Los personajes que aparecen en esta historia pertenecen a Stephanie Meyer.

Capítulo 35. Mía.

Había estado tan equivocada, con una simple evidencia había acusado a Daniel, me había negado a pensar que Peter, un respetable profesor de la universidad, pudiese cometer esas atrocidades pero tenía ante mí la prueba de mi propio engaño.

Debía enfrentarme a la verdad pero mi mente estaba en blanco, sólo podía mirar el rostro de Peter buscando una escapatoria que no encontraba. A mi alrededor, el silencio era perturbador, faltaban al menos dos horas para que el campus despertase en su bullicio habitual, no podía creer que minutos antes aquel sosiego me hubiese transferido una sensación de paz.

Avanzó hacía mí y mi cuerpo se estremeció ante su cercanía, ¿Qué puedo hacer? repetía mi mente una y otra vez pero sólo conseguía que mi intranquilidad aumentase. Retrocedí unos pasos intentando dejar a mi izquierda el muro de la biblioteca.

— Este no es el lugar adecuado —afirmó mientras intentaba sujetarme de nuevo pero aparté el brazo—. Permíteme que te lleve a casa.

Estaba totalmente desquiciado, negué con la cabeza y su mirada se ensombreció.

— No juegues porque sabes que perderás —aseguró amenazadoramente.

— Tengo que trabajar, Peter —dije intentando hacerle razonar aunque intuía que me iba a valer de poco.

— Tenemos una cita —murmuró apretando la mandíbula, su gesto se volvió aún más inquietante—. He esperado demasiado por ti.

Mi estómago se contrajo mientras intentaba mantener una pequeña distancia que él siempre acortaba.

— No sabía que habíamos quedado —su furia aumentó tras mis palabras.

— He intentado acercarme a ti por las buenas —alargó su mano y me sujetó con fuerza clavándome los dedos—, he procurado demostrarte mi deseo por ti y nunca has correspondido a ninguno de mis regalos.

La situación empezaba a descontrolarse por momentos. Edward pensé, como sí así pudiese materializarse frente a mí.

— No sé a qué te refieres, Peter. Me haces daño —aseguré sin poder evitar el gesto de dolor y aflojó ligeramente la mano.

— Te parece poco cientos de rosas y crisantemos —sentí como un saliente del muro de la biblioteca se clavaba en mi costado cuando él me golpeó contra el mismo.

— No sabía que eran tuyas —mi respuesta hizo que me mirase extrañado—, nunca firmaste las notas.

Sabía de lo que era capaz, no había tenido necesidad de ver el cuerpo de Leslie para comprender que la había sometido a una tortura inmensa. Aún recordaba el murmullo entrecortado de mi compañera cuando había ido a verla el día anterior.

Bella —sujeté su mano mientras Alice aguardaba en la puerta de la habitación del hospital—. Me pidió que te recordara que tú eras como él, que lo disfrutarías, que me mirases y observases su obra, que él te enseñaría a hacerlo —silenciosas lágrimas corrían por el rostro antes luminoso y jovial de Leslie.

Me agité frente a aquel vivido recuerdo. Sentía asco cuando él me tocaba, podía oler el perfume rancio que se había echado, ¿cuánto tiempo llevaba esperando? Y ¿por qué me había convertido en su obsesión?

— ¡Eran pura poesía! —gritó haciendo que me sobresaltase—, yo reconocí tu talento en el momento en que leí tu primer trabajo y sin embargo tú, estabas demasiado distraída con tus amiguitos —podía notar la repulsión que sentía hacía mi gente.

Debí haberme dado cuenta el primer día, cuando Seth había sido amable con él y se había presentado ni siquiera le había estrechado la mano. Eran pequeños gestos, que aunque me habían resultado raros nunca les había dado demasiada importancia.

— Estaba abrumada —dije intentando controlar mi agitada respiración—, me parecía un gesto tan hermoso, no estoy acostumbrada a cosas así.

Su expresión se suavizó como sí mis palabras fueran lo que él había estado esperando.

