CUIDADO CON LO QUE ESCUCHAS… EN BAKER STREET

Fic escrito en colaboración conarcee93.

Capítulo V Situación de vida o muerte

Luego del té, Sherlock se fue a dormir, sorprendentemente agotado. John hizo otro tanto, dispuesto a disfrutar las pocas horas de sueño que le quedaban, pero cierto detective consultor desharía esos planes.

A las 6 de la mañana, un asustado Sherlock le sacudía el hombro, murmurando que se estaba muriendo. John se tragó la mordaz respuesta que preparaba para el joven cuando le vio.

Ojos llorosos

Nariz roja

Febril

Tos ocasional

Escalofríos

Evidente debilidad

— Ven acá —ordenó jalándole sobre la cama. Tan pronto cayó el detective, John se levantó, le arropó y buscó su maletín.

— Me muero —suspiraba Sherlock dramáticamente afónico. — John…, me muero.

— No te estás muriendo —dijo John por enésima vez mientras revisaba al detective.

— ¡Está frío! —lloriqueó Sherlock al sentir el estetoscopio sobre su piel.

— Tienes fiebre y todo te parece frío —explicó John, calentando disimuladamente en su abrigo la campana del instrumento.

— Disfrutas con hacerme sufrir —gimoteó el joven.

John rodó los ojos algo preocupado. Lo que Sherlock tenía no era una gripe ni un resfriado común, por cómo se oían sus pulmones parecía una bronquitis; seguro que llevaba algunos días incubándola y el baño en el Támesis había acelerado el proceso.

— Sí, definitivamente lo disfrutas —volvió a decir con voz ronca al ver a John sacar los implementos necesarios para un análisis de sangre.

— Por algo estudié Medicina —contestó John arremangando el brazo izquierdo de Sherlock. Para esas situaciones era útil mantenerlo entretenido haciendo deducciones. Sherlock era como un niño y, con eso en mente, era un poco más sencillo tratarlo.

— Tú no tienes motivos sádicos, ni siquiera un rastro de ello. Estás…, como dicen ilógicamente tus fans en tan simple metáfora, "hecho de gatitos". ¡Ay!

— Sólo es el torniquete. Provisional y sin riesgo, no hace falta que me ilustres —contestó John sonrojado por lo de los gatitos.

— Y tus aburridos suéteres de lana… ¡Frío! —gritó el detective rescatando su brazo de las manos de John.

— Es el alcohol…, y si sigues hablando y gritando te quedarás verdaderamente afónico, y ambos sabemos lo molesto que eres estando así. Dame el brazo —ordenó con su mejor tono de "confía en mí".

— No…

— ¡William Sherlock Scott Holmes! —le regañó John.

Aprovechando que el detective estaba sorprendido, John tomó su brazo y, eficientemente, localizó una vena.

— No te muevas —instruyó, sintiéndose algo culpable por causarle alguna regresión a su infancia y a la época de su adicción.

Sherlock se quedó quieto y, cuando John le soltó, se acurrucó en su postura de "berrinche".

— Iré a la clínica. Vendré cuando tenga los resultados y la receta—. Sherlock seguía inmóvil. — Eh…, la señora Hudson está de viaje, regresará mañana, así que trata de descansar y de no meterte en líos. Estarás solo unas horas.

— Lo he estado toda mi vida. Unas horas no harán la diferencia —dijo como respuesta Sherlock, masticando las palabras.

John sintió que su corazón se encogía, así que, antes de decir algo vergonzoso, salió de la habitación con su ropa y zapatos en una mano y la muestra de sangre en la otra.

Sherlock durmió toda la mañana, envuelto cómodamente por el poco aroma de John que podía aspirar de las sábanas. Cuando llegó Watson despertó, pero prefirió fingir que dormía; aún estaba enfurruñado con el doctor.

— Sherlock, sé que finges, te conozco.

— Estoy durmiendo —contestó el detective, apretándose más aún en su posición fetal.

— Claro. Entonces…, te dejaré aquí—. ¿Qué más daba si Sherlock dormía en su cama o en la propia? Dormía, y eso era lo más importante.

John bajó a la sala y desparramó las medicinas en la mesa del café. Sería una total odisea hacer que Sherlock completase el tratamiento, pensó con un suspiro al ver los dos tipos de antibióticos. Uno oral, a ver cómo hacía que Sherlock se tragase el jarabe, los hados quisieron que no encontrara pastillas, y el otro inyectable.

John escondió la cabeza entre sus palmas. Al parecer, el universo mismo había confabulado en su contra. Un mensaje llegó a su teléfono.

"Suerte con mi hermano y el Benzetacil" MH

"¿Por qué no vienes y se lo colocas tú?" JW

"Querido doctor. Carezco de los conocimientos necesarios y, aunque los tuviera, créame que no lo haría" MH

"Llamaré a una enfermera" JW

"El nombre de Sherlock Holmes es el único vetado en la lista del servicio de enfermeros a domicilio de Gran Bretaña" MH

"Me temo que está solo en esto, Dr. Watson" MH

John se contuvo de lanzar el teléfono al suelo. ¿Vetado del servicio? ¿Cómo demonios...? Bueno, era Sherlock Holmes después de todo; alguna de las suyas debió hacer.

