Holaaa me paso rapidoooo! aqui les traigo un nuevo capitulo de esta historia!

Nos vemo abajo!


Capitulo 1:

Primera impresión.

Siempre decían que las primeras impresiones eran lapidarias; que en base a eso la gente formulaba un juicio respecto a si seria o no capaz de conllevar una buena relación con la otra persona. Y con un niño no sería la excepción. Es por eso que educadamente realizo una reverencia, dedicándole una sonrisa amable a la menor.

Con curiosidad en sus ojos, miro el pequeño cuerpo frente a ella. Emi le escondía la vista; parecía ignorar el hecho de que estaba ahí. Apretaba los tirantes de su mochila, mientras insistía en mirar el suelo. Ann, quien se había ofrecido para presentarlas, le sonrió comprensiva y entonces hablo.

–Ella es Echizen Emi – dijo, fuerte y claro. Entonces se dirigió a la menor, amable – Y ella, Emi-chan, es Ryusaki Sakuno… y desde ahora en adelante estarás bajo su cuidado.

Fue la primera vez que pudo ver su rostro; unos preciosos ojos color ámbar, a juego con un rostro blanquecino y pulcro. Largas pestañas, y pequeña nariz. Al verla, no pudo evitar tomar una expresión de asombro. Y es que la niña frente ella era realmente semejable a una muñeca de porcelana. Tan pequeña y delicada. Un cabello que rivalizaba entre el negro y verdoso. Muy largo y liso.

Era hermosa. Y se pregunto si toda esa belleza la habría sacado de su difunta madre.

Sin embargo, más allá de lo tierna que le resulto, sus ojos repararon de inmediato en la expresión de ofensa que se alojo de pronto en la niña.

–Ah, Emi… –la voz de TAchibanna, sonó en advertencia – No seas maleducada. Sakuno solo quiere ser tu amiga, ¿verdad? –afirmo, rápidamente.

Generalmente, los niños solían ser ariscos con aquellos que les resultan desconocidos. Es una forma de refugiarse, pues por instinto se sienten más vulnerables frente a alguien que los supera en tamaño y experiencia. No ocurre en todos los casos; pero imagino que Emi seria ese tipo de infante. Es por eso que debía ser cuidadosa, pues con el más mínimo detalle podría abrir una brecha muy grande entre ellas. Después de todo, los niños también poseían cierta capacidad de juzgar, por ende Sakuno estaba segura que en ese momento que la niña no estaba precisamente de acuerdo en que sea ella quien velara por su seguridad.

Le dedico una sonrisa, suave. Tranquila. Y con lentitud, cuidando de no asustarla, se arrodillo hasta su altura, sin quitarle la vista de los ojos. Quería demostrarle que no iría a imponer nada que ella no quisiera; que dependía de ella si podían ser o no amigas. Aun cuando esas eran sus intenciones, los ojos de la niña parecían arder, en una mezcla extraña entre molestia y temor.

Su cabeza rápidamente calibro lo que ocurría con la niña, y el porqué de aquella mirada tan intensa. Para alguien como Emi, que de algún modo había sido privado de la capacidad de expresar sus sentimientos, en la única forma que podía refugiarse seria seguramente a través de su mirada.

Con ella demostraría afecto, molestia, sus temores…

Y algo le decía que sus suposiciones no eran del todo erradas.

–Bien –la voz de Ann, trajo a ambas a la realidad – Querida, yo debo irme. Me escape un segundo para traértela ya que el irresponsable de su padre no fue capaz…

–Ah, si. Muchas gracias, Ann-san

–Ann está bien –sugirió, guiñándole un ojo – Ryoma llegara alrededor de las 8, la idea es que Emi para ese horario ya haya disfrutado de su cena. Por supuesto con sus deberes terminados –afirmo, apuntando mentalmente lo que debía hacer –Ah, y por cierto; espero tengas paciencia por que como vez… Emi es un hueso duro de roer.

Entonces la mujer le sonrió, y tras despedirse de ambas abandono el departamento. Dejándolas en completo silencio. Se volvió hacia la niña, que ahora miraba hacia al lado, apartándole la vista.

–Esto… – froto sus manos, mientras humedecía su boca –Emi…-chan, ¿Puedo llamarte así? – pregunto, buscando su mirada, esperanzada. Pero como esperaba no hubo reacción.

Emi nuevamente le escondía la vista, estrangulando los tirantes entre sus pequeñas manitas. Sus cejas se curvaron, mientras pensaba de qué forma podría lograr eliminar esa tensión sobre la niña. Había conocido niños complicados, pero sin dudarlo Emi se llevaba el premio mayor.

–Emi-chan… –llamo, con voz dulce –Tal vez no te agrado… pero quiero que sepas que me esforzare mucho para ser alguien que sea de tu gusto.

Aun en esa posición, le enseño su mano a espera de que la niña la estrechase. Espero pacientemente, hasta que noto que la menor mostraba algún tipo de reacción. Pero para su asombro, fue como si encendieran fuego en medio de un recipiente de combustible, pues Emi giro su cabeza para mirarla, mientras que con su brazo quitaba furiosa aquel acto de cortesía. La empujo, logrando que su trasero diera de lleno contra el suelo, y sin volver a mirarla corrió a encerrarse a su habitación.

