La imagen de Johanna, su hermoso bebé de mejillas sonrojadas y pelo castaño bailaba en sus ojos tras una pesadilla bastante desagradable. En el sueño no era una niña, sino un niño. Tenía la cara de un joven Benjamin Barker muerto en los brazos de un hombre desconocido para él, pero el bebé era su hijo y le quería con locura, y sabía que aquel desconocido no dañaría a su vástago. Había sido un segundo, un corto segundo en sus brazos antes de que una mujer se lo quitara y se lo llevara. Desesperado, la difusa habitación había parecido esclarecerse para revelar a unos angustiados padres en el lecho. La mujer, a la que sí reconoció, era Lucy.
«¡Pero...! ¡Es nuestro hijo! ¡No puede llevárselo!» había gritado, mas nadie parecía capaz de escucharle.
Y, de repente, habían traído a Johanna. Sin más explicación que, tras unos largos momentos, el bebé había llorado y había resultado ser una niña. La cara era muy parecida, pero no la misma, y los padres jamás vieron la diferencia porque jamás se habían asegurado del género de la criatura.
Sweeney Todd, sin embargo, sospechaba. Sospechaba porque era un sueño y no recuerdos. Los sueños, sueños son. Representaciones de oscuros pensamientos en una entumecida mente.
Dos parpadeos y tanto Lucy como su hija yacían muertas en la cama, cubiertas de sangre.
Despertó sobresaltado a la mugre de su solitaria celda.
Los suaves golpes en las ruedas mecían el carruaje, el viento suspiraba por las rendijas y vibraba en las ventanas acompañado por los espontáneos golpeteos de aquellas ramas tan atrevidas como para suspenderse en el camino, componiendo una nana tan dulce e inusual que era imposible de ignorar.
Respiró profundamente y apretó los párpados, tratando de evitar la vigilia una vez más. La suave manta que la envolvía había sido el detalle final para borrar el duro año de trabajo y traer la paz que tanto necesitaba su machacado cuerpo. Había olvidado el significado de la palabra «soñar».
La música de la fiesta, ahora tan lejana, aún resonaba en sus oídos. Había sido una noche deliciosa, perfecta, tan memorable que era digna de sus más profundos sueños y escenarios fantásticos. Sus cocineras, sus clientes, el cuarteto de música... Incluso el Sr. Todd había decidido acudir. Había querido obligarle a relacionarse un poco, socializar, argumentándole en privado que, hacer amigos, podría ayudarle a alejar sus más oscuros fantasmas. Porque ella sabía que el Sr. Todd todavía era incapaz de asumir que todo aquello era real, que ella jamás se había ido. Sentándose alejado de la multitud, como un cervatillo asustado en una esquina, decidido observar el transcurro de la noche sin inmiscuirse. Ella sabía que era su forma de juzgar si lo que veía era real o fantasía. Había esperado que la invitara a un baile por lo menos, pero... no se puede tener todo, ¿verdad? Al menos le tenía ahí, observándola con tanta fijeza como un león a sus crías. Con él cerca no podía pasar nada malo.
Quizá hubiera sido el mal trago con Rhydel lo que había hecho de la celebración algo tan especial, un respiro, un brote de aire fresco. Les había unido más pese al primer desgarro.
Estirándose con timidez y llevándose la mano a la boca para bostezar con suavidad abrió los ojos. Parpadeó varias veces, acostumbrándose a la luz que entraba por el cristal de la puerta. Se recostó, desperezándose y frotándose los ojos. Apartó la púrpurea cortina de una de las ventanas junto a su asiento y, colgándose del fino marco, se alzó para observar el exterior. Los elementos del paisaje todavía avanzaban en dirección contraria al acogedor carruaje. Debían de estar a medio camino de Grimsby.
Señor, este vagón es tan cómodo que empiezo a plantearme seriamente comprármelo. Así la gente pensaría que tengo dinero, que soy una dama. ¿Y no lo soy, acaso? Luego sólo tendría que contratar un chófer de cuándo en cuándo... En su cabeza resonó la voz del Sr. Todd: «¿Y los caballos? ¿Qué haría con los caballos? No creo que quepan en una empanada...». Suspiró y sonrió.
El pobre hombre lo había pasado tan mal... Había estallado poco después de la marcha del detective. No le habían visto desde entonces. Ni siquiera la había dejado salir de la casa, convencido de que todo era un plan para reunirse con el detective, denunciarle y dejarlo solo a merced de la policía de Londres. Los celos del barbero tenían el poder de cien perros enfurecidos.
Pobre..., suspiró para sus adentros. Espero que nunca descubra las actividades de su difunta... de su... ¿ex-mujer? Bueno, quizá sea mejor no tocar nunca ese tema. En realidad, el muerto es él, no Lucy.
Y eso sin contar lo que le costó convencerle aunque fuera en una miga de que los últimos meses no habían sido una alucinación, al menos no en su totalidad. Ella había estado junto a él, hablándole, acompañándole, tratando de hacerle la vida más sencilla. Sweeney Todd aseguraba no haberla visto, y cuando Sweeney Todd aseguraba algo, lo más probable es que fuera muy difícil convencerle de lo contrario. Y, por triste que sonara, no era ninguna sorpresa.
Abandonó su cómoda posición sobre la ventana para mirar al Sr. Todd, bajando los pies del asiento e incorporándose del todo.
Cuando el Sr. Todd sufría un episodio perdía cualquier noción de la realidad. Su ojos y su mente veían lo que querían ver, con normalidad cosas que acababan torturando cada partícula de su cuerpo hasta su yo más profundo.
Éste, al contrario de lo que la Sra. Lovett había pensado en un primer momento, no se había movido ni una pulgada. Al parecer sí que lo había hecho cuando salieron por fin de Londres, Fleet Street y toda su mugre para dejarla espacio, y también la había tapado, mas era como mover una estatua de un sitio a otro; la posición y la mueca siempre serían identicas. Seguía sentado frente a ella, estático, mirando al frente con los ojos perdidos en un mar de pensamientos, pensamientos que estaba segura de conocer. Las únicas señales vitales que el barbero era capaz de emitir eran sus desacompasados parpadeos y el golpeteo nervioso de su dedo en el cojín del asiento.
Suspiró, sintiendo que toda la tensión volvía a ella. Le había costado Dios y ayuda sacarle de Fleet Street, conseguir que dejara de rumiar en voz alta que tenía que ir a esa boda, que tenía que vengarse. Aun y todo, sabía que en su cabeza era el ritmo que sus dedos seguían.
—Buenos días, Sr. Todd —una suave sonrisa asomó en sus labios—. Gracias por la manta —bostezó refugiándose aún más en ésta.
—De nada —fue su seca respuesta tras unos segundos, los cuáles empleó en enfocar la cara de la mujer y analizarla con detenimiento.
Ella suspiró.
