Capítulo 2: Dos Meses Después

Como de costumbre la lluvia no había terminado. Ya hacía dos meses que el mal clima predominaba en Gotham y desde entonces no había habido un solo día soleado; siempre estaba igual: nublado y con viento, ya sea con una ligera brisa o con un aguacero de mil demonios. A veces había tormentas eléctricas y en otras ocasiones las cloacas llegaban a desbordarse inundando las calles.

El crimen estaba en sus puntos más altos, de eso no hay duda. Había cientos de mafiosos por toda la ciudad haciendo de las suyas y las Familias más importantes de Ciudad Gótica habían ganado demasiado terreno y siempre estaban en conflicto, lo cual llevaba a ocasionar tiroteos ya sea en el muelle o en medio de un parque. Claro, estos solo eran pequeños lugares donde se enfrentaban, porque por lo general los atentados se llevaban a cabo en los barrios más lúgubres de Gotham donde se ocultaban estas mafias. Se lanzaban bombas o tan solo llegaban automóviles con varios hombres dentro que comenzaban a abrir fuego en dirección a las casas donde estaban las Familias ya sea la de Salvatore Maroni o la de Carmine Falcone.

Y, exactamente dos meses atrás cuando murieron Thomas y Marta Wayne, las subvenciones del Departamento de Policía desaparecieron quedando este a la suerte. Varios de los empleados habían caído en la corrupción y eran pagados por Falcone y Maroni para hacerse de la vista gorda cuando viesen que había un crimen perpetrándose. Algunos otros sin embargo, se habían aliado con estos mafiosos otros tan solo habían abandonado el lugar para dedicarse al delito.

Por otra parte, el sheriff James Gordon era duro como roca. Él no se doblegaba ante nadie y nunca cedía ante la sexy y atrayente corrupción que provocaba el dinero sucio. Él siempre estaba tras los criminales y sobre todo investigando el asesinato de los Wayne, justo como se lo había prometido al pequeño Brus de doce años de edad quien tan solo quería vengar la muerte de sus padres y se la pasaba vagando de incognito por Gotham haciendo sus propias investigaciones.

Claro está que ante dicha investigación, Gordon había descuidado un poco los demás crímenes que eran perpetrados en la ciudad y nunca tenía tiempo para nada más. Con suerte y se las arreglaba para ir tras uno que otro asesino en serie que andaba por los alrededores matando mujeres o estrangulando niños. Por fortuna con ayuda de su fiel acompañante y compañero Harvey Bullock siempre los atrapaba.

Un relámpago brilló en los nublados cielos de Gotham y en la lejanía un trueno sonoro y ensordecedor estalló. Estaba lloviendo a cantaros. Las gotas caían por encima del acanalado techo del viejo edificio martilleando y calando hasta los huesos por el frio producido por la humedad y el ligero vendaval que comenzaba a azotar. En la acera las gotitas caían y en algunas partes formaban chorros que en segundo se transformaban en charcos.

La calle estaba desierta, llena de periódicos arrastrados por los canales de agua que dirigían a las cloacas y botes de basura repletos en su totalidad con perros callejeros tirándolos para buscar algo de comer en medio de la lluvia.

En aquel viejo edificio con techo de tejas y donde estaban cayendo chorros de agua que se mezclaban con el drenaje provocando un horrible olor a fango había un sucio y descuidado bar que rezaba en un rotulo brillante en la puerta de enfrente: Abierto. Junto había otro letrero que decía: Hotel, Suba la Escalera que Está Dentro del Bar.

En medio de la tormenta y sin importarle los relámpagos y los truenos iba un hombre gordo y con aspectos muy poco agraciados vestido en su totalidad de negro. Sus zapatos lustrados se habían mojado en su totalidad al igual que su espalda ligeramente jorobada que apenas y sobresalía del paraguas que intentaba cubrirlo. Olfateó el olor a humedad y a agua sucia con su nariz aguileña. Se detuvo un momento y se quitó sus guantes blancos y mojados y posteriormente caminó hacia uno de los edificios para refugiarse de la lluvia, pues su sombrilla no le cubría del todo.

