CUIDADO CON LO QUE ESCUCHAS... EN BAKER STREET
Fic escrito en colaboración con arcee93.
Capítulo XXI Era tan inesperado
Sentado en la cama, esperando que le bajara la fiebre a Sherlock, puesto que llevaba ya media farmacia ingerida y pidiendo al cielo no tener que inyectarle, se encontraba John. En sus manos, la caja fuerte que había encontrado de casualidad y que le hacía sentir como un ladrón de secretos. Todo eso contando con que no la había abierto.
Quiso hacerlo, pero se vio discutiendo con Sherlock por ello y no quiso traicionar su confianza. Ya le persuadiría después o se lo canjearía por horas de sueño.
Así que John se quitó la ropa y se tumbó desnudo bajo la manta. En el ejército había aprendido que cuanta menos ropa hubiera entre el saco de dormir y la persona, menos frío se pasaba. La situación era parecida o, al menos, eso pensaba John, que se abrazó a Sherlock como si de un oso de peluche se hubiese tratado.
Estaba más cansado de fingir lo que no era que de todas las horas que llevaba intentando curar a Sherlock. Nunca antes le había prestado atención intencionada durante tanto tiempo y eso le hacía sentir bien, aunque al principio pensara que acabaría odiando a su compañero de piso.
Entre tanto, Sherlock se giró para el lado contrario, dejando a John un trasero muy accesible. El doctor se puso nervioso y se apartó un poco, hallándose torpe cuando con el sexo opuesto se veía tan acostumbrado. Recapacitó entonces e hizo memoria: no podía ser tan diferente. Sherlock no va a saltar del susto o algo así, especuló en su cabeza.
Se armó de valor y le echó una pierna por encima de las suyas. Estaba ardiendo por la fiebre, pero era tan suave que John se esforzó en recordar si había visto sus piernas antes. Sherlock no parecía una persona que pasara el tiempo depilándose o yendo al centro de estética en sus ratos libres. Tampoco es que fuera con la moda.
Dejó a un lado esas ideas y deslizó el brazo por su pecho. Éste se sentía aún más caliente y John volvió a entrar en modo preocupación. Entonces Sherlock se alejó de su abrazo, acercándose al borde de la cama y dejando parte de su cuerpo en suspensión. John sintió la necesidad de devolverlo a su lugar inicial, por lo que tuvo que colocarse encima para poder alcanzarle las extremidades más lejanas.
—Ya que estás ahí podrías cabalgarme.
Las palabras se fueron igual que llegaron. John incluso se cuestionó si estaba despierto.
—Es lo justo, dado que tú me clavaste el pene la otra vez —continuó la voz.
Estaba claro que Sherlock no dormía como John imaginaba que hacía. Se encontraba sobre sus piernas, con carne dura, erecta y goteante que, intuyó, sería su pene o una tubería en mal estado. Si algo podía empeorar la situación era encender la luz.
—Quiero verte la cara.
¡No! —la mano de John tardó demasiado y todo quedó a la vista, con la manta entrelazada por las piernas y los torsos.
—No veo tu pene dentro de mí. Me voy a enfriar.
—Deberías estar guardando reposo, poca vergüenza.
—Pero yo te quiero... Dentro, ya sabes.
—No —rio John al ver a Sherlock tan serio—. Has dicho que me quieres y ahora lo mantienes.
Sherlock se llevó las manos a la barbilla, pensativo, manteniendo la tensión en John y frente a él.
—¿Entonces hay sexo?
—¿Tú no estás enfermo?
—Puedes ser cuidadoso... Como cuando me pusiste la inyección.
—De la que te quejaste —rodó los ojos.
—Detalles —apartó la idea con una mano—. ¿Hay sexo o no?
John bajó hasta la entrepierna y lamió el miembro rosáceo que le esperaba ansioso. Deseaba tanto hacerlo que los suspiros de Sherlock le parecieron miel y nata. Pasó entonces a introducir un dedo con cuidado en la entrada de éste cuando se dio cuenta de que no iba a ser el primero. En un primer momento fue extraño. Sin embargo, John no le dio más importancia y siguió más directo. Sherlock ni se inmutó en la gloria como estaba.
No tardó el exmilitar en entrar en el detective. De la boca de Sherlock se escapaban deseos y sentimientos y John disfrutaba con cada uno de ellos. No lo estaba cabalgando exactamente, pero no oía ni una queja de Sherlock al respecto.
Por otro lado, Mycroft estaba llegando a su destino. Desde la ventana, pudo ver al bajarse al DI Inspector en calzoncillos, con una camiseta gris, una cerveza en la mano y una película en la televisión, tumbado en un sofá que necesitaba un nuevo tapizado. Tomó aliento y llamó a la puerta, ocultando el nerviosismo con un juego de muñeca y paraguas.
Greg escuchó la puerta y rápidamente se puso un pantalón y una sudadera encima. Tropezó con las zapatillas de casa antes de ponérselas y abrió la puerta sin mirar por la mirilla. Si lo hubiese hecho, quizá no habría abierto.
