Los personajes que aparecen en esta historia pertenecen a Stephanie Meyer.
Capítulo 32. La oscuridad.
Llegamos a mi apartamento y sentí como sí mi intimidad estuviera siendo invadida. Rose recorría una y otra vez la casa, se detuvo en mi cuarto y llamó a Edward para que se reuniese con ella. No me gustaba la sensación de ser ignorada, me apartaban de lo que estaban investigando a pesar de que ya no era ni frágil ni débil. Me daba mucha rabia que me tratasen así.
Cogí el portátil, lo apoyé sobre la mesa de la cocina, presioné el botón y por suerte arrancó con rapidez. No sabía si iba a encontrar a Seth al otro lado pero necesitaba hablar con él sin que nadie me escuchase. Abrí la pantalla del chat y saludé cinco veces esperando que Seth lo viese, eran las cuatro de la mañana así que seguramente estaría dormido pero debía intentarlo.
— Estoy aquí —contestó a mi saludo—, espera que te llamo.
— No puedo hablar por teléfono —me apresuré a contestar mientras de fondo Edward y Rose discutían sobre algo.
— ¿Qué ocurre? —preguntó y casi podía ver su gesto de preocupación en su rostro.
— Edward y Rose están aquí, en casa —mis manos temblaban sobre el teclado, seguramente estaban oyendo lo que hacía.
— Me alegra que estés acompañada por ellos, mañana estaré contigo.
— No sabes cuánto te necesito. Daniel atacó a Leslie, la ha dejado fatal —escribí esperando que Edward no estuviese atento a lo que hacía, casi era como si estuviese a mi espalda, leyendo cada palabra que ponía.
— ¡Por Dios, Bella! ¿Te hizo algo?
— No, mañana hablamos, busca la forma de estar a solas —cerré la pantalla con rapidez.
Edward salió de la habitación y me miró con recelo, sonreí mientras la pantalla del correo electrónico se abría junto a una respuesta que había estado escribiendo a uno de los mensajes de Ángela. Se situó detrás de mí y me dio un beso en la coronilla. Me afectaba tenerle tan cerca, me había acostumbrado a rehuirle y ahora me resultaba extraño estar con él.
— Tienes que descansar —asentí cerrando Internet sin rechistar y apagando el ordenador—, recoge algunas cosas, Esme nos está esperando en casa.
— Puedo quedarme aquí —apunté mientras me levantaba del taburete para poder mirarle—, Edward no volvamos a lo mismo, tú dictaminas y yo acato. Sí hay que tomar una decisión que sea conjunta, creo que es lo mínimo que merezco.
— Primero duerme y después te lo contaré todo —negué con la cabeza pero sabía que no me iba a servir de nada. Estaba dispuesto a dirigirlo todo sin importar lo que yo pudiese hacer o argumentar.
— Voy al baño.
Quería chillar, patalear, darme de cabezazos contra la pared alicatada pero me agarré al lavabo mirando mi reflejo en el espejo del pequeño servicio. Estaba perdiendo el control de mi vida sin remedio, debía ser práctica y no dejar todo en sus manos pero no sabía cómo.
Estaba de nuevo bajo su control y esta vez no estaba convencida de querer que así fuese, había aprendido en aquel tiempo a ser independiente, a tomar mis propias resoluciones sobre mi vida pero me sentía amarrada contra mi voluntad, mientras él lo manejaba todo.
— ¿Estás bien? —preguntó a través de la puerta del baño y me clavé las uñas en las palmas de mi mano. Ni siquiera en el baño podía estar tranquila, sólo déjame en paz pensé mientras respiraba profundamente.
— Sí —contesté sin poder evitar sonar exasperada.
— Cuanto antes nos vayamos, antes podrás descansar —por favor, para ya quise gritar pero me contuve.
— Necesito tiempo, Edward. Así que por favor —me detuve al escuchar que Rose murmuraba algo que no pude descifrar.
— Vale, tranquila, tómate el tiempo que necesites.
Me senté en el suelo, sobre la alfombrilla del baño mientras miraba como los segundos iban pasando en mi reloj. Me urgía pensar y aclarar mi mente, trazar un plan, intentar calmar mi alma y ser objetiva. Pero estaba completamente bloqueada por lo que había pasado.
Cerré los ojos recostándome en la pared del baño y rememoré el beso que le había dado a Edward, había trastocado mi mundo, ahora comprendía la magnitud de mi amor hacía él pero también lo que dolía perderle. No estaba preparada para abandonarle pero tampoco para dejar que le matasen por mi culpa, estaba segura de que Victoria si había ido a ver a los Vulturis y, tarde o temprano, cumplirían con su obligación, por mi culpa.
