El olor de la carne frita hacía rugir los estómagos de todos los presos de New Gate.

—¿Vendrá? —sus ojos entonaban casi una súplica al carcelero, mas su voz aún se teñía con una maldad sólo propia del más profundo averno.

—¿Tu mujer? No —rió el celador al tiempo que deboraba el muslo de pollo con el que llevaba tentando a los prisioneros media tarde—. Se ha ido, ha pasado página. No creo que quiera ver a un deshecho humano como tú colgando de la soga... Dicen que ahora ha encontrado algo mejor con lo que entretenerse.

Los débiles músculos del reo encontraron fuerza para avalanzarse hacia delante buscando agarrar la sebácea calva del alcaide y estrellarla contra la pared y los barrotes. Pero las cadenas le coartaban.

El carcelero rió y le tiró el hueso resultante de su gula.

—Estos rebeldes... ¡se creen que pueden contra el sistema! —se dijo para sí mismo mientras se iba—. ¡Aparta, cucaracha!


Estaba exultante cuando llegó a Hen and Chicken's Court. Jamás le había visto nadie tan feliz, ni siquiera el mendigo de la esquina, quien se había sorprendido al ver que unos peniques saltaban de la mano del hombre e iban a parar a su roída y desteñida gorra, con lo tacaño que solía ser para aquellas cosas.

Cuando llegó a casa, recogió el vestido de la Sra. Lovett, el cual seguía sobre la mesa de la cocina, y subió las escaleras de dos en dos a su encuentro, emocionado. Esperaba que Tobías se hubiera ido ya; quería a la Sra. Lovett para él solo.

—¡Sra. Lovett! —exclamó precipitándose eufórico en la trastienda de la barbería.

La buscó con la mirada y la encontró en el sofá, todavía tapada con su manta, sola. Sonrió. Ella no pudo verlo. No le miraba. Se estaba frotando la cara con las manos.

—Sra. Lovett —se acercó.

—¿Sí, corazón?

Cuando por fin encontró sus ojos descubrió que había estado llorando. Aunque era obvio; el maquillaje del día anterior seguía ahí, cada vez más extendido por sus pálidas mejillas. Mas aun si hubiera sido de otra manera, por mucho que se esforzara las lágrimas seguían escapando de sus oscuros ojos.

—¿Qué ocurre?

—Oh, nada —fingió una sonrisa, tratando de secarse la cara—. No, es que... —gimió—... oh, Sr. Todd, soy... es que me siento... soy... soy...—miraba hacia otro lado y sonreía con una incredulidad propia de cuando se sentía culpable.

Decidió tomar asiento a su lado y ayudar a que lo soltara. No quería lágrimas empañando los preciosos momentos que habían acontecido minutos atrás.

—¿Qué? —frunció el ceño, dejando el vestido a un lado.

—Me siento... me siento como... como una furcia, Sr. Todd —sus sollozos se volvieron incontenibles.

—¿Por qué dice eso?

—¿Es que no lo ve? —abrió los ojos, dolida.

Se le pasó por la cabeza preguntar si era por la noche pasada o si, contra todo consejo y amenaza, de verdad se había atrevido a meterse en tal profesión, pero decidió callarse y negar con la cabeza.

—Primero James, y luego el Juez... y luego usted...—apenas podía hablar.

—Ya veo... —musitó. Él también.

—... y otros antes... —susurró, mirándole de reojo esperando que explotara en su cara. En todo caso se lo hubiera merecido—. Es que... Tobías ha estado aquí y...

—Sí, lo sé —se apartó unos centímetros de ella, en parte decepcionado, y apoyó los codos sobre las rodillas con la vista fija en el suelo.

No sabía si se sentía peor por haberse desentendido tanto tiempo de ella, o si en verdad la culpaba por haberse dejado llevar por aquellos caminos tan fútiles. Sweeney Todd no encajaba muy bien los cruces de la vida ni las luchas internas; los sentimientos de traición y responsabilidad libraban una batalla que amenazaba con estropearlo todo.

