La imagen de Johanna, su hermoso bebé de mejillas sonrojadas y pelo castaño, bailaba en sus párpados tras una pesadilla bastante desagradable. En el sueño no era una niña, sino un niño. Un pequeño crío de mejillas pálidas, con la cara de un joven Benjamin Barker. Estaba muerto en los brazos de un hombre desconocido para él, pero el bebé era su hijo y le quería con locura, y sabía que aquel desconocido no dañaría a su vástago. Había sido un segundo, un corto segundo en sus brazos antes de que una mujer se lo quitara y se lo llevara. Sabía que era la matrona, que iban a asearle. Pero estaba muerto, le había visto con sus propios ojos. El niño no respiraba. Desesperado, trató de decírselo. Pidió que le devolvieran el cuerpecito de su niño, mas nadie parecía prestarle atención. La habitación comenzó a girar y, tras unos momentos, su difusa imagen había parecido esclarecerse para revelar a unos angustiados padres en el lecho. La mujer, a la que sí reconoció, era Lucy.

«¡Pero...! ¡Es nuestro hijo! ¡No puede llevárselo!» había gritado, mas, de nuevo, nadie parecía capaz de escucharle.

Y, de repente, habían traído a Johanna. Sin más explicación que, tras unos largos momentos, el bebé había llorado y había resultado ser una niña. La cara era muy parecida, pero no la misma. O eso sospechaba Sweeney Todd, quien había presenciado la escena varias docenas de veces.

Dos parpadeos y tanto Lucy como su hija yacían muertas en la cama.

Despertó sobresaltado a la mugre de su solitaria celda. Con un esfuerzo más allá del que podía soportar, se incoporó y se apoyó en la pared, tratando de olvidar los retazos del terrible sueño. Intentó acompasar su respiración, parpadeando varias veces y concentrándose en la oscuridad y el silencio. El frío de las piedras solía calmar su fiebre y su punzante rugosidad mantenerle despierto durante los delirios y las pesadillas, alejándole de los fantasmas que le torturaban. A veces no era suficiente.

Se llevó las manos a los brazos. Tiritaba; el invierno había llegado con fuerza a la prisión y se colaba por las ventanas y toda rendija al descubierto. No era algo que le molestase; había olvidado el dolor de los cortes en los labios y la falta de saliva en su boca, mas resultaba incómodo en algunas situaciones.

Dejó caer la cabeza hacia la izquierda, sin despegarla de la pared. Sus ojos sin alma vagaron con dificultad hasta la ventana junto al techo, donde la nieve seguía agolpándose en los barrotes.

Hyde Park debe de estar precioso ahora mismo, pensó con tristeza. Con todos esos árboles pelados... y la hierba blanca... y las ardillas resguardándose en sus agujeros...

Llevaba un tiempo esperando a la estación del frío para sacar a la Sra. Lovett a dar un paseo. Había tenido que aguantar durante muchos años las continuas quejas de su cómplice y vecina al no poder caminar por la nieve debido a la impertinente clientela.

Para un año que estoy dispuesto, doy con los huesos en esta pocilga, rió para sí mismo por no llorar.

Suspiró, y los demás presos se agazaparon un poco más contra la esquina, murmurando. Esa era otra de las cosas que poco le importaban. Si resultaban molestos, le bastaba con mirarles para que se callaran.

Otra vez no... por favor...

La habitación daba vueltas bajo su cuerpo, nunca paraba. Le mareaba y vomitaba la asquerosa comida que les daban los carceleros. Sus compañeros le dejaban buena parte de la ración, pensando que si alimentado su comportamiento sería más manso. Los rumores sobre su presunta relación con Belcebú se habían acrecentado al ver que no probaba bocado y algunos de ellos parecían creérselo de verdad. Tampoco muchos carceleros habían sido incapaces de aguantarle durante mucho tiempo. Nadie era capaz de lidiar con sus terrores de las noches ni sus gemidos durante el día.

Nadie salvo, quizá, la Sra. Lovett. Ella siempre había sabido qué hacer.

Era consciente de que había perdido el control de sí mismo, sobre su cuerpo, sus acciones y sus sueños. Se estaba conviertiendo en otro fantasma. El recuerdo de una persona muerta. De otra persona muerta. No era bueno para ella ni para sí mismo.

Sólo soy escoria, murmuró consiguiendo llegar a sentarse sobre sus talones.

Uno de los carceleros se acercó con una socarrona sonrisa mientras se ponía en su sitio el cinturón de los pantalones, el cual apenas podía sujetar ya su barrigón.

—¿Sabes? —rió, exhibiendo entre sus podridos dientes uno de oro pulido—. Al final vas a tener suerte.

—Ah... —la voz rasgada que emergía de su garganta era desconocida para él, como si un demonio quisiera abrirse paso a través de sus entrañas—... ¿sí? —sonrió volviendo la cabeza a su derecha para enfrentar al alcaide. Su incapacidad para levantarla le dio una apariencia aún más siniestra.

—A mí no me asustas, viejo diablo —rió—. Y tampoco asustarás al Juez Turpin. Ese juez es un tipo muy distinguido, pero se las ha visto con ratas de peor calaña que tú.

Que la tuya. Peor calaña que la tuya.

—¿Y la suerte? —preguntó. El rictus de su oscura faz creció un poco.

—Probablemente... —volvió a ajustarse el cinturón—... el juez será indulgente y acabe con tu existencia pronto.

—Es sea, maldito imbécil. Sea, del subjuntivo de Ser —gruñó.

—La literatura no te salvará de la soga —rió antes de irse.

La ortografía, le corrigió en su mente antes de caer al suelo inconsciente.


Era sincera.

Lo podía ver en sus ojos. Lo veía y lo reconocía, puesto que llevaba sin ver aquella expresión muchos, muchos años.

Los progenitores siempre llevan la razón, ¿sabe usted? Cuando a uno no le queda nada, el negocio familiar puede sacarle de un apuro.

Usted ya tenía una tienda.

