Por una vez en su vida, no eran fantasmas o visiones lo que le atormentaban, sino recuerdos que, por mucho que lo lamentara, sí habían tenido lugar.

Siempre había sido una posibilidad. Habían sabido que, llegado el momento, alguno de los dos podría tener que presenciar la muerte del otro, cuál fuera la ocasión o la forma no importaba. Desde luego, nunca había pensado que a él fuera a importarle lo más mínimo, en parte porque había supuesto que, de morir alguien, sería él. Sí, la Sra. Lovett – Margaret – era su amiga, siempre lo había sido, mas con el paso de los años se había convertido en un maniquí que siempre había estado ahí para colgar aparte y soportar sus problemas. Como los percheros, uno deja sus sombreros y gabardinas sobre él, pero no tiene ninguna preocupación por el peso que éste tiene que soportar. Y, si se rompe, la solución es sencilla: comprar otro. El problema es que no había notado cuánto le importaba ese perchero hasta que su madera, trabajada y quebrada, había dado de sí originando una ruptura insalvable.

Una de las pequeñas cedió ante su propio peso. Sus patitas de oscuro hierro se doblaron y perdieron su fuerza. Cayó al vacío y sus alas de oscuro cristal azul se esparcieron por el siniestro suelo, salpicando los pétalos de una rosa terrible.

Había decidido partir nada más descubrir el truco de la Sra. Lovett. En parte enfadado, en parte aliviado y confuso, había recogido sus cosas del establo y se había encaminado hacia el pueblo; ya no quedaba ningún cochero frente a la recepción del hotel.

Ni siquiera había sido consciente de pagar al conductor, la única imagen nublando su mente era la falsa Sra. Lovett arrastrándose por el césped, medio muerta. Al final había resultado ser la recepcionista.

Ocupó un carruaje con viejos y roídos cueros, tan desgastados que el bermellón se había desvanecido casi por completo. No pudo evitar recordar vagamente el color del pelo de la Sra. Lovett puesto que su mente aún seguía enfrascada en aquellas turbias memorias.

—Londres, Fleet Street —fue su corta dirección.


Era una fría mañana a mediados de Octubre. Los colores del verano se habían desvanecido con el paso del tiempo, dejando a los colores tristes tomar posesión del reflejo en las piedras de los edificios. Escondido detrás de su periódico, Rhydel no podía evitar pensar que, de haber estado Margaret ahí, la calle hubiera sido mucho más alegre.

La gente iba y venía de Strand a Fleet Street. No era algo extraño; estando las cortes tan cerca los abogados se veían obligados a correr por aquella vena de la ciudad. También era muy normal ver a gente sentada o apoyada contra los muros, leyendo o comiendo empanadas que, casi con total seguridad, había preparado la Sra. Lovett.

Ahora que ella no estaba, sólo quedaban los lectores.

Suspiró y pasó la hoja tratando de disimular. ¿Quién le mandaría aceptar una investigación en esa calle? Eran ganas de torturarse a uno mismo. Había pasado casi un mes desde la discusión en casa del Sr. Todd y todavía le daban ganas de vomitar cada vez que se acordaba. No podía superarlo. No podía superarla.

Que me maldiga el Señor si no me acuerdo de ella todos los días, se apretó el puente de la nariz como silenciosa reprimenda.

Ellos... eran unos asesinos. Y le daba igual. ¿Dónde estaba su moral? Quería ver a ese demonio entre rejas, por supuesto. O mejor aún, colgando al otro extremo de una soga. Pero no a ella. No le importaba si había colaborado, si había desmembrado miles de cuerpos, sacado sus órganos con el único objetivo de...

Para. Rechinó los dientes. Para.

Respiró hondo, tratando de alejar las nauseas.

Y eso no era lo peor. ¿Cuántas veces había imaginado lo que había pasado entre asesinato y asesinato? Dos personas tan... morbosas, tan retorcidas. A saber si no se habían bañado en aquella sangre mientras...

En serio, para.

Al menos se había dado por contento al ver al Sr. Todd volver solo. Por un momento había temido que hubiese matado a la panadera, pero al ver su profunda cara de desolación comprendio que aquella no era la mirada de un asesino, sino la de un hombre desolado.

Eso le daba un rallito de esperanza.

Además, había algo excitante en reformar a una asesina. ¿Habría matado ella a alguien? ¿Alguna vez?

Concéntrate.

Bell Yard, le he dicho. ¡Bell. Yard! ¿Tan difícil es de comprender?

A veces soñaba oír su voz.

—No pienso moverme de aquí, señora. Usted me ha pagado y es aquí donde termina el viaje por ese dinero.

—¡Son unos metros, maldita sea!

Un momento, eso no es un sueño.

Asomándose por el borde superior del periódico vislumbró un carruaje. Desde su ventana, una airada Sra. Lovett discutía con un incompetente cochero que la ignoraba por completo.

—Dios mío —la escuchó bufar irritada.

La mujer bajó del coche con malos humos y cerró de un veces la había visto tan bonita y macabra a la vez. Hacía tanto tiempo que no la veía que había olvidado cómo era su figura, en parte. Aunque notaba una peligrosa delgadez. ¿Qué habría pasado? Decidió acercarse a saludar.

La Sra. Lovett se alzaba de puntillas sobre una pequeña piedra que no había sido víctima del barro, tratando de alcanzar una bolsa en el tejado del carruaje. El cochero ni siquiera se había dado la vuelta para alcanzársela.

Bastardo, pensó para sí mismo, parado a unos pasos de ella.

Avanzó por el lado y se la alcanzó.

—¿Pero qué...? —se dio la vuelta con una fiera mirada.

Reconocerle hizo que su humor se calmara un poco.

—Gracias —fue su escueto agradecimiento.

Levantando la falda del vestido se subió a la acera y echó a caminar en dirección a Bell Yard sin mirar atrás.

—Espere —exclamó siguiéndola.

No fue muy difícil alcanzarla y, en cuanto lo hizo, le quitó la bolsa de las manos.

—Deje que le lleve esto —sonrió con timidez.

Ella le miró con la misma seria expresión. Sólo asintió.

Continuaron en silencio hasta la esquina de Bell Yard.

—¿No quiere saber qué me trae por aquí? —intentó empezar una conversación. Ella se encogió de hombros—. Un chico me ha pedido que averigüe si su novia le está siendo infiel. Es la hija de los Cornwell. Parece que viven por aquí.

