Los personajes que aparecen en esta historia pertenecen a Stephanie Meyer.

Capítulo 47. Perdida.

Rocé las teclas de mi piano sin poder desprenderme de la visión de Bella frente a mí, sus palabras se clavaban en mi alma y mi mundo carecía de sentido sin ella.

Había tenido que luchar contra mí mismo para no obligarla a quedarse en mi casa, la hubiese encerrado en mi cuarto hasta que la cordura hubiera regresado a su cabeza pero algo en ella me lo había impedido.

Lo único que había conseguido era arrancarle una promesa, le concedía ese mes siempre que después volviésemos a encontrarnos y ella tuviese una respuesta a mi precipitada proposición. Rememoré aquel momento percatándome de lo poco romántico que había sido.

.

Mi familia entendió mi muda petición y en un segundo nos dejaron solos en aquel pasillo, observé como Jasper empujaba a Jacob y Seth para que bajaran. Llevé la mano a mi bolsillo del pantalón y saqué la pequeña caja que llevaba custodiando durante días.

Me arrodillé frente a ella, tembloroso como un chiquillo temiendo su reacción. Bella me miró con reticencia ante mi gesto pero enseguida comprendió lo que me proponía y me pidió que me levantase.

Isabella Marie Swan —empecé a decir y oí como contenía el aliento—, te he fallado tantas veces que no podría enumerarlas en un minuto, me he comportado como el mayor de los idiotas durante demasiado tiempo pero ahora comprendo que mis errores, lo único que han conseguido es herirte una y otra vez. Quise protegerte pero me olvidé de lo más importante, de ti.

Edward —comenzó a decir pero negué con la cabeza impidiendo que continuase.

Comprendo al fin que siempre habrá momentos malos acompañando a los buenos, que los peligros no dejarán de acecharnos aunque intentemos evitarlos a toda costa

No me lo pongas más difícil —me pidió en un susurro entrecortado y estuve a punto de detenerme.

Si paraba ella se marcharía pensando que todo lo que había padecido no tenía importancia para mí. Tomé su mano y percibí un leve rechazo de su parte.

No te impediré alejarte, Bella —abrí la cajita que contenía el anillo de mi madre, una de las pocas pertenencias que tenía de ella—, pero tengo que hacer esto antes de que lo hagas. ¿Quieres casarte conmigo?

El mundo se detuvo mientras ella observaba aquella reliquia sin contestarme, los segundos se volvieron minutos y no obtuve una respuesta de ella. Estaba en shock, negándose a creer lo que sus ojos veían. Me levanté y cogí su barbilla para obligarla a mirarme.

Te amo —aseguré poniendo mi corazón en cada letra.

Y yo a ti —contestó conteniéndose a duras penas.

Rocé sus labios levemente pero no obtuve la respuesta que esperaba, nada de lo que estaba pasando se asemejaba a lo que yo había deseado que pasase.

Cariño —acaricié su mejilla pero sus pupilas seguían vacías, inexpresivas y sin brillo.

Dame un mes, Edward —asentí sin poder negarla nada—, nos encontraremos en Forks.

Esta bien —la abracé percibiéndola extraña como sí intentase ocultarme algo.

El sonido de una nota del piano me devolvió a la realidad, Rosalie estaba a mi lado bastante enojada conmigo, bloqueé su mente sin deseos de indagar en los nuevos insultos que tenía preparados para mí.

Me aparté al ver que se sentaba a mi lado, de espaldas a las teclas del instrumento.

— ¿Cuántas veces te equivocaste? —preguntó molesta y me abstuve de contestar— Has oído el corazón de Bella, hace unas horas volvimos a presenciar uno de sus desmayos y estás aquí restregándote en tus propios fallos.

— ¿Qué quieres que haga? —cuestioné levantándome con rapidez, estaba a un paso de la puerta cuando la voz de mi hermana me detuvo.

