CUIDADO CON LO QUE ESCUCHAS… EN BAKER STREET
Fic escrito en colaboración con arcee93.
Capítulo XV Hogar, ¿dulce? hogar
La espada se movía de lado a lado, como si tratase de herir a quien estuviera cerca de la puerta. John se aseguró de que Sherlock siguiera en el sofá y le indicó mediante señas que se quedase ahí, que él solucionaría todo. Sherlock asintió, aferrando su pistola, sólo por si acaso la situación se le escapaba de las manos a John.
El doctor se acercó a la puerta con sigilo, cambió la pistola de mano y con un movimiento rápido sujetó la muñeca del invasor con una llave bien aprendida en sus años de entrenamiento militar. Un grito de dolor le indicó que ésta había sido efectiva, aplicó más presión y la espada cayó al suelo. Rápidamente abrió la puerta y soltó la mano del sujeto. Éste, preso del dolor, se dobló sobre sí mismo, situación que John aprovechó para patearle en el pecho.
Sherlock observaba toda la acción, anonadado. Sabía que John era un eficaz combatiente, pero no conocía ese lado feroz del doctor.
— John, creo que esta inconsciente —apuntó el detective pasados unos segundos.
— ¿Qué? —Inquirió John entre jadeos, observando el cuerpo inerte a sus pies. — Ah, sí, creo que me extralimité —admitió, pasándose una mano por el cabello, aún agitado, tratando de regular su respiración.
Sherlock empezó a reír, deteniéndose solamente por la mirada de advertencia que John le lanzó.
— Tráelo, a la señora Hudson le dará un ataque si ve a un Yakuza inconsciente en nuestra puerta —ordenó Sherlock con afabilidad. La señora Hudson era una de sus debilidades.
— Tus cabezas congeladas la han blindado, no es una débil e indefensa anciana —espetó John, arrastrando el cuerpo del Yakuza hasta el centro de la sala. Luego buscó con la vista algo que sirviera para atarle. Sherlock rebuscó bajo el sofá y sacó unas esposas. — ¿Qué más guardas en ese sofá? —preguntó, acercándose para tomarlas. Sherlock separó los labios para responder, pero John le interrumpió. — Olvídalo, no quiero saberlo.
Con el Yakuza inconsciente e inmovilizado en medio de la sala, la normalidad volvió al piso. John llamó a Lestrade para que viniera a por, lo que él esperaba, fuera el último Yakuza en amenazar sus vidas.
Sherlock se recostó cómodamente en el sofá, volvió a esconder su pistola entre los cojines y agitó un poco su té, perdiéndose en el suave color de la bebida.
Entonces un fuerte dolor de cabeza le acometió, provocando que cerrara los ojos con fuerza: las imágenes que llegaban a su cerebro eran muy vívidas y realistas.
Se encontraba arrodillado, con la daga cortando con lentitud su vientre. El Yakuza, aburrido, se había levantado y comenzado a rondar por el piso, analizándolo todo con la mirada.
Entonces sucedió:
El Yakuza abrió una pequeña caja que el detective tenía junto a sus experimentos y tomó lo que parecía un caramelo de ella. Acto seguido, bebió un líquido oscuro que había en un vaso, después de comprobar mediante el olfato que no era más que refresco.
Sherlock cerró los ojos, no había tenido tiempo de comprobar ese experimento en particular. Si funcionaba, significaría su salvación. Curioso, abrió los ojos de nuevo.
En un instante, el estómago del tipo empezó a inflarse hasta llegar a un tamaño desproporcional para, en un pestañeo, explotar ante los ojos de Sherlock, que se cubrió de toda la sangre que se le vino encima.
Con un jadeo Sherlock regresó al presente. John le miraba preocupado, sujetando su muñeca para tomarle el pulso.
— ¿Qué ocurrió? —preguntó nervioso, posando su mano en la frente de Sherlock. Para su alivio no había fiebre.
— Un recuerdo, el Yakuza —pronunció Sherlock entre toses.
— Vale, está bien, cálmate —pidió John tendiéndole la olvidada taza de té. Sherlock bebió con avidez, su garganta reseca lo necesitaba. — Ey, con calma, no te vayas a ahogar.
— Te sorprendería lo que puedo tragar —bromeó Sherlock alzando las cejas.
John enrojeció hasta las orejas. No, esas imágenes mentales poco decorosas de nuevo, no. El muy maldito de Sherlock estaba divirtiéndose a su costa, deduciendo correctamente sus reacciones físicas.
— Estás perfecto —chasqueó John con vergüenza muy mal disimulada.
— Por algo te gusto —sonrió Sherlock, inflado en su ego.
— Oh, cállate.
— Sólo me das la razón. Vamos John, refuta mis teorías, es divertido —le retó el detective, acomodándose a gusto en el sofá, taladrándole con sus matizados ojos.
John suspiró, estaba atrapado. Si se negaba, Sherlock se haría cualquier idea, errada o no, y John no estaba dispuesto a permitir ningún error o malentendido. Por otra parte, si aceptaba el reto, estaría atrapado, con total seguridad, en la situación más vergonzosa de su vida.
Sin embargo, todos contamos con un ángel guardián. En esos precisos instantes Lestrade hizo acto de presencia en el piso, entrando sin tocar y agitado a más no poder. John se apartó de Sherlock como impulsado por un resorte.
— Un día de éstos, Sherlock, me dará un ataque —espetó, mientras vigilaba cómo sus agentes se llevaban a rastras al Yakuza.
— Lo mismo ha dicho John y aún está con nosotros —contestó el detective.
Lestrade suspiró y con la mirada realizó una muda pregunta al doctor.
— Tres semanas, a lo sumo cuatro —contestó John.
— Bien, deberé arreglármelas —comentó algo abatido el DI.
Sherlock, quien no perdía palabra, se agitó.
— ¿Cuatro semanas encerrado? —exclamó.
— Serán cinco si no te cuidas —agregó con severidad John.
— Bien, el deber me llama. Suerte, doctor.
Y con esas palabras Gregory Lestrade abandonó el piso, evitando así caer víctima de la bomba que estaba por caer.
— Me aburriré, mi cerebro se consumirá. John, ¿Qué clase de doctor eres? —preguntó con dramatismo el menor.
— Uno que se preocupa por ti. Ahora calla y descansa.
— No.
— Sherlock.
— Me aburro.
Lanzando un suspiro al aire, rogándole internamente a cualquier deidad poderosa por paciencia, John tomó asiento en el sofá, a los pies de Sherlock.
— Juguemos a algo —cedió.
— ¿Cluedo? —aventuró esperanzado el detective.
— No, jugaremos verdad o reto y, en tu caso, sólo podrás escoger verdad —John sonrió internamente; ese juego le permitiría conocer mejor a Sherlock.
Los ojos de Sherlock brillaron, traviesos. Ese juego no se le antojaba para nada aburrido.
Entonces dos golpes, tan imperceptibles que se perdieron en el ambiente, sonaron al otro lado del tabique, en el apartamento anexo.
