de caer al suelo inconsciente.
—¿Sr. Todd? —abrió la puerta de la trastienda con timidez, roja como un tomate.
—¿Sí? —se dio la vuelta para recibirla.
Estaba esperándola frente al ventanal que daba a Fleet Street con una pipa en la mano. Era algo inusual, jamás le había visto fumar. Ladeó la cabeza, extrañada.
—¿Qué ocurre, Sra. Lovett? —suspiró. Tenía por costumbre quedarse ensimismada a veces, pero aquel no era el momento más idóneo—. ¿Por qué no se ha vestido todavía?
—Oh, sí —recordó, saliendo del trance y alzando el vestido roto por la costura que unía la tela que cubría el corsé y la falda—. Me... me la rompió anoche de un tirón —tragó saliva, todavía mirando el suelo llena de culpabilidad.
Escuchó que se acercaba con cautela. Cuando estuvo a apenas unos pasos no pudo sino levantar la mirada para enfrentarle, pero él observaba otra cosa. Siguió su mirada en dirección al vestido, donde su mano examinaba el descosido en inquietante silencio.
Cuando por fin se encontraron las pupilas de ambos estallaron en risas. No sabían muy bien por qué era divertido, pero el caso es que lo era.
—Iré a buscarle algo de ropa —sonrió dejando la pipa en la mesa a su derecha, donde hacía mucho que ya no comían juntos, y cogiéndole el vestido con delicadeza—. Quédese aquí; no se asome a las ventanas —le recordó antes de empezar a bajar las escaleras.
—No se preocupe —rió apoyándose en el marcicio de la puerta—, no lo haré.
—Johanna, cariño, ¿qué te parece esta tela para el velo?
Era la primera vez que su madre se dirigía a ella de una forma concreta. La pilló por sorpresa y no supo qué decir. Se limitó a asentir con la cabeza.
—¿Estás bien, querida? —preguntó el Juez Turpin.
Observaba sentado en una silla, no entrometiéndose en ningún momento en los asuntos de su prometida más que para cuestiones monetarias, las cuales no eran un problema... Johanna reprimió una mueca de asco, pero fue en vano.
—No tienes buena cara...
—Creo... creo que necesito tomar el aire, padre —añadió en un rápido y agrio suspiro.
—¿Por qué no vas a mirar esos pájaros que querías? —preguntó Lucy, distraída.
—Sí, ve. Nos reuniremos contigo allí en un momento.
Johanna asintió con una sonrisa radiante y salió corriendo de la tienda como si temiera que cambiaran de opinión. Era toda una novedad; sola, en la calle, ¡por fin! Tanto tiempo, ¡tantos años!... fantaseando con ser libre... y ahora lo era.
Se quedó congelada en la esquina.
¿Y ahora qué?
Miró a un lado y a otro. No conocía muy bien la ciudad más allá de los mapas, a los cuales no había prestado demasiado atención si no convenían con sus planes.
A su derecha, una larga calle. A su izquierda, una que hacía un giro y continuaba más allá. Podía ver la pajarería desde donde estaba.
La gente pasaba a su lado y nadie la miraba. Nadie hacía las cosas tan mezquinas que el juez siempre decía que le iban a hacer si se dejaba mostrar... no parecían malos ni buenos, sólo eran... sombras, gente desconocida. Y ella era anónima, se sentía anónima. Podía escuchar su propio corazón latiendo con prisa, embrabecido por la adrenalina que empezaba a recorrer sus venas.
¿Sería capaz? ¿Podría huír? La libertad estaba tan cerca... sentía que podía tocar su sedosa piel con las yemas de los dedos sin se estiraba un poco más, sólo un poco más...
Y, de repente, estaba corriendo calle abajo. No sabía qué había sido, quizá el ruido de una puerta al cerrarse tras ella, el pánico de volver a la fría jaula de mármol donde la tenían encerrada. Ella quería volar, quería tocar el sol, y las nubes. Y quería encontrar a su verdadero padre. Quizá no fuera como ella había imaginado, pero tenía que salir de dudas. También dijeron que su madre era una furcia pero en su rostro no había ninguna cicatriz de sífilis. De hecho le constaba que había tenido bastante éxito en su vida. Quizá alguna relación inadecuada, pero...
