Hola hermosas/os! perdón por la tardanza, pero entre las clases, los exámenes, y luego las vacaciones, las visitas familiares y todo el asunto... bueno, no hace falta explicar que me demoré siglos en volver!
Espero no tardar tanto en escribir el próximo capítulo y poder actualizar con mas regularidad... ya veremos... Pero si quieren que me apure, denme ánimos con sus reviews :D sino actualizaré de nuevo el año que viene :-( les conviene tener a la autora feliz si quieren una linda, larga y buena historia! xD jaja
Sin mas preámbulos les dejo leer...
Capítulo 2
Volvía tarde a casa, había tenido que soportar tres horas en la oficina postal hasta que finalmente le entregaron el paquete que su madre le había enviado. Estaba exhausta, y lo único que quería era darse un largo y relajante baño con agua caliente y meterse en cama de una buena vez.
Para su mala suerte el elevador se había echado a perder esa mañana y tenía que subir hasta el tercer piso, donde se encontraba su departamento, con esos lindos pero asesinos zapatos de tacón alto que usaba en la oficina.
—Buenas noches —la saludó un joven que se topó con ella en el descanso del segundo piso.
—Buenas noches —respondió haciéndose a un lado para dejarlo pasar, esas escaleras eran algo estrechas para que pasaran él y ella con su enorme paquete.
—¿Quieres que te ayude con eso?
—No, estoy bien —agradeció, sinceramente no se había fijado bien en él hasta ese momento, cuando levantó la mirada para observar su rostro se sorprendió de lo que vio— ¿Inuyasha?
No lo podía creer. En realidad no era él, ¿cierto? Tal vez era alguien que se le parecía, pero nunca había visto a una persona con ojos dorados como los de él.
—Te dije que mi nombre era secreto —se rió llevando un dedo a sus labios en un gesto para que guardara silencio— ¿Qué haces aquí? ¿Acaso me estas acosando o algo así?
Ella no sabía que decir, ¿en serio era él?
¿Qué diablos era todo ese cabello platinado que tenía? ¿Por qué no lo había visto la noche en que se conocieron?
—Por supuesto que no —respondió a la defensiva—, vivo aquí. Más bien, ¿qué haces tú en mi edificio?
—No sabía que te lo habías comprado. Felicidades —bufó rodando los ojos—. Pues es obvio que vivo aquí, en el tercer piso de hecho.
—No puede ser… —susurró anonadada, llevaba viviendo allí apenas dos semanas pero nunca lo había visto, ¿cómo podía ser eso posible? — ¿Somos vecinos?
—No tengo tiempo de charlar ahora —la cortó mirando su reloj—, estoy llegando tarde. Nos vemos.
Y sin más bajó las escaleras, dejándola allí con un montón de dudas asaltando su mente. Él tenía que estar mintiendo, solo había dos departamentos por piso y no podía ser posible que jamás lo hubiese visto allí. ¡Sus puertas estaban enfrentadas, santo dios!
Despertó con el sol que pegaba directamente en su rostro.
—Creo que va siendo hora de que compre cortinas —se dijo a sí misma refregándose los ojos.
Estaba cansada, la noche anterior apenas si había logrado dormir. Ya ni siquiera estaba segura si el asunto de que tenía a un stripper como vecino era real o solo un mal sueño. Esa mañana se sentía particularmente intranquila y prácticamente vació el armario de su habitación en busca de ropa.
Finalmente optó por una blusa rosa y una falda en tubo negra con unos tacones del mismo color. Se preocupó en arreglar cuidadosamente su largo cabello azabache y en maquillarse ligeramente para ocultar sus ojeras y darle un poco más de vida a su rostro cansado.
Corrió en busca de su bolso y su abrigo cuando se percató de que llegaría tarde a su trabajo de medio tiempo si no se apresuraba.
—¿Dónde están las malditas llaves? —se quejó rebuscando en su bolso.
—Las tienen en las manos.
Prácticamente se arrinconó contra la puerta cuando escuchó su voz.
—¡Me asustaste! —se excusó cuando él la miró como si estuviera loca.
Le dio un rápido vistazo, vestía ropa deportiva y estaba bañado en una fina capa de sudor.
¿Volvería del gimnasio?
—¿Te vas al trabajo? —le preguntó como si nada mientras se apoyaba en el marco de la puerta de su departamento y bebía agua de una botella.
—Si —susurró tragando saliva, debía admitir que él era muy sexy.
—Oh, ¿dónde trabajas?
—Soy recepcionista en una oficina gubernamental.
—Suena aburrido.
—Lo es —admitió avergonzada—. A diferencia de ti, el trabajo del resto de los mortales es bastante aburrido a veces —comentó desviando la mirada.
Él sólo sonrió de lado y no dijo nada. Un silencio incomodo se formó entre ellos y Kagome escarbó su bolso en busca de su celular.
