CUIDADO CON LO QUE ESCUCHAS… EN BAKER STREET
Fic escrito en colaboración con arcee93.
Capítulo XIX Recortes
La nube gris y espesa empezó a precipitarse, revelando la figura de un hombre esbelto y musculoso: su rostro estaba cubierto por un pasamontañas y su ropa sucia se encontraba en pésimas condiciones. El susodicho miraba a sus espectadores sin saber qué hacer ni qué decir.
Finalmente, tras tragar con pesadez gritó:
— ¡Esto es un atraco! Todos al suelo y no saldrán lastimados.
—Un ladrón —gimió la señora Hudson obedeciéndole a pesar de su cadera. Sherlock fulminó al hombre con la mirada, casi iracundo, pero sin demostrarlo.
—Está bien, todos debemos calmarnos —John bajó de Sherlock con lentitud, observando al hombre para ver si llevaba oculto algún tipo de arma—. Él no puede bajar del sofá —explicó, señalando a Sherlock, tratando de no angustiarse al notar el bulto que hacía la culata de un arma en la chaqueta del ladrón.
—Al suelo, todos —volvió a ordenar el hombre. John, arrodillado en el suelo, no pudo más que lanzar una mirada aterrada a Sherlock. No soportaba verlo en peligro, tan a merced de un arma.
—Por supuesto que no es un ladrón —chasqueó Sherlock con hastío sin moverse del sofá: aún se encontraba algo ido por efecto de la intoxicación.
— ¿Esto le convence, señor Holmes? —el hombre sacó una pistola de fabricación casera de su raída chaqueta.
—Sherlock, baja del sofá. Hazlo con cuidado, venga —suspiró John. Aquello cambiaba las tornas, una pistola casera era impredecible y mucho más peligrosa que una normal.
"Sherlock, por favor, no seas un idiota".
— ¿Pero es que estáis ciegos? ¡Es un ladrón demasiado perfecto! —protestó Sherlock entre toses.
El supuesto ladrón alzó una ceja, apuntándole con el arma. Sus manos temblaban, inseguras. John no paraba de alternar miradas aterradas entre el cañón del arma, un tubo de metal de cañería, y Sherlock. ¿Es que no iban a dejarles en paz?
—Gracias por el cumplido. Ahora, haga el favor de bajar del sofá y arrodillarse en el suelo.
—No.
—Cristo —gimió John por lo bajo—. Sherlock, baja del maldito sofá en este instante —ordenó con tono militar.
—John, no es un ladrón —empezó Sherlock fastidiado—. Es demasiado sobreactuado todo. Le falta la chica al lado para hacerse la foto.
—No va a ganar un Óscar, por Dios, Sherlock, hazle caso —la desesperación empezaba a hacer mella en John.
— ¿Un Óscar? —repitió Sherlock sin entender.
Sherlock se vio jalado del sofá por la mano del ladrón, que la apretó como una garra alrededor de su brazo. Con violencia lo arrojó al suelo, lleno de cenizas, y le apuntó con el arma. John ahogó un grito, no podía dejar de mirar, por más que la desesperación le exigiera dejar de hacerlo.
—Tras esto te despedirán, no lo dudes —tosió Sherlock con la mano sobre la herida de su abdomen—. Has sobreactuado demasiado.
No pudiendo ignorar más las acusaciones de Sherlock, John lanzó una mirada al ladrón, detallándole. Quizás Sherlock estaba en lo correcto y era un ladrón demasiado perfecto.
—La reducción de presupuesto ha afectado a Mycroft —espetó Sherlock poniéndose en pie con dificultad—. Mira que contratar a un espía novato para vigilarme...
—Al suelo. ¡Ahora!
¿Espía de Mycroft? Ahora las cosas tenían sentido. Confiando ciegamente en Sherlock, como siempre hacía, John se arrojó sobre el desafortunado joven, tirándole al suelo para desarmarlo, y de paso, reducirlo para evitar cualquier futuro ataque.
—Mis disculpas —dijo una sarcástica voz en la entrada del piso—. No sabía que alguien podía llegar a ser tan inútil en su trabajo —detrás de Mycroft, Anthea tecleaba furiosamente en su móvil—. Charles, sal del piso —ordenó al desmadejado hombre que descansaba sobre la alfombra tratando de recuperar el aliento—. Hablaremos sobre tu despido en unas horas —algo en el tono de Mycroft le hizo intuir a John y a la señora Hudson, que ya se ponía en pie con una mano en la cadera, que al desafortunado espía no sólo le caería un despido.
—Sí, señor —gimoteó el hombre tras ponerse en pie.
—Mycroft, al parecer tu vieja amiga no ha querido darte más dinero para espiarme —sonrió Sherlock con sorna—. Esa ropa vieja y raída es una burla al disfraz y, ¿esa arma falsa? ¿En serio, Mycroft?
—No tengo nada que decir —se defendió el hombre del gobierno—. Enviaré a alguien para que limpie —agregó, al ver el desastre que había en la sala.
—Qué vergüenza, espiar a su hermano pequeño —le regañó la señora Hudson con severidad maternal.
Mycroft carraspeó, incómodo, golpeó el suelo con su paraguas y detalló a Sherlock con la mirada, notando la evidente erección de su hermano.
—Doctor, no creo que eso ayude a la recuperación de Sherlock —opinó, dándose la vuelta para salir.
— ¿Eso? ¡Ah! Sí, eso tiene una buena explicación —dijo John también incómodo.
—Te recuerdo que eres MI médico y debes guardar el secreto —gruñó Sherlock mientras John le ayudaba a levantarse. Al darse cuenta de que sólo llevaba una sábana y lo que ésta ocultaba, deslizó al doctor con disimulo hasta quedar tras sus manos, que rozaron el sexo cubierto del detective sin que estuviera en sus planes, reteniendo las sensaciones que embriagaban el ambiente. Entonces Sherlock tomó su violín del sillón donde éste descansaba con la misión de liberar su salón de invitados molestos.
Mycroft se encogió de hombros y se dispuso a salir. Al bajar las escaleras se dio la vuelta y agregó:
—Doctor, he prohibido la venta de cigarrillos en un radio de diez kilómetros, gracias por informarme sobre los resultados de los exámenes de mi hermano —tras esas últimas palabras, el hombre del gobierno abandonó el piso.
—Iré a dormir, han sido unos días muy estresantes —sonrió la señora Hudson con nerviosismo. Sherlock se veía bastante violento—. Que pasen buena noche, chicos.
Y así, Sherlock y John se quedaron solos en la sala.
Sherlock empezó a caminar por todo el lugar, ansioso, con la mirada de John fija sobre él. La tensión reinante podía cortarse con un cuchillo.
—Se los hiciste llegar —gruñó de nuevo el detective, dejando su violín sobre el sillón de donde lo había tomado.
—Dije que lo haría —aceptó John tomando su fría taza de té de la mesa—. Recuéstate y deja de pasear —ordenó con firmeza mientras se encaminaba a la cocina.
—No —respondió con rudeza el menor.
—Sherlock, necesitas guardar reposo, tanto movimiento te hará mal —explicó John condescendiente—. Hace un rato estabas casi inconsciente y te estás recuperando de una bronquitis y una intoxicación, no fuerces tu cuerpo.
—Mejor —pronunció Sherlock con ira, acercándose a John hasta dejar sus rostros a un palmo de distancia—. Mejor deja tú de forzarme —rugió. Luego, caminó sobre las cenizas y el yeso hasta llegar a su habitación, donde se encerró dando un portazo.
