Se habían conocido por casualidad, con el destino entrelazando sus caminos de una forma tan curiosa como terrible. Les había condenado a recorrer los mismos cincuenta o setenta metros como penitencia; de una tienda a la del otro, de una casa a la otra. A veces habían utilizado a sus propios aprendices para cargar con la pena.
«—Cómplices —estableció con sequedad.
—No, compañeros —había puntualizado ella tomando otro sorbo de su té.»
¿Dónde habían quedado todas aquellas tardes? Cómplices en los crímenes, compañeros en lo demás. En los chistes, en la tristeza, en el pasado... en lo bueno y en lo malo. Compañeros con todo lo que eso significaba; amistad, complicidad, sentimientos y preocupación. Una preocupación constante que, aunque no quisieran, había acabado por instalarse en ellos como un instinto animal que les alertaba del peligro.
Aquella tarde de Invierno su instinto se había disparado.
Sacó del escote su reloj de bolsillo. Seis de la tarde del veintiuno de Noviembre. Su Señoría debía de estar llegando a la estación.
Exhaló disgustada con los últimos acontecimientos. Cada día, durante toda su vida, la Sra. Lovett había ido reuniendo las piezas de una terrible verdad que ahora podía entender en su sentido más profundo: estaba sola. Sola ante la ley, sola ante los hombres, sola ante los crímenes. Sola, siempre sola para cuidarse ella misma. Sweeney Todd no era un estúpido, sabía muy bien lo que se hacía. Para ellos, los varones, los problemas tenían una solución más sencilla. Mientras, ellas debían vérselas y revérselas para salir con su precaria reputación indemne. El mínimo fallo, el desliz más liviano podía llevarlas a un pozo del que sería muy difícil salir sin hundirse más.
Una mujer cuyo marido se arruina apostando es una mujer que no ha sabido controlar los instintos de su compañero. Río en su mente apurando las últimas gotas. Bueno, yo tampoco he sabido.
Había aprendido a soportar la soledad como una enfermedad de duración indefinida. Siempre estaría ahí, atormentándola. La forma de su existencian serían setenta angustiosos metros.
Las acciones... Las acciones traen consecuencias... Eso lo sabía muy bien.
Vertió un poco más de ginebra en su viejo y empañado vaso de cristal. Se atragantó debido a la ansiedad que tenía de ahogarse en alcohol. Tosió y se golpeó la clavícula, tratando de sacar el líquido de su sistema.
Había cuidado del Sr. Todd durante años y no le había sabido mejor que el alcohol quemando sus pulmones. Seguía siendo el mismo gruñón loco de siempre. Le había entregado toda su alma y todo su ser hasta que la relación abusiva que mantenían había drenado la poca chispa de vida que quedaba en su ajado cuerpo. E, incluso entonces, cuando por todos los medios había tratado de desvincularse, se había traicionado a sí misma permaneciendo a su lado.
Sus ojos se quedaron fijos en una grieta en la pared. Se parecía tanto al Sr. Todd... con sus imperfecciones, sus heridas... Mas él parecía haberse dado cuenta de que la necesitaba. Alguien tenía que reparar las conscuencias de su comportamiento insalubre.
Habían llegado a algo nuevo, pero era demasiado tarde.
Terminar de arrancar los últimos engranajes de su plan había necesitado de una fachada. Una de la que no había estado segura poder mantener. Sin embargo, le había resultado tan sencillo como respirar. Estaba confusa. ¿Quizá fuera sencillo porque ya era así? ¿Era una máquina de hierro? ¿Había perdido la poca humanidad que intentaba conservar?
Turpin se había asegurado de que la Sra. Lovett supiera sus planes: en el momento en el que pudiera deshacerse del hombre al que ella amaba (o que siempre había creído amar), lo haría. Buscaría cualquier método cercano a la difusa línea de la ley para destruirle.
La panadera había intentado por todos los modos disuadirle, retrasarlo, darle tiempo al Sr. Todd para que la balanza se tornara a su favor. Incluso había vendido su cuerpo. Todo con tal de recuperar a Johanna, de hacer justicia de una vez por todas.
Creí que la justicia divina vendría de la mano de mis pecados capitales... pero todo ha sido en vano...
Suspiró y se atrevió a retomar la bebida. Pasara lo que pasara, sin importar lo que tuviera que hacer o sentir, no iba a rendirse.
No cuando estaba tan cerca de tener todo lo que había deseado.
Estaba siendo una de las semanas más exasperantes de su vida. Su vida, sus secretos más íntimos, todos sobre la mesa. Le habían obligado a repetir una serie de respuestas y pequeños gestos para el público y el pequeño jurado en particular. Un poco más y los cadáveres también estarían allí expuestos. Ni siquiera la Sra. Lovett era capaz de tocar aquellos niveles de repetición.
No tengo nada mejor que hacer que sentarme en una celda todo el día y afeitar a presos malolientes. ¿Es que creen que no puedo memorizar unas simples respuestas? Es mi vida, sé lo que tengo que decir.
Los deliciosos platos de la Sra. Lovett seguían apareciendo en la mesa donde trabajaban cada vez que acudía a las citas, lo cuál estaba resultando ser su única motivación para volver a la pequeña sala. Desconocía su propósito real con toda aquella preocupación, aunque no iba a quejarse. A tales alturas poco le importaba lo que le llevara siempre que fuera comida. Parecía estar esforzándose por alimentarle bien.
Un traje en la silla y un pastel de chocolate fue lo que se encontró aquella tarde. Ni preguntas ni repasos de última hora.
Los abogados estaban mucho más nerviosos que él, cada uno a un lado del escritorio tratando de mantener la calma.
—Recuerde, Todd. Mañana es el gran día. Coma, y descanse. La batalla está a punto de empezar —el Sr. Hughes, con diferencia el mayor de los tres, le apartó una silla para que se sentara.
El aroma de los pasteles más deliciosos de Londres impregnaba el ambiente. De carne, de frambuesas, con azúcar, pastas saladas... Acompaños con ginebra o cerveza eran la delicia de los transeúntes y los turistas sin tiempo.
Tobías se despidió del hombre que le había llevado y entró en el animado local. El rápido servicio y la posibilidad de llevarlo en la mano hacía que valiera la pena pararse, así que nunca faltaban clientes dispuestos a consumir. Mrs. Lovett's Meat Pie Emporium siempre rebosaba de gente.
—Toby —la aguda voz de la joven Alicia consiguió llegar a sus oídos.
La mano de la niña le arrastró más allá del bullicio hasta la cortina del pequeño pasillo que llevaba a la parte de atrás.
—Hola —se sonrojó Toby una vez se pararon.
—Hola —sonrió Alicia—. La Sra. Lovett te está esperando, dentro —y señaló a la oscura puerta del fondo.
Tobías tragó hondo. El aura que emanaba de la tabla de madera era tan oscura como una noche sin ginebra en el hospicio.
—No te envidio. Está un poco quisquillosa...
—¡Alicia! —el gritó de una mujer rompió su pequeña conversación.
De las dos puertas, se abrió la que estaba detrás de Alicia y que llevaba a las cocinas.
—¿Por qué no estás recogiendo platos?
—Toby ha llegado... —se excusó bajando la cabeza.
—Pues vuelve a tu trabajo, niña —la instó empujándola hacia la cortina—. Y tú, la Sra. Lovett te espera —empujó a Tobías hacia la otra puerta—. No la hagas esperar.
—Adiós, Toby... —se despidió Alicia con tristeza, dándole tiempo sólo a mirarle una fracción de segundo antes de que volviera a verse arrastrada al vertiginoso ritmo de la tienda.
El aroma de los pasteles quedó atrapado en su garganta cuando la puerta se cerró tras él, llevándose consigo la luz del mundo de fantasía de allí fuera.
Sus pies casi descalzos apenas hicieron susurrar la madera cuando se pisó el salón. Aventuró unos tímidos pasos hacia la penumbra donde sabía que encontraría a la afamada Sra. Lovett.
Lo entendía. No era tonto, no tanto como solía pensar la gente al menos. El Sr. Todd estaba en la cárcel y la Sra. Lovett le apreciaba demasiado como para no preocuparse. El sólo hecho de que hubiera mandado a alguien de confianza para terminar los trámites de su adopción era muestra suficiente de que le quería en su vida. ¿Por qué sino iba a hacerlo?
Pero eso no bastaba para alejar el temblor en sus rodillas.
Allí la encontró Tobías, inclinada sobre la mesa a la luz de un candelabro, pintándose las uñas con total concentración.
Intentó dar un paso más atrevido; demostrarse a sí mismo que no tenía miedo. Los dedos de su pie, sobresaliedo de la zapatilla, chocaron con algo en el suelo. El sonido de la botella de cristal al rodar hizo eco en las desnudas paredes y se perdió escaleras arriba. La casa estaba tan vacía como la expresión de su dueña.
Nunca había sabido cuánto llegaría a respetarla también. Siempre la había temido tanto como apreciado. ¿Cómo debía comportarse? Se suponía que ahora iba a ser su madre y no tenía idea de qué decirle.
Decepcionado consigo mismo clavó los ojos en el y suelo notó las varias botellas además de la primera. Y eran bastantes.
Una por cada pecado, no pudo evitar pensar acordándose de su madre, la Sra. Ragg. Reprimió unas lágrimas. Intentaba con todas sus fuerzas no pensar en ella, no comporarlas. Pero era difícil; su madre siempre sería su madre. Ver a la Sra. Lovett seguir el mismo camino resultaba... difícil.
«Toby, yo confío en la Sra. Lovett. Sé que cuidará de ti mientras estés a cargo del Sr. Todd. Quiero que cuides de ella tanto como lo has hecho de mí, ¿de acuerdo?»
Te estoy fallanado, mamá...
—Ven, chico —la voz de la panadera le despertó de sus recuerdos y le trajo al oscuro, frío mundo real.
Resultaba serena al oído. Sus manos habían apartado una silla para él y le invitaban a sentarse.
—¿Qué haces ahí parado? Hace frío. Ven.
—El Sr. Hughes m-me h-ha traído, señora —se culpó al notar que tartamudeaba un poco. Debía de estar pasándolo fatal sin su ayuda—. Arregló los papeles de la adopción. C-Creía que usted... lo sabía —frunció el ceño acercándose un poco más.
—¿Se ha llevado el pastel?
—Sí, señora —asintió aferrando la roída tela de su boina.
—Bien... —la Sra. Lovett suspiró—. Siéntate —le invitó y volvió a sus uñas.
—¿Qué... qué va a pasar ahora? —preguntó unos segundos después, cuando la tenue luz de la vela era incapaz de alejar el peso de la oscuridad.
—Shhh —susurró la mujer—. Espera.