—¿Por qué no alegra esa larga cara que tiene, Sr. Todd? —intentó, sacando la mano de la manta y apretándole con cariño la rodilla—. Sé que no es verano, pero Grimsby es igualmente bonito en esta época del año... ¿sabe? Y es un lugar pequeño, no hay mucha gente... creo. Pasaremos desapercibidos, nadie nos buscará allí.
El barbero pudo observar cómo las pupilas de la panadera se dilataban de excitación ante la expectativa, permitiendo que la luz le reflejara en ellas. Eran muy claras las señales para él también: la emoción, la tranquilidad de su sueño... no hablaba sólo de unas simples vacaciones; ella quería quedarse allí el resto de su vida. Frunció el ceño.
—No —contestó tajante.
—¿Por qué? —bufó frustrada, terminando de despertarse—. ¿No está contento con el viaje?
—Usted sabe dónde me gustaría estar, Sra. Lovett —y volvió a mirar al frente.
—Sr. Todd, eso ya lo hemos discutido muchísimas veces —con rabia, hizo un arrebujo de la manta y la tiró al otro extremo del asiento para no darle una bofetada. ¿Es que no lo entendía?—. No puede ir allí, no saldrá vivo. No saldremos vivos.
—Usted, quizá, sí. Una vez me vengue, me importa bien poco lo que pase con mi cuerpo —repitió, por enésima vez, su plan.
—¿Y Johanna? No merece la pena hacer todo eso si se queda con el juez.
—Ella ya es mayorcita. Apenas sabe nada de mí, y jamás debe saberlo —puntuó atravesándola con la mirada—. Sabrá arreglárselas sola, y sé que usted la ayudará de algún modo. Usted siempre lo hace.
—¡Por amor al Señor! —exclamó—. ¿Por qué tiene que ser tan puñeteramente pesado? ¡Estoy harta de escucharle! ¡Debería tener más consideración conmigo! ¿Cree acaso que me gusta pensar que en cualquier momento puede acabarse todo? Que podemos acabar en la soga, o cualquier otra cosa peor... ¡Tenía una sorpresa para usted en Grimsby! ¿Es que no quiere verla? ¡Estamos juntos ahora! Yo he hecho muchas cosas por usted, ¿es que no puede hacer usted una por mí? Como me haga echarlo todo a perder, como siempre, le juro que no volverá a verme en la vida —un color rojizo empezó a invadir su cara, comenzando en el cuello—. No sé que es esto que tenemos, ¡pero se acabará! —añadió señalándole y luego a sí misma con el dedo índice repetidas veces.
—En este punto de la historia y con todo el respeto, Sra. Lovett —se cruzó de brazos y la miró con mucha severidad—, me importan bien poco sus sorpresas... y sus amenazas.
—Muy bien —contestó ella.
Calló, dándose segundos. Quería no llorar, no demostrar lo mucho que le dolían sus palabras, sus ilusiones rotas. Había sido una ilusa pensando que algo cambiaría tras aquella también lejana noche.
Respiró hondo y se levantó.
—Golpee el techo —pidió sin mirarle.
Cuando el coche hubo parado, la Sra. Lovett abrió la puerta y se asomó para hablarle al cochero y darle la nueva dirección, prometiéndole que a pesar de ser un recorrido más corto, la paga sería la misma. Aprovechó para solicitar que le bajara una de las bolsas que habían cargado en el techo.
—¿Qué es eso? —preguntó el Sr. Todd con curiosidad minutos después, un poco más animado, sintiendo que la tensión abandonaba poco a poco su cuerpo.
—Supuse que me haría cambiar el destino del viaje —suspiró y se mordió el labio para reprimir, una vez más, sus sentimientos. El Sr. Todd no iba a entenderlos, de todas formas. Sólo lo estropearían todo—. Me gusta ir preparada.
—Llegaremos mañana por la mañana.
—Lo sé, pero la boda es dentro de tres días. Turpin contrató todo un hotel para alojar a sus invitados, así que no habrá problema. Podré alisarle el traje para entonces y todo estará preparado.
—Oh... ya veo que ha pensado en todo —comentó un poco confuso. ¿Cómo hacía para estar siempre un paso por delante de él?
—Sí, mucho —contestó alzando los ojos para mirarle, anegados en lágrimas—. Después de ese día... —lo dejó en el aire y respiró hondo—. Tome —sacó una corbata de la bolsa de la boda y se la entregó sin mucho cuidado—. Averigüe cómo ponérsela.
—¿No va a ponérmela usted? —alzó una ceja, divertido. La estaba tentando, y lo sabía. Quería distraerla, hacer como que no había pasado nada.
Les estaba condenando a una muerte casi segura. Aquella podía ser la última noche de sus vidas, ¿y ahora quería jugar?
—No —y esta vez fue tan seca como él—. Como le he dicho, usted y yo no somos nada ahora. Búsquese la vida usted solito.
—Oh, vamos —rió.
Ignorándole, cogió la bolsa y se la puso en las piernas para asegurarse de que todo estaba en orden, no fuera que tuviera que comprar un complemento de última hora al llegar a Derby. Se mordió el labio otra vez, nerviosa, mirando las distintas joyas que había metido en el pack, preguntándose si serían apropiadas para la ocasión.
—¿Quiere dejar de hacer eso?
—¿Mmm? —levantó la mirada, confusa.
—Deje de morderse el labio. Me distrae.
El Sr. Todd jamás había presenciado aquella indiferencia en la Sra. Lovett. Había presenciado su odio hacia personas, incluso había sido el artifice de su desdén hacia cierta gente, hacia Rhydel... mas nunca había tomado aquellas dimensiones.
—Sinceramente, y con todo el respeto, Sr. Todd, en este punto de la historia me importan bien poco sus nervios... y sus distracciones.
Dejó la bolsa a su derecha, sobre la maltratada manta, y se giró hacia la ventana. El paisaje ya comenzaba a cambiar, cada vez más lejos de la costa.
Suspiró, jugando con el gordo anillo de su dedo corazón.
Sí, servirán, pensó para sí misma antes de cerrar los ojos, deseando que el tiempo pasara rápido.
—¿Crees que estas flores le gustarán a tu padre? —la mujer de cabellos negros seguía hablándola como si tuvieran algo que ver.
Bufó por lo bajo y dio un leve taconazo, reacomodándose sobre la mesa de madera en la que estaba apoyada desde hacía casi una hora, con los brazos cruzados y el cejo fruncido. ¿Es que no veía que no era su madre y que nunca iba a serlo? Había perdido la oportunidad.
Y ese no es mi padre, añadió.
—A padre no le gustan las flores, en general —contestó con sequedad, desviando la mirada a las ventanas, donde los pajarillos cantaban sentados en sus bonitos nidos, en los hermosos arbustos llenos de flores que enmarcaban el bello paisaje inglés a las afueras de Derby.
—Oh...
Lucy no sabía muy bien qué decir. Hacía semanas que había empezado a pensar con claridad otra vez. Estaba débil, demasiado pronto para enfrentarse a Johanna y su rencor. En algún punto de su mente nebulosa podía entender que su hija se sintiera frustrada por la abrupta separación que habían tenido en la tierna edad de la niña, aunque sospechaba que era así por convenio social y no porque saliera de ella.
