CUIDADO CON LO QUE ESCUCHAS… EN BAKER STREET

Fic escrito en colaboración con arcee93.

Capítulo XI Una visita aristocrática

El alto hombre del gobierno caminó hasta una de las sillas del cuarto, ignorando olímpicamente los intentos del doctor por desembarazarse de Sherlock. Tomó asiento mientras John, con las mejillas enrojecidas, se ponía en pie, deseando poder desaparecerse a sí mismo y al carrito del baño.

Mycroft analizó todo en la habitación con una mirada rápida y en su cerebro se formó una deducción rápida de lo ocurrido.

— Espero que hayas disfrutado de tu baño, hermanito —dijo con sorna, dando vueltas a su paraguas.

— ¿Qué haces aquí, nana mágica? —espetó Sherlock recostándose con cuidado en la cama.

Mycroft alzó una ceja ante dicha acción.

— Venía a hablarte, ya sabes, de hermano a hermano —dijo con sencillez.

— Vale, les dejo solos —aceptó John.

— Él se queda —siseó Sherlock— eso de hermano a hermano no sirve entre nosotros, Mycroft.

El pelirrojo torció el gesto, no quería discutir esos temas delante del doctor.

— Bien, seré directo, Sherlock: no creo que debas seguir con John, él es un hombre demasiado experimentado para ti y tú eres o, al menos eras, asexual. Ya en dos ocasiones he tenido pruebas de sus actos contigo, unos actos con los cuáles no pareces estar de acuerdo pero que aceptas por no perderle…

— Mycroft, ¿de qué demonios estás hablando? —soltó John.

— Ya el aburrimiento le comió el cerebro —espetó Sherlock.

— Sabéis bien a qué me refiero. John, has forzado a mi hermano en dos ocasiones, me sorprende que te aproveches de su inocencia…

— Pero si ya te expliqué qué fue lo que tus "micrófonos" captaron —exclamó John viendo cómo la poca paciencia que le quedaba se iba reduciendo a límites peligrosos— sólo estaba inyectando a Sherlock.

— Seguro, querido doctor —sonrió irónico Mycroft— y esa sencilla acción médica provocó esas reacciones —señaló ambas erecciones.

Maldita capacidad de observación de los Holmes.

— Me estaba bañando —explicó el detective, buscando con la mirada algo que le sirviera para hacer ruido y espantar al odioso de su hermano y sus aires de "sabelotodo".

John se llevó una mano a la frente, eso sólo le daría más ideas al político.

— Sólo son reacciones biológicas, hermanito, y las estás mezclando con los sentimientos hacia el doctor. Eso es peligroso.

— ¿Sentimientos? Son sólo una debilidad —chasqueó el detective— y como bien dices, son reacciones biológicas, no hay nada entre John y yo.

Mycroft alzó una ceja, mientras que John sentía cómo el piso se abría a sus pies, pero como buen soldado se mantuvo firme en su puesto.

— Te estás engañando —negó Mycroft.

— ¡Qué sabes tú! Eres casi tan asexual como yo, ¿no es ése el término? —contestó Sherlock tratando de negar la arrolladora verdad que rondaba en su cerebro, porque sí, estaba sintiendo cosas por John, más allá de las físicas.

John sonrió por lo bajo y Mycroft captó la sutil amenaza del doctor.

— Sé mucho, Sherlock, porque yo…

— Eres mayor, más inteligente, más sociable, mejor y más poderoso, guarda tu mantra de superioridad para ti mismo —gruñó Sherlock entre toses.

—Mycroft, no le agites —ordenó John mientras daba suaves palmadas a la espalda del menor.

— Tiene que escucharme, tiene que estar seguro para… —comenzó el político levantándose con elegancia de su silla.

— Deja de sobreprotegerme, si me revuelco con john es asunto mío —explotó el detective— así como es asunto tuyo el creer o no nuestra versión —terminó, para luego caer sobre las almohadas agotado.

— Mycroft, vete de aquí o le contaré —amenazó John, provocando que Sherlock alzara la cabeza curioso.