—¡Oh diablos! ¡Llegaré tarde! —chilló— Lo siento, me tengo que ir. Nos vemos.
Caminó lo más rápido que sus tacones le permitieron hasta las escaleras.
—El elevador está funcionando, lo repararon anoche —le indicó.
—Gracias —agradeció volviendo sobre sus pasos para ir hasta el ascensor.
—¿Quieres que te lleve en mi auto? —ofreció viendo como apretaba el botón del elevador con desesperación, como si así fuese a lograr que subiera más rápido.
Ella lo miró sin saber que decir, seguro se odiaría por eso luego, pero estaba casi segura de haber perdido el metro en el que iba al trabajo, y llegaría increíblemente tarde si esperaba al siguiente.
—¿Me harías ese favor? —preguntó atónita.
—Déjame buscar mis llaves —le indicó corriendo hacia el interior de su departamento.
Kagome espió el interior, era un lugar amplio y se sorprendió de lo ordenado que estaba, las paredes de la sala estaban pintadas de un verde claro que le aportaba más luminosidad al lugar, y tenía un amplio sofá en forma de L en color blanco justo en el medio, parecía cómodo.
—¿Quién te dio permiso de espiar? —se burló poniéndose una camiseta limpia sobre la piel.
¿Acaso ese chico disfrutaba realmente de andar medio desnudo delante de las mujeres?
—Yo… Lo siento —exclamó avergonzada girándose hacia la puerta del elevador que se abría.
Inuyasha se rió divertido entrando después de ella.
—Hey, no es la gran cosa, no hay razón para avergonzarse —dijo sacudiendo la mano como si no importara.
Ella estaba demasiado avergonzada como para decir algo, la habían atrapado espiando descaradamente en una casa ajena, y eso era imperdonable para sus buenas costumbres. Quizás su amada madre había sido demasiado rigurosa en educarla para que fuera toda una dama hecha y derecha. Suspiró derrotada.
—¿Pasa algo? —le preguntó Inuyasha apoyándose en la pared espejada mientras lentamente descendían hasta el lobby del edificio.
—No, nada. Solo pensaba en cosas personales —se excusó.
—Ya veo…
Las puertas se abrieron y salieron del reducido espacio, Inuyasha no la miraba y caminaba con las manos en los bolsillos. Seguro estaba molesto con ella.
—Mi coche está aparcado aquí a la vuelta, ¿quieres esperarme aquí?
—Iré contigo —dijo.
Ambos caminaron por la concurrida avenida hasta entrar a la cochera donde Inuyasha guardaba su automóvil, era un coche algo viejo y destartalado pintado de un rojo furioso con tapizado de cuero negro.
—Adelante —la invitó a subirse abriéndole la puerta del lado del acompañante.
Ella se subió y él cerró la puerta tras de ella para luego correr hacia el lado del conductor y subirse de un salto.
—¿Hacia dónde vamos?
—A la tercera avenida frente al parque Ueno.
Él puso en marcha el motor y se enfiló hacia donde ella le había indicado.
—Jamás habría adivinado que trabajaras en las oficinas gubernamentales —dijo de repente— ¿Qué es precisamente lo que haces ahí?
—Es sólo un trabajo de medio tiempo, soy recepcionista así que recibo cartas y paquetes y ayudo a la gente a llegar a donde tiene que llegar —soltó en un suspiro de cansancio.
—¿Es hasta que consigas un mejor empleo?
—Algo así… Es para ayudar a costear mi universidad, en realidad.
—¿En serio? ¡Es increíble! —exclamó mirándola fijamente.
Kagome se puso nerviosa y desvió la mirada hacia el exterior de su ventanilla sabiendo que estaba sonrojada. Un silencio los envolvió a ambos, sólo roto por el parloteo y las risas del programa radial que escuchaban sin prestar atención en realidad.
—Se ve que no eres de hablar mucho —comentó de pronto—. Dime, ¿qué estudias?
—Licenciatura en Física —respondió encogiéndose de hombros.
Él rápidamente se giró a mirarla con los ojos como platos.
—¡Vaya! —exclamó en un suspiro— Tenemos a una niña nerd aquí —dijo mientras una gran sonrisa se extendía poco a poco por su boca.
—No te burles de mí, por favor —chilló avergonzada sin atreverse a apenas mirarlo.
Él soltó una carcajada divertida, su forma de reírse era preciosa, y Kagome supo, de alguna forma que no lograba comprender, que ese extraño chico no acostumbraba a reír muy seguido.
—Lo siento, no pretendía eso… es que eres como una caja llena de sorpresas, ¿cierto?
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó confundida.
—¡Llegamos! —informó estacionando frente al enorme e imponente edificio de vidrios espejados, ignorando por completo la pregunta de la chica.
—Gracias por el aventón —dijo bajando del auto—, te debo una —le sonrió.