—Pues yo creo que le gustarán —sonrió, tratando de animarla. Johanna resopló una vez más—. Hija... ¿te apetece salir? Yo puedo quedarme aquí con las flores, no te preocupes. Sal y diviértete, si quieres.
La joven alzó la mirada, confusa, y asintió. La verdad era que se moría por salir, tenía muchas cosas que hacer antes de la inminente boda.
O de mi propio funeral, según se mire.
—Sí... sí, gracias —se incorporó.
—Pero no vayas así. Ponte una rebeca o algo; ya refresca.
—Claro —asintió antes de salir de la amplia cocina.
Turpin había elegido la mejor finca que su familia poseía; una gran finca inglesa con una casa señorial en la cúspide. Los jardínes eran tan amplios y hermosos que podría perderse en ellos y no volver a ver a nadie jamás. Acarició la tentadora idea por un segundo, entrando en su alcoba, pero sacudió la cabeza.
No, no. Tengo que seguir el plan, que es más importante. Si encuentro un momento, quizá... Igual podría servirme de tapadera, incluso... Sabía que todos esos libros me ayudarían tarde o temprano.
Era un bonito hotel rural, alta hiedra enraizándose en los blancos ladrillos de la fachada y numerosos carruajes frente a la fuente de la entrada. Le hubiera gustado poder disfrutarlo.
El sol brillaba fresco en el horizonte, iluminando las hojas de los árboles. Iba a ser un día precioso para una boda. Lucy estaría encantada.
—Vaya registrándose —le ordenó al Sr. Todd, sin mirarle—. Yo me encargo del cochero.
Iba a quejarse, mas su seria mirada le dijo que era mejor no hacerlo. Tampoco tenía problema con ser él el que se registrara, pero no era digno para una dama adoptar el rol de un hombre.
Bufando, se alejó hacia las altas puertas de madera.
—Se quedará aquí y me esperará al atardecer un par de millas abajo, detrás de los árboles —señaló el lugar, susurrándole aunque no hubiera nadie cerca para escuchar. Cogió su monedero del escote para sacar la cantidad acordada.
—También puede pagarme en especias —rió el baboso cochero. La mirada de la mujer le cerró la boca.
—No haga que me arrepiente. Me esperará ahí abajo, y le pagaré lo mismo una vez nos lleve a nuestro destino. ¿Está claro?
El hombre asintió.
—Muy bien.
Cuando por fin entró en la recepción no se extrañó al encontrar al Sr. Todd discutiendo con una temblorosa recepcionista. La pobre mujer, que no debía de tener más de veinte años, estaba encogida en su silla con los nudillos blancos de tanto agarrar el borde de la misma. Incluso su pelo platino parecía temblar estando bien recogido en un moño.
—Sr. Todd —gruñó apartándole. Recibió un empujón como saludo.
—Me dijo que no volvería a hacerlo —bufó.
—¿Perdón?
La joven mujer observaba pasmada la feroz batalla de miradas entre las dos personas frente a ella. Aquel angustioso momento se haría eterno si nadie intercedía. Pasaron unos lentos segundos, nadie acudía a su rescate. ¿Qué podía hacer? Casi podía ver las venas de los ojos del hombre, tan rojos con sangre, explotar y quemar todo. Estaba segura de que si se movía un centímetro, el extraño la mataría de la forma más cruel y sangrienta posible. Respiró hondo, reunió el valor que necesitaba y decidió romper el tenso silencio. La mujer no parecía en absoluto asustada por el supuesto barbero, ¿por qué debía ella?
—Intentaba decirle al señor que no hay más habitaciones libres, pero no quiere...
—¡Ha dicho que el juez Turpin reservó una suite para usted! —estalló el barbero por fin, cuidándose de usar el título completo. No se ofenda algún pamplinas casual, se dijo a sí mismo.
—¿Ah, sí? —por un momento, una expresión de alivio y agradable sorpresa cruzó el semblante de la panadera, que no esperaba tan buenos tratos.
¿Y por qué se enfada?, bufó para sí misma, frustrada. Tampoco es el fin del mundo. Al menos tendremos una cómoda cama...
—¿Por qué parece tan feliz? —los ojos del barbero se convirtieron en una pequeña línea suspicaz.
Oh... ya veo por dónde viene. Seguro que Turpin previó esto. Estoy cansada de los listos.
—Está bien —se giró hacia la recepcionista—. ¿Me da la llave de mi habitación, por favor? —extendió la mano con una agradable sonrisa. La recepcionista sonrió con timidez y se la tendió, algo aliviada.
—El honorable —miró al Sr. Todd, sintiéndose animada por la desconocida— juez Turpin dijo que si traía acompañante, y usted lo deseaba así, podrían compartir la habitación. Aseguró que nadie se metería en sus asuntos.
—¿Qué más sitio hay aquí, querida?
—Los... los establos, señora.
—¿Se puede dormir ahí? —mantuvo el tono calmado, como el de aquél que sabe muy bien lo que hace.
—... supongo... —se encogió de hombros.
La Sra. Lovett pareció pensarlo un momento antes de girarse hacia el hombre y dijo con una amplia sonrisa dentada:
—Espero que encuentre sus... habitaciones, Sr. Todd, de su gusto. ¿Podría avisarme alguien para la hora del desayuno? —volviéndose de nuevo hacia la recepcionista.
Podía sentir los punzantes ojos de demonio que el poseía sobre ella, evaluándola, pero no iba a darse por vencida. Seguro que se pregutaba qué tramaba. Seguro que pensaba en cómo vengarse fuera lo que fuera. No necesitaba mirarle para ver la traición tras sus pupilas. Seguía muy enfadada con él. E iban a ser condenados de todas formas, ¿no? Al menos escarmentaría antes.
—Claro, Sra. Lovett.
—No se preocupe, puedo encontrar mi habitación. ¿Puede acompañar al Sr. Todd a las... suyas?
—¿Quiere decir a... los establos?
—Sí, querida.
La mujer dio un inseguro asentimiento.
Con un guiño hacia el Sr. Todd, cogió sus dos bolsas y empezó a subir las escaleras.
Cerró los puños hasta que sus nudillos adquirieron un pálido tono hueso.
¡Maldita mujer! ¿¡Cómo se atreve!? ¡Estamos juntos en esto!
Le estaba provocando. No necesitaba a Rhydel para saberlo. Quería llevarle al borde, donde sus nervios no pudieran más, sabiendo que gritar y montar una escena no le serviría más que para dar con sus huesos en una celda. De esa forma no podría vengarse del juez. ¿Era esta su venganza por no haber querido ir a Grimsby? No podía saberlo, pero apostaría su mano a que sí.
Pues bien, no se saldrá con la suya, mi amor, susurró la diabólica voz de Lucy en su mente. Se giró hacia la pobre mujer, quien se había levantado para indicarle el camino. Asustada, sus rodillas fallaron y volvió a sentarse.