La Sra. Lovett no volvió a hablar. Tenía problemas para mantener el pincel lejos de la piel. Su mano temblaba debido al alcohol, supuso, y a las cosas que estaría pensando. No sabía el qué exactamente, mas debía de ser grave pues cuando terminó, su voz temblaba un poco.
—¿Sabes lo que le he pasado al Sr. Todd, Toby? Oh, claro que lo sabes. Has tenido que oírlo a la fuerza... —bufó.
Sabía que no era contra él, pero le incordió un poco porque no era culpa suya.
No ha podido serlo, insistió en su mente, tratando de convencerse.
Observó cómo la mujer tumbaba su vaso de un único trago molesta por algo.
—Sí, señora. Lo he oído —se mordió el labio para no llorar presa del miedo.
—¿Y bien? ¿Qué opinas?
—¿Perdón? —levantó la cabeza para sin querer tener que enfrentarse a la fría y cuestionadora pregunta de su nueva madre.
—¿Tú qué crees, Tobías? ¿Culpable o inocente?
—N-No... Yo... no quiero... —tartamudeó, nervioso.
—No llores. Es sólo una pregunta. Contéstame. Sé sincero; ¿qué piensas?
No parecía en absoluto enfadada, pero no iba a dejarle ir sin responder. Lo cierto era que tenía miedo de fiarse y caer en una trampa. La Sra. Lovett bien podría hacer empanadas con él y nadie jamás lo sabría.
Eso es rídiculo, se rió de sí mismo en su mente. ¿Por qué iba nadie a hacer algo tan horrible?
—No entiendo... No entiendo cómo pudo... —miraba al vacío y quería comprender, pero se perdía al llegar a las razones del hombre al que admiraba.
La Sra. Lovett asintió y dejó que su columna descansara sobre el apretado corsé que solía llevar. Tobías no sabía muy bien qué significaba esa palabra, «introspección», pero sin duda debía de ser lo que definía su expresión pues nunca la había abandonado. La alacena, uno de los pocos muebles que no había desaparecido aún de la casa, chirrió y llenó el silencio cuando su nueva madre alargó un brazo para sacar otro vaso de cristal.
—¿Señora?
La Sra. Lovett no contestó. Dejó el vaso frente a él y lo llenó con ginebra.
—M-mi madre n-nunca... —sollozó.
—Yo no soy tu madre, Tobías —le cortó, siendo sin querer demasiado fría—. No voy a reemplazarla. Pero cuidaré de ti como si fueras mi hijo, ¿de acuerdo?
El pequeño asintió y no dijo nada.
—¿Por qué me ha adoptado? C-Creía que...
—El Sr. Todd hizo una promesa, y aquí cumplimos las promesas. Hasta que él pueda hacerse cargo de ti, yo lo haré. ¿De acuerdo? —acarició su mejilla con suavidad.
—Sí, señora —asintió, pero era demasiado pequeño para contener su mente—. ¿Usted...? ¿Usted nunca ha tenido hijos?
La pregunta colgó del silencio unos largos minutos y por un momento temió haber tocado algo que no debía.
—Lo siento mucho, señora —intentó arreglarlo—. No quería...
—Tuve —contestó en voz baja, cortándole sin mirarle a los ojos. La rigidez volvió y la poca calidez que le había mostrado desapareció al momento—. Hace muchos años, Tobías.
—... ¿y qué pasó? —parecía dispuesta a contestar una de las grandes dudas que siempre había tenido sobre ella.
—Me separaron de ella —fue a tumbar el vaso de nuevo y se paró a mitad de camino al encontrarse con sus ojos. Suspiró y dejó el vaso en la mesa.
—Entonces... ¿usted piensa que es inocente? —cambió de tema, un poco más tranquilo al ver que no parecía tener intención de hacer empanadas con él.
De nuevo, en aquella faz faltaba toda la simpatía que estaba acostumbrado a recibir. Quizá nunca había existido, pero sabía que, como situación excepcional, estaba frente a la verdadera Margaret Eleanor Lovett. La que pocos conocían. Escondida bajo capas y capas de planificación y mentiras. No acababa de decidir si sentía honrado o herido por no haberla visto antes.
—Sé que es inocente —ella también parecía relajarse.
—Pero... yo le vi, señora —susurró.
—¿Le viste? —su cabeza se giró hacia el niño como presa de un resorte.
—Sí, señora —las lágrimas volvían a mojar su rostro—. Él no lo sabe. Me devolvió al orfanato antes de que pudiera decir nada. Me dijo que ya no quería saber nada de mí...
—Oh, Toby...
—Y... l-le he dado vueltas... ¿sabe? N-No soy tonto... p-pero no... no comprendo cómo...
—Shhh... Bebe —le acercó el vaso—. No pasa nada.
—Pero sé que es culpable y... no quiero que lo sea. Yo... creía...
—Es inocente, Toby. Es inocente y podemos ayudarle.
—N-no entiendo...
—Bebe. Déjame explicarte —le instó con una dulzura aparecida de la nada.
Ya había estado en una varias ocasiones atrás, mas nunca se había tratado de las Assizes. Éstas eran las «Grandes». No habría una siguiente si, como en las anteriores, el Juez fallaba en su contra.
Tragó la poca saliva que tenía en la boca. Acababa de hacerse muy consciente de éste hecho.
Ya había gente esperando. Tomándose un momento observó el lugar con más detenimiento y comprendió por qué decían que habría tanto calor; era imposible que no lo hubiera: allí había sitio para más de cien personas. Aquellos juicios se llevaban en grandes salas equipadas con todo lo necesario para que la gente se muriera de asfixia; largos bancos tan cerca unos de otros que no se podría respirar una vez se llenara la sala, ventanales imposibles de abrir y poca, muy poca ventilación. Dos policías le escoltaban por el pasillo y apenas podía caminar.
Iba a ser peor que el infierno.
—Sr. Todd —una voz lacerante se coló en su camino, asomándose de la mitad izquierda del gallinero. Por el sombrero viejo y los granos en la cara supo al momento que era un reportero—, ¿qué sintió al cometer los asesinatos?
Comenzó a gruñir. No soportaba a aquellos niñatos entrometidos. Creían que lo sabían todo, con su libretita para tomar apuntes y su elegancia fingida. Tuvo que intervenir uno de sus abogados.
—No hay declaraciones —dijo Moore y le empujó hacia delante, sabiendo que las probabilidades de que el Sr. Todd soltara algo que le condenara a la horca eran bastante altas.
Antes de que pudiera pasársele siquiera el arranque de ira, le habían sentado en una de las mesas de la zona abierta y le habían esposado a ella. El Sr. Hughes, que ya estaba sentado, le miró con severidad.
—Si no se tranquiliza, no tendremos nada que hacer —le reprendió por lo bajo—. Le ha visto media sala.
Gruñó pero no dijo nada. Sabía que tenían razón, tanto como sabía que no iba a encontrarla entre el público y que, quizá, fuera ese el motivo por el que se veía tan alterado. Sólo la Sra. Lovett era capaz de calmar sus bestias internas. Tenía un toque especial para ello.
Cuando el juez Turpin apareció entre la incipiente marabunta escoltado por sus guardaespaldas y sus abogados, el Sr. Prendergast y el Sr. Dazley, tuvo que hacer un esfuerzo muy grande por no saltar de la silla y matarle a mordiscos. ¿En qué injusto mundo vivía en el que el hombre que había destrozado su vida además era la víctima?
—Quieto, maldita sea —le gruñó Hughes y le inmovilizó la pierna con un fuerte manotazo.
Un toque que ni siquiera fui capaz de encontrar en Lucy, y el pensamiento le picó al verla aparecer detrás del abogado.
Estaba... perfecta. El vestido blanco con cintas negras se amoldaba de forma perfecta a su cuerpo. Sí, como barbero cirujano podía reconocer que las cicatrices bien disimuladas de su cara eran resultado de las enfermedades cebándose con su piel en el pasado. Su pelo, aunque no tan brillante, también había sido arreglado; estilizado y peinado en un elegante moño sujeto por un sombrero a juego con el vestigo.
Pese a los años, el aura que dejaba a su paso seguía siendo de carácter divino.
Se quedó totalmente anestesiado.
Lucy se paró unos instantes y le miró como si algo hubiera llamado su atención con mucho poder. Podía verlo en su cara; las cejas arrugadas y los labios fruncidos, tratando de recordar algo. Mas tan pronto vino así se fue trayendo una mueca de asco. No tardó en sentarse justo tras su nuevo marido y las entrañas del barbero asesino, que habían estado saltando con esperanza, se estrellaron ardiendo con celos.
Dos guardias comenzaron a acallar a la gente que terminaba de acomodarse cuando el juez Middleton hizo acto de presencia. El silencio se hizo sepulcral.
No se dio cuenta. Respirando con dificultad no podía apartar sus ojos de la semioculta figura que antes correspondía a su mujer. De repente, volvía a ser Benjamin Barker. Volvía a estar a un juicio de la soga, a punto de perderlo todo. La aparición de su difunta esposa había sido suficiente para mandarle lejos de todo lugar y consciencia.
¿Mas qué era lo que perdía esta vez?
La respuesta era demasiado clara para no resultar dolorosa.
Más magistrados entraron, esta vez por el lado destinado al Jurado Grande, en la izquierda. Apenas capaz de enfocar la situación, recibió vagos recuerdos de algunas de sus caras. Juraría haberlas visto en la panadería de la Sra. Lovett. Todas ellas afeitadas con las palabras mágicas para no morir bajo su navaja.
¿Habrán estado con...?,un desagradable escalofrío le recorrió al pensar en la posibilidad y sacudió la cabeza. Aún más sabiendo que sólo era una excusa para volver a admirar a su difunta (y ahora viva) esposa. O viuda. O lo que fuera.
¿Habrá planeado la Sra. Lovett todo esto? Era más fácil así.
No entendía muy bien el proceso judicial y nadie iba a explicárselo. Estaban haciendo un recorrido por todo su archivo penal antes de establecer los cargos a los que se estaba enfrentando. Supuso que sólo era una forma de poner a los magistrados del jurado en su contra.
Se inclinó sobre Hughes para susurrarle algo, como habían acordado.
—Señoría —solicitó éste, levantándose e interrumpiendo al mismo—. El acusado desearía ser referido a partir de ahora como Benjamin Barker.
Un murmullo recorrió toda la sala, momento que aprovechó el acusado para apartar la mirada de sus grilletes y buscar a la Sra. Lovett entre la multitud. Por si acaso.
Ella no estaba allí.
—Extraña petición. ¿A qué se debe tal deseo, letrado? —el juez Middleton observaba a Hughes por encima de sus lentes redondas con una ceja alzada.
