CUIDADO CON LO QUE ESCUCHAS… EN BAKER STREET

Fic escrito en colaboración con arcee93.

Capítulo VIII Hermanos y compañeros

— ¡No! —gritó John exasperado. ¿Quién eres? ¿Qué quieres?

— El trabajo terminado —contestó el atacante apretando la daga contra el cuello de Sherlock sin todavía hacerle sangrar.

— De acuerdo, de acuerdo, te ayudaré, pero déjale..., por favor —pidió elevando una mano.

— No te queremos a ti, le queremos a él.

— Pero él no está bien. Yo trabajo con él, yo puedo ayudarte. Déjale, iré contigo sin llamar la atención.

El Yakuza miró a Sherlock y le dejó caer brusco sobre la cama. No le servía, se llevaría a John. Le cogió por el brazo y le empujó hasta la puerta. Una vez en el pasillo, el asaltante se metió la daga en la manga de la bata y, tomándola por el mango mientras seguía oculta de ojos indiscretos, apuntó a John hasta una puerta a pocos metros, metiéndose dentro de una sala.

— Oigan, no pueden entrar aquí —no era más que un hombre que habló demasiado y se llevó un golpe que le dejó inconsciente y tirado en el suelo. El director del hospital, si hacía justicia a la placa de la puerta.

En un instante, la habitación se llenó de sujetos desconocidos que compartían los tatuajes del hombre que aún tenía a John por el cuello.

En ese mismo segundo, un mensaje de texto llegó al teléfono de Lestrade, que se encontraba en el 221B arreglando el desastre con su gente de confianza a espaldas de Scotland Yard. Al final, el que le había llamado para este fin fue el hermano del detective, que se enteraba de todo con sus cámaras, micrófonos, agentes secretos y afán de control sobre su hermano pequeño.

Lestrade abrió el mensaje contrariado; no figuraba el nombre de quién lo había mandado. Es más, era el número de una cabina. No obstante, lo leyó de todos modos.

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El DI volvió a leerlo, pero seguía sin entenderlo. ¿Qué quería decir? ¿Quién quería decirlo?

Estuvo un desesperado minuto intentando descifrarlo y se desesperó. Maldición, no quería hacerlo pero era su única alternativa, como de costumbre. Gruñó y escribió un nuevo destinatario para enviarlo: Mycroft Holmes o, según el nombre que reflejaba su agenda, El Gran Hermano Holmes. Cinco, cinco segundos tardó Mycroft en telefonearle.

— Lestrade al aparato.

— ¿Sufre de incompetencia aguda?

— ¿Disculpe?

— Mi hermano está en St Bartholomew rodeado de asesinos sanguinarios y usted está tan ricamente en el salón limpiando sangre. No le disculpo.

— No lo sabía. Acabo...

— No quiero excusas. Ahora, cállese y escuche lo que va a hacer.

— No tiene jurisdicción.

— Que se calle y escuche —y Lestrade, tras mandarle muy lejos con su mente, escuchó.

En el hospital, Sherlock había dejado la cabina en la planta baja y subía las escaleras con mucho esfuerzo. En el ascensor sería un blanco fácil, no podía arriesgarse a echar el plan por tierra por su comodidad. No, inconcebible, John estaba en peligro, y el director del hospital..., también tendría que salvarle.

Mareado y hastiado de sí mismo llegó por fin al pasillo de su habitación. Tras esquivar el puesto de enfermeros y algunos deambulantes, se acercó sigiloso a la puerta de la dirección y escuchó.

— Ya está bien de jueguecitos. Dinos quién mató a nuestro jefe.

— Pero ya les he dicho lo que sé. Por las heridas, se trata de un asesinato a sangre fría; estuvo vivo hasta la última puñalada. Murió desangrado y agónico.

— No es suficiente.

John les habrá dicho que es doctor, pensó el moreno rodando los ojos.

— De acuerdo, de acuerdo. ¿Tienen alguna banda rival?

— No es de su incumbencia. Usted no nos sirve. Matadle y traed al otro.

Sherlock abrió la puerta bruscamente y se valió del factor sorpresa y un bisturí que había en un carro del pasillo. Un descuido que le vino muy bien.

— El otro ya está aquí —sentenció tomando al primer Yakuza que vio, apuntando a su cuello.

El problema era que el resto de los Yakuza le apuntaba a él, salvo uno, que marcaba el cuello de John con una daga a punto de degollarle, impidiéndole emitir sonido alguno.

— Soltadle —exigió el detective— y os daré mi veredicto.

— ¿Por qué tenemos que creerte? —exclamó el Yakuza que tenía a merced del bisturí.

— Porque lo único que tenéis ahora mismo es a ese muerto —dijo señalando un cuerpo en el interior de un saco forense. No, no era el director; éste yacía aún inconsciente tras su escritorio. Era el jefe de los Yakuza, a quien habían trasladado desde su escondite al hospital en una caja de madera olvidada en una esquina.

La situación no podía ponerse peor, aunque eso nunca es cierto. No obstante, las cosas, tarde o temprano, siempre mejoran.

— Policía de Scotland Yard, están rodeados. No hagan ningún movimiento, no dudaremos en disparar —se escuchaba desde un megáfono de la calle. Pero hay quien no escucha, y uno de los mafiosos intentó apresar a Sherlock.

Mala idea. Un disparo atravesó el cristal y su corazón. Y la sala se llenó de policías.

En un momento, John se vio libre de su opresor y Sherlock de su rehén. El director era llevado a otra sala para ser atendido mientras todos los integrantes de la banda que allí se encontraban eran esposados. Y, al ver pasar al segundo al mando, Sherlock dio el punto final al caso.

— Los Triada —le susurró al oído. Las bandas rivales es lo que tienen. La expresión que generó no tenía nombre.

Las miradas del detective y el doctor se cruzaron. Después de estar de nuevo tan cerca de la muerte, ahí seguían. Entonces, Sherlock perdió la conciencia y se desmayó en sus rápidos brazos.

— Átale a la cama, hazme el favor —dijo Lestrade saliendo el último de la sala. Con tanto alboroto había pasado desapercibido a los ojos del mayor.

John cargó en brazos a Sherlock y le llevó a su cama, volviéndole a poner la medicación. Le tomó la mano y suspiró aliviado; estos sustos acabarían con su corazón. Por el contrario, Sherlock se veía sosegado, como si la vida no fuera con él. Ojalá yo pudiera hacer eso, pensó John.

Y se acordó de algo; no había tenido noticias de la señora Hudson desde que salió esposado de Baker Street y, al volver, allí no había nadie. ¿Qué habría sido de ella?