—Al final de la calle, a la derecha —contestó—. Es una chica rubia con pecas. No creo que le sea difícil encontrarla, Sr. McAllen —había tanta apatía en su voz como seriedad en su rostro. Ni siquiera se había parado.

—Eh, ¿se encuentra bien? —preguntó preocupado, obligándola a detenerse y mirarle—. Vi al Sr. Todd llegar unos días atrás. Parecía... atormentado.

Los ojos de la Sra. Lovett reflejaron el pánico de un condenado a muerte y su cuerpo se tensó casi al mismo tiempo.

—... ¿atormentado?

—Desolado, sería quizá un adjetivo mejor.

—Oh —se relajó un poco. Hizo el ademán de retomar su camino, mas vaciló en el último segundo y volvió a girarse—. No le diga que he vuelto. No estaré mucho tiempo aquí —ni siquiera podía mirarle a los ojos. Nerviosa, se humedeció los labios. Estaba siendo tan injusta con él.

—¿Qué ha ocurrido?

—No es de su incumbencia —le cogió la bolsa de las manos.

—Pero puedo ayudar.

—Creí haberle dicho que no quería saber nada de usted —una acertada y corta mirada de advertencia fue suficiente para hacerle retroceder un paso.

—Sra. Lovett —y se cuidó mucho de decir su nombre formal—, creí haber esclarecido que no me importa. Siempre estaré aquí. Para usted. Para lo que necesite. Si han discutido... o si tiene algún problema... mi oferta sigue en pie.

Aguardó unos segundos para dilucidar si los ojos suspicaces de la mujer auguraban un buen final para su cuello. Después de la escena en la casa del barbero...

— ¿A dónde se va? ¿Es para siempre? —se atrevió a preguntar.

—Sí, eso espero. Sí.

Volvió a desviarse de su faz, esta vez hacia el final de la calle. Conociendo al Sr. Todd estaría espiando su casa las veinticuatro horas del día.

—¿Puedo acompañarla? —preguntó amistosamente. Estaba tan inquieta que veía sus rizos botar.

—¿Perdón? —soltó una carcajada, sorprendida fuera de guardia.

—Tengo dinero, y no tengo problema en empezar de cero en otra parte.

—Usted sabe que yo no...

No me importa, siempre que podamos ser amigos.

La Sra. Lovett retrocedió un paso, dudando. La uña de su dedo índice chocaba con sus dientes de forma inconsciente, como si fuera a ayudar en el dilema que tenía delante.

Quizá no sea tan mala idea después de todo...

—Está bien —suspiró al fin, tratando de recomponer sus formas. Las manos quitas a la altura de la cintura, se recordó—. He convivido con un asesino, ¿qué tan terrible puede ser hacerlo con un detective? Pasado mañana, aquí. A mediodía. Estaré cargando un coche con los muebles que quiera llevarme y el equipaje. ¿Va a traer mucho usted? ¿Sabe qué? No me importa. Puedo alquilar otro carruaje si hace falta.

—Apenas tengo una maleta, señora —sonrió emocionado.

No le importaba en absoluto que su bonita cara tuviera el rictus de un muerto mientras pudiera ir con ella a donde fuera que quisiera irse. Lejos del barbero y la sangre en sus manos.

Las palabras «muerto», «barbero» y «sangre» fueron suficiente para ganarle un par de retortijones.


Para ser una ciudad con tanta facilidad para la lluvia, 1802 estaba siendo un año muy seco. La gente aprovechaba el buen tiempo, aunque no por ello menos nublado, para hacer compras de última hora y pasar el tiempo con la familia. Verlos a través de las ventanas de la trastienda-salón hacía que se le retorcieran los sesos en ira y agonía. Caminaban en parejas, con sus niños, con sus mayores, ajenos a todo el mal del mundo, a la marcha de la Sra. Lovett, a todos los que conspiraban por hacer su vida un infierno. Ajenos a su dolor, como si pudiera pasarles nada malo a ellos.

Es simplemente asqueroso,gruñó alejándose de la luz.

Había esperado. Había esperado muchos días. Le había dado una oportunidad para volver, y otra, y otra y otra. Había visitado su casa esperando encontrarla, pero por allí no había aparecido. Y esta vez tenía métodos para comprobarlo, así que podía estar seguro de la realidad. Esto no impedía que su cordura trotara lejos de la realidad a cada minuto.

Y ella no vuelve. ¡Es que no vuelve!,gritaba en su cabeza mientras daba vueltas por la barbería como un tigre enjaulado. El tempo de sus pasos iba marcado con los clicks de su navaja al abrirse y cerrarse.

Tiene que volver, ¿verdad? Tiene que volver. Es ella, tiene que volver. Ella no me ha fallado, siempre ha estado ahí. ¿Cómo no iba a estarlo ahora? TIENE que volver. DEBE hacerlo. ¡Quiero a la Sra. Lovett de vuelta! ¡A Sra. Lovett de vuelta! ¡No la de ese detectivucho! O la mataré. No, no la mataré. No, ¡sí que lo haré! ¡Qué cruel es esa mujer! ¡Maldita diabla! ¿¡Es que no se da cuenta de que no sé dónde está!? ¿¡Cómo voy a matarla así!? Además, ¿a dónde va a ir sin dinero ni ropa? Ropa llevaba, sí, pero las joyas siguen aquí. Va a necesitarlas si quiere irse. ¿Dónde las escondió? No sé dónde las escondió. Las cambió de sitio. ¿Dónde están? Me da igual. ¡MALDITA SEA, DÓNDE ESTÁ!

Sus pensamientos habían logrado por fin ser monotemáticos cuando estaban a solas con su dueño. Día tras día, cinco, siendo exactos, sufriendo aquella agonía. Su mente no podía descansar. Afeitaba, trabajaba, pero no mataba a nadie y eso también estaba pudiendo con sus nervios. ¿Pero a quién iba a matar si ya no había Juez del que vengarse? Ese tema lo había dejado para otro momento; cuando la Sra. Lovett estuviera en casa ya tendría tiempo de discutirlo. De todas formas, ella tenía las claves a ese asunto. De momento no podía hacer nada en ese frente.

Y, aunque por suerte su fama había hecho de cojín para su comportamiento errático, empezaba a afectar a su salud. Apenas dormía o se alimentaba, y si se lavaba era por exigencias del oficio. Ni siquiera luchaba ya contra las alucinaciones. De hecho, incluso las buscaba, pero éstas no acudían a salvarle. Había conseguido escuchar voces en la lejanía, eso era algo.

