Abandonó el cuarto y a la mujer con la había compartido la cama la noche anterior luego de varios tragos y un rato de impúdico coqueteo en el bar. Ganar un lugar entre las piernas de aquella evidentemente falsa rubia no había requerido el menor esfuerzo; apenas una sonrisa, una mirada indiscreta y un par de halagos. Pero si bien el color de su cabello se debía a cantidades exuberantes de oxígeno y le había rasguñado la espalda con esas largas uñas de acrílico, no podía negar que sus habilidades para usar ciertas partes del cuerpo eran extraordinarias.
Años de práctica, seguramente.
Salió del edificio bajo la mirada desdeñosa del guardia de seguridad asentado en la entrada, a quien sonrío con prepotencia pasando a su lado. Se podría decir que esa zona estaba reservada para personas con suficiente dinero para pagarse un departamento relativamente lujoso ―como muchos llamarían a no tener que preocuparse por falta de agua en la ducha o contar con instalación de aire acondicionado en la sala―; sin embargo, para él, no era sino un muestrario de acompañantes nocturnas con cómodos lechos.
Caminó por una amplia calle en dirección a la avenida que lo llevaría de vuelta a la zona centro de la ciudad. Palpó los bolsillos de su pantalón, asegurándose que llevaba todas sus pertenencias encima, maldiciendo para sus adentros al no encontrar la cajetilla de cigarrillos que había comprado un día antes.
"Los olvidé en el bar…", pensó resoplando con frustración. De verdad quería un cigarrillo, llenarse los pulmones de nicotina como hacía todas las mañanas y después ir a comer algo.
Llegó a una transitada intersección, hundió las manos en los bolsillos y esperó lo más alejado posible del grupo de personas que también aguardaban por que los automóviles se detuvieran para poder cruzar. Cerró los ojos unos segundos, tratando de ignorar el ruido del entorno: las pláticas ajenas, los cláxones de los autos, el tipo con los auriculares a todo volumen, las risas agudas de las colegialas que enviaban mensajes de sus celulares. El estridente conjunto de sonidos le estaba taladrando los oídos, y el flujo de automóviles era demasiado rápido como para mandar a la mierda la señal de espera y atravesar la calle de una vez por todas. Se meció levemente sobre sus talones en un intento de distraerse cuando una mano cayó sobre su hombro. Abrió los ojos de golpe, encontrándose con un sujeto escuálido que lo miró con extrañeza y acto seguido reveló sus torcidos dientes en una sonrisa.
― Pero si es Hernández, ¡cuánto tiempo de no verte! ―exclamó el sujeto con voz desentonada.
― Esfúmate, Craig ―replicó.
― ¿Así saludas a los viejos amigos? ―el fingido desencanto con que le preguntó eso era en verdad irritante.
― Hasta donde sé, tú y no somos amigos. Así es como ahuyento a las a alimañas. Fuera de mi vista.
El sujeto chistó echando la cabeza hacia atrás.
― No seguirás molesto por eso…
― Te las arreglaste para que tu perro faldero, "aprendiz" o como lo llamaras, se quedara con mi dinero ―le interrumpió.
Un año atrás ese autonombrado "hombre de negocios" lo introdujo en los juegos azar que todos los días organizaba ―clandestinamente― en distintos callejones de la ciudad. Por semanas se llenó las manos de dinero y otros objetos valiosos que cada noche un nuevo grupo de incautos apostaba con un nivel de confianza que, luego de perder, rayaba en lo patético. En ese entonces él aún asistía al instituto, pero su nombre ya se escuchaba con frecuencia en las reuniones furtivas de apuestas. Una noche, luego de varias partidas ganadas y nadie más que se arriesgara a perder lo poco que conservaba, Craig apareció acompañado por un niño; un chiquillo de unos ocho años con el rostro sucio y la ropa deshilachada que tomó como "protegido". Apostó lo que tenía al mocoso, convenciéndolo de jugar una partida contra él. Sobra decir que aceptó, convencido de que un niño que parecía ir a mojar sus pantalones en cualquier momento no representaba problema alguno.
Ojalá hubiera notado la trampa del "tutor" detrás de la inexperiencia del "aprendiz".
Una carta. Una sola carta, escondida en la andrajosa camisa en la que el cuerpo del niño nadaba, bastó para que terminaran sus días de apostador.