Podría jurar que sus ojos brillaban con las llamas del infierno.
—P-Por ahí, s-señor —tartamudeó, señalando una puerta aventanada que daba al otro lado del jardín. Y más allá, los establos.
Estaba segura de que era una de las habitaciones más bonitas de la casa. Con enormes ventanas que daban vistas al campo, a los jardínes, a las montañas... envidiables. Giró el bronceado picaporte en la madera blanca para abrir la ventana y asomar parte de su cuerpo.
El Sr. Todd bajaba, solo, con su maleta por el caminito de tierra hacia las caballerizas. En otra ocasión quizá hubiera reído por lo bajo al verle tan molesto, divertida con su propia genialidad, mas sabiendo lo que iba a ocurrir, la alegría no tenía lugar en su mente ni en su corazón. Aquella vez sería la última vez que le vería con vida, o una de las últimas casi con total seguridad. Después de la boda se acababa todo.
Hemos pasado tantas cosas juntos... pensó para sí misma. Siempre habían conocido sus destinos. Que estaban condenados a verse morir. Señor, le quería y le odiaba con todo su corazón, pero... aún así...
¿Y Toby? ¿Qué pasará con él?
—¿Margaret?
Sus látidos se dispararon al escuchar la voz del Juez susurrándole al oído. Como un resorte cerró la ventana, haciendo los pulidos cristales vibrar. Tan distraída estaba en sus cavilaciones que sus pasos, siempre quedos, habían quedado enmascarados del todo. La expresión divertida de Turpin se reflejó en la ventana al tiempo que sus manos rodeaban su cintura.
—Veo que has decidido dejar fuera al barbero. Eres cruel.
En su voz no había rastro de recriminación.
—Yo no quería venir —sentenció con seriedad—. Él se ha empeñado.
—Así lo imaginé. Me alegro de haberlo previsto —colocó un suave beso en su cuello—. Intuyo que a ti no te ha satisfacido la idea.
Entre sus algo más ancianos brazos el juez pudo notar el ya no tan delgado cuerpo de la mujer tensarse, notando que no sólo la comida sino también su relación con el barbero le habían hecho bien a su salud los últimos meses.
—Tengo un regalo para ti.
La Sra. Lovett soltó la cortina y se dio la vuelta con el ceño fruncido. ¿Un regalo? ¿Por qué? Pareció leer sus pensamientos.
—Es un libro —aclaró para tranquilizarla.
—¿Un libro? Yo no sé leer. Sabría, si alguien se hubiera molestado en enseñarme. Y el Señor sabe que llevo suplicando toda mi vida, pero no es como si alguien —y en ese alguien había muchas personas implicadas— se hubiera molestado en ello.
El desafío en su voz sólo hizo que la sarcástica sonrisa del buitre se alargara.
—Quizá sea hora de que aprendas. Algo sí sabes, siempre se sabe. El desayuno se sirve a las siete, en las habitaciones.
—El Sr. Todd está en los establos —no pudo evitar anotar antes de que el Juez saliera.
—Algo le llegará, estoy seguro —le guiñó un ojo y se fue.
Se dio la vuelta mordiéndose el labio, insegura. ¿Había hecho bien diciéndole dónde estaba el Sr. Todd? Sentía como si le hubiera traicionado incluso más. Apartó la cortina, rezando por no ver bajar al Juez hacia los establos. En cuanto viera su cana cabellera saldría corriendo a detenerle. Su corazón no paraba ante esta idea. Aguardaría, vigilante, en la ventana. Nunca nadie lo sabría. El Sr. Todd no lo sabría. Y su conciencia estaría más tranquila.
Pero, de nuevo, ¿por qué iba a matarle en los establos? ¿Por qué montar toda aquella escena para matarle así? El Juez no era del tipo asesino, ella lo sabía muy bien. Le había visto cometer atrocidades, tantas como al Sr. Todd. De hecho, había visto a los grandes amores de su vida cometerlas durante toda su vida. Primero su madre, después su padre, el Juez, Lucy, Barker, el Sr. Todd, sus variopintos y ricos prometidos (de los cuáles muchos no recordaba más que el apellido)... El único que parecía salvarse era James Rhydel... o McAllen, o quien quisiera que fuese. Y todavía así parecía arrastrarle hacia la locura poco a poco. Había jugado con él, lo cuál estaba mal. Era cierto que aquel chico le gustaba algo, pero no podía asegurar que le amase.
Pasados diez minutos decidió que el Juez no iba a vengarse en ese momento y que estar ahí parada mirando el camino no iba a cambiar nada. Siendo una mujer de clase media-baja no era su costumbre hospedarse en posadas, menos aún hoteles de aquella calidad. De hecho, no recordaba haberlo hecho nunca. Ya era hora de empezar a disfrutar de las cosas. De todas formas, en unas horas estaré muerta, ¿verdad? Así que hizo lo segundo que más le gustaba hacer en una habitación nueva: Tirarse en la cama.
Sin pensar, pegó un salto y se dejó caer en la suave colcha. Era muy cómoda. Casi podría quedarse dormida y no volver a despertar en días. Sentía cómo sus huesos se relajaban sobre el mullido colchón. Dejó escapar un quejido al notar los afilados bordes de algo clavarse en su espalda. Se arqueó un poco para poder sacarlo.
Era el libro de Turpin. Lo había olvidado. Alzó los brazos para observarlo en la luz. Las letras pequeñas y doradas del título brillaron en un fondo verde botella. Lo bajó un poco hasta tenerlo a la altura de los ojos y lo abrió. No sabía lo que ponía y no tenía dibujos. Suspiró frustrada. El Señor sabe lo que la retorcida mente que le ha dado a ese juez puede haberme dado. Lo cerró y, apoyándose en una mano, se arrastró hacia el cabezal y lo dejó en la mesilla de noche. Observándolo un segundo. Suspiró.
Menuda forma de sellar un pacto de sangre.
Se quitó las alhajas y las amontonó encima de la portada del libro, como siempre que se iba a dormir. Quería esconderlo. Quería olvidarlo todo. Aquellos hombres no habían hecho más que destrozar su vida.
Cuando llegó al anillo en su dedo anular, paró. La sombra de la tristeza pasó una vez más por sus ojos. Era el símbolo de su atadura con el Sr. Todd, el lugar donde se suponía que cuando todo acabara, reposaría el compromiso y la alianza de su matrimonio.
Irónico, pensó, que lo único que me ate a él ahora sea un veneno.
Era de madera, simple y barata, con un pequeño adorno abombado en la parte superior. Tiró de ella con los dedos, haciendo fuerza hasta que sus yemas quedaron blancas. Y entonces, se abrió la cúpula dejando ver un pequeño recipiente con muchas bayas negras. Era el veneno que el Sr. Todd le había dado cuando organizaron su crimen. En caso de que les descubrieran, podía tomárselo para no sufrir dolor. Belladona. Una infusión bastaría para acabar con todo.