Me dolía el pecho, no podía creer que pudiese albergar tantos sentimientos en un mismo segundo, el miedo, el pánico y la responsabilidad por lo que pasaba se mezclaban con el deseo de estar junto a Edward, de dejar que me consolase y me asegurase que todo iba a salir bien. Estaba sobrepasada por las circunstancias.
No era consciente de nada salvo de que estaba cogiendo frío allí sentada, saqué mi teléfono del bolsillo de mi vaquero y lo coloqué en el suelo a mi lado. Por más que intentaba encontrar una salida al embrollo en donde me había metido, nada se me ocurría. Entonces mi móvil vibró y se iluminó la pantalla, lo cogí pensando que quizás Seth quería contarme algo, me había llegado un mensaje y sin pensar ni comprobar de quién era le abrí.
No estaba preparada para ver aquello, sentí la primera nausea acudir a mi garganta.
— Maldita sea —blasfemé mientras tiraba la colilla del cigarro que estaba fumando, había visto entrar a toda esa panda de raritos que acompañaba a Bella—. No debía haberle dado tanto tiempo—murmuré entre dientes mientras me volvía para marcharse, ahora no había posibilidades de acercarme a ella, de momento.
Notaba como por mis venas corría el deseo de tenerla de una vez por todas, había esperado demasiado, había confiado demasiado y había deseado hacer las cosas bien pero nada tenía sentido sin ella. Estaba buscando la forma de acercarme a ella, dejando de lado lo que mejor sabía hacer pero tampoco daba resultado, la frustración era inmensa.
Debía calcular mi próximo movimiento, quizás aquella estúpida muchacha aún no había podido hablar con Bella, aun así estaba seguro de que le daría mi mensaje, le había dejado muy claro lo que pasaría si no lo hacía. Agarré con fuerza el cuchillo que tenía en el bolsillo y sentí como la sangre manaba de la palma de mi mano.
Caminé con decisión hacia mi cuchitril mientras rememoraba el perfecto rostro de Bella en mi cabeza, su sonrisa, sus carnosos labios, era la única que me provocaba como hombre, nunca había notado aquella sensación de posesión hasta que mis cinco sentidos se habían fundido con su imagen. Mi cuerpo se estremecía al pensar en poseerla, mi piel se erizaba cuando imaginaba el tacto de la suya, desnuda en mi cama, mirándome con aquellos ojos anegados de deseo insatisfecho. Esperándome.
Yo era el único que podía cumplir con sus anhelos, al igual que ella era la musa que me acompañaba desde hacía tanto tiempo. Mientras nuestras vidas habían permanecido ligadas en Chicago, había abandonado mi instinto depredador salvo el primer día que la había visto salir a unas horas indecentes de su casa.
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La había seguido sin prisa, no comprendía porque estaba en la calle tan tarde y me había sentido un estúpido al pensar que Bella era diferente. Así que, en el momento en que la tuve a mi alcance, no conseguí refrenar a mi bestia interior, la había sujetado con fuerza, la había zarandeado y sin considerarlo ni un segundo, había empezado a golpearla, me sentía engañado y herido. La creía perfecta y comprobaba que sólo era una cualquiera más.
Una y otra vez descargué mi furia sobre ella, tan sólo percibiendo el aroma a rosas que ella llevaba, aquel olor me detuvo, no era el perfume de Bella y cuando enfoqué la visión vi frente a mí unos ojos verdes que me miraban llenos de pánico. Pero aquel abrigo era de Bella y había salido de su edificio pensé, mientras sujetaba por la barbilla a la joven para observar su rostro y comprobar mi error. Ella era una de mis alumnas pero no era Bella, me había dejado llevar y por primera vez no era yo quien dominaba la situación.
La solté y se golpeó contra el bordillo de la acera, nunca me había dado asco hasta aquel día. Entonces llegué a la conclusión de que esperaría a tener a Bella entre mis manos, porque sabía con seguridad que conseguiría atraerla hacía mi esplendor.
No percibía el dolor en la palma de mi mano mientras pensaba en Bella, era increíble como su visión me abstraía de todo lo demás pero ya estaba impaciente, quería que fuese mía de una vez, alejarla de los que la rodeaban, debía ahuyentarles y sabía bien cómo, sonreí ante mi idea, era perfecta y estaba seguro de que funcionaría.
Mi paseo me había llevado hacía una de las pocas zonas en que había burdeles, miré las prostitutas que se arremolinaban en la calle, encendí un cigarrillo y esperé a que el proxeneta desapareciera en el local. Las luces del prostíbulo eran fucsias exhibiendo, según rezaba el cártel, que allí estaban las mejores putas de Alaska.