Buscó en el bolsillo de su smoking y sacó un reloj dorado que pendía de una cadena de cobre y comprobó la hora. Las 9:30 am, iba demasiado temprano para el trabajo. Y a pesar de su apariencia de rico y acaudalado, Oswald Cobblepot era un pobretón que no tenía ni un solo centavo y que se refugiaba en un edificio abandonado con goteras donde tenía todas sus pertenencias: otro smoking más, un monóculo y tres sombrillas parecidas a la que traía, sin mencionar su sombrero de copa y una pila de cartones en la que dormía.

Frunció el entrecejo y volteó para ver un automóvil que venía a toda velocidad. Pasó junto a él y por encima de un enorme charco de agua puerca. Salpicó y mojó en su totalidad a Cobblepot, este solo gruño y le gritó una grosería al conductor del coche el cual ya había desaparecido.

Caminó otro tanto y apenas y avanzó dos metros. Claro está que Oswald Cobblepot era un tipo lento y torpe al caminar, siempre le dolían los pies y usaba zapatos puntiagudos que le apretaban, sin embargo, el nunca usaba otro modelo de calzado porque sencillamente no le gustaban. No le importaba que sintiera esa sensación de quererse cortar los pies con un serrucho por el dolor, a él nunca nadie lo desprendía de sus zapatos puntiagudos.

Llevando siempre las piernas algo torcidas y la punta del calzado hacia afuera, su caminar era similar al de un Pingüino al igual que su cuerpo rechoncho, sus facciones de ave y su peculiar forma de vestir usando solo de blanco y negro.

Aun llevaba el paraguas abierto después de que el sujeto lo mojó. Llegó hasta el bar y abrió la puerta con su llave. La guardó en su bolsillo y giró la perilla para posteriormente abrir la puerta y entrar. Dentro no hacía tanto frio como afuera y se percibía un ligero olor a marihuana. Miró hacia el fondo del establecimiento y había dos hombres fumando hierba y desprendiendo montones y montones de humo.

Colgó su sombrilla en el perchero de la entrada y caminó en dirección a una puerta que estaba junto a la del camerino de las prostitutas. La abrió y entró. Este sitio era uno de los que más leyes violaba en Gotham City, siempre manteniéndose en la clandestinidad y solo se podía entrar si se conocía la contraseña o se tenía una copia de la llave del lugar, este siendo solo un privilegio de un pequeño puñado de personas: dos prostitutas que eran las de mayor confianza de la jefa, la propia jefa y Oswald Cobblepot, el protegido de la madame de Gotham.

Sí, Fish Mooney era la Madame más famosa de los barrios más oscuros de la ciudad. Desde hacía unos meses se había iniciado una investigación para atraparla, sin embargo nunca daban con ella. Mooney gozaba de una muy buena vida y siempre cargaba consigo mucho dinero, bolsos caros y exquisitos vestidos de diseñador. A sus cincuenta años de edad era una de las mujeres más influyentes del bajo mundo de Ciudad Gótica y tenía un protegido muy parecido al Jorobado de Notredame. El joven apenas y tenía veintidós años de edad y parecía de treinta y siete y con muy malos problemas de deformidad siendo un hombre terriblemente feo y torpe, pero, además de eso, gordo y despiadado con cualquiera que lo tratase mal. Claro, ese tipo de características nunca las demostraba ante su jefa Fish, pues ante ella siempre intentaba parecer indefenso e inocente al igual que El Jorobado.

Cobblepot entró y se topó con Mooney quien estaba recostada en un sillón y vestida con un abrigo de piel de leopardo. Junto a ella estaba un hombre musculoso sin camisa y con una bandeja plateada en sus manos con bebida y jugo en ella. El sujeto musculoso mantenía la mirada fija y estaba recto cual soldado inglés. La mujer sonrió al ver a Oswald quien permanecía serio.

— ¡Pingüino, que alegría verte!—dijo la mujer burlonamente e incorporándose en el mueble.

— ¡Ya te dije que no me llames "Pingüino"!—le contestó Cobblepot mostrándose furioso y arrugando la cara.

— ¡Oh, mi querido Oswald! No tienes por qué enfadarte con tu querida Fish. Sabes que me debes la vida.

—Que te deba la vida no te da derecho a que me insultes solo porque parezco un maldito Pingüino.

—Bueno, bueno, no todos en este frio y feo mundo tienen la suerte de ser guapos como yo, Oswald. Tu por otra parte fuiste besado por el Diablo cuando niño y por eso tu fealdad…Pingüino.