Empezaba a volverse loco de verdad.

—Maldita sea —gruñó por lo bajo al tiempo que retiraba su vieja chaqueta del perchero y enfilaba las escaleras.

Tenía que comprobar de nuevo las ventanas de la Sra. Lovett, asegurarse de que todo estaba en orden. Quizá haya vuelto. Seguro que ha vuelto, se dijo a sí mismo aun sabiendo que se mentía.

Recorrió los sesenta metros a un paso tan apretado que los transeúntes se apartaban para no ser atropellados. Los sollozos de una niña pequeña al caerse al barro por su culpa apenas rozaron sus oídos. ¿Qué le importaban los insectos cuando el gran premio estaba tan sólo a la vuelta de la esquina?

No creyó a sus ojos cuando vio la ventana entreabierta en el piso susperior. Tras varios intentos para discernir una alucinación, no cedió ante la evidencia hasta que no se metió un dedo en el ojo, con disimulo para no llamar la atención.

—Maldita sea —volvió a bufar quitándose el guante de cuero. Solía olvidársele lo que escocía una mota de polvo en el ojo.

Se frotó los ojos maldiciéndose también a sí mismo. Picaba. Por varias razones.

El alivio de una pequeña voz llegó a su cabeza: ¿No ibas a matarla? ¿Dónde están tus navajas?

—No, todavía no. Ya hemos superado ese plan —sonrió para sí mismo.

Una vez susperadas la incredulidad y las lágrimas, fue capaz de reunir el valor suficiente para entrar en la casa. Ni siquiera se paró a llamar, irrumpió como si le fuera la vida en ello. En parte, le iba.

Además, la Sra. Lovett cerró con llave el sótano para no dejarme entrar. Lo tenía todo planeado, la muy maldita...

No se molestó en ser cuidadoso. Ya se había fijado en que pocos muebles estaba destapados; lo más seguro es que no se quedara mucho tiempo. Conociéndola, si no estaba saliendo ya por la puerta rumbo al Señor sabía dónde era un milagro. Uno de esos en los que ella tanto creía antes de entregarse al alcohol.

Se sentía como un cazador en busca de un cervatillo que lleva cazando durante semanas, pisando cada tablón contra ladrones para asegurarse de que su presa supiera que estaba llegando.

Subió las escaleras. La única puerta abierta del pasillo estaba al fondo. Un nudo se instaló en su estómago al pasar por sus ojos todas las malas memorias que había encontrado allí. En especial la del Juez.

Tragó hondo y avanzó. No había escapatoria, ni para ella ni para él. Iba a solucionarlo todo en aquel mismo momento. Lucy, el Juez, Johanna (a la que no había podido volver a ver), y todo lo demás.

La luz del tímido sol le cegó por un segundo al colocarse él en el umbral.

Una esbelta figura yacía de lado sobre la colcha. A contraluz, lo único que podía discernir de aquella persona eran los rojizos rizos de la Sra. Lovett y un largo y abrigado vestido negro, tan impropio de ella. Un lazo negro adornaba su pelo.

Temiéndose lo peor se pasó la mano por su grasiento y descuidado pelo, nervioso. No podía estar muerta, ¿o sí? ¿Quizá era una alucinación?

Barajó la opción de volver a meterse el dedo en el ojo, mas la descartó por absurda. No era una visión, ella estaba allí.

Se acercó con lentitud, midiendo sus pasos para retrasar cuanto pudiera el encuentro final. Apoyó una rodilla en la cama y adelantó un brazo para tocar su hombro, esperando poder girarla y ver su cara. Quizá sólo estuviera dormida.


—Sr. Todd —jadeó al verle.

Le había oído llegar, ¿cómo no hacerlo? Era un maldito elefante por su casa.

Había esperado al momento oportuno. Pensándole un ladrón, había adoptado una postura tumbada hacia la ventana y una mano bajo la almohada para aparentar estar dormida. Era una mujer sola en una casa de dos pisos; había tenido que desarrollar pequeños planes de defensa en caso de que ocurriera lo peor.

Sólo su férreo control de sí misma había impedido que le metiera una bala entre los ojos al girarse con la pistola que siempre descansaba bajo la almohada.

Asintió a modo de saludo, sobresaltado por la súbita reacción de su cómplice. Se apartó un poco para dejarla espacio. Ya no estaba seguro de nada, ni de su relación ni de si debía odiarla o quererla o... pero tenía la certeza de que, si obligada, no dudaría en dispararle.

La Sra. Lovett bajó la pistola con lentitud, manteniéndola cerca por si acaso. Se sentía más segura con ella cerca. Por muy rápido que fuese con las navajas, ni siquiera él podía batir a una bala. Era una de las pocas cartas blancas que le quedaban para escapar con vida.

Pasaron unos tensos minutos mirándose a los ojos, ambos asustados, estudiándose al uno al otro en busca de una señal de peligro. Ninguno de los dos podía evitar preguntarse dónde había quedado la confianza. Incluso después de todas las mentiras de la panadera algo había quedado, siempre. Era la única forma de que pudieran continuar con su sangriento negocio.

¿Cómo hemos podido llegar a esta situación?

No había dudado que fuera a aparecer tarde o temprano por su casa. Al fin y al cabo era Sweeney Todd; un barbero loco, diabólico y temerario. Tan temerario como para acudir a la boda del único señor capaz de destrozar su vida desde la raíz. Y éste lo había hecho, otra vez.

Lo que no sabía era cómo iba a reaccionar. Tampoco sabía cómo reaccionar ella. Estaba tan cansada... de las mentiras, del odio, de ocultar cosas, de hacerle y hacerse daño. Era una persona a la que siempre había apreciado, más allá de cualquier sentimiento ilícito. Y ahora apenas podían mirarse a la cara sin dudar el uno del otro.

Al fin se decantó por la mostrar la misma apatía que James Rhydel había presenciado en la mañana, la de aquellos días de su lenta existencia.

—Escúpalo —demandó con voz queda, levantándose de la incómoda posición que había adquirido para enfrentarle.

El Sr. Todd notó, mientras la pastelera caminaba hacia la cómoda frente al lecho, cómo la pistola nunca abandonaba su mano, balanceándose con una extraña y mortífera elegancia.

—¿El qué? —inquirió desconcertado, jamás dándole la espalda.

—Es obvio que ha venido a resolver sus dudas y yo no tengo todo el día, Todd. Estoy esperando a alguien, así que dese prisa. Probablemente esta sea su única oportunidad, así que aprovéchela.