Decidió actúar, por primera vez desde su vuelta, como Benjamin hubiera hecho. Perdonar, comprender y quitar importancia.

Un escalofrío le recorrió por dentro.

—¿Lo sabe? —inquirió, confusa.

—Les escuché hablar, antes, cuando traje el vestido. ¿Puede ir al grano? Tengo algo importante que contarle...

En realidad, tenía la sensación de que estaba más molesto aúnpor tener que escuchar sus problemas, los cuales parecían nimios. ¿Por qué no le dejaba hablar y contarle que se había encontrado con Johanna? ¿Alguna vez aprendería a no ser tan tonta esa mujer? ¡Hay cosas que priman por encima de lo que opinen los demás de uno mismo!

—Me ha visto en... bueno, en ropa interior... —decidió acelerar al ver que no iba a aguantar mucho más tiempo prestándola atención—... y... ha empezado a parlotear sobre las prostitutas y me ha preguntado si lo era, entonces me ha suplicado que no lo sea porque... como su madre, que ella ha muerto y no quiere que yo me muera y... eso. Me ha hecho sentir mal, es todo —se encogió de hombros.

—Sra. Lovett —suspiró y cogió sus manos, las cuales reposaban sobre la manta, y la miró a los ojos—. Usted no es una furcia —sentenció—, aunque hablaremos de lo de Turpin porque... sinceramente... esa ocasión sí...—su cara adoptó una mueca de profundo asco y repulsión por una fracción de segundo.

—Lo sé —suspiró llena de tristeza, mirando al cuello de la camisa del barbero para ocultar su vergüenza.

Él tomó su barbilla y la obligó a seguir mirándole. La Sra. Lovett pudo notar que hacía un esfuerzo por no pensar demasiado en eso

—Usted no es una zorra, a no ser que cobre por ello, lo cual ya conoce mi opinión al respecto —la miró con severidad, pero volvió a la normalidad con prontitud—. Es probable que su moral esté un poco... distraída, mas tampoco es para tanto. Vivimos en un nido de ratas, ¿qué más se puede esperar? En cuanto a... la etiqueta... —la miró de arriba abajo, parándose un visible segundo en la manta que la tapaba—... creo que es algo a revisar.

—¿Lo cree de verdad? —le miró con ojos brillantes—. Gracias —susurró y le besó en la mejilla. El Sr. Todd podía ser un cielo de persona cuando se volvía comprensivo.

Se limpió las lágrimas con los dorsos de las manos, queriendo pasar a otra cosa cuanto antes. Bastante habían sufrido los últimos días como para teñir toda su felicidad por algo que ahora parecía tan tonto.

—¿Qué era eso que quería decirme? —recordó.

—¡Oh, sí! —se levantó con tanta rapidez que la Sra. Lovett pegó un brinco. Aún más le asustó la sonrisa de oreja a oreja en su cara—. ¡He visto a Johanna!

—¿Perdón? —exclamó, incapaz de incorporarse ante la sorpresa.

—Sí —asintió con mucha energía—. Estaba viniendo con su vestido cuando me he chocado con ella aquí abajo. Me ha reconocido, y me ha hablado. Me ha dicho que...

El Sr. Todd inició entonces una larga disertación sobre lo maravillosa que era su hija, tan educada y bonita, y lo encantado que estaba de haber podido verla en persona y hablar con ella, conocerla un poco, seguida de otra perorata sobre cuánto odiaba al Juez, su plan para despedazarle con mucha lentitud y acomapañándolo todo con una detallada descripción gráfica del macabro asesinato.

La Sra. Lovett no pudo escuchar ninguna de sus palabras. «Johanna» y «problemas» rebotaban en su cabeza con intensidad, distrayéndola de todo.