—No es nada, solo me debes una cena —se rió encogiéndose de hombros como quien no quiere la cosa.
—¿Que? —preguntó sorprendida.
—Tu, yo, cena… —le sonrió.
Kagome no sabía cómo reaccionar, y sólo atino a mirar su reloj de muñeca, dándose cuenta de que debía correr si no quería llegar tarde a pesar de que su vecino la había llevado hasta allí.
—Me tengo que ir —se excusó alejándose con las mejillas ardiendo y el corazón latiéndole a mil, ¿por qué su cuerpo reaccionaba así? ¿Acaso su vecino estaba coqueteando con ella?
—Esta noche —le gritó mientras volvía a la vida el ronroneante motor de su automóvil.
La muchacha le agitó la mano sin girarse a mirarlo, estaba tan nerviosa que las piernas le temblaban mientras caminaba a toda prisa hacia la puerta del enorme edificio. ¡Diablos!
El día había sido increíblemente pesado. Odiaba los lunes.
Tiró su bolso de la universidad a un costado del sofá y ella se desplomó sobre el mismo. Esa clase de cuántica le había estrujado todas las neuronas y las ganas de vivir. Intentó recobrar energías durante unos minutos y con pereza se levantó y arrastró sus pasos hasta el baño.
Media hora después salió de la ducha con las energías renovadas, y se puso unos viejos pantalones deportivos que se apretaban a sus curvas y una camiseta que le iba enorme, secó un poco su cabello con la toalla y luego se lo recogió en un moño desordenado en lo alto de su cabeza. Encendió el portátil y puso música en YouTube mientras cantaba a los gritos y revisaba su Facebook, casi desmayándose con las fotos que Sango había subido 2 minutos atrás.
Casi le da algo cuando se vio sobre el escenario siendo besada por Inuyasha, y rápidamente tecleó un mensaje para su amiga:
Kagome: "Mas te vale que no me etiquetes en ninguna de esas fotos y que restrinjas la privacidad de quien puede verlas. Si mamá se entera de que fui a un club con strippers me mata!"
Sango: "Lo pensaré…"
¿Qué lo pensaría? ¿Acaso quería cabrearla? Estaba tan indignada que cerró la conversación antes de decir algo de lo que luego se arrepentiría, cerró los ojos y soltó poco a poco el aire en sus pulmones en un intento por calmarse.
Subió el volumen de la música cuando "Uptown funk" de Bruno Mars empezó a sonar. Corrió hacia el espejo de cuerpo completo de su cuarto y se reía de sí misma mientras cantaba y bailaba frente al mismo.
I'm too hot (hot damn)
Say my name you know who I am
I'm too hot (hot damn)
Am I bad 'bout that money
Break it down
Canturreó frente al espejo mientras se señalaba a sí misma y se hacía caritas al espejo.
Girls hit your hallelujah (whoo)
Girls hit your hallelujah (whoo)
Girls hit your hallelujah (whoo)
Cantó mientras estiraba los brazos por sobre su cabeza en cada whoo. Moviendo la cabeza de un lado al otro al ritmo que marcaban sus hombros y caderas. Se giró y quedó petrificada al ver a Inuyasha parado en el marco de su puerta mientras intentaba contener la risa.
—Oh, no te detengas por mí. Sigue tranquila —le sonrió agitando su mano.
—¿Hace cuánto que estás ahí parado? —alcanzó a preguntar avergonzada de sí misma.
—Toqué pero nadie atendió y como la puerta estaba abierta decidí entrar —se encogió de hombros paseando su mirada por la habitación de Kagome.
Al percatarse de ese hecho ella lo empujó hacia la cocina y cerró la puerta de su habitación detrás de ella.
—¿Qué quieres? —preguntó entre molesta e incómoda, abrazando su pecho esperando que él no notase que no llevaba sostén.
—Me prometiste una cena, ¿no recuerdas?
—¿Qué? Yo jamás… —detuvo su reproche cuando recordó lo de la mañana, luego de clases había olvidado por completo la razón por la cual se había mantenido toda la mañana tan nerviosa.
Suspiró casi frustrada mientras él la observaba en silencio.
—Lo siento, ¿podemos dejarlo para otro día? —preguntó removiéndose incomoda en su sitio—. No he preparado nada de cenar aún, y tengo la heladera vacía… olvidé pasar por el supermercado.
—No importa —murmuró—. Jamás dije que tenías que preparar la cena…
Ella lo miró confundida, y él sonrió perversamente.
—¿Vamos? —preguntó tirando de ella.
—Espera, ¿a dónde quieres llevarme? —intentó resistirse a pesar de que él era muchísimo más fuerte que ella.
—Conozco un lugar donde hacen unas pizzas increíbles.
—¡Espera! Déjame que me cambie y me arregle.
