CUIDADO CON LO QUE ESCUCHAS… EN BAKER STREET
Fic escrito en colaboración conarcee93.
Capítulo III Los micrófonos no mienten
En ese momento, en el coche oficial del mayor de los Holmes...
— ¿Qué es eso? —preguntó John dando una mirada escéptica al aparato recién sacado.
— No me digas que nunca ha visto una —le devolvió esa mirada suya tan característica. Ante el bufido del doctor éste se aclaró la voz y prosiguió. — Te mostraré algo —y usó su dedo índice para activarla. Unos ruidos extraños dieron paso a un diálogo plenamente audible.
"No hacía falta ser tan bárbaro. Mira, se está poniendo rojo. Que a ti te duela todo el cuerpo no significa que tenga que dolerme a mí también".
"Te expliqué lo que pasó. No me creíste y me forzaste a hacerlo. ¿Qué sugerías?"
"Que no te propasaras. Soy la autoridad, me debes respeto".
"Tocaste terreno delicado. Da gracias de no haber besado el suelo".
— ¿Nos grabas? —exclamó el doctor un tanto nervioso. Mycroft sonrió ligeramente.
— Por supuesto. ¿Acaso pensabas que confío en el juicio de mi hermano? Compartes los días y las noches —recalcó esto último— con él. ¿Qué haces para estar seguro de sus actos?
— Yo confío en él. No necesito grabarle.
— ¿Ni después de haber escuchado cómo te ha engañado?
— Eso no prueba nada.
— ¿Me estás diciendo que tenéis una relación abierta?
— Por supuesto que no. ¡Qué sabrás tú qué tenemos!
— Bien. Hagamos memoria entonces de vuestro encuentro de hace unas horas.
"Sólo respira y deja que acabe dentro".
— De acuerdo, de acuerdo —exclamó John parando la grabación. — Puede parecer lo que crees que parece, pero no lo es.
— ¿Por qué sigues negando lo evidente? —dijo Holmes levantando una ceja y dándole de nuevo al botón de encendido, escuchando otra vez la conversación de su hermano con Lestrade. John apretó las manos con fuerza inconscientemente. — ¿Celoso? —preguntó al verle en ese estado. Exasperado por la situación, las escuchas, Mycroft..., por todo, el doctor golpeó el asiento del auto con fiereza y bramó.
— ¡Es absurdo! ¡Todo esto es una gran equivocación en torno a mí! ¡Yo no he hecho nada! ¡Ni he forzado a Sherlock ni he dejado de forzarle! ¡Y con Lestrade el mismo cantar! —acabó gritando.
— Él nunca lo haría, ¿verdad? —musitó Mycroft condescendiente. — Mi hermano no sería capaz de engañarte con otro. Oh, cómo hemos podido dudar de él —teatralizó.
— Por supuesto. Él es fiel —sentenció el doctor.
— Entonces, ¿lo admites? ¿Mantienes una relación con mi hermano? —sonrió con suficiencia.
— ¿Qué? ¿Relación? La puramente profesional —se sonrojó.
— Pero te gustaría llegar más allá... —chasqueó su lengua.
— Ni puedo ni quiero —bufó agobiado. — ¿No serás tú el que quiere algo más con alguien, tanto que preguntas? —Mycroft se movió nervioso y lo disimuló torpemente. — ¿Quién es, Mycroft? ¿Le conozco?
Mycroft esquivaba la mirada del médico, mientras John aplicaba las técnicas de Sherlock para deducir quién sería el objeto de amor del mayor de los Holmes.
No necesitó pensarlo mucho, con el sólo hecho de que Mycroft mencionara a Lestrade con esa profunda reverencia y amor era suficiente prueba.
John soltó una risita.
— No lo digas, por favor —pidió Mycroft mirando por su ventana.