— Vas a perderla si no actúas de una vez —me giré hacia Rosalie conteniendo mis ansias de lastimarla.

— No puedo hacerlo contra su voluntad —se alzó grácilmente, apartó de su cara un mechón de su rubio cabello y me obsequió con una mirada dura.

— No te das cuenta de nada, se está alejando de ti y

— No la obligaré —afirmé con rabia.

— No te has preguntado nunca por qué Alice no puede ver su futuro —asentí con la cabeza sin comprender el razonamiento de mi hermana—, y mirando los análisis, junto con la negativa de Bella de que papá la trate o se haga cargo de su expediente, aún no lo comprendes.

— Habla claro —pedí negándome a aceptar lo que Rose me decía.

— Ya lo estás viendo, ¿qué piensas hacer al respecto?


Mi corazón se apagaba, el tiempo llegaba a su fin más rápido de lo que había esperado. Abrí los ojos y miré hacía la ventana que me mostraba la majestuosa vista de los Campos Elíseos. Un día después de llegar a París me había dado un nuevo ataque y estaba atada a la cama de un impoluto hospital.

No podía pensar en ninguna de las personas que amaba sin sentir remordimientos por la decisión que había tomado, les estaba privando del derecho de despedirse de mí pero no tenía el valor necesario para llamarles y contarles dónde estaba.

Aún recordaba los últimos segundos que pase con Seth en el aeropuerto de Alaska, no había podido ocultarlo por más tiempo, mucho menos a él.

Llegamos hasta las puertas que conducían hacia el avión una vez traspasado el arco de seguridad, apenas había gente a aquella hora de la mañana. Una morena azafata vestida con un traje azul oscuro cogió con agilidad el billete de Seth pero yo no le entregué el mío. Mi hermano se volvió hacía mí sorprendido por mi actitud y las lágrimas amenazaron con ahogarme, debía decirle adiós y no era capaz de hacerlo.

Respiré hondo y sonreí como pude quitándole mi maleta de sus manos.

¡Bella! —me llamó empezando a preocuparse.

Tienes que embarcar —señalé al escuchar como repetían la llamada a todos los pasajeros para el vuelo a Seatle.

¿Qué significa esto? —me encogí de hombros sin pronunciar palabra—, insististe en que Jacob se marchase cuanto antes a casa en su moto y ahora vuelves a estar tan extraña como esta mañana. Vamos —me ordenó y di un paso hacia atrás.

Seth yo no regreso a Forks —me miró incrédulo ante lo que había dicho.

Pero

Seth, sólo tengo un minuto para explicártelo así que escúchame —asintió sin convicción—. Ya no tengo tiempo, estoy más enferma de lo que os he contado hasta el momento. Sólo me queda un mes de vida según los médicos

Entonces tendrán que cambiarte el tratamiento —señaló interrumpiéndome, se adelantó hacía mí pero yo retrocedí.

No hay curación, mi corazón está muy débil —su rostro se tiñó de horror ante mis palabras—. Cuando estuve en Chicago sufrí un nuevo ataque, mi corazón apenas bombea la sangre que necesito para mantenerme en pie, no hay nada que se pueda hacer.

¿Por qué no nos lo contaste? —murmuró dolido y confuso, tuve que hacer un gran esfuerzo para no romper a llorar.

No tenía motivos para seguir viviendo, Seth —me aferró por el brazo.

Vamos con los Cullen, ahora —negué furiosa y al fin el hombre con el que había hablado el día anterior apareció.

Seth, tienes que regresar a Forks —le rogué—, Sue, Leah y mi padre te necesitan. Al igual que tus hermanos

En cuanto llegué todos se enterarán de lo que pasa. Vamos a casa, Bella —no podía someterles a aquel sufrimiento, mi mentira había llegado demasiado lejos, ya no había cura posible porque el tiempo en el que la operación podía ser efectiva había espirado, mucho antes de llegar a Alaska.