—El Sr. Sweeney Todd se vio obligado a cambiar de nombre al terminar su condena por motivos que expondremos más adelante, mas no ve la necesidad de ocultar su verdadera identidad.
—¿Aunque eso conlleve a perder la opinión que los jurados pudieran tener? —se mofó uno de los abogados de la acusación haciendo un gesto a los hombres sentados a ambos laterales de la habitación.
—Lo ve como un voto de confianza, Señoría. Mi cliente no tiene nada que ocultar —Hughes fue más respetuoso e hizo una pequeña reverencia antes de sentarse.
—Una decisión valiente, Sr. Barker —zanjó el juez Middleton con una inclinación de cabeza—. Diez minutos —con el golpe del martillo dio comienzo el descanso.
—Van a buscar los archivos de Barker —explicó Moore, ambos abogados vueltos hacia el barbero—. Es una opción arriesgada, pero podríamos darle la vuelta al juicio. Si nos sale bien saldrá en todos los periódicos —parecía emocionado.
—¿Podemos centrarnos en sacar mis huesos del cadalso? Gracias.
—Sr. Todd, usted siempre tan malhumorado —rió el viejo Hughes, palmeándole la espalda. El barbero tosió, se atragantó y tosió más—. ¿No acaba de curarse su resfriado? Está pálido —observó con el ceño fruncido.
—Es una pena que la mitad de los presos lleguen enfermos a los juicios; no tenemos la cara de la pena.
—Moore, tranquilízate. Tenemos una o varias semana por delante; todo va a salir bien —suspiró Hughes y se giró hacia el Sr. Barker—. Llamaremos a un médico esta noche. No tiene buena pinta y estas salas tienden a ser asfixiantes. Tome mi pañuelo.
Lo cogió a regañadientes porque lo necesitaba, pero hubiera preferido una de las suaves telas de la Sra. Lovett a aquel trapo áspero y viejo.
Moore asintió y volvió a sus papeles.
—¿Cuál es la lista de testigos? —el barbero sí que estaba nervioso por eso.
Tampoco importaba mucho. El jurado iba a revisar las pruebas de todos los juicios en los que se hubiera visto imputado. Lo que quería saber era cuándo vería a la Sra. Lovett. Si le odiaba con tanta pasión, ¿por qué se ocupaba de todo? Era obvio que lo hacía; la comida, el traje preferido de ella (al parecer favorecía sus ojos, aunque nunca le había prestado demasiada atención), los abogados, el jurado conocido, incluso el juez de la corte le resultaba familiar. Y, sin embargo, se había mostrado tan fría con él en persona, tan distante... No tenía sentido.
Tenía que verla. Necesitaba encontrarse con ella. Mirarla a los ojos y entender sus extrañas razones. Sabía que no iba a ser tarea fácil, pues aunque sensible había demostrado ser una admirable adversaria en el terreno del sigilo y la mentira.
Y eso que es una mujer. Quién lo iba a decir, ¿eh?
—¿Cuándo vendrá ella? —acabó interrumpiendo su larga lista de nombres.
El Sr. Hughes suspiró y sonrió.
—Eso depende de ella.
El descanso terminó antes de que pudieran darse cuenta. Su Señoría se sentó en la silla y, tras reanudar el juicio a golpe de martillo, hizo la declaración de cargos:
—Sr. Barker, se le acusa del secuestro con premeditación de la Srta. Johanna Turpin y el asesinato con maliciosidad de dos hombres, uno de ellos su cliente, el Sr. William Edwards. ¿Cómo se declara?
—No culpable —fue su seca y desafiante respuesta.
—Comprende que, habiendo sido imputado y encontrado culpable con anterioridad de los cargos de robo y asesinato en el pasado —lo recordaba en voz alta para poner a todos en su contra y todos lo sabían— es muy difícil para este jurado creerle, ¿no es cierto?
Se había vuelto a inclinar sobre la mesa, mirándole como el padre que asegura a su hijo que puede confesar su travesura sin miedo a represalias.
—Sí, Señoría —contestó con total sinceridad.
—Muy bien —suspiró el juez Middleton—. Podemos empezar. Llame a su primer testigo, Sr. Prendergast.
Pocos muebles quedaban y entre ellos no había ni siquiera un sofá o jergón. Sólo su cama.
Observando a Tobías dormido a su vera, tapados con una manta, se preguntó cómo se habría tomado todo lo que le había contado la noche anterior. Intentaba no despertarle pero era muy difícil no recrearse en las caricias de sus suaves facciones de niño, iluminadas en la penumbra de una luna a punto de esconderse. Era tan pequeño... casi nueve años. Le había visto crecer durante el último y la diferencia ahora le resultaba absoluta.
¿Habría crecido ella también? Tenía la sensación de que sí. Echando la mirada atrás podía verse todavía dormida en la trastienda del Sr. Todd, disfrutando del frescor que prestaba la casa en una soleada tarde de Domingo. Tan inocente en comparación a cómo se sentía ahora. Y todavía tan perdida. Despertarse y ver al barbero frente a la ventana, pensativo, ni siquiera la venganza tomando todavía completo control de él.
Tenía tanta confianza en él, tanta esperanza.
Ahora no era más que la carcasa de aquello. Agrietada por dentro, llena de rabia, y de tristeza, y de cicatrices. Todo lo que había sentido había ido marchitándose con el paso del tiempo. Había madurado. O al menos, así lo sentía. ¿Pero a qué precio? ¿Hacerse la embarazada? ¿Cómo se le había ocurrido? Era algo demasiado infantil para su antigua ella. Se hubiera llamado tonta de haber podido hablar consigo misma meses atrás. Algunos actos incluso conseguían avrgonzarla de lo estúpidos que eran.
Sin embargo, a los pies de su cordura podía ver, mirando los dominios de su reino destrozado, que, dentro de todo, era la misma. Siempre sería la misma.
El sol comenzaba su ascenso por el cielo creando las sinuosas sombras en las ruinas de su vida, las cuales trataba de alejar. Un nuevo día, un nuevo reto. Siempre había sido así.
La pequeña figura a su lado se revolvió, incómoda. Perpleja ante la súbita sacudida no sólo en la cama, sino también en sus pensamientos, deslizó el cuerpo de su hijo adoptado hasta una posición más cómoda. Se paró a observarle, todavía sorprendida. En este nuevo comienzo también tenía una nueva responsabilidad. No podía esconderse entre las cuatro paredes de su soledad como los anteriores tres, manejando todo desde la oscuridad y esperando al momento oportuno para ejecutar los movimientos necesarios.
Iba a tener una familia pronto y una familia tiene necesidades.
Vaya, nunca pensé que tendría una.
Miró a su alrededor para encontrar que no estaba preparada en lo absoluto. Tenía que empezar a pensar más en grupo de lo que ya hacía de forma habitual con el Sr. Todd. Él, al fin y al cabo, solía pasarse el día encerrado en su barbería o fuera de ella en sabe el Señor qué asuntos. Pero Tobías iba a depender de ella para todo.
Lo primero es conseguir comida, ¡y quitar todas estas botellas de en medio! Éste no es el entorno adecuado para un niño. No, señor.
—¿Cómo definiría al acusado?
Habían repetido tantas veces la pregunta durante los pasados días que se había quedado grabada a fuego en sus recuerdos. Todavía se repetía en la oscuridad de su celda.
Todas las posibles respuestas habían sido dadas por los testigos de su relación con Lovett o algún tema pertinente. El principal objetivo de los abogados de la acusación había sido difamarle, hacerle ver como un ser gruñón, introvertido y violento. Conseguían, de alguna forma, llevar todo el caso a su relación con la panadera y la opinión de los demás como prueba de que, en realidad, era capaz de matar a alguien.
Lo era, pero ninguno de los presentes salvo él mismo sabían cuánto.
Pese a todo, era una práctica común en los juicios londinenses. La opinión pública tenía gran interés como prueba y podía decidir el curso de un juicio.
«Huraño, gruñón. Apenas trataba con nadie cuando estaba en la tienda salvo con la Sra. Lovett, y normalmente en privado», había dicho una mujer, presa de la ansiedad y la presión. Ni siquiera recordaba su rechoncha y entrometida cara. ¿Quién era? ¿De qué le conocía? «Muchas veces escuchábamos los gritos... pero ella seguía defendiéndole incluso cuando era obvio que la había pegado. No es un buen hombre, el Sr. Todd.»
Y la acusación la había corregido con una simple pero sonora mofa: «Sr. Barker».
La mujer necesitó que se lo repitieran, al escuchar el nombre completo abrió los rechonchos ojos que poseía hasta ser casi un círculo perfecto cada uno: «¿Ve lo que le decía? ¡No es de fiar!».
Había notado la ligera pero creciente incomodidad de todos a su alrededor al tiempo que los días se sucedían. Incluso Lucy, que cada día se fijaba más en él, también le miraba con más asco. Se preguntaba si empezaba a reconocerle o, si por el contrario, sólo era pura rabia lo que bullía en su interior. Quería pensar que no aunque no la hubiera culpado de lo contrario. Probar que había matado a uno suponía que al otro también, pero no tenían prueba alguna para sustentar ninguna de las tres acusaciones. ¿Qué hacían? Utilizar a unos testigos más que cuestionables. Decenas de ellos. Y ahora todos le odiaban.
Se preguntaba cuántos faltarían para poder subir los suyos. No tenían muchos, pero la Sra. Lovett estaba entre ellos y eso marcaba una diferencia. De hecho, no habían podido encontrar nada con lo que atarle a los crímenes. No a las muertes, al menos. Sabía que lo había hecho con las navajas de madera, ¿pero dónde estaban? Y ni siquiera habían empezado con lo de Johanna. ¿Cuántos testigos tendrían para ese tema? ¿Cientos? ¿Miles? Morirían antes de poder hablar con todos.
¿Cuánto falta para verla?, pensó bostezando. Parece una maldita titiritera, ¿a qué juega siempre escondida? Odiaba su habilidad tanto como la admiraba y temía sus juegos, que le llevaban a darse cuenta de que no sabía con quién había estado viviendo ni qué esperar del futuro.
Pero había descubierto que no quería morir. Al menos no todavía. No cuando podía conocer a su hija, no cuando había esperanza.
—Creo que con esto damos por terminada la lista de la acusación, ¿no es así? —una agotada y severa mirada hacia los abogados de Turpin fue bastante para amenazarles con el calabozo si sacaban a alguien más—. ¿Tiene usted algún testigo, Sr. Moore?
Por fin habían terminadon con su gran horda de testigos y podían dar paso a cosas más interesantes como, por ejemplo, su defensa.
—Sí, Señoría.