El Sr. Todd no estaba preparado para un acercamiento tan pronunciado a la verdad, sobre todo cuando la novia del sujeto era su Lucy. No había tenido tiempo de explicarle todo lo que debía saber, lo que había pasado en su ausencia; había querido ahorrarle el sufrimiento aun sabiendo que se metía en arenas movedizas con ello. Los secretos habían estado escociendo en su pecho y ahora que por fin comenzaba a apreciarla... no quería echarlo todo a perder.

Pero si no se entera por mí, entonces... estoy muerta. Oh, Señor, no hay forma de que salga viva de esta, suspiró para sí misma, apesadumbrada. Sólo hay una posibilidad... y jamás la aceptará. No sin Johanna... ni con ella.

—... y entonces me ha invitado a su boda. Creo que lo haré ese día... le mataré, a él o a su mujer. Sí, eso suena mucho mejor. Le haré sufrir lo que yo sufrí con Lucy, no quedará impune ese bastardo.

—¿Qué? —salió de su ensimismamiento. La palabra «boda» era la única que podía hacer saltar todas sus alarmas —. ¿Qué ha dicho?

—¿Estaba escuchándome? —frunció el ceño—. Este no es el momento de ponerse vengativa, Sra. Lovett... Sé que a veces me distraigo cuando me cuenta sus tonterías; esto es importante y...

—Sí, sí, claro que le estaba escuchando, cielo. Sólo... repita eso último. Me ha... me ha distraído un... un poco de polvo en el sofá —disimuló visiblemente nerviosa limpiando la falsa suciedad con la manta.

—Me ha invitado a su boda —suspiró y sonrió, tratando de ser comprensivo.

—Pero... eso no puede ser —parecía contrariada. En realidad buscaba desperada esa última posibilidad—. Es el quince de Octubre, si no recuerdo mal... Usted y yo estaremos de vacaciones en la costa ese día.

—¿Cuándo hemos decidido eso? —gruñó.

—¿Qué más da? Además, la boda es en el campo —evitó decir el nombre del lugar, por si acaso—, muy lejos de aquí y muy lejos de Grimsby.

—¿Y cómo sabe todo eso? —frunció el ceño, molesto. Ella siempre iba por delante de él, no sabía cómo.

—Sr. Todd... —suspiró. Era obvio el por qué lo sabía.

—Ah, claro, se me olvidaba la confianza que tiene con ese maldito bastardo —gruñó.

La Sra. Lovett se levantó con una sonrisa triste y le abrazó con cariño, sabiendo que no lo decía en serio, sino que le daba rabia acordarse y ser el último en enterarse. Él, que se había levantado durante su discurso, emocionado, permanecía ahora frío e impasible.

—No sea así, querido —susurró antes de volver a besarle la mejilla—. Se lo contaré todo, ¿de acuerdo? Confíe en mí. Tengo mis motivos.

—Todo a su debido tiempo, Sra. Lovett. Vístase —impertérrito, se apartó y abandonó la habitación para darle, como siempre, intimidad.

¿Cómo se había atrevido siquiera a pedirle que confiara en ella? La había clavado un puñal el día que regresó de Australia. Ni siquiera ella se fiaría de sí misma.

Suspiró y obedeció.


Había escuchado que habían abierto un banco en Fleet Street, en el mismo edificio que antes albergaba los trabajos de cera de la Sra. Salmon. La pobre mujer era tan mayor que había decidido retirarse.

Bien por ella, pensó al tiempo que entraba en Bell Yard con la esperanza de ver a su panadera favorita por la ventana. Ella también abandonaría Londres, pronto, cuando comprendiera que el Sr. Todd necesitaba una ayuda que ella no podía proporcionarle, y que lo mejor era internarle en algún psiquiátrico. Bedlam, por ejemplo.

No, Bedlam no, se recordó a sí mismo. No son muy buenos con los... pacientes, ahí.