– ¡Emi-chan!

Lo único que tuvo por respuesta fue el sonido de la puerta siendo cerrada de un solo golpe. Lanzo un suspiro, mirando en dirección a donde, momentos antes, la niña había huido. Realmente, la pequeña parecía odiar ser cuidado por una mujer como ella; quizás si Emi hubiese tenido voz no serian precisamente palabras dulces las que habrían brotado por su boca.

Sin embargo, no se daría por vencida. Se había prometido a si misma que sea como sea lograría el resultado que esperaba. Por ahora tenía solo una misión; lograr que Emi no se sintiera incomoda con su presencia. Algo que sabía, tomaría tiempo.

Se levanto del suelo, sintiendo renovada su motivación. Y por primera vez, dirigió una mirada a su entorno. Aquel departamento, era una asombrosa muestra de ostentosidad, por no decirlo menos. Tenía dos pisos; en donde en la planta baja estaban dispuestas la cocina, una sala, el living, el comedor, y otras habitaciones entre ellas la que reconoció como un pequeño gimnasio. Subiendo la escalera, imagino que se encontrarían las habitaciones, pues Emi se había encerrado en una de ellas. Las murallas y muebles, todo decorado en un ambiente que recalcaba la modernidad, y… si, a pesar de que era hermoso, la imagen que se le vino a la mente no fue precisamente de un hogar, en donde debiese vivir una menor como Emi.

Por el contrario, parecía más el hábitat del típico soltero sin mayores responsabilidades fuera del trabajo. Sin nada que dijera; "aquí vive una familia".

Un lugar frívolo; sin nada acogedor.

De pronto alguien llamo por un pequeño aparato; algo que reconoció como un citofono. Presiono la tecla que abriría la conversación y espero hasta que una voz masculina se dejo oír.

–Buenas tardes –saludo, en un tono bastante formal.

–Ah, Bu-buenas tardes – sin saber porque, de pronto se ponía nerviosa.

–Disculpe, ¿es usted la nueva niñera de la señorita Echizen?

–Ah, hai. Yo soy.

–Bien, la merienda de la señorita Echizen ya fue preparada – anunció, para asombro de Sakuno –Solicito deje pasar a la camarera, quien es la encargada de llevar los alimentos.

–…

– ¿Señorita? –pregunto el hombre, como asegurándose de que hubiese oído – ¿Debo repetir la información? –inquirió, sin quitar ese tono de excesiva amabilidad.

–Ah… no… yo…

Mareada, termino por afirmar. ¿Desde cuándo a una niña de 6 años se le entregaba una merienda preparada por el personal de cocina de un hotel de 5 estrellas? Oh, por Dios. Eso era de otro planeta.

Sin mucha demora, el timbre que anunciaba la dichosa merienda inundo el lugar. Rápidamente, y sin el ánimo de dejar esperando a la mujer abrió apresurada la puerta. La camarera abrió los ojos asombrada, pero disimulando esto, le dedico una sonrisa amable.

–Señorita Ryusaki, ¿verdad? Ann-sama ya nos comento acerca de su presencia… – relato, tranquilamente. En sus manos sostenía un carrito que imagino seria la comida – Oh, imaginamos que debía sentirse hambrienta. Traje suficiente para ambas, así que espero sea de vuestro agrado.

¿Estaba soñando?

¿Voy a comer algo de un hotel de 5 estrellas?

La sola idea ya le retorcía el estomago. Sin agregar más la mujer la reverencio, y con suma educación se retiro dejándola con aquello que considero el lujo más grande de su vida.

–Esto… esto es de locos.

Giro sobre sus pies, y cuál fue su sorpresa al encontrar a la pequeña Emi, observándola mientras se ocultaba tras un pilar. ¿En qué momento había llego ahí? Pestañeo, pero rápidamente le dedico una sonrisa, que pareció enfadarla.

–Han traído comida, Emi-chan – comento, mientras sus dedos sujetaban el carrito – ¿Quieres probarla?

Se acerco a ella, pero la pequeña como un gatito la miro en advertencia, mientras retrocedía despacio. Se detuvo a medio camino, mirándola con atención.

– ¿Tienes hambre? –volvió a preguntar, ignorando su estado. No quería alarmarla más de lo que ya estaba. Abrió la tapa de aquella fuente que parecía más de cristal que de un material común y corriente.

Ah, ahora mismo podría sufrir de un infarto.

Lo que ella llamaba merienda era algo que consistía generalmente en leche y galletas, o fruta cortada en diversos trozos… algo acorde a una niña de la edad de Emi. Sin embargo lo que estaba en ese plato distaba mucho de una comida infantil. En una ración mínima había algo que no tenía idea ni de cómo se llamaba. Un vaso de leche, un vaso de jugo, y una infusión.

–Esto…Emi-chan –nombro, en una sonrisa nerviosa – ¿Quieres…?