— ¡Detesto que me llames así! ¡Ahora por tu culpa todos me llaman de esa manera!

—Bien, te llamaré Oswald, como tú quieres. ¿Mejor?—Cobblepot asintió.

—Sí…

—Llegas temprano hoy.

—Sabes que soy lento, Fish. Mis pies no me dejan caminar y mucho menos con esta horrible lluvia.

—Bueno, sabes que tienes privilegios aquí, pudiste haber llegado tarde. ¡Eso sí, sin descuidar tus deberes!

—Escuche por ahí cosas.

— ¿Qué tipo de cosas?

—Cosas sobre Carmine Falcone—caminó hacia uno de los muebles y se sentó sonriendo y sin despegar un ojo de Fish Mooney—Dicen por ahí que planea matar a Maroni…otra vez. Dicen que está vez no fallará y también dicen que el rumor llegó hasta los mismísimos oídos de Maroni. Él también planea acabar con Falcone y creo que una terrible guerra está por estallar en Gotham. La peor de todas, Fish…correrá sangre inocente por las calles y rodaran cabezas por las aceras.

—Eso quiere decir…

—Sí, Fish. Es nuestra oportunidad de crecer. Podremos aprovechar la guerra de Falcone y de Maroni. Habrá confusión y Gordon estará tan ocupado con ellos que olvidará el asunto de los Wayne y nosotros podremos comenzar a hacer nuestras…trampitas.

—Reinará la anarquía. Mandaremos a varios de nuestros hombres a los bancos de Gotham y comenzaremos a hacer remodelaciones en el bar, conseguiremos más productos y más prostitutas. Seduciremos a algunos de los empleados de Falcone y Maroni para que se nos unan y haremos nuestra propia Familia.

—Es un plan muy descabellado, Fish, pero muy efectivo.

—La Familia de Fish Mooney crecerá como los helechos lo hacen a la orilla del agua…y tú serás mi socio, Pingüino.

Oswald frunció el entrecejo al oír el nombre de Pingüino, sin embargo esta vez no le importó tanto cuando supo que ya no iba a ser un simple protegido sino un socio de una futura líder de la Mafia de Gotham. Sonrió y alcanzó una copa con wiski en ella.

—Brindemos, Oswald. Pingüinito Rey de las Aves no Voladoras.

Brindaron y rieron. Sabían que algo grande les esperaba, sin embargo no sabían que el futuro no era tan bueno como suponían. Mooney miró a Oswald con aires de culpabilidad y este entendió que estaba a punto de decir algo serio por lo que intentó guardar los escrúpulos y las ganas de ahorcar a su jefa cada vez que le decía Pingüino.

—Antes de que esto suceda tengo que decirte algo.

—Más vale que me digas porque no me dejas dormir aquí y en su lugar vivo en un edificio abandonado entre periódicos, cartones y ratas.

—Ganas lo suficiente para vivir bien, Pingüino, vives completamente solo y sin nadie con quien compartir dinero. Puedes pagar un departamento pero no lo haces, en su lugar te compras esas costosas sobrillas y esos feos smokings carísimos.

—La elegancia ante todo, jefa. Pero dime, ¿Qué me ibas a decir?

—Tengo que decirte…bueno, confesarte otra de las razones por las cuales te digo "Pingüino". Algo que te he ocultado los últimos veintidós años y que tú no sabías.

— ¿Tiene que ver con mis…?

—Sí, Oswald. Tiene que ver con tus padres.

—Sé lo suficiente. Me abandonaron enfrente de este bar cuando tú eras joven y me criaste como tu propio hijo hasta que decidí independizarme. Luego no me dejaste regresar.

—No, Oswald. Todo lo que sabes es mentira salvo por la parte en que abandonaste el bar.

— ¿Mis padres no me abandonaron aquí?

—No, Oswald. Te soltaron en el parque en un día como este. Llovía y tú estabas en tu carrito, apenas eras un recién nacido. Sé tú apellido porque tus padres fueron detenidos por intento de homicidio al tirarte al canal que está en el parque. Los Cobbelpot nunca te reconocieron como hijo.

— ¿Dónde están ellos?

—Muertos. En el cementerio…

—Cuéntame toda la historia, Fish. Quiero saberlo todo sobre mi pasado.