Middleton suspiró. El tribunal ya estaba sudando y las ventanas estaban tan empañadas que apenas se apreciaba el buen día que hacía fuera. Las libretas de los periodistas se arrugaban por la humedad en el ambiente. Algunos incluso habían decidido confiar en su memoria para no perder sus notas. Lo que menos necesitaba la gente presente en la corte era otra larga selección de personas a la que entrevistar.
El Sr. Moore se acercó con una simple hoja, para sorpresa y gusto de la mayoría.
—Vaya, es... corta —dijo Middleton, sorprendido.
—Sí, Señoría.
—¿Está seguro de que no quiere subir a nadie más?
—Sí, Señoría. Creemos que las pruebas presentadas por la acusación son endebles y circunstanciales; los testimonios de estas personas serán suficiente para demostrar falsos los cargos hacia el acusado.
—Si usted lo cree... Está bien —asintió el hombre de ley sin prestarle mucha más atención—. Hágales pasar.
—Muy bien —se giró hacia la gente—. Sr. Benjamin Barker, al estrado, por favor.
Parpadeó un par de veces volviendo a la realidad cuando uno de los policías se acercó a soltar los grilletes de la mesa. En algún punto del tercer testimonio se había quedado absorto en sus pensamientos y de eso hacía ya varias horas.
Entumecido, se levantó y siguió al guardia hacia la pequeña cerca de madera donde iban a interrogarle. Desde su posición ventajosa buscó los familiares rizos rojos de su vecina, pero no los encontró. Cuando sus ojos atraparon los de Lucy Turpin, ésta volvió la cara. Su marido, Edmond Turpin, sólo mostró una burlona sonrisa.
—Cuéntenos, Sr. Barker, ¿dónde se encontraba usted el día dieciocho de Octubre sobre las diez de la mañana?
El Sr. Moore era un hombre serio y profesional, empleaba el mismo tono con todos los testigos tratando de parecer lo más objetivo posible. Era algo que el Sr. Todd admiraba en él; su habilidad para mantener la concentración.
—En mi tienda afeitando al Sr. Edwards, si no recuerdo mal.
—¿Recuerda qué fue lo que le pidió exactamente?
—Afeitado general exceptuando patillas y bigote, las cuales me pidió que le recortara, y un perfume para su mujer.
—¿Recuerda la Sra. Lovett, conocida amiga suya, a todos sus clientes?
Dejó escapar una carcajada.
—No.
—Protesto —se levantó el Sr. Dazley—. ¿Qué tiene que ver esto con el caso?
—El Sr. Prendergast ha establecido con anterioridad cómo de suma importancia la relación de mi cliente con la Sra. Lovett es en la resolución de este juicio y me gustaría seguir su línea de razonamiento. Tengo un punto, Señoría.
—Hágalo rápido, Sr. Moore.
—Muy bien. ¿Tiene buena memoria, Sr. Barker?
—A decir verdad, no.
—Sin embargo, afirma recordar el pedido exacto de la víctima, William Edwards.
—Sí, señor.
—¿Cómo es eso posible?
Suspiró. Se sentía estúpido contestando cosas que le resultaban tan obvias.
—Vivo por y para mi trabajo, Sr. Moore, como la mayoría de personas y artistas de esta ciudad —suspiró hastiado—. Nunca he sido capaz de recordar los detalles, pero el Sr. Edwards era uno de mis clientes más habituales. Como barbero, mi deber es tener contentos a los clientes, y desde luego recuerdo mis propias piezas de arte.
—Como un costurero las prendas que ha confeccionado, supongo... —comentó el abogado asintiendo—. ¿Recuerda a dónde se dirigía el Sr. Edwards tras abandonar su tienda?
—No, señor. No lo dijo.
—¿Está seguro?
—Sí.
—Pero acaba de decir que no tiene memoria para los detalles.
—Como todos, hay algunas cosas de las que sí me acuerdo —entrecerró los ojos.
Lo bueno de su posición elevada es que le permitía sentir el escalofrío general de los presentes en la habitación. Era reconfortante saber que no había perdido su efecto sobre los demás.
Tosió un poco y trató de relajarse.
—¿Había alguien que pueda confirmarlo en la barbería, Sr. Barker?
—Mi pupilo.
—¿Su nombre?
—Tobías. Tobías Ragg.
—Protesto, Señoría —volvió la acusación a levantarse—. La policía fue incapaz de encontrar al chico.
—Pues no buscarían bien, Sr. Dazley. Ha sido citado por el Sr. Moore —Hughes parecía divertido. Su rivalidad con Prendergast era legendaria en el mundo de las leyes.
La sala hizo eco de una sorpresa conjunta y después de los murmullos. Para Sweeney Todd no fue algo distinto. Creía haberle mandado bien lejos, ¿cómo le habían localizado?
La lista sólo contenía cuatro nombres: Benjamin Barker, Tobías Ragg, el Reverendo Mitchell y Eleanor Lovett, pero esto sólo lo sabían los abogados y su Señoría.
El Reverendo Mitchell confirmó haberle visto en la barbería, puesto que poco después el barbero le había pedido que le llevara al orfanato.
Para el niño había ido bien en general. Las preguntas habían sido simples y escuetas, y aunque no le habían preparado Tobías sabía qué contestar. Limpio y arreglado para la ocasión, se había sentado en el banco de los testigos con una seriedad que nadie recordaba en él, pero que desde luego era convincente.
Se aseguró de ayudarle desde la puerta, lejos de la multitud y los perfecto. La mirada de la panadera le dio seguridad, transmitiéndole su valentía innata, y el Sr. Todd nunca la vio.
Ahora era su turno, su gran entrada. Todos estaban esperándola. La conocida espontánea y alegre Sra. Lovett, convertida en una amargada y solitaria mujer por el odiado barbero de la calle Fleet. Todos sabían que no había estado allí ofreciendo apoyo, tampoco en la tienda. Su paradero había sido un absoluto misterio para la mayoría de londinenses, pero ahora iba a testificar por fin. Tenía que contestar a todo con la verdad, ya no podía escaparse.
Se sentía bastante importante.
La barbilla baja y una cara contrariada fue lo primero que se vio de ella. Margaret Lovett entraba en la sala del juicio con las manos suspendidas en el aire en una posición extraña. Al tiempo que la gente se hacía consciente de su presencia y su aspecto los gritos, los jadeos y los desmayos empezaron a sucederse. Los periodistas que se habían apelotonado para recibirla se apartaron con horror para dejarla pasar. Nadie había esperado que apareciera... así.
Su paso tembloroso conseguía llevarla por el extraño corredor de siluetas. La muerte que ataviaba su oscuro vestido dejaba pequeños charcos de sangre en las baldosas. Su escalofriante aspecto era un escándalo para los estándares victorianos y de eso era bien consciente. Pero no podía evitarlo, ¿no?
—¿Se puede saber qué significa esto? —el juez Middleton, quien podía verlo todo desde su silla, parecía enfadado.
—¿Qué ocurre? —preguntó en un susurro el Sr. Todd, preocupado, tratando de levantarse para ver qué estaba pasando. Los grilletes no se lo permitieron.
—No lo sé, hay mucha gente ahí atrás. No veo nada —dijo Hughes tratando de asomarse.
La endeble figura de sangre seguía tratando de llegar al estrado. Un guardia apareció de la nada para cogerla del brazo y pedirle explicaciones. Presentarse así en una corte debía de ser, cuanto menos, un delito.
Su mirada estaba cristalizada. Su labio inferior tembló ligeramente.
—Oh, Señor —exclamó el hombre sujetando a la panadera por la cintura cuando ésta perdió el equilibrio sobre él, víctima de un pequeño vahído.
—S-Soy... Soy una testigo... T-Tengo que testificar... —se aferró a su hombro para no caerse. Comenzó a llorar.
Consiguió apartarse y cerrar los dos metros que la separaban del final del corral reservado a los que iban a ver el juicio.
—Tengo... que testificar... —suspiró antes de caerse al suelo.
—¡Eleanor! —se levantó el Sr. Todd al instante, tratando de llegar a su lado para socorrerla. De nuevo, los grilletes se lo impidieron.
Hicieron falta dos guardias más para poder sentarla en un banco y un tercero para confirmar que se trataba de una testigo. Mientras la Sra. Lovett recuperaba la consciencia, el caos se desató en la habitación.
El público era una mezcla de gritos, comentarios horrorizados y preguntas. Los jurados, el grande y el pequeño (compuesto éste por personas de a pie), se miraban entre sí sin saber muy bien qué decir. Los miembros del grande portaban cada uno una mirada de suma preocupación. En la zona de los abogados todos se habían acercado; los propios abogados, el Sargento y sus subordinados, los guardias... Incluso los Turpin se habían levantado, aun quedándose un poco rezagados para no demostrar ningún tipo de preocupación. El juez Middleton observaba perplejo todo el asunto.
—¡Sra. Lovett! —gritaba el acusado tratando de conseguir algo de atención, pero apenas se le escuchaba entre tanto griterío junto.
¡Maldita sea! ¿¡Por qué me ignora!?
Recuperando la capacidad de actuar el juez del tribunal empezó a pedir calma. Diez minutos y, poco a poco, se fueron calmando con el susto presente en todos.
—Sra. Lovett, suba al estrado, por favor.
Ni siquiera he podido escuchar qué ha pasado, bufó para sí mismo, dando una sacudida a los grilletes. Y por mucho que pregunte me mandan callar. Creía que éste era mi juicio, no el de ellos. Además, ¡es una locura subirla así! Ni siquiera puede tenerse en pie.
—¿Y qué asegura a este tribunal —el abogado de la acusación barrió con la mano a todos los magistrados con gran prepotencia— que no fue usted quien asesinó a sangre fría a su supuesto prometido para conseguir la libertad de su amante? —el Sr. Dazley señaló con agresividad al barbero, alzando la voz hasta que retumbó en los oídos de todos.
—¡Cómo se atreve! —el Sr. Todd se levantó furioso ante la insinuación con una mirada que podría haber batido a la del propio Mefistófeles.
—¡Sr. Barker! —le llamó la atención Su Señoría.
Tras varios intentos por mantener la consciencia, la Sra. Lovett por fin empezaba a hacer sentido en sus respuestas y una pregunta tan cuestionable en su estado le parecía cuanto menos un motivo para asesinarle.
—¡Un poco de respeto hacia la testigo, por favor! —ésta vez fue Hughes quien se levantó, relevándole en la discusión que estaba a punto de comenzar.
Se calló sintiendo que dejaba la defensa de su vecina en buenas manos. Sino, ella no les habría contratado para defenderle a él. Los gritos proseguía entre ambos abogados y el juez y el barbero intentaba no escuchar por el bien de su cuello.