Se detuvo frente a un edificio de aspecto extraño, un castillo que, en cuanto sus ojos dejaron de estar anegados por el esfuerzo, reconoció como New Gate. Entre otras cosas, por el olor.
Pegó un brinco y volvió sobre sus pasos, girando en la primera calle a su izquierda y bajándola toda ella.
«Fleet Street», rezaba un cartel. Se llevó la mano a la frente, jadeando.
Imposible, ¿he bajado corriendo todo el camino desde Hyde Park hasta aquí?
Se apoyó en la pared para mantener la compostura, tratando de recuperar un ritmo normal de respiración y sin dejar de mirar ni un momento el cartel que anunciaba la calle. ¿Por qué le resultaba familiar? Le sonaba a campanas... y campos...
Bell Yard... susurró en su mente una vocecita.
Tenía que verlo, aunque fuera una última vez en su vida. Tenía que ver el lugar donde había nacido, donde sabía que quizá estuviera ella...
Haciendo un último esfuerzo, se levantó y trató de mantener un paso apretado por la calle. Era un barrio bastante conflictivo, lleno de abogados y borrachos... y barro, dicho sea de paso. Se mantuvo en todo momento pegada a los edificios de la derecha para no tener que cruzar la carretera más tarde.
Su concentración en no desafallecer de ánimo se rompió como si fuera una frágil porcelana al pasar junto a una callejuela casi escondida entre dos altas casas. Era oscura, siniestra. Se escuchaban ecos saliendo de ellas, como si el mismo demonio estuviera inhalando el hedor de los pecadores.
Un escalofrío recorrió su espalda, imantada hacia la oscuridad como las piedras mágicas con las que a veces se entretenía.
Quiso continuar, pero su mirada fija en la oscuridad de Hen and Chicken's Court hizo que chocara de frente con un desconocido.
Cayó al suelo de culo, asustada.
—Perdone, señorita...
Los familiares ojos de un hombre de mediana edad, alto y pálido, de mejillas chupadas aunque en apariencia no mal nutrido, la recibieron con una mirada de profunda sorpresa. Le tendió la mano, dispuesto a dejar que se apoyara en ella para levantarse. No quiso hacerle un feo y la aceptó. Quizá lo más extraño de todo fuera su pelo, aquel espeso matojo de hebras negras que la distraía.
Respiró hondo, tratando de no ser descortés. Parecía un hombre amable a pesar de su singular aspecto.
—¿Perdón, señor? —preguntó extrañada al escuchar algo parecido a una palabra en su boca—. ¿Por qué... por qué me mira así? —se asustó y retrocedió un paso.
—No —cerró los ojos y sacudió la cabeza—. Perdone, Srta. Barker —Sweeney Todd forzó una sonrisa y trató de continuar su camino, pero la delicada mano de la joven se posó sobre su brazo, parándole.
—Perdone, pero... ¿nos conocemos?
—¿Sr. Todd? —la desquebrajada voz de Tobías ascendió desde el piso inferior.
Se mordió el labio nerviosa.
—¿Sr. Todd? Por favor...
—Tesoro, no está —no pudo al final. Escuchar a un niño llorar podía con su corazoncito, por endurecido que estuviera—, pero si quieres puedo decirle que...
—¿Sra. Lovett? —sollozó acercándose a la puerta.
—¿Sí, corazón? —suspiró sabiendo que, tarde o temprano, abriría la puerta.
Aunque es un niño, quizá no se dé cuenta...
—¿Por qué lloras? —se aventuró a preguntar cuando la única respuesta fue un quejido lastimero.
—Mi madre ha muerto.
—Oh, cariño —exclamó abriendo la puerta de golpe para recibirle entre sus brazos—. Dios mío, yo... no lo sabía. Cuánto lo siento...