No me refería al negocio de padre —la Sra. Lovett tomó otro sorbo de su té, el cuál había preparado para traer un poco de tranquilidad a la conversación.

¿Se hizo costurera?

Una suave risa de niña escapó de los labios de su casera.

Sr. Todd —y parecía haber vuelto a recuperarle el respeto, aunque no se lo mereciera—, madre era muchas cosas, pero una buena costurera no estaba entre ellas.

No entiendo a qué se refiere —se atrevió, por fin, a coger su propia taza de té. Arrugó los labios al probarlo. Dulce.

Madre murió... sí, claro que lo hizo. Aunque no como hicimos creer a los demás —la Sra. Lovett apoyó su taza en el plato y se quedó mirando los posos, ensimismada—. Cuando era pequeña solía contarme historias sobre plantas. Las dibujaba en trozos de papel y yo las memorizaba porque sus cuentos me encantaban. Una noche apareció un hombre en nuestra puerta. Escuché los gritos de madre desde mi cama, implorando porque no se la llevara. Padre no hizo nada. Aquel hombre nos la arrebató y la entregó a la policía.

¿Pero por qué? —inquirió intrigado y no muy seguro de qué tenía que ver todo aquello con el Juez y Johanna.

Era una de esas... envenenadoras, ¿sabe usted? —sonrió de lado, volviendo a encontrarse con la penetrante mirada del barbero—. Ni siquiera llegó a las cárceles... la lincharon frente a la ventana de mi habitación.

Debajo de los objetos de Lucy había un pequeño cuaderno, tan viejo que la piel de las cubiertas se había cuarteado. Las manos de la mujer lo apartaron con cuidado y lo abrieron por una página al azar.

Guardé sus dibujos cuando padre montó en cólera y empezó a quemar todas sus cosas. No fue hasta la adolescencia cuando entendí qué era lo que mi madre me había dejado.

¿Y así se mantuvo a flote? ¿Ayudando al pueblo a cometer asesinatos? —la miraba incrédulo, como si acabara de encontrar un monstruo bajo su cama.

¿Es usted el más indicado para recriminarme nada? No lo creo. La gente no utilizan sólo el veneno para matar a otras personas, ¿sabe, usted?—respondió tajante, volviendo la tapa—. Recibía pedidos todos los días. Matarratas, matabichos, infusiones, especias... Hay cosas más allá del asesinato.

Sostuvo su fiera mirada unos segundos. Estaba empezando a acostumbrarse al comportamiento agresivo de la Sra. Lovett. Sentía como si en realidad fuera aquella su persona y no la que creía haber conocido. Resultaba terrorífico pensarlo con detenimiento.

Entonces, empezó a vender veneno bajo la cubierta de una panadería —y ella asintió.

Albert había muerto. El pobre llevaba mucho tiempo encargándose de las tres, y Lucy apenas aparecía por casa ya... demasiado entregada a los vicios con el Juez y otros amantes como para preocuparse de Johanna o de hacernos saber que seguía viva...

El tono de la hostelera fue un clavo para sus entrañas. Estaba insinuando que Lucy ni siquiera había esperado en el luto, pero él la sabía incapaz de ceder a sus instintos más bajos.

¿Pero podía estar seguro de ello? Al fin y al cabo, Lucy era la misma mujer que se había casado con el Juez delante de sus narices. Ni siquiera le había reconocido entre la multitud, como había jurado que haría una tibia tarde de primavera. ¿Podía confiar en lo que conocía?

Agachó la cabeza para ocultar las lágrimas. No había duda de por qué le había ocultado aquella parte de la historia. Se sentía demasiado traicionado para poder pensar con claridad.

Acabé trayéndome a Johanna a vivir conmigo, puesto que no podía ocuparme de ir y venir y el negocio yo sola. Fueron los mejores meses de mi vida.

¿Por qué? —se atrevió a preguntar sin apartar la mirada de sus sucias uñas de obrero.

Bueno, Sr. Todd... usted... sabe el porqué—aguardó unos segundos a que la comprendiera. Cuando no reaccionó, decidió continuar—. Había perdido a mi pequeño Andie y Johanna era todo lo que me quedaba. Éramos algo parecido a una familia. Para mí, ella era como mi hija —suspiró—. Y Lucy se había convertido en una extraña para ambas.

Quizá tenía miedo. Quizá no pudiera enfrentar la verdad...

Oh, no lo dudo —rió—. Esa mujer era incapaz de enfrentar nada. Todas las noches le dejaba algo de comida en su casa, Sr. Todd, y a la mañana siguiente el plato aparecía vacío. Llegué a la conclusión de que no quería enfrentarse conmigo.

¿A usted? ¿Y por qué? —su voz sonaba ofendida, mas no había sido el tono que quería imprimirle a la cuestión—. Johanna era su hija. Podría habérsela llevado, empezar lejos de aquí. ¿Qué tiene que ver usted en todo esto?

Lucy era incapaz de mirarme a la cara y admitir que ella era la culpable de que usted fuera a morirse a cientos de miles de millas de casa, de que hubieran condenado al ser más inocente de la Tierra, de haberme arrebatado al único y gran amor de mi vida. Se sentía culpable porque, con sus actos, había arruinado la vida de muchísimas personas, algunas veces queriendo, y empezaba a hacerse consciente de ello.

En este punto, la Sra. Lovett se había levantado y había recogido la bandeja del té para llevársela a la pila.

¿El amor de su vida? ¿Quién? Sabía que usted y el Juez habían mantenido una relación, pero nunca llegué a creer que... —preguntó confuso, levantándose.

La mujer se paró a medio camino e inclinó la cabeza con pesar, mirándole de reojo.

El Juez no. Benjamin —fue su suave respuesta antes de retomar el camino.

Oh.


El olor de la carne frita hacía rugir los estómagos de todos los presos de New Gate.

—¿Vendrá? —sus ojos entonaban casi una súplica al carcelero, mas su voz aún se teñía con una maldad sólo propia del más profundo averno.