El barbero respiró hondo y se sentó en la cama de una forma más apropiada. Ahora no podía verla, ya que él estaba sentado hacia el lado de la puerta, pero sabía que estaba llí.

¿Todd? ¿Desde cuándo...? ¿Por qué...? Suena casi a... desdén. Ella no...

Era cierto que tenía preguntas. Muchas. Cientos, miles. Miles de cientos, mas algo había estado rondando su mente con mucha más impetuosidad que las demás. Estaba seguro de que le resultaría extraño y de que la pillaría por sorpresa. Por una vez, Lucy no era la que existía de todas sus palabras. De hecho, ahora sabía que existía mucho más allá de ellas.

—¿Cómo sabía los efectos del veneno? —había perdido los ojos sobre la madera del suelo.

—¿La belladona?

Pudo escuchar una pequeña y sarcástica risa y el sonido metalizado del arma al caer sobre la superficie del bajo armario. La ventana alta entre éste y su tocador, la famosa «ventana del callejón», fue abierta con lentitud y las bisagras chirriaron.

—Hay tantas cosas que no sabe de mí... —suspiró apoyándo el codo en el alzado alféizar.

—Lo sé —contestó con sequedad—. ¿Va a contestar?

—No, no hay necesidad.

Pasaron otros minutos. Era la agitada respiración de la Sra. Lovett lo único que rompía la monotonía del silencio.

Suspiró. No sabía cómo empezar a hablar de las cosas. Sentía una presión en el pecho, un extraño bloqueo que antes siempre había sido autoimpuesto. Sabía que era miedo, mas jamás había experimentado uno tan fuerte como para no poder reaccionar.

Él observaba sus movimientos todavía sentado, confuso. ¿No le había pedido que preguntara? ¿Por qué no respondía? ¿No llevaba años clamando cuánto desearía poder contarle todo? Y él lo había aceptado. La había forzado a hablar en un par de ocasiones, era cierto, mas nunca había ido más allá. Había confiado su vida a ella.

¿Por qué confiamos en ella?

—Creo que me debe varias explicaciones.

Se había ido acercando poco a poco.

Estaba seguro de que era la primera vez en mucho tiempo que hablaban como personas normales y no como asesinos en serie. Quizá no tuvieran fuerza para seguir peleando.

¿Es que se ha rendido? ¿Después de todo lo que me ha hecho? Después de todo lo que ella ha hecho. Por mí, por nosotros.

—Sí —admitió dándose la vuelta con un cigarrillo en la mano. Al verle tan cerca pegó un respingo, pero le esquivó con facilidad—. Es cierto. Y se las daré...

—... ¿a su debido tiempo?

La Sra. Lovett creyó ver el fantasma de Benjamin tras la pequeña sonrisa que se colgó de sus labios cuando terminó la frase. Estuvo a punto de rendirse y darse por vencida.

Pero no podía.

Cogió una cerilla y encendió el cigarrillo. Dio un par de caladas.

Se apoyó en el escritorio del tocador y respiró hondo, tranquilizándose poco a poco.

—No fume —pidió entristecido. No le respondió, así que trató de llamar su atención poniéndole la mano en el hombro como ella solía hacer con él.

Ella se la sacudió.

—¿Por qué?

—Es un vicio horrendo, se lo he dicho muchas veces —suspiró cansado.

—Usted también fuma —apuntó dando la calada más larga que pudo con el propósito de molestarle.

Tomó sus brazos y la obligó a girarse.

—Precisamente por eso sé lo que es —contestó perforándola con la mirada.

—Si no quiere nada más, ya sabe dónde está la puerta —gruñó a la defensiva y se apartó.

Chocó con el escritorio y ahogó un pequeño grito de sorpresa.

—¿Va a contarme la verdad? —su tono era casi suplicante.

—Claro —y ahora su otra mano estaba emplazada con mucho cuidado sobre la cómoda, asegurándose siempre de ser la primera en alcanzar el arma de ser necesario. Pero era sincera.

Se le escapaban las lágrimas de la confusión que sentía. Y no era un hombre con facilidad para admitir sus debilidades, pero es que ya no podía soportarlo más. Había aguantado durante tanto tiempo el rencor en sus entrañas que ahora que no tenía razones para seguir adelante todo comenzaba a diluirse en el vacío. Y eso le hería en lo más profundo de un corazón que creía muerto.

Se sentía perdido.

Estaba perdido. Lo único a lo que podía aferrarse ahora era la Sra. Lovett, pero ella había decidido darle la espalda.

¿Y podía culparla?

—... no entiendo... tantas cosas... —fue capaz de susurrar.

Mantente, Eleanor. Nada de lo que haga va a cambiar lo que ya ha hecho. Nada.

—Por supuesto que no —suspiró apagando el cigarro en el alféizar. Con la colilla entre el índice y el pulgar, ésta salió volando por la ventana—. Sólo es un pobre ignorante.

Un maullido se alzó desde la oscuridad.

—¿Perdón?

—Lucy —rió sin prestarle atención—. La adorable Lucy. Esa puta barata.

—Sra. Lovett... —ladró.

—No miento —sonrió—. Incluso casada con Benjamin Barker era incapaz de mantener las bragas entre las piernas. Escúcheme bien —le dolía tanto como deseaba decírselo—. Su Lucy —y avanzó un trecho hacia él apuntándole con el dedo— no era —un paso más— tan pura como se piensa.

—Lo sé.

Se congeló a medio camino.

—¿Qué?

Sus pupilas se contrajeron creando un extraño efecto con sus párpados, los cuales se habían abierto hasta parecer platos de porcelana.

Frunció el ceño. ¿A qué venía tanta sorpresa? ¿Ése era todo el misterio? ¿Había acarreado tanto para contarle algo que ya sabía? Nunca dijo que Lucy le fuera leal siempre, sólo que tenían una relación sincera.

—Lucinda cometió adulterio en multitud de ocasiones —explicó con calma—. Éramos sinceros el uno con el otro...

—¿Sinceros? ¿¡Sinceros!? —estaba tan fuera de sí que parecía que iban a salírsele los ojos.

—Cálmese —pidió volviendo a cogerle los antebrazos. Ella, también, se apartó de nuevo.

—¿Calmarme? ¡C-calmarme! ¡Cuando...!

—Cuando nos enteramos de que íbamos a tener a Johanna me lo contó todo, y la perdoné. Incluso embarazada seguía teniendo visitas de sus amantes.