— Que desfachatez —murmuré mientras daba otra calada a mi pitillo y observaba el deambular de aquellas fulanas, entonces encontré lo que buscaba, era una burda imitación pero debía valer.
Le hice dos señas a esa y ella se acercó moviendo el trasero enfundado en una minifalda negra, sus ojos aunque marrones no tenían la expresividad de los de Bella y su pelo carecía de cualquier reflejo más allá del vulgar castaño, sin embargo su estatura era perfecta. Me sonrió coqueta con sus labios pintarrajeados de carmín y la sensación de asco se apoderó de mí pero debía valer.
Si Bella no había recibido mi otro mensaje este le llegaría sin lugar a dudas.
— ¿Necesitas compañía? —preguntó con voz suave y seductora.
— Crees qué podrás satisfacerme —apunté apartándome de su mano cuando la estiró hacía mí. Odiaba cualquier contacto que no fuera el que yo programaba.
— Mírame y dímelo tú. Puedo hacer que lo pases muy bien —afirmó confiada de sus habilidades amatorias.
Hice un gesto afirmativo y le pedí que me siguiese, era lo que buscaba y pensaba aprovecharlo.
Alice observó a Emmett mientras la madre de Bella descansaba. Este parecía contrariado por algo, Jasper y Carlisle estaban preparando el siguiente movimiento que dar pero Emmett había decidido no intervenir en aquella conversación lo que había hecho que se llevase una mirada interrogativa de su padre.
— ¿Qué te pasa? —preguntó Alice sin emitir sonido alguno.
— Se me nubló la razón, cuando pensé lo que ese individuo está haciendo y vi al decano allí —no pudo continuar y se encogió de hombros.
— Nadie puede reprocharte nada —intentó reconfortarle Alice.
— Lo sé, pero crees qué Rose pueda malinterpretar lo que pasó o qué Edward pueda sentirse amenazado por mí —Alice se extrañó ante las palabras de su querido hermano y se situó a su lado.
— Todos te entendemos, Emm. Bella es parte de cada uno de nosotros y Rose también lo comprende. Mira el golpe que le dio a ese tipo —Emmett sonrió mientras sus ojos se iluminaban, aunque no había sido el primero en reaccionar, se alegraba de que el decano se hubiese llevado aquel par de impactos de parte de su mujer. Él sabía que no habría podido controlar la rabia que sentía en aquel momento y su porrazo hubiese sido bastante más contundente.
— Estoy deseando atrapar a ese degenerado —no obtuvo respuesta ante su observación y cuando se volvió hacía ella comprobó el estado de su hermana.
Alice estaba viviendo segundo a segundo la peor visión que había tenido en su vida.
Agarré con fuerza el cuchillo, mi fiel compañero de juergas. Aquella copia barata de la luz de mis días me llevó hacía un callejón oscuro, los cubos de basura, el olor de alguna meada reciente y el de la cerveza agria derramada cerca de ellos, hizo que se me revolviera el estómago. Estaba acostumbrado a otro tipo de lugares más selectos pero, por experiencia, sabía que las putas no se dejaban engañar fácilmente.
Aquella joven que olía a lavanda, un perfume vulgar y barato, seguramente comprado en algún supermercado se acercó a mí mientras me miraba lasciva. Al menos, debía agradecer que había despertado los deseos de ella, pero no, sabía que sólo se trataba de un truco de salón, todas eran iguales, cuando comprobaban que quien debía funcionar se quedaba lacio en los calzoncillos, se mofaban de mí, riéndose a carcajada limpia de mi impotencia, ese era otro de los motivos de mi odio hacía las mujeres.
Sólo una había conseguido levantar aquel órgano que creía inservible y el hecho de pensar en Bella hizo que este se alzara en todo su esplendor provocándome una oleada de deseo. Por primera vez, dejé que me tocasen disfrutando de las sensaciones que estaba viviendo, aquella mujer era atrevida, demasiado pero el placer era más grande que cualquier otra cosa en ese instante.
Todo acabó cuando ella habló, empezó a murmurar palabras obscenas en mi oído pensando que así mi excitación sería mayor, la repulsión se apoderó de mí y sujeté con fuerza la empuñadura de mi cuchillo. Agarré a aquella puta por el cuello y la empujé contra la negra y sucia pared, me sonrió como sí se tratase de un juego.
— Vale, deberías habérmelo dicho, habría buscado un sitio más íntimo —murmuró queriendo engatusarme con unos encantos que no me atraían lo más mínimo—. Podemos jugar a lo que quieras.