—¿Tu mujer? No —rió el celador al tiempo que deboraba el muslo de pollo con el que llevaba tentando a los prisioneros media tarde—. Se ha ido, ha pasado página. No creo que quiera ver a un deshecho humano como tú colgando de la soga... ¿Quién querría, de todos modos? Dicen que ahora ha encontrado algo mejor con lo que entretenerse.

Los débiles músculos del reo encontraron fuerza para avalanzarse hacia delante buscando agarrar la sebácea calva del alcaided y estrellarla contra la pared y los barrotes. Pero las cadenas le coartaban.

El carcelero rió y le tiró el hueso resultante de su gula.

—Estos rebeldes... ¡se creen que pueden contra el sistema! —se dijo para sí mismo mientras se iba—. ¡Aparta, cucaracha!

Suspiró y volvió a posar la mirada en la ventana. La nieve había rebosado el alféizar y ahora caía en pequeños montones al suelo, blanca, contrastando con su brillo la delirante oscuridad en la habían sumido su mundo.

A su vuelta había soñado con una feliz y reluciente familia aguardándole, pero se había encontrado con la retorcida y cruda realidad; una esposa muerta, una hija perdida y de nuevo, la Sra. Lovett. Viuda, sola y mucho, mucho más mayor. Ella sí que le había esperado. Había vuelto a reconocerle, por alguna razón intrínseca del destino lo había hecho. Y le había vuelto a acoger en la única casa que no habían conseguido quitarles: la que correspondía con el 186 de Fleet Street.

Había recogido su frío e inerte cuerpo del suelo una triste tarde de Enero, desmayada debido al hedor de los pobres niños a los que había tratado de alimentar dándoles media libra. Esta vez, Benjamin estaba muerto. Sweeney Todd no había sido capaz de reconocer a su Margaret, su Eleanor, pero había un pequeño hueco en su corazón para aquellos con la compasión suficiente para preocuparse por las injusticias. ¿Cómo iba a permitir que aquella mujer muriera arrollada por los despreocupados transeúntes? Le había parecido hermosa, del tipo de chica que no tendría por qué preocuparse de nada si sólo moviera las caderas, aunque eso no fuera muy «digno» desde un punto de vista social.

Sin embargo, se sintió culpable al momento de saber su identidad. Los recuerdos de Benjamin no eran muy fiables en aquellos tiempos. Tenía prohibido sentir nada por la mujer del suelo, por no mencionar el acto de pensar algo de ella. Lucy era la única mujer hermosa en su vida.

Allí había comenzado su sangriento viaje hacia la venganza y la redención. Margaret había puesto cada parte restante de su cordura y alma a su misión, a la de él, sin preguntar, sin pedir nada. A cambio, había quedado trastornada y destrozada por dentro hasta el punto de volverse una alcohólica para poder sobrellevarlo. Había justificado todos y cada uno de sus crímenes. Si bien era cierto que algo había sacado para saciar su sed de dinero, poco o nada más había ganado.

Había sido tan pura en su juventud, tan... inocente como la nieve bajo la ventana. Y él, que tantas veces se había sentido culpable por proferir algún cumplido espontáneo, no había sabido reconocerlo. Sólo había visto la oscuridad de su propia prisión envolviéndole, ahogándole. Había creído que el pequeño resplandor de luz frente a sus ojos era una falacia, una inventiva de su consciencia para torturarle hasta la extenuación.

Volvía a estar en la cárcel, una de verdad, con sus barrotes y su inmundicia. Podía admitir, aunque fuera en secreto, que siempre había querido salvarla y alejarla de aquella locura. Conservaba a Benjamin para nutrir su descabellado plan, y éste se había encargado de proteger a la Sra. Lovett con un velo de confusión, a veces demasiado débil para no verse rota ante la ira de Sweeney Todd.

Respiró hondo y cerró los ojos. No quería seguir soñando. Todo lo que encontraba en su mundo onírico se convertía en pesadillas. La conversación, los recuerdos, las ilusiones. No quería tener que admitir cuántas veces se había equivocado, cuántas veces habían hecho de su vida una larga y gran mentira que no paraba de aplastarle una y otra vez.


Había vuelto con una botella de ginebra y dos vasos pequeños. Se dio cuenta de que estaba sacando el armamento pesado. ¿Qué podía ser tan terrible? Conocer el verdadero destino de su mujer había sido un pico bastante difícil de superar ya por nada.

Mil historias habían pasado por su cabeza en la ausencia de la Sra. Lovett. Quizá no se hubiera suicidado. ¿Arsénico? No había caído hasta ese momento. Para comprar arsénico en esas cantidades y en tan poco tiempo hubiera necesitado firmar el libro de venenos del farmaceútico. Debería habérsele ocurrido; hubiera podido investigarlo y entonces nada de la conversación hubiera sido necesario. El boticario de la esquina, le había dicho.

«Aunque... no recuerdo ningún boticario en la esquina. Quizá se refiera a otra esquina.»

Entonces se dio cuenta de a qué se había referido la Sra. Lovett con toda la historia de su madre. Lucy no había adquirido el arsénico en el boticario o la farmacia. Con tantas sustancias rondando la casa de la Sra. Lovett lo más probable era que se lo hubiera robado cuando la atareada panadera no miraba.

Sentía que debía culparla.

¿Seguimos? —la contundencia de su tono y su áspera pregunta le sacaron de sus cavilaciones—. Puede suplicarme con esa mirada suya todo lo que quiera, Sr. Todd. Sabe que no voy a detenerme ahora.

Gruñó y se cruzó de brazos, teniendo que soportar que ella ladeara la cabeza con una mueca reprobatoria.

Johanna y yo sobrevivíamos día a día con el pequeño sobresueldo en matarratas y matamaridos, utilizando el dinero tanto para mantener el pequeño emporio como para alimentarnos nosotras y a su estúpida y egoísta madre. No fueron unos meses fáciles, pero sí los mejores. Y, siento decírselo, pero no los cambiaría por nada.

