HOLAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA! aquí les traigo un nuevo capitulo. Disfrutad gente linda! :D

Y lo que debía poner, y nunca puse :B

Disclaimer: The prince of tennis no me pertenece: si demonios u.ú, es una lastima! Es por eso que Sayaaaa recurre a estos medios para reunir a su pareja favorita, por que de otra forma... u.u no se ve que exista un avance entre ellos.

Nos vemos abajo!


Capitulo 2:

Acostumbrándome a tu presencia.

Las nubes se agolparon sobre los cielos, donde pequeñas manchas oscuras mostraban que el invierno comenzaba a tomar forma en Japón. El frio no se hizo esperar, aun siendo los primeros días de esta estación. Como era de esperarse; los transeúntes no escatimaban en poner sobre su cuerpo prendas que abrigaran más de la cuenta, y revelaran menos de lo que cualquier hombre quisiese. Corriendo de un lado para otro para poder de esta forma llegar salvos a sus destinos evitando algún resfrió indeseado.

Entre ellos se encontraba Ryuzaki Sakuno.

La joven niñera se dirigía presurosa hacia su lugar de trabajo, rogando por no fallar en el horario. Bien sabía que su jefe dispondría de ella para llevar a la menor hacia sus clases – que comenzaban exactamente a las ocho en punto – mientras que el, tras un escueto saludo, se marcharía en otro vehículo rumbo a su oficina.

Esa era la acostumbrada rutina por las mañanas. Ella llegaría, vestiría y daría de desayunar a la menor, mientras el realizaba sus hábitos acostumbrados, hasta que una vez estuviesen tanto padre como hija listos, se marcharían del lugar. Pero esta vez, para su extrañeza, el hombre aun no estaba listo para partir.

Se detuvo mirándolo confusa, mas el haciendo caso omiso a su reacción, miro de reojo el reloj de su muñeca (uno que considero muy costoso, tras una rápida mirada).

–Ryuzaki.

–Señor – susurro, jadeante.

Inclino su cuerpo saludando, luego al incorporarse le dedico una tímida sonrisa que tal y como esperaba no fue correspondida. Así era Echizen Ryoma. En estas semanas había aprendido a conocerlo un poco, notando en el, varias características más negativas que positivas. Un hombre serio, frio… parecía soltero, pero notando su atractivo era indudable que de mujeres no podría quejarse. Pero lo más sorprendente era su hermetismo… era de ese tipo de persona que la inquietaba más que nadie.

Un hombre cuyos pensamientos le resultaban indescifrables.

–Dos minutos tarde –murmuro, dirigiéndole una mirada de molestia.

Ella se tenso, agachando la cabeza – Di-disculpe… tuve problemas con el tráfico, y….

–Excusas – repuso él, encogido de hombros.

Y ella se mordió la lengua ahogando una frase que podría haberle costado un despido. Pero, ¡no todos tenían un lujoso mercedes o un lamborghini para ir a sus trabajos! La gente normal como ella solían tomar el transporte público y esperar pacientemente hasta que uno de estos se dignase a aparecer.

Pero también comprendía que hacerle entender eso, era impensado.

Era un multimillonario, que seguramente jamás utilizo un auto bus en su vida.

–No…no volverá a ocurrir – susurro, nerviosa.

Sabiendo que la mirada penetrante se poso sobre su cuerpo sintió que los pies no serian capaces de soportar su peso. Realmente se sentía intimidad por sus ojos, por su belleza, por todo lo que el significaba. Debía de destacar que era la primera vez que trabajaba para un hombre soltero; menos en la situación de Echizen.

El soltó un suspiro, apartándole la mirada. Fue entonces que ella se permitió mirarle a la cara, sin que él lo notase (o al menos eso pensaba).

–¿Qué?

Su voz sonó tan imponente que ella tembló sobre su lugar. Sintiéndose horriblemente avergonzada al verse descubierta. Pero…

–Señor…

El la miró, alzando una ceja.

–Su corbata… – los ojos de Ryoma parpadearon graciosamente, ante esa reacción que le pareció dulce, se dio valor para agregar – e-está mal…

–¿Qué está mal? –repuso él, frunciendo el ceño.

Trago pesadamente, y con su mano (que parecía romperse de tanto temblar) señalo el lugar al que se refería. El hombre siguió el camino desde su dedo hasta la corbata en cuestión; alzo un ceja.

–Ah.

Bajó la mirada, rogando que no notara lo nerviosa que se sentía.

De adulta no tienes nada, Sakuno…

–Ryuzaki.

Ryoma la llamo en un tono que mostraba que quería que ella lo mirase. De inmediato. Sin saber por qué, al final siempre terminaba reaccionando tan rápido como él quería. Lo miro, guiñando confusa los ojos, aun más por el rictus que se formo en su rostro en algo similar a una sonrisa arrogante.

–Arréglala –ordeno.

¿Eh?

–¿Disculpe…?

¿Había escuchado mal?