La Sra. Lovett se había tenido que apoyar en el escritorio para no perder el equilibrio. Estaba furiosa, eso lo podía ver a simple vista. Tanto como jamás la había visto. Por un segundo, tuvo miedo. Miedo de lo que aquella mujer podía hacer. Nunca había tenido mucha fuerza, pero a veces la maña era mucho más útil en un asesinato.

—Esos asuntos no la incumben, Sra. Lovett. Sólo a Lucy y a mí. Usted no era ni es parte de esta pareja.

No vio venir la bofetada que le volvería la cara.

—¿Es esto lo que la ha torturado todo este tiempo? —preguntó con frialdad y la mejilla roja—. Siento comunicarle que llega varios lustros tarde.

—No sé lo que es un lustro, pero sí que me está mintiendo. Tiene que estar mintiéndome —el barbero la miraba con aparente calma y sinceridad, como si fuera verdad. Pero no podía serlo... ¿podía?—. ¿¡Me está diciendo que he estado...!? ¿¡... todo lo que he tenido que aguantarle sobre esa furcia...!? ¿¡Y usted la perdonó!?

—Sí, Sra. Lovett. ¿Qué podía hacer si yo no le daba lo que necesitaba? No me importaba mientras yo fuera el único que ocupara su corazón. Cuando se ama a alguien es lo que suele hacerse. Tampoco es quién para criticarla, ¿no cree?

—No, pero usted tampoco —recuperó su compostura alejándose un paso hacia la puerta, desafiante.

No iba a dejar que se fuera impune, no después de todo lo que había sufrido para cubrirle las espaldas. Ella había cometido errores, pero él también. Y caerían juntos, como siempre hacían.

Todavía no podía creerse que él supiera las actividades extramatrimoniales de su esposa. No le entraba en la cabeza.

—Eso fue un error —siseó el Sr. Todd inclinando la cabeza hacia delante, adoptando aquella mirada de advertencia demoníaca. Odiaba cuando hacía eso, pero ahora por fin podía responderle.

—Un error que yo le conté a mi marido poco después de ocurrir, no como usted. Yo nunca le puse los cuernos, incluso teniendo su permiso. Albert sabía muy bien lo que había, pero nunca me aproveché de ello. ¿Puede usted decir lo mismo, Todd? ¿Puede usted decir —y esta vez si se atrevió a acercarse hasta tenerle a apenas unos centímetros, con el dedo clavado entre sus costillas para mayor efecto— que Lucy supo nuestro pequeño desliz?

El barbero apartó la mirada dolido y avergonzado por el recuerdo de algo que se había esforzado mucho en enterrar. Una sonrisa triunfante asomó en la Sra. Lovett al comprobar que el Sr. Todd evitaba el contacto visual.

—Sí, se lo conté y... —susurró girándose.

Se alejó y se apoyó los postes de su cama, mirando hacia la iluminada ventana a Bell Yard. La Sra. Lovett puso los ojos en blanco. Qué dramático se ponía en ciertas ocasiones.

—... ella... ella torturó con ello a Benjamin hasta el día de su muerte.

—No fue una buena mujer —sentenció.

—No, no lo fue. Todos cometemos errores. Nosotros dos más que nadie, y a propósito. Pero era perfecta para mí.

—Basura —escupió con crueldad—. Eso no es lo que me dijo cuando se me escapó alguna palabra de más, o cuando equivocaba algún gesto, ¡o cuando le decía lo que pensaba! Usted ha hecho de estos últimos seis años media tortura para mí. He sufrido mucho por su culpa. Ocultándole verdades para protegele, haciéndome hacer cosas de las que... hasta mi madre se avergonzaría. ¿Y pretende que aguante todas estas pamplinas? Lucy, perfecta... por favor —rió con asco—. Ni siquiera le amaba. Sólo jugaba con usted y usted me trató todos esos años como... como... argh.

—Cállese si no sabe qué decir —le espetó molesto por la verdad que empezaba a ver tras sus palabras.

—¡Sé muy bien lo que digo!

—¿¡Y si tanto me odia por qué no dejó que me ejecutaran cuando tuvo la oportunidad!? —estaba harto de tantas recriminaciones. Ella siempre hacía eso: recordarle cosas que no quería admitir, diciendo cosas que no quería escuchar. Cosas que le herían en el pecho.

Se había dado la vuelta con tanto ímpetu que había roto el poste y no se había dado cuenta. Sólo cuando dosel cayó sobre la cama fue consciente de lo que había hecho. Soltó la pieza de madera astillada. La Sra. Lovett se asustó y su mano que voló a la culata de la pistola casi de forma automática.

Habían estado tan enfrascados en la discusión que no habían notado las lágrimas en los ojos del otro. La Sra. Lovett estaba hecha un verdadero desastre, con la pintura cayendo a ríos por sus mejillas y las manos temblando con tanto ímpetu que podían escuchar el repiqueteo de sus uñas en la madera.

—N-no po-podemos continuar-ar así —susurró asustada, mordiéndose los labios para tratar de controlar su tartamudeo—, destr-trozándonos la vi-vida el uno al otr-o. Est-to tiene que... que acabar.

—Estoy de acuerdo —golpeó las astillas con el pie antes de echarle otro vistazo a la cara de aquella mujer con quien tantas cosas había pasado

También había algo más en su mirada, algo que sabía reconocer porque también lo había presenciado muchas veces. Johanna.

—No ha respondido a la pregunta, Sra. Lovett —él no iba a perderle las formas, no después de tanto tiempo—. Pero no hace falta, ¿verdad? Porque ya lo ha hecho, muchas veces —ella no contestó, sólo alzó la barbilla a la defensiva—. Johanna.

—... ¿quiere escuchar una historia de las buenas? —tragó y se giró hacia el cristal, siendo consciente por primera vez de lo mal que estaba en realidad y sintiendo cómo todo se le venía encima a una velocidad vertiginosa—. Entonces espéreme en el salón. En un momento estaré con usted.

No se movió.

—¿No se fía de mí? No voy a escaparme —era una risa tonta y triste—. Baje, y espéreme allí —y casi una súplica.

Suspiró. Tendría que confiar en ella. Aquella rata traicionera había sido su mejor amiga y su... ¿compañera, por un corto período? Y, de alguna extraña forma, seguía siéndolo.

El sentido común venció a la confusión. Pasó por su lado con intención de salir, mas se detuvo a su lado, hombro junto a hombro, todavía incapaz de enfrentar su cara sin sufrir un desbordamiento de sentimientos incongruentes.