»Un día apareció una mujer en mi puerta. ¿Se acuerda de la matrona que nos ayudó a Lucy y a mí en el parto? Fue una gran coincidencia que ocurriera en el mismo día... aunque supongo que usted no se acuerda; estaba demasiado preocupado fingiendo que no había pasado nada entre nosotros.

Usted me dijo que... —murmuró, recordando la dolorosa frase que le había soltado cuando inquirió sobre el asunto.

Mentí. Como otras tantas veces. La mujer irrumpió en mi tienda muy azorada, balbuceando algo sobre el parto. A decir verdad no la reconocí hasta que me dijo su nombre. Conseguí que se tranquilizara dándole algo de ginebra.

»—Lo siento mucho, Sra. Lovett; ya no podía aguantar más esto dentro de mí.

¿El qué? —usted me conoce, siempre he sido muy curiosa. Aquella anciana estaba en mi cocina, revelando un terrible secreto. ¿Qué podía hacer?

Johanna —jadeó sobre su vaso, dando un largo trago. De repente, todo se volvió muy incómodo, como comprenderá—. El Juez... el Juez... —sollozaba.

Venga, tranquilícese —intenté animarla—. Poco a poco.

Sí —volvió a tomar de la ginebra. Respiró hondo y me miró a los ojos, y le juro que jamás olvidaré aquella mirada, Sr. Todd. La estaba torturando por dentro—. No quiero irme a la tumba sin contarle la verdad, Sra. Lovett —tomó mis manos y miró a la pequeña Johanna a mi lado—. El Juez Turpin hizo algo terrible aquella noche. Robó su bebé, Sra. Lovett. Robó su bebé y se lo dio a los Barker antes de que descubrieran que su pequeño estaba muerto.«

¡Miente! —había susurrado, incrédulo.

Aquella anciana tenía que estar mintiendo. ¡Las dos lo hacían! No podía ser verdad. Había sospechado, pero eso no significaba nada. Johana era su hija, suya y de Lucy, no de la Sra. Lovett. Aquello había sido un terrible, terrible error.

Se llevó las manos a la cabeza, incapaz de darle crédito a una sola de sus palabras.

Sé que es algo traumático, Sr. Todd —la voz de la Sra. Lovett se había vuelto suave y suplicaba por que bebiera un poco de su vaso—. Beba. Tranquilícese. No es algo que no sospechara ya, ¿verdad? Vio a Johanna.

Pero... pero... —dejó caer los brazos, incapaz de respirar.

Lo sé —suspiró levantándose para adquirir el sitio del sofá justo a su lado. Cogió y apretó su mano de una forma casi distante.

Mantuvo el silencio unos instantes, observando sus manos unidas.

Pero... —alzó la mirada—. ¿Por qué?

Porque el hijo de los Barker había muerto, Sr. Todd, aunque ni siquiera Lucy sabía con certeza si era de su marido. El Juez quería tener a su amante contenta, ya sabe usted lo lunática que una Lucy enfadada podía llegar a ser, y la mejor forma de hacerlo era sustituir su bebé muerto por mi niña viva y darle una oportunidad de oro para torturarme. Usted sabe que Lucy nunca llegó a... apreciarme.

... lo sé...

Y... entonces...

¿Entonces qué?

La maté.

El susurró de la Sra. Lovett cayó con pesadez sobre el silencio del salón.

¿Qué? —soltó su mano como si quemara y ella no le culpó.

Me colé en su casa y esperé a que apareciera —las lágrimas brotaban de los rojos ojos de la panadera como los ríos en la primavera; derritiendo la nieve a su paso—. La escuché escribir en su diario. Estaba paranoica y yo muy furiosa. Ella lo sabía, estaba segura de que había disfrutado cada segundo de mi sufrimiento por Andie. Así que cogí algo de cantarella... se lo eché en un pastel de chocolate y me quedé a ver cómo...

¿¡Cantarella!?

Se había levantado del shock.

¿¡Cantarella!? —repitió—. Ni en sus peores momentos he sido capaz de imaginar tal malicia en usted... veinticuatro horas de terribles sufrimientos por...

Estaba furiosa, Sr. Todd. ¡Usted tiene que entenderlo! Ha asesinado a decenas... ¡cientos de personas sólo por puro odio! —exclamó—. ¡Un odio del que ellos ni siquiera participaban!

¡Eso es diferente!

¿Y por qué? Sólo maté a la zorra que me había robado la vida que siempre había deseado. ¿Qué habría hecho usted? Oh, sí, perdóneme: matar a un montón de gente inocente. Lo sé, saqué tajada y usted también. ¿Pero qué habían hecho esos pobres desgraciados? —sus recriminaciones caían una a una como baldosas sobre su conciencia, mateniendo siempre un tono bajo y contra oídos indiscretos.

Usted... usted... monstruo... se quedó a ver... mi esposa... muriéndose, retorciéndose de dolor... y no hizo nada...—siseó.

Más bien la ayudé a permanecer en ese estado; sí, es cierto. ¿Y qué? No me arrepiento. Usted no pudo verla entoces. No estuvo allí. Perdimos a Johanna por una estúpida hoja de papel. ¿¡Y no hubiera hecho nada!? Era mi hija, ¡lo hice pensando que iba a recuperar mi tiempo con ella! Y todavía así estaba equivocada.

¿Significa eso que no es mía? ¿Johana no es mi hija?

Es definitivamente suya, Sr. Todd —aseguró sacudiendo la cabeza y retorciéndose los dedos nerviosa.

Pero... Lucy... está viva...


Sweeney Todd abrió los ojos aterrorizado al comprender las consecuencias de sus actos. Se inclinó sobre las densas tinieblas de la celda.

Lucy estaba viva. Ella era todo, su único argumento para continuar. Había matado por ella. Había herido por ella. Por su muerte. Por vengarla. Por matar al juez. Había basado lo que le quedaba de vida en una purga del mundo, creyéndose él el servidor de un dios oscuro que traería la paz a los inocentes.