—¿Qué? —preguntó girándose a verla apenas— Así estas bien, vamos.
—Pero…
—Vamos. Tengo hambre.
Dando un soplido de cansancio la tomó de la cintura y se la echó al hombro. Ella gritó de sorpresa y enrojeciendo de la vergüenza e indignación golpeó la amplia espalda masculina exigiendo que la soltara inmediatamente.
—¡Listo! —sonrió triunfante dejándola sobre sus pies en cuanto las puertas del elevador se cerraron. Ahora ya no podría escapar.
—¡Eres un bruto incivilizado! —chilló enfadada cruzándose de brazos y mirándolo enojada— ¡Me niego a salir a cenar con alguien así!
—¿Oh, sí? —preguntó desinteresado sin siquiera mirarla.
Ella bufó y se apoyó en la pared tratando de calmarse. Debía ser una buena vecina, salir con el maldito bastardo para agradecer que la ayudara esa mañana y luego podría evitarlo por el resto de su vida. Parecía un buen plan, ¿cierto?
Las puertas se abrieron e Inuyasha posó una de sus manos en la espalda de la muchacha para guiarla hasta la calle, ella había planeado escaparse escaleras arriba pero sabía que sería totalmente inútil.
—Hola Inuyasha —saludó felizmente Jakotsu, el portero del edificio.
—¡Hey! —lo saludó con la cabeza— ¿Viste el juego anoche? —preguntó casualmente mientras atravesaban la sala hasta la puerta de entrada.
—Si. Estuvo genial.
—¿Cierto?
Kagome se mantuvo callada, notando como Jakotsu le sonreía felizmente a Inuyasha, mientras a ella le echaba miradas llenas de resentimiento.
—Oh, ¿ya se van? —preguntó una vez más, corriendo hacia ellos para abrirles la puerta.
—Sí, tenemos una cita hoy, ¿cierto Kagome?
Ella quiso negar cuando el portero clavó sus inquisidores ojos sobre ella. Esa mirada que le estaba dedicando la ponía nerviosa y hasta la asustaba un poco. ¿Qué diablos tenía ese tipo con Inuyasha?
—Lo siento, estamos apurados. Adiós —se despidió Inuyasha empujándola hasta la acera.
Kagome se giró al notar su espalda taladrada por la mirada de molestia de Jakotsu. Vaya, él sí que no se preocupaba en disimular su desagrado por ella.
—Toma —le dijo Inuyasha entregándole un casco.
—¿He? ¿Para qué quiero esto? —preguntó confundida volviendo su mirada hacía él.
—Por seguridad, obviamente —giró sus ojos.
Él se subió a una enorme motocicleta negra aparcada justo frente al edificio. Se acomodó su casco y al ver que ella seguía mirándolo sin entender se lo arrebató de las manos.
—Suéltate el cabello —pidió.
Kagome se llevó las manos a la cabeza automáticamente y terminó de deshacer su moño que había quedado ladeado y flojo tras su bailecito. Inuyasha le sonrió y puso el casco sobre su cabeza y terminó de asegurarlo prendiéndolo justo bajo su barbilla.
—¡Lista! Ahora, sube.
Ella se aferró a la chaqueta de cuero que él vestía y con lentitud se subió a esa alta motocicleta.
—¿Les tienes miedo? —preguntó Inuyasha encendiendo el motor.
Kagome tragó saliva mientras sentía a la motocicleta vibrar entre sus piernas e inconscientemente las apretó más contra el asiento de cuero y cerro sus manos en puños aferrándose a la chaqueta de Inuyasha.
—No del todo. Más que nada les tengo respeto, estas cosas son peligrosas si no andas con cuidado, ¿sabes?
—Puedes abrazarme todo lo que quieras —se rió divertido—. Prometo no enojarme si lo haces.
—Eres un tonto —resopló molesta, sin soltar su chaqueta.
El carcajeó un poco y bajó la visera de su casco. Sin dar aviso salió disparado como una flecha, y Kagome casi grita de la sorpresa y el miedo, sin dudar cruzó sus brazos en torno a la cintura del muchacho y escondió su cabeza en la fuerte espalda que tenía delante de ella, no quería mirar como ese loco avanzaba zigzagueante entre los autos. ¡Los iba a matar a los dos!
Llegaron al restaurante en lo que le pareció una eternidad. Se bajó de la motocicleta de un salto, con las piernas temblorosas y un deseo enorme de besar el suelo firme.
—¿Estás loco o qué? —le gritó quitándose el casco de un tirón, sentía que en cualquier momento las piernas le fallarían y se sentó al borde de la acera— ¿Acaso olvidaste que yo iba contigo?
—No podría haberlo olvidado —se carcajeó ligeramente—. Me abrazabas tan fuerte que pensé que me quedaría sin aire en cualquier momento.