Hizo una nota mental para acordarse de preguntar al detective, luego observó las dos ampollas. Bueno, convencerle para la primera dosis sería difícil pero no imposible, para la segunda..., eso no quiso ni pensarlo. Escondió las ampollas, le daría la primera dosis al día siguiente; si Sherlock trataba de matarlo, la señora Hudson sería testigo. Por hoy, se encargaría de los jarabes y las pastillas.

Horas después, con Sherlock arrebujado en su sábana y recostado en su sofá tras haber comido, a la fuerza, unos cuantos tragos de sopa…

— No me envenenarás —chilló Sherlock girando la cabeza en todas direcciones, huyendo de la cuchara.

— Por favor, Sherlock, es necesario. No es una simple gripe, es una infección —explicó John.

— Huele extraño, tiene un sospechoso color y juraría que lo vi burbujear —dijo el detective antes de toser.

— Esto te quitará la tos —explicó John, con toda su paciencia a flote. Ya le dolían las rótulas por estar arrodillado frente a Sherlock.

Con un gruñido, Sherlock abrió la boca y John introdujo la cuchara.

— ¡Asco! ¡Puaj! No tomaré eso de nuevo —se quejó gimoteando mientras bebía ávidamente un vaso de jugo que le pasó John.

— Lo tomarás, te lo recetaron tres veces al día durante cinco días —explicó John.

Sherlock prácticamente pataleó antes de darle la espalda a John. El doctor se las arregló para darle las otras dosis y para ponerle mentol en el congestionado pecho antes de dormir.

— Huele raro —Sherlock frunció la nariz.

— Evitará que te levantes a medianoche para incordiarme —contestó John por lo bajo.

— No me levantaré —apostilló Sherlock cerrando los ojos ante el contacto suave de las manos de John sobre su pecho. Le agradaba la sensación, pero no lo admitiría.

Sherlock despertó todavía en el callejón de un sueño en el que había caído sin darse cuenta. Aún dolorido, su memoria se activó de nuevo por el recuerdo del doctor.

Después de que Lestrade se llevara a John esposado, Sherlock vio pasar los minutos y las horas y no le veía regresar, apostado en la ventana. Además, se sentía cada vez peor. De vez en cuando, accesos de tos lo atacaban y él no sabía que medicamento tomar para controlarlos. Sentía la fiebre subir y subir así que, siguiendo sus, algo errados, instintos se cubrió completamente. Estaba tan frío el ambiente…

No recordaba sentirse tan mal alguna vez, incluso había perdido la concentración necesaria para ingresar a su palacio mental, y el pulsante dolor de cabeza no ayudaba en lo más mínimo a su cometido.

Y John sin regresar. Y, a pesar de estar tirado como un cadáver, no se aburría. ¿Y si no regresaba? Se atrevió a pensar en un arrebato de pánico. — Sí lo hará—, respondió la poca razón que le quedaba. — No hizo las maletas.

Pero..., ¿y si se quedaba a dormir donde Sarah?, en su delirio febril Sherlock llegó a pensar que John, al regresar al día siguiente, sólo encontraría un trozo de carbón calcinado en lugar de un detective consultor.

Se apretó aún más en su posición fetal, temblando, sudando; se sentía deshacer a cada gota de sudor y a cada escalofrío, y no estaba siendo dramático.

El sonido de la cerradura de la puerta lo sacó de sus pensamientos. Deseó con todas sus fuerzas que fuera John quien cruzara el umbral, no le importaba que viniera con un nuevo brebaje, una amarga pastilla, quizás incluso estaría dispuesto a soportar una dolorosa inyección de antibióticos, pero sólo quizás, porque aún le dolía la pierna.

Pero no era John… Una espada centelleó sobre su cabeza.

La fama de Sherlock trascendía fronteras, tanto, que llegó a oídos de los Yakuza, quienes, aunque a ojos incrédulos sea difícil de creer, pidieron sus servicios al Detective Consultor para resolver el caso del asesinato de su jefe. Sherlock, no obstante, que aunque pueda parecer despistado, lo es, pero sólo en asuntos con relevancia cuestionable, se negó, argumentando que la información recibida no acontecía por completo de la verdad.

Sherlock observaba al intruso sin moverse. Débil, sabía que si ese Yakuza, sus tatuajes característicos en todo el cuerpo le delataban, venía a tomar su vida lo haría sin más dilación y no podría hacer nada para evitarlo.

Viendo que el detective no reaccionaba, bajó su espada, consciente de las normas básicas del honor.

— Lo harás tú mismo. No quiero manchar mis manos —instruyó, tomando a Sherlock por las solapas de la bata. Le obligó a arrodillarse y a tomar una daga.

— Lo mataré si no lo haces —dijo dejando a la luz su acento oriental. — Sabes que lo tenemos —sentenció enseñándole el celular de John.

Sherlock tembló. La daga se apoyó en su vientre, cortando su camisa, rasgando levemente su piel.