Nuevamente la menor la asombraba; por primera vez dio contestación a una de sus preguntas. Con un rápido movimiento de cabeza, negó asqueada. Se acero a ella, y parándose de puntitas estiro de su brazo buscando quitarle la cubierta. Obediente, se la entrego. Emi con tapa en mano se acerco hasta el carrito para cubrir los alimentos. En silencio observaba cada uno de los movimientos, sin perderse detalle.

¿No sentía deseos de comer?

–Emi-chan… ¿no tienes… hambre? –tanteo. Pero era absurdo negar algo así cuando su estomago rugía por comida.

La niña, al escucharse, dio un respingo, mientras se tocaba el abdomen: como culpándolo por sentir hambre. Con el ceño fruncido, y un ligero puchero en los labios. Oh, fue tan adorable que no pudo evitar soltar una risa discreta. Emi la miro ofendida, mientras apretaba los puños. Ante esa reacción, se detuvo de inmediato

–Di-disculpa, Emi-chan… no quise… –intentaba disculparse, pero el rostro colérico de la menor la retuvo

Pero y de seguro que Emi ahora odiaba a su propio estomago, puesto que nuevamente le jugaba una mala pasado gruñendo sonoramente. Esta vez, se abstuvo de reír y en cambio la miro amable. Dulce.

–Podría ser que… a Emi-chan, ¿no le gusta este tipo de merienda?

Los ojos de la menor la miraron fijamente, quizás estaba asombrada o por otro lado parecía como molesta. No sabía diferenciar muy bien como se sentía la menor. Generalmente los adultos, creían que los niños tenían pensamientos demasiado básicos y predecibles. Jugando a adivinar y pensar por ellos. Pero no era necesariamente cierto; nadie es capaz de saber lo que el otro piensa, y esto también se aplicaba en los menores.

A veces la arrogancia de los adultos era tan grande que asustaba.

Imaginando, entonces, que la razón real del porque la niña no quería comer era porque no gustaba de ese tipo de comida, tan rebuscada. La miro fijamente hasta que cierta idea cruzo su cabeza.

–Emi-chan, ¿Te… gustaría probar… galletas caseras? – sugirió, con una amplia sonrisa. Se llevo las manos tras su espalda, mirándola ansiosa.

Los ojos de la menor se iluminaron por leves segundos, pero al parecer recordó que no eran precisamente amigas y frunciendo el ceño se cruzo de brazos, desviándole la vista. Como esperando. Guiño los ojos… sintiéndose fascinada por las reacciones de la menor. Parecía como una adulta en versión miniatura.

Juntos sus palmas, dando un pequeño saltito –Me esforzare por hacer unas que sean del agrado de Emi-chan.

Entonces giro sobre sus pies, encaminándose hacia la cocina. Lo hizo con tanta rapidez que sin poder evitarlo su cabeza dio de lleno contra una muralla. Retrocedió, cediendo ante el dolor. Se llevo sus manos hasta su rostro para sobarlo, rogando por que el ardor pasara; y recordó que no estaba precisamente sola. Temerosa, desvió la vista para observar el rostro que ahora parecía ensombrecido. Oculto entre la maraña de cabellos verdosos.

Con pequeñas lágrimas en sus ojos se arrodillo hasta la altura de la niña, asustada de su condición. ¿Le habría pasado algo?

–E-Emi…-chan.

Pero la menor la empujo, alzándose prontamente. Su cuerpo temblaba, y de pronto e igual a la vez anterior, corrió huyendo de ella. Esta vez, si, en vez de ir a su dormitorio, la menor se escondió tras un mural que guardaba un pequeño espacio, en donde su cuerpecito cabía perfectamente. Sakuno desde su lugar, siguió con la mirada el recorrido de la niña, preguntándose qué había ocurrido con ella.

Se incorporo siguiendo el rastro de la menor, hasta dar con el lugar y por supuesto con ella oculta ahí.

Se arrodillo nuevamente, apoyando sus palmas sobre las rodillas, Emi no la miraba pues su rostro yacía oculto entre sus piernas. Su largo cabello se desparramaba por su hombro, dándole un aspecto solitario. Se pregunto si era esta la real Echizen; temerosa y frágil. Si pensaba bien, la actitud de la niña evidenciaba algo en ella… algo que estaba fallando y sin el ánimo de ser insistente, quería saber que era.

–Yo… ¿hice algo mal? –Pregunto, tímidamente –Si es así, por favor… dímelo.

Con paciencia, que sabia sobraba en ella, espero. Probablemente varios segundos, inclusive minutos, ambas en esa misma posición. Cuando estuvo a punto de darse por vencida, para su alegría vio como la morena negaba en un movimiento suave y muy despacio.

Sonrió.

– ¿Es así? –insistió, más para cerciorarse ella misma que no había visto mal.

Por un instante sintió perder el equilibrio, así que para evitar posibles accidentes (demasiado propios en ella) apoyo ambas piernas sobre el suelo, con la espalda formando un rictus. Se hecho un mechón rebelde tras la oreja, lleno sus pulmones de aire y se decidió a hablar.