El la miro largamente, hasta que posteriormente cambio su expresión a una de molestia. Con su dedo acusador le indico en el rostro, y luego llevo el mismo dedo hasta la prenda. Ella abrió su boca, avergonzada. El rojizo se apodero graciosamente sobre sus mejillas, sin poder sostenerle la mirada por mucho tiempo.

¿Lo haría a propósito?

–Es una orden.

Aun sin comprender muy bien lo repentino de esto, obedeció. Tragando con nerviosismo, se acerco hasta el, dando pasos a una lentitud impresionante. Sabia mejor que nadie que él la observaba, atento, como mirando algo único. Eso la inquietaba; honestamente no ayudaba en nada el tenerlo tan cerca, sintiendo casi rosarle el aliento sobre la piel.

De hecho era…

Stop. ¿Qué estaba pensando?

Es tu jefe, por el amor de Dios.

–No tengo todo el día – gruño, cruzándose de brazos.

Ella tenso los músculos, avergonzándose ante sus propios pensamientos. Y apretando los labios, se dispuso a atar correctamente la dichosa corbata. El la superaba bastante en porte, y eso si…

Nuevamente se sentía ridículamente pequeña a su lado.

A pesar de que sus dedos se debatían en un temblor molesto, logro anudar con éxito la prenda. Sintiéndose satisfecha con su labor, sonrió sin notar que estaba siendo observada. Sus ojos se habían clavado en ese lugar, por eso mismo no lograba distinguir los ambarinos sobre su figura.

Se hizo un hondo silencio, que Echizen rompió como un balde de agua fría.

–¿Piensas quedarte todo el tiempo así?

Sakuno soltó apresurada la tela. Se había quedado embobada mirando su obra, sin notar que estaba haciendo perder tiempo a su jefe. Se disculpo atropelladamente, apartándose varios pasos.

–N-no era mi intención.

El la miro de reojo, más como contestación recibió un simple encogimiento de hombros. Sakuno intento concentrarse en otra cosa, y nuevamente se disculpo, pero esta vez para ir al cuarto de la menor.

Casi corriendo, se metió en la habitación, rogando por no hacer demasiado ruido. Una vez cerrada la puerta; desde su lugar dejo escapar un suspiro de alivio, sabiéndose (ridículamente) a salvo.

Ese hombre se había convertido en algo peligroso.

En todos los sentidos.

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Bien, no era su intención. Había comenzando como un simple pique de curiosidad mezclado con la molestia que ocasiono que ella señalara uno de sus fallos. Desde que era un adolescente había sufrido de la tortura que resultaba anudar correctamente aquel condenado trozo de tela, nunca podía lograr que quedara perfectamente.

Pero, admitir para sí mismo que se equivocaba era una cosa; dejar que ella lo ridiculizara era otra.

Aun sabiendo que no lo hacía con esa intención, que una mujer tan volátil como ella lo señalara de esa forma, de algún modo… le cabreo.

Y quiso divertirse un poco.

Pero el resto ella lo hizo solita.

Sonrió levemente cuando la recordó prácticamente huyendo de él, nerviosa. Esa mujer tenía la manía de ponerse extremadamente tímida por situaciones que no tenían ni razón de ser. Era increíble ver como se sonrojaba furiosamente por simplemente escucharle hablar. O la forma en que tensaba sus hombros, y jugueteaba con sus dedos sin ser siquiera capaz de mirarle a los ojos.

¿Acaso le incomodaba su presencia?

De ser así, esperaba que eso no sea un impedimento para que siguiera cuidando de Emi.

Francamente, desde que la había contratado (o Ann, mejor dicho) se sentía más relevado de su cargo como padre. La mujer era responsable en todo lo que se refería a la menor. Preparaba ella misma sus comidas, y se preocupaba imperiosamente de que la cría hiciera sus deberes. Y aun cuando las mucamas se encargaban de asear la casa, Ryuzaki tenía la manía de limpiar más de la cuenta. Ni siquiera sabía cómo lograba apañárselas para hacer todo eso sin descuidar ninguna de sus obligaciones.

La había subestimado.

Es por eso que esperaba, siguiera con ellos.

–¡Emi-chan, cuidado!

La joven lanzo un grito deteniendo sus pensamientos, y seguido de esto escucho sus torpes pasos correr seguramente hacia la menor. Pero lejos de alertarse, camino lentamente hasta la habitación. Se había vuelto una costumbre a la que ya estaba habituado.

Fue por eso que cuando abrió la puerta no le sorprendió ver aquella escena; en donde la niñera permanecía sentada sobre el suelo, con la menor somnolienta sobre su regazo.

–De-despierta….

La mujer acaricio su cabello despacio, cuidando de no asustarla.

Emi tenía esa manía. Todas las mañanas era una proeza sacarla de la cama, porque parecía anclarse entre las sabanas; de algún modo parecía haber heredado de su parte, el gusto por dormir. Pero ya era momento de despertar, por lo mismo observo como la mujer se debatía sobre qué forma seria la más apropiada para hacerla reaccionar.