Su atención se había centrado en ella toda la hora. Su cara llena de preocupación, sus lágrimas, la sangre. El luto de los últimos días había quedado impregnado por completo, salpicado hasta el último resquicio. Se preguntaba cómo se sentiría. Habían asesinado a mucha gente, la sangre desde luego era algo común para ella y le sentaba bien. Aunque presenciar el homicidio de su prometido parecía haberla turbado de verdad. Temblando asustada en un banco, ésa no era Eleanor. No la que él conocía. ¿La conocía? No era la primera vez que se lo preguntaba.
Con los ojos en su cara había encontrado la respuesta. La cuestión de la acusación la había encontrado desprevenida, lanzando una duda a cruzar su rostro en la décima de segundo que Hughes le había brindado con su primera protesta. Esa era la cara que ponía cuando se encontraba algo que no estaba en sus planes. Había contemplado la posibilidad de algo parecido pero la había desechado, lo había podido ver en sus ojos, y ahora tenía que ingeniárselas para recuperar el pequeño plan de emergencia de «por si acaso». Lo había hecho tantas veces antes, cuando todavía trabajaban como una máquina perfecta, que no necesitaba palabras para darse cuenta.
Quizá los demás no lo hubieran notado, demasiado distraídos con la discusión o comentando el atrevimiento o la razón de la acusación, o quizá fuera la fiebre jugando con sus ojos. Pero estaba seguro: mentía. Siempre lo había hecho. Todo era parte de su gran farsa, el teatro que había esbozado algún día en el pasado en su retorcida mente. «Por si acaso», como ella solía decir.
Ahora que volvía a mirarla casi podía ver los engranajes dando vueltas en su cabeza, como si tratara de dilucidar qué expresión facial sería más acorde, más convincente en alguien que acaba de presenciar algo tan traumático. La discusión sólo le daba tiempo a buscar en su haber de mentiras.
Por si acaso.
La acusación había dado en el clavo.
Había matado, asesinado a sangre fría al Sr. McAllen. A su prometido, una persona que se suponía apreciaba, que la había tratado bien. ¿Cómo podía estar haciendo algo por él? Debería estar condenándole, no salvándole.
¿Con qué clase de monstruo frío, retorcido y sin corazón he estado viviendo todo este tiempo? ¿Es que no sabe a estas alturas que no es bueno tomar ejemplo de mí?
—Sra. Lovett —suspiró Middleton, pidiendo calma otra vez a la susceptible habitación y dirigiéndose a ella con una voz calmada y comprensiva—, me temo que debe responder a la pregunta.
Ella asintió, tragó hondo y miró a Prendergast a la cara antes de volver a apartarla. Su cara se contorsionó en una mueca muy elaborada y las lágrimas, que ahora ya no podía considerar tan falsas, volvieron a brotar de sus ojos.
—¿C-cómo iba a matarle? —sollozó, intentando mantener la compostura e ignorando la fría y sorprendida mirada del hombre al que trataba de defender—. Í-íbamos a-a... L-lejos y...
—Por favor, Señoría —suplicó Moore, levantándose—. ¿No ve que apenas puede hablar? Si la pregunta de la acusación va enfocada a cuestionar si el Sr. Barker es capaz de cometer esos horribles crímenes, ¿no podríamos dejarlo para otro día? La Sra. Lovett necesita descansar y digerir... lo que ha pasado, no alguien forzándola a revivir con tanta crudeza la...
El juez golpeó varias veces con su martillo la tabla de madera y le miró con severidad. Por un momento, el Sr. Todd pensó que estaba a punto de echarle de la sala por interrumpir otra vez la sesión.
—Continuaremos mañana a primera hora. Lo retomaremos desde aquí —su voz sonaba severa y dura. ¿Quién podía culparle? Se habían empeñado en quitarle el control de la sala.
—S-Sí, su S-Señoría —contestó con voz aterrada y afligida la testigo.
El martillo cayó y el primer movimiento fue hecho por Moore, que acudió enseguida a atenderla bajando las escaleras. Parecía a punto de desmayarse otra vez. Empezaba a dudar de sí mismo.
¿De verdad la creemos capaz de todo eso, Sweeney Todd? Sólo es una mujer. No, es más que una mujer, es la Sra. Lovett. Pero parece mal de verdad... Desde luego si no lo está, está siendo una actuación magistral.
Se había encogido en el brazo de Moore, con los ojos vidriados y perdidos en algún punto fijo del vacío. Sólo se habían movido al pasar por su lado, mas sólo para mirarle los pies, jamás a la cara.
Si le se le preguntara hubiera contestado que parecía traumada de verdad. Sí había visto antes su cara de estupefacción; aquella vez en el sótano frente al cadáver número uno, mas nunca tan frágil, tan a punto de romperse en mil pedacitos.
El disgusto parecía genuino.
¿Me estoy volviendo loco? No... no tiene... Nada tiene sentido.
Escoltada por dos guardaespaldas, cortesía del Honorable juez Turpin, volvía a estar en el estrado a las diez de la mañana del día siguiente. Para alivio de todos nadie se le había muerto encima en el camino entre periodistas y cotillas. Parecía recompuesta y dispuesta a hablar.
Y todos querían saber qué tenía que decir.
Sobre todo el Sr. Todd, que se debatía entre mirar a su esposa perdida hacía tanto tiempo, o a su vecina, ¿amiga? y cómplice, la Sra. Lovett, quien desde luego tenía muchas explicaciones que darle a la ciudad de Londres y a él mismo.
Mientras preparaban la Biblia sobre la que tenía que jurar, la Sra. Lovett localizó al Sr. Rhydel a lo lejos. Con un suave asentimiento de éste supo que todo estaba preparado.
—¿Cómo se encuentra, Sra. Lovett?
Era el Sr. Hughes quien iba a interrogarla ahora, con su voz determinada y su tacto innato. El Sr. Todd había notado que solía ser él quien se encargaba de preguntar cuando se trataba de algo complicado.
La Sra. Lovett le miró, dejó escapar una suave carcajada sarcástica y le acusó con la mirada.
—Destrozada, Sr. Hughes, ¿cómo cree que estoy?
—¿Debemos tener cuidado con ésta? —el susurro no muy bien tapado llegó a oídos del acusado.
—Sí, va a dar guerra —fue la suave respuesta del juez Turpin a sus abogados.
—¿Cuál es su relación con el acusado, Sra. Lovett? —preguntó el Sr. Hughes, juntando las manos por delante con serenidad.
—Le conozco de toda la vida —contestó más tranquila.
—¿Mantenía una relación sentimental con el acusado?
—¿Qué?
—Se ha declarado en este tribunal en varias ocasiones que su actitud para con el Sr. Todd parecía ir más allá de los límites de la amistad. ¿Es cierto?
Suspiró, cansada de tanto rumor intranscendente. ¿Por qué no metían las narices en sus propios asuntos? ¿Y qué más daba si estaban juntos o no? No iba a influir en lo buenas que estaban sus empanadas.
—No.
—¿Estaba usted comprometida con el Sr. McAllen?
—S-Sí —le tembló la voz y cerró los ojos un momento para no llorar—. Í-Íbamos a... irnos. Lejos.
—¿Por qué?
—Quería sacarme de aquí, estábamos cansados de esta ciudad —dos solitarias lágrimas recorrieron sus mejillas. No conseguía apartar la mirada de sus propias manos—. Íbamos a comenzar una nueva vida... juntos. Pronto.
—Si su relación con el acusado era tan buena, ¿por qué decidió marcharse?
—Voy a dejar la tienda a cargo de una de mis empleadas. Mi... mi prometido... él no quería alejarme de mi vida, sólo mejorarla. Así no estaría tan lejos. Él comprendía que le tengo mucho aprecio a nuestro amistad, pero eso no significa que deba estar siempre en la misma ciudad que él, Sr. Hughes. V.
Los periodistas corrieron a escribir sus últimas palabras. Era una noticia para páginas importantes: La Sra. Lovett delega el local y a abandona la ciudad. ¿Posible maltrato?
—¿No será porque en el fondo la trataba mal y tenía miedo a cómo reaccionaría? Muchas personas han corroborado ahí mismo —señaló donde ella se encontraba— haber presenciado actitudes impropias del acusado hacia usted. ¿La ha pegado alguna vez?
—¿Qué? ¡No! —exclamó escandalizada.
Decenas de veces, en realidad.
—Puede hablar sin miedo, Sra. Lovett. Él no va a hacerle nada ahora. Sólo queremos esclarecer si el acusado ha tenido alguna vez una actitud violenta hacia usted.
—Puedo asegurarle que nunca, jamás, se ha propasado conmigo en algún aspecto.
Le miraba como si fuera a arrancarle la piel a tiras por insinuar algo semejante cuando en realidad estaba repasando todos los aspectos en los que sí habían traspasado los límites de la amistad.
—¿Puede describir al asesino del Sr. McAllen? —continuó el abogado de la defensa, dando un breve paseo hacia la acusación y volviendo.
—N-No... —el tremor volvía a recorrer su cuerpo al recordarlo—. Fue muy rápido. Caminábamos por la calle y-y... d-de repente... —rompió a llorar.
—Está bien. No hay más preguntas —le dijo el Sr. Hughes al juez.
—Muy bien, ¿tiene la acusación alguna pregunta?
—Sí, Señoría. ¿Informó al acusado, el Sr. Barker, de que planeaba irse de la ciudad?
—¿Perdón? —parpadeó un par de veces.
—¿Informó al Sr. Barker de que planeaba irse de la ciudad?
—¿El Sr. Barker?
Su sorpresa era real. Se había girado hacia él y le estaba mirando por primera vez en muchos días, perpleja. El barbero decidió dedicarle una pequeña sonrisa vengativa.
—¿Me está diciendo, que conociéndole de toda la vida, como usted clama, no sabía su nombre real? Está hablando de Benjamin Barker, señora —intentaba dejarla en evidencia y eso la estaba irritando.
—¡Por supuesto que lo sabía! —exclamó ofendida—. Benjamin Adam Barker, si me permite puntualizar. Simplemente no esperaba que volviera a llamarse por ese nombre, es todo —se encogió de hombros.
—¿Y por qué no?
—El Sr. Todd... Barker, perdón —se corrigió a sí misma antes de que el Sr. Prendergast pudiera siquiera abrir la boca—, lo pasó muy mal en su juventud. Siempre he creído que intentaba alejarse de eso.
—¿Está al tanto de sus deudas para con la ley?
—Sí, señor —asintió—. Intentaba no entrar en tantos detalles.
—No ha contestado a la pregunta anterior —apuntó y repitió:—. ¿Informó al Sr. Barker de que planeaba dejar la ciudad?
—No, no se lo había dicho. Todavía.
—¿Por qué no?
—El señor... Barker es muy sensible con algunas cosas. Quería decírselo en el momento adecuado —resopló juntando los brazos frente al pecho.