Le llevó hasta el sofá y le arropó junto a ella bajo la manta. Tobías se acurrucó sobre su pecho, llorando con un dolor desagarrador imposible de ignorar. La Sra. Lovett, sintiendo cómo su corazón se iba deshaciendo con las lágrimas de él, se limitó a abrazarle, meciéndole con cariño y cuidado.
Pobre criatura, pensaba una y otra vez, mirando atormentada por la ventana. Se sentía culpable, en parte, de haber pensado en el qué dirán cuando el pobre niño acababa de perder a su madre.
Las lágrimas de Tobías se fueron secando poco a poco hasta que ya no se escuchó nada. No se había dormido; a pesar de haber caminado muchos kilómetros hasta la barbería todavía no tenía fuerzas para dormirse. Sabía que si lo hacía despertaría horas después, y entonces todo se volvería real, ya no podría pensar que era una mala pesadilla de la que algún día iba a despertar.
Había perdido el único eje de su mundo.
—¿Sabe...? —comenzó, aunque su voz sonó ronca y sin vida.
—No tienes que decir nada, Tobías... —acarició su pelo—. Duerme... te sentará bien.
—... ella me pidió que fuera a por aceite de chocolate... —ignoró sus palabras—... me dijo que aliviaría su dolor...
—... dios santo... —susurró, cayendo en la cuenta. Eso era obra del Sr. Todd, sin duda—. ¿Por eso viniste a preguntarme...?
—Sí —contestó tajante.
—Cariño, lo siento mucho...
—¿Por qué es buena conmigo? —se apartó de ella y se secó la cara con las mangas de su roída chaqueta, tan vieja que le quedaba pequeña. Casi parecía albergar desdén hacia ella—. Usted siempre es fría con todo el mundo.
La Sra. Lovett suspiró.
—Tobías... cuando eres mayor... a veces tienes que ser estricto. Eso no significa que no sea... buena persona...
—El Sr. Todd es muy estricto... —susurró—... pero no es... ¿o sí...?
—¿No deberías estar en algún otro sitio, Tobías? —preguntó preocupada, dándose cuenta por primera vez del hecho de que había ido a ver al Sr. Todd. ¿Pero para qué?
El muchacho negó con lentitud y bajó la mirada.
—¿Por qué has venido?
—Tenía miedo de que el Sr. Todd me despidiera...
La Sra. Lovett no pudo evitar que una sonrisa emergiera de su blando corazón.
—¿Y por qué te iba a despedir, corazón?
—... no tengo dinero para pagarle...
—El Sr. Todd no te echaría por eso —rió y le pasó una mano por los hombros—. Eh —susurró, apretándole con cariño—, escúchame. No lo hará, ¿de acuerdo?
—¿Y cómo lo sabe? Ya no tiene nada con lo que amenazarme.
La Sra. Lovett frunció el ceño y se levantó.
—¿Sabes? El Sr. Todd es muchas cosas, entre ellas una de las mejores personas del mundo. Lo que pasa... es que no sabe demostrarlo —sonrió y fue hacia la mesa donde solían comer. Cogió algo del monedero que allí reposaba y pronto volvía a estar a su lado—. Toma.
—¿Qué es? —preguntó. Lo había puesto en su puño.
—Es una guinea, Tobías.
—¡Una guinea! ¡Pero es muchísimo dinero, Sra. Lovett!
—Lo suficiente para que puedas pagarle dos meses, ¿verdad? Oh, no te preocupes —sonrió y le pellizcó la mejilal—. No le diré nada. Es mi dinero, de todas formas...
—Sra. Lovett... ¿qué va a ser de mí? —volvió a sollozar.
—¿No tienes a nadie? —susurró, compungida. El chico volvió a negar.
Respiró hondo. ¿Y a eso qué podía decirle?
