Ahora conoceremos a una familia coreana, los Seong.
El cabeza de familia, Seong Han-Myeong, desde pequeño había querido luchar. Era más que una vocación para él. Era su pasión.
Pero su país era demasiado pobre, y no había lugares donde entrenarse.
Así que, años después, ya en su edad adulta, decidió construirlo él mismo.
Así se creó el dojo Seong, donde generaciones de luchadores coreanos han sido entrenadas.
En la actualidad, Han-Myeong era ya un anciano, casado y con una hija de 22 años. Esta hija, Seong Mi-na, tenía el mismo espíritu luchador que su padre. Pero en Corea estaba mal visto que las mujeres luchasen, así que Mi-na no podría heredar el dojo cuando su padre muriera.
Como no tenía un hijo varón al que dejar el dojo, Han-Myeong decidió que el dojo sería para su mejor alumno.
Este alumno era Hwang, un luchador experto en la técnica del sable.
Hwang era un hombre apuesto, de 32 años. Todos en el dojo lo admiraban, y Mi-na, aunque no quería reconocerlo, estaba enamorada de él.
Sin embargo, odiaba que Hwang pudiera luchar y ser adorado por todos por el simple hecho de ser un hombre. Su mayor deseo era demostrar a Corea, y sobre todo a su padre, que una mujer podía ser tan buena luchadora como un hombre o incluso mejor.
Por su parte, Mi-na también tenía un pretendiente. Hong Yunsung era un chaval de 18 años que estaba empezando su entrenamiento en el dojo, pero ya tenía potencial para su corta edad.
Yunsung se quedó prendado de Mi-na en cuanto la vio, pero ella siempre lo había tratado como a un amigo, incluso como a un hermano pequeño.
...
Una tarde, Han-Myeong mandó llamar a Hwang. Mi-na, que no podía resistir la curiosidad, se acercó a ellos y espió la conversación.
- Buenas tardes, Hwang.
- Buenas tardes, maestro.
- Hwang, como sabrás, mi intención es dejarte el dojo cuando muera.
- Lo sé, maestro.
- Pero no quiero dejarlo en manos equivocadas. No es que desconfíe de ti, pero quisiera ofrecerte...una prueba, para que demuestres que mereces dirigir este dojo.
- ¿De qué se trata, maestro?
- ¿Has oído hablar de "La Espada de los Héroes"?
- No, maestro.
- Según dicen, es la más poderosa de todas las espadas. Nadie sabe dónde está, pero guerreros de todo el mundo la están buscando.
- ¿Pretende...que la encuentre, maestro?
- Efectivamente, Hwang. Siempre fuiste un chico listo. Pero esa no es la mejor de tus cualidades. – dijo Han-Myeong señalando el sable que Hwang llevaba enfundado en el cinturón.
- Pero...¿cómo voy a hacerlo?
- Recorre mundo. Habla con la gente. Libra batallas. Gánalas. Así conseguirás cualquier objetivo que te propongas.
- ¿He de ir solo?
- Por supuesto. Esta misión es confidencial.
- De acuerdo, maestro. Lo haré.
- Así me gusta, chico.
- ¿Cuándo salgo?
- Lo ideal sería que salieras esta misma noche.
- De acuerdo, maestro.
- Prepara bien tu viaje. Confío en ti. Y despídete de Mi-na antes de partir. Te aprecia mucho.
- Lo sé, maestro. Así lo haré.
- Puedes irte.
Hwang se despidió con una inclinación de cabeza y se retiró para prepararse.
...
Esa noche, Hwang acabó de recoger sus provisiones en la armería.
Se disponía a ir a la habitación de Mi-na a despedirse, pero nada más abrir la puerta para salir, se la encontró en el marco.
- ¿Adónde vas, Hwang?
- Eh... - Hwang dudó. – Me voy unos días. Mi madre está enferma y he de visitarla.
- ¿Sí? No es eso lo que te ha ordenado mi padre.
- ¿Qué? – preguntó Hwang sorprendido.
- Os he escuchado. Vas a ir a buscar esa espada.
- ¿Que has hecho qué? – Hwang estaba notablemente enfadado. – Mi-na, no has debido hacerlo.
- Pero lo he hecho. No puedes irte, Hwang, por favor. Esa misión parece peligrosa.
- ¿Y a ti qué te importa?
- Me importa. Porque no soportaría no volver a verte nunca más.
Hwang se quedó paralizado.
- ¿Lo dices de verdad?
- Claro que sí, idiota. – respondió Mi-na, avergonzada.
- Vaya, no tenía ni idea. Pero Mi-na, debo hacerlo. No puedo defraudar a tu padre.
- Sí puedes. Hazlo por mí. – suplicó Mi-na.
Hwang le dio la espalda con expresión triste.
- Lo siento. No puedo.
Mi-na, decepcionada, bajó la cabeza. En ese momento, vio una lanza enorme a sus pies.
- Yo te aprecio mucho, Mi-na. Pero no de la misma forma que tú a mí. – explicó Hwang, sin dejar de darle la espalda.
- Esto me va a doler a mí más que a ti. – dijo Mi-na.
Hwang se giró sin entender y recibió un golpe en la cabeza que lo dejó inconsciente.
Mi-na lo había golpeado con el mango de la lanza.
Había tomado una decisión. Una decisión arriesgada, pero ella creía que correcta.
Había decidido demostrarle de una vez a su padre, y a todo Corea si era necesario, que ella tenía el mismo potencial de lucha que cualquier hombre.
Y para ello...iba a salir en busca de Soul Edge.
