Los personajes que aparecen en esta historia pertenecen a Stephanie Meyer.

Capítulo 39. Decepción.

Estaba recostada en el marco de la puerta, mirando sin ver nada, oía como mi corazón ralentizaba sus latidos, sentía el vacío apoderarse de mí. Había sido una ingenua al pensar en que todo podría salir bien, había sido una tonta al no comprender que Edward no era más que un hombre y había actuado como tal.

No era su culpa sino que yo le había puesto en el pedestal más alto que encontré, le había alzado a la consideración más elevada y el golpe había sido monumental, quizás la verdad siempre había estado bajo mis ojos pero no la había querido considerar.

Leslie me observaba anonadada mientras mi cabeza sopesaba todo lo que me había dicho aquella rubia, tenía sentido, cada palabra encajaba a la perfección para mí. Era la hora de ponerse en marcha, de recorrer el último tramo del camino.

— Bella —me llamó y agradecí la interrupción porque mi angustia empezaba a aplastarme.

— No digas nada —le pedí sin poder contener una solitaria lágrima que me apresuré a secar, no podía dejarme llevar por las emociones del momento.

Me volví hacía mi despacho, ni siquiera el helado podría sacarme del estado de ánimo en el que me encontraba.

— No creo que —empezó a decir mi compañera y me encogí al escucharla, no quería compasión ni razonamientos, no quería pensar en él, ni imaginármelo en los brazos de otra persona.

Siempre había sido cuidadoso conmigo, había pensando que era un caballero y aún lo creía, había tenido la delicadeza de no hablarme de sus conquistas. Mi mente repasó todas sus palabras de amor, jamás habría supuesto que otra persona podría escucharlas de sus labios. Mi estómago se revolvió ante la idea.

— ¿Sigue en pie lo de esta noche? —pregunté girándome para mirar a Leslie, intentando componer mi rostro, ella sonrió.

— Claro, salimos de aquí y no tienes ni que pasar por casa —parecía que la idea le gustaba en exceso aunque yo no iba a ser una buena compañía para nadie esa noche.

Le pedí que no me interrumpiese en lo que quedaba de día y cerré la puerta del despacho con llave. Me quedé parada recreándome en la nada que ocupaba mi alma, que corría por mis venas, venían a mi cabeza las letras de canciones de desamor más desgarradoras posibles, una tras otra sin descanso.

Sí años atrás me había parecido el fin del mundo su marcha ahora no podía describir lo que sentía, estaba tan cerca pero nunca podríamos estar juntos, era el fin más definitivo posible. No por el hecho de que él hubiese tenido otra relación sino por la mentira a la que me había sometido durante aquellos meses, había habido cientos de noches en las que podía habérmelo contado y le hubiese entendido pero en ese instante no podía hacerlo.

Mi móvil se iluminó, me llamaba para confirmar nuestra cita, estuve tentada de cogérselo y gritarle como me había dejado su engaño pero me contuve permitiendo que desistiera en su empeño.

Pasaron las horas lentamente mientras intentaba llegar a un punto de partida, algo que me hiciese empezar mi última etapa. Activé el buscador en el ordenador y tecleé el nombre de la única compañía de aviones que volaba a Italia desde Alaska. Había uno para esa misma noche pero yo necesitaba un poco más de tiempo, se lo debía a mis amigos, tenía que ayudar a Jacob con su problema, no podía ser egoísta así que lo descarté y seguí mirando.

Mi teléfono volvió a encenderse, había recibido al menos diez llamadas de parte de Edward pero las había ignorado todas, mientras sopesaba la posibilidad de viajar en tres días me di cuenta de mi error, sí no contestaba sus llamadas se presentaría allí y no podría negarme a nada en el momento en que me perdiese en sus pupilas.

Abrí el teléfono y presioné el botón que me haría escucharle.

— Estaba a punto de salir a verte —apreté los ojos con fuerza mientras su voz cálida me envolvía.

— He tenido un día muy intenso, tenía el teléfono en el bolso y no lo había oído —débil respuesta pero él pareció aliviado al escucharla.

— Pasaré en una hora a recogerte —parecía ansioso pero ya no creía en mis interpretaciones.

— No puedo, no había leído tu nota y me comprometí con Leslie, voy a salir con ella —apenas temblaba mi voz, estaba haciendo una actuación excelente.

— Pero hoy

— Lo siento —afirmé sin dejarle terminar de hablar—, pero va a celebrar su recuperación y me ha insistido mucho para que vaya, te aseguro que de no ser así no iría.

— Voy con vosotras, te recojo y

— Es una noche de chicas, nada de novios ni asimilados —le oí resoplar ligeramente.