Entre la derrota y la humillación, ¿qué esperaba ese bastardo charlatán? ¿Un abrazo de reencuentro?
― Hay que ser astuto, Hernández ―se excusó diciendo―. Negocios son negocios.
Y una mierda.
― ¡Vamos, hombre, eso fue hace mucho! El niño ya ni siquiera está conmigo. La policía lo llevó con la gente esa del servicio de protección a menores. Hoy día ya no encuentras buenos pupilos en esta ciudad ―dijo extrayendo una cigarrera del bolsillo de su camisa―. Oye, ahora mismo me reuniré con unos compañeros de negocios, ¿por qué no te unes? Todavía se preguntan qué pasó con el gran Hernández. Vamos, una partida por los días de gloria.
Se puso un cigarrillo en la boca y extendió la cigarrera hacía él, que tras meditarlo un segundo, tomó uno también, aceptando con ello la invitación.
Finalmente no tenía nada que perder. El tiempo le sobraba, podía invertirlo en cualquier cosa que deseara. ¡Qué mejor que aprovechar la oportunidad de obtener alguna ganancia!
…
Así eran las cosas cuando estaba cerca de tipos como Craig: Un momento estaba siendo recibido como el campeón apostador que había sido un año atrás, entre miradas de admiración, palabras de bienvenida e invitaciones a sentarse; y al siguiente, un maldito policía estaba persiguiéndolo por la ciudad como si de un perro se tratara.
― ¡Voy a cobrarme esta, Hernández, te lo aseguro! ―le gritó Craig luego de que lo usara de obstáculo humano para retrasar a los policías.
― Hay que ser astutos, Craig ―alcanzó a responder antes de salir de allí despidiéndose con una seña.
Cruzó calles con el semáforo en verde. Evitó multitudes que pudieran cerrarle el paso. Saltó bardas, trepó por enrejados, y las dos ocasiones que creyó perderlo, el uniformado hijo de puta volvía a pisarle los talones.
Un ardor intenso le recorría las piernas, que amenazaban con acalambrársele y dejarlo caer en cualquier momento; la falta de aire en sus pulmones junto con las aceleradas palpitaciones de su corazón le hacía sentir que el pecho le estallaría, pero no se detuvo.
Sus pies lo llevaron hasta un área de la ciudad que muy pocas veces había visitado, aunque el ambiente del lugar le era bien conocido.
Grandes casas que compartían el mismo estilo lujoso que los autos estacionados en sus garajes. Cercos de madera pintados de blanco que resguardaban pulcros jardines, en lo que cada brizna de pasto parecía cortada con precisión milimétrica. Aceras sin rastro alguno de basura y ni un indicio de cualquier cosa que pudiera perturbar ese aire de refinada serenidad.
Había ido a parar a una zona residencial.
Maldita sea…
Afortunadamente no había nadie en los alrededores que lo viera entrar en ese sector de viviendas perfectas ―de la que, por cierto, no podría salir con facilidad si el policía llegaba a alcanzarlo. De hecho, el único testigo potencial estaba ocupado podando la copa de un árbol subido en una escalera sin prestar atención a lo que pasara debajo de él.
Atravesó la enorme entrada de metal forjado, adoptando un porte tranquilo, menos parecido al de un prófugo. Redujo la velocidad de sus pasos a la vez que su ritmo cardiaco volvía gradualmente a la normalidad. Miró por encima del hombro a la entrada; aparentemente el policía desistió de atraparlo, tenía que aplaudirle la perseverancia, pero el rencor era superior a la admiración.
Devolvió la mirada al frente, distrayéndose de la pasada experiencia en observar las casas que ocupaban ambos lados de la calle. Caminillos de piedra o adoquín mantenían el césped libre de pisadas que pudieran arruinar su aspecto, y conducían hasta los porches adornados ya fuera con macetas o un par de sillas de mimbre e iluminados por elegantes faroles de pared. No dudaba de que por dentro aquellas casas fueran todavía más suntuosas de lo que el exterior dejaba ver. Caminó en línea recta, pasando de largo jardines en los que algunos niños jugaban sin ningún adulto que los vigilara. No era que lo necesitaran. Allí estaban lejos del mundo real. Ignoraban por completo lo que ocurría detrás de esa verja de metal; vivían dentro de una burbuja de comodidad en donde nada malo existía. Solo tenían que tener el dinero suficiente para costearse la utopía.