—¡Imbécil! —espetó metiendo la cabeza entre las rodillas y tomando varias respiraciones largas y pausadas.
—¿Estas bien? —le preguntó preocupado agachándose delante de ella y obligándola a levantar el rostro hacia él.
—Por supuesto que sí, imbécil —respondió con los ojos brillosos por las lágrimas contenidas.
—Lo siento, quería jugarte una broma, pero veo que en realidad te dan miedo las motos.
—Claro que no —se negó fervientemente.
Ella no daba el brazo a torcer, ¿verdad?
—¿Puedes caminar? —preguntó ayudándola a incorporarse rodeando un brazo en su estrecha cintura.
Ella asintió y aceptando la ayuda entraron al local, donde un grupito de chicas de secundaria se quedaron mirando a Inuyasha. Kagome las observó con el ceño fruncido, parecían querer comérselos con la mirada, ¡que descaradas!
Él parecía ignorar todo el revuelo que causaba en las mujeres con su sola presencia, y los guió hasta una mesa más solitaria que estaba junto a la ventana. El lugar estaba decorado como un viejo café de los años '70, y los sillones enfrentados en los cuales se acomodaron eran realmente cómodos.
—Buenas noches, mi nombre es Azusa y seré su camarera. ¿Quieren la carta? —preguntó la camarera mirando a Inuyasha e inclinándose ligeramente para que él tuviera una mejor vista de su escote.
Kagome casi deseaba reírse del espectáculo que ofrecían aquellas mujeres con tal de obtener la atención de su vecino. ¿Qué tan ridículo era eso?
—No será necesario. Queremos la pizza especial de la casa —respondió el muchacho.
—Bien —sonrió la camarera anotando el pedido en su libreta—. ¿Algo para tomar?
Inuyasha miró a su joven acompañante y sin necesidad de palabras ella sabía qué es lo que quería.
—Yo quiero una Coca-Cola —dijo, obligando a la camarera a que le prestara su atención un segundo.
—Yo también quiero lo mismo —dijo Inuyasha, sin apartar la vista de su acompañante.
La sonrisa de Azusa quedó congelada en sus labios y sin más palabras se retiró, no sin antes dirigirle una desagradable mirada a Kagome.
—Vaya… veo que hoy todo el mundo está decidido a darme miradas desagrabales por tu culpa —comentó ya más relajada y hasta divertida.
—¿Qué quieres decir? —preguntó curioso inclinándose hacia ella por sobre la mesa.
—A que… —ella lo imitó y se acercó a cuchichear con él— aquella chica acaba de matarme cinco veces en su mente por acaparar tu atención cuando ella la deseaba más.
—Oh… —sonrió de medio lado— ¿Estas admitiendo que también deseabas mi atención?
—¡Por supuesto que no! —chilló echándose hacia atrás.
Él se rió divertido.
En ese momento un grupo de muchachos que parecían del equipo de fútbol de la universidad –por las chaquetas que vestían– entró al local y se acomodaron en una mesa cercana a la de ellos. Kagome notó que se giraban a mirarla y eso la estaba incomodando, sus pechos desnudos no se marcaban en su holgada camiseta ¿cierto?
Se encorvó para ocultarlos y se cruzó los brazos por sobre los mismos mientras se apretaba más contra el asiento en un intento por volverse invisible a sus indiscretas miradas.
—¿Qué pasa? —le preguntó Inuyasha notando su incomodidad— ¿Te hace frío?
Inuyasha giró su cabeza hacia donde Kagome echaba miradas nerviosas y se percató de aquellos chicos que reían entre ellos. Los miró furioso unos segundos, hasta que todos ellos se giraron a mirar en otra dirección y dejaron de mirar a la joven.
—Disculpa… —susurró una linda muchachita que se había acercado hasta ellos.
El joven dirigió su mirada hasta ella.
—¿Si? —preguntó, instándola a hablar.
—Pues, quería saber si no quisieras venir a tomar algo conmigo y mis amigas —dijo inocentemente, mientras señalaba a las chicas que los observaban atentamente al otro lado del salón, las mismas que lo habían comido con la mirada nada más entrar.
—Oh, lo siento linda… Estoy en una cita ahora mismo —dijo sonriente mientras alzaba un poco de más la voz.
—Ya veo… —murmuró con desagrado— Si cambias de opinión nos quedaremos un rato más —insistió.
—Está bien, pero no será necesario.
Aquella chica se despidió con la cabeza y se marchó con los puños apretados y mirando por sobre su hombro a Kagome de arriba abajo, seguramente preguntándose porqué estaba con alguien así.
—¿Qué fue eso? —preguntó Kagome alzando una ceja— ¡No estamos en una cita!
—Cállate tonta —dijo poniéndole una mano sobre la boca—. Si creen que estamos en una cita nadie más vendrá a molestarnos, ¿entiendes?