De pronto, detuvo su paseo, extrañado, y retrocedió unos pasos. Había confiado en que la gente, la algarabía, el característico sonido de los platos al juntarse y el delicioso olor de las empanadas detuvieran sus pasos, pero la tienda estaba cerrada, a oscuras y con las contraventanas puestas. Extraño para ser un Lunes. Quizá hubiera seguido su consejo de tomarse un par de días libres para descansar. Ojalá fuera así.

O quizá Todd haya terminado por matarla... cruzó su mente como una estrella fugaz. No, imposible, sacudió la cabeza como siempre que quería deshacerse de un pensamiento. La aprecia demasiado. Me pregunto... ¿le habrá mandado ya Bourmont algún que otro cliente «especial»? Estoy seguro de que le encanta, el muy cabrón. ¿Qué hará con los cadáveres...?

Resultó que eran ciertos los rumores; un banco reemplazaba a «The Wax Works» en el lugar que éste antes había ocupado aunque, a juzgar por el estado de la fachada, todavía no habían comenzado con las obras importantes. Ni siquiera habían quitado el antiguo cartel.

El interior sí que había cambiado. Ahora era la recepción del banco, con lámparas de cristal tintado y sillas para aquellos que tuvieran que esperar. Pequeño, acogedor y algo desordenado. Le encantaba.

Detrás del oscuro mostrador de madera aguardaba un hombre mayor, con el escaso pelo que poseía peinado para dar la mejor impresión y unas gafas de pequeños cristales redondos.

El detective se acercó con paso lento hacia él y carraspeó para llamar su atención, tratando de no sobresaltarle ya que revisaba, concentrado.

—¿Sí? —alzó la cabeza, deteniendo su murmullo de cuentas. Su mirada se suavizó al ver al joven frente a él—. ¿En qué puedo ayudarle? —preguntó con su fino acento escocés.

—Quisiera abrir una cuenta —la sonrisa del anciano se amplió.

—Venga conmigo, por favor. Tenemos los papeles en el piso superior. Si es tan amable...

Asintió siguiéndole a las empinadas y estrechas escaleras.

Mientras subía, sus ojos comenzaron a fijarse en los bordes de los peldaños que pisaba. Estaban descuidados, la madera se había ennegrecido con el paso del tiempo. Mas se notaba cierto esfuerzo porque recobrara su esplendor anterior. Le recordaban a las de la barbería del Sr. Todd.

Sacudió la cabeza. Aquel hombre... siempre metiéndose en las mentes de las personas, confundiéndolas, ocupándolas. Su egocentrismo era capaz de llegar a ese punto con tal de controlarlo todo. Odiaba cuando esos pensamientos le invadían, buscando recovecos donde acumularse como remolinos de polvo que no llevan a ninguna parte.

—Perdone el desorden —sonrió el amable señor, abriendo las puertas del despacho para él—. Acabamos de instalarnos.

—Por supuesto —asintió sin saber muy bien qué había dicho, pero seguro de que era lo apropiado.

Acompañó al banquero hasta el escritorio, donde éste se aposento y comenzó a extraer unos papeles.

—¿Sería una indiscreción preguntar qué le ha llevado a interesarse por nuestra pequeña caja?

—Sí, lo sería —contestó secante y molesto. Se sintió mal al segundo.

Sus pensamientos estaban siendo interrumpidos otra vez, justo cuando llegaba al núcleo de su problema con Todd. Tenía que averiguar como apartarles sin que ninguno de los dos acabara odiándole... ¿Pero cómo iba a saber aquel escocés que era tan importante?

—Perdone, no quería... —se excusó al momento.

—No se preocupe —sonrió—. No es asunto mío —aseguró volviendo a sus papeles, como si nada hubiera pasado.

Ahora se sentía peor.

—Mire... hay una mujer —se sentó frente al escritorio, tratando de arreglarlo—. Quiero empezar una nueva vida junto a ella, mas necesito guardar el dinero en un lugar seguro y desconocido hasta entonces. Para evitar... problemas.

