CUIDADO CON LO QUE ESCUCHAS… EN BAKER STREET
Fic escrito en colaboración con arcee93.
Capítulo X ¡Oh, de nuevo no!
Sherlock escupió la comida sin decoro en la cara de John, poniéndole perdido.
— ¡Es asqueroso, no vuelvas a hacerlo! —exclamó con repugnancia.
El doctor se limpió con la sábana, las servilletas y casi todo a su alrededor estaba para lavar.
— De acuerdo —suspiró apocado— no volveré a hacerlo, pero déjame limpiarte. Sherlock se quedó quieto y sonrojado por la delicadeza con la que John rozaba sus labios con la tela.
— Me refiero a la avena —musitó sin poder evitar explicarle.
— ¿Cómo? —preguntó el mayor habiéndole escuchado perfectamente.
— Que tengo calor, suéltame —exclamó azorado.
— No —fue la respuesta que obtuvo, así cerró los ojos y respiró profundo.
Cuando el desastre ya estaba controlado, llamaron a la puerta.
— Adelante —dijo John, y unas enfermeras pasaron con un carro singular.
— Venimos a bañar al señor Holmes, ¿puede usted salir un momento? —espetó una de ellas.
— ¿Qué? No, John... —pidió el detective.
— Puedo llamar a un enfermero, si está más cómodo.
— No se moleste, lo haré yo mismo —respondió el doctor ante la mirada de Sherlock.
— Oh, disculpe, no me había dado cuenta. Volveremos a por el carrito más tarde —y se marcharon hablando entre ellas.
— ¿Me vas a bañar tú? —enarcó una ceja el moreno.
— Si quieres las llamo y que vuelvan —sentenció el doctor. Sherlock cerró la boca y desvió la mirada— de acuerdo, empezaré por quitarte la bata.
— ¿No me quitas las esposas?
— No.
— No puedes quitarme la bata sin romperla.
— Tengo otra en el carrito —señaló, para mal de Sherlock. —Ahora, compórtate—.
Desató la bata del cuello y pasó las manos por su espalda para hacer lo mismo con el lazo de detrás, apoyando la cara en el pecho del moreno para poder llegar. El corazón del detective estaba incontrolable incluso para él mismo. John se separó con las manos temblorosas, dejando la espalda al descubierto. Examinó la bata intentando no mirar a Sherlock a la cara, no era un buen momento. No podría quitársela sin romper las mangas, así que las rasgó con los dedos. Y la bata cayó en los muslos.
— Bien, vamos a hacer esto rápido —dijo John quitando la bata y dejando a Sherlock a merced de todo, atado y desnudo. Sherlock se quería morir; tan indefenso frente a John. Sólo ese consuelo le quedaba, que era John.
Aunque su cuerpo pensaba muy distinto de la situación y cierta parte de su cerebro le estaba mostrando imágenes poco decorosas sobre lo que podía hacerle John en ese momento. Las palabras "atado" e "indefenso" ya no sonaban tan mal y la sangre cambió de lugar.
Como profesional que era, el doctor empapó la esponja en agua y jabón y empezó por las piernas sin mirar más allá. Sherlock se llevó instintivo las manos a su entrepierna, alguien estaba muy contento por el contacto de la esponja; estúpidas reacciones físicas, pensó el detective molesto.
— No seas crío, no me importan tus genitales —exclamó pasando la esponja por el pecho, el marcado y pálido pecho de Sherlock, que no contestó. John tragó pesadamente; había cosas que no debería estar pensando, no en ese momento y no con Sherlock. Con tan sólo esa parte por asear, John le dejó la esponja sobre las manos. — Hazlo tú mismo —sonrió dándose la vuelta. Todo un alivio para ambos, uno por la molesta erección y el otro por los conflictos internos que estaban teniendo lugar en su mente.
Aunque el problema seguía ahí, ¿cómo ponerle la bata limpia sin quitarle las esposas?
— No puedes —espetó el moreno en la misma posición pero ya limpio por completo. John dejó la esponja en el carrito y lo apartó a un lado. — Tendrás que desatarme —sonrió de medio lado. Y era verdad, el doctor tuvo que admitirlo.
— ¿Te escaparás?
— ¿Por quién me tomas?
— Vamos a obviar esa pregunta —enarcó una ceja el mayor. Cogió primero la bata limpia, para tenerlo todo más controlado, y le liberó de una de las esposas, metiendo la manga por el brazo. Volvió a atarle y repitió el proceso con el otro brazo.
— ¿Ves? Mi mala fama son sólo rumores.
— Vivo contigo —rio John —puedo corroborar que no lo son—. Ató la cinta a su cuello y a su cintura, sintiendo el calor del detective a través de la ropa y, por supuesto, su arrítmico corazón.
— Estás muy caliente.
— Y tú obsesionado con el sexo.
—No soy yo quien está levantando la bata por la entrepierna.
— Vete a la mierda —le volvió la cara el detective, haciendo que John sonriera con sorna.
— Venga, seamos adultos —tosió el doctor. No me refiero a ese tipo de calor, idiota, caliente de fiebre —dijo poniéndole la mano en la frente. — Te ha vuelto a subir, te pondré la medicación.
— ¿Llevas mi medicación encima? ¿Qué eres, una farmacia móvil?
— Sí, más o menos —respondió sacando un bote y una jeringa sellada de la chaqueta.
— No, inyección otra vez no —se movió el detective presuroso. Ojalá hubiese persistido en su intento de escapar.
— Vamos, Sherlock, no empecemos otra vez, es sólo una inyección.
— No quiero. Y no puedes ponérmela atado —sentenció seguro de sí mismo.
— Te desataré una mano, no me obligues a placarte otra vez —la respuesta fue un mohín molesto.
John puso el bote y la jeringa en la mesa móvil dejada a un lado después de no haber comido y preparó la inyección. Con la jeringa en una mano, desamarró el velcro de la esposa con la otra, y la intención del menor no se hizo esperar.
— No, Sherlock, no —gritó John echándose encima cuando el moreno ya estaba trasteando con la otra esposa, quedando sobre su espalda sin tocar la herida directamente.
Sherlock siguió forcejeando en su intento, pero John se aprovechó de su mayor peso y posición para alcanzar su trasero. Apartó la bata y se la clavó lo más cuidadoso que pudo, dadas las circunstancias. Sherlock gimió y exhaló profundamente mientras el líquido entraba en su organismo, dejando a su paso la sensación de tener la pierna en llamas. John sonrió satisfecho y la retiró suavemente.
— ¿Ves? No ha sido para tanto —jadeó sudoroso tumbado sobre la espalda de Sherlock. El detective gruñó, no estaba muy de acuerdo.
— John.
— ¿Qué pasa ahora?
— Me estás hincando tu pene erecto —John se quedó helado, salvo una parte, porque podía sentirlo y era tan verdad como incontrolable.
Entonces la puerta se abrió sin ser tocada.
— ¿Interrumpo? —exclamó el hombre del paraguas.
— Oh, Dios —susurró John cerrando los ojos con fuerza tras mirar al hombre desde la incómoda y vergonzosa posición.
— No, otro tonto no —dijo Sherlock poniendo los ojos en blanco.
Mycroft flotaba en el ego de su supuesta razón.