Veintidós años atrás

Igual que ese mismo día, veintidós años adelante, estaba lloviendo a cantaros. Hacia frio y en la lejanía podían verse los relámpagos y oírse los truenos. Por la orilla de las aceras corría el caudal de agua que terminaba adentrándose a las oscuras cloacas que tenían basura y ratas dentro. Estaba sucio y siempre con mal olor.

En una oscura casa vieja hecha de madera y con cartón vivía una pareja que esperaba con ansias a su hijo. Nueve meses Jenny Cobblepot había llevado a ese pequeño en su vientre y junto con Timothy Cobblepot no aguantaba ver la carita del nene que estaba a punto de nacer.

En medio de la tormenta, Jenny comenzó a sentir un terrible dolor en el vientre. Lanzo un grito y seguido de ello sintió un tibio líquido escurriéndose por su pierna. Se le había roto la fuente. Un trueno se escuchó sonoramente lastimando terriblemente en los oídos. La parturienta lanzó otro grito y su esposo Timothy no sabía qué hacer.

No tenían ni un solo centavo, no podían ir al doctor y pagar una cuenta que les costaría un ojo de la cara, por lo que su única opción era tener a su hijo en esa casucha casi destruida.

— ¡Ya viene!—gritó Timothy algo asustado pero decidido para recibir a su pequeño— ¡Puja, querida, solo unos cuantos pujidos más!

— ¡Ahhggg!

Jenny estaba sudada y tenía un calor infernal. Le dolían las piernas, pero sobretodo, el vientre y la vagina por la cual ya se comenzaba a asomar la cabecita del niño. Hubo un trueno más y seguido de ello un rayo que cayó en la rama de un árbol. Uno de los pedazos cayó encima del destartalado techo de la casa de los Cobblepot cuarteando ligeramente este y formando una gotera.

La mujer no dejaba de gritar y de arrugar la cara apretando de vez en cuando los dientes. Súbitamente sintió un chorro que comenzó a caerle en la frente. Se sentía frio y sumamente molesto. Timothy alzó la cabeza y se dio cuenta de la gotera que se había formado. Rápidamente tomó el respaldo de la cama y la jaló retirando a su mujer del helado chorro de agua.

— ¡Tim!—gritó Jenny adolorida.

— ¡Puja, amor, puja!—contestó este.

Un esfuerzo más y luego más pujidos. La mujer lanzó un grito final y seguido de ello el llanto de un bebé comenzó a sonar; acompañado de este, el sonido de un trueno, este aún más fuerte que los anteriores y acompañado de un relámpago que iluminó el rostro de Tim Cobblepot que, con rostro de asco y temor, miró a su recién nacido hijo.

—No…—susurró.

— ¿Qué…?—preguntó Jenny completamente cansada. Tim no le respondió, su rostro demostraba horror— ¿Qué?—volvió a preguntar la mujer esta vez asustada y con cierto miedo que le formaba un terrible nudo en la garganta—No me digas que nació muerto…

Tim permaneció callado.

— ¡Contesta, Tim!—gritó la mujer llorando— ¡¿Cómo está el bebé?!

—Él…

— ¡¿Él que?!

—Él está bien…

—Tim…Dime...Quiero ver a mi hijo…a tú hijo.

Una lágrima se escurrió por la mejilla de Tim. Arrugó la cara mientras el llanto del pequeño se escuchaba y lentamente comenzaba a caminar en dirección a su esposa.

—Esta cosa no es mi hijo—dijo Timothy secamente.

—Tim me estas asustando—gorjeó Jenny— ¡Tim quiero ver al pequeño!

—Esta maldita aberración no es mi hijo, Jenny—repitió el hombre en tono sombrío. Lo acercó hasta su esposa y esta lo miró con la misma expresión de su marido. Sentía miedo y asco, sentía que ese niño que había salido de su vientre era el mismísimo "Hijo del Demonio". Una ráfaga de viento entró por la ventana y heló dentro de la pequeña casita.

El pequeño abrió sus pequeños ojos y miró a su madre. Estaba gordo y su nariz puntiaguda era sumamente detestable. Sus piecitos estaban ligeramente chuecos y su boca estaba algo sumida con un pequeño mentón pronunciado. Sencillamente era el bebé más feo que habían visto en sus vidas, y lo peor, era hijo de ambos.