Kagome se cruzó de brazos y lo miró con el ceño fruncido en silencio por un buen rato.
—Bien —accedió—, pero sólo porque tú pagaras la cena.
—Que fácil fue convencerte —se burló divertido.
—Quita esa sonrisita de tu cara o te la arranco yo misma y luego me voy de aquí.
—Está bien, no te enojes.
—Aquí tienen su pedido —exclamó la mesera de antes mientras acomodaba la pizza sobre la mesa—, ¿deseas algo más? —preguntó sonriente sin despegar sus ojos de Inuyasha.
—Estamos bien, gracias —la despidió sin mayor interés, ni en ella ni en su cada vez más sugerente escote.
La camarera le dio otra mirada molesta a Kagome y ésta tuvo que contener su risa. ¡Dios! ¿Qué le pasaba a todo mundo hoy? Empezaba a preguntarse si no era ella la que imaginaba cosas.
—¡Oh disculpa! —chilló cuando le tiró la bebida encima a Kagome— Pero que torpe soy, enseguida te traigo otra —sonrió triunfante alejándose sin más.
Kagome estiró su camiseta lejos de su cuerpo y horrorizada intentó secarlo con servilletas de papel. Si, definitivamente no se estaba imaginando nada, aquella camarera tenía algo contra ella. Casi sintió deseos de llorar y despotricar contra Inuyasha toda su vergüenza y frustración, ya de por si andar sin sostén por la calle se le hacía difícil, encima tener la camiseta mojada, pegajosa y transparente era demasiado.
—Comamos rápido y vámonos de aquí —gruñó molesta, aun sosteniendo la camiseta mojada lejos de ella, al menos agradecía que fuera lo suficientemente grande para poder apartarla.
—Espera —le dijo Inuyasha, y ella detuvo su mano a medio camino de la pizza—. Párate.
Sin saber qué diablos quería obedeció en silencio y él se quitó su chaqueta de cuero y parándose detrás de ella la instó a meter los brazos en la manga y luego con cuidado le sacó el cabello atrapado entre la misma y su espalda.
—Gírate —le susurró al oído, provocándole un estremecimiento en todo el cuerpo.
Lo obedeció, sin saber porque lo hacía. Él la miró a los ojos y sin despegar su mirada de ella poco a poco subió le subió la cremallera hasta por arriba de sus pechos.
—Lista —le sonrió de medio lado—, ahora puedes sentarte.
Ella se sentó, aun turbada por el extraño comportamiento que había tomado Inuyasha, pero lo que más la sorprendió cuando sin más él se sentó junto a ella y deslizó su brazo por el respaldo del sillón, así que tenía su brazo exactamente detrás de su cabeza.
—¿Comemos? —preguntó alargándose para coger un trozo de pizza y rápidamente se lo llevó a la boca— Mmm… exquisito —murmuró tirando la cabeza hacia atrás con verdadero gozo.
Kagome se preguntaba si debería quejarse y exigirle que se fuera a su lugar, o si quedarse callada y comer.
—Oye, pruébala —le dijo él, cogiendo otro trozo y llevándolo hasta su boca.
—Puedo comer sola —se negó, pero él empujó el trozo de pizza sobre su boca y se vio obligada a comer un pedazo—. Esta rica —coincidió en cuanto logró tragar.
—¿Cierto? —preguntó divertido devorándose el trozo que le había obligado a morder a ella.
Inuyasha se estiró a través de la mesa para atrapar su Coca-Cola y tomar un poco.
—¿Qué es esto? —preguntó Kagome curiosa, recogiendo la servilleta que servía como suerte de posavasos.
En la servilleta debajo del vaso de Inuyasha se leía "Azusa" seguida de un número telefónico escrito con un bolígrafo rosa.
—Que tierna, ¿crees que a mí también me deje su número? —preguntó sarcástica entregándole el pedazo de papel a Inuyasha.
—¿Celosa? —preguntó alzando una ceja.
—Por supuesto que no cariño —dijo mirando hacia la calle y agitando su mano para quitarle importancia—, le dejaste claro que estás conmigo así que no importa.
Su ánimo obviamente había mejorado, y al notarla juguetona Inuyasha entró rápidamente en su juego, buscó con la mirada a su camarera y alzó la servilleta en alto como señal de que la había encontrado. El rostro de Azusa se puso rojo y una gran sonrisa se dibujó en sus labios, soltando todo se acercó a la mesa de la pareja.
—Querida, aquí tienes una servilleta para secarte —dijo Inuyasha entregándosela.
—Gracias amor —sonrió alegremente restregando el pedazo de papel en un poco de Coca-Cola derramada sobre la mesa, y ésta rápidamente se empapó y empezó a desintegrarse.
—Oh, la camarera está aquí —dijo Inuyasha son fingida sorpresa.