—No sé cómo agradecérselo —lloraba Mary Ann en sus brazos. La impresión había hecho que sus rodillas flaquearan—. Es usted una bendita, ¡una bendita! —sollozaba—. Yo... yo...

—Vamos, vamos, no es para tanto —insistió la Sra. Lovett alzándola a una silla.

—Cualquier cosa... cualquier... lo que necesite... yo... —balbuceaba apretando las ásperas manos de la panadera.

—Sólo... asegúrate de que todo marcha bien, ¿vale? —apartó uno de los mechones empapados por las lágrimas de su cara con bastante más cariño del que acostumbraba con sus empleadas—. Recuerda que no es una cesión completa...

—Por supuesto, ¡por supuesto! Cuidaré de todo esto, Sra. Lovett, como si fuera mío —asintió.

—Bien —sonrió y tapó las manos de la chica con las suyas propias—. Sí que necesito un favor.

—¡El que sea! ¡El que sea!

—Voy a tener que quedarme una semana para solucionar unos asuntos. Sé que te he dicho que puedes vivir aquí, pero necesito...

—¡Para nada! Quédese todo lo que quiera, Sra. Lovett. Es su casa.

—Podéis quedaros con la habitación de invitados. Es bastante espaciosa —le guiñó un ojo y recogió su monedero y sombrero para salir.

—Espere.

—¿Sí? —se giró a mirarla con curiosidad. Mary Ann no era de las que pedía o preguntaba, era demasiado tímida como para enfrentarse a un superior, incluso si éste era amigo suyo.

—Es por el Sr. Todd, ¿verdad? —todavía estaba llorando de felicidad—. Siempre hemos sabido que es un hombre huraño y algo difícil de tratar... y aunque jamás hemos podido entender su relación... siendo sinceros... niguna de nosotras puede creer que sea culpable de los terribles crímenes de los que se le acusan... y mucho menos de secuestrar a una chiquilla...

Oh, Mary Ann, qué inocente eres...

—No te preocupes, todo se solucionará —trató de calmarla con una sonrisa y, colocándose el sombrero, fue hacia la puerta—. Oh, y una cosa más —se volvió hacia la nueva casi-dueña de la panadería de Bell Yard—. En el sótano de la casa guardo la comida, sois libres de tomar cuanto necesitéis.

—Gracias, Sra. Lovett.

—Sin embargo, la puerta metálica de la panadería no debéis abrirla bajo ningún concepto, ¿entendido? Si vuestra vida estuviera en peligro —y sus ojos y tono tomaron un matiz oscuro que hicieron que Mary Ann sintiera escalofríos y la necesidad de revolverse en su asiento—, y decidís arriesgaros, hacedlo bajo vuestro propio riesgo. La llave está bajo el colchón de mi cama; pero hay cosas malas ahí abajo, Mary Ann. Cosas terribles que ningún ser humano debería presenciar, jamás.

—Pero... usted... y el Sr. Todd...

—Lo sé, alguien tiene que hacerse cargo —contestó girando el pomo de cristal.

—... ¿pero qué hay ahí abajo? —inquirió asustada.

—El infierno, Mary Ann. El infierno —contestó con pesar antes de abandonar la tienda.


Me arrepentí después de unas horas y la forcé a vomitar... no creo que sirviera de mucho. Cuando a la mañana siguiente despertó sin dolores supuse que todo estaba bien. Sin embargo... su cabeza...

¿Cómo podía tener cantarella, siquiera?

No había sabido continuar después de la impactante información. Se había quedado clavado en el sitio, con la mirada fija en las escaleras tras ella.

Una mujer me hizo el encargo. La tenía preparada... así que cogí un poquito y... años después me di cuenta de que con lo que le di apenas llegué a intoxicarla, mucho menos asesinarla.

Pero la intención estaba ahí —puntuó, hiperventilando.

Sí, estaba ahí.

¿Y entoces?

No lo sé. No he sido capaz de leer su diario. No sé leer. Esperaba que usted fuera capaz de descifrar...

Jamás.

Sr. Todd, estoy segura de que estaba enferma —trató de alcanzarle, pero se apartó—. No creo que el veneno le hiciera eso. ¡No es posible! Sífilis, el trauma, el alcohol... cualquier cosa podría haberla llevado a esa situación. Ni siquiera había sido capaz de reconocerme cuando...

No llegó a escuchar el resto de sus excusas pues había volado dando un portazo.


Pero Lucy estaba viva.

Entonces, ¿dónde dejaba eso todas las muertes que habían sucedido bajo su mano? Notaba los dedos manchados de espesa sangre seca. Sangre de jóvenes, de viejos.

Sangre de inocentes.

Había matado a inocentes. Para nada. Por nada.

No deberían sacarme de aquí.

Sweeney Todd pudo notar cómo ascendía desde su estómago una desagradable y repulsiva sensación.

Era un monstruo.

—Soy un monstruo.

Mas, por mucho que llorase, sus lágrimas jamás podrían diluir la sangre de sus víctimas.


El camino hacia Scotland Yard era largo y lleno de banches en los que pensar, por lo que no fueron pocas las veces que se tropezó. Maldito barbero, era la única maldición que le venía a la mente para no sentirse culpable. Había elegido el peor momento para cometer las estupideces más grandes de su vida, más incluso que casarse con Lucy. Lo peor era que estaba segura de que era culpable. Muy segura, demasiado, y todavía no había visto los cadáveres. Los crímenes de ofensa capital eran juzgados en los Assizes, las grandes cortes, con mucho bombo y platillo, curas, el jefe de policías... estaba segura que de saber leer hubiera visto su nombre en todos los periódicos.

Que estuviera encerrado y esperando a un juicio no era una dificultad. Había formas de sacarle bastante indemne del asunto y ella las conocía. El problema residía en que los Assizes estaban a una semana de celebrarse, y ese era muy poco tiempo.

