CUIDADO CON LO QUE ESCUCHAS… EN BAKER STREET

Fic escrito en colaboración con arcee93.

Capítulo IX Paz relativa

Unas horas antes, cuando John había salido de aquella manera del apartamento y Lestrade se había ido después del ataque de Sherlock, la señora Hudson daba vueltas por el piso, nerviosa, y encima, del piso de arriba venía un sonido de disparos y gruñidos intercalados.

¡Pobre Sherlock!

El timbre sonó insistente, así que la buena señora fue a abrir; un hombre trajeado de negro la saludó y le indicó un auto también negro y lujoso.

¡Mycroft! Esto tenía la firma del hermano mayor de Sherlock por todos lados. Después de todo, algo parecido pasó el día que se convirtió en la casera del menor de los Holmes. Cogió su abrigo y subió al auto.

...

— Señora Hudson —saludó Mycroft con su usual sonrisa de lado. — Bienvenida a mi humilde morada.

La anciana le miró suspicaz, mas tomó asiento, ya que le era ofrecido por el Gobierno Británico en persona.

— ¿Té? ¿Café? ¿Coñac? ¿Brandy? —ofreció Mycroft tomando asiento frente a la señora en la gran mesa del salón. Estaba siendo muy manipulador.

—Brandy, Mycroft, gracias —la desconfiada mujer tomó un trago tan pronto tuvo el vaso en sus manos. — ¿Y bien?

Mycroft dejó de balancear su pie en el aire.

— ¿No puedo invitarla a charlar?

— No, sólo lo haces cuando requieres información de tu hermano; soy su casera, no tu espía.

— Aun así... —la invitó a proseguir Mycroft curioso. — Verá —empezó al ver que no obtenía respuesta de la terca anciana— deseo conocer el tipo de relación que llevan el doctor y mi hermano menor.

La señora Hudson se sonrojó, Mycroft estaba tocando su vena cotilla.

— No les digas que yo te dije —comenzó— pero creo que esos dos llevan algo más que amistad.

Mycroft alzó una ceja, así sí tenía sentido todo lo que había oído con sus micrófonos; John le había mentido.

— No me malinterprete, su relación no es física como la de los inquilinos de la señora Turner —la señora reía con la voz floja— ellos..., comparten algo profundo.

— ¿Profundo? —a Mycroft esa palabra le traía muchas imágenes a la cabeza.

— Sí, John tiene una paciencia de santo y maneja a Sherlock de una manera..., ya no es tan hiperactivo, ni berrinchudo, ni introvertido como antes; se controla, ha mejorado su sociabilidad, un poco, eso sí, pero..., hablamos de Sherlock.

Mycroft asintió. Así que su hermanito estaba creciendo..., y la inocencia le estaba jugando en contra.

— ¿Qué cree que pasó en esa habitación? —preguntó muy serio Mycroft.

La señora Hudson rio.

— Lo normal, John cuidando de Sherlock con unas palabras muy fáciles de malinterpretar, debería decir.

Mycroft la taladró con la mirada, pero no dijo nada. De todas maneras no se libraba de tener que hablar con su hermano de hombre a hombre.

La señora Hudson fue devuelta a Baker Street una hora después, habiendo informado a Mycroft de todo lo que necesitaba saber, y de lo que no también. El teléfono sonaba insistentemente, así que maldiciendo a su cadera, la señora atendió.

— Señora Hudson, ¡qué alivio! —escuchó decir a John al otro lado. — Llevo horas tratando de comunicarme con usted, pensé que algo malo...

— ¿Algo malo, cariño? Soy la casera de Sherlock Holmes, siempre pasan cosas raras. Tranquilo, John, estoy bien —escuchó un forcejeo— ¿dónde estáis?

— En el hospital, Sherlock tuvo un pequeño ¡déjate la maldita vía! accidente.

— ¡señora hudson, john me está matando!

— Oh, pobrecillo —dijo compadecida, más que todo por John, la señora. — Deberías colgar, parece que Sherlock está armando jaleo.

— No tiene ni idea, señora Hudson, hasta mañana —se despidió el buen doctor.

En el hospital, el escándalo era increíble.

— ¡John, no lo entiendes! ¡Tengo que regresar! El yakuza murió de una manera espectacular, necesito experimentar... —la tos le impidió seguir hablando.

— Nada de eso, Sherlock. Estás convaleciente, muy débil, necesitas descansar; si mañana te ven mejor, te dan el alta —le explicó pacientemente John mientras seguía sujetando las manos de un hiperactivo Sherlock.

— Mañana será muy tarde... —se quejó molesto el detective, golpeando la cabeza contra la almohada— guardar cama es aburrido.

Estuvieron así un buen rato y, cuando John pensó que estaba un poco más tranquilo, le soltó. Craso error.