—Quieren mandarme a un orfanato, señora... Me hicieron dormir allí anoche... nos dan ginebra para que podamos dormir, porque es imposible hacerlo con las cosas que pasan allí de noche... —los lamentos volvieron a brotar de sus ojos en cascada—. ¿Qué voy a hacer? —se abrazó a ella, con fuerza.
—No puedo prometerte nada, Tobías —se aventuró a decir tras un minuto de silencio—, pero... hablaré con el Sr. Todd, ¿de acuerdo? Él te aprecia mucho, seguro que encuentra alguna solución...
—¿Por qué está tan segura de eso? —sollozó, apretándose más a su regazo—. Siempre dice que iba a dibujarme una sonrisa de oreja a oreja con sus navajas...
—Qué bruto es —sopló para sí misma—. Verás, Tobías... la madre del Sr. Todd murió cuando él era joven, también. En unas circunstancias parecidas a las tuyas.
—¿Ah, sí? —alzó la mirada, incrédulo. Ella asintió.
—Su padre desapareció en el invierno... se quedó huérfano muy joven, pero estaba su hermano mayor a cargo de él. No le gusta que nadie lo sepa, así que no se lo digas, pero fue por eso que cometió muchos errores en su vida. No querrá que te pase lo mismo a ti.
—Oh... Él... vino conmigo a examinar a madre... nunca me dijo qué tenía... ¿cree que...?
—Tu madre sólo quería evitarte dolor, cariño —le acarició el pelo—. Que no la vieras sufrir era suficiente para ella.
—¿Por qué lo sabe?
—La madre del Sr. Todd hizo lo mismo, cielo. Las mismas palabras. Sólo lo hizo por tu bien, para que no sufrieras... ella te quería muchísimo, estoy segura.
Tobías permaneció en silencio.
—Johanna, no deberías estar aquí —suspiró frotándose el puente de la nariz.
—¿Por qué no?
Había sido el momento más incómodo de su vida hasta la fecha y con diferencia. No se esperaba encontrarla, allí, libre, frente a él. Su primera reacción había sido huír, presa del pánico. No había tenido tiempo de pensar qué iba a hacer de darse tan inimaginable situación, no sabía qué tenía que decir. Había pasado por delante de la casa del juez infinidad de veces y la había visto en la ventana, camuflado en las sombras, esperando. Claro que sabía quién era, ¿cómo no iba a saberlo? Además, la Sra. Lovett le había proporcionado una fotografía. Aunque nunca le había dado importancia, tampoco sabía de dónde procedía.
Y ahora estaba delante de él, libre. Y sabía que él era su padre, lo había dicho. Había sacado su guardapelo, un guardapelo que reconoció y que Johanna no debería haber tenido, pero que al fin y al cabo le había guardado en la memoria de su pequeña durante dieciocho largos años.
—Soy libre —jadeó—. ¡Mis pulmones arden! ¡Mi corazón late acelerado como un pajarillo! ¡Siento como si mis piernas fueran a romperse de puro cansancio y... es genial! Nunca me había sentido así, tan... viva.
Sweeney Todd frunció el ceño.
—¿Por qué no?
—Turpin no ha dejado que saliera de casa en tres años, padre... —susurró, y por primera vez sentía de verdad el significado de aquella palabra. Observó cómo se crispaba la mirada del hombre frente a ella—. Mire... sé que no le conozco, Sr. Todd —aunque sabía que su apellido era Barker, él se había presentado así y podía respetarlo—. Pero... pero conozco a la Sra. Lovett... comprendo que quizá usted no quiera hacerse cargo de mí después de tantos años... —se frotó los brazos un poco desilusionada— pero... yo... —respiró hondo—. Quisiera conocerle. Ya me ha demostrado quién es, y no es siquiera parecido a lo que el Sr. Turpin contaba sobre usted... La Sra. Lovett se hará cargo de mí, estoy segura. Y sino, da igual, soy mayor de edad, puedo buscarme la vida.
La mueca del Sr. Todd se intensificó, pasando a una de profunda rabia y desdén.