Había notado, que la niñera era sumamente cuidadosa con Emi; la trataba con tanta delicadeza que el sentimiento de incertidumbre a ratos le venía. No parecía como si fuese porque lo considerara como su labor, el había visto a otras niñeras y podría jurar que ninguna de ellas tenia la dedicación de esta mujer.

Ridículamente parecía tratar a la cría como un tesoro o algo valioso que tiene miedo de romper.

¿Sería por su actitud, siendo en su naturaleza una fémina temerosa?

Aunque no estaba en sus deseos averiguarlo.

–Emi-chan…

Finalmente la menor lanzo un gruñido de molestia, pero para alivio de Sakuno comenzaba a abrir sus ojos. Ella sonrió, deseándole un buen día y apartándole unos flequillos molestos que se apegaban a su rostro.

–¿Dormiste bien? –pregunto, con dulzura.

Emi frunció el ceño, apartándole rebelde la mirada. Se la quito de encima, como incomodada por su actitud tan maternal. Y para ser sinceros el… la entendía.

Ryuzaki era excesivamente dulce, preocupada… cualidades que a él solo le traían dolores de cabeza. Sobre todo por esa sonrisa, mierda, no quería tener que recordar cosas que lo hundirían luego.

No me olvides, Ryoma.

Demonios.

Con la quijada tensada, y los puños apretados dio media vuelta ignorando la escena. Ni siquiera tomo en cuenta la mirada cariñosa con la que Emi quiso desearle un buen día. Ahora mismo lo único que deseaba era marcharse a su trabajo, sin tener la necesidad de pensar en nada más que en eso.

Termino de acomodarse el traje; reviso en su maletín si tenía todo lo necesario, maldiciendo cuando noto que faltaban unos documentos importantes. Volvió sobre sus pies, para encerrarse en su estudio, revolviendo hasta el último mueble que se encontraba en la habitación.

Chasqueo la lengua.

Continúo en lo mismo hasta que por fin (y tras odiarse a sí mismo por el desorden) dio con los benditos papeles, y en el mismo instante, llego hasta sus oídos el ruido que ambas mujeres hicieron al bajar las escaleras. Se paró en seco escuchando como la tímida voz de la mayor pidió amable a la mocosa, sentarse para disfrutar de su desayuno.

El aire se baño de ese agradable olor a comida japonesa, y su maldito estomago no tardo en traicionarlo, gruñendo fuertemente.

No había desayunado.

Tentado por el hambre, se trago una blasfemia contra sí mismo. Sus planes de marcharse habían sido totalmente truncados, pues lo que más quería era salir de ese lugar, y Ryuzaki lo obligaba a permanecer más tiempo, usando algo a lo que no se podía negar.

Maldita mujer, y maldito él por su tendencia a la comida oriental.

Salió del despacho, caminando directo hacia la cocina. Cuando apareció su figura tras la puerta, Emi dio un salto sonriéndole ampliamente. La cría no tardo en recibirlo, bajándose de su asiento y corriendo a estirar de su brazo para sentarlo junto a ella. Gruño mirándola con regaño, no obstante Emi ignoro esto y tras lograr que el ocupara un lugar junto a ella, sonrió satisfecha.

Maldijo interiormente.

Últimamente la mocosa se mostraba más abierta con él; aun cuando trataba de evitar el contacto físico, Emi no se daba por vencida. Si quería dormir solo, la cría terminaba por despertarlo y acurrucarse sin permiso, junto a él. Cuando necesitaba descansar, la menor se sentaba entre sus piernas para hojear uno de esos libros didácticos, mientras de tanto en tanto le enseñaba alguno que otro dibujo que le llamo la atención. Si quería darse un baño, Emi extrañamente tozuda, terminaba por colarse en el agua, llenándolo de espuma y aromas infantiles.

Francamente se estaba tornando molesto.

Miro el rostro de la menor, y esta le sonrió volviendo a clavar los ojos en su plato. Paso de los ámbar hasta los ojos de la criada, los cuales miraban desconcertados, preguntándose tal vez qué demonios hacia el allí en ese horario, aun sabiendo que ya debía estar metido en el bendito trafico de todos los días.

–¿Señor…?

Resignado, observo fijamente las reacciones de la mujer. Ahora le apartaba la vista, mientras fingía distraerse con otra cosa.

–Oi –llamo, y ella como esperaba, tenso sus hombros intentado mirarle. Cuando supo que estaba al 100% atenta a él, soltó las palabras a rastras – No he desayunado, Ryuzaki.

Ella lo miro confusa

– No… no desayuno… – cuando cayó en cuenta, dio un pequeño saltito mirándole asustada – ¡Ah, perdón! ¡Enseguida preparo el suyo!

Le pareció sobre exagerada la forma en que le contestaba y tensaba, siempre tan nerviosa. Entonces, pensó que Ryuzaki era comparable con un gatito asustado. Pequeño y temeroso. Entre balbuceos solicito un minuto más, para agregar una porción, pues no lo había considerado.

Asintió, encogido de hombros.

