CUIDADO CON LO QUE ESCUCHAS… EN BAKER STREET
Fic escrito en colaboración con arcee93.
Capítulo XVI Verdad, reto o mojado
—De acuerdo —se acomodó el moreno en el sofá poniendo los pies sobre el pantalón de John. —Empiezas tú, John. Incluso te doy a elegir —sonrió. —¿Verdad o reto?
—No, de eso nada. Yo he tenido la idea. Empiezas tú —dijo John muy dispuesto.
—¿De verdad? —suspiró el moreno. —Venga —alargó la palabra. —¿Qué verdad quieres que te cuente?
—¿Por qué tienes ese carácter tan desagradable cuando quieres?
—No es desagradable, es mi carácter. Y acabas de desperdiciar un turno. Me toca. ¡Qué calor! —espetó Sherlock con desagrado quitándose el abrigo que aún llevaba.
Los ojos de John fueron exactamente adonde querían ir.
—Creo que iré a por tu ropa... sí, eso haré —y salió de la sala con el rubor incipiente y más rápido que los dedos del detective que ya estaban pensando en frenarlo.
Pero cuando llegó a la puerta de la habitación de su compañero, cayó en la cuenta de que éste no podía tener ropa limpia, pues con todo el ajetreo se había olvidado de hacer la colada y claro, como él era el único que la hacía... Disipó el enfado ante ese pensamiento tan recurrente y marchó a su propia habitación, a ver si algo de su armario podría servirle a alguien más alto y delgado que él.
—Un suéter con cremallera demasiado grande que Harry me regaló en rebajas... un pantalón de pijama con cremallera enorme que... ¿por qué Harriet me lo compra todo grande y con cremallera? —recitaba en voz baja mientras disponía las prendas en el brazo. —¿Ropa interior? No, no creo que le haga falta —musitó con una sonrisa que no quería irse.
Nada más pensar en lo marcados que le quedarían los pantalones se le marcaban a él.
—¡John, es para hoy! —gritó Sherlock desde la sala, tosiendo acto seguido.
—¡No fuerces la voz! Será posible —le regañó en la distancia. Cerró el armario y fue a... ¿vestirle? No, no, no.
—¿Me vestirás tú? —y allí estaba Sherlock, dispuesto en el sofá como si fuera un modelo al que pintar. John suspiró y tragó saliva para controlarse, intentarlo al menos.
—¿Te duele la herida? —preguntó en su cuello desatándole la bata.
—Aceptable, ya has visto que puedo moverme —el aire de sus labios era cálido y goloso.
—Entonces podrías vestirte tú, ¿no crees? —pasó a desatarle la cintura, aplastando la cara contra su pecho. El corazón de Sherlock latía sin control. Eso hizo que John se sintiera mejor y menos extraño.
—John, estoy convaleciente —dijo el moreno poniendo cara de pena. —No querrás que empeore.
—Tienes una cara que te llega al piso —y, tras negar con la cabeza, empezó por el pantalón. —Levanta el trasero —pidió mirando para otro lado. Sherlock, gustoso al tacto, lo levantó sin protestar.
Y así le vistió el doctor, sin mirarle. Era eso o pasar aún más vergüenza.
Volviendo al juego, John reconsideró lo bueno de éste: ahora no lo parecía. Volvía a estar preso de sus actos y sentimientos. Como se dice: entre cielo y tierra no hay nada oculto, y a él le iba a tocar contar sus secretos. Se maldijo por su torpeza. Bueno, aún tenía la opción del reto.
—Venga, elijo reto —dijo al fin, satisfecho por su elección. Sherlock rio como el malvado de los cuentos. —¿Qué? ¿Qué pasa? —se asustó el doctor.
—Absolutamente nada —se mordió el labio inferior. —Dame un segundo para pensar el más adecuado —se llevó las manos a la barbilla y cerró los ojos.
John se movió nervioso, pasando los dedos por los pies del detective sin darse cuenta. Sherlock no parecía sentir molestia ni cosquillas, seguía inmerso en ese pensamiento que debía ser muy profundo, hasta que salió de él y John dejó de jugar con sus pies.
—No... Está bien, puedes seguir —dijo sin expresión. —Ya lo tengo —ahora sí esbozó una sonrisa traviesa. El doctor volvió nervioso a tomarle los pies como un amuleto, esperando el desastre sin preguntar más que con sus ojos. —Bájame la cremallera.
John suspiró aliviado. Eso no sería ningún problema. —Del pantalón —aclaró el moreno. Y la sonrisa que se estaba formando en el mayor se borró de un plumazo.
—¿Cómo del pantalón? ¿Qué insinúas? —exclamó nervioso y sonrojado, clavando sus cortadas uñas en la fina piel del menor.
—John, mi pie, que no es de goma —se quejó moviéndolo un poco. John no sabía si dejar de moverse o irse de una vez a otra sala... como la calle. —Vamos, dijiste reto. Yo aceptaría el mío sin protestar, pero te has inventado una absurda regla para no dejarme.
—¿Tú sin protestar? ¿Llegaré a ver yo eso? —rio más relajado.
—No tengo nada que perder —bajó las piernas de encima del doctor y se quedó de pie a un lado, pero sus fuerzas fallaron y tuvo que sentarse de nuevo con la ayuda de John, que rápido se levantó para sostenerlo por la cintura.
