CUIDADO CON LO QUE ESCUCHAS… EN BAKER STREET
Fic escrito en colaboración con arcee93.
Capítulo XVIII La verdad siempre aflora
—Sherlock, nos vamos a urgencias a que te miren, yo no puedo seguir así —le levantó la cabeza al moreno. —Esto no es normal.
—No... —susurró Sherlock sin fuerzas.
—¿Cómo que no? Ahora mismo —sentenció John cargándoselo al hombro.
Fue entonces cuando las escaleras empezaron a sonar estrepitosas.
"¿Quién era ahora?", se quejó la cabeza de John. "¿Otro yakuza? ¿Lestrade? ¿Mycroft?" El último nombre se le hacía peor que el del yakuza.
Dos pasos más, un giro de manilla y...
—¡Ay, mis niños! ¿Cómo estáis? —alguien sin quien Gran Bretaña caería: la señora Hudson, quién más. Se acercó a ambos con gesto preocupado.
—Señora Hudson, ¿dónde ha estado? —preguntó John recolocando al resbaladizo detective en su hombro. Éste se adelantó a contestar.
—¿Acaso no hueles el chocolate de Mycroft desde aquí?
—A callar, que estás enfermo —le chistó. —Señora Hudson, nos vamos al hospital. Para cualquier cosa, llámeme —exhaló el doctor. Su hombro se estaba resintiendo. Tendría que llevarle en brazos si no quería él también hacerle una visita al especialista.
En ese momento volvieron a sonar los golpes en la pared del apartamento, siendo esa vez perceptibles para todos.
—¿Qué es eso, tesoro? —se asustó la señora Hudson. —¿No estarán entrando a robar?
—Sólo son ratas, es una casa vieja... No se ofenda.
—La juventud de hoy en día —expresó con teatralidad. —¿Y si vienen a robarme? A mí, a una pobre anciana...
"Sí, claro, pobre del que venga", rio John para sí.
—Bueno, nosotros nos vamos. Llame a Lestrade si así se queda más tranquila.
John cogió a Sherlock en brazos en tres movimientos, mostrándolo desvalido y necesitado. Pesaba un poco o él ya estaba cansado, pero no había otra forma de llegar al hospital o, al menos, a la calle.
A pesar de la preocupación de la señora Hudson por esos ruidos, él no podía más que ir con su compañero a urgencias o algo muy malo podría ocurrir y no podría soportarlo.
—Le aviso con lo que sea —sonrió el doctor a la casera, no criada. Ella no se quedó muy convencida, sumando preocupaciones entre Sherlock y los golpes.
—John, llama a la unidad móvil —murmuró el menor con apenas aire. Tenía un cariño especial a la señora Hudson, eso lo sabía todo el mundo. Tantos días protegiéndole... Sherlock podría ser muchas cosas, pero no desagradecido.
—Está bien, nos quedaremos en casa. Vamos al sofá de nuevo —le dijo John retomando los pocos pasos dados y recostando a su amigo abstractamente atrayente en el confortable y tan utilizado mueble. Sacó su teléfono y llamó a una ambulancia. Estaría en la lista negra de enfermeros, pero no en la de ambulancias, ¿verdad?
Comunicaba. Volvió a llamar y seguía comunicando. Desesperado, se volvió hacia Sherlock para no perderle de vista ni un segundo. Podía empeorar, podía...
—No, Sherlock, no te duermas —exclamó el doctor soltando el teléfono a su lado y casi lanzándose encima, con unos suaves golpecitos en las mejillas.
Sin saber lo que tenía, que se durmiera era muy peligroso.
Sherlock volvió a abrir los ojos adormilado y protestando. La señora Hudson seguía allí, observando cómo John le cuidaba. "¿Cómo se verá desde fuera?", pensó curioso el moreno.
El sueño le robaba las pocas fuerzas que le quedaban y John no hacía más que lo que podía, mantenerle despierto a toda costa mientras repasaba en voz alta todos sus años de medicina en busca de la causa de tal mal en su amigo.
—Señora Hudson, ¿puede seguir llamando? —pidió el doctor sin mirar a la anciana. —Tal vez hubo un accidente y... ¡Eso es! ¡Lo tengo! —John estaba tan emocionado que besó al detective en la frente sin pensarlo, pero él estaba demasiado adormilado para poder protestar.
La señora Hudson simplemente contrastó los hechos con sus ideas del primer día que los vio juntos: compatibilidad perfecta.