—Por supuesto que me haré cargo de ti, Johanna. Eres hija mía por encima de todo, no permitiré que ese bastardo siga ejerciendo su voluntad como si... —respiró hondo, recordando las palabras que la Sra. Lovett decía siempre que quería tranquilizarle y, recordando, que seguía en ropa interior en su casa, esperándole—. Sin embargo...
—¿Sin embargo? —Johanna no quería saber lo que se escondía tras esas dos palabras porque ya sabía lo que iba a encontrar.
—Johanna... —alargó el brazo que no sujetaba el paquete y apretó su hombro, sintiendo que las lágrimas afloraban en sus ojo de pura dicha al verla.
—No... no, por favor —sollozó—. No me haga volver, se lo suplico.
—Tienes que hacerlo.
—¡No! —gritó abrazándose a él.
Se quedó quieto como una estatua, desprevenido. Qué joven, qué inocente... ¿no le habían enseñado que no debía tratar con tanta proximidad a los extraños? Suspiró. Qué impulsiva, esa era la palabra.
Le recordaba a alguien.
—Johanna... si te ven... —la apartó con cuidado—. Escúchame —tomó su carita llena de lágrimas con su mano derecha. Se le rompía el corazón sabiendo lo que tenía que decir para que todo saliera bien—. Escúchame, Johanna —pidió de nuevo, borrando sus gotitas de tristeza con el pulgar—, tienes que volver, querida mía... Te has escapado mientras estabas en un paseo. Si nos ven juntos van a pensar que te he secuestrado, y entonces...
—Oh... entiendo... —sus enormes ojos color chocolate se abrieron de pronto, presos de la comprensión.
—Iré a buscarte, pronto, te lo prometo —la atrajo hasta el empiece de la oscura callejuela y la abrazó un breve momento.
Tenerla contra su pecho otra vez, como cuando era pequeña y le cantaba nanas para dormirla mientras Lucy descansaba, provocó que su corazón muerto y gélido explotara en nuevos latidos.
—Espérame aquí —pidió, borrándose las lágrimas antes de que pudiera verlas, aunque se notó en su voz que estaba afectado—. Voy a dejar esto en casa —levantó el paquete y se dio la vuelta.
—¿Vive en esta calle?
—Sí —sonrió—. Tú también solías vivir aquí, cuando eras pequeña.
—¿Puedo...?
—No, Johanna. Es mejor que no —no se cansaba de llamarla por su noombre—. Son cosas que a veces es mejor dejar atrás.
Asintió y esperó paciente en la entrada de la callejuela, atenta a cualquier sonido extraño procedente de su exterior o su interior, insegura.
Por supuesto, hablaba de su madre. Suspiró. Si él supiera lo había sido de ella...
El Sr. Todd entró deprisa, emocionado, pero paró en seco al escuchar voces en el piso superior. Dejó el paquete sobre la mesa de la cocina, encontrándose el desayuno que aguardaba allí para él y que, por el aspecto, llevaba muchas horas esperándole en la mesa.
Subió las escaleras con cuidado y apoyó la oreja sobre la rendija de la puerta.
—¿Qué voy a hacer? —lloraba Tobías.
Se relajó al instante y sintió hasta pena por él, pero en esos momentos no podía ocuparse de cuidarle. Tenía a su hija esperándole abajo. Era perfecta, era suya, y por fin había escuchado su dulce voz.
—No puedo prometerte nada, Tobías —la Sra. Lovett también estaba allí y parecía bastante afectada por la situación del pequeño—, pero... hablaré con el Sr. Todd, ¿de acuerdo? Él te aprecia mucho, seguro que encuentra alguna solución...
—¿Por qué está tan segura de eso? —la duda casi le ofendía—. Siempre dice que iba a dibujarme una sonrisa de oreja a oreja con sus navajas...
—... —murmuró algo para sí misma que no alcanzó a escuchar—. Verás, Tobías... la madre del Sr. Todd murió cuando él era joven, también. En unas circunstancias parecidas a las tuyas.
—¿Ah, sí?
