Capítulo 1: Historias de Oriente

- Ya no me satisface luchar, Edgar. – le confesó un samurai a su hermano. – No considero que haya ningún rival digno de mi espada. Llevo años combatiendo contra tus pupilos y ninguno de ellos ha conseguido tan siquiera hacerme un rasguño.

- No está bien que te consideres el mejor luchador del mundo, Heishiro, porque no lo eres. – repuso Edgar. – El hecho de que venzas a mis alumnos no significa nada. Son aprendices. Seguro que hay muchos guerreros más fuertes que tú.

- No necesito que los haya, necesito encontrarlos.

- ¿Qué me dices de esa ninja? – preguntó Edgar. – Ésa que siempre se cruza contigo en tus viajes. Según me has contado es una gran luchadora.

- Es ella la que me encuentra a mí. Yo no tengo ni idea de dónde puede estar. Ni siquiera sé si sigue con vida.

Los dos hermanos mantenían esta conversación en la cubierta de un barco-dragón japonés. Volvían de una batalla naval en la que, de nuevo, habían salido victoriosos gracias a las habilidades con la espada de Heishiro.

Todo el mundo en la zona conocía a Heishiro Mitsurugi, el guerrero que se jactaba de no haber perdido jamás un combate a espada.

Y hasta donde se sabía, era cierto. Ningún guerrero, nativo de la zona o extranjero, había conseguido derrotarlo. De hecho, la mayoría ni le rozaban.

Mientras Heishiro pensaba dónde encontrar rivales poderosos, su barco llegó a puerto.

Fue poner los pies en la tierra y los hermanos se encontraron con su anciana madre, que los esperaba con una expresión de extrema tristeza.

- Hijos, por fin estais aquí. Tengo algo grave que deciros. – murmuró la mujer entre sollozos.

- ¿Qué ocurre, madre? – preguntó preocupado Edgar.

- Vuestro padre se muere. – respondió su madre casi sin voz.

El señor Mitsurugi, al igual que sus hijos, había sido un gran guerrero en su tiempo. Había vivido tantas batallas como canas cubrían su cabeza, y había mantenido el honor de Japón en numerosas guerras.

Sin embargo, las viejas heridas de guerra le estaban pasando factura, además de su edad, y hacía meses que yacía convaleciente.

Según les comunicó su madre a los hermanos Mitsurugi, un médico había visitado su casa hace dos noches y le había dado a su padre una semana de vida como mucho. Ahora, antes de morir, el señor Mitsurugi quería encomendarles su última voluntad a sus hijos.

- Vereis, el emperador de Ming, en China...- sus palabras fueron cortadas por una tos seca. – El emperador de Ming está buscando...la Espada de los Héroes.

- ¿La Espada de los Héroes? ¿Soul Edge? – dijo Heishiro sobresaltado, que ya sabía algo sobre el tema.

- Sí, exactamente. – respondió su moribundo padre con calma. – Y si la consigue, tendrá el poder suficiente como para doblegar a nuestras tropas...y conquistar Japón.

- Eso es terrible. – exclamó Edgar.

- Quisiera que...vosotros salvaseis al país. Habeis demostrado vuestro valor continuamente en duras batallas, por lo que estoy seguro de que sereis capaces de conseguirlo.

- Pero, padre... – musitó Edgar. – Nosotros sólo somos dos hombres. Japón tiene un poderoso ejército.

- Las malas lenguas dicen que el imperio Ming tiene infiltrados por todas partes. – volvió a toser. – El ejército japonés está al borde de la escisión. La mayoría de guerreros son simples mercenarios que llamarían "Emperador" al mejor postor. Japón requiere un guerrero noble, un guerrero valiente. Un guerrero dispuesto a dar la vida por su país. Un guerrero como vosotros.

- ¿Qué quieres que hagamos? – preguntó Heishiro intuyendo la respuesta.

- Quiero...quiero que encontreis Soul Edge. Antes de que los hombres del emperador de Ming lo hagan. Tiene a numerosos generales trabajando en ello, y es cuestión de pocos meses que tengan éxito en su búsqueda. Vosotros tampoco estareis solos. Estoy seguro de que hay más guerreros que luchan con el corazón, y no con el bolsillo. Pero debereis buscar bien para encontrarlos. No podeis fiaros de nadie.

- Tranquilo, padre, puedes confiar en nosotros. – dijo Heishiro con confianza.

- Estoy orgulloso de vosotros. Ahora, preparad vuestro viaje, que no será nada fácil. Honrad...a vuestro país. Honrad...al apellido Mitsurugi.

Y ese apellido, Mitsurugi, fue la última palabra que el padre de los chicos pronunció en vida. Tras informarles sobre la misión que debían cumplir, sus ojos se quedaron fijos y su boca abierta. Los hermanos Mitsurugi ya sabían lo que tenían que hacer. Y Heishiro, a pesar de la lágrima que recorría su barba por la muerte de su padre, estaba encantado con este nuevo reto.

...

Al mismo tiempo, una escena similar tenía lugar en el imperio Ming. Una escena que era parte de una historia parecida a la anterior pero totalmente opuesta, obligada a entrar en conflicto con ella.

Uno de los generales más importantes del imperio moría en los brazos de su joven hija, Chai Xianghua. La misión de ésta era tomar el papel que debía desempeñar su padre en la guerra de Oriente. Encontrar "La Espada de los Héroes" para el imperio Ming, y así poder conquistar Japón.