Hoy no —el último aviso para el vuelo de Seth impuso su ley, el auxiliar de vuelo con el que me había puesto de acuerdo avanzó hacía mi hermano.

Vaya pasando —la mirada airada que le dirigió Seth al hombre me asustó.

Te vienes conmigo o yo me quedaré contigo, iremos a donde necesites acudir pero te salvarás —afirmó con determinación y no pude contener un sollozo entrecortado mientras me desprendía de su mano.

Ya no hay nada que hacer, cuídales a todos por mí —me sequé las lágrimas que cubrían mis mejillas y me fui alejando paso tras paso de él.

¡No! —rugió y vi como temblaba.

No hagas tonterías, por favor. Respeta mi decisión —Seth se revolvió contra el hombre que le arrastraba hacía el pasillo que le llevaría al avión.

Te estás autodestruyendo por placer —nunca había empleado un tono tan dañino conmigo pero comprendía su desazón.

Iré a Forks, te lo prometo —aseguré deseando cumplir con mi compromiso.

¿A dónde vas? —me preguntó mientras la azafata cerraba la puerta que llevaba hasta el vuelo.

Lo siento —grité mientras le veía desaparecer de mi vista.

La puerta de mi habitación se abrió y Daniel entró en ella, me miró con una triste sonrisa en la cara. Había sido algo fortuito encontrarle en el aeropuerto a punto de embarcar rumbo a Francia, me había hallado llorando sin control en una de las sillas de plástico verde y había insistido en que me marchase con él.

No sabía a dónde ir, me sentía perdida y él me había ofrecido una mínima sensación de seguridad a la que me había aferrado inconscientemente.

Acercó a la cama una incómoda silla y me dio un croissant que traía en una bolsa de papel.

— Eres la mimada del hospital —murmuró mirando sin comprenderme del todo.

— Lo sé —afirmé levantando la mano derecha que tenía intubada y rompiendo un pedazo de bollo para probarlo.

Mi visita a París había sido fugaz, apenas había podido pasearme por los bajos de la Torre Eiffel durante unos minutos antes de tener que ser hospitalizada.

— Daniel puedes marcharte cuando quieras —aseguré, no quería que nadie sufriese por mí.

— Estás loca, no te entiendo, Bella —me encogí de hombros y desvié la mirada para no ver la suya cargada de reproches—. La enfermera me ha hablado acerca del papel que has firmado.

— Daniel —susurré compungida, no quería recriminaciones, bastante sufría con mi propia conciencia.

— Has dado la orden de que no te reanimen, ¿qué hay de todos los que te quieres?, ¿y Edward? Reacciona —me pidió al ver que no le contestaba—, permíteme llamarles y contarles lo que está aconteciendo.

— Ya hemos hablado de eso, nadie tiene que vivir esto a mi lado —negué obstinadamente y Daniel se levantó contrariado.

— Regresaré más tarde —anunció con furia y casi me estremecí ante su reacción.

Salió de la habitación dando un portazo, no debía haberle permitido acompañarme hasta el hospital. Había sido un momento de debilidad que me estaba complicando mis últimos segundos de vida.

Una enfermera de aspecto extraño se adentró en la habitación y por un segundo creí que sus pupilas eran doradas, estaba volviéndome loca. Cerré los ojos mientras me cambiaba el suero y salía con paso veloz.

Me dolía pensar en lo cerca que había estado de ser feliz, me odiaba por comportarme de aquella manera pero, cada vez que dudaba de mi determinación, me forzaba a creerme mis propias excusas insulsas.

Observé como el atardecer aparecía en el horizonte tiñendo todo con su luz ámbar y me imaginé paseando por las calles de la mano de Edward. Recorriendo cada rincón de aquella hermosa ciudad que nunca conocería. Cogí mi móvil que tenía al menos cien llamadas perdidas sólo para regodearme en la herida que yo misma me había infligido.