—Comprendo —sonrió el banquero—. Ya me extrañaba que usted nos conociera, ya que todavía no hemos abierto el negocio al público de una forma oficial.

—Oh, ¿es eso un problema? —inquirió preocupado—. No quisiera causar ninguna...

—No se preocupe —sonrió—. Mi hijo se alegrará de saber que ya tenemos un cliente.

—Oh, ¿no es usted el dueño?

—No, no —rió—. Pero tengo experiencia, y no me importa ayudar.

—Me parece loable —sonrió—. Ojalá un día yo...

Su mirada se posó por inercia en la ventana a su izquierda, la cual daba a la calle, a Hen and Chicken's Court y por tanto a la ventana de la trastienda del Sr. Todd cuando iba a decir «Ojalá un día yo tenga también hijos con ella y nos vaya tan bien como a ustedes», lo cual le había hecho retroceder a su hilo mental anterior. Sin embargo, no tuvo tiempo de terminar su deseo en voz alta ni sus cavilaciones, pues todo él se congeló al observar a su amada abrazando al malvado barbero al otro lado de las cortinas de terciopela de la trastienda de este. Y, a pesar de la distancia, podía adivinar que la vestimenta de ella no era la más adecuada para una visita.

—¿Ocurre algo?

—No —finjió frivolidad—. Acabo de recordar que tengo prisa.

—Acabemos cuanto antes, entonces —sonrió el señor presentándole los papeles a firmar.


—Le sienta muy bien ese vestido —sonrió al verla emerger de la trastienda, tímida—. Debería llevar el pelo suelto a diario.

—Creo que eso me lo ha dicho más veces —sonrió, sonrojándose—. Pero no todo el mérito es mío, ¿sabe? Es usted quien escogió el vestido y... —jugó, queriendo disimular su nerviosismo, con los volantes de la falda—... debo admitir que tiene un ojo escalofriante para elegir.

Sweeney Todd emitió una pequeña carcajada triunfante sin dejar de mirarla desde su posición junto a la ventana.

Ninguno de los dos se había dado cuenta hasta ese preciso momento de las consecuencias que lo acontecido el día acarreaba. ¿Qué se suponía que eran ahora? Ya no podían negar que eran «amantes», pero tampoco eran pareja...

¿O sí?

A veces tenían la sensación de que las cosas que sucedían en su día a día eran tomadas con demasiada frivolidad. Matar, descomponer, cocinar... era una rutina a la que se habían acostumbrado y de la que pocas veces tenían ya nada que hablar. Y cuando por fin sucedía algo importante, algo que abría las compuertas a todo, eran como niños con un peluche nuevo.

No podían tomárselo en serio.

Hasta ese momento.

Supongo que ahora soy suya... pensaba la Sra. Lovett al tiempo que se aproximaba al barbero, incapaz de mirarle a los ojos. Y el mío... para eso nos hemos tomado el uno al otro, ¿no? ¿No éramos «algo», antes, ya? ¿Estamos más juntos? ¿O más separados? ¿Significa esto que tengo que hacer todo lo que él me diga, o sólo ha sido cosa de una noche? Parece distinto... Las relaciones son difíciles... él ya lo es de por sí... ¿Quiero de verdad...?

Vamos, también somos un hombre... No tienes por qué avergonzarte de estar comiéndotela con los ojos. Y de hecho lo hacía aprovechando que no podía mirarle. Y eso era todo lo que podía pasar por su cabeza en ese momento.

—Supongo que deberíamos hablar apropiadamente de lo que ha pasado —suspiró la Sra. Lovett al estar a un paso escaso de él, aún incapaz de levantar la cabeza.

—Sí, supongo que sí —suspiró él también, con pesadez, sabiendo que toda la animosidad de los últimos minutos estaba a punto de venirse abajo—. Sospecho que hay muchas cosas que no me ha contado... y que no me van a gustar.

