CUIDADO CON LO QUE ESCUCHAS… EN BAKER STREET

Fic escrito en colaboración con arcee93.

Capítulo XVII Sentimientos encontrados

—¡Sherlock! Maldita sea, Sherlock —la voz de John llegaba distorsionada a sus oídos, como si los tuviese llenos de agua, completamente embotados—. No me asustes así, Sherlock, despierta.

Curioso su estado. Si analizaba bien, su cuerpo no tenía por qué reaccionar así. Vale, tenía bronquitis, había perdido sangre por culpa de la herida en su vientre, pero eso no era motivo suficiente para estar casi inconsciente sobre el suelo.

—¿John? —se forzó a pronunciar, abriendo los nublados ojos con dificultad. Sentía los miembros como de goma, casi incontrolables por su cerebro.

—Se acabó el juego, irás directo a la cama, Sherlock —dijo John con tono autoritario. Tenía la cabeza del detective apoyada sobre su pecho, esperando que recuperase un poco la movilidad, mientras repasaba en su mente qué podía estar causando aquellos extraños síntomas en su "amigo".

"John, cálido, tan cercano", pareció murmurar una parte hasta ahora dormida del cerebro de Sherlock, una que estaba muy feliz con la cercanía del doctor, llenando su pecho de sentimientos agradables e inentendibles para su parte racional y provocando que, cierta reacción física molesta, apretara contra sus pantalones.

Volvió a verlo todo borroso: la sala empezó a dar vueltas, obligándole a cerrar los ojos con un jadeo.

—Bien, te llevaré a la cama —suspiró John—. Y no llenes de malentendidos esa frase —gruñó mientras le alzaba, sorprendido por la ligereza del cuerpo de Sherlock.

"Oh, la cama, suena realmente bien ahora", suspiró Sherlock mentalmente. Se sentía tan desvalido, tan desprotegido y a merced de lo que John desease hacerle. De acuerdo, no debió pensar eso, no debía de pensar eso, alguien al sur estaba muy feliz con aquella idea.

—Sherlock, no sé qué demonios estás pensando, pero deja de hacerlo en este instante —protestó John dejándole sobre las sábanas, notando la demasiado, descarada y enorme erección del detective—. Si descubro que te haces el inconsciente sólo para que te cargue… te la estás buscando, y muy buena —amenazó, caminando en círculos frente a la cama.

—John, ¿Qué me ocurre? —logró pronunciar sacudiendo un poco la niebla de su mente.

—No lo sé, pero estás muy delgado. Quizá sólo sea una bajada de azúcar, traeré té —ofreció John saliendo de la habitación, feliz de tener una excusa para salir de la incómoda situación.

—Tu medicina para todo —espetó el menor aún con los ojos cerrados.

—Es lo único que tomas sin chistar—contestó el doctor desde la sala.

John preparó el té casi sin ser consciente de lo que hacían sus manos, era algo tan cotidiano y repetitivo que los movimientos estaban ya coreografiados en su cerebro.

"Una cucharada por persona y una extra para la tetera", recitó en su mente, aquella enseñanza de su madre que nunca olvidaría. Mejor pensar en eso que en Sherlock y sus problemas de erección.

"Bueno, no precisamente problemas", pensó con una risita, mientras agregaba azúcar de más al té del detective. Luego, tratando de disimular aquella sonrisa con pensamientos cada cual más traumatizante sobre por qué demonios estaba analizando la erección de su compañero de piso, se dirigió a la habitación del mismo, llevando dos tazas en las manos.

—Muy dulce —se quejó Sherlock con un mohín nada más probar el té, dejando la taza intacta sobre la mesita de noche.

—Lo necesitas, ahora tómatelo todo, con calma y despacio —ordenó John, devolviendo la taza humeante a Sherlock.

—No quiero —gruñó Sherlock empujándola de vuelta.

—Bébete todo el té, Sherlock —exclamó John empujando la taza hacia el detective.