Azusa se había quedado parada al lado de su mesa, pálida y petrificada por la humillación a la que Inuyasha la había expuesto.
—¿Trajiste la bebida para mi amorcito? —preguntó mimoso apretando a Kagome en un abrazo.
—Enseguida se la traigo —murmuró antes de girarse y alejarse con la cabeza en alto y las lágrimas escociéndole en los ojos.
—Ah, y por favor, ten cuidado de derramarla de nuevo esta vez —le recomendó Kagome alzando la voz.
—Veo que eres una niña mala —le cuchicheó Inuyasha en voz baja.
—Realmente me siento mal por ella —murmuró algo culpable—, pero se lo merecía por ser tan zorra.
—Sí, definitivamente eres alguien con quien ir con cuidado.
Se quedaron comiendo en silencio, cuando a los pocos minutos Azusa se acercó con una bebida nueva para Kagome.
—¿No crees que le haya escupido o algo así, cierto? —preguntó dudosa mirando su vaso.
—Quién sabe… —respondió encogiéndose de hombros— Pruébala y lo sabrás.
—Ni loca —dijo empujando el vaso lejos de ella con una mueca de asco—. Dame de la tuya.
—¿Qué? No quiero.
—No seas infantil, dame un poco, muero de sed.
—¡No!
—¡Dameeeee! —se quejó como una niña pequeña.
—Eso no es justo.
—¿Qué cosa? —preguntó batiendo sus pestañas.
—Tramposa —claudicó entregándole lo que quedaba de su bebida con un ligero tono rosado en su rostro.
Kagome se bebió todo de una sola vez, en realidad estaba muriendo de sed.
—Aaaah… que rico —festejo cuando se la terminó.
—¿Qué quieres hacer ahora? —preguntó mientras la miraba atentamente con su mentón descansando sobre la palma de su mano— ¿Quieres otra pizza?
Ella negó con la cabeza y se llevó una mano al estómago.
—Estoy llena, gracias.
—Comiste solo dos porciones, no puedes haberte llenado con eso —murmuró.
—No suelo cenar en la noche, así que es mucho más que suficiente para mí. ¿Tú aun tienes hambre?
—Me obligaste a comer más de media pizza, así que no.
—¡Oye! —se rió golpeándole un hombro juguetona— Yo no te obligué a comerte el resto.
—La comida no se desperdicia —sonrió golpeándole la cabeza como a un cachorro—. Entonces vamos.
Se levantó y le tendió una mano para ayudarla a levantarse. Caminaron hacia el exterior, y notaron que las niñas de secundaria aún revoloteaban por el lugar, sin pedir permiso Inuyasha encadenó uno de sus brazos en la cintura de la joven y la guió nuevamente hacia la moto.
—Oye… —se quejó— ¡Suéltame o te corto la mano mientras duermes! —amenazó divertida.
—Lo siento, pero no quiero que me denuncien por acoso infantil… aunque en realidad sería al revés —se burló mirando de reojo al grupito de estudiantes.
—Si, como no —preguntó poniendo los ojos en blanco—. Sabes que ni loca me vuelvo a subir en esa cosa, ¿cierto? —dijo señalando la enorme y brillante motocicleta negra estacionada frente a ellos.
—Vamos, prometo ir despacio esta vez —dijo con un tono reconfortante mientras le ponía el casco sobre la cabeza.
Ella suspiró derrotada y en contra de todos los pronósticos asintió y se montó detrás de él, abrazándolo por la cintura por sobre la fina camiseta blanca que usaba. Con su chaqueta de cuero no había advertido los duros abdominales que tenía por debajo de la ropa, aunque ya lo había visto un par de veces sin ella así que no entendía su sorpresa.
Agradecía que él no pudiera verla, y apoyó su mejilla en la espalda masculina cuando la vibración del motor de la motocicleta la sacudió ligeramente. Observó que las chiquillas de secundaria cuchicheaban entre ellas mientras los observaban sin descaro, y como Azusa desde el interior del restaurante los miraba a través de los cristales… Salir con Inuyasha era agotador, no estaba acostumbrada a todo ese odio masivo de parte de todas las féminas que lo veían a él, y luego a ella acompañándolo.
—Oye, ¿te molesta si primero paramos en un lugar? —preguntó Inuyasha, rompiendo el cómodo silencio en el que se habían sumergido.
Iban despacio, como él había prometido, así que pensó que no habría problemas mientras siguiera cumpliendo su promesa. Le dijo que sí y volvió a su cómoda posición, realmente estaba algo somnolienta luego de comer, y el ronroneo del motor, junto con el suave y tranquilo viaje la estaban relajando al punto de querer dormirse en esa misma posición.
—Lo único que no me gusta de las motos es no tener estéreo para escuchar música —comentó Inuyasha, para hacer charla.
—Humm… si —respondió vagamente.
—No te estarás durmiendo, ¿no?