— ¿Quedamos mañana? —estaba resignado.

— Tampoco puedo, le prometí a Jacob y a Seth que les acompañaría al lugar que quieren mostrarme desde hace tiempo. No quiero una nueva pelea entre vosotros —aseguré con firmeza, casi podía imaginar su cara de incredulidad ante mis palabras.

— Bella, ¿está pasando algo?, sea lo que sea puedes contármelo —aferré con fuerza el teléfono contra mi oreja. Respiré dos veces y sonreí intentando que él notara la alegría en mis palabras.

— Nada en absoluto, sólo que no pensé que quedaríamos, nos vemos mañana por la noche y —tenía que actuar con frialdad, tragarme mis sentimientos para que no desconfiara de mí y no volviera a tenerle siguiéndome.

— Vale —contestó al ver que no continuaba hablando— pásalo bien, te amo.

— Y yo a ti —colgué con rapidez mientras un sollozo se escapaba de mis labios.

No podía remediarlo, me dolía, aunque había deseado refugiarme en el vacío para no sentir nada, sólo había sido un vano intento, derramé millones de lágrimas antes de que pudiera contenerme, apreté mis piernas contra mí tratando de mantener cierta compostura pero era inútil.

Mi alma vivía el peor calvario posible, lloré mil veces, susurré palabras de angustia que se escapaban del centro de mi ser, esperando que nadie me oyese. No podía aguantar más y antes de que mi llanto cesase elegí el vuelo a Italia, metí los datos de mi tarjeta y compré el billete de avión que acabaría con mi sufrimiento.


La música era infernal, me taladraba los tímpanos y mi dolor de cabeza iba en aumento pero Leslie y sus amigas se lo estaban pasando tan bien que no me atrevía a pedirle que me llevase a casa. Debía haber traído mi coche me repetí por enésima vez, apenas eran las once de la noche, la fiesta comenzaba y el local estaba atestado de gente, tanta que, desde donde estaba, no podía ver la barra.

La discoteca era más grande de lo que parecía desde fuera, un letrero luminoso exhibía el nombre pero ni siquiera me había fijado en él, las voces de la gente se mezclaban con la música cargante y los diferentes aromas de los perfumes con el sudor. Era una mezcla explosiva.

Estaba sentada en unos sillones rojos custodiando las copas de mi compañera y sus amigas que bailaban con unos chicos que habían conocido, Leslie sólo me había pedido una vez que me uniese a ellas pero había rehusado, no tenía necesidad de que nadie me sobase en un descuido.

— ¡No me lo puedo creer! —exclamó alguien mientras se sentaba a mi lado.

Me giré y no pude evitar sonreír a la persona que estaba junto a mí.

— Yo tampoco, Daniel nunca pensé que te encontraría aquí —afirmé por segunda vez al ver que no me había escuchado la primera.

Me acerqué a él para evitar gritar.

— Estoy observando —era una respuesta extraña y le miré en busca de algún doble sentido que pudiera apreciar en su rostro pero sólo encontré una limpia sonrisa. Mi paranoia me asustaba cada día más.

Sentí como mi dolor de cabeza aumentaba por momentos, levanté la mano para presionar mi sien y el gesto no le pasó desapercibido, noté su aliento en mi cuello cuando se acercó a mí.

— ¿Quieres salir de aquí? —asentí, ya no aguantaba aquella tortura ni un segundo más.

— Déjame que me despida.

Caminé con dificultad hacía donde estaba mi compañera y a voces le expliqué que me iba, se entusiasmo al ver que no me iría sola y dijo algo que no entendí.

Diez minutos después el silencio que reinaba en aquella noche me despejó la cabeza. Aspiré el aire frió sintiéndome un poco mejor aunque el dolor de mi pecho seguía ahí, sin soltarme ni darme tregua.

Daniel se mantuvo callado mientras ordenaba mis pensamientos.

— Lamento lo que has tenido que pasar —aseguré mientras me daba cuenta de no había tenido ni un momento para ir a verle después de que se demostrara su inocencia.

— Te aseguro que fue una experiencia que no pretendo volver a repetir —añadió con tristeza.

Me detuve para mirarle sin saber cómo disculparme por haber permitido aquello.

— No sé —negó con la cabeza.

— Por suerte todo acabó, descubrieron en casa de ese malnacido todas las pruebas que lo incriminaba, incluso una confesión de todo lo que había hecho —había sido la manera de disculparse de los Cullen, habían llevado hasta allí a la policía y habían aumentado las pruebas incriminatorias con aquel escrito.