Aquel forcejeo sólo tenía un final predecible.

—¡Agh! —gritó Sherlock saltando de la cama, mientras arrojaba la camisa y los pantalones, ambos empapados, fuera de su cuerpo— ¡Me has quemado! ¿Es que no tienes ojos?

—Dios, lo siento, Sherlock, déjame ver —se disculpó John enseguida, tratando de acercarse a Sherlock. Definitivamente, luego de eso sí que lo amarraría.

—No —rugió Sherlock—. Ya bastante has hecho —espetó, frotando su enrojecido pecho con cautela.

—Sherlock.

—No.

—Ven acá ahora mismo o terminarás de nuevo en el hospital antes de que vuelva a repetírtelo —advirtió John. Sherlock suspiró y dejó que se acercara.

—No está tan mal, sólo deja que busque algo de agua para enfriarlo y estarás bien.

—Ya lo sabía —murmuró el detective por lo bajo, orgulloso, siguiendo con la mirada las acciones de John, quien se dirigió al baño y regresó con una toalla húmeda en las manos.

Algo más tranquilo y en la distancia, el doctor pudo notar algo que simplemente en el fragor del momento no había visto.

—Sherlock, estás desnudo —afirmó, pateándose mentalmente por lo obvio de la frase, Sherlock había ejecutado un rápido striptease frente a sus ojos.

Contrario a sus usuales respuestas, Sherlock bajó la mirada: ciertamente, estaba desnudo. ¿Cómo no se había dado cuenta antes de ese pequeño detalle?

—Vístete —pidió John visiblemente incómodo, admirando el techo de la habitación como si fuera lo más interesante del universo. De otro modo, terminaría comiéndose con la mirada a su molesto y quisquilloso paciente.

—Estoy cómodo así —admitió Sherlock trepando a la cama para envolverse en su sábana.

—Pero yo no me siento cómodo —bufó John arrojando la toalla a Sherlock—. Ponla en tu pecho hasta que baje la inflamación.

—Tú lo provocaste, tú lo curas, doctor —un experimento necesario, sí, sólo eso, necesitaba un último dato para corroborar su hipótesis.

—No si no te vistes.

—No me vestiré. Además, ya estoy cubierto: mira, sábana —indicó Sherlock con tono infantil.

—Sábana… Una sábana no es ropa.

—Brillante observación, John. Algo estás aprendiendo de mí.

John rodó los ojos, sabedor de haber perdido aquella discusión sin sentido, y tomó asiento en el borde de la cama de Sherlock, quien le tendió la toalla con una inocente sonrisa de victoria en el rostro.

—Como intentes algo…

—No haré nada —prometió Sherlock llevando sus manos tras la cabeza, recostándose a gusto entre sus almohadas con gesto desenfadado. Aquella acción marcó sus pectorales, haciendo más difícil la tarea de John de pasar la toalla por los mismos sin deleitar su mirada.

"Dos pueden jugar tu juego, Sherlock", pensó John, convirtiendo en caricias aquellos pases suaves y húmedos de la toalla.

Caricias, suaves y delicadas caricias. Sherlock cerró los ojos, perdido en aquella sensación nueva para él porque, después de todo, había omitido aquello de su cerebro; en aquellos tiempos le parecía algo inútil. No debió hacerlo si se sentía tan bien, tan… cuidado y querido.

¿Acaso eso le pasaba sólo con John? ¿Por qué? Necesitaba la respuesta a esa pregunta.

—Sherlock, ey, Sherlock —escuchó que le llamaban.

¿Estaba inconsciente de nuevo? Vaya molestia, empezaba a detallar un patrón en ello. John, todo era culpa de John y su facilidad para desordenar su estructurado y lógico modo de vida.

¿Golpes? ¿Eso que acababa de escuchar eran golpes en la pared? Seguro que eran ratones o la señora Hudson limpiando. Sí, nada más preocupante que sus desmayos.