—Sospecha bien —susurró jugando con el esmalte de sus uñas. Sabía que de no ser porque estaba tan cerca de él, hubiera tenido que pedirle que hablara más alto; los látidos de su corazón desbocado le impedían escuchar con atención—. ¿Por... por dónde... por dónde quiere empezar?

—¿Qué tal... por el principio? —se ladeó para invitarla a ocupar la silla de barbero.

Sintió un placer macabro al escucharla tragar el nudo de su garganta, muerta de miedo. Se reprendió, quizá, al instante, dada la implicación emocional que ahora tenían. Aunque no lo tenía claro.

—Oh, pero antes quería pedirle algo.

—¿Sí?

—Es... algo más que una petición. Es algo que necesito que haga para que... esto... lo que quiera que sea... salga bien.

—Oh... ¿De qué se trata? —preguntó preocupada. El Sr. Todd rara vez titubeaba a la hora de expresarse.

—No quiero que... oh, mire, pensando en el demonio... ¿Qué quiere, Sr. Rhydel?

Iba a decirle que no quería que volviera a ver al tal James en la vida, en su vida, ni en la vida de nadie, pero éste se adelanto, como invocado por el destino.

Ni siquiera le habían oído entrar.

—Entonces estaría pensando en usted mismo, Sr. Todd —el desdén en la voz del detective no pasó desapercibido. Carraspeó—. Necesito hablar con la Sra. Lovett.

—Puede comentarle lo que sea en mi presencia —el rostro del Sr. Todd se inclinó hacia delante, en postura amenazante, al tiempo que una de sus manos acercaba a la mujer a su costado, más si era posible.

—Quizá la Sra. Lovett no quiera que usted sepa de ello.

—No creo que a la Sra. Lovett le importe, ya que estamos juntos.

—La Sra. Lovett está aquí —se apartó la susodicha del Sr. Todd y su sofocante agarre—. Y puede hablar por sí misma, si mal no recuerdo.

Ambos hombres se miraron con hostilidad. Los baremos habían quedado eones atrás, ahora era pura competición, como lobos en celo por la misma hembra. Suspiró y caminó con suavidad alrededor de la mesa, queriendo ganar tiempo ante el inevitable final. Sabía que a uno de los dos iba a sufrir con lo que dijera, sino ambos. Jamás podría hacer felices a los dos y, Dios sabía, uno de ellos la necesitaba más que el otro. ¿Y no había dicho Él: ama a tu prójimo? A tu igual. Sabía lo que tenía que hacer; no podía quedarse con ambos por más que le hubiera gustado. Tenía que decidirse.

—James... —comenzó, pero una rápida mirada al Sr. Todd le indicó que aquella no era la forma—. Sr. Rhydel —carraspeó, aprovechando para humedecerse la boca y los labios, que parecían haber perdido cualquier interés en ayudarla—. Ha... ha pasado algo entre, aquí el Sr. Todd y yo y, creo...

—No me importa —la cortó con arrogancia.

—Pero...

—No me importa, he dicho; ya sé lo que ha pasado.

—¿Lo sabe? —frunció el ceño el Sr. Todd, molesto.

—Y si no yo, media Londres si se abrazan casi desnudos frente a las ventanas —le perforó con la mirada, y el Sr. Todd no se quedó atrás.

—¡Ey! ¡Eso no es justo! ¡Él estaba vestido y yo...!

—¡Sra. Lovett! —gruñó el barbero—. ¡Concéntrese!

—Sí. Eh... Sr. Rhydel... vistos los últimos acontecimientos, creo que no deberíamos vernos más.

—Pero...

—La señorita ha hablado. Ahora, si nos disculpa...

El Sr. Todd no daba derecho a réplica. Le agarró del hombro sin piedad y le forzó a salir de la cocina.