—Sherlock, Sherlock —le animaba el doctor, ahora moviendo los dedos en círculo en las mejillas del moreno, tornándolas ligeramente bronceadas por la fricción. —Te vas a poner bien, ya lo he encontrado.
Los golpes no se escuchaban desde hacía un rato. Quizá por eso la señora Hudson no se había quejado desde hacía el mismo tiempo.
—Entonces, querido, ¿llamo a la ambulancia? —preguntó la susodicha tomando el teléfono del sofá.
—No va a hacer falta, señora Hudson —contestó John radiante como pocas veces— ya le curo yo. Usted puede hacer té.
La señora Hudson, con su cara de —soy la casera, no la criada— se fue a hacer una gran cantidad de la bebida estrella para todos. Por su parte, John era feliz en ese momento, muy feliz, porque sabía el mal que atormentaba a su paciente especial y podría ponerle fin sin dilaciones.
Rebuscó en su maletín hasta que dio con unas pastillas y pido agua a la señora Hudson, quien se la trajo a la misma intensidad que la llamada y volvió casi corriendo por el bien de la tetera.
John inclinó la cabeza del moreno y le metió la pastilla en la boca, pero él estaba tan débil que ni se la tragaba.
—Vamos, Sherlock, tienes que tomártela —insistió el doctor con el vaso de agua en la mano.
El detective, que aunque intentaba llevar el control de su cuerpo no lo conseguía, pudo al menos tragarse la pastilla aun con dificultad y la ayuda del agua que poco a poco entraba en su organismo.
—No te ahogues ahora, por favor —le pedía John a quien quisiera escuchar.
...
Pasaron los minutos. La señora Hudson había llevado el té y se había bebido su taza, pero John estaba tan pendiente de Sherlock que no había probado el suyo y éste le aguardaba ya frío en la mesa de al lado.
Sherlock daba cabezadas y no dormía no porque no quisiera, sino porque John no le dejaba. El detective gruñía, molesto por el impedimento entre él y el sueño. Sin embargo, John prefería verle así que sufriendo. Obvio.
Tras un tiempo del que no llevaba la cuenta, la señora Hudson se retiró a su dormitorio. Había vuelto a anochecer y John ya no sabía ni en qué día vivía.
Sherlock, entonces, aún bajo la supervisión del doctor y sus caricias para que no se durmiera, pareció empezar a tomar consciencia de su entorno y a querer incorporarse en el sofá. Como era lógico, John no le dejó.
—¿Dónde crees que vas? Ni pienses en levantarte —le paró con la mano en el pecho.
—Déjame, estoy harto de estar sin hacer nada. Mi cerebro se está pudriendo —contestó agarrándole el brazo para quitarlo de su camino.
John le empujó molesto y se quedó encima de él.
—No seas ingrato. Estás así por idiota —sentenció muy serio.
—Pero, ¿qué dices? Si hace un rato no sabías ni qué tenía. Déjame salir —Sherlock empujó con el pecho, pero el cuerpo de John era demasiado robusto, y tuvo que quedarse bajo él. —¿Me vas a dejar aquí eternamente?
—Debería. Te has intoxicado por idiota —dijo el doctor más enfadado que nunca. —Y si tuviera que dar un diagnóstico sería ése.
—Si ser idiota fuera un diagnóstico la Seguridad Social no podría con los gastos —ironizó el detective.
John, aún más enfadado, se acercó a su oído para decirle una gran verdad, él era médico después de todo y tenía un código que respetar. Además, no quería publicar las malas decisiones de su amigo.
—Litio, un bulo histórico para apaciguar el deseo sexual. Sabes que no es fiable y aun así lo has tomado y, me juego lo que quieras, a que sin control —se lamió los labios por la cercanía y ya pudo ver entonces el rubor del moreno. Siguió la estela y comprobó su vergüenza.
—No tengo nada que decir —giró la cara Sherlock todo sonrojado.
—Ah, ¿ahora no, eh? No sabía yo que podía dejarte sin palabras —se engrandeció, y no fue lo único. —Estoy sentado sobre tu pene, ¿verdad?
—Y erecto —le miró Sherlock con tensión. Esos cambios de carácter iban y venían.
Esta vez no fueron golpes lo que sonó tras la pared, fue un gran estruendo que acabó sacando un kilo de polvo por la chimenea.
La señora Hudson salió alterada de la cocina, uniéndose al asombro de John y Sherlock por algo tan extraño. Pero algo había en esa nube de polvo que no andaba bien. Algo que estaba quedando cada vez más visible.