Lo cerró y lo dejó en la mesilla, recostándose hacia el lado contrario como si las bayas fueran a salir del anillo para meterse por la fuerza en su garganta. No quería hacerlo, no quería dejar de existir. Todavía no era su hora, tenía que hacer mucho bien para ganarse al menos el purgatorio. Ni siquiera sabía por qué lo había traído consigo. O quizá sí. Quizá una parte de ella sabía que el Sr. Todd jamás llegaría a las cabañas junto al mar. Quizá fuera una prueba para sí misma, esperando no tener que verlo. Quizá... quizá...
No era tonto. La Sra. Lovett y el Sr. Turpin se habían conocido desde jóvenes. No sabía cómo ni cuándo, ni qué relación habían mantenido. En los tiempos de Barker poco le había importado. No había que ser muy inteligente para darse cuenta de que, ahora, ese detalle tan importante era la espada que pendía sobre su cuello y que con total seguridad aguardaba en alguna de las ventanas de la fachada a los establos.
Se giró un momento maleta en mano. No estaba muy lejos, apenas veinte o treinta metros, pero le había dado tiempo suficiente a la Sra. Lovett para llegar a su habitación. El golpe de una ventana le indicó con exactitud dónde se encontraba ésta.
Y, por supuesto, mira quién está detrás. No hacía falta Lucy para señalar lo ovbio.
Apretó los dientes y los puños para contenerse.
Date la vuelta, date la vuelta, ¡maldita sea! ¡Ella no nos importa! ¡No es nada! ¡Ni nadie! ¡Olvídala! Ha sido una herramienta muy importante en nuestra venganza, pero se acabó. Quizá solucionar nuestras necesidades ha sido un problema mayor de lo que esperábamos. Decidió que era mejor seguir sus propios consejos.
La «suite» poseía un catre y un escritorio medio desvencijado. Punto. Ni ventanas, ni flores ni armarios. Era ridículo. ¿Por qué tenía que dormir él ahí? Ella era la puta. Que ella se llevase los dolores de espalda. Estoy seguro de que ha tenido muchos, se comentó a sí mismo.
Dejó la maleta en el viejo colchón y se sentó en él. Tampoco era para tanto. Había dormido en lugares más duros. Ella también, rió para sí mismo asqueado.
Era una sensación desagradable no saber qué demonios estaba pasando con su vida. Las cosas no paraban de dar vueltas y vueltas. Estaba confuso, en realidad. Mareado. ¿Por qué no paraba de saltar de un lado a otro? ¿De una cama a otra? Él, Rhydel, Turpin, él otra vez, Rhydel, él una vez más y ahora Turpin. La Sra. Lovett tenía más esqueletos en el armario que en el sótano.
Madre mía. Si me lo contara todo sería tan fácil.
Y lo peor es que estaba seguro de que no había nada que no supiera ya. Como siempre, las mayores obviedades se le pasaban por alto, y luego ella tenía que recordárselas. Se sorprendía, claro, y se enfadaba. Con ella y con el mundo y con todos los que en él habitaban.
Y, ahora, ¿qué?
Su maleta, sentada junto a él, esperaba a ser abierta. Soltó los enganches. Dentro no había más que un par de pantalones y camisas. Gruñó. ¿Y sus navajas? ¿Dónde estaban? Maldita mujer, gruñó rebuscando en las esquinas. Nada. Tendría que ir a buscarlas. Bufó. No estaba listo para verla. Además, seguro que está con su queridísimo juez. Tengo que darles tiempo para saludarse.
Una sacudida y una rápida pregunta.
—¿Quién es la mujer del Juez?
Se incorporó asustada. El Sr. Todd la observaba apoyado sobre la puerta. Confusa, flexionó las piernas bajo las sábanas para ganar estabilidad al verle y entender dónde estaba.
—¿Perdón...?
—He estado estudiando la casa y los alrededores. Me he encontrado con gente. He hablado con ellos...
—¿Ha hablado con gente? —rió, aunque no pretendía ser maliciosa. Eso no era posible para su dormido cerebro.
—... no me interrumpa. Nadie sabe quién es ella. Usted sí, ¿verdad? Claro que sí —entrecerró los ojos—. Usted lo sabe todo. Usted siempre lo sabe todo. Dígame quién es ella.
Se encogió de hombros y alzó la mano para que le alcanzara la bata. El Sr. Todd cogió la prenda del colgador de la puerta y se la acercó.
—No juegue conmigo, mujer —gruñó apartándola antes de que pudiera cogerla.
—Se enterará cuando deba enterarse —contestó saliendo de la cama, y quitándosela de un tirón.
—Siempre dice lo mismo. Lo sabrá cuando deba saberlo —la imitó lleno de sarcasmo—. Se enterará cuando deba enterarse. ¿¡Y cuándo será eso!? —la Sra. Lovett pegó un respingo—. Porque me estoy volviendo loco aquí, ¿¡sabe!? —añadió dándose en la sien con furia—. ¡Loco! ¡Por su culpa! ¡Deme mis navajas! ¡Sé que las ha traído! ¡Démelas para que pueda matarla! ¡Si no me lo dice a mí, no se lo dirá a nadie más!
La apartó de un empujón para alcanzar las bolsas y empezar a revolverlas.
—No encontrará nada ahí —susurró la Sra. Lovett llena de tristeza, abrazándose con la suave bata blanca que habían dejado para ella en la habitación.
—¿Y dónde están? —con otro súbito cambio de dirección la enganchó por el cuello y contra la pared, la alzó varios centímetros.
—Si me mata —tosió— entonces jamás lo sabrá.
—No me importa —gruñó.
—... el juez habrá ganado...
—No me importa —insistió entre dientes.
Ni siquiera le agarraba las manos con fuerza. Eran caricias. Sus ojos llenos de tristeza le observaban dilatados sobre un fondo color chocolate mientras su tez perdía color segundo a segundo. Sus tirabuzones rojos (que, por el aspecto, acababan de ser bañados con los mejores aceites y perfumes) enmarcaban su cara como ríos de sangre. ¿Por qué no suplica? ¿Por qué no me grita? ¿Por qué no lucha? ¡Quiero que luche! La golpeó contra la pared, aún sin soltarla, y el susto hizo que cerrara los ojos y que una lágrima escapara de sus espesas pestañas. Sus manos todavía reposaban sobre las de él, quietas.
—¡Lucha, maldita sea! —gritó.
Sorprendida, abrió los ojos.
—¿Luchar? ¿Por qué? —su traquea no estaba cerrada del todo. Era una lenta agonía que debía sufrir—. Usted no me ama. No tengo nada por lo que luchar ya.
—¿Y usted qué sabe si la amo o no?
—Ama a Lucy —sentenció, y esa era una verdad que ninguno de los dos podía obviar—. Siempre lo hará —sonrió con pesadez—. Si me amase, habría venido conmigo a Grimsby.
—Es hubiese.
—¿Qué importancia tiene? Si voy a morir... —susurró—. Máteme. Máteme y acabe con esta agonía.