Me despedí mentalmente de cada uno de ellos, intuía que ya faltaba poco, escuché cada mensaje que me habían dejado, Jacob me había gritado, Seth me suplicaba que contestase incluso Emily intentaba hacerme razonar.

No tuve el valor de oír el mensaje de Edward y le borré precipitadamente, arrepintiéndome un segundo más tarde.

Entró la enfermera y depositó una bandeja con la cena en la mesilla auxiliar.

— Me ayuda a levantarme, por favor —le pedí rogando porque me entendiera. Se acercó a mí y en un momento estuve sentada en un sillón gris que había frente a la ventana.

No pronunció palabra alguna y me observó con detenimiento pero ni siquiera me paré a mirarla.

Daniel llegó minutos después con gesto preocupado y palabras de disculpa que rechacé en cuanto empezaron a salir de su boca. Se colocó frente a mí en la silla mientras yo curioseaba las casas que se extendían a mis pies.

Calculaba que estaba en una de las últimas plantas del enorme hospital.

— Lo siento —susurró de nuevo Daniel y yo asentí, no era quien para culparle por su estallido. Me giré hacía él y le sonreí.

— Gracias por traerme a París —murmuré cogiendo su mano.

— Hagamos las cosas bien —me pidió por enésima vez desde que me había llevado a aquel lugar.

— Tengo que pedirte una cosa Daniel, no quiero arriesgarme a que no lleguen —no comprendió mis palabras y le solicité que me acercase el bolso—, necesito que se las des a Seth por mí, él lo entenderá y sabrá lo que tiene que hacer.

Abrí la cremallera y saqué las cartas que había escrito durante los últimos años. Cada sobre, dirigido a distintas personas importantes para mí, abultaba bastante porque contenía múltiples misivas con todo lo que no me había atrevido a contar hasta el momento.

Estaban cargadas de dolor y sentimientos encontrados pero para mí las más importantes eran las últimas, las que había escrito durante el vuelo rogándoles que me perdonasen por haberles lastimado.

Se lo entregué a Daniel junto con un billete de avión.

— ¿Qué es? —preguntó sin apartar la vista de mi rostro.

— Respuestas, cientos de ellas. Necesito que sepan lo importante que han sido en mi corta vida, nunca pensé que me dolería no volver a cumplir años —señalé con ironía dejando que mis lágrimas fluyeran libres por mis mejillas.

Daniel estaba alucinado ante mi reacción pero se mantuvo en silencio.

— He sido egoísta durante mucho tiempo y ahora es el momento de pasar por esto yo sola —agregué y vi el entendimiento en su rostro.

Leyó con detenimiento el billete que le había entregado.

— Tampoco me quieres aquí —afirmó releyendo el papel—, el vuelo sale en dos horas —asentí con culpabilidad.

— No quiero que veas esto, estoy demasiado cansada para aguantar mucho más, mi corazón está a punto de pararse y

Estudié sus ojos anegados en lágrimas sin derramar, nunca hubiese supuesto que mi situación le afectaría, de haberlo sabido le habría alejado mucho antes o no habría viajado con él.

— Sola —aseguró como si soltase un insulto—, pretendes quedarte aquí sola…

— Sí, es lo mejor. Cuento con una hermosa vista desde aquí y tengo mis recuerdos —respiré hondo al vislumbrar en mi mente la imagen de Edward—, es lo único que puedo llevarme a la tumba.

— Por Dios, ma chérie, déjame sostenerte y acompañarte —agité la cabeza con fuerza mientras trataba de controlar los temblores que me azotaban.

— No —me sequé con furia la muestra de mi debilidad y estudié su rostro durante unos segundos—. Fui codiciosa, amé lo que no me correspondía, jugué a ser quien no debía y perdí, todo tiene un precio en esta vida y yo pagaré el mío.