Emi se lo quedo viendo largamente, mientras mordisqueaba un poco de pescado al grill. Parpadeo, entonces clavo los ojos en ella, gruñendo cuando ahora le ocultaba la vista. Así se inicio un juego, en donde él la miraba y Emi se escondía.

Cuando ya llevaban la quinta vez haciendo lo mismo, le agarro del moflete con la ceja alzada en superioridad.

–Gane – dijo, con orgullo.

Emi enrojeció, inflando las mejillas al verse sobre pasada. Lo miro acusador, pero algo ocurrió en ella que termino por bajar la vista, haciendo un gracioso puchero con los labios. El por su parte, apoyo su barbilla mientras no despegaba los ojos de la mocosa.

Interesado en el repentino cambio de humor.

Comenzó a picarla, mientras estiraba de uno de los cabellos con una expresión desinteresada. Cuando no logro su atención, decidió que podría molestarla con otra cosa. Tras pensar en varias formas, se decidió por inclinarse ante ella y agarrarle el rostro para apretar sus mofletes. De esta manera Emi no podía ocultarle los ojos, viéndose obligada a mirarlo.

–Mada mada dane – repuso en un tonto demasiado arrogante.

Nada paternal.

Vio como le temblaba el mentón, seguramente anunciando que lloraría. Oh, demonios. Berrinches no. Miro a la niñera, buscando en ella el auxilio que necesitaba, pero para su sorpresa Ryusaki ya estaba junto a ellos, acariciando los cabellos de la mocosa.

La mujer lo miro con reproche, mientras acunaba la cabeza de Emi en su pecho. Y él, haciéndose el grandísimo idiota desvió los ojos hacia la cocinilla en donde se estaba friendo sus alimentos.

–Se quemaran – susurro, tosiendo levemente.

Ante sus palabras, Ryuzaki ahogo un grito, disculpándose con Emi y corriendo torpemente hacia el lugar para apagar la pequeña llama. Emi se sobo los ojos aun hipando apenada, por lo que el disimuladamente– sabiendo que la niñera no los miraba – acaricio la cabeza de la menor haciendo la señal de silencio con su dedo y labios.

Ella tras parpadear, le dedico una sonrisa tan radiante que…. Si, demonios. Saco a flote un calor extraño en su pecho.

Ahora se arrepentía de haberse quedado a desayunar.

Con el ceño fruncido, evito la mirada infantil, prestando atención al plato que la mujer con tanto esmero se encargo de preparar. Sabía que cocinarle no era su deber, no era parte de ninguna de sus obligaciones y sin embargo Ryuzaki lo hacía.

–Que disfrute – dijo, tímida.

Su cabeza se movió robóticamente en afirmación, y sin pensárselo mucho comenzó a devorar todo lo que ahí estaba. Desde pequeño, que gozaba del disfrute de una buena comida y lo que ahora estaba dentro de su boca podría jurar que era exquisito.

Encima era buena cocinando.

¿Qué otra cosa oculta tenía esa mujer?

Una vez termino por tragar hasta el último trozo, se permitió relajar un segundo sus nervios. Sabía que la mujer lo miraba, disimulada, pero lo hacía. Como esperando algo, y eso lo inquieto.

¿Debía decir algo?

–Esto… –ella froto sus manos, mientras se mojaba suavemente los labios.

Y tenso los propios. Es que, ¿las mujeres no entendían lo sensual que resultaba eso? Ver como ese trozo de carne se humedecía sutilmente, daba bastante para la imaginación. Inclusive si hacia dote de su experiencia, tal vez aquella boca tendría más que una simple humedad…

–Señor.

Mierda.

Justo en ese momento su móvil comenzó a vibrar. Gruñendo se llevo el aparato hasta su oído, esperando que le hablasen.

¿Dónde estás, Echizen?

Ah, que maravilloso.

–Donde no te importa.

Momoshiro maldijo, probablemente sintiendo deseos de aniquilar su existencia.

¡Vente ahora mismo! Necesito de tu culo arrogante para solucionar esto.

¿No podía solucionar nada solo?

–Tsk.

Y un "vete al diablo" fue lo que termino aquel estúpido dialogo. Miro de reojo a la mujer, y agradeció la comida, por un simple acto de cortesía.

Noto, tras mirar su reloj, que realmente se había excedido en el horario, e iba tarde. Genial. Con lo que costaba salir de ese maldito tráfico. Sin embargo, con esto tenía una excusa para irse sin decir más. Encerrar todo pensamiento que tuviese relación con el cuerpo de esa mujer, centrándose en la enorme pila de papeles sobre su escritorio.

Si. Eso era lo mejor.

Se levanto de su lugar, para asombro de la mujer. Sin mirar a la niña, ni menos a ella. De todas formas, ¿Por qué demonios tenía que estar atento a Ryuzaki? ¿Desde cuándo le importaba lo que una fémina estuviese queriendo preguntar? Y mejor aun, ¿desde cuándo sus hormonas comenzaban a despertar, cual mocoso?

No. Eso jamás.

Agarro su maletín, y dando media vuelta se marcho.