No estaba muy segura de cómo, pero tenía la certeza de que la que peor saldría parada en el peor de los casos sería ella misma.

Suspiró y abrió la puerta de la Policía Metropolitana.


El alguacil había dicho que en una semana y media se celebrarían los Assizes, y que él estaba destinado a ellos. Semana y media eran diez días, y eso eran diez lunas.

O diez soles, como había preferido contar él. Podían verse las estrellas a través de la ventanilla, pero de ser luna nueva jamás llegaría a discernirla, por lo que le pareció más lógico contar mañanas que contar noches.

Su mano herida y sucia avanzó hacia una miedra que había frente a él y que había estado utilizando para marcar la pared. Observó con un retortijón en su hambriento estómago que la piel se había pegado todavía más a los huesos. Ya casi no diferenciaba la mugre de la sangre seca.

La china chocó contra la piedra de la pared e hizo una raya vertical.

Ya son siete.

Ya eran siete los días que llevaba allí encerrado. Siete días sin sentir el viento en la cara, sin ver a la Sra. Lovett, sin tocar sus navajas. Echaba de menos su dura y vieja cama de pobre. Echaba de menos el pastel de chocolate después de un berrinche. Incluso añoraba discutir sobre cosas que ahora parecían tonterías. Hubiera pagado por poder gritar una vez más en la cara de alguien sin esperar un castigo a cambio.

O algo peor.

El gordinflón encargado de los presos se acercó con las llaves, y todos los ojos se posaron en él con curiosidad y miedo. Sweeney Todd, o lo que quedaba de él, podía intuir que algunos esperaban que entrase con comida (aunque todavía ninguno tenía dinero suficiente como para pagar por ella) o con un nuevo reo que pusiera al viejo demonio en su sitio.

Él sabía que volvía a ser la hora de trabajo. Lo sabía porque le habían encontrado inconsciente en varias ocasiones, y ahora su costado dolía cada vez que iban a por ellos, como en un acto reflejo.

Hizo un esfuerzo por levantarse e ir. Hubiera preferido estar en una de esas celdas de nombre poco ortodoxo, con un tornillo en el centro.

Algunos presos más nuevos se negaban a trabajar. No entendían que era la única forma de sobrevivir mientras esperaban a sus respectivos juicios. Él sí. Cumplía tres veces esperando a una condena y ésta sería la fatal; no necesitaba guías.

De alguna parte de él había surgido un hombre nuevo y extraño. Una especie de demonio con ganas de ayudar a los demás. Había tratado de sonar suave y razonable, explicarles que no iban a las Cortes Petty. Esos tenían suerte de ser juzgados casi en el mismo momento frente a dos jueces y un pequeño jurado, y sus condenas siempre serían de varios años de trabajos forzados a lo sumo. Al fin y al cabo, era para crímenes de menor importancia. Él mismo había sido condenado a diez años de trabajos forzados de niño, aunque había tenido la suerte (y la desgracia) de ser asignado como aprendiz del barbero de la cárcel.

Quizá fuera su mala fama, pero pocos le habían escuchado. Se alegró al ver que uno de ellos se acercaba y le ayudaba a mantenerse de pie para encontrarse con el carcelero.

Los trabajos eran simples. En esta ocasión tenían que dar vueltas junto a otros compañeros a un molino, tirando de maderos sujetos a él. Las piedras pesaban bastante y era una actividad ardua, pero al menos el cíclico movimiento le permitía divagar.

Había perdido la cuenta de las vueltas cuando, de repente, empujar sobre el eje del molino se hizo más difícil.

—¡Callad, ratas! —gritó uno de los guardias al escucharse un suave quejido—. ¡Si se os ha apretado el tornillo es porque sois unos vagos! ¡Sr. Thomas, aprételo un poco más! —asomó la cabeza por la puerta—. ¡Estos cerdos no han tenido suficiente!

Suspiró al ver a uno de los prisioneros abalanzarse sobre el desprevinido guardia. Siempre la misma historia. Los nuevos creían poder con el sistema, entonando un grito de guerra en el ataque que se suponía iba a llevar a todos a la revolución.

Solían quedarse solos.

Ésta vez, el carcelero parecía en serios problemas. Era un chico joven lleno de rabia, bastante nuevo. Benjamin Barker estaba cansado de tanta sangre y muertes, de ver peleas cuyas consecuencias eran peores para los demás. Cuando él llegó el tornillo era más fácil de girar.

No supo de dónde apareció el impulso y la fuerza para saltar sobre el reo y apartarle del guardia. Algunos de los otros se acercaron a imitarle; Sweeney Todd no tenía tanta fuerza como para contener a un ser lleno de vitalidad.

Una vez tranquilo el nuevo y el alguacil capaz de enfocarles con los ojos más allá de la sangre en su cara, éste se levantó y se sacudió el polvo. Les miró como si fueran cabezas de ganado y gruñó enfadado. Dos más de su profesión aparecieron en la puerta. El primero señaló al que le había atacado.

La próxima vez dejaré que te desollen, pensó para sí mismo, soltando al chico nuevo. Los otros dos que le habían ayudado le imitaron al acercarse los guardias, que les empujaron. Sus rodillas flaquearon y cayó al suelo de espaldas. Los otros consiguieron mantener el equilibrio.


—Tiene diez minutos, Sra. Lovett.

El jefe de policía había sido extremadamente generoso colándola en la morgue.

Aunque, pensándolo bien: me lo debe.

El forense había salido a tomar algo para despejarse de la viciada sala. Lo agradecía, en parte; no hubiera sabido explicar por qué no se había sorprendido ante el olor de los cadáveres o su aspecto. La mayoría de las señoritas se hubieran puesto a llorar, o hubieran apartado la mirada al tiempo que con su mano se cubrían la nariz y la boca para no vomitar debido al hedor.

Para ella, era sólo un mal trago más de los muchos que pasaba a lo largo del día. Y en peores condiciones.