Sus palabras eran tan sinceras que quemaron la piel de su mano y tuvo que soltarla y apartarse. La daga que siempre había llevado en su corazón y que cada vez que pensaba en ella se hendía un poco más en la herida acababa de hundirse hasta el puño.
—¿No es divertido si no me resisto? —preguntó entornando la cabeza tras unos segundos para recuperar el aliento.
—No —contestó con crueldad. Vio como aquella simple respuesta impactaba en su cara como un puñetazo—. La odio —añadió—. Mucho.
—Lo sé, corazón —susurró apartando la mirada—. No se preocupe. Estaré a su lado hasta el final, y luego me apartaré para dejarle vía libre. Todo saldrá bien —hizo su camino hacia el baño. ¡Un baño en un cuarto! ¡Increíble! recordaba haber pensado al descubrirlo.
—No la quiero a mi lado —soltó con dureza—. No sabiendo que acaba de estar con el Juez. ¿El mismo día de su boda? No pensaba que fueras tan zorra, Margaret.
Se quedó clavada en el sitio y se dio la vuelta, incrédula.
—¿Cómo se atreve si quiera a...? —cada palabra alzaba su voz.
Dos suaves toques en la puerta la cortaron a mitad de la frase.
Con un desafiante dedo le hizo callar. Acercándose a la blanca madera, la entornó y sacó la cabeza.
—¿Sí?
—Sra. Lovett —saludó un hombre de mediana edad—. Estamos avisando a los invitados de que la unión entre el Juez y...
—Sí, sí —le cortó a la mitad—. Ahora mismo bajo. Gracias.
—Muy bien, señora —sonrió el hombre antes de irse.
La Sra. Lovett cerró con un golpe y en dos pasos alcanzó una de sus bolsas. El Sr. Todd, que se había retirado a la ventana para observarla, no pudo evitar notar la gracia en sus pasos. Odiaba darse cuenta de los pequeños detalles de alguien que se suponía debía odiar por ocultarle tantas cosas. Sólo se irritaba más.
Dos prendas le golpearon en la cara, sacándole de su ensimismamiento.
—Su traje. Póngaselo.
—¿Perdón?
—Su traje, para la boda. Vamos.
—Si se cree que voy a...
—¿Quiere hacer las cosas bien por una VEZ en su vida? —gritó cogiéndolas del suelo y tirándoselas otra vez—. Si quiere salir bien parado de esta, me hará caso.
Sacó su propio vestido y se metió en el baño, dispuesta a no pensar en nada.
Habían esperado mucho. Varios terribles años llenos de sangre y desgracia, peleas, confusiones y malos entendidos. Las horas habían pasado lentas al tiempo que intentaban resolver sus vidas para así llegar limpios a la hora del juicio final. Éste, ahora, se presentaba frente a ellos como la venganza en la línea final. La puerta de no retorno. Y sus vidas nunca habían sido más complicadas.
Habían ido del brazo, aparentando normalidad. Nadie allí era de su nivel social, por lo que, de haber cotilleos, serían susurros y jamás abandonarían la fiesta. A ninguno de aquellos pomposos seres les interesaba ser el foco de venganzas, por lo que si tenían una relación, a nadie le importaba.
Una parte de ella moría por ver su cara al ver a la futura esposa del honorable Sr. Turpin. Él jamás lo hubiera entendido si se lo hubiera contado. Su mujer, impedida de cuerpo y mente, tan suelta como había sido en sus relaciones toda la vida, ¿desposándose con el némesis de un diabólico barbero vengativo? Impensable. Todas las fibras de su lado más sensato imploraban por echar a correr. Sería un baño de sangre.
Los futuros Sres. Turpin habían elegido una bonita decoración de campo. La ocasión se emplazaría en el centro de un pequeño laberinto de setos altos y verdes, con una gran carpa esperando al otro lado en terreno llano para comenzar con la fiesta. La salida hacia ella, por un vistazo capturado por el ávido ojo de la Sra. Lovett, estaría guiado por una alfombra blanca y lacayos tirando arroz a los novios y a los invitados.
Con sedosas telas blancas colgando de los setos, los cuáles formaban figuras como imponentes caballos o vasijas de piedra, la zona de la boda era un lugar de ensueño. En vez de bancos había caras sillas de madera con ramos de flores blancos colgando de los extremos. En el centro, continuaba aquella maravillosa alfombra de la salida.
Agh, trató de no hacer ninguna mueca. Asqueroso.
Envidia, en realidad, pero nunca se lo admitiría a sí misma.
El novio ya esperaba en el altar, escrutando a sus invitados con frialdad, como un buitre.
Un buitre, de hecho.
—¿Parte del novio o de la novia? —preguntó con sequedad el acomodador.
Y aquí viene el final.
—Novio —contestó con el Sr. Todd.
—Novia —ella había contestado a la vez. Ante la extraña mirada del hombre que la llevaba del brazo, agregó:—. La novia y yo hemos sido siempre muy buenas amigas.
La sangre teñirá de hermosura esas blancas telas.
Aprovechando la confusión de su acompañante escogió un sitio al final del todo, justo en el extremo más escondido para poder escapar antes del final. Tenía cosas más importantes que hacer que quedarse a ver cómo todo su mundo se derrumbaba bajo el peso de sus mentiras.
El Sr. Todd la buscaba con la mirada desde la distancia. Aunque le estaba mirando, no le hacía falta para saberlo. Él siempre quería saber más, como si eso fuera a solucionar las cosas. Aquellos ojos del demonio eran capaces de atrapar a un ave rapaz volando a cien metros sobre el suelo. No tardaron en atraparla una vez más.
Mantuvo su mirada con falsa serenidad. Tenía unos minutos para hacerle entender todo. Una mirada tendría que bastar, si no se había sentado a su lado era por algo. ¿Pero cómo decirle que en su interior sólo quedaban las cenizas de seis años perdidos? Una vida perdida y, pronto, él también.
El tiempo pasó volando y, de repente, la música nupcial anunciaba la llegada de la novia. Se preparó. No hacía falta, lo tenía planeado desde hacía meses. Mas, aún así, respiró hondo y adoptó una posición apropiada. El barbero todavía no apartaba la vista de ella. Mejor. Así podría ver su cara una vez más.
Pétalos blancos volaron seguidos de la espléndida novia la cual, como suponía, capturó todos los ojos al instante. Una extraña sensación fría la invadió. No tardó en reconocerla, pues había convivido con ella desde que había conocido el compromiso de Barker hasta el día en el que éste volvió convertido en un demonio. Soledad. Fría, oscura y desesperante soledad. La historia volvía sobre sus inicios. Margaret ya no era la chica de los ojos de Benjamin.
¿Y quién era la misteriosa mujer? Se debía de estar preguntado. La forma de andar, su tímido cuerpo, el precioso vestido... Parecía una princesa salida de un cuento de hadas. Había quedado encantado por el hechizo, al igual que todos los demás. No podía ver su cara, aún, pero la magia estaba ahí, presente. Siempre había estado. Ese tipo de magia que había hecho que todos los presentes exhalaran casi al unísono en admiración. Esa magia que le había ganado las atenciones de cuantos hombres quisiera, sin importarles siquiera si no eran los únicos en su vida.