—Su padre desapareció en el invierno... se quedó huérfano muy joven, pero estaba su hermano mayor a cargo de él. No le gusta que nadie lo sepa, así que no se lo digas, pero fue por eso que cometió muchos errores en su vida. No querrá que te pase lo mismo a ti.
—Oh... Él... vino conmigo a examinar a madre... nunca me dijo qué tenía... ¿cree que...?
—Tu madre sólo quería evitarte dolor, cariño. Que no la vieras sufrir era suficiente para ella.
—¿Por qué lo sabe?
—La madre del Sr. Todd hizo lo mismo, cielo. Las mismas palabras. Sólo lo hizo por tu bien, para que no sufrieras... ella te quería muchísimo, estoy segura.
Tobías se quedó en silencio. Vaya... la Sra. Lovett estaba siendo muy... tierna con el chiquillo. No le gustaba que nadie supiera esas intimidades de él, le hacían parecer débil.
Sin embargo, no podía reprocharle que se lo contara al pequeño.
—Escucha —fue la Sra. Lovett la que rompió el silencio—. No te preocupes por esa guinea que te he dado, ¿vale? El Sr. Todd me ayuda con las cuentas y, eventualmente, hubiera llegado a él de todas formas. No tiene por qué enterarse de esto.
—Está bien... —susurró el niño.
—Y si él no te adopta, lo haré yo. ¿De acuerdo?
—¿De verdad?
—Sí.
—Pero... ¿por qué? —éso también se lo preguntaba el barbero, sorprendido por el repentino arrebato de su vecina—. No me conoce... quiero decir, me ha traído empanadas siempre que sabía que yo estaba aquí, incluso me las ha dado escondidas cuando el Sr. Todd la regañaba por ello, pero...
—Tobías, lo sé todo sobre ti.
Se alejó y bajó las escaleras en silencio. No necesitaba escuchar más. Nunca hubiera imaginado tanta maternalidad en su amiga y... amante, quizá. Sin duda era una caja de sorpresas. Tendrían mucho de qué hablar a su vuelta.
Había pasado el tiempo suficiente en la sombra, esperándola. Era el momento de actuar. No podía soportar un día más espiando a la mujer del pescadero, la cual había encontrado la felicidad junto a un jovencito casi veinte años menor que ella. No le agradaba la idea de ver chicas encerradas, como la pupila del juez, o viejos matrimonios caminando por el parque en una romántica tarde de final de verano.
Tanto romanticismo le había llegado al fondo del estómago. Si tenía que soportar una sola onza más reventaría.
Sufría que cada vez que recordaba el día del mercado, semanas atrás.
Hace ya casi un mes de eso, suspiró. ¡Pero qué mala suerte, leches!
¿Quién hubiera pensado que la Sra. Lovett decidiría ir a comprar en aquel preciso momento? Había quedado con su padre para hablar, limar asperezas... Necesitaba llevarse bien con él antes de pedirle dinero para conquistar, por irónico que pareciera, a su prometida. A veces se preguntaba cómo lograba la Sra. Lovett meterse en tantos líos familiares; era algo que jamás entendería por sí mismo. Sabía lo suficiente de ella y los problemas que la asediaban a diario como para escribir una novela que abarcara todos los géneros del momento incluyendo el preferido de la clase alta; el morbo de la sangre y la tragedia.
Tampoco se le habían escapado los detalles de su relación con el Sr. Todd. Habían estado quedando casi todas las tardes a espaldas del barbero, encubriéndolo como un cliente o citándose a escondidas en algún lugar a leguas de Fleet Street, donde no pudiera verles. ¿Acaso le creía tonto? Sabía a la perfección que entre ella y el Sr. Todd había algo más, que las habladurías y sus desmesurados celos tenían alguna razón de ser. Lo había visto en su sonrojada cara de porcelana muchísimas veces, sus ganas de escapar.
Si fuera feliz no saldría conmigo. Está claro que le gusto... quizá incluso puede que me quiera... ¿sino por qué arriesgarlo todo? Debe de estar intuyendo que hay algo raro con el Sr. Todd... si ella supiera que es un asesino, que le hace el trabajo sucio a una rata de cloaca llamada Bourmont...