—No te levantes. No te lo diré otra vez —le advirtió nervioso con el índice acusador. Sherlock se llevó los dedos en pinza a la nariz con signos de mareo. —¿Estás bien? —dijo el doctor, preocupado.
John siempre estaba preocupado por Sherlock. Si no era por una cosa era por otra, pero siempre estaba o haciendo algo peligroso o enfermando por descuidado. Y John pensaba que era su trabajo, o eso quería creer.
Aunque estuviera en la lista negra y ningún enfermero de Reino Unido se dignara a atenderle en casa, podría llamar, Mycroft podría llamar, a enfermeros extranjeros, prácticos... cualquiera que estuviera dispuesto a trabajar por una gran suma un corto período de tiempo, porque tampoco esperaba que duraran más de una semana, como máximo.
La idea era que si no quería cuidar de Sherlock podía no hacerlo y que si seguía con él, guardando su intento de reposo, porque a ese paso le ataría de nuevo, era porque en su interior y, cada vez más evidente, en sus actos, quería hacerlo. Pero también quería taparle esa seductora boca con un gran calcetín para que no dijera más insensateces que tan harto le tenían y no lo hacía.
Estaba enamorado y él, al igual que el gran detective, no revelaba sus sentimientos a la ligera.
—Que si estás bien —volvió a decir John, aún más preocupado.
—Estaré mejor cuando cumplas el reto —Sherlock echó hacia atrás la cabeza y abrió las piernas con sutileza. —Estoy bien —sonrió sin abrir los ojos y relajando los brazos. —Ahora hazlo. Y para que veas que no soy tan... —se quedó pensando— cruel, te dejo hacerlo con la mano.
—¿Cruel? —preguntó John pensando que para nada lo sería.
—Pues hazlo con la boca.
—Que no... —tragó pesadamente— no me pongas más nervioso—. Sherlock puso las manos detrás de la cabeza.
—No te tocaré —exclamó elevando las cejas.
El doctor tomó aire y empezó costoso a mover su mano derecha en dirección a la cremallera del pantalón de Sherlock, concentrando su pensamiento en el mismo fin. Difícil, muy difícil.
Cuando ya se hallaba cerca de la cremallera, Sherlock elevó las caderas adrede, por supuesto que fue adrede, provocando una situación que no era tan imprevisible pensándolo con frialdad. Pero frío era precisamente lo que le hacía falta a John en ese momento, con su mano al completo en la entrepierna de su venga-ya-no-se-lo-cree-nadie amigo. De acuerdo, había algo más, amor o como se llamase, pero eso era ir demasiado rápido, según el pensamiento que iba de un lado al otro de su cerebro.
John retiró la mano como si le hubiera dado un calambre.
—Si querías sexo no tenías más que decírmelo —se carcajeó Sherlock.
—Vete al carajo —se cruzó de brazos y se sentó de golpe en el sofá.
—Vamos... —se acercó el moreno, poniéndole más nervioso.
—No, déjame.
—¿Ya no quieres jugar? Es tu turno —John se giró.
—Sin trucos.
—Sin trucos —dijo Sherlock levantando las manos.
—Vale. Verdad —el doctor ya tenía la pregunta más que preparada. Pero el subconsciente le traicionó. —¿Estás excitado? —Sherlock se le quedó mirando hasta que él mismo se dio cuenta de lo que acababa de preguntar. —¿He tocado tu líquido preseminal? —dijo John con asco.
—No es azufre —contestó Sherlock procesando todavía que realmente estaba excitado. ¡Excitado! Eso era una falta grave de control por su parte.
Él no practicaba sexo, ni siquiera se masturbaba, lo veía como una pérdida de energía innecesaria. Sin embargo, su perspectiva había cambiado. No era una necesidad, pero sí una curiosidad latente.
Ciertamente, era divertido para él ver a John en esa posición, intranquilo, inseguro, frágil. Le transmitía poder, pero no un poder autoritario, no, uno de responsabilidad, de seguridad. Una sensación nueva que moldearía con el paso del tiempo y, tal vez, las tornas cambiasen en algún momento; en ese momento que aún no había llegado.
—Será la medicación —musitó John de pie y paseando.
—No inventes, John Watson —se enfadó Sherlock. —Ya deja de mentir. Si estoy mojado, agh, qué mal suena —hizo un gesto de desagrado— será porque algo habrás hecho—. Se levantó hacia el doctor y le agarró por la entrepierna, levantándole un poco del suelo y, con franqueza, asustándole. —¿A que ahora todo tiene más sentido? —dijo con esa mueca indescriptible antes de verlo todo nublado.
—Sherlock, suéltame —pidió John.
—No.
—Sherlock, esto es acoso.
—No.
—Sherlock, que me sueltes, maldita sea —le empujó el mayor. El detective no opuso resistencia y cayó directo al suelo.
—Sherlock, ¿estás bien? —fue a disculparse el doctor, extendiéndole la mano para ayudarle a levantar. Pero sus ojos no podían verle. —Sherlock, ¿qué te pasa? ¡¿Sherlock?!
Y los golpes de la pared volvieron a escucharse, ahora más fuertes, pero no lo suficiente.
