"… Mine, immaculate dream made breath and skin
I've been waiting for you
Signed, with a home tattoo,
Happy birthday to you was created for you
(can not forgive from falling apart at the seams
Can not believe you're taking my heart to pieces) …"
Come undone fragment by Duran Duran
-Ben-
Cuando por fin sus labios pronunciaron "Sé que morí en tus brazos" todo adquirió sentido. Pero nuestra historia, ésa que parecía no había terminado, siempre sería trágica. Es bastante estúpido que nuestra historia, sin importar cómo se desarrollase, siempre terminara mal.
Con lo mucho que la amo.
Rey me besó. Fue un gesto tan propio de ella, que, ya desde entonces tenía. No pude evitar nada de lo que sucedió después. No sabía qué pensaba, me sentía incapaz de descifrarla, pero, aunque en sus brazos me sentía inútil y vulnerable, al mismo tiempo sentía que el valor volvía a mí y ya no me importaba nada más.
La rodeé con mis brazos y eso era todo.
Me miró atenta. Sus ojos cafés no se cerraron, mientras que con cierta desesperación comencé a desnudarla. Debí pedir permiso, ofrecer disculpas, mostrarme con el disfraz del dulce hermano menor. Pero no. Ése era sólo un alter ego, un extraño doppelganger, Ya no era sólo Ben Solo Organa, su hermano menor por unos minutos. Era Kylo Ren, Líder de la Orden de Caballeros de Ren, y ella era mi mujer, una chatarrera de Jakku que resultó ser la portadora de la Fuerza, la única mujer a la que habría tomado por esposa y elegido para criar a mis hijos no natos que tendrían mi rostro y su poder y entereza, los que yo amaba sobre todas las cosas.
De pronto un pensamiento me atacó y no pude evitarlo.
En este mundo, ahora mismo, ella es mi hermana. Mi hermana mayor. Tiene mi sangre.
No puedo. No debo.
Pero no era mi cabeza la que estaba quitándole la blusa de dormir y sumergiéndose entre sus pechos, succionando y acariciando con mis manos su superficie suave y conspicua. Eso era lo único que deseaba en ese instante.
Después de todo, ella tenía mi sangre y yo tenía la suya.
No sabía hacía cuánto tiempo, pero así había sido y ya ambos estábamos conscientes de eso.
Toqué, hacía tanto tiempo, la sangre de su vientre con mis manos, que manaba sin parar.
Miré de pronto sus ojos. Estaban cerrados. Mi lengua hacía pequeños círculos en sus pechos desnudos, uno y luego el otro, dejando rastros de mi propia saliva. Ni siquiera me importaba lo sucio que era eso.
Quería mucho más.
Rey gemía deliciosamente. Me excitaba, me volvía loco, me hacía olvidar mis ensoñaciones y mis tabúes.
Siempre podíamos escapar a cualquier parte y fingirnos una pareja cualquiera de amantes.
Físicamente, ella y yo no éramos parecidos, pese a ser hermanos gemelos.
Esa idea se apoderó de mí y comencé a morder su pecho despacio aunque constante y firmemente. Rey se retorcía y jadeaba. Sus preciosas y redondeadas mejillas, usualmente teñidas de un ligero rubor, ahora estaban coloreadas del más intenso de los carmines, encendidas como la llama de una pira. En vez de detenerme, se dejaba hacer, extasiada, perdida, deseosa, ansiosa. Rebuscaba debajo de mi pantalón la erección evidente que provocaba en mí. Ella no sabía que esa erección no era de ese instante. Incluso había contenido mis deseos mientras la escuchaba masturbarse al tomar un baño o detrás de la puerta de su habitación mientras la veía dormir apaciblemente con la ropa tan ligera que siempre acostumbraba usar. No podía evitarlo. Es hermosa. Su cuerpo despertó siempre en mí, como si supiera que era parte de mi propio yo, un deseo que no me sentía capaz de controlar. Me sentía enfermo incluso ante ese deseo, antes de saber quién soy. Pero ahora estaba por fin dando rienda suelta a todo ese deseo. Y no tenía ya intención alguna de parar mientras ella deseara lo mismo.
Su cuerpo se arqueó y me atrajo hacia ella. Abrió sus piernas torneadas, bronceadas por el sol y de redondas rodillas y se abrazó por mi cintura con ellas. Rey fue siempre más baja, pero eso no le impidió en absoluto acomodarse de tal forma que cualquier posición que tomase, me permitiría penetrarle desde cualquier ángulo. Me acarició una vez más, mirándome con sumo deseo, como si por dentro gritara: "Tómame de una maldita vez". Así que sin poder hacerla esperar más, me quité los pantalones y la ropa interior dejando todo a un lado y me acerqué apreciando el intenso y exquisito aroma de su sexo. Murmuró: "Te amo" y después de retirarle las pantaletas de encaje y disfrutar de su sabor por un rato que pareció un segundo(lo que la hizo retorcerse aún más), me situé entre sus piernas, sosteniéndolas con firmeza, y acerqué mi miembro a ella, que lo acariciaba con sus manos hasta la base, lo que me proporcionaba un placer intenso.
