CUIDADO CON LO QUE ESCUCHAS… EN BAKER STREET
Fic escrito en colaboración con arcee93.
Capítulo VI Un día interminable
Mientras tanto, John decidió finalmente contarle todo a Mycroft y acabar con toda esa historia. No perdía nada, ya todo el mundo creía que Sherlock y él estaban juntos. Lo más que podía hacer era intentar parecer creíble.
Mycroft no tenía intención alguna de creerle por sus gestos y muecas. Al menos lo había intentado. ¿Qué más podía hacer? Ya que estaba, le pidió que le dejara cerca de casa. Un pase del metro por una charla improductiva, no estaba tan mal.
Bajó del coche con un simple gracias y subió las escaleras sin ganas de encontrarse con Sherlock. Estaba demasiado cansado para aguantar sus lamentos de niño consentido. Pero al abrir la puerta del salón sólo pudo ver sangre. ¡Sangre!
El suelo estaba cubierto por el líquido rojo oscuro. Había la suficiente cantidad para dar a alguien por muerto. Podía ser Sherlock, pero también podía ser la señora Hudson. Toda duda se resolvió cuando vio un cadáver detrás del sillón. ¿La mafia?, pensó por sus tatuajes propios y su forma de vestir. — ¿Sherlock? ¿Señora Hudson? —llamó, pero nadie contestó.
Aun así, la posibilidad de que Sherlock estuviese herido no quedaba descartada por este hecho. ¿Lo estaría? ¿Sería grave? ¿Lo suficiente como para arrebatarle la vida?
Dejó la casa y el cuerpo en ella. Llamaría a Lestrade para que se hiciera cargo sin armar revuelo. En cuanto al detective, iría a buscarlo personalmente.
Sin embargo, Londres se hacía muy grande cuando se iba calle por calle, así que tuvo que seleccionar las que creyó más plausibles.
Un par de horas después había acabado donde huyó de Lestrade hacía ya muchas. La posibilidad de que Sherlock estuviese allí era grande, sus informantes harían guardia por él en caso de necesitarlo. Aunque el lugar también era extenso y laberíntico y el olor a humedad acosador.
Preguntó a varios chicos que le contestaron con negativas. ¿Dónde diablos se había metido? Decidió seguir preguntando hasta que se le acabaran las opciones.
Encontró a un hombre medio tirado en el suelo con mal aspecto. Tal vez él le hubiera visto. Él, lo que más podría ofrecerle en ese momento, serían unas libras a cambio. Se acercó al sujeto y le tocó el hombro. Éste saltó despavorido con la cara desencajada.
— ¡No! — gritó alejándose con la ayuda de brazos y piernas, arrastrando el cuerpo boca arriba.
— ¿Sherlock? —preguntó el doctor al verle la cara. En efecto, era el detective. — Sherlock, soy yo —susurró, alargando el brazo. El moreno no lo tomó pero se acercó entre quejidos sordos.
— Creí que serías otra persona —musitó, y cerró los ojos con fuerza, tratando de aguantar el dolor. Una mano no dejaba de presionar su abdomen y, entre sus dedos, una línea de sangre fluía, manchando su piel. Una mancha que John vio.
— Estás herido. Llamaré a una ambulancia —Sherlock seguía con los ojos cerrados. — Mantenla presionada —dijo John poniendo su mano sobre la de su compañero. El detective sonrió y, acto seguido, se desmayó sobre el pecho de su amigo.
— No, no, no. Sherlock, despierta —repetía una y otra vez palmeando suavemente su mejilla— Sherlock, no me hagas esto, por favor... ¡Ayuda! —gritó, tan fuerte que podría haberse escuchado en alta mar.
La ambulancia no tardó mucho en llegar, lo que John agradeció con todas sus fuerzas. Una vez dentro, todo iba bien hasta que la máquina que indicaba las constantes vitales del más joven de repente empezó a lanzar su mortal pitido, para terror de John y de los paramédicos.
Por suerte John, tragando pesadamente el susto, conocía a Sherlock, así que dio un rápido vistazo que le indicó que éste se había arrancado los sensores, molesto.
Fue una suerte que John se diera cuenta, evitando así las palas de reanimación.
— ¡Maldita sea, Sherlock Holmes! No nos des estos sustos.
— Tú me subiste a esta cosa.
— Estás herido y enfermo.
— No era necesario que llamaras a una ambulancia. Ni que me besaras en el callejón.
Silencio.
— Tranquilo, no volveré a equivocarme contigo —musitó desviando la mirada. La falta de tacto por parte de Sherlock le había dolido más que otras veces. Quizá porque había puesto sus sentimientos sobre la mesa y los había visto caer a la basura.
— Sabes que no es eso lo que quise decir.
— Pero lo has dicho. Perdiste tu oportunidad—. Y Sherlock, en vez de reprochar, volvió a intentar quitarse la vía. — Que no te la quites. ¿No puedes estarte quieto? —el detective giró la cabeza y susurró.
— Sabes que no.
El camino al hospital fue emocionalmente estresante. Si bien Sherlock estaba tranquilo, cada vez que le parecía oportuno intentaba quitarse de nuevo los cables.
La herida estaba controlada, Sherlock estaba controlado pero, ¿quién controlaba sus nervios? Él no podía. Entre tanto, con la mano sobre la de su compañero para que se estuviera quieto, sintió un ligero apretón en ella. El doctor suspiró y correspondió al gesto.
El médico que les atendió consideró el estado del detective aceptable para ser enviado a planta después de pasar por un box para ponerle unos puntos. John no estaba de acuerdo con esa decisión, pero esperó a ver su evolución.
Ya con Sherlock en la cama, John pudo aprovechar para descansar en el sillón de la sala. No quería quedarse dormido, sólo descansar los ojos.
— John... —le llamó Sherlock. El doctor sabía que no le llamaba por algún dolor porque estaba tomando calmantes. Aunque bien podía ser inmune a ellos dado su historial. — John... —volvió a llamar.
— Sherlock, por favor, duérmete —suspiró el mayor.
— Quiero irme a casa —contestó él.
— Y si estuviéramos en casa te seguirías quejando.
— Está en mi naturaleza.
— Y, ¿qué más hay en tu naturaleza? —preguntó curioso John.
— Dame la mano y te lo diré —sonrió de medio lado.
— No.
— Pues me quito las vías —amenazó el moreno.
— Quítatelas y saldré por esa puerta para no volver —sentenció endureciendo el rostro el doctor. Y Sherlock no se quitó nada.
John no le diría nada sobre el hombre muerto en el salón, Lestrade ya tenía que haberse ocupado de eso. No quería que Sherlock recordara lo que él aún no sabía tan pronto, porque era capaz de volver allí y querer solucionarlo por su cuenta. Y su salud no estaba bien para eso todavía.
Cerró los ojos y lo siguiente que escuchó fue a alguien despertándole.
— Señor, ¿dónde está su pareja? —John giró la cabeza y vio la cama vacía. Volvió a cerrar los ojos y bufó sonoramente.