— Seré una tumba —prometió John, aprovechando el descuido de Mycroft para jalar el freno de mano con todas sus fuerzas. Mycroft fue lanzado violentamente hacia el frente, golpeándose y quedando inconsciente en el acto. El chofer estaba en iguales condiciones y, tras asegurarse de que ambos estaban fuera de peligro, John bajó del coche y se largó corriendo hacia los callejones más oscuros de Londres, donde sabía, las cámaras no podrían localizarle.
En Baker Street, un adolorido Lestrade colocaba hielo en su ya morada mandíbula. Podía jurar que incluso tenía un diente flojo.
Sherlock bufaba, sus ojos lanzaban rayos de odio hacia el DI y temblaba, sujeto por la señora Hudson.
— ¡Levanta esa maldita orden, Lestrade! —gritó apretando sus puños. A tal acción, su mano derecha le dio una punzada de advertencia.
— ¡Estoy seguro de que te hizo algo! —bramó Lestrade.
— No me hizo nada —siseó Sherlock liberándose de la señora. — Levanta la orden, Lestrade, o lo que tanto advierte Donovan sobre mis instintos psicópatas se hará realidad.
Lestrade retrocedió buscando la puerta a tientas, sin apartar la vista de Sherlock; darle la espalda al detective en ese estado tan inestable, estaba seguro, era una sentencia de muerte.
Pero..., ¿por qué defendía así a John?, ¿el proclamado sociópata tenía sentimientos entonces?
Sería mejor que él mismo encontrase a John, aclarase todo y arreglara este lío infernal; quizás si sólo era una falsa alarma y él encontraba al doctor, no le echarían en cara el gasto de recursos.
— Creo que me voy —comentó a modo de despedida abriendo la puerta con rapidez, esquivando de milagro otro golpe del detective.
La señora Hudson miró enternecida a Sherlock. Oh, maldita la hora en que se le ocurrió llamar a Lestrade; volvía a ver en Sherlock esa tristeza disimulada en sus ojos, la misma que quitó John el día que se fue a vivir con él.
— Váyase —ordenó Sherlock. Su ánimo estaba completamente oscurecido; se podía jurar que una nube negra descansaba sobre la rizada cabellera.
Tan pronto la señora abandonó el lugar, escuchó los disparos. Sherlock descargaba su rabia con la pared.
John estaba sentado junto a un contenedor de basura. La liga de ilegales de Sherlock le miraba con cierta sorpresa y temor desde el lado contrario del callejón; nadie se atrevía a tocar a Watson, destilaba una atmósfera tan violenta y depresiva que parecía oscurecer aún más el sucio lugar.
Tantos problemas con la marca Sherlock escritos en neón, tantas situaciones vividas, para terminar así, huyendo de la policía y de un político "súper inteligente", todo por un malentendido. Pero lo que más le dolía era que le creyeran capaz de algo tan atroz; una cosa era que le vieran como gay, un título diferente era el de violador.
Escuchó cómo se agitaban y corrían los vagabundos, pero no alzó la vista de entre sus rodillas. Una firme mano se posó en su hombro sano y le hizo levantar.
— Por fin te encuentro —afirmó Lestrade. Tras arduas horas de búsqueda con gran parte de su personal y cámaras de seguridad incluidas, un golpe de suerte le hizo dar con él. — Ahora podrás aclarármelo todo, sin compromiso y sin esposas de por medio —le dijo guiándole hasta el auto.
John se sentó en el asiento del copiloto, un poco violento, tanto que su celular salió de su bolsillo y ni él ni el DI lo notaron. Lestrade anunció por la radio que había capturado al sospechoso y que le llevaba a Scotland Yard.
— Bien, doctor, puede hablarme como amigo; no tomaré ninguna de sus palabras en su contra—. John suspiró buscando paciencia porque, sabía, era su única oportunidad de aclarar el embrollo.
Asintió y se quedó pensando un momento antes de comenzar. Estaba planteándose seriamente su vuelta a Baker Street. Entonces, una sombra pasó frente al callejón y su celular desapareció.
