Los personajes utilizados en esta historia son propiedad de Stephanie Meyer.
Capítulo 2. Mi destino.
Otro año más había cumplido mi Bella, el tiempo no se detenía a pesar de que la melancolía me arrastraba hacia mis recuerdos. En los seis meses que pasé buscando a Victoria había luchado contra mi deseo de estar junto a ella, después, año tras año, encontraba una excusa para no volver pero cada vez se me hacía una tarea más ardua y complicada.
Dos años pasaron hasta que regresé con mi familia, no podía seguir defraudando a Carlisle y Esme y las incesantes llamadas de mi hermanita al final me hicieron recapacitar. Aunque no era una buena compañía para nadie.
Ante mí la biblioteca más enorme que había visto jamás, se dividía en cuatro salas diferentes según la materia de estudio, el edificio era completamente nuevo pero conservaba el encanto de las bibliotecas antiguas: altos ventanales, una doble puerta de madera labrada con relieves de estilo dórico y a su alrededor, se distribuían unos bancos para que los estudiantes pudieran descansar tras las largas jornadas de estudios.
Pero más impresionante aún era mi lugar, una sala tan grande como el comedor de Forks, con las paredes revestidas de libros y largas mesas de estudio, todo con una forma que hacía que la concentración apareciese sin buscarla, las mesas estaban divididas con altos paneles de madera entre silla y silla para evitar que los alumnos se distrajesen y cada espacio tenía su propia lámpara.
Leslie, mi compañera de trabajo, hablaba demasiado, me dio tanta información en menos de diez minutos que creí que iba a explotar. Era una joven alegre, menuda, su pelo era una maraña de rizos rubios y su estilo de vestir era un tanto provocador, el escote de su blusa color fucsia dejaba poco a la imaginación, pero intentaba ser amable y yo me había prometido a mi misma que dejaría de lado mi desconfianza. Sí antes era tímida y retraída, ahora me había convertido en una antisocial.
Mi despacho estaba al final de la sala de estudios, tenía una enorme ventana en la pared que estaba frente a la puerta y debajo de ella una larga mesa donde se acumulaba mi trabajo, por las mañanas Leslie acudiría a clases y debería encargarme de la sala y del préstamo de libros y por las tardes ella se ocuparía de eso mientras yo realizaba mi labor de clasificación y estudio.
Debía repasar uno a uno todos los documentos que existían del inicio de la historia de Alaska para comprobar si eran o no veraces. El decano de mi Universidad había sido quien había hablado por mí para que ocupase este puesto de trabajo que, normalmente, era para personas con mayor experiencia, de esa manera me había proporcionado una vía de escape lejos de Forks.
Dos días después las clases comenzaron y la rutina amenazó con instalarse en mi vida diaria. Leslie entró en mi despacho sin llamar, a pesar de que le había pedido ya más de una vez que no hiciese eso.
— ¡Isabela!, no puedo creer que ya nos hayan puesto un trabajo y es enorme, y pesado, y en grupo, y me tocó con el más pesado de la clase, y no quiero hacerlo.
— Y entonces el que va a ser enorme será el cero que te pondrán – no separé la vista del documento que tenía delante pero podía imaginarme su cara de sorpresa.
Cuando Leslie había acabado de enseñarme la biblioteca me había asegurado que no tendría ningún problema con ella, estaba muy agradecida conmigo por haberla ayudado a conservar su puesto de trabajo y aunque le había insistido en que sólo había hecho notar al señor Grant su error de despedirla, dado que eso me impediría cumplir con mi principal obligación, me miraba con una adoración que me incomodaba.
Cerramos la biblioteca hacía las nueve de la noche, el campus bullía de actividad porque había clases hasta las diez de la noche y, ante la insistencia de Leslie, la invité a un café antes de marcharnos a casa. Entramos en la cafetería del Campus, había descubierto que su café era realmente horrible, pero no había ninguna otra lo suficientemente cerca de allí para ir andando.
—¿Cuánto te falta para graduarte? –la pregunté cuando ya estuvimos sentadas con nuestros cafés.