Desde el comienzo, no debió haberse tentado por una simple comida. Aun cuando debía reconocer que fue agradable, no quería terminar cayendo ante sus propios dichos, tal como un idiota.

Dos veces no.

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Sujeto sus manos, calentándolas entre las propias. Aun cuando llevaban guantes, el frio era tal que parecía calar entre las telas. Froto un tanto haciendo que Emi parpadeara inquieta, y de pronto le aparto rápido, agarrando el tirante de su mochila.

La niña siempre, y cada vez que se sentía incomoda con una de sus muestras de afecto, le daba por sujetar algo mientras lo presionaba entre los dedos. Ocultaba los ojos entre los flequillos verdosos, para luego sonrojarse suavemente.

Estaban a las afuera de la primaria Seigaku, lugar al que Emi asistía a clases. Era una institución enorme, que contaba desde primaria hasta inclusive una Universidad. No era de extrañar que le menor tomara clases en ese lugar, cuando noto el desfile de vehículos costosos dándole a entender que efectivamente…. era para gente rica.

Sin embargo, Emi nunca parecía a gusto.

Mirando la entrada con una expresión de temor, y sus dedos bajaban hasta su falda apretando demasiado. Siempre ocurría lo mismo. Ella desconocía el motivo por el que se comportaba de esa forma, ni menos lo que realmente había ocurrido. Pero, de algo estaba segura y es que ver esa cara asustada, le partía el corazón.

Imagino lo terrible que debe haber sido para ella perder su voz, aun cuando sabia que la tenia. Sabiendo que antes si podía decir lo que pensaba; que podía llorar y ser escuchada; gritar y recibir un regaño a cambio; que si deseaba reír podría hacerlo.

Y perderla, por una razón tan terrible…

Si bien es cierto, Emi lentamente se mostraba más abierta con ella; permitiéndole tocarla, o de vez en cuando dejarse acariciar. Aun existía una barrera enorme que por más que intentara, era imposible penetrar. Algo demasiado íntimo, demasiado oculto, y que sospechaba tardaría demasiado en lograr saber.

Pero, gracias al cielo, sus esfuerzos no eran del todo inútiles. Pues de a poco Emi se dejaba mimar, e inclusive a ratos era ella misma quien la buscaba para que le leyese algún cuento, o simplemente porque necesitaba de una compañera que le ayudase a vestir sus muñecas.

También había descubierto, que la niña adoraba cuando peinaba su cabello; que le gustaba sentir que lo acariciaban, y por sobre todo que este se mantenga limpio y con ese aroma infantil característico en Emi. Y estaba consciente que eran meros detalles, que para los demás podrían resultar absurdos. Pero algo le decía que era en aquellas minucias a las que tendría que prestar atención si es que realmente quería conocer a la pequeña.

Por eso mismo, siempre estaba al tanto de sus expresiones.

Más que por el hecho de que era su trabajo, se había encariñado tanto con ella que se sentía en la obligación de hacerlo. De cuidarla, de protegerla. Era extraño, por que inclusive con el hijo de Tomoka, al que podría jurar adoraba hasta el cansancio, no sentía tal necesidad de apego.

Era algo que nacía espontaneo.

¿Lastima, tal vez?

No. No por favor. Eso no era, ni seria nunca por lastima.

Volvió en si cuando sintió el jalón desde abajo, y bajo sus ojos encontrándose con los ambarinos igual de penetrantes que los paternos. Dios. Si eran dos gotas de agua.

Recordó por fin, que Emi debía entrar a clases, y que estar de pie en la entrada no implicaba precisamente llegar a la hora. Entonces escucho la campana y agachándose sujeto los pequeños hombros, dedicándole una sonrisa radiante. Comprensiva.

–Tú puedes, Emi-chan. Esfuérzate.

Cuando el ámbar se ilumino de tal manera, que la asombró y el labio tembló hasta curvarse en una sonrisa tímida… Bien, podría morir ahí mismo. Ella sabía lo adorable que podría llegar a ser esa niña, pero esto… ¡Dios, tanta ternura era un pecado!

Emi exhalo aire y asintió obediente. Luego le dio la espalda y se echo a correr rumbo a sus clases. Muy distinta a las veces anteriores en donde prácticamente debía arrastrarla para lograr que entrara. Lo que más le asombro fue su obediencia, y el ímpetu con el que la vio marcharse.

Era algo bueno, ¿verdad?

Cosas como esta le daban mas ánimos, para continuar dando lo mejor de sí misma.

–¿Sakuno…-chan?

Asustada, se encontró con la voz masculina, notando por primera vez que no estaba sola. Unos cabellos rojizos, levemente ondulados en las puntas, una piel pálida, y la sonrisa siempre presente.

–¡Eiji-sempai! – exclamo entre asombrada y alegre.

El amplio aun mas su sonrisa, abrazándola enérgico por los hombros.

–¡Nyaah! ¡Acerté! Pensé que me había equivocado –el pelirrojo ni cuenta echaba de que su cabeza era comparable con una bombilla, ante la vergüenza de ser sujetada de tal forma – ¡Has crecido mucho, Sakuno-chan!