Jenny comenzó a llorar y le ordenó a Tim que lo subiera a su cochecito. El marido le hizo caso y fue en dirección a la cama para tomar una vieja y desgastada mantita para bebé. Con suma delicadeza cubrió al pequeño y regresó a donde la madre que seguía llorando. Aun no podían entender como habían tenido a una criatura tan fea.

— ¿Qué hago con el bebé?—preguntó el hombre tímidamente.

—Eso no es un bebé.

— ¿Qué le hago?

—Llévalo al parque…—tragó saliva—…al parque desde donde se puede ver la Mansión Wayne…hay un canal ahí…—la mujer tosió—…arroja el carrito junto con el niño y que la corriente lo arrastre…si tiene suerte…llegará a salvo al Zoológico y ahí…ahí alguien lo rescatará.

No lo pensó dos veces y a toda prisa en medio de la tormenta salió presuroso de esa casita en la que vivía. El agua le escurría por la cara, el bebé tenía frio y no dejaba de llorar, el carrito se tambaleaba cada vez que chocaba con los baches salpicando agua mientras lo hacía. Un trueno estalló. Atemorizado, Tim Cobblepot se agachó y luego siguió su marcha.

Dobló en un recodo y llegó hasta el parque del que su esposa le había hablado. Estaba completamente solo; los charcos se formaban por todas partes y en los juegos que estaban en el lugar las gotitas caían produciendo un ligero sonido metálico en el tobogán y en los columpios. Un trueno más. Cobblepot volteó hacia lo alto y tras un relámpago vislumbró la Mansión Wayne que estaba encima de la colina.

Aminoró la marcha y caminó treinta metros hasta atravesar el parque por completo. Entonces llegó al canal. Estaba repleto de agua y esta a su vez estaba café y llevaba palos y basura de todo tipo. Cobblepot miró por un instante a su feo niño y una lágrima se escurrió por sus ojos.

—Lo siento, pequeña cosa fea.

Con las dos manos, tomó el carrito y lo puso en el canal. Sorpresivamente, este flotó y con rapidez comenzó a andar en el agua cual barco de papel. Se alejó diez metros y desde ahí se podía ver a Tim mirando con tristeza y alivio al mismo tiempo. Dobló en un recodo y Cobblepot desapareció. Chocó contra un muro y una pequeña ola de agua entró dentro del pequeño vehículo mojando al engendro que llevaba dentro.

Se tambaleó y se canteó un poco dejando entrar más agua. El cochecito no se hundía y el pequeño no dejaba de llorar. Basura y ramas entraron, agua puerca y microbios. Sencillamente un recién nacido no podría soportar eso, sin embargo, lo estaba haciendo. Estalló otro trueno y el coche dobló en otro recodo. Más allá podía verse una ligera luz de un poste de alumbrado. El niño había entrado a las alcantarillas. La corriente del agua aumentó e iba a toda velocidad.

Súbitamente el pequeño transporte del niño Cobblepot se vio dando vueltas ante la corriente que llevaba a una pequeña cascada formada a la salida de la alcantarilla. Cayó a toda velocidad, había por lo menos diez metros de caída. Para su suerte, el cochecito cayó encima de las ramas de un árbol que estaba ubicado en la propiedad del Zoológico de Gotham City. El pequeño monstruo tenía la suerte de no haber caído en el torrente de aguas negras y de haber sido salvado por un árbol.

Hubo una ráfaga de viento y el coche resbaló cayendo en dirección a un pequeño lago artificial. Una vez más, el niño tuvo serte de no haber volcado, pues el vehículo siguió andando como barco, andando ligeramente esta vez y llegando hasta un montículo pequeño donde atracó.

No dejaba de llorar y de lanzar gritos, desesperado por el frio que sentía. Se movió bruscamente y se volcó el carrito haciendo que el niño cayese. Rápidamente ante sus gritos, se vio rodeado por un puñado de aves alargadas y de colores blanco y negro. Caminaban tambaleándose de un lado a otro y graznando para ir a ver a la criaturita que había llegado hasta su habitad. Notaron que tenía frio y lo rodearon para brindarle calor. Fue entonces cuando la lluvia se detuvo y los Pingüinos comenzaron a darle cariño…el cariño que sus padres no le habían dado.