— Has rechazado cada una de mis invitaciones —retrocedí cuando él alzó su mano para rozar mi mejilla y mi espalda chocó contra el muro, me había arrinconado contra una esquina. Mi corazón palpitaba con fuerza mientras miraba sus ojos que me escrutaban ansiosos.

— Compréndeme —balbuceé sin poder evitarlo— no sabía de quién provenían, nadie mejor que tú para entenderme —dije intentando mostrarme empática— ¿cómo podía presentarme a ciegas a una de tus citas?

Su repulsivo aliento rozó mi cara mientras me observaba buscando la mentira que había tejido. ¿Dónde estáis? pensé mientras intentaba mantener las lágrimas y Peter colocaba una de sus manos justo a la altura de mi rostro.

No sabía qué hacer ni cómo actuar.

— Ahora podrás compensarme —contuve el aliento mientras restregaba su mano contra mi mejilla dejándome un rastro de sudor que me revolvió el estómago—. Dime que lo harás —murmuró en mi oído.

Cerré los ojos mientras posaba sus labios en mi cuello y en mi mente vi a Edward que me observaba furioso y preocupado, lo siento dije sin emitir ni un solo sonido, advertía como mis lágrimas estaban a punto de liberarse, entonces mi visión me habló "distráele", asentí sin saber cómo hacerlo, "estoy cerca, aguanta".

No sabía sí mi mente había creado aquello o realmente había una conexión tan fuerte entre Edward y yo que había hecho que él supiese que estaba en peligro, me detuve a mirarlo como había hecho el día que salté por el acantilado, perdiéndome en su recuerdo.

Abrí los ojos aterrada cuando aquellos finos labios se posaron en los míos, una arcada acudió a mi garganta mientras intentaba mantener la compostura. Me estaba resultando tan difícil aquella situación.

Apoyé mis manos en el pecho de Peter y palpé la suciedad de su traje, le empujé levemente y él se apartó sin saber cómo reaccionar. Debía intentar controlar la situación en la medida de lo posible.

— Sé que nos conocemos desde hace mucho pero prefiero ir despacio —le aseguré intentando fingir deseo por él.

— Nunca te haré daño, me has transformado, has cambiado mi mundo con su existencia, me has hecho resurgir de mis cenizas. Ahora permite que cante para ti —me pidió en un ronco susurro que intentaba seducirme.

— Entonces me entiendes a la perfección, tú también eres un gran cambio en mi vida —cada vez me costaba más interpretar aquel papel, quería golpearle con fuerza, demostrarle que no era una mujer débil ni indefensa pero tenía que ser cautelosa.

— Ahora empiezo a ver a la persona que me hizo vibrar de deseo con su sola sonrisa —cogió un mechón de mi pelo y se lo enredó en el dedo índice—, esto va a ser maravilloso, tan mágico…

Se inclinó y me olisqueó el pelo relamiéndose ante su victoria.

— Recuerdas el día que nos conocimos —asentí aunque ignoraba a qué momento se refería—, entraste e iluminaste aquel gris lugar con tu belleza, removiste los cimientos de aquella oscura institución con tu hermosa mirada, no sabes el efecto que provocas en todos los que te rodean.

Acababa de elevarme a unos niveles imposibles para cualquier persona normal pero él siguió murmurando en mi oído envuelto en sus incoherentes pensamientos.

— Bella, eres la mujer más perfecta del mundo, sí fueras una diosa griega serías Afrodita, casi podrías ser hasta su reencarnación —suspiró ante tal evocación.

Un escalofrío recorrió mis huesos, me estaba afectando tanto aquella conversación, pero debía dejar que siguiese en su mundo paralelo. Debía distraerle, dar tiempo a que los Cullen me encontrasen sí es que estaban buscándome, tenía que mantener la esperanza de salir ilesa de aquella situación.

— Y yo sería el único que alcanzaría tu amor. Todos te miran y tú les ignoras con firmeza, te siguen como perros falderos para ver si consiguen bajarte los pantalones y les desprecias con un simple gesto de tu mano. Casi puedo escuchar sus lamentos al ver que al fin estamos juntos, te he soñado tantas noches, te he anhelado en mi cama, mi almohada conserva tu perfume y mi cuerpo se estremece de deseo con solo mirarte.