No es que el tuviese malas intenciones, pero…

–Ha-hai… pero, disculpe, ¿podría….?

Con su dedo señalo la zona, intentando quitárselo de encima. Eiji pestañeo repetidas veces, y finalmente tras disculparse la soltó. Sin quitar ese tono amable.

–¡Me sorprendió verte! ¿Qué haces por aquí, Sakuno-chan?

Aquel enérgico chico, era un sempai de sus tiempos de Instituto. No recordaba muy bien su edad, pero al menos le superaba por 3 años. Se habían hecho muy amigos, sin embargo cuando el se graduó no supo nunca más de Kikumaru. Y ella no pudo averiguar que había sido de el. Concentrada en la búsqueda de un oficio, terminaron pasando los meses, así los años hasta que en algún punto de su memoria, ya no apareció nunca más en sus pensamientos.

Francamente, encontrárselo después de tanto, era una alegría.

Le relato brevemente su oficio y a que se dedicaba, sorprendiéndose al descubrir que Eiji se había convertido en un profesor de Gimnasia aeróbica, y por lo mismo hace más de un año había comenzado a trabajar en ese lugar.

–Tal vez nos topemos de nuevo – repuso, sonriente.

El conductor de su jefe, a lo lejos le hizo señas para que se acercara. Sakuno obedeció, y tras despedirse del hiperactivo chico –no sin antes desearle un buen día, y recordarle lo contenta que se sentía por este reencuentro - acabo metiéndose rápidamente al vehículo partiendo de vuelta al hogar Echizen.

Emi tenia clases hasta media tarde, por lo que mientras podría entretenerse aseando un poco y ordenando el desastre que dejaba la niña cada mañana. Preparar su merienda, y cuando el chofer vaya por la menor, ella la recibiría con una sonrisa amable. Luego podrían cocinar juntas, y preparar la cena, e inclusive si tenía suerte podría hacer que su jefe probara de su comida, y luego…

Un momento.

Freno ella misma sus pensamientos. Porque lo que había pensando no estaba nada bien. No. No tenía ni una pizca de bueno. Su rostro adquirió un rojizo rápidamente, cubriéndose consternada los labios.

¿Si tenía suerte su jefe podría comer su comida…?

¿Qué significaba eso?

No había porque sentirse feliz si es que se daba el caso, ni menos decepcionada cuando no ocurriera. ¿Qué estaba pasando por su cabeza? De la única que debía preocuparse que comiera era de la niña, no del padre. Ella estaba al cuidado de Emi, por ende si Echizen comía o no, si le gustaba o no sus platillos…. No debía importarle demasiado.

Lo mismo que en la mañana.

Se había terminado haciendo un lio queriendo preguntar que le había parecido, y a causa de eso él se había molestado y posteriormente marchado del lugar.

¿Lo estaba incomodando?

Y, exactamente ¿con que?

Continúo en medio de sus divagaciones, y ni cuenta se daba que ya había llegado. Se bajo por mera costumbre, y ni siquiera cuando la servidumbre le sonreía, ella correspondió. Se adentro en la residencia Echizen, cerrando lentamente la puerta. Cuando el silencio fue lo único que llego hasta sus oídos, reacciono.

–¿Are?

Paso la vista en todas direcciones, cayendo en cuenta en qué lugar se encontraba.

–Algún día terminare quizás donde… – se reprendió, frotándose las sienes.

Lanzo un suspiro, agradeciendo el estar sola. Recordó, entonces, que es lo que tenía planeado hacer y subiéndose las mangas de aquel grueso suéter, se dispuso a poner manos a la obra. Aun cuando la servidumbre siempre solicitaba limpiar ambos pisos, ella se negaba diciendo que no era necesario.

Se lo había pedido a su jefe. Alegando que no tenía nada con lo que podría entretenerse mientras esperaba el regreso de la pequeña, y que siendo una fanática de la limpieza no significaría problema. El la había mirado como un bicho raro, pero finalmente acepto sin emitir ninguna palabra más.

Al final siempre parecía acceder.

A pesar de su forma de ser, pareciendo siempre molesto, también tenía su lado amable. Era inquietante descubrir cuan predecible podría resultar ese hombre. La asustaba, logrando sonsacarle tartamudeos y aumentar su sonrojo innato.

De pronto llego hasta sus pensamientos el recuerdo de la mañana, en donde ella acomodo su corbata.

Ah, eso se había sentido demasiado bien. El calor de su aliento, haciendo cosquillas sobre su mejilla. La mirada atenta, escrutando algo en ella que no lograba descubrir, saber que la superaba por lo menos 10 centímetros, el descubrimiento de saber que existía algo en lo que no era bueno, y aun mas saber que esas manos podrían llegar a ser tan torpes como las suyas… y el calor comenzó a concentrarse peligrosamente sobre su zona intima.

¿Se moverían igual sobre su cuerpo?

Oh, por dios.

Era una maldita pervertida.