—¡No! —gritó soltándose de un empujón—. Margaret, ¡este hombre es malo! —le dio otro empujón y consiguió llegar hasta ella, al otro lado de la mesa. Con mucho dramatismo la acercó por los codos—. Te quiero, y sabes que podría darte mucho muchísimo más de lo que él jamás podrá. Ya tengo el dinero, y dentro de poco la casa y los billetes. Todos nuestros sueños, todo lo que hemos hablado estos días... ¡podría hacerse realidad! No me importa lo que haya pasado entre ustedes... —la acercó un poco más y tomó sus labios.

La Sra. Lovett, quien se había quedado obnubilada con las palabras del detective, reaccionó como cualquier mujer haría ante un joven y apuesto hombre ofreciéndole la luna y las estrellas; se rindió.

Y el barbero, que observaba desde lejos, no podía soportarlo. Sacó con decisión su navaja y esperó. Esperó porque sabía que si actuaba ahora se arrepentiría más tarde.

De todas formas, tendrás que castigarla. Y lo sabes. Tal traición no puede quedar impune.

—Te quiero —volvió a susurrar—. Puedo llevarte lejos de aquí, lejos de... todo.

—No —retrocedió ella un pequeño paso—. No voy a dejar al Sr. Todd, ya te lo he dicho.

Ninguno de los dos se acordaba de que éste seguía presente, tan sólo era una sombra en la parte trasera de sus mentes.

—¡Pero...! ¡Agh! ¿Por qué eres tan testaruda? —se echó atrás él también—. ¡No es un buen hombre! ¡Es que no lo entiendo, Margaret! ¿Qué ves en él? ¿¡No ves que te está engañando!?

—¡El Sr. Todd jamás me engañaría! —se defendió, cruzándose de brazos.

—¿Ah, no? ¿Sabías que trabaja con una mafia? ¿Una mafia que mata personas? Lleva haciéndolo durante meses. Todos estos meses, todos esos regalos... ¿acaso podría comprártelos con el suelducho de un barbero? ¡No! Es todo una gran mentira, Margaret.

Sentía las lágrimas corriendo raudas por sus mejillas, de dos en dos a cada paso que daba hacia atrás, buscando la fuerza que el Sr. Todd siempre le brindaba, fuera activa o pasiva.

—¿Y quién le dice a usted, Sr. Rhydel —su voz se rompía a cada sílaba que sus labios formaban, mas sus ojos crecían con más y más dureza—, que yo no tenía conocimiento de todo este asunto?

—¿Qué? —inquirió incrédulo.

—Así es, Sr. Rhydel —corroboró el Sr. Todd, dándose cuenta del plan de su cómplice—. La Sra. Lovett ha estado ayudándome de vez en cuándo a deshacerme de los cadáveres.

—¿Pero... cómo...?

—Utilice la imaginación.

La frialdad con la que la Sra. Lovett había pronunciado aquellas palabras le dejó clavado en el sitio. Sus una vez hermosos ojos se habían vuelto como la fría piedra que envolvía el corazón del Sr. Todd.

—Oh, pero no se preocupe —sonrió el barbero con malicia—. No encontrará prueba alguna contra nosotros si lo que quiere es vernos entre rejas. Usted no es el único que quiere alejarse de Londres de una vez por todas. Ahora, si nos disculpa, creo que la Sra. Lovett y yo tenemos asuntos que retomar —le invitó a salir con crudeza.

—Esto no va a quedarse así —amenazó—. No importa lo que hayas hecho, Margaret —buscó sus manos.

—¡James, déjalo ya! —explotó con furia. Le empujó con demasiada fuerza para ser tan pequeña—. ¡No quiero saber nada de ti! ¿¡Es que tanto te cuesta entenderlo!? Dios mío, tanto dar vueltas y vueltas para conseguir que te vayas, ¡de una vez! ¡Vete de aquí antes de que acabes como uno de ellos!

Sintiendo una repentina ola de nauseas, Rhydel salió por patas de aquella pequeña casa en Hen and Chicken's Court y no paró de correr hasta dejarla bien atrás, donde pudo vaciar su estómago por fin.