— Lo siento, Daniel. Creí que eras tú y cuando Peter me explicó porque no estabas en Alaska, no podía soportar el sentimiento de culpa. Fui muy injusta contigo.

— Disculpas aceptadas —señaló con sinceridad en sus ojos grises—, me hubiese gustado ayudarte, sí hubiese sabido por lo que estabas pasando no lo habría permitido.

Retomé el camino mientras intentaba que sus palabras no me afectasen pero no pude, le había juzgado con dureza y él ni siquiera parecía molesto conmigo.

— ¿No deberías estar esta noche con alguien único? —preguntó al cabo de unos minutos.

— ¿Qué tiene de especial esta noche? —estaba asombrada por el giro de la conversación pero agradecida de no tener que ahondar en aquellas emociones que me herían.

— ¡San Valentín! —dijo como si fuese de otro planeta. Por fin interpretaba la nota de Edward, afirmaba que sería una noche mágica pero no lo había entendido.

— Ni siquiera lo había pensado.

Aquella mañana cuando había recibido su invitación sólo había pensado en rechazarla para no seguir complicando las cosas y después había recibido la confirmación de que estaba en el camino adecuado.

— Seguro que él sí —se paró frente a mí y su mirada me escrutó intentando llegar hasta mi alma, pero ya no estaba, la había perdido aquel día.

— Ya no hay nada que celebrar —murmuré mientras intentaba recomponer mi expresión pero su interés no me ayudaba a conseguirlo.

Vi como su gesto se endurecía ante mis palabras.

— No me digas que te hizo daño —había ferocidad en sus palabras, intenté negarlo pero no pude, aquella conversación era peligrosa, me exponía demasiado pero necesitaba contárselo a alguien.

— No de forma deliberada, Edward no me contó todo lo que había pasado mientras no estuvimos juntos —me mordí el labio conteniendo un sollozo.

Se cruzó de brazos sin intención de seguir avanzando.

— Él ha estado saliendo o sale con una de sus primas.

— ¿Qué? —exclamó tan fuerte que una pareja que nos había adelantado se volvió hacía nosotros.

— No es su prima realmente —suspiré ni siquiera sabía quién era la que había ocupado su corazón—, se conocen desde siempre porque sus padres son amigos.

La explicación sonaba vaga y confusa pero Daniel asintió creyéndosela.

— ¿Te lo contó él? —negué abatida, eso era lo peor, tener que enterarme por aquella rubia resentida— Puede ser una mentira, quizás la persona que te lo dijo

— Daniel, estuvimos seis años separados, no es tan extraño —comenté sin dejarle terminar, no quería nada que me hiciese dudar de la veracidad de lo que me habían contado, ya había tomado una decisión y no habría ningún cambio en la misma.

— Vi cómo te miraba, te ama.

— A su manera —sequé una de mis lágrimas que corrían por mi mejilla—, debía habérmelo relatado, ya nada me importa después de esto.

— Seguramente no quería hacerte daño —a pesar de sus palabras, podía ver como él también reprobaba aquella actitud.

Volví a caminar, intentando hacer un hueco en mi mente para aquella posibilidad remota pero ya no tenía fuerzas para seguir luchando por aquel amor prohibido, aceptaba mi derrota, mi dolor y mi vacio. Formarían parte de mi vida.

— ¿Cuándo te vas a deshacer de él? —murmuró Daniel.

— Nunca, he tardado seis años en poder verle y por un lado pienso que no podré seguir adelante si él sale de mi vida y por otro, creo que esto es nocivo para mí —contesté en el mismo tono.

— Es tu decisión.

— Uno no puede determinar de quién se enamora, simplemente pasa —susurré dejando que me embargara por completo aquel sentimiento de desesperanza que tenía.

— No, pero sí puedes elegir seguir adelante o anclarte a una persona que no te merece —me encogí de hombros.

— Ojalá fuera tan fácil. Sé que debo seguir, que debo terminar con mis planes, que tengo que tratar de olvidarle pero no puedo, no quiero avanzar más. Sólo me queda —me detuve, no podía contarle mi plan de fuga, no podía decir en voz alta lo que me proponía.

— Sí, trabajo y libros —había interpretado mi silencio y agradecí haberme callado a tiempo. Si se lo contaba a alguien Edward podría adivinar mis intenciones y no dudaría en retenerme para que no lo hiciese.

— Sí —aseguré con un hilo de voz.

— ¿Dónde queda el amor? —me detuve girándome hacía él, no sabía en qué momento de debilidad me había metido en esa conversación tan personal, vi determinación en su mirada.

— Hablemos de otra cosa —propuse intentando llevar la conversación hacía otros temas menos importantes.