Con sus manos comenzó a agitar, dándose aire para refrescarse el rostro que ya le comenzaba a arder. ¿Desde cuándo la pura y casta Sakuno tenía esos pensamientos tan… indecorosos? Más aun con su jefe. ¿Qué demonios estaba pasando con ella últimamente?

Pero la respuesta no llego en ningún momento.

Agito su cabeza, como buscando alejar esas ideas y termino por decidir que pensar en otra cosa sería lo mejor. No. De hecho, no pensar en nada sería más apropiado. Porque cada vez que sonsacaba sola otro asunto, el rostro de ese hombre aparecía para perturbarla, aun cuando no tenía nada de relación.

Ya crispando sus nervios, corrió hacia el dormitorio de la niña, para asearlo. Necesitaba distraerse con algo, y no encontró nada mejor que la habitación de Emi, para lograr su cometido.

Primero partió por ordenar debidamente los cientos de peluches, que se agolpaban en una esquina, y algunos sobre el colchón. Luego, los libros de caricaturas que tanto adoraba la niña; las muñecas, y accesorios de estas. Emi, era excesivamente femenina y delicada. Parecía como una pequeña princesita rosa, pues en su cuarto lo que más destacaba era el maquillaje y los vestidos.

Luego con escoba en mano comenzó con la limpieza del suelo.

Removió los muebles, sacando fuerzas que no sabía que tenía, y volviéndolos a su lugar de origen. La habitación de Emi, era bastante grande; tanto como la del progenitor. Y por lo mismo siempre tardaba bastante en lograr dejarla como le gustaba de limpia.

Noto que en la esquina estaba un baúl, que no había movido. Era grande, por lo mismo también seria pesado. Miro sus manos decidida, e inclinándose agarro desde ambos extremos intentando hacerlo avanzar. Cuando noto que no podría moverlo – al menos sola – fue demasiado tarde. Su cuerpo cayó contra el suelo, volteando el dichoso baúl en el camino. Se abrió la cubierta y salieron disparadas las cientos de cosas que habían en el.

Una de ellas se poso justo a sus pies, y tras incorporarse a medias, la sujetó cuidadosa.

–¿Qué es…?

Con curiosidad volteo el papel encontrándose con una fotografía que llamo su atención. En ella aparecía la pequeña Emi, siendo muy a penas un bebe. Lo supo por las facciones tan similares con Ryoma. Su sonrisa se disipo rápidamente, cuando noto quien era la que sostenía a la pequeña.

No era Echizen Ryoma.

–¿Una mujer…?

Noto que realmente era hermosa. De un cabello marrón hasta la cintura, unos preciosos ojos azules y la piel pálida. Alta y esbelta. Luciendo un largo vestido color champagne, a juego con unos pequeño zapatos.

Se pregunto si ella seria la madre de Emi : siendo esta opción la más probable sobre todo cuando noto como aquellos labios estaban sonrientes, con una expresión tan similar a la sonrisa que Emi le había brindado momentos antes. Hermosa y Dulce. Tímida. Radiante. Y juvenil.

Demasiado juvenil.

Entonces, fue como abrir el grifo del agua antes de una ducha. De esa misma forma las dudas comenzaron a fluir en su cabeza, soltando por inercia la fotografía.

¿Qué edad tendría esa mujer?

¿Y… Ryoma?

¿Qué edad tendría ese hombre?

A juzgar por sus rasgos se notaba que no superaba los treinta. Menos, incluso, que veinticinco. Entonces, si hacia cálculos, se supone que la niña tendría apenas seis años recién cumplidos. Hace dos meses atrás para ser exactos.

Y esa era precisamente la pieza que no encajaba.

¿Cómo era posible que la pequeña sea su hija, siendo el tan joven?

Sus dudas aumentaron aun más cuando su cabeza comenzó a calibrar las posibilidades. ¿Sería un padre prematuro? Pero, si pensaba bien, Echizen no parecía el tipo de hombre irresponsable que dejaría a una mujer embarazada por mero accidente.

Entonces, ¿fue planificado? ¿Por qué la madre no aborto?

¿Ryoma realmente quiso….?

Sus dudas se estancaron cuando distinguió entre el desperdigo de cosas una nota con un fragmento escrito sobre ella. La letra, era evidente, no pertenecía a una niña de seis años. Más bien a un adulto. O a una adulta para ser exactos. Sabía que mirar estaba mal, que eran las cosas de la pequeña, pero…

Ya era demasiado tarde para ignorar sus deseos de querer saber. De querer entender que ocurría en esa familia.

Temblando agarro el trozo de papel, mientras sus ojos se movían nerviosos uniendo letra por letra. Cuando todo tuvo sentido para ella, en ese mismo instante, las lagrimas se desbordaron sobre su rostro. Se cubrió los labios, reteniendo los hipidos que escaparon de su garganta. El pecho le dolía tanto que parecía hecho de plomo, su corazón bombeaba descontrolado.

¿Por qué estaba en manos de Emi?

¿Acaso ella sabe…?