— Explícate mejor —solicitó pero ya no podía pronunciar ni una sílaba más de aquella reflexión.

— Gracias por estar aquí conmigo, por ser mi amigo en este breve espacio de tiempo —miré la hora en mi reloj y apreté por última vez su mano—, debes darte prisa o perderás el avión.

— Él querrá saber.

— Espero que lo entienda algún día, su familia le ayudará y al final todo esto no será más que un mal sueño —dudaba de lo que iba a pasar pero debía ser consecuente con mis actos, en la última carta que le había escrito había intentado explicarme pero ni yo misma me comprendía.

— No creo que sea suficiente, él deseará venir hasta aquí y

— Para cuando se dé cuenta de lo que pasa ya no existiré —aseguré interrumpiéndole, sintiendo el dolor intenso que aquello me producía.

— No estás actuando bien, Bella —me censuraba y no podía culparle por ello pero ya no había vuelta atrás.

— Márchate, apunté la dirección de Seth en un papel y

— ¿Y el teléfono? —preguntó con una intención evidente en sus palabras.

— No, tienes que coger ese avión —contesté con firmeza y él maldijo por lo bajo en francés.

Daniel se marchó y la siguiente hora pasó con calma dándome tiempo para poder pensar en todo lo que había ocurrido. Rememoré cada recuerdo que había compartido con Edward, cada beso, cada caricia, su propuesta de matrimonio que tuve que rechazar aunque me moría por aceptarla.

A pesar de que el tenerle presente me impedía parar de llorar no le aparté de mi mente ni un segundo. La enfermera entró con sigilo.

— No ha cenado nada —me recriminó sin un atisbo de francés en sus palabras. No me giré a mirarla.

— No tengo hambre pero gracias —procuré sonar amable pero no lo conseguí.

— ¿Quiere acostarse?

— No, tan sólo necesito estar sola —murmuré y segundos después escuché la puerta cerrarse.

Me recosté en el respaldo de aquel sillón, mi corazón iba ralentizándose poco a poco anunciando el final.

Me miré la mano donde debía descansar su anillo pero estaba vacía al igual que mi alma. Rogué por Edward, esperaba que no cometiese una locura al enterarse de mi muerte pero no podía evitar sentir un nudo en el estómago cuando recordaba las palabras que me había dicho aquel día en que todo cambió.

Sí no hubiese sido por mi torpeza nunca me habría cortado con aquel papel, Jasper jamás se habría sentido tentado de atacarme y me hubiese convertido en una de ellos. Estaba alimentando mi ego, flagelando mi alma, regodeándome en mi desgracia.

El pasado era sólo eso, pasado. Imposible de reescribir, de nada servía pensar en lo que podía haber hecho o decidido, ya no iba a cambiar.

El futuro jamás llegaría a mí y el presente, era lo único que me quedaba mientras las Moiras terminaban por decidirse a cortar el hilo de mi vida de una vez por todas.

Sujeté con fuerza la manta azul que me cubría, cerré los ojos buscando la sonrisa que tanto amaba, era como si estuviese frente a mí, sosteniendo mi mano, ayudándome en mi camino.

— Vive amor mío, inténtalo al menos y dentro de unos años todo quedará en recuerdos fáciles de olvidar. El amor te espera y te lo mereces.

No estaba contenta con mis palabras pero me sentía vieja y acabada. Mis latidos se asemejaban al sonido irregular de un reloj que estaba a punto de pararse. Me evadí en su recuerdo, perdida en mi propia oscuridad con la Parca acechando detrás de mí, paciente y perezosa.

Con su nombre entre mis labios y un te amo en mi marchito corazón me abandoné a mi destino.


Gracias a mis chicas: Cerezo, Rosh, Darksoul, Maleja, Adri, Lis, Chiarat, Soledad, Darky, Alexandra, Tini, Yesiita y Danielikah.

Gracias a los que leéis en silencio. Espero vuestras opiniones. Besos.