No tenía idea de que existía uno aún mejor.
Al tocar la punta de mi miembro su sexo desbordante de humedad, ella me miró fijamente.
- Rey, va a dolerte…
- Ben… Hazlo – y lo dijo sin retirar su mirada.
Me moví hacia adentro, deslizando mi miembro en su interior.
No puedo recordar una sensación como esa. Era cálido, húmedo, estrecho y acogedor. Comencé a moverme, ni siquiera podía poner real atención a sus gemidos, que aún cuando me excitaban, sólo me hacían sustraerme ante lo increíblemente delicioso de las sensaciones que me hacía sentir.
Acaricié sus glúteos y subí mis manos por su espalda, tomándola un poco hacia arriba para penetrarla más fuerte.
La vista de sus hermosos pechos era impresionante. No sabía que tuviera escondidos tales tesoros.
Se tomó los pechos con las manos y los guió a mis labios, moviéndose con fuerza, sin la intención de parar. Su piel ligeramente tostada por el sol brillaba con la luz de la luna, perdiendo su tonalidad dorada y en cambio tornándose nívea.
Me empujé una y otra vez contra ella, que gemía más y más fuerte, sin importarle quién o cómo la escucharan, y tampoco a mí me importaba.
De pronto sus ojos se abrieron. Me miró y lo hizo fijamente, sin dejar de moverse, para echar su peso a un lado y hacer una maniobra que la hizo estar sobre mí en un segundo.
Comenzó a moverse, no podía dejar de admirarla y ella entonces echó la parte superior de su cuerpo sobre mí y me besó con pasión, como antes.
De pronto su gesto excitado se transformó en una sonrisa y me besaba sin dejar de mirarme, mientras su cadera se movía más y más rápido llevándome y devolviéndome una y otra vez, del punto en el que casi no había retorno.
Ansiaba hacerlo para siempre. No terminar jamás.
La noche aún era larga.
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Han siempre se había preguntado si los sueños que tenía sobre sus hijos eran un mero reflejo de padre preocupado.
Sin embargo, no podía negarse a sí mismo que, en su momento, se sintió incómodo por la relación tan cercana que existía entre su esposa, Leia, y su hermano gemelo Luke. De igual modo, siempre le había incomodado la cercana relación de sus propios hijos gemelos, Ben y Rey. ¿Por qué tanta cercanía?
Él parecía siempre estar tan fuera de todo, tan normal y humano como los otros cuatro no lo fuesen y no lo pareciesen.
A menudo, y a riesgo de parecer irracional, alejaba a Ben de su hija.
Sí, ambos eran sus hijos y a ambos los amaba, pero Rey era una mujer, y era su hija. Debía protegerla de todo y de todos.
A Leia esto le parecía el colmo de la cursilería, y a menudo tenía problemas con Han por ejercer una excesiva sobreprotección sobre Rey y al mismo tiempo, una extraña e injustificada indiferencia hacia Ben.
Pero Han continuaba sintiendo que algo iba mal. Y entre más Leia intentaba sustraerlo de la estúpida idea de que Ben estaba más que sólo siendo un hermano protector, Han más creía que Ben parecía un enamorado celoso y posesivo.
A menudo, Han se ofrecía a recogerlos en la universidad, luego de su jornada matutina de trabajo y antes de ir a casa para la comida. Y a menudo Ben, con una expresión fría y despegada, contestaba que no necesitaba que los recogiera, que él podía cuidar bien de Rey.
Y cuando Han se imponía, y los recogía de cualquier manera, Ben permanecía callado y taciturno en el asiento trasero, mientras Rey, sentada en el asiento del copiloto, le contaba a su papá sobre las clases que había tomado en el día.
Han era muy unido a su hija; era quien más lo entendía y quien más interesada estaba en sus sentimientos. Y él le profesaba a la muchacha un amor incondicional por ser la hija que más parecida a él era.
Así que cuando Han se enteró, a través de su hija, que había un muchacho en que estaba interesada, se puso alerta.
Y más alerta estuvo, cuando, a través del espejo retrovisor, Ben lo miraba fijamente, con una mezcla de furia y perturbación que no pasó en absoluto desapercibida para él, mientras Rey, parlanchina, hablaba alegremente.