— ¿Seguro?
— Por supuesto —señaló llevando su mano hacía mi bragueta y notando como la rigidez se había esfumado, pero no pareció preocupada por ello y empezó a incitarlme sin saber que ya nada serviría.
Cerré los ojos intentando concentrarme, había probado muchas veces aquello pero pensé que no perdía nada por volver a intentarlo. Después de unos minutos de un infructuoso roce la mujer apartó la mano y empezó a acariciar mi cuerpo en busca de otros resortes que presionar. Yo sabía la verdad y me repugnaba su contacto, no aguantaba sus labios en los míos. Sólo tenía la certeza de que de no haber hablado quizás había conseguido alcanzar el clímax que tantas veces había buscado.
Aparté su mano con brusquedad, abrí los ojos y comprobé que me miraba con condescendencia, se creía en la posesión de la verdad pero iba a comprobar lo equivocada que estaba.
— Nunca debiste venir conmigo —el tono de mi voz hizo que se alarmase, sus pupilas se agrandaron mientras intentaba soltarse de mi agarre.
— Espera, espera —balbuceó cuando vio el destello de luz que provocó la hoja del cuchillo al sacarlo de mi bolsillo.
— Fallaste —afirmé mientras lo hundía en su abdomen una y otra vez.
Me paseaba frente a Rosalie que me miraba impaciente, estábamos en el salón, esperando a que Bella terminase en el baño pero parecía necesitar más tiempo del habitual en ella. En su habitación mi hermana había encontrado el imperceptible rastro de aquel tipo, había estado en esa casa el tiempo suficiente para que su aroma quedase impregnado en la sudadera que Bella usaba para dormir, sin pensarlo la había tirado por la ventana.
Empezaba a dudar de mi capacidad para protegerla pero Rosalie sólo me mandaba mensajes de ánimo, para mi absoluta sorpresa. La miré extrañado al percibir su último pensamiento "y sí no damos con él".
— ¿Puede ser eso posible?
— El rastro de ese tipo se difumina, se pierde entre otros aromas, sí he conseguido notarle es porque en la habitación de esa tal Leslie era muy penetrante —Rosalie se levantó y por primera vez pude observar como algo le afectaba.
— ¿Puede ser un vampiro o algo por el estilo? —pregunté sin poder refrenar mi furia.
— No lo creo —estaba confusa—, no sé Edward. La pregunta es ¿qué vamos a hacer cuando le encontremos? —Rose me miró y no oculté mis emociones.
— No pienso dejarle con vida, sé que no debemos pero sí es verdad lo que vi en la mente de aquel doctor, te aseguro que ese tipo es un monstruo. Lo que le hizo a Leslie no es nada comparado con lo que la otra joven tuvo que sufrir —mi hermana asintió—. Sólo pensar que Bella ha estado a punto de padecer el mismo horror
— Pero no ha ocurrido —escuché el móvil de Bella vibrar—, no le va a pasar nada.
Acto seguido oí como Bella vomitaba. Corrí hacía el baño, había puesto el pestillo pero eso era poco impedimento para mí. Golpeé la puerta para encontrarme a Bella totalmente fuera de sí. Se sujetaba el cabello y tiraba de cada uno de sus mechones. Me agaché junto a ella sin comprender lo que pasaba, sujeté sus manos y me miró desde sus pupilas dilatadas por el pánico.
"Alice es la siguiente" leí en la mente de Rosalie que sostenía el teléfono de Bella, mi hermana estaba totalmente angustiada por lo que veía, le pedí con urgencia el móvil, mientras sujetaba las muñecas de Bella con una sola mano. Me lo entregó para encontrarme con la escena más espeluznante que jamás había visto. La foto era totalmente reveladora, y en la pared de ese oscuro callejón habían escrito con sangre humana aquella frase.
La verdad que no tengo mucho más que decir hoy.
Con respecto a los comentarios del capítulo anterior, me hubiese gustado que ese anónimo que comentó el capítulo dos me hubiese dicho algo más, sí había fallos en la trama, sí se aburrió en el capítulo seis por ejemplo, o sí había hecho una Canon-Sue espectacular. Pero creo que no conseguí engancharte a la historia.
Gracias por estar ahí: Mherary, Cerezo, Soledad, Adri, Maleja, Rosh, Chicasag., Darky, Lis, Emma y Mariana. Sois el motor que me impulsa cuando pienso sí estaré o no haciéndolo bien.
Espero vuestras impresiones, la mía os aseguro que…, os la digo en el siguiente capítulo así no influyo en vuestras percepciones. Besos.