Cogió la gabardina y su sombrero orejero. Era un piso pequeño con espacio para tres habitaciones: su oficina, el archivo y la sala de espera. No era mucho que ofrecer a una mujer con todo un edificio para ella sola
Se paró a mirar por la pequeña ventana, fantaseando en el dinero de la herencia que le había suplicado a su padre. Pensaba comprar una casita en el norte con él, cerca de Escocia, las playas y el campo. Sabía que le encantaría, ella siempre hablaba de vivir en un sitio parecido cuando fuera tan mayor que no pudiera agacharse para hacer una empanada. Con ese dinero podía ser ya mismo; tendrían suficiente para abrir una pequeña panadería en el pueblo cercano y vivir de la renta. Entonces ya no tendrían que ocultarse por miedo a los cotilleos ni callarse durante las noches de pasión. Le compraría un anillo carísimo y ya no estarían en pecado. Con lo religiosa que era, eso también la entusiasmaría.
No podía esperar. Se la iba a llevar lejos, muy lejos, donde los fantasmas ya no pudieran atacarla.
Si no hubiera presenciado la escena del mercado... nunca debió saber que su prometido era también el padre de él.
Bueno, da igual, cerró los ojos y arrugó las cejas, enfadado consigo mismo por acordarse una y otra vez de eso. Me perdonará del todo, eventualmente lo hará, estoy seguro. Al menos ya lo ha hecho lo suficiente para relacionarse conmigo todas estas semanas, ¿no? Aunque ya no me deje besarla... No importa, la quiero, y ella lo sabe; no necesito tocarla para eso. Pienso perseguirla todos los días hasta que vea que que se lo ocultara no tiene nada que ver con ella... y entonces la convenceré para que se fugue conmigo.
»Por mucho que ame a ese hombre, ese... barbero, él no es bueno para ella. No la quiere, y por eso se esconde tras las promesas vacías de un hombre casado con su trabajo, como es mi padre... «El Sr. McAllen»... Já. Margaret es la mujer con la que llevo soñando desde que era pequeño, no pienso renunciar ahora. Yo la quiero, la haré feliz. Si sólo supiera cómo convencer a mi padre sin que se entere de para qué quiero su dinero...
No había tardado en salir.
—Vamos —le ofreció el brazo—. ¿Dónde estaban?
—En Hyde Park... —susurró, cabizbaja.
—¿Has venido corriendo desde Hyde Park? —silvó impresionado, queriendo distraerla de lo que sabía que sentía. Él también había pasado por eso; sabía lo que era estar en un corredor de la muerte cuyo final no es el descanso en paz.
Ella asintió, mirando al suelo.
—Querría haber visto a la Sra. Lovett una última vez...
—La verás —sonrió—. Te lo prometo, aunque tenga que llevarla bajo tu ventana a que la veas.
Levantó la cabeza y sonrió agradecida.
—¿Te trata bien...? ¿...Turpin?
—Sí, sí —suspiró—. Azotes me he llevado, claro, pero...
—No era su deber hacerlo —los dientes del barbero chirriaron debido a la fuerza con la que estaba apretando la mandíbula.
—No importa, de verdad. No han sido muchos —sonrió un poco asustada. Sin duda su padre se enfadaba con facilidad, aunque no con ella al parecer.
—Más le vale —siseó—. Encontraremos la forma de sacarte de ahí, te lo prometo.
Aquella promesa cerró la conversación.
Continuaron caminando calle arriba, en silencio. No podía evitar observarla de reojo. Era tan perfecta... como un angelito de ojos chocolate y cabellos color cobre oscuro, con esos perfectos bucles enmarcando su cara.
Frunció el ceño. Algo no encajaba; Lucy tenía el pelo negro, él castaño oscuro. ¿Cómo podía ser el de su hija cobrizo? Y ninguno de los dos tenían rizos en el pelo.
