CUIDADO CON LO QUE ESCUCHAS… EN BAKER STREET

Fic escrito en colaboración con arcee93.

Capítulo XIII La mancha acusadora

John abrió el sobre y sacó los resultados ante la escrutadora mirada de Sherlock.

Los ojos del doctor iban y venían de valor en valor. A veces daba la vuelta a la hoja y seguía con el dedo las gráficas, frunciendo el entrecejo y murmurando síntomas para sí.

— ¡Dime qué tengo de una vez! —explotó Sherlock.

John le lanzó una mirada furibunda. Sin embargo, la contestación murió en sus labios al ser interrumpido por un enfermero que venía a cambiar los sueros y medicamentos de Sherlock. John lo analizó con una mirada seria, nada de tatuajes sospechosos, sólo una pequeña estrella en la muñeca, un enfermero "normal".

— Por favor, sigan, soy invisible —comentó con simpatía.

John asintió y volvió a lanzar chispas por los ojos hacia el detective. Sherlock, sabiamente, se encogió entre las sábanas.

— Usted no es invisible, John y yo podemos verle, refutando su declaración de...

— Sherlock Holmes, cállate —ordenó John agitando los resultados— ¿Quieres saber qué tienes? Bronquitis aguda.

— Tengo bronquitis, eso ya lo habías diagnosticado. ¡Qué perdida más absurda de sangre!

— Tenías bronquitis, pero está mucho peor de lo que me imaginaba y ni mucho menos había pensado que tendrías un claro riesgo de desarrollar la versión crónica o un enfisema —una vena palpitaba en la sien del doctor.

Sherlock alzó una ceja.

— Has estado fumando a escondidas, no trates de negarlo —acusó John.

— No lo niego, a veces los parches no son suficientes para resolver un...

— Prometiste dejar de fumar, estabas dejándolo, ¿o sólo me veías la cara de tonto? —poco pudo hacer John para disimular una mueca de pesar en su rostro, se sentía traicionado. — Esas cosas te hacen mal, te matan lentamente.

— John —empezó Sherlock.

— No, no digas nada, no sé para qué me preocupo por ti, no sé para qué me tomo el trabajo de esconderte los malditos cigarrillos —ahora el doctor paseaba de acá para allá— debajo de la calavera, entre el carbón de la chimenea, ¡incluso en mis tarros de mermelada!

El enfermero, sorprendido y avergonzado por la regañina ajena, salió imperceptiblemente del lugar. Vaya par de lunáticos.

— Y lo que más me molesta Sherlock, es que necesites de ellos, ¡santo cielo!, eres lo suficientemente inteligente como para resolver un caso sin ayuda de la nicotina.

— Permite acallar los pensamientos inútiles y...

— Todavía lo justificas —estalló John, lanzándole los resultados a la cara. — Todo lo que estás diciendo es que no eres lo suficientemente inteligente, que eres débil y no puedes controlarte, ¡que el verdadero genio detrás de los casos es la nicotina!

La mirada de Sherlock ahora competía con la de John. Ninguno estaba dispuesto a dejar que el otro se saliese con la suya: si las miradas matasen, habría dos cuerpos en la sala.

— Vete —ordenó Sherlock entre dientes, herido en su amor propio.

— No puedes obligarme —contestó John. — Cuidaré de ti así no lo desees —Sherlock esquivó su mirada. — Y esos exámenes irán a parar al despacho de Mycroft —sentenció acercándose a la cama. — Después de leer esto, se asegurará de eliminar todo cigarrillo cercano a ti en un radio de diez kilómetros. Y no con chantaje, no, eliminar, Sherlock.

— No —Sherlock tomó las hojas y las apretó entre sus manos, aferrándolas contra su cuerpo en un arrebato infantil.

— Puedo pedir una copia —comentó John encogiéndose de hombros.

— Si sales de esta habitación, si estos exámenes llegan a manos de Mycroft, puedes olvidarte de mí —amenazó el detective con dramatismo.

— Esa frase es una línea de telenovela. Creí que eran demasiado vulgares para tu mente superior —rio John. — Igualmente deberé olvidarme de ti si sigues fumando.

Sherlock torció el gesto. John simplemente se dirigió a la puerta, ante los ojos sorprendidos del detective.

— Iré a por las copias, quédate en la habitación —ordenó el doctor muy serio— o volveré a atarte.

Mientras tanto, Sherlock se quedó solo con sus pensamientos, muy enfadado con John. ¿Quién le había dado derecho a inmiscuirse así en su vida? ¿Quién? Porque él no había sido, el doctor se había atribuido esos deberes solo.

Un ataque de tos invadió al menor, uno realmente fuerte. Apenas podía respirar, los violentos espasmos de su diafragma sacaban fuera el poco aire que conseguía introducir en sus pulmones y su piel estaba adquiriendo una tonalidad azulada.

Finalmente expulsó una flema, llena de sangre, sobre las sábanas.

— Esto es el colmo —dijo con la voz ronca tan pronto pudo respirar. — Esto no debe verlo John.

Lo limpió lo mejor que pudo, algo asqueado, semejante sustancia no debía provenir de su cuerpo.

John regresó a los cinco minutos, esbozando una tonta sonrisa de triunfo. Sherlock esquivó su mirada, escondiéndose entre las sábanas, enfurruñado.

— ¿Sherlock? —John palmeaba su hombro con cautela. — Sherlock, es por tu bien.

— Mi bien, sí, claro —espetó para sí mismo el detective con un mohín.

— Sherlock, no voy a olvidarme de ti por un asunto tan tonto como unos resultados y unos cigarrillos —John ahora le acariciaba. Sherlock no se dejó manipular, John había pasado una línea y eso era algo que no estaba dispuesto a disculpar tan pronto. — Sherlock.

Un absoluto silencio siguió a sus llamados. John finalmente desistió y se sentó en el sillón, dispuesto a dormir un poco más; los últimos días habían sido largos y agotadores, no permitiría que cierto detective malcriado los empeorara.

Sherlock esperó un tiempo prudencial y alzó su cabeza en cuanto escuchó la respiración acompasada de John. Le observó dormir, tratando de discernir porqué demonios ese molesto doctor estaba metiendo la nariz donde no le llamaban: era su vida, nadie tenía por qué preocuparse por él.

Aunque la verdad era tan clara como el agua, lo habían descubierto ese día. Aun así, eso no le daba ningún derecho para...

Un nuevo acceso de tos atacó a Sherlock, parando en seco sus pensamientos y despertando a John de golpe. El detective buscaba darle la espalda, huir del contacto visual, esconderse entre las sábanas y fingir dormir, todo ello con semejante ataque de tos.

— Eso no suena bien —escuchó decir a John. — Sherlock no seas infantil, sal de debajo de la sábana.

— No.

Entonces John empezó a forcejear con la sábana. Sherlock la jalaba de un extremo y él del otro, revelando ante sus ojos la mancha de sangre.