Sopló y dejó el bolso junto al sombrero y los guantes sobre una mesilla junto a la puerta. No quería tener que explicar manchas de sangre de darse la ocasión.

De nuevo, yo y los fiambres.

Se acercó al primero de ellos. No sabía leer, pero el uno en la tarjeta que colgaba de su dedo gordo era bastante descriptivo. Destapó al difunto y observó lo que el policía le había mencionado aquella mañana: un corte profundo en el cuello.

Cogió un delantal que había por allí tirado y se lo ató a la cintura. Las costumbres nunca se pierden, y si tenía que levantar un cadáver no iba a prescindir de aquellas que le habían asegurado seguir viviendo durante más tiempo del debido para tanta monstruosidad.

Con un poco de esfuerzo consiguió alzar el hombro del corpulento varón.

Sí, ahí está, pensó metiendo el dedo en el pequeño agujero de la base de su cuello.

Miró al techo para desconectar de lo que veía y concentrarse en lo que sentía.

Es bastante profundo, pensó. No es que yo tenga mucha idea de estas ciencias, pero yo diría que un gancho ha hecho esto. Sí, porque cuando corto la carne suelo encontrarme cosas como estás. De alguna parte hay que cortarlos.

Dejó caer el cuerpo y se limpió en el delantal.

Se sentía un poco perdida. Había aprendido mucho cortando y rebanando clientes del Sr. Todd. Incluso tenía algunas nociones básicas de cirujía y anatomía gracias al barbero, cosa que nunca había llegado a entender. ¿Por qué le hablaba de medicina general y partes del cuerpo (lo cuál siempre le había parecido interesante, más allá de sus turbulentos negocios) y nunca había sido capaz de introducirla a la lectura, cosa mucho más necesaria?

Hombres, masculló en sus pensamientos. O, mejor dicho, Sweeney Todd.

Miró de cerca el corte del cuello del señor asesinado. Sí, desde luego aquella herida correspondía a una de las navajas del Sr. Todd, aunque no a una de las de plata.

Estúpido, ¡estúpido! ¿¡Cómo se le ocurre!?

Había visto demasiadas veces ambos dibujos como para reconocerlos a simple vista. Recordaba que una vez se le habían perdido los dos juegos y había tenido que utilizar unas con las que se sentía bastante incómodo. Luego los cadáveres tenían heridas irregulares y estaban bastante deformados. Había sido horrible.

El otro cadáver estaba en unas condiciones parecidas, pero el orificio en la parte trasera del cuello le pareció diferente. Volvió a levantar el anterior y lo observó con más detenimiento, pregúntadose cómo era posible que la dejaran entrar sola en un lugar con pruebas criminales.

Hombres, volvió a pensar, aunque ésta vez con un tono divertido. Toca su honor y harán lo que sea para restaurarlo.

—Sra. Lovett, es la hora.

Soltó el peso muerto y se quitó el delantal.

—No sé lo que es —dijo con soltura tapando los cuerpos—, pero hay algo distinto entre esos dos —los señaló desde la lejanía.

—Ambos fueron asesinados por el corte del cuello, señora —dijo el policía confuso—, sin ninguna duda.

—Me refería a las punzadas traseras —explicó poniéndose los guantes, ocultando así la sangre en sus dedos.

—¿Qué importancia tiene?

—¡Tiene mucha importancia! —exclamó sorprendida—. ¿No cree, usted? Me ha dicho que estos asesinatos tienen un claro patrón, pero si hay algo distinto, ¿cómo va a ser parte de uno?

—Ustedes las mujeres no entienden de estas cosas —le estaba quitando importancia a su opinión.

—No, pero está claro que sé más que su forense —se defendió.

—Y me cuestiono cómo puede ser así —la mirada de la sospecha estaba recallendo sobre ella a una velocidad demasiado vertiginosa.

Excusas, rápido.

—El Sr. Todd es un barbero cirujano. Le conozco desde la infancia; obviamente hemos comentado este tipo de cosas —no era muy creíble, pero quizá fuera suficiente.

—¿Y por qué iba él a hablar de temas tan escabrosos con una mujer? —aquella ceja otra vez.

—¿Hubiera preparado la ausencia del forense de no haber sabido que el Sr. Todd es mi mejor amigo?

El jefe de policía no dijo nada. Todos los amigos de la Sra. Lovett sabían a la perfección quién era el líder en el ranking. Si al barbero le pasaba algo y ellos no accedían a ayudarle de ser pedida su intervención, se arriesgaban a perderlo todo. Tal era el poder sobre los secretos de la Sra. Lovett.

—¿Cuál es su opinión, señora? —el jefe, con una obvia ofensa colgando de su ego, se cuadró y trató de mantener el poco respeto que era capaz de poseer ante tal agravio.

—Una de las heridas fue hecha después de morir. Podría ser un imitador —se cogió de hombros—. Sin embargo, puedo asegurarle que las navajas del Sr. Todd no han hecho esos cortes.

—¿Y cómo sabe eso usted? —otra pregunta trampa.

—He atendido muchas veces al Sr. Todd, sargento. Créame; sé cómo hieren esas hojas. Ahora, si me disculpa...

Hizo el intento de escapar antes de que la conversación se torciera más hacia derroteros que no le convenían. Si la arrestaban su palabra perdería toda credibilidad, y estaba bastante segura de que el Sr. Todd no se había acostado con hombres poderosos ni les había hecho favores de dudosa legalidad. Estaría sola ante la soga.

—Una cosa más... —la fuerte mano del agente la retuvo por el brazo—. Hemos investigado el número 186 de Fleet Street.

Un escalofrío recorrió la espalda de la panadera. Intentó mantener una máscara serena.

—¿Y? —su voz tembló un poco, aunque a juzgar por la mirada del no fue lo bastante perceptible como para incriminarla.

—Estaba limpia —resolvió, y la Sra. Lovett sintió que el aire volvía a sus pulmones—. Sin embargo, fuimos incapaces de encontrar el segundo juego de navajas del Sr. Todd.