—Johanna —comenzó, pero se vio cortado por ella.
—Ya hemos llegado —suspiró.
—¡Johanna! —la voz del juez atravesó como un trueno los cien metros que les separaban. Johanna, que se había puesto delante de él para poder observarle una vez más, se dio la vuelta asustada.
—Johanna, dame el guardapelo —pidió—. Vamos, rápido. Si te ve con él...
—Pero, es mi último recuerdo, yo...
—Dámelo, Johanna. Sabes dónde vivo, sabes dónde vive la Sra. Lovett —echó un rápido vistazo por encima del hombro de la niña para ver que, en efecto, el juez Turpin se aproximaba a una velocidad considerable—. No nos moveremos de allí.
Ella asintió con rapidez y se lo arrancó del cuello. Hizo una mueca de dolor pero no dijo nada.
—Johanna, una última cosa —susurró.
—¿Sí? —preguntó esperanzada.
—¿Te han teñido el pelo?
Extrañada, negó con la cabeza.
—No, este ha sido mi pelo de siempre...
—...¿y esos bucles?
—También —sonrió—. ¿Por qué?
—Es igual —sacudió la cabeza—. Ve y abrázale. Llora, dile que te has perdido.
Asintió.
—¡JOHANNA! —la estruendosa voz del juez ya estaba demasiado cerca.
Dándose la vuelta como si acabara de escucharle, una sacudida le sobrevino. ¿Llorar? Llevaba todo el camino haciéndolo.
Le costó, le costó mucho correr a sus brazos y sollozar sobre su chaqueta, sabiendo que su verdadero padre observaba en la distancia.
—Johanna, ¿qué te ha hecho? ¿Te ha hecho algo? Como se acerque a mi hija... —gruñó, no reparando hasta ese momento en quién era el hombre que había estado hablando con ella.
Una extraña sonrisa sarcástica invadió su cara. Al Sr. Todd le pareció la sonrisa del propio Diablo, que se deleitaba en el sufrimiento de los demás.
—No, no, padre —forzó la horrible palabra—. Me... me perdí. Este señor me encontró y me trajo de vuelta hasta usted, ha sido muy amable...
—¿Ah, sí?
Ella asintió, mirándole suplicante. No parecía saber nada de su verdadera identidad, ¿cómo iba a mentirle?
Cincuenta metros separaban a ambos hombres, que en ningún momento habían apartado la mirada el uno del otro. Era una distancia prudente, aunque quizá no lo suficiente. No era la primera vez que se veían cara a cara desde el día en el que el padre de Johanna volviera de Australia. Sintió una arcada de repulsión al recordar lo que había contemplado en la alcoba de la Sra. Lovett.
—Entonces debo recompensarle... ¿no, Sr. Todd? —alzó la voz.
—Saber que he servido a que la inocencia de un alma pura no se vea corrompida por las perversiones que habitan éstas, nuestras inóspitas calles de Londres. es satisfacción suficiente para mí, señor.
—¿Se conocen? —preguntó sorprendida.
—Sí... —sonrió el juez con malicia—. Creo que tendré que volver a afeitarme en su barbería, Sr. Todd... e invitarle a mi boda.
Los ojos de Johanna se abrieron de par en par. ¿Habían estado juntos? ¿En la misma habitación? Y el Sr. Todd seguía vivo...
Dios mío... musitó en su cabeza. ¿Cómo es posible? Oh, eso explica...
Recordaba haber visto volver al juez con un moratón en la cara y severas lesiones en el cuerpo. ¿Por qué no le había matado todavía? A muchos otros por mucho menos les había hecho cosas terribles.
Entonces... es que le está guardando para algo mucho peor... comprendió y miró a su padre asustada. ¡La boda!
—Será un placer para mí, señor —mintió—. Le esperaré, como siempre.
Hizo una pequeña reverencia y se fue, con la mente en blanco y disimulando sus puños cerrados entrelazándolos por delante.
Quería matarle.
Iba a matarle.