—¿Cree que no se hubiera alegrado por usted?
—¡Claro que se hubiera alegrado! —casi gritó, dejando caer las manos.
—Entonces, usted cree que es inocente —afirmó, y Moore necesitó una mirada de advertencia de la Sra. Lovett para no protestar.
—Inocente como un pajarillo recién nacido —confirmó ella.
—¿Por qué?
—¿Por qué? —repitió sin saber muy bien qué decir—. No entiendo la pregunta.
—¿Por qué piensa que es inocente? —el abogado paseaba por la zona, mirando a todos y de vez en cuando a la testigo—. ¿Qué le hace pensar que el acusado no es capaz de matar a dos personas y secuestrar a una joven?
Para sopresa de todos, la Sra. Lovett rompió a reír.
—No diga tonterías, ¿por qué iba a secuestrar a su propia hija?
—¿Qué? —con la cara desfigurada en una fea mueca se acercó al estrado.
—¿Me está diciendo que, representando a su cliente como clama, no sabía que la ha tenido encerrada todos estos años? ¡La mayor parte del Old Bailey lo sabe! Está usted muy desinformado, Sr. Prendergast.
—El Sr. Turpin es su tutor legal —contestó.
—¡Porque la robó! ¡Manipuló los papeles! Johanna nunca ha sido su hija —esbozó una sonrisa suave y agradable destinada a patear en el estómago al abogado, quien se había acercado hasta el estrado, incrédulo.
—¿Y cómo sabe usted eso? ¿Cómo sabe qué no son habladurías? ¿Tiene alguna prueba? —la acusaba con la mirada y con el dedo, ofendido hasta los huesos o quizá avergonzado porque sí lo sabía.
—¿Está insinuando que no sé quién es el padre de mi hija? ¿Qué clase de mujer cree que soy?
Y si los presentes no habían sucumbido al cotilleo ya, acababan de hacerlo.
—¡Eso es mentira! ¡Johanna es mi hija! —la propia Lucy se había levantado y la señalaba con el dedo—. ¡Maldita mujer del Diablo! ¡Mentirosa!
¿Por qué has dicho eso?, se preguntaba el barbero en su mente, observando a ambas mujeres sin saber muy bien qué más decir o hacer.
También era una sorpresa para él. Saber que después de tantas cavilaciones sí era su hija... ¿pero también de su vecina? ¿Sería cierto? Si lo era... Tanto tiempo guardándose el secreto para soltarlo... así, de forma casual. ¿Cuándo pensaba decírmelo? ¿Iba a decírmelo siquiera? ¿Por qué no me lo dijiste, Eleanor? ¿Por qué?
Y ella le miraba con desafío y regocijo. ¿Por qué?
—¡Orden! ¡Orden, he dicho, maldita sea! —gritó el juez Middleton con una vena en el cuello a punto de explotar—. ¡Quien interrumpa otra vez en mi sala será condenado a tres meses de calabozo por desacato! —el silencio se hizo de inmediato y el hombre, cansado, se dejó caer en su trono—. Muy bien, eso está mejor —suspiró y se volvió hacia la Sra. Lovett—. Sra. Lovett, ¿se da cuenta de la gravedad de su acusación?
—Sí, Señoría, y sólo acabo de empezar —asintió.
—¿Está segura de que quiere continuar por ahí? ¿Conoce la pena por perjurio?
—Sí, Señoría.
—¿Asegura entonces que la Srta. Johanna Turpin ha estado retenida contra su voluntad en casa del Sr. Turpin?
—Sí, Señoría —volvió a asentir.
—Eso sigue sin decirnos dónde está Johanna ahora —protestó el abogado—. Y no hay ninguna prueba.
—Oh, claro que hay pruebas —rió la Sra. Lovett con suavidad y de una forma que sabía resultaba tan adorable como irritante—. Cinco personas en esta sala podrían contarle cómo el Sr. Turpin inculpó al pobre Sr. Barker de forma fraudulenta y secuestró a su hija, Sr. Prendergast.
—¿Puede nombrarlas? —la desafió cruzándose de brazos.
—Por supuesto —le sonrió, manteniendo siempre la clase y la elegancia que todos creían que la caracterizaba—. El Sr. Barker —le señaló con un suave y recatado gesto de cabeza— yo misma, el Sr. Turpin —hizo lo propio—; su esposa, la antes Sra. Barker...
—¡Eso es mentira! —gritó la susodicha volviendo a levantarse—. ¡Mentirosa del demonio! ¡Johanna es nuestra hija, mía, no de ninguna furcia como tú! ¡Yo nunca he estado casada con esa escoria! ¡Díselo, Edmund!
Aquellas simples frases bastaron para terminar de agujerear el corazón de Benjamin Barker.
—¡Sra. Turpin! —exclamó Middleton golpeando la mesa con el martillo—. ¡Siéntese!
El propio juez Turpin la obligó, pero ésta no cejó en su empeñó, revolviéndose airada. La triunfante mirada de la Sra. Lovett tampoco ayudaba a calmarla.
—Prosiga —insistió el abogado.
—Y mi hija, Johanna.
—¿Johanna? —preguntó varios a la vez.
—Sí, Johanna —sonrió la orgullosa panadera, haciendo un gesto hacia el final de la sala.
En la defensa no podían estar más felices. Incluso el Sr. Todd, quien se había quedado anonadado. El murmullo, aunque no tan alto como en veces anteriores para no molestar al juez, se hizo eco en el corral.
Una figura comenzó a moverse entre la multitud, lenta pero con paso decidido. Sus cabellos ondulados, ahora más rojizos que castaños, eran inconfundibles.
—Johanna... —dejó escapar al ver aparecer a su hija con unos papeles en la mano.
La joven se giró a mirarle y le sonrió con dulzura.
—Me alegro de volver a verle, padre —susurró.
—¡Johanna, hija! —los Turpin se levantaron a la vez para acercarse, mas la joven no parecía querer saber nada de ellos.
—Aléjese de ella —el Sr. Moore, que estaba sentado en la esquina, se adelantó para apartarla antes de que pudieran rozarla.
—Silencio —golpeó Middleton la mesa otra vez.
Suspiró dándose por vencido y se llevó una mano a la sien, contando hasta diez. Estaba siendo, de lejos, la peor corte que jamás hubiera llevado. El dolor de cabeza era creciente, pero hacer un descanso en ese mismo momento podría llevar la sangre al río de varias personas.
—Srta. Turpin...
—Barker, por favor —pidió Johanna.
—... Srta. Barker —volvió a suspirar—, es una alegría para todos ver que está sana y salva. ¿Podría subir y declarar para esclarecer este macabro asunto?
—Señoría, creo que puedo hacer más que eso, si me lo permite.
—¿A qué se refiere? —frunció el ceño, confuso.
Johanna se acercó al juez con su alegre andar de cervatillo y le tendió los papeles que portaba en las manos.
—Me llevé esto cuando me escapé de casa de los Turpin, señor... Señoría —se sonrojó ante su propia torpeza—. Sé que no está bien... pero era lo único que tenía para demostrar quién era en realidad... la Sra. Lovett... mi madre... —volvió a sonrojarse cuando se dirigió a ella con la mirada—... me... ayudó. Ha sido muy amable conmigo. Por favor, no la encarcelen por ello, yo...
—Silencio —ordenó Middleton, revisando los papeles.
Johanna cerró la boca al instante.
Tensos minutos pasaron en los que el único sonido era el de las plumas rasgando en las libretas de los periodistas con fervor y los eventuales tosidos del Sr. Todd.
Esa misma tarde la vida de ambos estaría expuesta en los periódicos de todo Londres. Ya no había vuelta atrás.
Levantando la mirada y quitándose las gafas, Mathew Middleton levantó la cabeza y observó su sala. Todos le miraban. Los abogados se habían vuelto a sentar, expectantes. Lucy Turpin parecía a punto de echar humo y Edmund Turpin estaba pálido como un fantasma. Los miembros en los jurados esperaban a su orden. ¿Un nuevo cargo? ¿Un nuevo juicio?
No, gracias, pensó para sí mismo.
Ya se lo había esperado cuando la Sra. Lovett le pidió que tomara el juicio. Normalmente los jueces iban en circuito para aquel tipo de juicios, siéndoles asignados cuando llegaban al condado. De alguna manera, ella se las había arreglado para encontrarle y hacerlo posible.
Sabía las consecuencias de aceptar los servicios especiales de la panadera. Podría haberse negado y ella hubiera recurrido a otro. Pero la tenía en alta estima, así que sólo podía esperar problemas.
Jamás hubiera imaginado que tendría que enfrentarse a un caso de corrupción en su propio gremio.
Y luego estaba aquella adorable, dulce chica; Johanna. Tan joven, metida en medio de aquella vorágine de celos y traiciones... Su decisión iba a impactar en la vida de la joven hiciera lo que hiciera, y el Señor sabía que Mathew Middleton era un ser de corazón compasivo.
—En todos mis años como juez, jamás había tratado con una sala tan indisciplinada—carraspeó al fin, atrayendo la atención de todos los presentes—. Y espero no tener que volver a tratar con ninguna —exhaló, cansado—. Creo que he oído suficiente. Queda solucionado el cargo del secuestro, entonces. Gracias, joven. Vaya a sentarse —le indicó—. Esto —alzó los papeles y miró a su colega con severidad— lo presentaré ante las autoridades pertinentes y será tratado en otro juicio que, con suerte, no presidiré yo. Pero, esto —volvió a señalar los papeles e hizo un recorrido por las caras de los presentes— no le exculpa de los cargos de homicidio, Sr. Barker —se paró en él—. Hemos oído todos los testimonios necesarios y es hora de que los jurados se retiren a deliberar —miró a ambos con seriedad—. Les ruego que tengan en cuenta lo presentado hasta ahora. No se dejen nublar por los últimos hechos acontecidos, los cuales... bueno, no puedo negar que resultan turbadores —rió con suavidad—. Está en sus manos, caballeros. No haré comentarios al respecto —miró a la Sra. Lovett una décima de segundo—. Diez minutos —golpeó la mesa y antes de que nadie pudiera acercársele había desaparecido por la puerta más cercana.
La Sra. Lovett bajó del estrado y su hija la abrazó casi al instante. Juntas fueron hacia la zona de los bancos bajo la atónita mirada de los Turpin y los abogados, que estaban sujetando a Lucy para que no saltara a arrancar la cara de alguien. La gente en primera fila en seguida les hizo sitio detrás de la defensa, junto a Tobías que también había acudido a la sesión.
La Sra. Lovett cogió la mano de Johanna y le guiñó un ojo. La pobre estaba temblando de los nervios. No estaba preparada para enfrentarse a todo eso, y sin embargo llevaba queriendo toda la vida hacerlo.