Respiró hondo. No había sido consciente del dolor que el reencuentro podía causarle. Después de ver a Lucy viva, frente a él, a punto de casarse con el hombre al que más había odiado... no lo admitiría en voz alta; se había acobardado. Había tenido miedo de romperse, de que Lucy viera en qué se había convertido y que le odiara. Sus instintos le habían empujado a correr hacia la Sra. Lovett, su mejor amiga, su cómplice, la mujer siempre había estado ahí como un refugio cuando sufría. Sabía que le ocultaba cosas, ella siempre lo guardaba todo: el dinero, las espaldas, los secretos... Había creado de la vida del barbero un gran puzzle del que siempre se había llevado las piezas. Lo peor era que jamás se había molestado en negarlo. ¿Para qué? Acababa descubriéndolo de todas formas. Con el tiempo, habían aprendido a no hacer las preguntas. Pero ella se había ido, había desaparecido. Ahora que por fin empezaban a sentar las bases de una extraña relación, una que sabía que ella había deseado durante décadas, había desaparecido.

No se planteó que ella tuviera cosas que decir; sólo que se había cansado de él.

Tampoco había advertido el cambio que él mismo estaba sufriendo.


Recorriendo el pasillo con las manos en los bolsillos de su vieja chaqueta de cuero, la cabeza inclinada e incapaz de enfrentarse a la ingente cantidad de dolorosos recuerdos que le sobrevenían, pensó en la ironía de su vida. Había crecido en la cárcel, lejos de cualquier contacto humano real. Había presenciado las mil maneras en las que un hombre puede fracasar y al salir, viéndose arrollado por la realidad, los olores, las formas, el sol... todo aquello que no le habían permitido conocer, lo único que había deseado era llevar una vida digna, honrada, con una bonita familia. No había pedido mucho, nunca había querido comerse el mundo. Sólo ser libre, y ser feliz.

Mas nunca, nunca le dejaron. Se sentía como en la obra de un dramático escritor que busca giros imposibles para vender más ejemplares. ¿Cómo iba a salir del agujero si a cada paso que daba se enterraba más y más?

Y, en caso de que fuera poco, también se sentía estúpido. En el agujero de su agonía siempre habían habido sogas para sacarle de allí. Había cogido todas las que había podido, ¿pero habían sido éstas las más adecuadas?

Eligió al barbero de la cárcel quien le enseñó un oficio, una forma honrada para ganarse la vida y otras no-tan-honradas. Le había conocido a la Sra. Lovett, la siguiente frente a él. Decidió ignorarla por creerla inútil.

Al satisfacer su deuda con la sociedad, la Sra. Lovett había seguido allí sobre un terreno más escarpado llamado «marido», pero él había preferido coger las de Lucy como esposa y el Juez como mejor amigo. Lucy había ido dando tirones, subiéndole tanto bajándole cuando no se lo esperaba. El Juez, por otro lado, le había mostrado la superficie sólo para tirarle al fondo con una diabólica sonrisa.

La mujer que, aunque se esforzara en no parecerlo, también agonizaba por dentro a cada paso que daba había permanecido constante en su vida, incluso después de su segunda condena. Quince años allí, aguardándole. Protegiendo su casa, sus cosas, su vida, sus recuerdos cuanto le fue imposible. Y él lo sabía. Quizá hubiera decidido ignorarlo; a ojos de los demás sólo era un verdadero gruñón ególatra que la guardaba como un águila, atormentado por la soledad y un incierto pasado. Pero ella sabía lo que él había vivido, y él sabía de sobra lo que ella había tenido que soportar. O eso había querido creer para no sentirse culpable.

Ahora veía que había esperado demasiado para coger la única vía que de verdad podría haberle conseguido una existencia digna de mención. Tanto había postergado darle una oportunidad que ésta se había retorcido en una macabra y sangrienta forma, hasta desaparecer. Tenía las respuestas, las formas e incluso la salvación.

Todo lo marchito puede florecer, ¿verdad?

Sí, lo marchito sí. Las cenizas, no.

Las escaleras daban un pequeño salón; la única habitación del piso inferior con una ventana a una calle de verdad. A su derecha, la única salida de la casa, tras las escaleras, la puerta al sótano, y todo lo demás en el pequeño habitáculo estaba tapado con sábanas o contraventanas.

Bajó los últimos peldaños y se detuvo frente a la zona de estar, con dos sillones enfrentados y un pequeño sofá mirando a la chimenea, situada en el famoso callejón de las visitas de la Sra. Lovett.

Sobre él se encontraban, junto a algunos de su familia, los pocos retratos que habían podido adquirir a lo largo de su vida. Y pensó habían conseguido, porque la mayor parte de ella la habían vivido juntos. Pasó la mano por los polvorientos cristales, tratando de recordar cada una de ellas.

En la primera imagen estaban ella y sus padres, sentados en un viejo sofá de cuero. No estaba muy bien dibujado, pero en aquellos momentos no se habían podido gastar más para tener un recuerdo. Recordaba haber visto aquella foto cuando fue a comprar sus primeras navajas.

La siguiente había sido dibujada muchos años después, cuando Albert ya existía en sus vidas. Benjamin Barker también aparecía. Recordaba que habían pasado varios meses tras su reencuentro y que aquél día Albert había estado bastante molesto con todo. Eleanor nunca había querido contarle la razón de la discusión, aunque sospechaba que era él mismo, así que tampoco había insistido. El Sr. Lovett se había colocado en una silla, con su esposa a un lado y Benjamin al otro, y tras un rato de amena charla entre éste último y la esposa del primero, el dibujante había terminado. Después ella le había pedido que se fuera. El ambiente estaba muy cargado así que no se opuso.

Aquel día conoció a Lucinda Jones.

Sólo quedaban tres y no quería reconocerlas porque ya sabía qué se iba a encontrar. Dos habían sido esbozadas la misma semana, una retratando a los depresivos Lovett y la otra a los extasiados Barker con su pequeña. Había sido poco después del parto de Lucy... y el parto de Lovett. El bebé de la panadera había muerto poco después de nacer, pero Lucy había insistido en que tenían que retratarse para que Johanna tuviera un recuerdo. Benjamin había decidido ignorar, como tantas veces cuando se trataba de su propia esposa, que lo que Lucy quería era torturar a la panadera. Lo había conseguido.

La última eran simplemente Sweeney Todd y Margaret Eleanor Lovett. Los años habían hecho una mella muy profunda en ambos, haciendo notar una siniestra progresión hacia lo macabro en la mujer.