—Claro que no —se negó, abriendo con pesadez los ojos.
—Vamos, no te duermas, ya falta poco para que lleguemos… y es peligroso, si te caes no volveré a recogerte —se burló.
—Tonto —chilló apretándole las costillas con las manos.
—¡Oye! ¡Eso hace cosquillas! —se quejó riendo, mientras zigzagueaba con la moto— ¡Será tu culpa si chocamos!
Ella se rió ligeramente, ya más despierta, y observó a su alrededor, se habían alejado del centro de la ciudad, y la calle por la que iban tenía poca y casi ninguna casa. ¿A dónde iban?
—Ya llegamos —avisó metiéndose con la motocicleta en el garaje abierto de un pequeño edificio de dos pisos ubicado a unos metros de la calle por la cual circulaban.
—¿Dónde estamos? —preguntó preocupada.
—Ven conmigo —le dijo tomándola de la mano y guiándola por la oscuridad.
—Inuyasha… me estoy poniendo nerviosa. Dime donde estamos —solicitó demandante.
Él no le haría nada malo, ¿cierto? Sus sentidos se pusieron alerta y estaba dispuesta a atacar y correr en cuanto hiciera falta.
—Tranquilízate y quédate cerca mío —dijo con voz tranquila atrayéndola hacia su costado y abrazándola por los hombros—. ¡Diablos! ¿Dónde dejé mi celular? —se quejó buscándolo en los bolsillos de su pantalón.
—Espera, creo que yo lo tengo —dijo tanteando la chaqueta que Inuyasha le había prestado.
—¿Por qué tienes mi celular?
—Estaba en tu chaqueta, tonto —bufó rodando los ojos aunque sabía que él no la vería—. Toma —dijo entregándoselo.
—Gracias —respondió y la pantalla iluminó tenuemente su rostro—. No estuviste revisando mis cosas, ¿cierto?
—¡Por supuesto que no! —chilló avergonzada, ¿cómo podía pensar que ella haría algo así?
De repente el flash de la cámara iluminó fuertemente sus pies y luego Inuyasha lo movió para ver a su alrededor.
—Bien, es por aquí. Sígueme.
La llevo a través de las habitaciones sin amoblar, abrió una puerta de cristal que daba a una terraza de la cual se observaba las luces de la ciudad iluminar el paisaje nocturno, justo bajo sus pies.
—¡Wow! ¡Esto es hermoso! —exclamó encantada inclinándose sobre la baranda de acero pulido que evitaba que se cayera por el borde del risco.
—¿Verdad? —sonrió— Puedes quedarte aquí un rato si quieres, necesito hacer unas cosas dentro.
—Está bien —susurró embelesada mientras se abrigaba en la chaqueta de Inuyasha.
No supo cuánto tiempo estuvo allí contemplando esa brillantez, parada en medio de la oscuridad, pero cuando todo el edificio se iluminó a su espalda sus ojos tuvieron que acostumbrarse a la repentina luminosidad que la rodeó.
—¡Listo! —exclamó Inuyasha triunfante acercándose a ella— ¿Ya quieres que nos vayamos?
Él se acomodó junto a ella, inclinándose sobre la baranda para apoyar sus codos y fijar su vista en el paisaje.
—¿Qué lugar es este precisamente? —preguntó en cambio, girándose a mirar hacia la casa, que tenía toda una pared vidriada, y de cuyos altos techos colgaban lámparas de diseño moderno que iluminaban lo que parecía y estaba segura de que era una cocina y un comedor separados por una isla flotante de granito blanco.
—Es la casa de un amigo, se fue de luna de miel y me pidió que le echara una mirada de vez en cuando, hace unos días se le quemó un fusible así que vine a cambiarlo —explicó.
—Es hermosa —susurró mirándola en detalle.
Era una casa de dos pisos, no era excesivamente grande, pero suponía que al menos cuatro personas podían vivir allí cómodamente, pero reparó en la falta de muebles.
—Sí, es linda. A su esposa definitivamente le gustará —sonrió.
—¿Son buenos amigos tuyos?
—Podría decirse… Él me ayudó mucho en el pasado, así que estoy feliz de que él sea feliz.
Inuyasha parecía ser la clase de personas que no hablaba de su pasado con frecuencia, así que animada por ese puntapié inicial se animó a preguntar más sobre él.
—¿Ah, sí? ¿Qué tipo de cosas? —tanteó.
—Es un secreto —sonrió enigmáticamente—. ¿Nos vamos? Ya es tarde.
Desanimada por que haya cortado la charla tan de repente simplemente asintió y lo siguió en silencio, mientras él corría de habitación en habitación apagando todas las luces.
De alguna extraña manera él le había llamado la atención, era una persona algo rara, tan extrovertido y tan misterioso a la vez. ¿Qué clase de secretos escondía?
