N/A: Espera que el primer capítulo fuera algo más extenso pero como verán no es el caso ;w;
Total, sé que además de eso tardé mucho en subirlo (¡no me maten!) De verdad que pretendía trabajar en él pero mientras repasaba el argumento cambié muchos detalles y pffff ya se verá si dan resultado TTwTT
Sin más les dejo el cap, ¡ojalá les guste! ;3
El calor lo asfixiaba, y no solo eso, también le restó tiempo a su sueño.
Restregó su rostro contra la suave superficie de la almohada, húmeda a causa del sudor nocturno; encogió el cuerpo entre el revoltijo de sábanas, buscando una posición cómoda que le permitiera volver a dormir, pero la calidez de la cama junto con su propia temperatura corporal le hacía sentir que estaba en un horno. Y aunque no quería levantarse, el calor era tan insoportable que terminó por hacerlo.
Se quitó las sabanas de encima a patadas y escondió la cabeza bajo la almohada por unos segundos antes de sentarse en el borde de la cama. Se apartó los oscuros mechones de cabello que se le pegaban a la frente y cosquilleaban sus ojos aún adormilados; se levantó y desperezó para luego salir de la habitación hacia el baño sin nada puesto más que el bóxer con que durmió. Un hormigueo le recorrió las piernas cuando sus pies descalzos hicieron contacto con el mosaico frío que componía el suelo. Giró las llaves de la ducha y dejó el agua correr hasta que poco a poco el baño se fue llenando de vapor.
Se adentró en el agua, sintiéndola caer generosamente sobre su cabeza para luego resbalar desde sus hombros, por su espalda, brazos y piernas, hasta sus pies, llevándose consigo la sensación pegajosa que el calor le había dejado en el cuerpo. Era desagradable amanecer con esa sensación todos los días, aunque inevitable cuando se duerme acobijado en pleno verano. Él mismo se sentía estúpido cubriéndose en las noches ―que a veces eran tan calurosas como las tardes― pero no podía imaginarse no haciéndolo, pues le agradaba sentir la tibieza de las sábanas mientras dormía, aunque tuviera que despertar empapado en sudor a la mañana siguiente. Una vez aseado, salió de la ducha, el agua escurriendo del cuerpo y dejando pequeños charcos sobre el mosaico. Se dirigió al espejo sobre el lavabo, limpió el vaho de su superficie con la palma de la mano y sin mirar su reflejo secó su cabello con brusquedad, al igual que el resto de su cuerpo.
Con una toalla alrededor de la cintura regresó a su habitación. Las cortinas impedían el paso de la luz por la ventana, pero él se conducía perfectamente en el limitado espacio sin necesidad de ver. Fue hasta su armario ―que a duras penas lograba llenarse a la mitad―, y las viejas bisagras chirriaron cuando lo abrió para buscar su ropa. Tomó las primeras prendas que sus manos, a tientas, encontraron y se atavió con ellas; se calzó las botas cortas que siempre usaba, atando fuertemente los cordones. Y en menos de quince minutos ya estaba frente a la puerta del apartamento. Solo hacía falta algo. Se acercó a la cajonera junto al librero de la diminuta sala, extrajo su cartera y a su leal compañera, dándoles a cada una un lugar dentro de los bolsillos de su pantalón para rápido acceso a ellas. Entonces salió.
Apenas asegurar con llave la puerta del departamento escuchó una conocida voz femenina que lo llevó a ocultarse, por inercia, tras una de las columnas del edificio. Asomando la cabeza solo lo suficiente para examinar la situación, dirigió su mirada al lugar del que provenía la voz: al final del pasillo, a pocos pasos de la salida, una mujer de largo cabello castaño tocaba insistentemente la puerta del departamento marcada con el número 2. No le habría dado importancia de tratarse de cualquier otra persona, pero ella, esa mujer de inflexible mirada verde y fama de fiera, era la hija de la arrendadora. La misma a la que él llevaba rehuyendo tres meses de renta.
La fuerza y duración de los toquidos incrementaba, y no se detuvo hasta que un sujeto de mediana estatura se dignó a abrir la puerta. Entablaron una discusión que le dio la oportunidad de pasar desapercibido: Ladeando la cabeza hacia la pared, avanzó a grandes zancadas hasta la puerta de acceso del edificio, asegurándose de ser lo más sigiloso posible al pasar detrás de la mujer, y tan pronto como se encontró afuera dejó escapar el aire en sus pulmones que sin darse cuenta contuvo.
Otra exitosa evasiva a la autoridad.
Comenzó a caminar calle abajo, preguntándose qué le ofrecería la vida ese día. Se detuvo en una tienda para comprar una cajetilla de cigarrillos y luego seguir su camino. Dobló en una esquina, dirigiendo sus pasos al parque.
