CUIDADO CON LO QUE ESCUCHAS… EN BAKER STREET
Fic escrito en colaboración con arcee93.
Capítulo XII Extrayendo más que lo físico
El nerviosismo se adueñó de John, provocándole un temblor de manos inusual. No era un paciente cualquiera en el que si no podías hacer más lo asumías de alguna forma y el tiempo y la experiencia, que era mucha y dolorosa, hacía el resto. No, era Sherlock, parte de él.
Si Sherlock moría, él lo haría también, y esta vez para siempre.
Pero debía controlarse, transmitir tranquilidad aunque no fuera cierta y no sirviera para nada con el gran genio.
— No será nada. Ya sabes, los médicos siempre nos ponemos en lo peor —rio nervioso quitándole la esposa que aún tenía puesta. Te haré una analítica y saldremos de dudas.
— ¿Otra vez a pincharme? —se quejó Sherlock.
— Sí, pincharte otra vez. He tenido pacientes que se quejaban menos —espetó el doctor levantándose con pesadez de la cama del moreno.
— También habrás tenido que se quejasen más.
— No te creas —sonrió saliendo por la puerta.
Al cabo de unos minutos, John volvió con los utensilios de extracción, provocando una cara de desagrado por parte del detective.
— Estira los brazos y abre y cierra las manos —instruyó. — No hace falta que mires cómo la extraigo.
— Es innato, no puedo controlarlo a voluntad.
John observó por un momento esos ojos llenos de curiosidad, desviando la atención para remangarle la bata. La piel era nívea, casi translúcida, pero encontrar la vena no sería fácil. Aun siendo visibles, eran demasiado finas a la vista.
Se puso los guantes de látex y tomó una banda elástica del color de sus ojos para atarla por encima del codo y así poder ver la escurridiza vena cuando se expandiera un poco.
Primero en el derecho, luego en el izquierdo... Y ahí estaba, la vena mediana cubital, de la que normalmente se saca la sangre en el brazo por su buena ubicación, tamaño y, afortunadamente para el doctor, porque no se mueve hacia los lados como otras. Cuantas menos cosas se movieran para sacar sangre a Sherlock mejor.
Quitó la banda elástica con el dedo donde haría la extracción para no perder la referencia.
— Pon un dedo aquí y deja la mano abierta —indicó al detective, que no tuvo inconveniente en poner el índice y obedecer.
La habilidad con la que John montaba la aguja era armónica, como un baile, hasta que apartó el dedo de Sherlock, le sujetó el brazo por la parte posterior e introdujo la agujo en su piel. Entonces sólo era un dolor punzante succionador de sangre.
John sacó la aguja con cuidado y, con el bote de sangre ya listo, colocó un poco de algodón en el lugar de la extracción y lo fijó con esparadrapo, quedando prendado de cómo Sherlock había observado cada paso como si su finalidad hubiera sido aprendérselos.
— No lo muevas hasta que vuelva, déjalo estirado —y se fue a dejar la muestra del análisis. El más alto se quedó en la cama con el brazo extendido y dolorido.
— ¿Qué tengo? —inquirió a la vuelta del mayor.
— No lo sé, están analizándolo —respondió éste desconcertado.
— Tu hipótesis. El motivo de tu temor tan repentino.
— Será algo que hayas comido.
— Nadie se pone así por una hipótesis tan absurda. Piensas que tengo cáncer —se incorporó.
— No lo pienso.
— Porque niegas la realidad —gritó el detective acabando con un golpe de tos sonando a persona mayor.
— No estoy aquí para hacerte empeorar, túmbate — le dijo el doctor bajando la voz y haciendo que se tumbara por los hombros. —Ayer discutí con Sarah —Sherlock no disimuló su sonrisa— sabía que eso te alegraría —se mordió la lengua John— ¿por qué no me cuentas cómo desafiaste a la Sanidad Británica?
— Oh, cierto, te estaba contando —palmeó el detective la cama— misma historia, mismas condiciones —y John se acomodó a su lado.
— El primero, como te dije, era novato y no pincharía ni un pavo en Navidad.
— Hasta tú has sido novato.
— No compares —enarcó una ceja— John negó con la cabeza. Qué ofensa. — Ese hombre era un peligro público y así se lo hice saber a mi hermano. Pero me obvió. Y me negué a que me inyectara.
— ¿Y por eso te pusieron en la lista negra? No me lo creo.
— Por supuesto que no. Eso sólo fue el principio de la odisea —enfatizó— le pinché yo y le dejé en el Club Diógenes, como obsequio.
— Las personas no..., déjalo —agitó una mano el doctor— ¿qué le pasó a la segunda?
— Gritaba mucho.
— Y tú...
— Le tapé la boca con esparadrapo y la dejé en el club.
— ¿A alguno de los cuatro le dejaste fuera del club?
— No, hacía frío. Eso sería cruel, John —el mayor rodó los ojos.
— ¿Y la que intentó violarte? ¿Qué hiciste?
— Que el sexo sólo me interese puntualmente no significa que no vea las señales. Deja ya los celos sin fundamento hacia La Mujer.
— ¿Y por qué la llamas La Mujer?
— Porque es una mujer. Vale, es inteligente, es un rival a considerar, como Moriarty. ¿También tienes celos de él? No contestes. Ya sabes, la gente habla. Dales un tema de conversación y se olvidarán del resto.
— ¿Qué es el resto?
— Nosotros —John torció el gesto— ya sabes lo que quiero decir. No te ha bajado la erección, por cierto, no deberías tomar pastillitas azules.
— No las tomo.
— Ah..., entonces tengo que resultarte tentador —rio, y se llevó un pequeño puñetazo en el hombro. — Qué susceptible con tu sexualidad, sólo es un tema —rodó los ojos.
— Volvamos a lo que estábamos. ¿Qué hiciste con la que quería violarte? —sacó a flote su instinto protector.
— Yo nada, la señora Hudson la sacó de las orejas.
— ¿Y si no hubiese estado la señora Hudson? No me lo digas, Club Diógenes —rio el doctor. Sherlock se mordió el labio, era de buen grado tener a alguien que le comprendiera a tal escala. — ¿Y la otra? ¿La del cuidado personal?
— Exceso de maquillaje que olía raro y además me sobrealimentaba.
— ¿He de temer por mi vida? —bromeó.
— No, ¿por qué? Ah, ironía otra vez. Creo que Mycroft la contrató como cocinera. Mala elección, incrementará sus problemas con la dieta. Y tú no me sobrealimentas, me "sobreteas".
— Eso ni siquiera es una palabra.
— Ya, pero tu cara es divertida justo en esa posición.
John no pudo resistirse a besarle, pero un beso corto, para no mimarle demasiado. Tan dulces sus labios... Tan cálido y tan callado Sherlock...
— Señores —dijo un auxiliar entrando— los resultados del análisis ya están— le entregó el sobre a John y se marchó, dejándoles solos en la incertidumbre.
— Ábrelo —inquirió Sherlock ante la duda del doctor.