– ¿Sabes, Emi-chan? Cuando yo era pequeña… también huía de las cosas que me desagradaban – sin saber muy bien porqué, comenzaba a relatar su propia experiencia. Quería de algún modo hacerle ver, que ella era su aliada – Igual que tu… me escondía en lugares pequeños, ¿quieres saber por qué? –sin escuchar contestación, continuo – En los lugares pequeños… me sentía segura. Nadie podía herirme. Nadie podía ocupar mi espacio. De algún modo... solo estaba yo. Y eso me tranquilizaba.

Lentamente, la menor fue revelando sus ojos, intentando escuchar más. Cuando sus ojos se encontraron, ella volvía a enterrar la cabeza fingiendo que no le importaba.

– Para Emi-chan, debe ser muy duro… –susurro – pero yo no quiero obligarte a nada. Quiero ser de tu agrado… so-solo… – froto sus manos, mientras humedecía ligeramente sus labios –solo si Emi-chan cree que está bien.

Con cierto temor, acerco su mano hasta la ennegrecida cabeza. Era un gesto que buscaba demostrarle sus buenas intenciones. La poso sobre la niña, quien ante el roce se estremeció, cortando sus intenciones. La miro, y ah… con una expresión confusa, temerosa… sintió que realmente se le apretaba el pecho.

Más bien, diría que su situación es "complicada"

Emi era solo una niña… imagino lo terrible que deber haber sido quedar huérfana de madre. Encima siendo criada en una casa que distaba mucho de un hogar. Entre frívolas atenciones… ¿habría alcanzado a conocer debidamente a su madre? ¿Lloraría en las noches cada vez que la recordaba?

Sus dedos se enredaron entre sus suaves cabellos, sin embargo Emi le agarro de las muñecas mordiendo una de ellas. Apretó sus ojos, sintiendo como los pequeños dientes se le clavaban en la piel. Más no podía retroceder. Soporto el dolor, y cuando los ojos de la pequeña se alzaron confusos, le dedico una sonrisa que termino por desarmar a la menor.

–Está bien, Emi-chan… está bien. Eso no me hará daño.

Cuando termino de pronunciar aquella frase, el rostro infantil era un completo mapa de desconcierto. Sin comprender porque en vez de gritarle simplemente le sonreía, tan maternal. Quizás pensaba que era una mujer extraña, o quizás una especie de alíen.

El agarre fue lentamente aflojándose, hasta que la jovencita bajo la mirada apretando su falda entre los dedos. Se mordía el labio, temblorosa; evidenciaba que prontamente se echaría a llorar.

Por última vez alargo su mano, acariciándole la cabeza. Suave, despacio. Sintiéndose fascinada por la largura y suavidad; desprendía un olor tan adorable que realmente sintió deseos de abrazarla, y no soltarla más. Emi, esta vez, se dejo hacer. Con el cuerpo encogido; de vez en cuando le dedicaba miradas curiosas y si por casualidad sus ojos se encontraban, tan rápido como esto ocurría la menor le apartaba la vista. Con un mohín en los labios.

Algo que le pareció sumamente tierno.

–Emi-chan… –llamo, con una sonrisa que evidenciaba su buen humor – ¿Puedes… puedes mirarme?

Emi inflo los mofletes, frunciendo notoriamente el ceño. Sin embargo, acato. Se inclino frente a ella, posicionando sus manos delicadamente sobre el suelo.

–Soy Ryusaki Sakuno. Y desde ahora en más estarás bajo mi cuidado. –se presento. La boca de la niña se abrió, sin comprender. Luego incorporándose le dedico una radiante sonrisa, que provoco un sonrojo en la menor –Mucho gusto, Emi-chan. E-espero y nos llevemos bien.

U_U_U_U_U_U_U_U_U_U_U_U_U_U_U_U_U_U_U

Soltó un gruñido. Otro. Nuevamente, dos más. Pero, mierda, nada le quitaba el humor de perros que traía consigo. Sus ojos, prácticamente fulminaron a uno de sus empleados, cuando él entre balbuceos le explicaba el motivo de su error. Un simple cálculo, que había terminado por desbaratar un balance clasificado. No. No era un simple fallo.

Chasqueo la lengua.

El hombre, intimidado, tenso sus músculos.

–Echizen-san… yo…

–Ann – llamo, interrumpiéndole. No quería más excusas – Soluciónalo. Consigue a alguien que se encargue.

La castaña rubia, afirmo serenamente. Se disculpo en un murmullo, dejándoles solos. Con una expresión aburrida, observo el cuerpo de aquel idiota mientras este parecía querer tirarse los cabellos temiendo lo peor.

Y suponía bien.

–Largo –sentencio, en un tono molesto.

El parecía querer decir algo más, no obstante la mirada de advertencia lo hizo callar de inmediato. Disculpándose, agarro sus cosas largándose tan rápido como pudo de su oficina.

Cuando la tranquilidad nuevamente llego hasta sus oídos, se permitió lanzar un suspiro de alivio. Pero tan pronto como hizo esto, la voz de cierta persona lo desconcertó. Bufo, maldiciendo hasta el último santo.

¿Es que acaso no podía tener un mínimo de tranquilidad? ¿Ni siquiera un minuto?

–Echizen.

Al parecer no.