— Me iré, sólo deseo proteger a Sherlock —se excusó Mycroft abriendo la puerta.

— De eso puedo encargarme yo —afirmó John— porque por mucho que pregonéis que los sentimientos son una debilidad, que estáis mejor solos, sois unos sedientos del contacto humano. Sherlock sabe que puede confiar plenamente en mí, que es mi mejor amigo y que jamás haré algo que pueda lastimarle, porque yo le amo y no importa si no desea corresponderme: yo estaré ahí para él, siempre.

John paró en seco su discurso, temblando por lo que había dicho.

— Eso era todo lo que deseaba escuchar, doctor —sonrió Mycroft al salir. — Sherlock, cuídalo mucho, no encontrarás a otro como él —finalizó solemne, cerrando la puerta.

— Voy a por un café —se excusó John saliendo de la habitación sin mirar a Sherlock a los ojos.

Sherlock se dejó aplastar por el peso de las palabras de John, los besos, el deseo mal disimulado, toda esa paciencia y comprensión con él de repente cobraba sentido, de una manera aterradora para el joven.

— Sherlock —escuchó que le llamaban— no le des más vueltas. Está bien si no correspondes, está bien si no lo entiendes, no tienes que cambiar, podemos seguir como antes, podemos olvidar todo esto y seguir siendo sólo amigos.

Sherlock abrió los ojos y se encontró con los de John, cálidos y amables.

— Me temo que no hay vuelta atrás —sentenció acercándose repentino, besando al doctor con urgencia, torpe, dejándose llevar por la vorágine de sentimientos y sensaciones que le invadían.

— Sherlock —sonrió el doctor contra sus labios, después de lo que le parecieron horas— estamos en un hospital.

— ¿Y qué? —preguntó inocente el detective. Sus manos estaban perdidas en algún lugar bajo la camisa de John, manteniendo el cuerpo de éste completamente pegado al suyo.

— Esto no puede hacerse en un hospital —explicó John complaciente, como si le hablara a un niño de cinco años. Sacó las manos de Sherlock de debajo de su camisa y se alejó hasta dejarse caer en la silla de al lado. — Espera a llegar al piso— prometió jugando con los rizos del menor.

— Me aburro —suspiró manipulador cerrando los ojos ante el suave y agradable contacto de las manos de John sobre su piel.

— Cuéntame que hiciste para ser vetado del servicio de enfermeros de Gran Bretaña —le animó John curioso.

— No creo que desees saber eso —contestó Sherlock repentinamente ruborizado.

— ¿Tú, avergonzado? Ahora lo deseo más —rio el doctor sorprendido por la extraña reacción de Sherlock —si no me cuentas no volverás a sentir mis labios.

— Eso no es negociable.

— Oh, sí que lo es.

Sherlock asintió derrotado y comenzó con su relato.

— Cuando vivía solo y desamparado —empezó con dramatismo— no tenía un doctor personal que se preocupara por mi dieta o por mi descanso, así que caía enfermo con mucha frecuencia y Mycroft siempre enviaba a odiosos enfermeros para cuidarme.

John comenzó a reír con discreción.

— El primero no sabía ni pinchar, el segundo era un fisgón, la tercera intentó violarme y la cuarta… —Sherlock tragó pesadamente— era un insulto al cuidado personal.

— Habló quién pudo —dijo bostezando. — Cuéntame de cada uno de ellos con todo lujo de detalles —pidió John acomodando su cabeza en la cama del detective, con los ojos brillantes por la curiosidad y el sueño haciéndose con todo él.

— Demasiado cerca —se alejó Sherlock al roce del cuerpo de John. Él puso más cama de por medio pensando que la situación era demasiado idílica para ser verdad.

— Demasiado lejos —espetó entonces el detective tirando de su suéter. El doctor bufó y volvió a acomodarse.

— Sherlock, te huele el aliento.

— La medicación.

— No, no huele como la medicación —le miró el mayor preocupado, viendo el miedo en los ojos de Sherlock, distintos.