Me sujetó por la barbilla para que no pudiese desviar mis ojos de su rostro. Me apoyé contra el muro sintiendo que mis piernas estaban a punto de fallarme.

— Pero esto ya lo sabes, siempre has intuido que tú sólo podías ser mía —soltó algo parecido a un gemido—. Incítame hermosa Isabella, despierta mi pasión, mírame como sólo tú puedes hacerlo.

— Puedo preguntarte algo —señalé mientas percibía el deseo en sus pupilas.

— Por supuesto —afirmó en un tono meloso.

— Lo que pasó con Paige, mi compañera de clase —me detuve, no sabía cómo abordar aquello sin que él se enfureciese.

— Sentí tanta rabia al verte salir a aquellas horas tan indecentes para una dama, me dejé llevar, Paige no se ajustaba a mi canon pero me obcequé —lo había dicho con una calma alarmante—. Después aprendí que tú eras mucho más y esperé pacientemente a que estuvieses preparada para mí.

— ¿Me seguiste? —cuestioné reflejando en mi voz el terror que esa posibilidad me producía, pero él no lo notó.

— Durante todo el tiempo que estuviste en la universidad —afirmó sonriendo y mi estómago se contrajo, nunca había percibido nada de aquello—, en cuanto acabaste la universidad los impedimentos de nuestra relación se esfumaron y te perseguí hasta aquí.

No podía evitar que mi respiración se agitase ante lo que me contaba, se mordió el labio inferior como sí mi nerviosismo fuese fruto del deseo.


— ¡Edward! —Alice entró en mi habitación agitada y temblorosa, nunca había gritado pero lo que observé en su mirada fue suficiente para que me levantase del sofá e indagase en sus pensamientos.

Su visión era incompleta, sólo podíamos ver a aquel hombre de espaldas sosteniendo con fuerza algo pero nada más, cogí mi móvil y marqué el número de Bella, después de cinco tonos no recibí respuesta alguna.

Alice estaba paralizada, reviviendo la escena, intentando descubrir algo que nos dijese lo que realmente estaba pasando pero no podía ampliar su visión. Llamé a Seth que me contestó confuso.

— ¿Dónde está? —pregunté sintiendo que algo no estaba bien, esperaba con ansias que su amigo me contase que estaba a su lado pero el silencio que percibí fue más que suficiente, cerré con fuerza el teléfono dejándolo inservible.

Alice me observó contrariada y dolida con ella misma, le ordené que me siguiese y avisé al resto de la casa.

Bella estaba en peligro.


Me ofreció su mano, quería mi absoluta rendición lo que me enfureció, sólo le importaba su locura, no era capaz de ver más allá, de observar como temblaba o me estremecía ante su roce, como aborrecía su presencia junto a mí.

Sus ojos se oscurecieron al ver que no cogía su mano, la furia apareció paulatinamente, podía observar como intentaba controlar su ira pero no podía más, no quería seguir fingiendo, mi instinto de supervivencia me gritaba que no fuese imprudente pero mi alma clamaba por abofetearle, por hacerle sentir todo el dolor que él había provocado en otras mujeres.

— ¿Cuántas mujeres ha habido como Leslie? —alzó una ceja mientras malinterpretaba mis palabras y se echaba a reír.

— Eso no fue más que una muestra de mi arte —señaló con sorna.

— ¿Cómo puedes...?

— Gatita, no te pongas celosa —me pidió mientras bajaba lentamente la cremallera de mi abrigo—, sólo estaba ensayando, quince mujeres no son demasiado.

No podía creerlo, me faltaba el aire mientras pensaba que había torturado a quince mujeres como si fueran meros objetos de usar y tirar.

— ¿Cómo has podido caer tan bajo? —pregunté sin ocultar el desprecio que sentía por él, se apartó unos pasos de mí dolido.

— Entiéndelo —chilló con fuerzas golpeando la pared junto a mi oído—, tú lo vas a comprender —afirmó mientras me cogía por los brazos y me zarandeaba con fuerza.

Le empujé y él se detuvo sin soltarme.

— ¿Cómo has podido cometer esa barbaridad con Leslie?, ella nunca te hizo nada —no había pensado ni un segundo en mis palabras y observé como la ira crecía en él.

— No es más que una vulgar prostituta —afirmó entre dientes—, se merecía mucho más.

— No eres nadie para juzgarla —dije sin poder contener las lágrimas que corrían por mi rostro.

— Todas y cada una de ellas no eran dignas de vivir, de respirar el aire que yo aspiro, de demostrar su superioridad frente a los demás, ¡no eran merecedoras de nada! —aseguró voceando—. Pronto lo verás igual que yo, me encargaré de transformarte a mi antojo, serás mi reina o mi esclava, tú decides.

Me dio un bofetón tirándome al suelo, el calor subió a mi mejilla ante su golpe pero le miré desafiante, dispuesta a enfrentarme a él, cansada de ser una muñequita de porcelana.

— Fuiste cruel y despiadado como ahora —señalé odiándome por entregarle mis lágrimas.

La tensión creció aún más mientras me sujetaba por un brazo y me levantaba con fuerza haciendo que chillase de dolor. Sus ojos estaban inyectados en sangre.

— Fui lo que soy, lo que mi madre consintió.

— No lo ves, no observas más allá que tu propio trastorno, nadie tiene la culpa de lo que haces salvo tú mismo —levantó su mano pero se detuvo al observar mi rostro, me agarró por la barbilla y me giró la cara para mirar la marca que se estaba formando tras su golpe.

— Hay muchas cosas que desconoces de mí pero vas a saberlo muy pronto.

Empezó a caminar arrastrándome tras él, intenté clavar mis pies en el suelo pero no lo conseguí. Debía distraerle pero sólo había conseguido precipitar mi caída, resollé mientras intentaba mantener el paso que el marcaba, toqué cada cosa que veía a mi alcance intentando dejar mi rastro para que se pudiese percibir con claridad.

Nos adentrábamos con rapidez en una zona del campus que desconocía porque estaba en obras, me revolví contra su agarre pero sólo conseguí que el incrementase la presión de su mano.

Los andamios, los plásticos y los ladrillos se amontonaban en las esquinas de aquel edificio sin terminar en el que me hizo entrar, cerrando tras él la puerta. Me soltó y caí sobre unos tablones de madera que había en el suelo, me giré jadeando para encontrarle sobre mí.

— Tú, preciosa mía, has conseguido convertirme en alguien mejor —podía palpar su locura en todo su esplendor.

— Mejor —murmuré intentado recordar que no era bueno enfurecerlo.

— En otro momento, sí tú no hubieses aparecido en mi mundo, hubiese matado a Leslie, lentamente —dijo saboreando la idea—, la hubiese tortura durante horas y horas, deleitándome con cada grito, con cada palabra de súplica, con cada aliento contenido, con cada suspiro de alivio que hubiese soltado cuando yo me alejase de ella durante unos segundos.

Sacó su cuchillo del bolsillo, el mismo que había usado la noche que casi me atrapa, estábamos solos y la idea de que me encontrasen cada vez era menos probable. Aceptaría mi suerte, asumiría mi culpa y quizás de esta manera algo cambiaría en aquel mundo. Edward podría seguir con su vida sin preocuparse de la mía.

— ¿Cómo conseguiste?

— Preguntas demasiado —dijo molesto mientras jugueteaba con el cuchillo.

— Sólo contéstame a esto —intentaba sonar fascinada con él, asintió, tenía un ego tan grande como su enajenación mental—. Fue algo realmente espectacular —su sonrisa se ensanchó— ¿cómo conseguiste inculpar a Daniel?

— ¿Te preocupa? —cuestionó tensando la mandíbula y negué con rapidez.

— Creo que fue algo magistral —murmuré.

— Fácil, estaba tan interesado por ti, sufrió tanto cuando recibió una carta de su mujer

— ¿Qué? —pregunté interrumpiéndole.

— Sí, la mamá de su hija, pobre pequeña, tiene una enfermedad extraña y necesitaba un trasplante pero claro sólo Daniel era compatible —recordé lo dura que había sido con él, el dolor que había en sus ojos cuando me miró sin comprender por qué le trataba de aquella manera.

— ¿Qué ocurrió? —se paró meditando sí contármelo y por primera vez en toda aquella conversación supliqué por una respuesta.

— La pequeña está bien, por suerte. Aunque cuando sea mayor no valga nada como todas —su odio era inmenso—. Se sintió tan triste cuando le trataste de esa manera que accedió a tomarse unos tragos conmigo, nos hicimos amigos —afirmó con desdén— y fue fácil entrar en su casa, es un borracho asqueroso, un bebedor compulsivo así que la cárcel le sentará bien.

Me sujetó por el pelo y lo retorció entre sus manos haciéndome gritar de dolor.

— Me encontrarán —intentaba no llorar pero me era imposible.

— Esta todo preparado —sonrió burlonamente—, una nota de despedida en tu lugar de trabajo junto al reguardo de la compra de un billete a Canadá, cuando quieran volver de allí estaremos lejos.

Cerré los ojos mientras él reía con estridencia, había pensado en cada detalle, no había dejado ningún cabo suelto y sí nos subíamos en una avión antes de que los Cullen pudiesen encontrar mi rastro ¿cómo sabrían a dónde habíamos ido?, no había escapatoria posible, deseé con todas mis fuerzas poder dar marcha atrás al tiempo, haber esperado a Seth o haber llamado a Edward para que me acompañase.

Rememoré el último recuerdo que había tenido junto a Edward, poco a poco estaba rindiéndome a la evidencia de nuestro amor.

.

Te amo —me susurró con aquella voz que no me cansaba de escuchar mientras me abrazaba aquella mañana antes de irse.

Y yo a ti —señalé escondiendo mi rostro en su pecho, aún no estaba segura de nada y sin embargo, él luchaba cada día por demostrarme lo que sentía.

Eso no me vale —contestó en aquel ritual que habíamos establecido cada mañana, me gustaba que me pidiese más, que me exigiese la verdad.

Tiene que valer —dije siguiendo la pauta, la habíamos establecido en aquellas interminables semanas de reposo que me había impuesto su padre.

Es insuficiente, mírame Bella —me pidió y me sumergí en sus dorados ojos que eran tan expresivos cuando los dirigía hacia mí— dilo.

Te amo con toda mi alma, Edward —bajó sus labios hacía los míos demostrándome todo lo que albergaba en su corazón, devorando mis dudas, alejando mis demonios, haciendo que me sintiese la mujer más feliz del mundo.

El roce pegajoso de la mano de Peter sobre mi rostro me devolvió a la realidad. Noté el frío que se colaba entre los huecos abiertos para las ventanas que debían instalar y una idea cruzó mi mente.

— Nos encontrarán —susurré y de nuevo se rió de mí—, tienen que venir a continuar las obras de este edificio.

— Hoy no, también pensé en eso, no creas que soy un estúpido, preciosa mía. En unas horas estaremos lejos de aquí.

Cogió una cuerda trenzada marrón, sujetó con una mano las mías y envolvió mis muñecas con ella, sentía como mi piel se desgarraba con cada vuelta que le daba, hizo un nudo y lo ajustó con firmeza.

Se levantó y pude ver la protuberancia de sus pantalones, ¿cómo podía excitarse con aquello?, apreté los ojos para no verlo y sentí como me colocaba un pañuelo sobre mi boca y lo ataba casi con la misma energía que había empleado con mis manos.

— Tendremos tiempo de hablar en cuanto estemos lejos, mi querida afrodita —murmuró en mi oído haciendo que me estremeciese aterrada por mi ennegrecido futuro.


Lo prometido es deuda. Parece que fue ayer cuando empezó esta historia y ya tiene treinta y cinco capítulos.

Gracias a mis chicas: Chiarat, Cerezo, Adri, Mherary, Rosh, Mariana, Chicasagacrep, Eddie, Darky, Maleja, Yesiita y Tini. Siempre digo lo mismo así que no me voy a repetirme, ya sabéis lo importante que son vuestras impresiones para mí.

Gracias a todos los que leéis la historia y habéis esperado pacientemente este capítulo.

Espero vuestras opiniones y todo lo que se os ocurra. Besos.