—¿Sra. Lovett? —gritó incómodo, presa del miedo al ver algo que no quería del todo.


Creo que ya he excedido el tiempo de espera.

Estaba sentada en la silla de su tocador, observando su demacrado reflejo en el espejo. Qué irónico, pensó cuando sus ojos se enfocaron en el dosel. Todas las veces que esa cama se ha revuelto las cosas han ido un poco peor.

Y eran demasiadas para contarlas.

—No importa —suspiró para sí misma levantándose.

Un pequeño bulto reposaba en su regazo envuelto en un trapo granate. Acariciándolo con los pulgares respiró hondo. No es que fuera el mejor de sus recuerdos, tampoco podía entenderlo en su totalidad a pesar de haberlo intentado durante dos décadas, mas era importante para ella. Lo llevó a su pecho y lo apretó ahí un momento, como si temiera perderlo al mostrárselo a su legítimo dueño.

—Basta de mentiras —se dijo en silencio, tratando de ganar las fuerzas que necesitaba para darle el golpe de gracia a su relación con el barbero.

Había conseguido dejar de llorar, pero la melancolía, la apatía, el desdén... todo eso habitaba aún en ella. No por él. A él le amaba, por distintas razones. Pero sí hacia él. ¿Cómo podía estar tan ciego, tan atontado? Como un enamorado. Por Lucy, o eso lcreído entrever desde que la conocieron. No sabía qué habían tenido desde que volvió ni cómo se sentía ahora respecto a la nueva Lucy, pero tampoco importaba en aquellos precisos instantes. Estaba decidida a dejar todo atrás. Tenía que dejarle atrás.

Había aceptado la muerte muchas veces... No lo de abandonar el mundo de lo físico y partir hacia un mundo incierto, perdiendo su cuerpo y su identidad y todas esas cosas que hacían un nudo de su estómago, sino el hecho de que, más pronto que tarde, alguien iba a matarla. Podía haber sido el Juez, o el barbero, o un coche de caballos desbocado, o la justicia al descubrir alguien la verdad sobre su pequeño negocio...

Estaba sorprendida de que, por una vez, no tuviera que hacerlo con todas las explicaciones que se les venían encima. No porque no pudiera, sino porque había notado un cambio en el Sr. Todd. Algo extraño que no había presenciado antes: había sido suave. Él siempre intentaba serlo, algunas veces más que otras, pero en esta ocasión lo había sido, sin intentarlo. Se estaba transformando.

¿Pero en qué? El médico dijo que los traumas pueden llevar a todo tipo de... diferencias mentales, creo que dijo... que quizá si sufriera uno que revirtiera el primero, podría volver a ser el mismo de antes... Pero tenía que ser contundente, no podía decírselo así sin más. Se hubiera enfurecido y yo ya estaría muerta. ¿Habrá sido ver a Lucy con vida y con el Juez lo que ha provocado este cambio? Ojalá no le hubiéramos matado después de la consulta. Habría podido comentarlo con él...

Si es que salgo viva de esto.

Dejó escapar una pequeña sonrisa. ¿Podía ser? ¿Podía Benjamin volver de la tumba? Si se lo contaba, quizá... Pero ni siquiera sabía por dónde empezar.

—¿Sra. Lovett?

El grito había quedado apagado por las paredes, pero había llegado hasta sus oídos. Parecía casi una llamada de auxilio, aunque parecía enfadado.

Suspiró.

Al menos había respetado que necesitara un momento a solas para organizarse.

Ni que pudiera escaparme por la ventana. Qué infantil.

Tenía gracia, de alguna forma.

Por la ventana... ¿Podría?

—Estoy —avisó tratando de mantener la apatía en su voz. Si de verdad era posible que Benjamin volviera, entonces no iba a malgastar su oportunidad, aunque fuera a dejarle atrás de todas formas. Sí sentía la apatía. De una forma y otra, había convivido con ella durante años, mas era un esfuerzo sobrehumano para la Sra. Lovett expresarla ahora. Estaba tan acostumbrada a fingir que todo iba bien que había olvidado cómo era sentir de verdad y decir la verdad. Las sonrisas, los pestañeos, las caricias, los apretones en los hombros... Las mentiras, las medias verdades, el maquillaje, las coartadas, las advertencias, la tensión, los cadáveres, el tabaco, el alcohol...

Era demasiado, incluso para ella. Su madre le había enseñado que si no se da no se recibe, así que decidió entregar su cordura y su alma por salvar un sueño que siempre supo que no podría ser.

Benjamin A. Barker. Sweeney Todd. Lucinda -no sabía el segundo nombre- Barker. Maximilian J. Turpin. Margaret E. Smith. Albert Lovett. Andie Lovett... Los nombres revoloteaban en su mente como cada noche, implorando por volver a la segura oscuridad de su mente. El barbero no era el único que había tenido visiones.

Toda la verdad se recordó antes de bajar.


Había llegado cuando el Sr. Todd abría las contraventanas que daban a Bell Yard. La repentina luminosidad la cegó. Se llevó la mano a los ojos para poder enfocar la habitación, provocando que calculara mal el último peldaño y se tropezara.

Su primer instinto fue asirse a la barandilla, por lo cuál lo que cargaba se precipitó hacia el suelo armando un gran estruendo.

Sweeney Todd se dio la vuelta sobresaltado, capaz de atacar a cualquier personaje no invitado, pero fue Benjamin Barker el que dio un paso en el amago de ayudarla y recoger lo que fuera que se le había caído.

La Sra. Lovett se adelantó. Acostumbrándose a la luz, rodeó el salón y se sentó en el sillón que miraba a la ventana como si no hubiera pasado nada.

—No me gusta ese vestido. Lo odio —comentó el Sr. Todd con la autoridad que solía caracterizarle en aquellos asuntos.

—Yo también odio que todo lo que he amado haya muerto bajo su mano, Todd —contestó con voz monótona.

Había llegado con un bulto cuadrado entre los brazos. Demasiado grande para ser un libro, demasiado irregular para ser una caja. Dolido por la frialdad en su cara y en su voz no se atrevió a preguntar.

¿De verdad me odia tanto?

Que él le guardase rencor era irrelevante. Él tenía buenas razones.

¿Pero y si ella también las tiene?

Le obligó a sentarse con un simple gesto de la mano. Ni siquiera le había rozado, pero una simple mueca había bastado para sacar sus instintos de obediencia. Se había acostumbrado a ello; alguien tenía que tomar el mando en aquellas extrañísimas ocasiones seguidas o antecedidas por episodios nerviosos.