El Sr. Todd se giró para observar una mirada cómplice de la panadera con sus abogados. Frunció el ceño. Aquella sí parecía una pequeña familia. Su familia, algo por lo que habían muerto cientos de personas bajo su navaja. Entonces, ¿por qué se sentía tan fuera de ella? No pertenecía en la imagen. La Sra. Lovett estaba por fin reunida con su hija y tenía un nuevo pequeño al que malcriar. Incluso Rhydel, en el que no había reparado hasta el momento, estaba detrás de ellos en una pose casi defensiva, dispuesto a matar para que nada les pasar. Él debería estar ahí, no encadenado a una mesa. Él debería ser el cabeza de esa familia, no aquel estúpido crío.
¿Por qué? ¿Por qué no yo?
La respuesta era tan sencilla que le perforaba el alma: porque la había rechazado tantas veces que había perdido el derecho. La Sra. Lovett lleva años avisándole, tratando de llevarle a eso, enseñarle y contarle lo que estaba pasando. Había tenido que callar para protegerle y se había cansado de esperar. Por eso estaba encadenado en la mesa y no aquel retrato familiar. Ni Rhydel ni Lovett le miraban a la cara.
También había dicho que se iba. Si se iba de verdad... bueno, eso explicaba muchas cosas. Se había arruinado la vida. Revelar que tenía una hija bastarda... y todos sabían su edad, muchos habían conocido a los Barker y a los Lovett. No iba a ser un trago fácil para ella si se quedaba en Londres. Sin duda, los periódicos no serían compasivos con la panadera. Una hija bastarda... su hija bastarda. La de ambos. No conseguía acostumbrarse.
¿Le dejarían ser su padre?
No estaba muy seguro de eso. Ni siquiera sabía si quería serlo. ¿Debía? Contando, claro, que no le ahorcaran al día siguiente... El juez parecía muy decidido a terminar cuanto antes. Y todo dependía de la respuesta de los jurados a la pregunta: ¿era Sweeney Todd, Benjamin Barker, capaz de matar a un hombre?
No uno, no dos. Cientos. Si ellos supieran... ¿hay algo peor que la horca? Parece apropiada para un asesino pero... ¿para alguien que ha roto cientos de familias? Cientos de ellas como rompieron la suya... Creo que en España hay algo llamado «garrote vil», algo así como un tornillo que te atraviesa el cuello. ¿Sería suficiente para hacer justicia conmigo?
Cuando por fin iba a complacerle, mirarle a la cara y hablar con él, la Sra. Lovett se encontró con que había vuelto a perderse en sus divagaciones mentales. Suspiró y sonrió por dentro.
Tan típico de él... Jamás va a cambiar. Sacudió la cabeza y volvió a su pequeña conversación con los abogados para matar el tiempo y no ser presa de los nervios. Era un poco difícil cuando todo dependía de la decisión de un manojo de gente.
Y ciertamente, no quiero que mi hija se quede sin padre.
El tiempo de decisión se alargó veinte angustiosos minutos en los que hicieron falta varias personas para controlar y llevarse a Lucy, quien terminó perdiendo los papeles por completos.
Nadie hablaba ya. Los ojos de todos estaban fijos en la puerta por donde debían aparecer los jurados. Los abogados repasaban sus apuntes, buscando un resquicio por el que atacar en caso de que la sentencia fuera en su contra.
La Sra. Lovett tenía agarradas las manos de sus dos hijos, que esperaban con ansiedad el momento final. Turpin ni siquiera era capaz de enfocar los objetos frente a él, siendo consciente de que en su empeño por destruir a los Barker y los Lovett se había destruido a sí mismo también.
El Sr. Todd rezaba en silencio una plegaria, con las manos entrelazadas esperando que aquel dios sediento de sangre al que siempre había servido acudiera a socorrerle en el último momento. Pero parecía improbable.
Dio un respingo al notar una mano sobre su hombro y se giró para buscar a su dueño. Se encontró con los ojos avellana de la Sra. Lovett mirándole fijamente y su suave sonrisa. Le dio un apretón y miró hacia la puerta del jurado, que se había abierto.
Tragó hondo y asintió, poniéndose recto en la silla. La calidez de su mano desapareció.
—Muy bien, señores —dijo el juez Middleton, dirigiéndose al jurado mayor que era el único que importaba—. ¿Su veredicto?
Había escuchado muchas veces hablar del momento antes a la condena, de la anticipación. Esos segundos en los que un papel viaja de mano en mano antes de que el juez pronucie la sentencia final, seguido de un solemne: «Que Dios se apiade de su alma».
Se le retorcía el estómago sólo de imaginarse a su amigo de toda la vida colgando al otro extremo de una soga, lo mereciera o no.
Es un poco difícil culparle cuando una ya no tiene ninguna ética moral, supongo.
El trozo de papel llegó por fin a su destino. El juez Middleton lo abrió, leyó, y fijó su mirada sobre el acusado.
—Benjamin Barker, ha sido juzgado y hallado... inocente del más atroz acto; el asesinato de William Edwards. Pero me temo que el chismorreo no es prueba suficiente para demostrar su implicación y, dado que no se ha encontrado el arma del crimen, no hay caso que estudiar. La ciudad de Londres le pide perdón y es libre de marcharse. No abandone la ciudad todavía, quizá se le requiera para testificar.
No se lo podía creer. Sus oídos no procesaban las palabras del juez. Sólo cuando un guardia se acercó a soltarle los grilletes fue consciente de verdad de que, en efecto, era libre.
—Oh, Dios mío —jadeó dándose la vuelta—. Oh, Dios mío.
—¡Padre! —Johanna fue la primera en acercarse y se abrazó a él como si le hubieran condenado a muerte.
Tobías también se abrazó a ellos. Sentía las palmadas de los abogados en su espalda, felicitándole. Incluso James se acercó a estrecharle la mano.
Pero la Sra. Lovett no se inmutó. Se limitó a mirarle y asentir cuando sus ojos se encontraron, la misma suave sonrisa dándole paz en su rostro.
—He hecho lo que tenía que hacer —articularon sus labios, aunque ningún sonido salió de ellos. Asintió para indicarle que la había entendido.
—Sr. Todd —la voz de un guardia sacó a todos de su felicidad compartida—. ¿Sería usted tan amable de acompañarme?
—¿Ocurre algo? —preguntó Johanna asustada, abrazándose más a él si cabe.
—No, señorita —rió el guardia ante el susto de la joven—. Debe venir a prisión a recoger sus efectos personales y firmar unos papeles.
—Está bien, Johanna —sonrió el barbero soltando sus brazos—. Nos veremos en casa de la Sra. Lovett... si a ella le parece bien —la miró indeciso.
—Estaremos esperando —asintió con voz neutral.
—¡Llevaré vino para celebrarlo! —exclamó el joven Moore.
—Y ginebra, chico. Ginebra —le palmeó el hombro Hughes, satisfecho con su trabajo.
Nunca se había sentido mejor. Respiró hondo y el aire de la noche llenó sus pulmones con niebla y un agudo frescor que le hizo toser. Incluso el empujón para que se apartara del umbral le sentó bien. Mover las manos y los pies con libertad, sin cadenas que le sujetaran, era lo mejor que le había pasado en la vida.
Lo había experimentado dos veces antes; una larga condena atado de pies y manos, bien sea encerrado en una prisión o bajo el infernal calor de Australia, no resultaba muy agradable. Y de repente encontrarse en la calle, sin obligaciones, sin ojos clavados en la nuca, era una sensación dulce como la ambrosía. Aquellas veces no había tenido a dónde ir, no sabía muy bien qué le deparaba el futuro.
Horas antes, en el juicio, había sentido la soga alrededor de su cuello, apretándose a cada segundo que pasaba. En esta ocasión, pese a no haber sido una condena sino un encarcelamiento preventivo, sí sabía cuál era su lugar, su hogar.
No perdió un segundo más. Había pasado mucho tiempo lejos de casa y tenía ganas de volver a ella, pero no para esconderse y odiar el mundo, sino para construir algo nuevo. Tenía muchas cosas que meditar, reflexionar sobre lo que había descubierto, su vida, lo que había hecho con ella y, lo más importante, sobre su relación con la Sra. Lovett.
Cuando la puerta verde de la barbería le recibió tuvo ganas de abrazarla, pero no hubiera sido algo propio de un caballero. Así que la abrió y se quedó parado en el umbral.
—Hola, puerta —saludó con una sonrisa para después entrar y cerrarla.
No había ni una mota de polvo mirara donde mirara. Las cortinas arregladas, el jarrón de flores en la cómoda tras la silla de barbero... Incluso se podía ver a través de los cristales. Era sin duda obra de la Sra. Lovett; estaba todo como ella siempre le había pedido que lo pusiera.
Fue entonces cuando notó que le dolía la cara. Preocupado, se acercó al espejo donde antes solía mirarse (aquel que tanto había echado de menos) sólo para encontrarse a su reflejo sonriendo. Estaba aviejado, con profundas ojeras y una palidez enfermiza, mucho más enfermiza que antes. Se notaba que estaba enfermo. Y feliz. Estaba muy feliz.
Había olvidado cómo se sentía ser feliz... Pero... quizá... quizá es porque ahora tengo una... una familia... Dudaba. ¿Qué debía hacer a continuación? Estaban celebrando una fiesta. ¿Debía ir? ¿Le querría la Sra. Lovett allí? Bueno, me dijo que podía ir a ver a Johanna... no creo que pase nada malo si tomo su palabra. ¿Tú crees? Estoy seguro.
Dejó las cosas que le habían devuelto en prisión sobre el sofá y bajó las escaleras de dos en dos.
No sabía qué iba a pasar, pero no quería pensarlo. Suponía que aquella sería la última vez que iría hasta la tienda de la Sra. Lovett. Los últimos sesenta metros. Intentó disfrutar de la sensación antes de que le fuera arrebatada.
Cuando giró la esquina a Bell Yard las únicas luces encendidas eran las de la tienda. Caminó hacia ellas tratando de guardar la imagen en su memoria; el recuerdo de sí mismo caminando hacia su familia, una vez más unida. Quizá no fuera la original, quizá fuera extraña, extravagante y llena de secretos incómodos, pero eran los suyos; los que le apreciaban, los que le recordaban; no iba a renunciar a ellos con tanta facilidad.
—¡Padre! —gritó feliz Johanna corriendo a abrazarle cuando abrió la puerta—. Creía que le había pasado algo.
—No —río acariciando su cabello y recreándose en la sensación.
Ahora que podía verlo de cerca, sí que se parecía al de su madre, aunque no había heredado los bucles. El ondulado era de él.