—¿El segundo juego de navajas? —repitió fingiendo estar confusa.

—Varios clientes han afirmado que el Sr. Todd poseía un juego de madera que a veces utilizaba cuando las hojas de plata se desgastaban.

—Oh, sí —sonrió—. No se preocupe; las vendimos antes de irnos de viaje a la boda de su Excelentísimo Sr. Turpin. Necesitábamos dinero y valían un buen pico.

—¿Recuerda a quién se las vendieron?

—No —quizá fue demasiado rápida en la respuesta.

—¿Seguro?

—Sí. Fue en el mercado. Ya sabe usted cómo son los mercados... bulliciosos... llenos de gente... los tenderos vienen y van cada semana. Uno no sabe quién vende qué a quién... ¿sabe, usted? Mientras entren los peniques en el monedero...

—¿Seguro? —el ceño del policía comió un poco más de espacio a su nariz al tiempo que su agarre debía de buscar cortarle la circulación del brazo, tal era la fuerza que ejercía sobre éste.

—Sí, sargento —abrió los ojos asustada.

—Muy bien —la soltó—. Pero... —estaba ya en el umbral de la puerta—... si me entero de que alguna de sus palabras buscaban con malicia confundirme, puedo asegurarle que ningún favor que me haya hecho o secreto que sepa de mi persona o de esta corporación podrán librarla de la soga.

—Sí, señor —fue capaz de susurrar.


Como había esperado, el castigo fue mucho mayor para todos los demás, él incluido. Su corazón había estado a punto pararse cuando a media jornada había aparecido un hombre en la puerta llamándole a voz en grito. Lo primero que pensó era que iban a colgarle por defender a un guardia, ya que faltaba bastante para su cita con la corte.

Cuanto antes mejor, supongo.

Había avanzado por el pasillo como un corderito hacia el matadero. Sweeney Todd se había rendido y su yo interno era incapaz de asumirlo, bloqueado por las recientes revelaciones. Se sentía una marioneta de la vida, una que ya no tenía fuerzas para luchar contra los hilos del destino. Quizá fuera lo mejor colgarse ya.

Fue una sorpresa encontrar comida y ropa limpia en la habitación a la que le habían llevado. Comida de verdad. Iu estómago rugió al reconocer el olor del pollo asado y uno de los pasteles de chocolate de la Sra. Lovett.

Miró a su alrededor, tratando de averiguar si era una broma de algún desalmado. La Sra. Lovett se había ido y no iba a volver.

—Adelante, coma —la sombra de un hombre cruzó el umbral frente a él. No le reconoció al principio.

La comida está envenenada.

—¿Quién es usted? Si es un enviado del Juez para matarme puede irse por donde ha venido. Probablemente esas ratas acaben conmigo antes —hizo un aspaviento hacia el pasillo tras él.

El joven extraño rió divertido.

—Me sorprende su fuerza de voluntad, Sr. Todd —las suaves facciones del joven se relajaron al tiempo que se asomaba a la luz de las velas—. Para un hombre que ha pasado tanto tiempo entre rejas, su resistencia es impresionante.

El chico dejó caer una maleta de cuero sobre la mesa. El sonido sordo le sorprendió, quizá porque le recordaba a todos aquellos compañeros de celda caídos a golpes.

—Tranquilícese —y esta vez el joven le miraba preocupado de verdad.

Estaba confuso.

— Soy su abogado. Estoy aquí para ayudarle.

—No tengo dinero para pagarle —dio un paso atrás—. Esto es una trampa. Váyase. ¡Déjeme en paz!

—Sr. Todd, por favor —frunció el ceño preocupado—. No tiene que pagarme nada.

—¡Nadie trabaja gratis! No va a convencerme. No comeré, ni pondré su ropa. Turpin tendrá que jugar mejor sus cartas si quiere envenenarme.

—No lo hago gratis, Sr. Todd —suspiró y se sentó, y el barbero tuvo la extraña sensación de que intentaba comprenderle—. Le debo un favor a la Sra. Lovett. El Sr. Hughes y yo nos encargaremos de su caso, e intentaremos que salga lo mejor parado posible.

¿Así que esto es obra de la Sra. Lovett? ¿En serio? Pero... pero...

—Ella nunca le ha abandonado —explicó—. Siéntese, por favor.

—Todavía no sé su nombre —estaba intentando resistirse, mas la verdad era que la comida olía de maravilla.

—Moore. Encantado —le tendió la mano.

Fingió que no la había visto y se sentó frente al pollo. Lo miró y luego al Sr. Moore.

—Coma todo lo que quiera —sonrió el joven—. Todo irá mejor a partir de ahora, se lo prometo. Vamos a repasar su caso, ¿le parece?

Para cuando le preguntó el barbero ya había cogido el muslo y lo mordía con pasión. Moore rió. Sabía muy bien las condiciones en las que había estado; no le extrañaba que ni los cubiertos tuvieran ya significancia para el preso.

—Se le proporcionará agua para que se lave y una galería nueva. No me pregunte cómo lo ha conseguido esa mujer. Todavía me sorprende la cantidad de favores que le deben algunas personas importantes.

—Y si la conociera como yo —saltó a su mención, tragando de una forma tan atropellada que se había tenido que toser para pasar un hueso— se sorprendería aún más de lo que es capaz de hacer.

—Oh, no, no. No la menosprecio.

La mirada del Sr. Todd todavía tenía la fuerza para brillar con peligrosidad.

—Eso espero. ¿Es usted un buen abogado? Parece muy joven.

—Bueno, no sabría... —se sonrojó.

—No juegue la carta de la timided conmigo, chaval. Soy muy mayor para andarme con juegos.

—... he ganado bastantes casos, con el Sr. Hughes. Él es el verdadero experto. La Sra. Lovett aportará sus influencias.

La comida no consiguió evitar que un nudo se le hiciera en el estómago al no poder evitar preguntarse cómo las había ganado. «Influencias». Sí, desde luego tenía demasiadas.