Seguida de la novia, una tímida joven a la que ya conocían avanzaba igualmente hermosa, soltando más pétalos a su paso. Habían teñido el pelo de la joven para que fuera más castaño, más liso.
«Pero... ¿por qué?» Se giró confuso hacia la Sra. Lovett, quien había imaginado sus pensamientos. «¿Dónde está?», se debía de estar preguntando, pues ella ya había desaparecido entre la maleza.
Estaba seguro de haberla dejado ahí sentada. La esquina trasera derecha, cerca del seto del caballo levantado, junto a la señora de azul cielo y tras el hombre del sombrero de copa alta, tan alta que era ridícula. Pero estaba vacío. Frunció el ceño. ¿Dónde se había metido? No era una alucinación, de eso estaba seguro. Alcanzó a ver unos vestidos entre la espesura. Me ha dejado solo, comprendió la voz de su atormentado niño Barker interior al tiempo que se giraba hacia el altar, sólo para quedar eclipsado con una terrible y hermosa visión.
Lucy.
El tiempo corría en su contra. Ya no había marcha atrás. Había guardado todo (llevaba guardado semanas). Sólo le quedaba coger el guardapelo.
Maleta, hecho.
Se detuvo un segundo frente al espejo, indecisa. Sus manos rondaron sin guía hacia su pelo, alisado y oscurecido para simular una gran ñó disgustada. Le asqueaba. Por suerte no era permanente. El plan del juez siempre había sido simular un «cambio deimagen», demostrando así lo buen padre que era para su querida niña y la gran libertad que esta tenía.
Muñeca, hecho.
También se había quitado el vestido para no ser reconocida, mas no podía arriesgarse a dejarlo en la habitación, así que lo había metido en la maleta no fuera que más adelante lo necesitara.
Suspiró, pensando en lo bonito que hubiera quedado su pelo cobrizo oscuro sobre la tela negra golondrina del delicado vestido.
Ropa... hecho.
Nadie la pararía, nadie sabría jamás lo que había pasado porque nadie lo averiguaría antes de que pasara. A los ojos de todos, había ido al baño, tanta comida no era buena para el estómago y necesitaba retocarse el maquillaje. ¿Quién iba a preocuparse? Una joven cuya madre vuelve a la vida y se casa con el hombre que tan bien la ha cuidado... es normal que esté emocionada. Unos momentos a solas, habían pensado todos con lástima. Turpin no se preocuparía hasta el día siguiente. Su madre, borracha, ni la reconocería a plena vista. Su infierno terminaba por segundos. Y, si debía defenderse...
Otra mano inconsciente se deslizó hacia su escote.
Navaja, hecho.
Contó hasta tres, nerviosa, y respiró hondo. Lo único que la separaba de la libertad eran cinco pasos hasta la puerta. Tomó uno, y luego otro. Se detuvo, una sonrisa traviesa asomando en su cara. Girar el picaporte, era todo.
¿Me atrevo? se preguntó nerviosa, mordiéndose el labio inferior. Esto... es algo muy importante. Y posiblemente peligroso... No sé si seré capaz...
Claro que soy capaz.
Y con un chillido de emoción se precipitó sobre la puerta. La abrió y paró en seco, no debía olvidar no hacer ruido. Cerró con cuidado y se giró, golpeándose con algo que se apartó.
—Johanna.
—¡Sólo iba al baño! —su voz alcanzó el pico de una ardilla cuando todavía no había visto la cara de la víctima—. Oh... —suspiró, aliviada, al darse la vuelta—. Eres tú.
Maleta, hecho. Adiós, infierno. Hola, libertad.
El sacramento había transcurrido frente a sus ojos sin que se diera cuenta, opacado por la terrible visión frente a él. No, no una visión. Una realidad.
Lucy... está viva. Ella... siempre ha estadoviva. Y... la Sra. Lovett... Margaret... No, Lovett. Esa bruja... ¡lo sabía! ¡Siempre lo supo! ¿Amiga de la novia? ¿Qué amiga permitiría esto? ¡Esta... aberración! ¡Lucy! Has mirado a los invitados, ¿por qué no me has reconocido? ¿Por qué?
Moría por gritar, pero su mente había quedado eclipasada por las tersas palabras de su amor: «Sí, quiero», y su voz silenciada en los aplausos posteriores.
No se había levantado. No había aplaudido. El peso de la verdad era demasiado grande para sus débiles músculos humanos. Turpin no la había forzado. Ella había aceptado gustosa.
Lucy... ¿le ama? Pero... ¿cómo?
De pronto notó que se quedaba atrás. Los novios habían firmado los certificados de matrimonio y desaparecían entre los setos seguidos por todos los invitados y varios lacayos. No tenía fuerzas para seguirles.
Pronto, el centro del laberinto se convirtió en un remanso de paz donde sólo estaba él.
Estaba confuso. Johanna, Lucy, Turpin... ¿siquiera alguna vez había sabido el primer nombre de ese hombre? ¿Cómo podía alguien que apenas conocía causar tanto daño?
De repente todo cobraba sentido, y después volvía a dar vueltas, confundiéndole, para más tarde volver a encajar las piezas. Y las cosas se iban y venían, giraba y doblaban, y sentían y perdían. La Sra. Lovett, ella... lo había sabido todo aquel tiempo. Era como la gran titiritera que maneja a los muñecos. Ella había sabido siempre todo, había tenido cada pieza de información en su poder. Si le hubiera enseñado a escribir tal vez lo hubiera descubierto antes ya que, siendo como era, lo más probable es que lo habría dejado escrito en alguna parte.
Maldita sea.
Gruñó. Y bufó. Y dio una patada a las sillas frente a él. Protección, había sido su palabra. Protegerle. ¿Necesitaba ser protegido? ¿De qué? ¿De la confusión?
—No, del dolor —la Lucy de sus sueños se había sentado junto a él buscando, por una vez, aclarar sus ideas—. Esa mujer ha pasado años bajo amenaza de muerte sin contarte nada, presa de sus propias mentiras y tramas. Y todavía no lo sabes todo, corazón. Sólo ves lo que ella deja que veas. Turpin es tu enemigo, pero es ella la que sabe cómo se manejan los hilos. Siempre que has estado a su lado has prosperado en tu cruzada. Ella podría haberte detenido, ¿no crees? Margaret te ha ayudado. No te lo ha contado todo, mas mientras estés bajo su ala, no tendrás nada que temer. Tú sabes lo que es guardar un secreto, mantener toda la rabia y el odio y el dolor en tu corazón como único modo de salir adelante. ¿Sabes algo de esta mujer? ¿Ella, que ha estado seis años a tu lado, ayudándote, sabiendo que la más mínima pieza de información podría dar con sus huesos en un horno? ¿Hubieras soportado saber que mi alter-ego, la versión real de mí, iba a casarse con tu mayor enemigo? Aquel que destrozó tu familia... tu vida...