—Sr. Todd —saludó Tobías, tratando de parecer feliz.
Había una gran sombra sobre sus ojos que no podía ignorar. Quería suponer que la muerte de su madre biológica todavía le afectaba.
—Hola, chico. Me alegro de verte —le revolvió el pelo—. Rhydel —gruñó, llamando su atención.
El joven detective había estado hablando animadamente con los abogados y un vaso de ginebra cuando escuchó su nombre y un escalofrío le recorrió la espalda.
—Todd —se giró un poco atemorizado.
El barbero buscaba, en realidad, agradecerle su ayuda. No se le había escapado que la Sra. Lovett no hubiera podido traer sola a la niña de donde quisiera que estuviese.
Le tendió la mano en señal de paz.
—Gracias —dijo en un tono claro y libre de resentimiento.
James no supo muy bien cómo reaccionar. Dejó el vaso en la mesa más cerca y, temblando, correspondió al saludo.
—¿De nada? —contestó, dubitativo.
—Siento lo de tu padre —le soltó y recibió el vaso que le ofrecía Hughes—. Era un buen hombre.
—Sí... no somos nada —se encogió de hombros y miró su propio vaso, de vuelta ya en su mano—. Me alegra saber que al menos, su muerte fue... rápida. Eso me ha dicho la Sra. Lovett. Pero no nos dejan enterrar el cuerpo todavía, dicen que tienen que estudiarlo más a...
—Sí, hablando de la Sra. Lovett —le imterrumpió; no le interesaba demasiado su vida y una muestra de simpatía no iba a cambiar eso—. ¿Dónde está?
Cortado, señaló hacia el techo.
—Está arriba, padre —dijo Johanna, que se había quedado con Tobías algo más atrás—. Terminando las maletas y arreglando los últimos detalles del viaje.
—Oh... —asintió y miró hacia la puerta que llevaba a su salón.
—Dijo que quería hablar con usted a solas cuando llegara.
—Sí, comprendo —volvió a asentir—. ¿Os importa seguir sin mí? —vació su vaso de un trago y lo dejó en la mesa—. Señor, ¡cuánta echaba de menos la ginebra! —no pudo contenerse: habiendo sido tan dependiente del alcohol era algo que de verdad le había costado abandonar.
Todos rieron y le dejaron pasar. La animada charla que comenzaban se perdió tras la puerta.
Así que es definitivo..., pensó al ver el salón vacío. Se va. Se van. Para siempre.
Encontró las demás habitaciones en su camino de la misma manera. Ni las flores quedaban ya, sólo fantasmas de recuerdos pasados.
Ojalá no fuera así.
Desearía haber tenido la oportunidad de sustituir todos los recuerdos tristes por unos nuevos más felices, ahora que podía.
Siempre pudiste, tonto, le recordó una voz en su cabeza. Siempre tuviste la oportunidad, pero se ha cansado de esperarte.
Suspiró y abrió la puerta de la última habitación sin llamar. Sabía que le esperaba allí.
—Hola —saludó sorprendida al verle en la puerta. Estaba inclinada sobre el colchón desnudo tratando de cerrar una bolsa de cuero—. Esperaba bajar antes de que llegara, pero se me están resistiendo los botones —se apartó jadeando y se quitó el sudor de la frente con un gesto tan familiar para él como el respirar. Uno que había temido no volver a ver.
—Hola —contestó e intento ocultar su sonrisa—. Me han dicho que quería hablar conmigo.
Avanzó hacia ella con paso decidido y se quedó congelada.
—¿Puedo? —preguntó señalando la bolsa.
—Oh, sí, claro —se apartó. Carraspeó un par de veces y tragó hondo—. Sobre Johanna, quería hablar —puntualizó.
—Dijo usted que se marchaba... ¿Irá ella con usted? —inquirió atando el último botón sin apenas esfuerzo. Tosió un par de veces y se apartó.
—Sí. Vamos a empezar una nueva vida lejos de aquí.
—Eso he oído —asintió.
No sabía cómo decírselo. Ni siquiera había estado segura de si quería ella misma hacerlo. Pero sabía que era lo mejor para todos, incluso para él. ¿Y cómo planteárselo? Decidió ser suave.
—No quiero que usted venga con nosotros.
Maldita sea, Eleanor. ¿Eso es suave para ti?
—¿Por qué? —preguntó dolido—. N-No voy a...
—Sr. Todd, usted no está bien —suspiró dejando caer los brazos—. Tiene problemas que solucionar aquí. Tiene que aclarar sus sentimientos antes de que pueda venir con nosotros. Y yo también debo hacerlo.
—¿Por qué? ¿Es que ya no me quiere? —la pregunta se había escapado sin querer de sus sentimientos con la voz de un niño asustado.
Ella negó con la cabeza y bajó la mirada.
—No lo sé y usted tampoco lo sabe. Así es lo mejor para todos.
—¿Entonces no volveré a verla? ¿Jamás? —frunció el ceño.
En otros tiempos la hubiera matado. En esto, pese a tener todavía fuerza para atar una maleta rebelde, hubiera sido incapaz. Menos sabiendo que también era hija de ella.
Y con todo lo que había luchado, ahora sabía, mucho más que él, no podía negarle el derecho de decidir.
—Le mandaré una carta cuando nos asentemos. No voy a apartarle de Johanna, Sr. Todd —intentó tranquilizarle—. Pero sí; creo que sería mejor que usted y yo no volviéramos a encontrarnos.
Se quedó sin aliento. No sabía qué decir a aquello. Creía que se había preparado para escuchar algo parecido pero no, ni de lejos. Nadie podía prepararle para ser abandonado por su mejor amiga y compañera.
—Él... ¿Él va? James —aclaró con la voz ronca.
—Sí —suspiró—. Él también tiene que alejarse de Londres.
—Entonces, ustedes... —asumió, porque era la única opción lógica que se le ocurría.
—No —rió—. No. Creo que James va por... otros motivos.
—¿Qué? ¡No! —gritó—. ¿¡Cómo puede permitirlo!? —la acusó con el dedo—. ¡Es sólo una niña! ¡Y usted... y él...!
—¿Cree que no lo sé? Me disgusta tanto como a usted, ¡también es mi hija! Pero no vamos a ser como Turpin, ¿o sí?
—Si es necesario...
—¡Sr. Todd! —exclamó en bajo al ver la furia volviendo a sus ojos—. Esta familia ya ha pasado suficientes penurias. Si Johanna quiere corresponderle, que lo haga. Al fin y al cabo, se llevan la misma edad que nosotros. Pero no creo que ella atienda a sus cortejos. Todavía le queda mucho por conocer y no se va a conformar con ser un ama de casa.
—O quizá sí, quién sabe.
—Sr. Todd —insistió.
—Está bien... —tosió y la miró a los ojos. Se había acercado para tratar de calmarle y había funcionado—. Confío en usted.
Estaba fuera de guardia cuando dijo aquello, toda la sinceridad de su alma en tres simples palabras: Confío en usted. Sin habla, se limitó a asentir. Se aclaró la voz para que no se le notara.
—¿Y... si alguna vez decidiera que sí...? —sabía que era un intento desesperado, pero no quería quedarse solo en Londres para siempre.
—No —le cortó—. Tengo... —carraspeó—... algo para usted —caminó hacia la bolsa y sacó una caja de uno de los laterales.
—Las navajas de Tobías —comprendió nada más ver el dibujo de la madera—. Se las compré hace un tiempo, me pidió que se las guardara... En cuanto me dijeron que no las habían encontrado supe que las había cogido usted.
—Sí —suspiró mirándolas y sonrió, con la vista fija en ellas—. Espero que no le moleste que utilizara una para salvarle el cuello.
—¿Perdón? —cerró la tapa de golpe para captar su atención—. ¿Qué ha dicho?
—Algo tenía que hacer, Sr. Todd.
—¿Usted...? ¡Usted! —un asentimiento fue su respuesta—. ¿Cómo...? ¿Por qué? —la agarró de un hombro—. ¿Por qué, Sra. Lovett?
La sacudió para que respondiera y se arrepintiera de sus actos, mas ya no ejercía ningún poder sobre ella. Había cambiado y podía notarlo en sus ojos. Ambos lo habían hecho. Se había suavizado y ella se había endurecido. El ser frente a sus ojos le devolvía la mirada que una vez Sweeney Todd había poseído; una expresión divertida en el rostro, como si quisiera darle algo a entender. Sus expresiones faciales parecían calculadas al milímetro, con muy poco espacio para sus sentimientos reales. ¿Había creado él aquella mangífica y letal criatura frente a él? ¿Tanto había corrompido su alma sin darse cuenta?
—Tobías —susurró anonadado al comprender cómo lo había hecho, alejándose—. ¿Cómo ha podido? ¡Es sólo un crío, por el amor de Dios!
—Le vio asesinando a esos hombres, Sr. Todd, y ahora lo sabe todo. Bueno... casi todo. Lo que necesita, en realidad —intentó tranquilizarle—. Estará bien. Necesitará tiempo para superarlo pero... estará bien.
—Es... es usted... —arrugó la nariz asqueado de lo que él mismo había propiciado. Era incapaz de encontrar el adjetivo que necesitaba para describir su horror.
—No, no me odie —suspiró cuando se alejó de la mano que intentaba tocarle—. Hice lo que tenía que hacer.
La miraba como si fuera la artífice de sus terrores nocturnos.
He hecho lo que he podido, ¿qué más le da?, resopló en su interior. Él ha matado a cientos. Y yo... bueno... después de todo no he llegado a mancharme las manos de sangre. Su pequeño chiste personal hizo que soltara una risita.
—Lucy tenía razón. Es usted la mujer del Diablo. La verdadera esposa del Diablo.
—Lo sé —ladeó la cabeza—. Ya ve, en otros tiempos me hubiera gustado que usted fuera mi diablo y ahora hay poco que se pueda hacérsele, ¿no? Baje, celebre su libertad y la de su hija; la he conseguido para usted. Le prometí hace tiempo que lo haría, pero no me creyó y ahora ella está aquí. Elija no creerme ahora; olvídese de mí y de lo que hemos hablado aquí. Nadie más lo sabe, y así debe permanecer. James recibirá una buena fortuna. Nosotros, todos, somos libres y nuestros amigos Moore y Hughes han ganado el caso de la década. ¿Qué más podemos pedir? Toda esta historia... bueno —suspiró cruzándose de brazos—, sólo han sido daños colaterales.
Suspicaz, se giró hacia la puerta y se quedó con la mano en el pomo.
—No voy a clavarle un puñal mientras baja las escaleras —bromeó.
—Es... es usted...
—¿Un monstruo? Sí, lo sé —río—. Siempre lo he sido. Siempre lo hemos sido, corazón.
FIN