¡Oh, que satisfactorio sería verlos golpeados por la realidad!
Un grito que le ordenaba detenerse lo sacó de su abstracción. No necesitaba mirar atrás para saber de quien se trataba. Reemprendió la carrera dando vuelta en la primera esquina que halló a su paso. No conocía el lugar, así que iba por donde sus cansadas piernas lo llevaran, a esas alturas ya no importaba qué camino tomara mientras perdiera de una vez por todas a su malnacido persecutor.
El alto cerco de madera con que se encontró lo dejó en medio de una encrucijada en donde confluían un camino sin salida y otra vía que lo llevaría por quien-sabe-dónde. Pese a que había dejado atrás al policía, sabía que era cuestión de tiempo para que estuviera sobre él nuevamente. Tenía que tomar una decisión a la voz de ya.
El conocido sonido de los zapatos corriendo sobre el pavimento llegó hasta sus oídos, y sin pensarlo dos veces optó por seguir hacia adelante. Trepó rápidamente el cerco, cayendo entre unos arbustos que rasgaron un poco su ropa y le rasparon la piel expuesta de los brazos. Se quedó allí, con las piernas flexionadas contra el pecho, aguardando. Escuchó al policía detenerse por un momento, como si supiera que él seguía allí, pero pronto se marchó, yendo por la calle cuya salida desconocía.
Por fin…Por fin se había deshecho de él.
Cerró los ojos aliviado, respirando profundamente con la espalda contra la madera del cerco. Sentía un calambre atizarle las piernas, las manos le temblaban un poco y todo su cuerpo parecía haber perdido fuerzas; no obstante, una sonrisa le curvó los labios. Había escapado exitosamente, como tantas otras veces en las que la situación parecía ir en su contra.
Estaba más seguro que nunca: No había fuerza alguna capaz de detenerlo.
― Disculpa, ¿quién eres y qué haces aquí?
Volvió a abrir los ojos. Un hombre de desordenado cabello rubio lo miraba desde su altura, inquisitivamente, mientras sostenía una manguera de jardín.
Se quedó mirándolo sin decir palabra, como un niño al que han atrapado en medio de una travesura. El sujeto frunció el ceño, dejando un mínimo espacio entre sus gruesas cejas, y repitió la pregunta con tono adusto. Habría echado a correr fuera del lugar de no ser porque sus piernas no daban para más. La extraña imposibilidad de responder sumado a su desmadejado aspecto no le daban confianza al hombre, o eso dedujo por su mirada.
― Yo…
― ¡Oh, menos mal que llegaste!
Un chico de más o menos su misma edad apareció de repente en su campo de visión. Lo levantó por el brazo con la facilidad con la que se levanta una muñeca de trapo y lo puso de pie apoyando ambas manos en sus hombros.
― Comenzaba a creer que no vendrías. ¿Qué ocurrió? Por cómo te ves apuesto a que estuviste dando vueltas por toda la zona. Debí trazar un mapa o algo, las instrucciones por escrito no son lo mío. Sabía que era mejor ir a buscarte, pero ya no importa, de todos modos encontraste la casa. Good job, dude!
El chico soltó una estridente risa y le rodeo los hombros con un brazo, sacudiéndolo amistosamente. El tipo lo rebasaba por algunos centímetros; su cabello era de un color rubio arenisco, con un peculiar mechón que sobresalía de su cabeza, y el azul de sus ojos era idéntico al que se apreciaba en el cielo. Al conjunto se sumaba una amplia sonrisa, el tipo de sonrisa que se le dedica a los amigos, no a quienes usan casas ajenas como escondite.
El chico miró hacia la calle y un cierto nerviosismo asomó en su semblante.
― Alfred, ¿quién…?
― There's no time to waste! ―exclamó el aludido sin dejar que el tipo de grandes cejas completara la pregunta― Seguro tienes cosas que hacer, y nosotros también, y'know los deberes de la escuela y todo eso. ¡Estaremos arriba, diviértete con el césped!
Todo sucedió en un santiamén. Su estupor lo abandonó tras ser empujado al interior de la casa, arrastrado escaleras arriba, y tirado del brazo hasta la que ―a juzgar por los posters de grupos musicales y las historietas regadas por el piso― era la habitación del tal Alfred.