—No —se admitió.
—No, claro que no. Y lo peor es que no conoces a la única que podría haberte ayudado. Jamás sabrás lo que ella ha pasado. Te ha dejado solo porque no has podido admitir que la querías. Porque has jugado con ella y la has golpeado como a un saco de boxeo desde el día en el que os reencontrasteis, ¡y a ella no le ha importado! ¡Jamás le ha importado que no la amaras como a mí, o que no pudieras comprender cada movimiento de sus cejas! Si tienes algo de honor, Sweeney Todd, más te vale ir a buscarla, porque jamás tendrás una oportunidad como esta para salir adelante. Búscala o quédate a morir.
Los setos pasaban raudos y veloces a sus lados. Una salida de aquel maldito laberinto era imposible de encontrar, y en eso sus alucinaciones poco podían ayudarle.
En su cabeza una sola palabra; Margaret.
Margaret, Margaret, Margaret.
Decidió volver al centro y seguir la alfombra hacia la salida. No debería haberlo hecho.
—Sr. Todd —sonrió el viejo juez al encontrarselo de pronto—. ¿No nos acompaña en el combite? —su esplendorosa sonrisa triunfante le dio ganas de pegarle un puñetazo.
—Me temo que no —entrecerrró los ojos y enseñó los dientes, sabiendo que con tanta gente cerca no podía hacerle nada—. Tengo otros asuntos que entender, y no quisiera molestar a la novia.
—Oh, pero no creo que fuera a hacerlo, Sr. Todd. Estoy seguro de que mi encantadora esposa adoraría conocerle.
—Quizá.
—Sí, quizá —sonrió.
—De todas formas, he venido sólo por el evento. La Sra. Lovett y yo teníamos planes de antemano y no creo que deban ser ignorados —alzó la barbilla, comprobando satisfecho que sus palabras irritaban a su interlocutor.
—No, no deben.
—Felicidades, Sr. Turpin. Espero que sean muy, muy felices —sus ojos se fueron tornando hasta alcanzar aquella terrible mirada vengadora.
El juez tragó hondo, mas mantuvo la compostura.
—Gracias.
—De nada.
Pasó por su lado con un golpe rival en el hombro sintiéndose vencedor. Una victoria agria, todo fuera dicho, mas una victoria. No sabía por qué, pero aquella maldita panadera siempre tenía razón.
Ya había estado de antemano en los dormitorios de la Sra. Lovett, así que no fue un problema encontrarlos. Los pasillos, vacíos, parecían alinearse en su mente para facilitarle la carrera. Sólo le quedaban unos angustiosos pasos.
Paró en seco.
La puerta estaba entreabierta.
—¿Sra. Lovett? —preguntó poco convencido, entornándola y asomándose al interior.
La habitación estaba vacía. La ventana, abierta. La cama, deshecha, como si hubieran hecho las bolsas a todo correr. Y, encima de una de las mesillas, un papel.
¿Un papel?
Se acercó y se sentó en la cama. No tenía sentido correr; ella se había ido, le había dejado. Estaba muy cansado. Respirando con dificultad y sintiendo densas gotas de sudor correr por su espalda, se acomodó en el mullido colchón y observó la pequeña nota. Al tomarla, notó que las letras eran irregulares y torpes, llenas de faltas de ortografía. Algunas no se podían entender debido al efecto de las lágrimas sobre la tinta.
Respiró hondo.
Amado Sr. Todd:
A estas alturas ya conocerá la terrible verdad que llevo ocultándole tanto tiempo. Sólo debe saber que ella ama al juez y que apenas recuerda nada del pasado. Para ella, usted y yo hemos muerto, y su hija siempre ha estado esperándole. Maximilian Turpin Jr. cuidó de ella y se aseguró de que tuviera lo mejor. Es una mujer inestable ahora, y no creo que él vaya a hacerla ningún daño mayor.
No sé si llegará a leer esta nota. Quizá otro lo haga. Espero que se la hagan llegar de ser así.
Respecto a nosotros, lo mejor es que nos separemos ahora. He estado muchísimo tiempo esperándole, pero yo ya no puedo más. No puedo soportar pensar lo que está a punto de hacer, mucho menos verlo. Nos veremos allá donde sea que nos corresponda.
Siempre suya,
Margaret.
Respiró hondo una vez más, esperando que lo que caía por su mejilla fuera sudor y no lágrimas.
Al ir a dejar la nota en su sitio descubrió que bajo ella había estado todo el tiempo un anillo de madera.
¿Abierto?
Lo tomó entre sus dedos índice y pulgar y olió su contenido.
Belladona.
Se levantó de un salto.
¿Se había envenenado? ¿A eso se refería? Nos veremos allá donde sea que nos corresponda. ¿Se refería a después de la muerte? No podía estar muy lejos, el veneno actuaba en cuestión de minutos. Su primer instinto fue mirar en el baño y en el armario (del tamaño de un baño también), pero estaban vacíos. ¿Dónde podía haber ido?
La ventana abierta dejó entrar una pequeña brisa que movió las traslucidas cortinas de tela. Un brillo rojo captó su atención. Se asomó.
—¡Margaret! —gritó al verla caminando ladera abajo, tambaleándose.
Por favor, que no sea demasiado tarde. Por favor, que no sea demasiado tarde. Por favor, por favor.
Cuando alcanzó el jardín trasero, lejos de miradas indiscretas, la Sra. Lovett se caía en el horizonte.
Por favor, por favor, por favor, por favor, por favor.
—Margaret, Margaret, Margaret —llamó desesperado cayendo de rodillas a su lado.
Margaret Eleanor Lovett yacía entre la hierba con el vestido de la boda desparramado a su alrededor. Su cuerpo, salpicado con sus bucles rojizos, tenía violentos espasmos.
Su cerebro, poco a poco, se estaba apagando.
—Margaret, no es demasiado tarde. Dime, ¿cuánto has tomado? —susurró girándola para poder verla mejor.
Estaba a medio camino de abrirle la boca para meterle los dedos en la garganta y así hacer que vomitara (la única forma de poder contrarrestar el veneno), cuando se dio cuenta de que no era Margaret.
Sino la recepcionista. Y estaba muy despierta.
—¡Tú! —ladró apartándola de un empujón.
—L-lo siento, Sr. Todd —se sentó asustada la mujer, con la peluca cayéndosele hacia un costado—. La... La Sra. Lovett me pagó muy bien. Me dijo que si le veía ir a su habitación me vistiera con sus ropas y...
—¡Cállese! —bramó agarrándola por el cuello—. Dígame ahora mismo dónde está. ¡Dígamelo o le juro que partiré su cuello en dos como si fuera mantequilla!
—No lo sé —sollozó—. Me pidió que le deseara suerte, que ella se iba muy lejos. No sé más. Se lo juro. Déjeme ir, por favor. Por favor.