Sherlock era rápido y tenía una buena coordinación, así que brincó de la cama dispuesto a huir, ante la atónita mirada de John. Pero el mayor había sido soldado y sus reflejos se mantenían.

Con un brazo rodeó al detective, tacleándole con el hombro sano y devolviéndole a la cama de manera poco delicada.

— ¡John! —se quejó Sherlock.

—Ni John ni Jawn, te quedas en la cama, Sherlock —y dicho esto, John rebuscó debajo de la cama ubicando las correas de velcro de la misma.

— No irás a atarme, ¿o sí? —jadeó Sherlock algo nervioso.

— Lestrade me lo aconsejó —explicó John rodeando las muñecas de un muy tranquilo Sherlock con las cintas. No se dejaría manipular por esa supuesta calma.

— No me gusta —bufó el detective— libérame, este jueguecito ha llegado muy lejos.

— Lamento decirte que no es un juego. Si no hay otra manera de tenerte quieto, pasarás la noche atado —amenazó John, revisando que las ataduras estuvieran firmes pero no apretadas.

— ¡John! —Sherlock se veía muy molesto— libérame ahora mismo.

— No —respondió el doctor con sencillez, sentándose al lado de la cama. — Así descansarás; no más casos, no más asesinos ni experimentos hasta que te mejores por completo.

Sherlock giró el rostro para no ver a John, sumido en un violento berrinche, formando un gracioso puchero con los labios.

Sin embargo, no luchó contra las cintas de velcro. John había caído dormido sobre uno de sus brazos; estaba tan tranquilo que a Sherlock le dio pena moverse demasiado y se dedicó a contemplar el sueño sin pesadillas de su amigo.

Un "amigo" que le había besado en el callejón justo cuando la desesperación, mientras esperaba a la ambulancia, le había sobrepasado.

— Tengo hambre —soltó se repente, despertando a John de su siesta. Mejor no pensar mucho en lo del callejón, menos estando atado y a merced del doctor.

— Es de madrugada, Sherlock —espetó John frotándose los ojos— no van a traerte..., espera..., ¿vas a comer?

— Tengo hambre, y no es miércoles, ¿para qué usas el cerebro John? —dramatizó el joven— ahora ve y tráeme comida. A estas horas deben estar preparando el desayuno.

— Voy, voy, sólo espero que no me echen a patadas de la cocina —y estirándose, John salió de la habitación.

— Ahora a soltarme — dijo el detective con picardía forzando las ataduras cuando el doctor ya no estaba. — ¡Maldita sea! Son sólo velcro..., deben soltarse... ¡Oh! ¡Qué estúpido!, por supuesto que no se soltarán si tiro de ellas.

Se incorporó con dificultad e, ignorando la herida recién curada, trató de alcanzar con los dientes la punta de la cinta; no sería tan difícil, ¿o sí?

Sí era difícil. Si giraba hacia un lado, estiraba la herida, si se volteaba hacia el otro, la aplastaba, y por mucho que pudiera ignorarla, justo cuando estaba a punto de morder la cinta, una punzada de dolor le enviaba de regreso sobre la almohada.

— El dolor es bueno —rio John cerrando la puerta de vuelta. En sus manos llevaba una bandeja cerrada, llena de la insípida comida del hospital.

— Ya no tengo hambre —gruñó Sherlock viéndose descubierto.

— Me despertaste, tuve que ir hasta la cocina y discutir con un tipo más grande...

— Todos son más grandes que tú, John —acotó Sherlock.

— ...Y fuerte..., un italiano muy enfadado he de decir, por traerte una bandeja de jodida comida —continuó John posándola en la mesa giratoria de la cama— y así lo hayas hecho para tener una oportunidad para escapar, te la vas a comer o me conocerás de malas —amenazó el doctor destapando la bandeja.

— No puedo comer si estoy atado —soltó Sherlock con una sonrisa— tendrás que liberarme o darme de comer..., tú decides John —finalizó, lanzándole una mirada muy significativa.

¿Darle de comer? Casi prefería liberarlo. Por otra parte, si lo hacía, Sherlock era muy capaz de arrojarle la bandeja y salir corriendo. No, la solución lógica era darle de comer.

Viendo la decisión en los ojos de John, Sherlock cerró la boca con fuerza.

— Sherlock...

— No.

— Sólo es avena..., no está tan mal —dijo John dándole una probada a la cuchara. Puaj, sí que estaba mal, pero no era su desayuno después de todo.

— No.

— ¿Y las tostadas?

— No.

— Al menos el jugo...

— no.

John suspiró y dejó todo sobre la bandeja, simulando su rendición y, justo cuando Sherlock sonrió victorioso, le besó; un beso sencillo, mera unión de labios.

Aprovechando la estupefacción del detective y su boca ligeramente entreabierta, John deslizó la cuchara llena de avena.

Ya le había besado en el callejón, Sherlock lo sabía, ¿qué más daba unos cuántos besos más, en nombre de la salud del joven?