Ahí estaban las columnas de ladrillo que definían la entrada al lugar, el particular adoquinado de pedregal, los setos bordeando la vereda que más adelante se abría hacia los espacios que los niños utilizaban para corretear y otros más para pasar el rato ya fuera deambulando o sencillamente sentándose en las bancas dispuestas a lo largo de la senda. Él por su parte utilizaba aquel parque como vía principal a cuanto sitio frecuentaba habitualmente: Bares, establecimientos de comida, puntos de reunión para apostadores, incluso sabía en qué lugares y bajo qué horario podía encontrar a una buena acompañante para aquellas noches en que deseaba algo más recibir algunas sonrisas enmarcadas por lápiz labial.
Encendió un cigarrillo y siguió caminando al tiempo que degustaba el tan familiar sabor del tabaco, dejando un rastro de humo a su paso.
Salió del parque, tomando la desviación de la calle que daba justo frente al estacionamiento en la parte posterior del instituto al que solía asistir. Aunque la palabra "solía" estaba en desconocimiento para quien pagaba las ahora supuestas colegiaturas. El hombre lo envió allí esperando que se graduara con un promedio más o menos regular que más tarde lo llevaría a hacer una carrera en alguna idiotez relacionada con administración. ¿Para qué? ¿Terminar en una mediocre oficina con un salario miserable? ¿Despertar odiando cada maldito día en que ese círculo se repitiera una y otra vez? Ni hablar. Lo único que lamentaba de abandonar los estudios fue haber esperado dos años y medio para decidirse hacerlo, dos años y medio en que pudo haber disfrutado la vida del mismo modo que lo hacía ahora, y lo único que tenía que hacer era falsificar algunas papeletas de calificaciones y demás certificados escolares.
Engañar a la gente podía resultar verdaderamente fácil.
Llegó al desolado aparcamiento y apropiándose del área del muro, contra el que recargó su espalda, encendió un cuarto cigarrillo. Expulsó el humo por entre sus labios en el momento exacto en que un individuo de severa expresión inspeccionaba la zona. Le sonrío con cinismo apenas verlo y sabiéndose observado se llevó una mano al bolsillo y continuó fumando. El sujeto movió la cabeza en desaprobación, y tras dirigirle una última mirada notoriamente indignada regresó por el mismo lugar del que había llegado.
Ludwig Beilschmidt, el prefecto del instituto llegado de Alemania. El tipo tenía un don natural para aplicar la disciplina, en gran parte por la intimidación que podía infundir en el alumnado con solo cruzar la puerta. Un punto a su favor. Él como todos nunca hizo por retar su autoridad, al menos hasta mitad del último semestre que cursó allí; comenzó por llegar tarde, no asistir a clase, fumar en los pasillos. Pasaron alrededor de dos semanas en las que repitió aquello todos los días sin que las consecuencias se hicieran presentes de forma inmediata; empero, el ultimátum llegó la mañana que se presentó tras una larga noche de juerga, con el uniforme hecho un asco y el alcohol aun actuando en su organismo. Fue llevado a rastras hasta la oficina del director y tras presentar los antecedentes de días previos lo declararon expulsado.
Y si bien no tenía permitido entrar al edificio, el estacionamiento no era del todo propiedad escolar. Excusa suficiente para ir a fastidiar al alemán con su presencia.
Apagó el cigarrillo contra el muro y dirigió su atención a la valla metálica que dividía el aparcamiento y el terreno de prácticas deportivas del instituto. Una planta enredadera cubría la valla casi en su totalidad; pero dejaba espacio suficiente en el rincón junto a la pared como para ver a través de ella. Se acercó a dar un vistazo cuando escuchó algunas voces. Ya casi era el medio día, por lo que seguramente todos ahí dentro estarían almorzando. Desde donde estaba vio con desagrado los rostros conocidos de algunos antiguos compañeros de clase.
― Montón de idiotas ―murmuró por lo bajo al reconocerlos. Se dispuso a marcharse no sin antes encender otro cigarrillo; entonces comenzó a caminar.
Ya había desperdiciado mucho tiempo en el rincón de los recuerdos, ahora lo único que quería era un buen trago y algo de comer. Que la vida fuera por donde le diera la jodida gana, mientras él iría a algún bar hasta altas horas de la noche. Que el tiempo siguiera su curso, mientras él retozaría en la cama de alguna mujer. Que el mundo siguiera girando con sus problemas, mientras él buscaría la forma de satisfacer cualquier deseo que en sí pudiera surgir.
Finalmente, no tenía que rendirle cuentas a nadie. Después de todo, ¿a quién podría interesarle lo que pasara con un maldito como él?
Hacía mucho que había dejado de importarle si estaba solo o acompañado, en cualquier caso, prefería mil veces lo primero.
Llegó a la entrada del bar.
― Bueno, que empiece la tarde.