Apoyo su barbilla de forma varonil, cuando la figura masculina se planto delante de él. Agarro unos papeles, mirando disimuladamente en ellos, como ignorando al hombre de cabellos negros, que ante esto, hizo una expresión de clara molestia.

– ¿Crees que vine aquí por gusto?

Ahogo un "si" entre sus labios.

–Pues créeme, Echizen, que yo también tengo muchos asuntos que atender… entre ellos asesorar tu estúpido trasero arrogante.

Aquel hombre era uno de sus más viejos amigos: Momoshiro Takeshi. Un joven abogado de gran renombre, que se encargaba de velar de los asuntos de la empresa. Era su representante, por cuanto para evitarle molestias a él, era Takeshi quien corría de haya para acá solucionando los posibles problemas legales de su franquicia.

Profesionalmente el tipo era excelente… como amigo, un severo dolor en el trasero.

–Ajá.

Momoshiro lanzo un suspiro, frotándose las sienes.

–Para que sepas, de acuerdo a lo acontecido esa vez: por la demanda de esa trabajadora…

Bien, existía una de las habilidades de las que Ryoma no podía hacer dote a viva voz y que sin embargo tenía más desarrollada que nadie. Esa maldita (como diría el abogado) capacidad de hacerse el grandísimo idiota frente a los suceso que tenían estrecha relación con su persona.

Encogido de hombros, parecía ajeno a sus palabras, pues continuaba ojeando aquellos documentos como si no fuese a él a quien estaban hablando. Como si no fuese el principal culpable.

–Oye, no te hagas el imbécil conmigo, Echizen. Que se bien la verdadera razón de esa condenada demanda…

Ah, el a penas la recordaba.

Si su memoria no estaba del todo mal; aquello fue porque se acostó con una de sus secretarias, en… ¿Dónde era? Bah, ya ni siquiera estaba seguro. El punto es que esa mujer no contenta con eso, quiso extorsionarlo amenazando con decir a todos lo que había pasado entre ellos.

Sin importarle menos sus palabras, la despidió y a los meses después apareció la dichosa demanda. Aunque escondiendo la parte en que decía que había sido con su consentimiento.

–Lo bueno de todo esto, es que no afectara tu imagen.

Alzo los hombros, quitándole la importancia que no tenía. Honestamente, no influiría en nada con su empresa… quizás su imagen pública quedaría un poco estropeada, pero bien poco le importaba eso.

–Pasando a otro tema; Echizen, ¿concertaste el contrato con el socio… del que Ann me comento?

Afirmo, mientras soltaba un bostezo.

– ¿Cuánto fue lo que acordó aportar?

– 45%

Los ojos de Takeshi se abrieron con asombro – Es una cantidad importante –asintió – ¿Y a cambio de qué?

–Debemos proveerles de los insumos para sus deportistas – informo de mala gana. ¿Por qué le hacían hablar más cuando lo único que quería era echarse una siesta?

–Pero eso no te significa una pérdida en lo absoluto… los suministros te son derivados de tus socios – nuevamente inclino la cabeza, afirmando – ¿Cuál era el nombre de ese socio?

Jugueteo con su bolígrafo cansado de contestar tantas preguntas. Que el sepa Takeshi era abogado, no periodista.

–Tooyama – susurro.

Tooyama kintaro era bien conocido por sus actividades a beneficencia; no era un tipo que derrochara dinero, sin embargo su capital era bastante sorprendente. Aunque a diferencia suya, solo estaba a cargo de una parte de su empresa. El resto lo manejaba el padre. El, en cambio estaba a cargo del mayor porcentaje de la acciones; sus padres gozaban del resto entre negocios menores ocultos en la tranquilidad de su mansión en América. Por otro lado, estaba Ryoga, que era un caso; en todo los sentidos posibles.

Precisamente por su carácter tan volátil había terminado por heredar la empresa, aun siendo el hijo menor. Ryoga no servía para una vida entre papeles y oficinas. Aunque, claro… el tampoco. Pero la necesidad tenía cara de hereje, y cuando quiso darse cuenta ya tenía todo el legado en sus manos.

Takeshi, tomo lugar en uno de sus sofás, estirándose cuan largo era. Cansado, aflojo su corbata, soltando un suspiro de alivio.

–Echizen

Ah, no de nuevo.

–¿Qué? –gruño, harto.

–Escuche de Ann, que contrataste una nueva niñera…

Afirmo, más por inercia que por el deseo de contestarle. Comenzó a teclear en el computador, frunciendo el ceño al notar ciertas irregularidades en un estado de resultados. Ah, seguramente era debido al error del anterior idiota… Sin embargo no dijo nada, confiando en que Ann siendo tan eficiente lograría darle solución.

–¿La conoces? –volvió a preguntar. Negó – ¿Es joven? –Negó – ¿Es bonita?

Bien, ya sabía para donde iba esta conversación.

–No la conozco – contesto, fulminándolo con la mirada. Con eso esperaba zanjar el tema, pero como siempre su amigo no parecía satisfecho.

–Te lo pido como amigo –No, gracias – No te enredes más en problemas que luego delegas a otros… porque te recuerdo que eso me significa más trabajo, ¿entiendes a lo que me refiero?

