CUIDADO CON LO QUE ESCUCHAS… EN BAKER STREET

Fic escrito en colaboración con arcee93.

Capítulo XX Si tan sólo fuera tan fácil

A John le dieron ganas de pisar esa sábana del demonio como ya había hecho Mycroft una vez, pero no lo hizo. Aun así, no lo dejaría estar, no esta vez. Recorrió la estela de Sherlock y abrió la puerta. Bueno, intentó abrirla, porque ésta sólo cedió unos centímetros.

—¡Sherlock, déjame entrar! —gritaba John. Sherlock no contestó.

Algo estaba atrancando la puerta. "Seguro que Sherlock ha puesto algo detrás, un mueble..., el armario", pensó John preocupándose. En el estado en el que estaba, cualquier movimiento brusco podría causar una lesión grave el detective.

—¡Sherlock, abre la maldita puerta o te juro que...!

—Está abierta —se escuchó desde dentro con desaliento. John la empujó de nuevo y ésta cedió, haciéndole parecer estúpido a ojos propios.

—A veces se atasca. Sólo tienes que intentarlo un poco más —exclamó Sherlock sentado en la cama.

Aún vestía esa sábana que tanto se pegaba a su figura. Y encendió la luz, y ya no era sólo a su figura a lo que se pegaba.

John tosió entrando en la sala, buscando un punto al que mirar que no le recordara lo perdido que se sentía. No pudo dar con mejor correspondencia: un espejo. Y aceptando la indirecta, volvió la vista hacia Sherlock.

—Sherlock...

—No voy a discutir.

—Pero quizá yo sí quiera hacerlo —sentenció el doctor cerrando los puños. Sherlock abrió los ojos, sorprendido, y los entornó en espera de sus palabras. —Quiero que sepas que lo hice por tu bien.

—Mi bien, la excusa de todos.

—Y no me arrepiento.

—No esperaba que lo hicieras —rodó los ojos el moreno. John aguantó las ganas de irse tras un portazo. Sherlock podía ser muy testarudo.

—Con respecto a lo de que te estoy forzando...

—John, me duele la cabeza —espetó Sherlock llevándose una mano a la frente— ¿puede mi médico dejar el maldito tema y darme algo?

John llevó su mano a la frente de Sherlock para ver si tenía fiebre, tocando sus dedos sin intención de evitarlo.

—Tienes fiebre —dijo bajando la mano por la mejilla— incluso estás sonrojado.

—Eso no es de la fiebre —contestó esquivando la mano. —¿Me darás algo o no?

John sólo pudo darle miradas hasta que su cuerpo decidió reaccionar e ir a por su maletín.

De camino a por el instrumental intentó sin éxito sacar de su cabeza pensamientos cada vez más recurrentes. Sherlock... ¿Cuál era el verdadero significado de ese nombre? ¿Lo sabría realmente el propio Sherlock?

Cuando volvió a la habitación, el detective estaba ya tumbado sobre la cama y no parecía tener buen aspecto.

John le puso el termómetro y volvió a pasarle la mano por la frente mientras esperaba el resultado: seguía teniendo fiebre, lo decía el termómetro y lo decía él.

—Sherlock, mírame —le dijo dándole pequeños golpes en las mejillas. Sherlock estaba dormitando y eso en él no era buen presagio. —Te he traído un jarabe, para que te lo tomes más fácil —ese detalle hizo sonreír a Sherlock mientras John llenaba la cuchara.

Sin embargo, su gesto cambió cuando se incorporó y John se la introdujo en la boca y tragó.

—Agh, demasiado dulce.

—Preguntaré al farmacéutico por un jarabe amargo para ti, pero ahora duerme.

—La medicación merma las funciones cognitivas —protestó Sherlock en un bostezo.

—No creo que te influya mucho mientras duermes. Duerme —ordenó el doctor bajándole los hombros.

"Por fin", pensó John al verle tumbado y, en esencia, ya dormido.

—Normal que estés con fiebre, si te paseas con una sábana como si nada —suspiró mirando al detective de arriba abajo.

Así fue como se dio cuenta de la mancha de sangre. Y no era como la mancha del hospital que venía de su garganta, no, era justamente donde tenía la herida del abdomen.

John apartó la sábana para ver mejor: en efecto, la herida sangraba a través del apósito.

El doctor creyó que lo mejor de esa situación era que Sherlock estaba dormido y no podría protestar mientras le revisara, aunque su temor no era pequeño; los puntos no son algo para tomarse a broma.

Con cuidado, quitó el apósito que cubría la herida y la dejó a la vista. Tomó una lupa y observó.

Al parecer, sólo habían sido dos puntos externos los que se habían soltado o, al menos, eso parecía. Nada de qué preocuparse si el resto seguía en su sitio, por lo que le puso un apósito nuevo y se quedó con la sábana en la mano.

No podía dejarle con la sábana manchada, ni con la sábana limpia, pasaría frío y era lo que menos necesitaba ahora mismo. Así que miró en el armario. Estaba lleno de ropa: alguna que John no había visto nunca puesta en Sherlock, otra que parecía más bien un disfraz...

En la baldas de arriba encontró las mantas e, intentando coger una sin que se le cayeran las demás, fue a dar con una caja fuerte.

John se quedó perplejo. ¿Una caja fuerte? ¿Qué era tan importante para guardar ahí?

Lo que fuera, seguro que podía esperar a arropar a Sherlock. Ese pensamiento sonrojó entonces a doctor, tan proclive al acto. Fue hacia el moreno y dejó la manta sobre la cama.

A continuación, desprendió al moreno de su sábana, dejándole desnudo ante sus ojos. Era bello, no podía negarlo y no lo hacía, al menos en su cabeza. Bueno, tal vez a veces, tan sólo como autodefensa a..., algo. Quizás ese pensamiento le era recurrente en sueños y no se había dado cuenta de su importancia. Quizás y sólo quizás...

Aún con el diálogo interno activo, tiró la sábana al suelo y la apartó para no tropezar, tomando la manta y cubriendo a Sherlock hasta el cuello.

—Buenas noches, Sherlock —susurró en su oído besándole la frente ardiente.

En ese momento, a muchos kilómetros de allí, Mycroft esperaba en la parte trasera de su coche a alguien importante. Tan sólo acompañado por el conductor, el humo de su cigarrillo escapaba por la ventana abierta que dejaba entrar el frío de la época.

—Es la hora, señor —le indicó el chófer.

—Esperemos que así sea —contestó Mycroft dando una larga calada al sustituto de su paciencia. Maldecía el momento en el que su hermano le hizo ver lo que no quería.