— Dos años, sí apruebo todas, pero yo creo que sí, me esforzaré y me esforzaré, tuve que ponerme a trabajar para pagar mis estudios, somos cinco hermanos y mis padres no pueden pagarnos a todos la universidad, pero yo no quería renunciar a mis sueños, por eso me lo tomo con calma y voy más retrasada de lo que debería.
Teníamos casi la misma edad y acababa de descubrir su secreto: hacerla una pregunta era sinónimo de recibir más información de la que uno podría procesar en un corto periodo de tiempo. Respiré profundo y la sonreí esperando que dejase de hablar.
— No está mal- añadí cuando pude intervenir, casi conocía a todos sus hermanos y, sí me descuido, hasta a sus primos.
Me miro interrogativa y me sorprendió con su pregunta.
— ¿Por qué decidiste venir aquí?, estás tan lejos de tu casa, yo no soportaría la melancolía de no ver a mis amigas y no salir por la noche, y tienes que venir un día con nosotras, te aseguro que te lo pasarás genial y bailaremos mucho, y te prestaré una minifalda – me estaba arrepintiendo de haber accedido a tomar ese café con ella – pero dime, contesta.
— Necesitaba un cambio en mi vida – le di un pequeño sorbo al café y me arrepentí de ello, debía acordarme de no volver a pasar por allí sí no quería sufrir una indigestión.
— Ya lo sé, ¿un mal de amores? – al ver el gesto de mi rostro enmudeció y cuando logró recuperarse solo podía titubear, no conseguía decir una palabra coherente.
— No te preocupes, pasó hace mucho tiempo.
Tan sólo Jacob, Seth y Ángela sabían lo que había pasado con Edward y, aunque el tiempo había transcurrido con rapidez, aún no tenía la fortaleza necesaria para hablar de ello abiertamente, me había limitado a convivir con mi dolor, era parte de mi ser y lo aceptaba.
— Perdóname Isabella yo… - la voz de Leslie me devolvió a la realidad y cuando entendí que seguiría disculpándose levanté la mano impidiéndola continuar.
— No podías saberlo, cambiemos de tema – asintió aliviada – entonces ¿hace mucho qué reformaron la biblioteca?
— Dos años, llegó una familia influyente e hicieron una gran donación, algunos dicen que son dueños de medio mundo, otros que son muy extraños y siniestros, no se relacionan con nadie salvo entre ellos.
— ¿Cuántos son? –sus palabras habían empezado a preocuparme pero Leslie no recordaba el nombre de la familia, no habían querido que la biblioteca lo llevase.
— Sólo dos acuden a clase y otro de ellos es profesor, imparte seminarios y cursos. Pero dicen que son muchos más, pero claro son sólo habladurías de gente que no tiene nada mejor que hacer.
Y ella sólo se limitaba a repetirlas, por supuesto. Suspiré intentando aliviar el nudo que tenía en la garganta pero permaneció inamovible. Leslie miró su reloj y dio un respingo en su asiento.
— Lo siento pero debo irme, tengo que acabar un trabajo –me dio un beso en la mejilla y salió disparada sin que pudiese despedirme de ella.
Iba a ser difícil trabajar con ella pero debía intentarlo, me había propuesto fervientemente empezar a ser un poco más accesible pero su verborrea me molestaba. Me acerqué a la barra y pagué los cafés, eran las nueve y media de la noche y el impulso de comprobar la teoría que giraba en mi cabeza me llevó de vuelta a la biblioteca.
Encendí el ordenador y mientras esperaba a que arrancase las palabras de Leslie volvieron a resonar en mi cabeza: "una familia influyente, no se relacionan, extraños…". Esperaba encontrar algo que respondiera a mis dudas y me hiciera darme cuenta de lo equivocada que estaba en mis conclusiones pero en la página de la Universidad no encontré nada.
Apagué el ordenador frustrada por la falta de información, intentaba convencerme de que sólo eran imaginaciones mías. Eran más de las diez y debía darme prisa sino quería volver andando a casa. Caminé distraída hacia la parada del autobús, una y otra vez me repetía que estaba loca cuando una solitaria figura atrajo mi mirada.
No puede ser cierto pensé, pero mi mente estaba lúcida y lo tenía frente a mí, más cerca de lo que hubiese querido.