Mycroft le empujó hasta quedar dentro de la casa y cerrar la puerta con el paraguas. Era algo tan impropio de él que no fue el único en sorprenderse. El coche que le había llevado tenía órdenes de marcharse si conseguía entrar, y así lo hizo. Lestrade, por su parte, no daba crédito a que Mycroft Holmes estuviera en su casa e intentara ¿besarle?
—Mycroft, ¿estás borracho?
—Lestrade, ¿eres idiota?
—Oh, mira, ya salió la vena Holmes. Cuánto la extrañaba.
Mycroft obvió la ofensa y siguió acorralando a Greg, que cada vez se alejaba más, con claras intenciones de saltar por la ventana.
—¿Es que vas a huir de mí toda la casa?
—No sé, ¿vas a violarme? ¿Matarme? ¿Cortarme en cachitos?
Mycroft rio por no llorar. Cómo podía dar tan mala impresión y gastarse tanto dinero en trajes.
—Va a ser verdad lo que dice mi hermano.
—¿Y qué dice tu hermano?
—Que eres tonto.
El rosto de Greg se tornó oscuro. Incluso Mycroft echó un paso atrás, temeroso de cualquier acto que se hubiera escapado a sus informes.
Greg Lestrade se veía claramente enfadado, con los puños cerrados y los nudillos blanquecinos. Sus pies parecían hormigón y caían sin ninguna contemplación. Cada vez más cerca de Mycroft, llevándole sigilosamente hacia la pared, alejándole de su escapatoria. Le tomó la muñeca que sujetaba el paraguas e hizo que lo soltara sin apretar demasiado; no quería lastimarlo.
Acto seguido, le tomó de la otra muñeca y, con ambas sujetas, preso de la ocasión, no parpadeó hasta ver sus labios junto a los suyos en un acto que había soñado tantas veces que parecía un déjà vu. Mycroft no hizo nada, sólo se dejó hacer.
Tomaron el camino que habían iniciado sus familiares hacía un rato. Por ese entonces, mientras Lestrade se posicionaba en la mullida alfombra, John se vaciaba dentro de Sherlock de la forma más directa que podría hacerse, dejando sus preocupaciones irse con la fuerza empleada al tiempo que Sherlock hacía lo propio y perdía las fuerzas.
John, asustado por su estado, pues había tenido fiebre y posiblemente seguía teniéndola, le tomó el pulso y la temperatura. Parecía estar igual que al principio. Si no mejoraba, lo llevaría de nuevo al hospital, con o sin quejas, y así eternamente.
—Ya bajará, déjame tranquilo.
—No hasta que no mejores.
—Vete a abrir la caja, lo estás deseando.
John no supo qué responder. Sherlock se la había jugado otra vez. Ya no podía confiar en que estuviera dormido cuando lo pareciera.
Volvió entonces a pensar en la caja que había dejado en alguna parte y que encontró levantando la manta. En una primera instancia le pareció que tenía llave pero, viéndola más de cerca, se dio cuenta de que tenía una clave. Miró a Sherlock de soslayo.
—Es la de siempre. Pásala a número.
John abrió la caja sin problema, algo que le subió la autoestima. Dentro de la caja, un paquete de cigarrillos sin abrir lucía solitario.
—No he tomado ni uno desde que los encontré. Y hace 4 meses, 12 días, 9 horas, 34 minutos y 17 segundos. Bueno, ya 18 —dijo muy serio.
A John se le iluminó la cara. Aún pringado por el semen de Sherlock, dejó la caja en el suelo y le abrazó sin acordarse de la herida, lo que hizo que éste emitiera un amago de grito. Al menos estaba más fresco y la tranquilidad, junto con un poco de espacio, comenzó a inundarle. Aunque fuera un rato.
Mientras tanto, Greg y Mycroft estaban en un mundo paralelo, lejos del teléfono del DI que no paraba de sonar. Pareciera que los demás detectives no estuvieran disponibles o que a los únicos que tenían en cuenta era a los dos más ocupados en ese momento.
Lestrade intentó descolgar, pero Mycroft no tenía intención de dejarle. Devolvió su mano donde creía que estaría mejor, a su entrepierna, y le devoró con tales besos que las llamadas pasaron a la zona del cerebro de Qué me importa.
Sabían que John cuidaría de Sherlock y que él se dejaría cuidar por John. También sabían que Londres no caería por pasar un rato juntos sobre la alfombra, desconectados del mundo y sus preocupaciones. Sólo se les escapó un detalle en el 221B.
—¡Oh, por el amor de Dios! ¡Voy a hacer té!
La señora Hudson salió de la habitación igual que entró, aunque algo escandalizada. La escena no era precisamente lo que la había sobresaltado, sino la postura tan inverosímil que tenían sus inquilinos. Porque, como John comprobó al pasarle la mano por la frente a Sherlock hacía unos minutos, el detective estaba mejorando.
La señora Hudson ya tenía de qué hablar en el té de la tarde con la señora Turner, su vecina, según ella.
FIN
Gracias por leer y llegar hasta aquí.
Y una disculpa por la larga espera.