El rubio cerró la puerta a sus espaldas, pasó a su lado y se apresuró a miró por la ventana. Luego de unos segundos suspiró con alivió y se volvió hacia él.
― Eso estuvo realmente cerca…―dijo postrándose frente a él con una sonrisa dibujada en el rostro, como si hubieran librado y ganado juntos la batalla contra un acérrimo contrincante― ¡Eres muy rápido! ¿Desde dónde empezó a perseguirte? Nunca te había visto por aquí, así que debes vivir fuera la zona. Debes estar agotado, ¿quieres un vaso de agua?
La velocidad a la hablaba, haciendo una pregunta tras otra, no dejaba espacio para responder o para pensar siquiera. Al no obtener respuesta, ladeó la cabeza con curiosidad, y volvió a empezar:
― Me llamo Alfred, Alfred F. Jones.
― Eduardo ―se él presentó a su vez, omitiendo su apellido y sin acabar de comprender lo que había pasado.
― ¿Por qué estaba siguiéndote ese policía?
― Sería más adecuado que yo preguntara por qué me ayudaste ―dijo mirándolo con extrañeza.
¿Quién rayos era y porque actuaba como si lo conociera?
―No pareces mal tipo ―respondió el de ojos azules, encogiéndose de hombros.
El chico vivía poco enterado.
― Pues tampoco soy lo que llamarían un "buen tipo", por algo me estaban siguiendo, ¿no crees?
Alfred sonrió, como habiendo decidido ignorar el último comentario.
― Bueno… gracias, supongo. Ya me voy.
Subió y bajó la mano a modo de despedida, luego dio media vuelta para marcharse.
― ¡Pero recién llegaste! ―se quejó Alfred; su expresión era la de alguien a quien sus invitados le han dicho que no asistirán a la fiesta que con tanto esmero planificó.
― No llegué, me arrastraste hasta aquí ―dijo sonriendo de lado, ¿qué con esa cara de desilusión?―. Además ni te conozco
― Si te quedas podemos conocernos ―señaló entusiasmado.
― No lo creo.
― ¡por favor! Estaba aburrido y solo antes de que llegaras.
― ¿Qué hay del tipo con las cejas de azotador? ―se sentía como hablando con un niño pequeño.
Alfred lo miró arqueando una ceja, como habiéndole escuchado decir una estupidez.
― ¿Te dio la impresión de ser alguien con quien uno se divierte en grande? Are you kidding?
― Entonces busca la forma de entretenerte solo. Me largo ―sentenció.
― Te acompaño a la salida.
― No.
― I'll do it ―canturreó el rubio poniéndose unos anteojos y dejándole pasar primero cuando abrió la puerta.
Se vio obligado a soportar la cháchara del rubio durante todo el trayecto a la salida de la zona residencial. Alfred parloteaba como nadie, hablaba de comics y videojuegos como nadie, hacía preguntas como nadie y era molesto como nadie. Ya alcanzaba a vislumbrar la verja de metal y, gracias al cielo, Alfred se había quedado cayado; aunque su sonrisa boba no había desaparecido. A pocos metros de la salida reanudó la charla.
― ¿Puedo verte mañana?
Eduardo lo miró de soslayo, incrédulo.
― Seguro, la policía volverá a perseguirme como a eso de las tres de la tarde mañana―ironizó―. Ten listo un tazón de botanas y algunas cervezas como para las cuatro y media, entonces ya estaré aquí.
― No era necesario el sarcasmo ―le reprochó haciendo un mohín.
― Entonces no preguntes tonterías.
Volvieron a quedarse en silencio, pero enseguida Alfred volvió a hablar.
― ¿Por qué no puedo verte?
― ¿Por qué insistes? ―alzó la voz lo suficiente como para hacerle entender a cualquiera que ya lo tenía harto. Jamás nadie había acabado con su paciencia sin intención de hacerlo.
― Me pareces agradable ―respondió Alfred sin titubeos―. ¡Seamos amigos!
Tenías que seguir derecho en lugar de tomar la otra calle, ¿verdad Eduardo?
Una noche en la jefatura de policía sonaba mucho mejor que aquella propuesta de amistad; empero, ya era tarde para elegir otro camino.