Claro, él era el ser más comprensivo del planeta.

No contesto, porque lo consideraba innecesario. No tenía ganas de involucrarse con su niñera; a estas alturas lo único que quería era que alguien velara por Emi, y esta le dejara de dar rompedero de cabezas. Últimamente recibía quejas hasta del botones por ella, y sinceramente ya estaba harto.

Si con la niñera, la mocosa comenzaba a mostrar buenos resultados, sinceramente no le pondría un dedo aunque fuese la única mujer sobre el planeta.

–Ya estas advertido, Echizen –sentencio el moreno –No hagas cosas que confundan más a la pequeña Emi… con todo el embrollo y constante cambio de servidumbre la pobre ya no debe saber ni en quien debe confiar.

Lo miro sin mucho interés.

Chorradas, se dijo. Es cierto, le decía su conciencia. Pero entre darle la razón a su amigo, y fingir ignorancia era lógico por cual de ambas opciones se inclinaría. Notando la hora, se puso en pie mirando de reojo al ojialilado.

Si el moreno aun seguía allí se debía a una sola razón.

–No traje vehículo –dijo él, con una sonrisa divertida.

Si. Definitivamente era un dolor en el trasero.

Soltó un suspiro llamando a la mujer que siempre cubría sus espaldas. Esta, rápidamente apareció tras el umbral, mirando confusa a ambos hombres. Sonrió malicioso.

–Ne… Ann, trajo el suyo – murmuro, mientras se ponía la chaqueta.

–¿Eh? –ambos rostros confusos. Escondió la sonrisa arrogante.

–Nos vemos.

Y sin agregar más prácticamente huyendo de ellos, se metió en el ascensor dejando a la pareja en un estado de shock. Aunque eso a él poco le importaba, después de todo ya estaba cansado de ver como Momoshiro lloriqueaba sin poder hallar el valor para confesarse a la mujer que amaba desde hace años.

Debían estarle agradecidos, sin quererlo terminaría siendo quien los una.

Presiono el botón que le llevaría hasta el subterráneo, en donde custodiaban el lujoso Lamborghini Gallardo. Los guardias realizaron una reverencia. Se metió dentro del auto, lanzando un cansino suspiro. Comenzó su habitual recorrido, hasta que luego de unos 20 minutos logro llegar a su destino. Como siempre el botones de cabellos castaños y ojos en igual tono le saludo sonriente.

–Kawamura – nombro, como saludo.

–Buenas noches, Echizen-sama – el rostro sonriente lo recibió. Le entrego las llaves descendiendo del vehículo.

Al igual que tantas veces el amable hombre tomo su auto, mientras cuidadosamente lo llevaba hasta el estacionamiento del hotel. Sin poder contenerse el bostezo cayo aun cuando no podría cubrirse, agarro el maletín entrando al edificio. Allí la recepcionista lo miro con una sonrisa coqueta, que revelaba lo que estaba pensando.

–Señor Echizen –llamo en voz melosa. Si hubiese sido en otras circunstancias, probablemente ella estaría en una posición sumamente atrevida sucumbiendo a sus caricias –Su niñera se encuentra en casa… Al parecer rechazaron la merienda y también la cena. De seguro y…

No dejo que terminara. Sin prestarle más atención se encamino hasta el elevador que lo conduciría hasta su piso, maldiciendo a aquella mujer del demonio, Es que no encontraba sentido a su actuar ¿Cómo osaba rechazar la comida de la cría? ¿Qué había comido entonces? ¿Aire? Sintiéndose extrañamente molesto camino hasta la puerta, abriendo de un portazo.

Bien, al menos podría quitarse el cabreo de la tarde con ella.

Y sin embargo no la encontró por ningún lado.

Olisqueo el aire, sintiendo un delicioso olor a… ¿comida casera? Confuso se dejo guiar hasta la cocina notando que en el descansaba una bandeja con alimentos- que reconoció como japoneses- cubiertos cuidadosamente por una lona de aluminio. Levanto la ceja, preguntándose si Emi no había querido comer.

De todas formas, ¿Por qué había comida casera, cuando él había demandado comida del hotel? De pronto llego hasta sus oídos una melodiosa y dulce risa, que reconoció de inmediato como femenina.

Ah, claro. La niñera había cocinado.

Siendo guiado por aquellos sonidos termino parándose en seco al distinguir ambas féminas dentro del baño de la menor. Con curiosidad perfilo su vista por la orilla en donde se asomaba la bañera, donde la pequeña se sumergía en un mar de espumas. Emi parecía avergonzada, pues de tanto en tanto bajaba la mirada con las mejillas sonrosadas.

El vapor se había colado entre las paredes del cuarto dándole un aspecto un tanto sofocante.

Continúo mirando, casi como un gato sigiloso. Un mero instinto de curiosidad, alentado por el extraño comportamiento de Emi. Le resultaba inusual ver a la cría tan tranquila, sabiendo que su compañera era una completa extraña.

¿Qué había hecho esa mujer para moldear el carácter de Emi?

Sintiéndose curioso, cuidando de no emitir sonido alguno, siguió observando la escena.