Debía de ser muy serio para que se pusiera la careta de carcelera.

No es que tenga miedo, se dijo a sí mismo. Es que no quiero saber lo que hay debajo.

Claro.

Por una vez, la voz de su cabeza y él estaban de acuerdo. Eso no podía ser bueno.

Paciente, esperó a que la Sra. Lovett abriera una de las contraventanas tras él, dejando así que los tímidos rallos del sol se colaran e iluminaran la habitación.

No pudo evitar algo parecido a un retortijón en el corazón al reconocer el vestido que antes le había visto puesto.

¿Después de tanto tiempo?

¿Cómo no iba a quererla y odiarla al mismo tiempo?

—Bien —respiró ella. Parecía sofocada, nerviosa, como nunca antes la había contemplado.

Nunca. Ni siquiera el día en el que embarcó hacia Australia. Incluso entonces había parecido tener un pequeño rayo de esperanza incluso con el dolor presente en su rostro. Había intentado no preocuparle.

Ahora parecía no importarle en absoluto.

—No voy a matarla —susurró mirando a otra parte y contra todos sus instintos, que le gritaron que se retractase al segundo—. Tranquilícese, por favor.

—Gracias —pero no estaba agradecida. O al menos, no lo parecía—. Bien —repitió, y esta vez se inclinó para destapar el misterioso presente—. ¿Por dónde quiere empezar?

—... no sé si quiero saberlo... —se echó atrás en el sillón, horrorizado al reconocer los objetos que acababa de descubrir.

—Estas son algunas de las cosas que Lucy dejó atrás —explicó. Su voz temblaba. ¿Pero por qué temblaba?

—No... por favor... —suplicó echándose tan para atrás que movió el sillón.

—Escuchará —sentenció la Sra. Lovett con mucha severidad—. ¿No quería la verdad?—cogió la pequeña libreta que descansaba en la base y la tiró con rabia hacia delante. Se deslizó por la madera hasta el borde—. Bien, si no me dice por dónde quiere empezar, empezaré yo.

—Es el diario de Lucy... —susurró—. Me dijo que... usted dijo... no... no es... posible.

—Le dije que ella había dejado de escribir, lo cuál es cierto, y que había desaparecido, lo cuál no lo es tanto. ¿Sabe? Lucy tenía un defecto, y es que no sabía escribir callada. Aunque, yo tampoco, ¿así que qué puedo decir? Podría decirle que leyera las últimas páginas pero...

—No pienso hacerlo —la cortó y deslizó la agenda hacia la Sra. Lovett con las yemas de los dedos, como si el pequeño objeto estuviera maldito—. No quiero leer las últimas palabras de mi mujer.

—Su mujer está viva, Sr. Todd —siseó con frialdad—. Supérelo. Ésas no fueron sus últimas palabras.

—No entiendo a dónde quiere llegar —bufó.

Suspiró e ignoró sus malas maneras.

—Entonces empezaré yo —cogió la libreta.

—No.

, Sr. Todd. Es eso a lo que ha venido.

Él volvió a bufar.


No había sido como había esperado. Después de confesarle todo lo que había guardado para sí misma, el Sr. Todd se había marchado sin mediar ninguna palabra. No sabía si estaba enfadado o no, pues su cara se había quedado más blanca que la niebla de Londres. No se había querido llevar ni el diario de su mujer ni el retrato de las dos con la pequeña Johanna, pero sí el sonajero de ésta última; una pequeña pieza de plata que no se había atrevido a vender.

Quizá se hubiera equivocado. Quizá no fuera a cambiar, después de todo. Necesitaba un tiempo para asimilarlo que ella ya no podía darle. Tenía cosas más importantes que hacer que cuidar de un niño caprichoso y malhumorado.

Envolvió las cosas en el trapo y las dejó sobre la mesa, pensativa.

Al día siguiente ella se marcharía y todo habría acabado. ¿Debería perseguirle como acostumbraba a hacer? Una última vez, sólo una última vez...

No. Se acabó, Eleanor. Se acabó.

Al final había escuchado su relato. Ni siquiera había vuelto a abrir la boca, sólo pestañeaba con una expresión de abatimiento creciente en su rostro a cada palabra que salía de la boca de la panadera.

Se sentía culpable, en parte. De todos los que le habían hecho daño, quizá ella fuera la que más.

Pero también he sido quien le ha dado la libertad ahora. Hemos jugado demasiado con él. No le seguiré, no porque no quiera o porque todo deba acabar, sino porque se merece ser el dueño de su vida.

Y con ese pensamiento en mente, comenzó a recoger las pocas cosas que se llevaría en la mudanza.


Habían pasado dos días y no le había vuelto a ver. Bien por él, pensó caminando hacia el coche de caballos que la llevaría a nuevos horizontes.

¿Dónde está Rhydel?

A lo lejos vio aparecer al chico corriendo, con la cara roja debido al esfuerzo y la falta de oxígeno en los pulmones. No llevaba ninguna maleta. Frunció el ceño. ¿Qué estaba pasando?

—¡Sra. Lovett! ¡Sra. Lovett! —gritaba.

El cochero estaba extendiéndole las manos para que le diera su bolsa, pero le ignoró.

—¿Qué ocurre, Sr. Rhydel? —preguntó algo preocupada al ver su cara de consternación—. Respire.

—Es el Sr. Todd —jadeó, apoyándose en sus rodillas—. Venía de camino cuando me he encontrado a unos viejos amigos. Le han arrestado.

—¿Qué? ¿Por qué?

—No lo sé. Algo de los hombres que aparecieron muertos ayer. Es muy extraño. Creo que no tiene nada que ver con eso.

—¿Qué hombres? —preguntó confusa alternando su mirada entre Rhydel y el cochero.

—¿Es que no lee el periódico? —preguntó éste último.

—No sabe leer —explicó Rhydel. La Sra. Lovett se mordió el labio para tragarse la vergüenza.

—Perdone, entonces. Al parecer alguien ha matado a unos abogados bastante importantes. Aparecieron en la calle, con el cuello cortado y unas extrañas heridas en la espalda. Si ha sido ese amigo suyo... lo siento mucho por usted, pero me alegro de que lo hayan cazado. ¿Va a subirse o no? Tengo prisa —carraspeó unos segundos después.

—No. Pero, espere —se giró hacia Rhydel—. Tú sí.