Volvió a releer una y otra vez, rogando por que no sea verdad. Pero siempre se encontraba con el mismo crudo relato.

Ryoma:

Probablemente quieras destruir esta pequeña carta, pues es el último fragmento que demuestra que existí.

Sé que me odias, por tenerla. Que no la quieres, y probablemente nunca lo harás.

Sé que fui egoísta, y solo pensé en mi misma… tú solo eres un niño, y tienes un brillante futuro esperándote: y yo te lo estoy arrebatando. No. Te lo estamos arrebatando. Se supone que la adulta soy yo, y sin embargo fui la más inmadura entre ambos.

Pero aun así, a pesar de todo el rencor que tienes, quiero que sepas que te ame. Que fui feliz a tu lado, y nunca olvidare eso.

De Emi no te preocupes, pues hare que nunca le falte nada. Y tu madre bien que se encargara de hacerlo, con tal de no tener que cargar con un vástago de su hijo adolescente.

Es por eso que tú no te preocupes. Vive y disfruta. Solo espero que nunca te arrepientas de tu decisión; pues en la vida, no hay peor dolor que ese.

Cuando te das cuenta… ya será muy tarde.

Y lamentablemente ya no existe vuelta atrás.

Con amor.

Ritsuko.

–No… puede ser…

Ahora todo comenzaba a tener sentido para ella. Desde el comportamiento tan frio de Echizen, el trato indiferente con la pequeña Emi, su enfoque excesivo hacia el trabajo, la mala relación padre – hija. No necesitaba contar, ni siquiera era necesario pensar mucho para saber más o menos que ocurrió para ese entonces.

Y la realidad le dolió tanto cuando recordó a la victima de todo esto.

–Emi-chan… ¿Acaso sabes, que tu padre nunca quiso…? – las palabras quemaron en su boca, deteniéndose.

Estaba equivocada, ¿verdad?

Emi no debía saber nada de eso.

Ey, no es gracia para nadie enterarse que tu padre jamás quiso tenerte. Que te odiaba incluso antes de tu nacimiento. ¿Cómo una niña de seis años podría entender eso? ¿Cómo explicarle que no era su culpa, si no que de las circunstancias?

No existía forma en la que ella pudiese comprenderlo, sin resultar gravemente herida.

Volvió a sujetar la foto entre sus dedos, mirando fijamente el rostro de aquella mujer.

Aun tenía dudas, aun existían cabos sueltos. Uno de ellos era precisamente la difunta madre de la menor; en ella estaban todos los misterios. Pero como resolverlos, cuando la mujer en cuestión estaba varios metros bajo tierra.

Sin embargo ahora, por lo menos, comprendía al menos una de ellas. Y era tan triste que no pudo evitar sentir que su pecho pesaba, obligándola a encogerse apretando con fuerza esa zona.

Echizen Ryoma, desde un principio… nunca quiso ser padre.

Continuara…


Y bien, y bien? :D que tal? Les gusto? Quieren asesinarme por hacerlas leer algo tan feo? JAJJA espero que no u.u Sayaaa necesita seguir viviendo!

Bueno, queridas, como ven les solté la bomba bastante pronto. Pero como dije, en ambos capítulos, es un fic cortito así que los sucesos pasaran bastante rapido. Lean bien para no perderse. Aquí vemos lo que varias se temían, y era que efectivamente Echizen JAMAS quiso ser padre. Pero por favor, no lo crucifiquen por eso: era solo un crio. Encima con toda la vida planificada. Y como dice en la carta, fue la madre la que lo tuvo por fuerza, el no.

También descubrimos que la madre era mayor, y que no se parece a Emi, al menos físicamente.

Sobre el Ryosaku! aaaawww me encanta escribir sobre esta pareja. Imagine que si ambos fueran adultos, seria algo como esa su relación. Ahora, de a poco Echizen se ve tentado por ella, pero es algo que aun tendrá que desarrollarse. Hasta el momento la desea, lo tienta, pero nada en plan romántico...

Sakuno en cambio, debo recordar, a penas tiene 21 de edad es virgen, e inocente... Su experiencia en el amor es comparable como su experiencia en el sexo. Osea, NADA! xD Aun sueña con el príncipe azul y esas boberías cursis que todas en mas de una ocasión soñaron. Tendra que aprender que no todo es color de rosas, y bien que con Ryoma, tendrá que entender por la fuerza.

También quiero mencionar que desde ahora en más la historia tomara un rumbo mas sexual, no excesivo pero si necesario. Asi que si no les gusta, bueno es momento de detener su lectura! :D

Bueno, eso más que nada! Agradecida de sus reviews siempre tan fieles! Es bonito ver que me apoyan y que les resulta tierna la idea. A mi también me resulta asi n.n Me encanta Emi, es tan afure87wr8wedwsgd tierna que cada vez que escribo de ella mi cabeza se llena de un arcoíris y cosas rosadas. Es una ternura y la pobre ha sufrido tanto...

En fin! Nos vemos en el próximo, y atentas a mi otro fic.

Saludoooooooooooooooooooooooooooooooooos!