–Emi-chan, ¿te parece agradable la temperatura?

Hasta que sus ojos se encontraron con la delgada (y bien curvilínea según su vista) silueta, de aquella mujer. Sus cabellos de una largura impresionante, se desparramaban casi tocando el suelo, ligeramente empapados por su labor. Un rostro pequeño y una nariz de igual tamaño.

Continúo, esta vez sin reparos en su exploración; bajando de sus hombros hasta dar (para su mala suerte) con cierta zona en donde la prenda que traía encima se apegaba caprichosamente sobre la piel, dándole un aspecto peligrosamente sensual. Sin notarlo, termino por humedecerse los labios, tentado.

Traía una blusa de un color similar al blanco, cubierta con diseños en bordados. No, espera… Oh, Dios.

Aquello no era la blusa.

Trago pesadamente.

Quiso apartarse de ahí, pues la naturaleza que lo definía como hombre comenzaba a despertar peligrosamente, y venga que no querría morderse la lengua por haber escupido contra el cielo y luego recibir el peso de sus dichos en todo el rostro. No gracias. Decidido, giro sobre sus pies con la clara intención de darse un baño e ignorar por completo a la recién llegada.

–¡Emi-chan!

Pero como siempre, todo parecía ir en contra de sus deseos.

La voz asustada fue rápidamente captada por sus oídos, y su traicionero cerebro termino obligándole a adentrarse en el ojo del huracán. Abrió de un golpe la puerta, logrando que por la fuerza esta rebotara levemente, volviendo a su estado inicial. Ignorando la mirada asombrada de la niñera, corrió a socorrer a la menor; pero cuál fue su sorpresa al verla de pie cubierta de aquella espuma, con los brazos abiertos y una amplia sonrisa en el rostro.

Ah, mierda…

–Emi… – gruño, a modo de regaño.

¿Por qué insistía en hacer esas cosas, cuando sabía lo mucho que odiaba que lo preocuparan de gusto?

La niña se encogió, apenada. Se sentó de golpe dentro de la bañera, sin volver a levantarle la vista. Con eso le daba a entender que estaba arrepentida, y por ende no lo volvería a hacer.

–Ano… E-Echizen…-san.

Por primera vez, el rostro pajoso quedo ante su visión. De facciones delicadas y ojos enormes. Una boca rojiza, y unas mejillas que lucían un infantil sonrojo sobre ambas. Rasgos que distaban bastante de una fémina madura, y fue entonces que salto su estúpida curiosidad.

¿Qué edad tendría esa mujer?

Sin embargo se abstuvo de preguntar.

–E-esto…

Volvió la mirada a ella, bajando hasta sus manos en donde estrujaba nerviosamente sus dedos. Se encogía, presionando sus brazos. Ahora ya no lo miraba, y la verdad es que el tampoco quería hacerlo. Esa mujer ni siquiera se percataba lo que estaba haciendo; tensándose juntaba su pecho, mostrándolos en algo que más parecía un ofrecimiento. Mierda… desde su altura (siendo bastante) los sinuosos senos quedaban perfectamente ante su visión. Con una leve humedad sobre ambos; la quijada elegantemente remarcada, y sus labios…

Mierda. Joder. Demonios.

El escalofrió llego desde su espalda, concentrándose en cierta zona que ya comenzaba a sufrir los estragos de la visión ante él.

De pronto, para su asombro y alivio, la mujer dio dos pasos hacia atrás inclinando el cuerpo en un reverencia que le pareció exagerada.

–¡Mu-Mucho gusto! – exclamo, torpemente. Parpadeo, inquieto; incluso por instantes le dio la impresión de que había perdido el equilibrio cuando se inclinaba demasiado rápido.

–También –

La mujer se incorporo mostrándole una sonrisa tímida –S-Si me disculpa… terminare de asear a la niña – excuso, pasando de él.

Asintió, en un leve movimiento. Sin agregar se dio media vuelta saliendo de ese lugar. Su cuerpo comenzaba a ansiar demasiado, y prefirió alejarse antes de temer saltar sobre ella. Se sentía estúpido, pero mierda que se plantara delante el hombre sano que fuese capaz de soportar aquella visión sin temer lanzarse como animal en celo.

Tiro el maletín sobre el sofá, estirándose sin reparos. Soltó el nudo de su corbata, casi suspirando cuando la constante presión abandono su cuello. Esa era la mejor parte del día; lanzar todo lejos y olvidarse por meros instantes quien era.

Cerró sus ojos, sintiendo destensar sus músculos. A lo lejos se escuchaba la risa de Ryuzaki, envolviendo deliciosamente sus sentidos. Aquella mujer tenía una voz muy dulce, inclusive a la hora de reír. Había escuchado numerosas risas femeninas, y siempre estas terminaban por decepcionar al oyente; casi siempre resultaban grotescas o en su defecto muy chillonas.

Sin embargo esta no desagradaba en lo absoluto.

Cuando las risas cesaron, escucho el traqueteo que hizo al sacar a la niña y luego llevarla hasta su habitación para cambiarla. Él, por otro lado, no recordaba haber hecho eso ni una sola vez; nunca había disfrutado de un baño con Emi, ni menos lo que seguía de esto. En ningún momento la había vestido, ni menos peinado su cabello.