— No, Isabella, ¿cuándo vas a volver a amar? —me atraganté con su pregunta e intenté alejarme pero me cogió por el brazo con suavidad.

— Nunca he dejado de hacerlo —le espeté sin contemplaciones, intentando poner una barrera entre nosotros.

Daniel soltó una carcajada que me descolocó.

— Te lo preguntaré de otra manera, ¿cuándo querrás a alguien que te merezca? —estaba en un terreno enlodado que amenazaba con succionarme.

— Daniel, esto

— Él sólo es uno más de los miles de hombres que hay en el mundo —en eso se equivocaba, Edward era mi ángel, mi compañero, el único que podía despertar en mí el amor más profundo que existía— y hay muchos deseosos de que les mires como le observas a él. Analízalo más allá de su realidad, Edward no es el principio y el fin de tu existencia.

Me moví inquieta ante sus palabras pero me tenía sujeta por los hombros, más cerca de él de lo que me gustaba, entendía sus palabras y casi adivinaba sus motivaciones pero no quería escucharlo.

— No te merece —en sus ojos se reflejó el daño que sentía— te quiero pero te alejo y ahora que te tengo vuelvo a engañarte. ¿Qué clase de hombre juega así con alguien como tú?

Me puso la mano en la mejilla, miró mis labios y leí el deseo en su mirada, di un paso hacia atrás molesta por sus atenciones, mis mejillas estaban completamente coloradas.

— Eres hermosa, Isabella. Tu interior es tan puro, ma cheriè.

— No me digas que te has enamorado de mí —susurré con la voz impregnada de temor. Lo que menos necesitaba era otro corazón roto a mis espaldas, no podía corresponderle como él esperaba.

— Aún no, podría hacerlo y te amaría con una intensidad desconocida para ti —sonaba arrogante, seguro de sus intenciones.

Estaba aturdida ante sus palabras, se acercó a mí y me sujetó por la cintura.

— Dame sólo una minúscula esperanza y yo haré el resto —agregó con firmeza y un atisbo de deseo en su mirada.

— ¿Qué clase de amor es ese en el que sólo uno se implica? —intentaba hacerle razonar pero mis palabras negativas no parecían calar en su entendimiento.

Bajo su rostro hacía mi boca y coloqué mi dedo sobre sus labios.

— No lo hagas más difícil —le pedí y el asintió separándose—, no puedo corresponderte, no sería justo para ti, mi corazón tiene dueño, siempre le ha pertenecido a él y no creo que pueda dejar de amarle nunca.

Vi el entendimiento en su rostro aunque sabía lo tercos que podían ser los hombres, también Jacob lo había comprendido en su momento pero lo había intentado con ahínco.

— Podríamos probarlo, cheriè —había esperanza en sus palabras y por un segundo sopesé la posibilidad.

Estaba agarrándome con fuerza a algo que nunca podría ser, Edward jamás me había pertenecido, su corazón no me correspondía con la misma fuerza que lo hacía el mío pero no era una ilusa. Durante seis años había vivido en mis recuerdos con él, había enloquecido con su marcha, había ansiado la muerte por no tenerle conmigo y ahora estaba a punto de sacrificar mi vida por la suya.

Le amaba con todo mi ser y eso no iba a cambiar en brazos de otro.

— Sólo lograríamos hacernos daño de una manera que no nos merecemos —mi voz sonaba seria y segura.

— Quizás yo sí, pero sé a lo que me arriesgo. Lo haría con gusto si con ello tú vuelves a sonreír —le creía pero no podía hacerle eso.

— Daniel aún amas a

— Y tú a Edward —afirmó con brío interrumpiéndome— nos complementamos a la perfección. Caería en tus brazos sin pensarlo ni un segundo, estoy dispuesto a correr el riesgo.

Aquellas palabras me envolvieron, me dejé atrapar en su idea, en sus ojos grises, sería tan fácil permitir que me amase.


Tenía tantas ganas de escribir esta escena, digamos que lleva planeada desde el principio, mientras afianzaba la trama.

No puedo explicar lo mucho que os agradezco vuestras palabras, mil gracias por estar siempre: Chiarat, Rosh, Adri, Cerezo, Eddie, Emma, Soledad, Maleja, Mariana, Darky, Tini, Lis y Lyzz. Esto ya se convierte en obsesión esperando vuestras reacciones.

Gracias a los que seguís leyendo esta historia. Espero vuestras impresiones, he querido resarcirme un poco con Daniel, que mal le he tratado con todo lo de Peter, pobre.

Espero vuestras impresiones, comentarios, censuras y demás. Besos.