Eran siempre las niñeras quienes se encargaban de esta tarea.

Finalmente, transcurrieron varios minutos, hasta que ambas se dejaron ver. La pequeña, mantenía la cabeza gacha y para su sorpresa corrió hasta sentarse sobre sus piernas. Le rodeo tiernamente el cuello, frotándole su mejilla varias veces.

Sin comprender muy bien, sujeto a la menor procurando que no cayera. Miro a la joven, buscando una respuesta a su actuar. Ella sonrió.

–Emi-chan, lo extrañaba – comento, llevándose las manos delante de su falda. Noto que ya no había humedad sobre ella, y honestamente lo agradeció.

La niña, sonrió satisfecha comenzando a juguetear con sus largos cabellos, que previamente habían sido secados por Ryusaki. Noto que la niña ya lucia el pijama, y se pregunto si ya había cenado.

–Emi-chan esta lista – anuncio ella, como si leyera sus pensamientos –La comida que sobro… – mágicamente, la actitud amable era reemplazada por la timidez. Noto que su rostro aumentaba de color, bañándolo completamente de un rojizo – e-es… para usted – termino en un susurro.

–¿Para mí? – inquirió, alzando una ceja.

Ella se tenso como un poste de luz, mordiéndose los labios.

–Si… pe-pensé que quizás… tendría hambre.

La miro interesado. Emi, estiro de su camisa, buscando verle. Alzo una ceja, sin comprender, pero ella le dedico una mirada complica a la chica terminando por sonreírse ante un secreto que probablemente no compartirían con él.

¿Desde cuándo Emi, se comportaba de esa forma con alguien ajeno a su círculo?

–Echizen- san… – susurro, costosamente – ¿Le gustaría probar un poco?

Sospesando la idea, termino por humedecer sus labios involuntariamente. No recordaba la última vez que había probado una comida hecha en casa, ni siquiera en su propio hogar de infante… se encogió de hombros terminado por aceptar su petición.

La niñera primero parpadeo, pero luego sonrió ampliamente. Volteo para encaminarse hacia la cocina e ir en busca de la bandeja, clavo los ojos en la delgada espalda sin saber exactamente por qué.

La tarea era muy simple y no existían obstáculos que pudiese entorpecer su cometido. Pero aquella mujer logro plasmar una expresión de completa estupefacción en su rostro; en el camino, a pocos pasos de llegar a su destino la mujer tropezó. No con algo que hubiese desperdigado por ahí. No. Al contrario; Ella tropezó con sus propios pies cayendo de bruces contra el suelo. Con la cara pegada al piso y el trasero parado en pompa.

Levanto a Emi, alzándose en el camino.

De un segundo a otro, la más esplendorosa visión de sus bragas quedo ante sus ojos, que para su sorpresa y excitación tenían un diseño bastante sensual para alguien con una cara tan inocente como la suya.

Entre todo el asombro, sonrió malicioso ante ese descubrimiento.

Así que gustaba de esa ropa…

La mujer se incorporo tan rápido que temió que caería de nuevo. Con el rostro más rojizo que había visto jamás, el cuerpo tembloroso y los labios vibrando frenéticamente. Se inclino nuevamente ante él, apretando la tela contra sus delgados dedos.

–¡Discúlpeme! – chillo, al borde de la histeria.

Oculto la diversión que causo en el, las reacciones tan impredecibles de aquella mujer; comprendía que eso había ido más allá de sus límites y que seguramente estaría pensando agarrar sus cosas y no volver a cruzar nunca más las entrada. Seguramente la vergüenza haría explotar su cabeza.

–No importa – dijo a rastras.

Sakuno estrujo sus manos, intentando dedicarle una sonrisa que finalmente se convertía en una mueca extraña producto de la tensión y la insistente vergüenza. Se quedaron en silencio. Y se alargaría aun mas, de no ser porque su estomago termino por recordarle que debía ingerir algun alimento. Ryusaki dio un respingo nerviosa, se disculpo entre balbuceos, corriendo hacia la cocina. Con la mirada clavada en los recipientes.

Emi estiro de él, incitándolo a que avanzara. Le sujeto de la manga con una sonrisa amable. Pero el no estaba muy acostumbrado a esos actos tan impulsivos de la menor, siempre terminaba por gruñir intentando que lo soltara. Luego Emi soltaría su mano mirándole con la disculpa en los ojos. La miro de reojo, lanzando un suspiro. Sujeto la pequeña manita entre la suya, asombrándola. Sus ojos se abrieron tanto que temió que estos se escaparan de sus cuencas. Las mejillas adorablemente sonrosadas, y un brillo inusual en ella.

Le dedico una sonrisa arrogante, que termino por encogerla.

Por una vez, que más daba.

Continuara.


LISTOOOOOOOOOOOOOOO =) espero que sea de su agrado, y como ven esta historia sera bastante rapida y terminara en pocos capitulos =)

Espero sus reviews!

Chaoliiiiiiiiiin queridas c: